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5.5.20

Tierra de nadie

Tierra de nadie


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Por un lado, leo Dog Soldiers de Robert Stone. Pero cuando llevo ciento cincuenta páginas me digo: demasiado sórdido, demasiado duro. Para qué. 



DEMASIADO alcohol —el alcohol como una presencia continua—, demasiado sexo nauseabundo, demasiada prostitución, demasiada droga —la droga como una salida imprescindible, como la única salida—, demasiada degeneración y ninguna esperanza. Ningún amor. Ninguna reserva de bondad o incluso de cordura.

Por otro, acudo a una visita organizada a un banco; a uno de los grandes. Toda una mañana de charlas. Si después de la primera me preguntasen a qué creo yo que se dedican allí, diría que son una ONG, o una agencia de ayuda humanitaria, o una fundación filantrópica o, no sé, directamente misioneros. Hablan de acompañar el cliente, de ayudarle, de darle un servicio como si fuera un favor, de llevarlo de la mano incluso. Hablan, en cualquier caso, de hacer las cosas bien, o más: de hacer un mundo mejor.

Me digo a mí mismo que solo leyendo algo así puedo saber de esas otras vidas, aunque sea desde el salón de mi casa. Que, bien mirado, debería aprovechar mi condición de espectador externo. Pero, al mismo tiempo, para qué, para qué algo tan desagradable. Así que, tras una escena de menores manoseadas vomitando sobre un colchón húmedo en el suelo, y de tíos dispuestos a aplastarse la cabeza por unas pastillas, decido que ya he tenido suficiente y lo cierro. Pero, al día siguiente, la opinión de mi amigo Javi y de Harold Bloom me convencen de seguir intentándolo, de darle una oportunidad. Y lo vuelvo a abrir.

Oigo explicaciones que hablan de ganar dinero como si no fuera el fin sino la herramienta, el instrumento para alcanzar un loable objetivo ulterior. E incluso a mí, que ni soy antisistema ni lo parezco, me rechina mucho todo. Lo interesante, pienso después, sería saber si realmente ellos se lo creen; si esa puesta en escena ya ha calado y convencido.
Eso me ha ocurrido más veces leyendo literatura norteamericana. En ocasiones, los libros hablan de ambientes marginales, sórdidos hasta el malestar, terribles por el nivel de degradación social, afectiva, familiar, intelectual y moral que muestran. Literatura que siempre me hace preguntarme si en España no se escribe nada así o es que simplemente yo no lo leo; y preguntarme también si esas novelas americanas son escritas desde dentro o por espectadores como yo. Sé que Bukowsky era un borracho de bares de mala muerte que fue de empleo en empleo, como los personajes que describía, pero esto es un escalón inferior. Leo sobre Stone y veo que a medias: descendió bastante, pero no tanto.

El lenguaje empresarial es afable y positivo: buen rollo, todo muy cool, muy sostenible y familiarmente conciliador. Talento, cultura, trabajo en equipo, colaboración, etc. Con sus arbolitos, su arquitectura premiada, sus cafeterías, gimnasios y guarderías, sus corners de tiendas: un entorno de película. Da un poco de grima. Enseguida me acuerdo de The Circle, de Enma Watson y Tom Hanks, en la que una gran empresa informática, la mejor cara de un futuro laboralmente amable, resulta ser una asfixiante máquina de manipulación; o de esa otra de Al Pacino y Keanu Reeves, El abogado del diablo, donde un bufete de abogados perfecto es, literalmente, obra de Lucifer.

Otras veces, las novelas o relatos USA reflejan un ambiente distinto, con hombres y mujeres más corrientes, de otro perfil socioeconómico, aparentemente más adaptados, pero con unas zonas oscuras, unas debilidades y una desesperación que, por imprevistas, por difíciles de justificar a primera vista, resultan tal vez todavía más desmoralizadoras. Tienen buenas casas, buenos sueldos, leen, escuchan buena música, van al cine, pasean por una playa de la costa Este y estudiaron, por ejemplo, Historia, pero da igual: nada de eso les vale de nada, nada los hace mejores, nada los salva.

Son dependientes y no creen en nada. Tampoco hay luz en sus vidas. Y trato de entender por qué, qué es lo que les falta y hace que todo se les desmorone. Y creo que siempre es un problema emocional: faltan las referencias sentimentales, no hay un nicho de cariño, de apoyo. No hay familia: ah, la familia. Están todos tocados porque no tienen ningún colchón de afecto, de seguridad, de respaldo. Están solos. Solos en un mundo sin compasión.

Por un lado, he acabado el libro y ahí se queda, cerrado. Por otro, al banco solo le debo dinero.



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Los árboles tienen todos su sombra

Los árboles tienen todos su sombra


Todos los árboles tienen su sombra, en estos campos de Castilla. Todos, no falla ni uno. No hay árboles Peter Pan a la vista.



ESTA TARDE, en el tren, veo Heart Beats Loud, o Ritmos del corazón. Trata de un hombre viudo y su hija a punto de marcharse a la universidad. A ambos les gusta la música —él tiene una tienda de discos que recuerda a la de John Cusack en Alta fidelidad—, y ambos tocan, y alrededor de todo eso —padre, hija, falta de la madre, universidad, música, estudios— surgen las dudas al decidir.
"Cuando la vida te plantea dilemas, los conviertes en arte", dice él. Hoy en día se abusa bastante del término inspirador, me parece a mí, pero la verdad es que esta es de esas películas que resultan inspiradoras, con las que te entran ganas de vivir, o que te hacen querer vivir con ganas, que es parecido pero no lo mismo.

