4.6.19

Mrs. Ashbury se confunde

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del 26 de mayo de 2019]


Mrs. Ashbury se confunde


 

EL FIN DE SEMANA pasado terminé “Los anillos de Saturno” (Debate), de W. G. Sebald, que cuenta un viaje a pie de varios días por el condado de Suffolk, en la costa Este de Inglaterra. Es una delicia de lectura, tan lenta como el paseo del autor, que camina por un paisaje y unos pueblos, casi siempre a la vista del mar, y se va encontrando con gente. Poca. En ocasiones se desvía al interior cruzando esos páramos tan de las Brontë, para visitar alguna casa. Y habla de todo eso.

Por ejemplo, de la producción de seda y lo que supuso para el país, y de los propios tejedores, a quienes, curiosamente, relaciona con los eruditos y escritores para decir: “Creo que uno no se hace fácilmente una idea de la impotencia y los abismos a los que a veces puede arrastrar a una persona la reflexión constante, que no concluye con el denominado cese de la jornada, y la sensación que penetra hasta los sueños de haber prendido el hilo equivocado”.

Hace años alguien me preguntó a qué tendía yo. Así, con esas palabras, “¿A qué tiendes tú?”. Y le contesté que a la reflexión. Suena presuntuoso, pero no debería: me considero una persona reflexiva por cantidad, no por calidad; por el peso que ocupa en mi vida, por lo que me condiciona y me define como persona. Nada más, y nada menos. De hecho, que reflexione tanto y no haya llegado nunca a sacar en limpio nada que valga demasiado la pena, creo que dice más bien poco de mí.

Sebald se aloja un par de noches en la casa de los Ashbury, una familia venida a menos. La señora Ashbury le muestra imágenes de épocas dichosas y le relata las dificultades sufridas desde sus turbulentos años en la Irlanda de la revolución, y se lo explica así: “Desgraciadamente, no soy un ser nada práctico, confundida en eternas reflexiones. Todos nosotros somos unos soñadores, inservibles para la vida cotidiana. A veces me parece que nunca nos hemos acostumbrado a estar en este mundo, y que la vida es un incomprensible error que transcurre a nuestro alrededor”.

En no pocas situaciones sociales, laborales y sentimentales compruebo cómo mi falta de interés por lo práctico y la tendencia a la teoría, a la abstracción, a alejar el foco, o directamente a la ensoñación, levantan a mi alrededor una barrera, me separan. Alumbran todo con una luz distinta bajo la que no consigo ver lo mismo que los demás, y me ponen más difícil encajar. Y aunque no querría cambiar, aunque no renunciaría a esa manera de mirar lo que me parece importante, es verdad que a veces, como Missis Ashbury, me siento un poco inservible para la vida cotidiana.
 
* * *
 

En compañía de Wassily

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 19 de mayo de 2019]


En compañía de Wassily


 

EN LA PARED de mi habitación de Madrid tengo un póster de un cuadro de Kandinsky que compramos hace bastantes años en la tienda del Thyssen. Nunca llegamos a enmarcarlo para casa, y ha acabado aquí conmigo. Se titula Murnau, casas en el Obermarkt, y es de 1908. No sé nada de Kandinsky –como de tantos otros temas; y supongo que, conforme pasan los años, uno ya puede ir empezando a asumir qué cosas no va a saber, ni tener, ni ser nunca-, pero es evidente que en 1908 todavía no había entrado en su fase de rectas, triángulos y círculos; de lo cual me alegro.

Es una vista, desde lo que a mí me parece un callejón, de tres casas medio tapadas por la copa de un árbol en primer plano. Una casa es azul claro, la otra amarilla verdosa y la tercera casi naranja, y los trozos de tejado que asoman son de un rojo vivo. Todas las ventanas, con contras de madera, tienen colores llamativos. El suelo, en cambio, es oscuro, morado, y da la impresión de ser de adoquín. Aunque en mi póster todo es más sombrío y apagado que en las imagen del cuadro que encuentro en internet, así que no sé.

Sentado en el sillón donde leo por las noches lo tengo enfrente y, si dejo la puerta del baño abierta, también lo puedo ver desde la ducha.