Cuando se pone emocionante y tengo que contenerme para no llorar, disimulo mirando a la fila de asientos de enfrente y veo a otro chico, también con barba —hace un mes que yo la tengo—, también rondando los noventa kilos, con los ojos llenos de lágrimas. Ya no somos lo que éramos.

"Tienes que ser valiente antes de ser buena" es otra frase de la peli. Una buena frase. La bondad tiene consecuencias que debemos ser capaces de asumir. Se lo dice, a la protagonista, su reciente novia. Porque la protagonista es -no queda claro si lo descubre en ese momento o no- lesbiana. Y, viéndola, viéndolas, no es solo que yo me pregunte cómo alguien puede todavía ver algo malo o reprobable en algo así -eso me lo pregunto siempre, sin necesidad de películas-, sino que, una vez más, me convenzo de que cualquiera, por muy recalcitrante que sea, cualquiera que se aproxime a la homosexualidad con nombre y apellidos, desde cerca, caso por caso, poniéndole cara, lejos de las reglas abstractas, se verá, de repente, sin argumentos a los que asirse, en un plano de la realidad distinto al de sus teorías condenatorias. Y no sabrá por dónde empezar. Como con tantas otras cosas, como en tantos otros temas eternos o mundanos, esa condena surge del miedo; el miedo, de la ignorancia, y la ignorancia, del desconocimiento, de la extrañeza. Nada nos asusta más que lo que sabemos que está al otro lado de la puerta pero no podemos ver. Casi nada asusta tanto como lo imaginado. Todo lo cual debería indicarnos el camino a seguir, pero no.
Quedan muy bien, esas sombras en los árboles, todas redondeadas a esta hora, todas apuntando en la misma dirección, unidas al tronco por su base. Es como si cada árbol arrastrase la suya, tirase de ella.

Sea como sea, es asombroso lo que hemos desarrollado el concepto del mal y de lo incorrecto. Por desgracia. Hasta conseguir que poco tenga que ver, a veces, con una reacción mínimamente natural. La sociedad ha elaborado la noción de lo malo, de lo reprochable, hasta hacerlo, en algunos casos, irreconocible, incompresible para cualquier niño al que le preguntásemos. Y seguimos haciéndolo: rizamos el rizo y buscamos nuevos flecos a lo condenable. Estamos locos. En una evolución demencial, en lugar de haber cada vez más espacio libre, quedan menos huecos donde pisar. A veces, da la sensación de que consideramos que ganar en libertad no es suprimir vetos, sino tener el derecho a poner nuestro propio cupo de prohibiciones.

Pero no sé qué árboles son. Llevo un año y medio viéndolos, salpicados por campos enteros, y ni idea. He preguntado alguna vez, pero todos los viajeros son urbanitas como yo. Me parecen olivos, aunque los veo muy grandes.

Resulta un poco pretencioso relacionar así, en un momentito, la cantidad de faltas que establece una sociedad y su sabiduría -otra palabra sobreutilizada, sin duda-, pero yo intuyo que hay una relación inversamente proporcional entre ambas. La sociedad que da vueltas y rasca hasta definir otro pecado más, la que necesita controlarlo y regularlo todo, es la que menos segura está de sí misma, la menos fuerte.

Si pudiese bajarme y mirarles las hojas puede que los reconociese: una vez viví donde había olivos. Hasta tuve uno en mi jardín. Me hacía mucha ilusión. Me parecía exótico y una suerte enorme verlo cada mañana desde mi ventana. Yo tenía doce años, y con él descubrí que las aceitunas, antes de comerlas, se aliñan.También tenía su propia sombra. Como todos. Las sombras solo desparecen cuando tampoco hay luz.




Monstruos del primer mundo

Monstruos del primer mundo


Salgo de mi habitación al pasillo a oscuras y veo, enfrente, dos puntos rojos. Sé que son los interruptores de la luz, pero podrían ser los ojos de un monstruo. Y alguna vez se me pasa por la cabeza que estaría bien que lo fuesen. Así, por lo menos pasaría algo. 



VOY AL SÚPER. Por teléfono le cuento a mi hijo que hoy en el gimnasio no hice nada que forzase la espalda, porque durante el fin de semana estuve mal, y me responde “Problemas del primer mundo”. Dice que lo oyó en algún anuncio o lo vio en algún vídeo, no sabe, pero yo me quedo impresionado y con la sensación de que hay luz en medio de las tinieblas.

Son ya las nueve de la noche. Veo a ex guapos ojerosos en sus todoterrenos BMW, parados en los semáforos de camino a casa. Que cada uno defina lo que es triunfar, y luego haga lo que pueda; pero al menos deberíamos asegurarnos de que, lleguemos o no a la meta, nos dirigimos a donde queremos. Matthew McConaughey dice que a veces es más fácil comenzar por identificar qué es lo que no queremos, ir apartando estorbos. A él parece funcionarle.

Un chico y una chica toman dos cañas a mi lado. Doy por sentado, por lo que me llega de la conversación, que están ligando en versión charla profunda y sincera, pero al cabo de un rato ya no sé qué pensar. Están hablando de religión. Él va a convivencias. Cuenta que volvió a donde solían tenerlas hace mucho tiempo, y que fue como volver a una casa de veraneo de la infancia, por el olor. Que el olor le pegó una hostia. Lo dice así, para mi desconcierto. Y que se levantó al amanecer, antes que los demás, e hizo una oración solo. Tiene un vídeo de Youtube de nubes, para meditar, y se lo puso ayer para dormir, y la anima a ella a hacerlo. Mi hipótesis se tambalea. Habla de sexo, amor y respeto, y hasta de tetas, de un modo tan maduro que, o es un don juan con una táctica depuradísima, o realmente está por encima de la carne. Ahora ella confiesa que el tema de la fe lo tiene que trabajar mucho más, que a veces piensa en eso pero, nada, todo muy superficial. Y ya no sé si lo que acabo de presenciar es cómo cae en sus redes o una conversión en pleno primer mundo.