Llevo unos siete meses contemplándolo, o simplemente pasando por delante, y ya ha dado tiempo a que mi relación con él, con esa escena, con el sitio que representa, sea personal. Esa calle y las casas, y el rincón desde el que se mira, poco a poco van haciéndose conocidos y cercanos. Tanto que, si ahora me mudase a Murnau y retrocediese un siglo en el tiempo, podría vivir al final de esa calle y tener eso frente a mí al abrir la puerta cada mañana, al salir a dar un paseo con mi mujer por las tardes, y sentirme como en casa.

Esa presencia constante del cuadro y esa familiarización con él, la compañía que me hace, los momentos que tengo para pensar quién viviría tras esas puertas, quién miraría desde esas ventanas y qué sombras se verían pasar por ellas, qué vidas de qué familias transcurrirían allí dentro, pararme en esa hora del día en la que la luz era así, me parece una relación perfecta. Y supongo que eso, establecer esa comunicación prolongada y darle tiempo a que te cuente una historia, es la forma correcta de ver pintura y, en general, de disfrutar de la mayoría de las obras de arte. La que querría el autor que tuviéramos, la única que puede recordar a la suya propia. Tan diferente a entrar en una sala de un museo, echar un vistazo apresurado alrededor, acercarse a leer la tarjeta de un par de obras y salir por la puerta opuesta.
 
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Beber y leer

[Publicado en el suplemento cultura Táboa Redonda del domingo 12 de mayo de 2019]

Beber y leer


 

EL DÍA DEL LIBRO fui a una librería y me tomé dos cervezas y unos cacahuetes.

Mi amigo Javi llegó mojado y me empapó de un abrazo. Siempre me sorprende que llueva en Madrid; no sé a qué viene, la verdad. Me regaló “El elogio de la sombra” (Siruela, Biblioteca de ensayo), del japonés Junichiro Tanizaki, que trata, literalmente, de la sombra, de su importancia en la casa tradicional japonesa, de su influencia en la concepción de las estancias, en sus artes decorativas o en la presentación de sus comidas, y también en la estética de los roles clásicos del teatro noh o en el maquillaje y vestuario de las mujeres. Pensar que se oscurecían los dientes con laca negra da una idea de la distancia sideral que separa nuestros dos cánones de belleza.

Entre trago y trago compré “El periodista deportivo” (Anagrama) de Ford, porque he perdido el que tenía, y para ver si esta vez consigo acabarlo; “Mañana tendremos otros nombres” (Alfaguara), de Patricio Pron, una incógnita para mí; “Dog soldiers” (Malas Tierras), al parecer una obra maestra de Robert Stone de la que yo no había oído hablar, e “Historias tardías” (Eterna Cadencia), de Stephen Dixon, que si hacemos caso al crítico Rodrigo Fresán es una joya. La librería era “Tipos Infames”, de Madrid; una de esas que te permiten contestar dos preguntas: qué falta en las de tu ciudad y cuál es la clave para sobrevivir vendiendo literatura en vivo en la era de internet. La respuesta es la misma y se llama buen librero.

Javi venía con ganas de beber y yo no vi motivos para no hacerlo. Justo ayer leí en “Los anillos de Saturno”, de Sebald, que fue Edward Fitzgerald quien tradujo en su casa de Suffolk y presentó en Occidente la obra del astrónomo, matemático, filósofo y poeta persa del siglo XI Omar Jayam. Acordarnos de que en sus Rubaiyat cantó las bondades del vino y de beber con los seres queridos nos habría hecho sentir un poco más trascendentales. Pero, sin saberlo, le hicimos caso.

Sufrimos demasiado. Quiero decir: para no sufrir en serio, sufrimos bastante. Algo debemos de hacer muy mal para que nuestras cosas, que vienen fáciles, que no nos ponen en peligro y hasta son voluntarias, tiendan a complicarse y a atascarse tanto.

Hace unos meses, viendo una película con los niños, les di un consejo. Que no pasaba nada si de mayores bebían, como bebemos nosotros, con cabeza, como nos ven ir de cañas o cenar con vino con amigos. Que tenía su parte buena. Pero que siempre bebiesen porque se sentían bien, no porque estuvieran mal. Creo que es un buen consejo. Aunque nosotros a veces no lo sigamos.
 * * *
 

1.6.19

49

Hoy he cumplido 49 años.

Ha sido un buen día. Al levantarme todos me han felicitado y, antes de desayunar, me han dado los regalos. Muchos. Luego he pasado la mañana solo (he conocido a una chica de Gales que estaba leyendo mi misma novela, “La hija de Robert Post”, de Stella Gibbons, y he tomado un café con ella), he recogido a los niños y hemos comido con mis padres. Por la tarde hemos alternado entre casa y el centro, a gusto, hasta que hemos salido los cinco a cenar. Al volver, hemos visto un par de capítulos de “The Office” y nos hemos ido a la cama. Ahora todos duermen. Yo tengo calor.

Entre quienes me han felicitado a lo largo del día, es increíble la cantidad de gente que llegó a mi vida a través de este blog, que no tiene mi edad pero pasa de 14.

Ha sido un buen día. Me acuesto contento; con la situación general y con el momento. Miro alrededor y me encuentro bien, miro adelante y me noto confiado y bastante optimista, y miro atrás (tan importante para mí, siempre) y me siento contento y, en general (en general), satisfecho. Podía ir mejor, pero no va mal la vida. No va mal.

Me acuesto. Mañana será otro día.

Besos y abrazos.

9.5.19

Me siento ofendido


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 5 de mayo de 2019]


Me siento ofendido


 

ALGUNAS NOCHES, en la soledad de mi habitación, veo vídeos. Hay cosas peores. Y el otro día una cosa llevó a la otra y acabé escuchando a Stephen Fry –Los amigos de Peter, Wilde, Jeeves, Blackadder o El Hobbit- protestando contra la dictadura de lo políticamente correcto. O, mejor dicho, contra la corrección política llevada a la exageración demencial.

Cualquier sociedad, hasta la más homogénea, armoniosa y apacible, es el escenario de un juego de equilibrios entre las distintas opiniones y tendencias de quienes la forman. Es inevitable una tensión entre las diferentes visiones del mundo, entre lo que cada uno considera deseable e indeseable, correcto e incorrecto, e incluso entre nuestras distintas velocidades. Tensión que se traducirá en aproximaciones y alejamientos, tirones hacia un lado, tirones hacia otro y frenazos. Y que, dependiendo del grado de civilización –y esto tiene algo que ver con el progreso material, pero no mucho- de esa comunidad, y de si ésta cuenta o no con las herramientas adecuadas para manejar sus conflictos internos, se mantendrá dentro de unos límites aceptables o, por el contrario, provocará rupturas y choques excesivos que podrán llegar a poner en peligro la convivencia.

A veces esto se puede legislar, pero solo a veces. Y si se puede es porque, bien o mal, se ha llegado a una opinión mayoritariamente compartida. Por eso las leyes son, en condiciones normales, el reflejo aproximado de cómo piensa una sociedad.

Esta tensión, repito, se ha dado y se da siempre. Y obliga, entre otras cosas, a entenderse. Impide que unos corran solos, sin esperar por los demás, hacia donde ven claro que hay que ir, e impide también que otros se nieguen a moverse de donde se encuentran cómodos. Uno podría identificarla con el tira y afloja entre progresistas y conservadores, pero eso sería un poco simple. Abarca más, o lo abarca todo; y además no se limita a los asuntos considerados públicos, sino que influye, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, en cualquier tema. Vivimos en sociedad, incluso solos de noche en nuestra habitación, viendo vídeos.

Pero en los últimos tiempos estamos asistiendo a una curiosa modificación de ese juego, que en mi opinión no nos conduce hacia una mayor concordia, como sostienen sus apóstoles, sino todo lo contrario. Se pretende elevar el comprensible deseo de no sentirse ofendido a la categoría de derecho; o dicho de otro modo, se exige elevar a la categoría de deber, de obligación, la lógica recomendación de no ofender a los demás. Tengo derecho a que nadie me ofenda nunca y, además, naturalmente, en esa cuestión mi palabra es la ley: yo solito decido qué me ofende, y todos los demás deben aceptarlo. El hecho de sentirse ofendido se convierte así en un argumento no solo válido sino absoluto e indiscutible, que exige ser respetado sean cuales sean las circunstancias.