Muchas veces me parece que algunas personas cuentan sus desgracias con un pelín de satisfacción. Una enfermedad, un accidente o alguien hospitalizado por lo menos suponen una novedad. Se diría que disfrutan de su momento de gloria. Al fin un poco de protagonismo, al fin un aliciente, un poco de interés, aunque sea malo. Por lo menos les pasa algo, a ellos también.
Y, hablando de amaneceres, por fin he visto Amanece que no es poco. Marta no dejaba de recomendármela, pero yo me resistía, porque estaba seguro de que me iba a decepcionar. Y no, me ha gustado mucho. Y a mi hijo, que pilla y disfruta del humor absurdo. Creo que, de toda la pléyade de personajes memorables, me quedo con el cabo de la Guardia Civil. Además, hace muchos años vi a José Sazatornil Saza en misa en San Julián, igual de repeinado pero con gafas. Lo de Faulkner, y que al escritor luego le salga Chejov sin querer, es genial.

Desde la carretera, entre Zamora y León, se ven pueblos como el de la película y pequeños cerros a los que les han limado la punta, pequeñas mesetas desiertas, sin nada encima. Me gustaría subir a una y quedarme de pie en medio, mirando alrededor. Voy superando nuestra fijación con el verde y cada vez me parece más bonito el paisaje de esta parte de Castilla; y pienso cómo sería vivir unas semanas en uno de esos pueblos. Yo creo que el resultado no admite término medio: o te embelesa o te suicidas.

Acabo de empezar a leer Dog soldiers, de Robert Stone. Se supone que una obra maestra; lo dijo hasta Harold Bloom. Y esta mañana, entrando en Madrid, cuando lo cerré y me fijé en la contraportada, descubrí asombrado que una de las traductoras es una chica a la que hace más de diez años conocí en la blogosfera: Inga Pellisa. Nos leíamos, cuando la lectura en internet incluso admitía cierta calma. Dejó la carrera de Químicas y se pasó a las Humanidades, y ahora traduce literatura de altura. A lo mejor ella sí definió bien, y a tiempo, su éxito.

Sí, problemas del primer mundo. Pero reales. Como la frustración, como los deseos sepultados y olvidados o la desilusión, por ejemplo. O como el aburrimiento, que a veces me hace darle al interruptor del pasillo esperando que unas fauces se cierren sobre mi mano y me obliguen a pelear.




Pararse a vivir

Pararse a vivir


Una tarde de hace treinta años, en una cafetería de Pontevedra le estuve explicando a un compañero de carrera, durante más de una hora, que yo no entendía otra forma de vivir la vida que pensándola.



SE LO EXPLICABA a él y seguramente me lo explicaba también a mí mismo por primera vez. Que el pensamiento estaba antes, durante y después de la acción, de cualquier vivencia. Sigo creyéndolo, aunque probablemente entonces lo expresase mal. Pensar, dicho así sin más, parece una habitación muy fría para meter en ella la vida entera.

En dos viajes seguidos del tren me ha tocado la misma película, Este niño necesita aire fresco, que cuenta la infancia de un famoso (allí) cómico alemán, Hape Kerkeling. La película no está mal, y al final, el protagonista, que ha sufrido la muerte de su madre, a la que estaba muy unido, hace una última reflexión que puede parecer un poco mística, pero no lo es: dice que él es su madre, y su abuela y su abuelo, y sus tías y los niños, y su caballo, y las amapolas del borde del camino, y el cielo y —y esto es precioso— la dirección en que de pequeño empujaba su madre su cochecito; y aclara que eso es así porque está despierto, porque vive despierto.

También mi amigo Jesús Miramón suele dar vueltas, en su delicioso blog Las Cinco Estaciones, al hecho de vivir dándose cuenta. Dándose cuenta de todo, o de todo lo que somos capaces de abarcar: lo que somos, lo que hacemos, dónde estamos y hacia dónde parecemos ir, lo que podemos y lo que nos puede, qué y quién nos importa, y por qué, y si ese porqué tiene tanto sentido como creemos.
Hace un par de semanas decidí no leer ficción hasta que hubiese terminado con varios libros de texto y ensayos que quiero casi estudiar. Para darles un empujón, porque, si no, siempre encuentro una lectura mejor. Y he estado así diez días. Ha sido horrible. La sensación era de no tener refugio: mirase a donde mirase, solo veía esfuerzo.
Así que este viernes cogí por fin un libro que me apetecía, y lo acabé en un par de tardes. ¡Qué placer, leer por placer! Se trataba de La mujer singular y la ciudad, la continuación de Apegos feroces, de la escritora estadounidense y neoyorkina Vivian Gornick. Se lo compré a Marta en la madrileña librería Méndez porque la primera parte nos había gustado mucho y el librero, Alberto, me comentó que esta era igual o mejor. Y estoy de acuerdo. Me ha encantado. Es un librito corto, reflexivo, introspectivo, que habla de crisis, e incluso de crisis crónicas, y de conflictos vitales —vitales tanto por su importancia como por su duración—; pero lo hace sin demasiada angustia, con una actitud lo suficientemente lúcida, inteligente, curiosa y —dentro de su rebeldía— conformista, como para hallar casi siempre, en medio de la incertidumbre, de la culpa, la rabia y el dolor, algo de consuelo. Consuelo que en su caso procede de la personalidad y el ambiente de su amada ciudad, de la cultura sinceramente apreciada y disfrutada y, sobre todo, de la amistad.