Stephen Fry, además de inglés, es judío y homosexual, y casi toda su vida ha estado gordito. Es decir, que no ocupa el escalón más alto en el pódium de los ofendibles pero poco le falta. Y aun así, al igual que el científico Richard Dawkins, el escritor Christopher Hitchens o el cómico y batería de rock Stephen Hughes, en numerosas ocasiones se ha manifestado públicamente contra el despropósito de tratar de hacer, de la susceptibilidad de cada uno, una ley. Por descontado, no defiende el insulto, pero sí ataca esa deriva intolerante, paradójicamente presentada como un triunfo del respeto, consistente en no aceptar ni consentir crítica alguna a las opiniones y elecciones propias.

Porque no se trata ya de aquella tensión entre tendencias o ideologías, entre concepciones más o menos compartidas de lo que está bien y lo que está mal, sino que ahora, cada vez más, las elecciones personales, por minoritarias o incluso estrafalarias que sean, se tienen por sagradas e inviolables. Y no solo en el terreno de la acción –respeta mi decisión de no vacunar a mis hijos, o mi negativa a aceptar transfusiones, o mi rechazo a un tipo de alimentación, etc.-, sino en el de la expresión –tampoco lo critiques-. De un modo ciertamente infantil, se reclama el derecho a no oír nada que no se quiera oír.

Poco se puede discutir con quien te suelta que se siente ofendido por lo que dices. Nunca ha habido una regla matemática para decidir quién tiene razón. Así que ese punto de equilibrio solo podía venir del consenso, unas veces más claro que otras. Porque así funciona la vida en común. Y cualquier adulto debería asumir el coste de alejarse de esa normalidad, las molestias que siempre ha acarreado ser un librepensador. Lo que no es ni ha sido nunca de recibo es que cada uno de nosotros decida dónde traza la línea de lo tolerable y luego pretenda que todos los demás la respeten. Eso sería tanto como permitir que nuestras reglas de convivencia vinieran impuestas por los más intransigentes, que el tono de nuestro diálogo y del discurso dominante estuviera marcado por los más rallantes. O los más chalados.

¿Se lo imaginan? Una verdadera pena.

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Artículo íntegro en el Táboa Redonda del 05.05.19

 

La linealidad imperfecta

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 28 de abril de 2019]




La linealidad imperfecta



 



ACABO DE LEER Una noche en el paraíso (Alfaguara), que es el libro de Lucia Berlin que no es Manual para mujeres de la limpieza. Y me ha gustado mucho: le doy un notable alto. Últimamente a todo le doy un notable alto, no sé qué querrá decir. Aunque he de precisar que este es muy alto, casi un ocho y medio.

Y esta mujer, que tuvo una vida azarosa que incluyó glamour y clínicas de rehabilitación, y que sin duda estaba dotada de una gran sensibilidad para la observación, dice en el último relato, Luna nueva: “Cuando viajas te apartas de la rutina de tus días, de la linealidad imperfecta y fragmentada de tu tiempo. Como al leer una novela, los sucesos y la gente se vuelven alegóricos y eternos. El chico silba recostado en una tapia en México (…) Seguirá haciendo lo mismo para siempre; el sol seguirá hundiéndose en el mar, sin más”.

El otro día, en la Semana Santa ferrolana, a mi lado en la acera, una mujer les contaba a unas amigas que ella todavía guardaba estampitas de cuando su hija salía de capuchón. Lo dijo sonriendo, pero no le hicieron caso y volvió a mirar a la procesión. Yo me la imaginé abriendo un cajón del mueble del salón y encontrándose los recordatorios con el nombre de su niña. Me la imaginé dándoles la vuelta y fijándose con nostalgia en su letra de pequeña.

Leo a Lucia Berlin lo que para ella es viajar, o leer, y pienso que eso mismo es para mí escribir. Nadie me ha preguntado nunca por qué lo hago, pero si tuviese que explicarlo diría que es sobre todo por dos cosas: una, para tratar de entender un poco mejor la vida, para tratar de explicármela; la otra, para fijar algunos momentos, algunos sitios, algunas personas. Que a lo mejor no se vuelven, como ella dice, alegóricos y eternos, pero casi. Escribo, en parte, para fijar recuerdos: para que no se desvanezcan, para que no desaparezcan sepultados por todo lo que ocurra después, o haya ocurrido antes; para que la linealidad imperfecta y fragmentada de los sucesos no los haga confundir; para que lo que sentí en cada una de esas ocasiones no se me escurra entre los dedos.

A nadie le importan tanto las estampitas de su hija como a aquella mujer. Probablemente, ni siquiera a la propia niña, que todavía no las necesita para nada. En cambio la madre, al guardarlas, conserva, un poco, una época. Y, sin embargo, le falta alguien a quien contárselo.

Creo que yo escribo, sobre todo, para poder guardar la vida, para poder contármela.







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 Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 28.04.2019.
 

Eusebio

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 21 de abril de 2019]




Eusebio




SON LAS SIETE menos cuarto de la mañana y estoy en algún punto de la Meseta. A un lado del tren comienza a amanecer; al otro, en lugar de una horda de tártaros como a Miguel Strogoff, o una manada de lobos como a Jonathan Harker, nos sigue una luna llena enorme que de vez en cuando ilumina un grupo de árboles y una casa en medio del campo. Mientras tanto, a quinientos kilómetros de allí, en la costa lucense, un hombre llamado Eusebio, al que no he visto en mi vida, está a punto de levantarse de la cama.

En los tiempos en que mi blog era algo más que un lugar donde almacenar estas columnas, en ocasiones tuve comentarios elogiosos de algún visitante; generalmente en el transcurso de aquellos largos intercambios de opiniones que de tanto me valieron y tanta compañía me hicieron durante unos años. Y también ahora, desde que escribo aquí, a veces algún amigo me dice que un artículo le ha gustado. Pero nada más, lógicamente. Por eso lo que me ocurrió ayer de noche me resulta tan extraordinario.

Cuando me metía en mi litera recibí un correo de un desconocido. Un desconocido que me escribía solo para decirme cuánto le gustaban mis artículos, comentaba varios de ellos y me animaba -preocupado por mis dudas- a escribir, a seguir escribiendo. Y me aseguraba que siempre tendría al menos un lector. Me costó creérmelo, y apagué la luz pensando si no sería todo una broma. Incluso he hecho un par de llamadas para descartarlo.


Confíen en mí, créanme si les digo que, aunque lo parezca, no se lo cuento por vanidad, sino porque verdaderamente me impactó. Como ya expliqué hace poco aquí, los elogios dejan un sabor de boca raro, porque uno no se los puede creer; y porque los elogios que necesitamos son los propios, y esos se venden muy caros. Pero esto era otra cosa. Lo extraordinario de este caso es que un hombre me contaba que se acuesta los sábados pensando en el Táboa del día siguiente, que los domingos a media mañana, con ganas de leerlo, se sienta en su jardín con su gata rondando alrededor, y que disfruta con lo que yo escribo. Eusebio, un hombre que no conozco, en Foz, en un banco de una terraza que da a un jardín que nunca he visto, me lee. Le dedica un rato a mi artículo, presta atención a lo que a mí se me ocurrió unos días antes, y lo hace con interés y placer. Y le suele gustar. Y a lo mejor luego se queda pensando.

Imaginar esa situación, saber que eso le ocurre al menos a una persona en un lugar, es sin duda lo más parecido a descubrir que esto tiene sentido.


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 Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 21.04.2019.


23.4.19

Ser un conacho


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 14 de abril de 2019]
Ser un conacho

 

CONACHO ES una palabra ferrolana con múltiples acepciones. Ninguna demasiado buena.