Y es en los breves y agudos retratos de esas amistades y relaciones amorosas, en el recuerdo de algunas conversaciones escogidas que para ella hacen de faros, de hitos en el continuo de la vida, y en las descripciones de sus paseos urbanos, de sus encuentros casuales y de los diálogos entre desconocidos que oye al pasar, donde la autora habla una y otra vez, ella también, de vivir conscientemente. No sé si utiliza explícitamente esa expresión, pero es eso lo que quiere decir. Mira y escucha alrededor con atención, y lo piensa, y lo siente y lo relaciona con ella misma y con todo lo que sabe. Descubre y ordena su escenario, y busca acomodo en él. Trata de vivir lo que tiene y lo que es.

Pensar la vida, vivir despierto, darse cuenta, ser consciente. A veces supone pagar un precio: preocupación, una sensación mayor de responsabilidad, puede que cierto desánimo, más dudas. Otras, nos salva de algunos miedos y de la confusión que nos va quedando si nos dejamos arrastrar por la corriente. Y, siempre, alarga nuestro tiempo y ensancha nuestro horizonte, y hace que más momentos del día sean más interesantes.

La vida, no sé si la hace más real. Ni más feliz: la felicidad es incontrolable y  poco atiende a razones. El caso es que llega un momento en que vivir de otra manera  no tiene sentido, ya. Que es lo que yo pretendía explicarle a mi amigo aquella tarde en la plaza de la Herrería, cuando éramos jóvenes y estábamos decidiendo cómo queríamos ser.


Enlace al artículo, en Táboa Redonda: /gl/opinion/portorosa/pararse-a-vivir/20200218102405073781.html

10.3.19

Leer con ganas




Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 17.02.2019


¡A la hoguera!

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 10.02.2019]



¡A la hoguera!




"ESCRIBÍA MANUEL DE LORENZO hace unos días una columna en la que defendía por qué, en su opinión, la obra de un artista puede, y debe, ser valorada con independencia del juicio que la persona nos merezca. Y ponía numerosos ejemplos: Celine, Polanski, Lovecraft o Caravaggio. Y los que no sospecharemos, añado yo.

Y hacía un comentario sobre las últimas acusaciones, de nuevo, a Woody Allen. Acusaciones que le han valido la condena generalizada de, por así decirlo, Hollywood: actrices que repudian el haber trabajado con él, o que prometen donar sus ingresos por películas suyas a fundaciones que ayuden a víctimas de abusos, por ejemplo. A pesar de que esas acusaciones no hayan sido nunca probadas. Es más, a pesar de que ya lo hayan juzgado en dos ocasiones y nunca haya sido condenado, como explicaba muy bien Robert Weide hace hoy cinco años en “Diez cosas que no sabes sobre el caso Woody Allen”.

Yo no sé si mi director favorito es un pederasta. Y no me da igual; porque, aunque básicamente estoy de acuerdo con Manuel, me resultaría imposible obviar ese dato, si fuese cierto. Lo que sí sé es que, a pesar de las constantes acusaciones y de la fuerza de la parte contraria, W. A. no es, para la justicia, culpable de nada. Y también sé que eso parece no importar.

Las épocas en que acusar equivalía a condenar, en que llegaba con señalar y llegaba con creérselo, han sido numerosas: las brujas con la Inquisición, las otras brujas con McCarthy, los conversos españoles, los judíos ante los nazis, los antisoviéticos en la URSS de Stalin, etc. Y fueron siempre épocas terribles, dominadas por el miedo y la sinrazón. Aunque en todas y cada una de ellas quienes las provocaban no dudasen de que hacían el bien.

Me repito, pero ya lo describió perfectamente Philiph Roth en “La mancha humana”: una cita literaria de un profesor es interpretada como un comentario racista y la desgracia cae sobre él, que pierde su empleo y el respeto de la comunidad. Pero donde hace hincapié Roth no es en quienes actúan desde la maldad o la estupidez, sino en quienes (colegas, jefes, amigos), aun sabiendo que todo ha sido un error, se callan para no tener problemas, para no llamar la atención de los linchadores.

Porque de eso se trata, de linchamientos. En nombre de la justicia, como siempre. Linchamientos basados en la respuesta inmediata a informaciones sesgadas o falsas, y espoleados por las redes sociales. Linchamientos contra los que casi nadie se atreve a alzar la voz, por miedo a resultar sospechoso.

Afortunadamente, hoy en día ya no es tan fácil encontrar un árbol y una buena soga."








8.2.19

En todas partes


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 06.01.19]



EN TODAS PARTES

"EL OTRO DÍA mi hija me contaba que una compañera suya de clase decía que Love Actually era una tontería superficial, un montón de estereotipos ridículos. Está claro que la niña, de quince años, apunta maneras y además sabe escuchar a sus mayores; pero a mí me dio la oportunidad de explicarle a Paula que, igual que es de tontos no analizar nada, también lo es analizar de más, y que no se puede ir siempre con las gafas de intelectual puestas. Que hay que relajarse un poco, de vez en cuando.
A mí no solo me gusta Love Actually sino que me atrevo a afirmar que los de mi generación, con ella, hemos asistido a la aparición de un clásico del cine; o al menos del cine navideño. Y ayer nos volvimos a relajar y la volvimos a ver. Y me volvió encantar. Sobre todo las historias de Billy Mack, el abuelo del rock, Karen y su crisis conyugal, Jamie y su romance portugués y, por supuesto, don Hugh, que qué bien hace siempre ese papel que siempre hace.
Para compensar, esta semana hemos visto el documental La teoría sueca del amor, que sostiene que el gran propósito que la Suecia de Olof Palme se marcó a finales de los 70, consistente en lograr las plenas independencia y autonomía personales de todo ciudadano, ha generado, cuarenta años después, una sociedad de individuos aislados, con escasas y pobres relaciones íntimas. Una sociedad en la que la mitad de los adultos viven solos y que tiene una agencia estatal dedicada a localizar a las familias de todas las personas que mueren sin nadie a su lado. Asegura que aquella independencia, teóricamente de lo más deseable y planteada a un mismo tiempo como objetivo de desarrollo socioeconómico —el Estado como proveedor de toda necesidad material— y cultural —ninguna relación personal condicionada por ningún tipo de dependencia, sino basada en una absoluta libertad de decisión—, ha creado una sociedad aquejada de un enorme problema de soledad.

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23.12.18

Inspiración

La víspera de la noche más entrañable del año, en la que en esta ocasión, además, nosotros damos un paso de gigante en nuestra carrera hacia hacernos mayores, pues por primera vez, en lugar de ir a casa de alguien, somos anfitriones, os deseo de todo corazón una muy feliz Nochebuena y feliz Navidad.

Cuidaos mucho y tratad de hacer que esto valga la pena.

Besos y abrazos.


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 23.12.18

 

Inspiración


"El domingo por la tarde vi un capítulo de “Endeavour”, la maravillosa serie inglesa que no entiendo cómo no les vuelve locos a todos ustedes, y, al llegar al tren esa noche y ponerme con este artículo, todavía bajo los efectos de la belleza del paisaje, de la música y de dos mujeres, escribí el título: “Inspiración”. Esa idea sobre la que casi todo el mundo ha dicho algo desmitificador, menos Rilke y yo.
Paul Auster es un escritor que pocas veces me convence al cien por cien pero siempre me deja con ganas de leerle el próximo libro. Sus novelas suelen plantear, sin elucubraciones abstractas ni sensiblería, cuestiones interesantes de la vida real. Ahora estoy con “4 3 2 1”, arrastrando bastantes dudas, como siempre. Y en ella escribe, sobre el joven protagonista y un amigo: “Caminar con Federman era sobre todo un ejercicio del arte de prestar atención, y prestar atención, como descubrió Ferguson, era el primer paso para aprender a estar vivo”. No podría estar más de acuerdo: prestar atención como herramienta para vivir. Por eso escribo.
Claro que cada uno presta atención como es. Leo artículos magistrales, verdaderos ejemplos de cómo elegir y exponer un tema, cómo analizarlo y darle la profundidad, el tono e incluso la longitud justos. Artículos no solo elegantes sino que arrojan luz. En cambio yo, en estas columnas, más que arrojar luz me parece que doy sombra. Siempre a punto de caer en un apasionado lamento existencial, como el de aquellas conversaciones de leve borrachera de cuando éramos jóvenes y no teníamos novia. Siempre hablando desde mi rincón lleno de trastos, con los que no dejo de tropezar; siempre metiéndome en medio, elija el tema que elija. Debo de ser idiota, como decía Cortázar de sí mismo porque no entendía las críticas sesudas y se dejaba llevar por la belleza de un pez de colores de papel que cruzaba el escenario. Solo que, yo, sin ser Cortázar.
Ayer, cuando ya tenía esto casi acabado, hablé por teléfono con mi hijo. Estaba montando el belén en casa, porque había visto el que el vecino hace en el portal y le había servido de inspiración. De inspiración, dijo. Él en Ferrol y yo en Madrid, cada uno prestando atención a su alrededor y dándole sentido a un lunes.
Dándole sentido a los días, uno tras otro. Dándole sentido a esperar las vacaciones para estar juntos. Todos con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestros pececillos de colores y nuestros trastos. Un poco idiotas pero sirviéndonos mutuamente de inspiración. De inspiración para aprender a vivir.
Feliz Navidad."
 
* * *
 

 

21.10.18

La La Bañeza

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 21.10.18]


La La Bañeza




"Estación de autobuses de La Bañeza. Desde mi asiento, por la ventana, veo a dos monjas abrazándose. Una es una anciana de gafas y pelo blanco, bajita; la otra, también con gafas, una chica bastante joven, negra. Las dos sonríen, a mí me parece que emocionadas, cuando se despiden.

También sonríen al despedirse Mia y Sebastian en “La La Land”, también emocionados. La vimos el fin de semana y me encantó. Supongo que este tipo de películas siempre se arriesgan a ser calificadas de ñoñas. Supongo que cualquier romance se arriesga a eso. Supongo que hay gente que cree que solo llegas al meollo de la vida cuando miras fijamente a sus tripas. Supongo que hay mucho amargado.

Pocas instituciones deben de reunir tantas luces y sombras como la Iglesia Católica. Imagino que es lo que sucede cuando tienes dos mil años de vida y en tu nombre han hablado y actuado millones de individuos. Sombras financieras que no parece muy arriesgado dar por sentadas, sombras como los escándalos sexuales que desde hace años nos dejan asqueados, sombras como la amenaza constante y frecuentemente consumada del fariseísmo, sombras como no pocos alineamientos políticos vergonzantes o como su condición, tantas veces a lo largo de la Historia, de enemiga acérrima del avance científico. Luces, probablemente una, o al menos es una la principal: el trabajo de miles de sus miembros repartiendo compasión por todo el mundo, sin alardes, llegando a los últimos reductos de miseria y terror, a menudo solos porque nadie más se atreve a bajar tanto.