Casi todo puede hacerse bien o mal. No todo es igual de importante ni igual de bueno, pero casi todas las cosas, desde las más humildes y aparentemente prescindibles hasta las más ambiciosas y elevadas, pueden hacerse del modo adecuado o de un modo incorrecto, de un modo que saque lo mejor de ellas o que, por el contrario, las desvirtúe. Hay actitudes que dignifican lo que se hace. Y las hay que arruinan lo que tocan. El cómo hacemos algo marca completamente la diferencia.

Y ese cómo depende casi siempre del porqué. De las causas que nos mueven, de los motivos por los que acometemos una empresa. Ninguna ocupación, ninguna iniciativa, por loable que sea, concede por sí sola la virtud a sus actores: todas pueden hacerse por las razones equivocadas. Tras el objetivo más admirable pueden esconderse –y de hecho lo suelen hacer- la estupidez, la ambición o la banalidad. Estudiar, trabajar o cuidar enfermos en Calcuta es, a veces, el resultado de una decisión más que dudosa. También escribir, componer u organizar un festival poético. Y se nota, se nota siempre.

En ocasiones, lo que se intenta es engañar a los demás. Asociaciones que son trampolines, ONG que son tapaderas, intereses que son poses y, en general, fines que son medios. Sobran ejemplos, famosos y de andar por casa. Y ojalá la vida acabara poniendo a cada uno en su sitio, pero no es así. También sobran ejemplos. En otras, en cambio –y es lo que me importaba hoy-, el engaño es a nosotros mismos. Nos contamos una milonga: vamos a comenzar a, o a meternos en, o a ponernos con. Porque nosotros siempre. Y por un tiempo nos lo intentamos creer.

Pero no es cierto, nuestros motivos no son sinceros y, entonces, nada es como debiera. Ni ante las dificultades tenemos la motivación y el compromiso suficientes para luchar, ni en los logros nuestra alegría es real. Pasada la novedad no somos capaces de esforzarnos, y la satisfacción que creemos sentir está hueca, se desvanece en poco tiempo y nos deja como estábamos o peor. Exactamente igual que si estamos con una persona por motivos distintos a los que deberíamos –que no pueden ser otros que quererla-.

Y al cabo del tiempo, al cabo de muchos simulacros, si uno tiene la suerte de experimentar un momento de lucidez, se detiene y se pregunta qué coño está haciendo. Y sobre todo para qué. Y, cara a cara con la verdad, comprende que ha sido un tonto.

O un conacho. Esa es una de sus acepciones.

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Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 14.04.2019.

Delfos y Ferlosio



[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 7 de abril de 2019]

Delfos y Ferlosio
 
AYER MURIÓ Rafael Sánchez Ferlosio. Tendría yo que saber mucho más de lo que sé para poder afirmar, con cierta autoridad y sin limitarme a repetir lo que oigo, que fue un intelectual admirable; así que solo diré que yo lo admiraba. Además de sus escasas pero dispares novelas -¿quién escribe, porque sí, sobre un hidráulico en un país inventado y cuenta con detalle cómo se deseca un campo?-, he tenido la suerte de leer gran parte de sus ensayos; y, los que no, me esperan en casa. Y siempre me ha maravillado. Desde luego, a veces me ha costado seguirlo en sus disquisiciones –sobre todo en las filológicas-, pero, aun así, mientras leía tenía la sensación de estar asistiendo a un espectáculo, a una exhibición no solo de cultura sino de inteligencia, de la que algo me quedaría. Recuerdo cuando, estudiando el Ius ad bellum, me encontré con que entre las referencias citadas aparecía “la visión no académica pero erudita” de Ferlosio.

De noche, en ese repositorio de todo –desde lo peor a lo mejor- que es YouTube, vi una presentación de una edición de sus Altos estudios eclesiásticos de hace unos años, en la que charlaba con el filósofo Tomás Pollán, presentados por el crítico Ignacio Echevarría. El diálogo es fantástico, interese o no el tema; y en él no sé qué asombra más: el derroche de erudición de ambos o su desarmante humildad y naturalidad, en las antípodas de los ya habituales postureos, vendedores de humo y maestros liendres que padecemos. Su satisfacción poco o nada tenía que ver con la respuesta que provocaban en los demás.