A mí las historias de amor todavía me gustan, por suerte. Y que conste que cuando empezó la película pensé que no tenía yo cuerpo para un musical, pero al final esa parte resultó ser la mejor. Sobre todo sabiendo que ambos aprendieron a bailar para el rodaje, y Ryan Gosling incluso a tocar el piano, ¡y que es quien lo hace en todas las escenas! Así que música y amor. Y el clásico mensaje de perseguir tus sueños, que puede acabar mostrándose completamente falso y, aun así, seguir siendo absolutamente necesario.

Porque, ¿qué somos sin una ilusión por delante? ¿En qué queda todo cuando ya no esperamos nada? No tiene que ser espectacular, ni por supuesto una recompensa material; ni siquiera un logro apreciable desde fuera, para los demás. Tampoco una meta concreta: a veces no tenemos ni por qué saber identificarlo exactamente. Llega con que produzca un efecto. Que nos proporcione no mucho más que un impreciso sentimiento de esperanza que nos sostenga. Basta con una luz por delante, en algún punto del camino, brillando en medio de las tripas."

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Una pista de tenis


 [Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 30.09.18]


Una pista de tenis




"Otra vez me pongo a escribir por tristeza. Es lo más habitual, y seguro que no muy buen síntoma. Sería estupendo, para mí y para cualquier lector, que me dedicase a contar lo bien que me siento. No sé en qué película, un director de cine era condenado a prisión y pasaba un tiempo encarcelado, y cuando observaba la reacción de los demás reclusos al ver dibujos animados, cuando se daba cuenta de que aquellos desgraciados, durante una hora a la semana, se olvidaban de sus miserables vidas, decidía que al salir ya solo dirigiría películas que hiciesen reír.

Pero yo, a aquel director le diría que hacer reír es difícil. Mucho más difícil que hacer llorar, que es fácil. Recorro la Gran Vía y voy viendo los carteles que anuncian obras de teatro y monólogos. Casi todo comedia. Y no digo yo que no haya nada que valga la pena, pero me cuesta creerlo. Viendo las caras de los humoristas, la sucesión de sonrisas forzadísimas y guiños de complicidad de compañero graciosete de oficina, a mí lo último que me apetece es entrar.

Recuerdo una conferencia, hace muchos años, del poeta Miguel D’Ors, nieto de Eugenio, en la antigua Fundación Caixa Galicia de Ferrol, cuando todavía estaba en el entresuelo de la calle Galiano. D’Ors leyó algunos poemas suyos. Había uno en el que hablaba de las hojas secas moviéndose con el viento en una pista de tenis vacía. Me había encantado, emocionado, y me había hecho preguntarme por enésima vez por qué no leo poesía si puede gustarme tanto. Poco más recuerdo, excepto una cosa: dijo que él escribía cuando estaba mal, que su obra surgía del dolor, de la pena y, en general, de la insatisfacción. Habló incluso de infelicidad. Entonces repasó la lista de todos sus títulos y comentó que, por suerte, eran bastante pocos. Se veía que no le había ido tan mal la vida, que no había sido muy infeliz. Fue una conferencia muy bonita.

Lo de la pista de tenis parece algo frívolo, quizá. Alguna vez, después, lo he pensado. Como si no pudiera haber mucha tristeza ni demasiadas preocupaciones en una casa que tenga una, por muy decadente que sea, en una casa con finca, o como poco un porche con muebles ya algo viejos pero que se ve que fueron buenos. Como si ahí los problemas no pasasen de que el niño no ha entrado en la carrera que quería o la tapicería de los sofás ha pasado de moda. Lo cual es una estupidez, por supuesto. Era curioso cómo la imagen de aquellas hojas y de aquella pista sin usar, seguramente con la red algo caída, podía resultar tan melancólica."


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15.7.18

En la cama con gabardina


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 15.07.18


En la cama con gabardina




"Imagínense meterse en la cama con la gabardina puesta. En “La conversación”, de Coppola, Gene Hackman es un experto en escuchas que está trabajando en un encargo que lo intranquiliza. Para Coppola, la película es mejor que “El Padrino”, lo que demuestra que los autores no siempre son sus mejores jueces. Y Hackman hace lo de la gabardina dos veces: una tarde que va a visitar a una novia y la encuentra durmiendo, y abren una botella de vino que beben en vasos de tubo sobre la cama, sin que él se quite la gabardina, ni los zapatos, ni la corbata ni nada; y la segunda, cuando cree que en la habitación de hotel contigua a la suya se está cometiendo un asesinato por su culpa, y se mete en la cama histérico y se tapa y se queda dormido, con gabardina.

Tengo un amigo que se sorprende de que me interese tanto la literatura norteamericana. Le explico lo de que son el centro del mundo, su importancia en la cultura contemporánea y que muchos de sus escritores tratan temas que me importan: relaciones familiares, de pareja, la sensación de desorientación vital y qué sé yo. Todo cierto. Pero hay algo más, y es que eso que acabo de decir provenga de un país con un estilo de vida tan diferente que casi parece extraterrestre.