Y me acordé de una conversación que tuve el viernes con un amigo con el que hablo menos de lo que debería. Un amigo de análisis complejos y conclusiones simples. Yo le explicaba mi temor a andar como pollo sin cabeza, le contaba mis dudas sobre qué hacer, en qué centrarme, qué plan seguir. Lo fundamental, dijo, es llegar a saber qué eres, qué es lo esencial en ti, cómo quieres vivir: tu escala de valores, tus prioridades, tus referencias, tu definición del éxito, tus intereses sinceros. O, dicho de otro modo y resumiendo mucho, identificar tu voluntad, despojada de cualquier condicionante externo -que no responda a una necesidad, claro; no hablamos de eso-. Y desde ahí, desde esa perspectiva, desde ese esquema mental, o vital, decidir. Ir decidiendo. Cada día.

Todo cambia, y a veces cambia sin cesar; incluso nosotros, y con nosotros nuestro planteamiento. Pero en cada momento debemos tenerlo claro. Para tener criterio –no como el pollo- debemos conocernos.

Al final llegamos al templo de Apolo en Delfos. A Ferlosio le gustaría.

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Artículo íntegro en la página web del suplemento Táboa Redonda del 07.04.2019.

Un SS en el tren


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 31 de marzo de 2019]

Un SS en el tren

 

ALGUNOS LUNES, a las 06.45, cojo un tren en Valladolid hacia Madrid. Manías. Y esta semana repetía asiento, y comprobé que no era el único, pues enfrente de mí iba sentado el mismo hombre que en el viaje anterior.

Es bastante ancho, pálido, de facciones duras y expresión severa, calvo y con unas pequeñas gafas redondas de montura metálica muy fina. Y apenas tiene cejas, ni vello en los antebrazos. Daría el perfil perfecto para oficial nazi en cualquier película, un oficial delicada y untuosamente cruel, salvo porque en la oreja izquierda lleva un pendiente. A juzgar por su aliento al bostezar, ya ha desayunado. Usa tapones para los oídos, y las dos veces iba leyendo. Libros que saca de una biblioteca. Hoy, “El hombre en el castillo”, de Philip K. Dick. Pero lee con un gesto serio, exigente, casi a punto de indignarse, como preguntándole al autor qué coño era eso que le tenía que contar, tan importante como para molestarle. Y esa impresión de no estar dispuesto a perder el tiempo aumenta porque mientras está en una página ya levanta ligeramente la esquina con el índice, para poder pasarla enseguida. Además, para seguir los renglones mueve la cabeza en lugar de los ojos. Tal vez sea por las gafas minúsculas, que le obligan a mirar solo de frente, pero es un poco desasosegante verlo yendo y viniendo como el carro de una máquina de escribir.

Y de repente, en ambas ocasiones, y sin que nada haga pensar que se ha cansado ni su movimiento de cuello haya perdido determinación, cierra el libro y los ojos y se pone a dormir.

Yo, hoy, iba también leyendo, pero hay poca luz y preferí parar. Me puse a mirar por la ventana, aprovechando que se ve prácticamente todo lo que hay entre las vías y la costa portuguesa. Pero no podía evitar fijarme en mi vecino, que dormía porque así lo había decidido y punto. No como el chico de su lado, por ejemplo, que se había quedado dormido sin querer y llevaba la cabeza colgando, el muy patético.

Entonces anuncian Chamartín: todos nos ponemos a recoger, ellos dos y trescientas personas más se despiertan y nos empezamos a levantar. Y, cuando ya he cogido mi mochila y mi chaqueta y me giro, me encuentro con mi candidato a Heinrich Himmler, que se está poniendo una visera de cuadros de chulapo madrileño y resulta que me llega por el hombro. Y, seguramente preguntándose por qué ese chalado lleva una hora observándolo de esa manera, me mira con una mezcla de curiosidad y amabilidad que hacen que inmediatamente me caiga mucho mejor.

El próximo lunes le hablo.

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Artículo íntegro publicado en la página web del Táboa Redonda del 31.03.2019.