No se trata de la influencia de una cultura cercana, como sería el caso de la o las europeas. Ni del exotismo de lo lejano que explica mi fijación por Siberia y Mongolia. Aquí lo que me fascina es que lo norteamericano sea, a la vez, omnipresente y absolutamente ajeno. Que una sociedad con la que es imposible no estar familiarizado resulte a menudo, sin embargo, tan incomprensible.

No entiendo que en cualquier momento pregunten si tienen hambre, en lugar de comer a su hora. No entiendo los coches con franjas de madera. No entiendo que cambien de domicilio como de ropa, y puedan estar años sin ver a un hermano y, cuando se encuentran, le recuerden una deuda de veinte dólares. Ni que en cualquier pueblo perdido haya una atracción turística y dos moteles y tengan visitantes. Ni el proceso por el que un iraní, un keniata o un mexicano llegan a sentirse tan patriotas americanos como los tíos de camisas de cuadros que los perseguirían en su pickup con bates de beisbol. Ni que alguien trabaje en una inmobiliaria, después sea profesor y luego abra un restaurante. No entiendo esa manera de vivir hacia sí mismos; porque no es cierto que se crean el centro del mundo: para ellos, Estados Unidos es el mundo.

Es como si mis películas favoritas, la música que más he escuchado y mucha de la literatura que más me gusta procediesen de Marte. Querría saber qué pasa en Marte."

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1.7.18

Si yo fuera rico


Si yo fuera rico




"De pequeño tenía un triciclo en casa, pero en lugar de andar en él lo tumbaba, me sentaba  en la rueda que quedaba en el aire, agarraba el manillar como un micrófono y cantaba. Cantaba mucho, yo. Mi hermano no tanto. Menos cuando tenía fiebre: cuando se ponía parlanchín y, para colmo, empezaba a cantar, mis padres ya le ponían el termómetro. Mi madre cuenta que algunos vecinos decían que sabían que volvíamos del colegio porque nos oían cantar mientras subíamos en el ascensor, hasta el quinto.

Y recuerdo que, no sé por qué, durante una temporada que ahora me parecen años y a lo mejor duró una semana, mientras esperaba a que el ascensor bajase limpiándome los pies en el felpudo grande y marrón del portal, cantaba “If I were a rich man”, de “El violinista en el tejado”, porque habíamos visto la película. Solo que la cantaba en castellano, y lo que hacía era repetir una y otra vez el estribillo, que además, con la excepción de la primera frase, “Si yo fuera rico”, me inventaba totalmente. Casi siempre acababa metiendo versos con un mensaje claramente filantrópico y altruista. La conciencia me impedía gastarme todo el dinero en mí, incluso en la imaginación.

Mi vecina de abajo, con la que ahora coincido en el conservatorio dejando y recogiendo a los niños, me oía cantar cuando estábamos cada uno en nuestro baño, y al parecer se reía bastante. Sobre todo una vez que me inventé una letra entera para “Un velero llamado libertad”, de José Luis Perales. No me acuerdo de cómo era, pero sé que en mi versión el protagonista se iba en su barco con un montón de comida.

Ahora canto mucho menos. Y no es buena señal. Porque cuando estoy contento canto, o por lo menos silbo. Es inconsciente, pero al llegar al trabajo me doy cuenta de cómo he salido de casa por el hecho de ir por el pasillo silbando o no. Y parece que de niño era más fácil no estar preocupado o desanimado.

Supongo que una de las grandes diferencias entre las personas alegres y las tristes es que las primeras saben ver los buenos momentos del pasado, todo eso que les ocurrió, todo lo que hacíamos y lo que éramos, como algo que van atesorando, y no como cosas que la vida les ha arrebatado.

Supongo que hay gente tan afortunada que, al acordarse de cuando cantaban hace cuarenta años en el ascensor, en lugar de pensar que ya lo han perdido sienten que aquello sigue presente, formando parte de ellos. Y que cada recuerdo contribuye a hacerlos más ricos, como soñaba el violinista."

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10.6.18

La tristeza secreta



Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 10.06.18

 La tristeza secreta




“Todos tenemos nuestra propia tristeza secreta”: esa es la extraordinaria frase que alguien dice en un capítulo de la serie inglesa “Endeavour”. Una serie -precuela de otra de los 90 titulada “Inspector Morse”- que me ha encantado, y en la que se cuentan los primeros pasos del agente Endeavour Morse en la policía de la ciudad de Oxford. Las tramas, la parte puramente policial, no me parecen gran cosa, tienen poco suspense y no demasiado interés; en cambio, el escenario, el ambiente y los protagonistas son magníficos. Sobre todo él, Morse, un chico excelente, buena persona, inteligente, culto, honesto e idealista.

Al pobre, sin embargo, no le va muy bien. En el trabajo, su talento despierta recelos; en lo personal, está casi siempre solo y su vida sentimental apenas conoce esporádicas alegrías que ni duran mucho ni llegan a colmar sus necesidades -elevadas también, como era de esperar-. No, desde luego, no le va como se merece.

Y da bastante pena. Él no se queja, sigue trabajando con seriedad, eficiencia y mucho interés, y no se queja. Lo cual hace que dé más lástima todavía, por descontado. Porque no se compadece de sí mismo ni llora por las esquinas. La suya es una resignación madura, la de quien sufre pero tiene claro que la vida no acaba ahí; y menos aun la de los demás, que bastante tienen con lo suyo sin aguantar los lamentos de otro. Da pena, pero despierta simpatía y admiración, y como mucho uno le daría un empujoncito.

En cambio, la protagonista de la pesadísima película francesa “El porvenir”, Isabelle Huppert, es una buena y entregada profesora de filosofía, casada con un colega y madre de dos buenos chicos, culta, reflexiva, reconocida en su ambiente, dueña de una casa sin alardes pero repleta de libros y acogedora, y protagonista de una vida intelectual llena de conversaciones intelectuales con gente intelectual. Y sin embargo resulta patética. Incluso antes de saber que su esposo la engaña y va a dejarla por otra.

Patética porque le falta lo esencial, le falta el centro en el que todo se apoya y, con toda su inteligencia, parece no saberlo. Porque actúa como si todo fuese bien, al contrario que Morse, que tiene claro que no. Por eso es cuando se desmorona, cuando se resquebraja su armazón racional y sale el dolor, al que no hay teoría filosófica que sirva de consuelo, el único momento en que parece vivir. Solamente cuando se derrumba y llora con la cabeza apoyada en la ventana del autobús da la sensación de estar al fin viva. Cuando no le da la espalda a su propia tristeza secreta."

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29.4.18

Molestias en el bazo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 29.04.18


Molestias en el bazo




"Ya decía Al Pacino en “El abogado del diablo” que la vanidad era su pecado favorito, porque nadie está libre de caer en él, y hasta la personalidad más fuerte, la que resiste impertérrita cualquier crítica, se doblega ante el elogio.

Una forma prosaica de explicarlo es que la dopamina nos encanta y la recibimos con alegría, como bien sabían los creadores de Facebook cuando decidieron incluir algo que cambiaría por completo la experiencia de sus usuarios y los encadenaría para siempre: el like. Sea por eso, sea por una más trascendental necesidad de reconocimiento, basta echar un vistazo a las esquelas de ABC para comprobar cuánto nos importa tener méritos. O a los perfiles de Linkedin, donde nadie parece tener un trabajo corriente ni, desde luego, modesto.

Estamos desnortados. Yo al menos lo estoy, sobre todo algunas épocas en las que de repente parezco un pollo sin cabeza, con la diferencia de que en lugar de correr me paro con las manos en los bolsillos y miro alrededor, entre embobado y cansado. Y peor es cuando, en lugar de observar lo que me rodea, me veo moviendo el pulgar pasando pantallas del móvil en busca de no sé qué. De un vídeo de caídas o un artículo sobre el número de comidas diarias recomendable.

Esa astenia, hay quien se la achaca a la primavera, como otros a la lluvia. Yo, si tuviese que pronunciarme, diría que a mí lo que me desasosiega es la llegada del calor, pero lo cierto es que soy reacio a relacionar mi humor con la meteorología. Demasiado superficial. Yo soy más de la frustración, el irremisible paso del tiempo, el miedo a la muerte y cosas así. Pero, sea como sea, ese mal de los que no sufrimos grandes males, de los que no tenemos graves problemas, esa angustia vital de causa difusa o directamente imposible de explicar, llega y me ataca de vez en cuando, cargada de consecuencias reales. Y me entra una apatía vital, a medias entre el hastío de la rutina y la desorientación existencial, que me quita las ganas de casi todo. Quiero y no puedo. O no quiero. Y ardo en deseos de arder en deseos, de una vez, por algo.

Me ataca el spleen de los románticos, el spleen de Baudelaire, pero sin la vertiente artística, sin que surja la poesía. Puedo ponerme un batín de seda, tumbarme en una otomana, acariciar desmayadamente a mi gato y, mirando a la ventana, suspirar, pero nada: creatividad cero. No paso de los lamentos por lo que yo habría podido ser… si hubiese sido otro."

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26.3.18

¿Madrid?


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 25.03.18


¿Madrid?




"Las seis y media de la mañana. Se va el autobús y me quedo en la acera desierta. De nuevo en Madrid.

En Madrid hay muchísima gente. Parece que pasa algo. Pero el mayor cambio es el del tiempo, el de los tiempos. Decides salir con antelación para ir con calma y así poder dar una vuelta antes, y resulta que llegas por los pelos, que esa antelación nunca lo es.

Estoy comiendo cerca del Teatro Real, y un chico y una chica de veintipico años se sientan en la mesa de al lado. Son modernos y urbanitas, piden café con hielo con una rodaja de limón y un toque de canela, y todo les da asco: su pelo, que les crece así, mira, fatal, una compañera de piso que habla como si todo fuese superemocionante –“Háblame, normal, tía, solo te pido eso: normal”-, una pesada del trabajo, etc.: “¡Qué asco, tío, qué aaasco!”.

En la terraza del Círculo de Bellas Artes me acuerdo de Forges, ese genio, al ver a uno de sus personajes, engominado con ricillos en la nuca, dirigirse al camarero con prepotencia y, en realidad, en cuanto le contesta, volver a sentarse medio abochornado y balbuceando un poco hacia la chica que lo acompaña.

De noche, en el barrio de Salamanca, paso por delante de locales con portero donde la gente viste caro y en las puertas siempre hay chicas impresionantes riéndose. Me imagino el dinero dominándolo todo, cocaína y prostitución de lujo, y me siento a años luz, en inferioridad y a la vez a salvo. Yo qué sé. A lo mejor son como yo.

En el asiento de enfrente un chico habla con una amiga. Le dice que los mejores del mundo haciendo el corte del pescado son los japoneses. Que él ha ido a un montón de japoneses y está convencidísimo. Que no hay otros iguales. Que se fije si no en el sushi, mismamente, o en los pescados venenosos.

Voy al cine a los Ideal, a ver “Tres anuncios en las afueras”. Solo con la escena inicial, donde hay tres vallas publicitarias rotas en medio de la niebla y Renee Fleming canta ‘The Last Rose of Summer’, sé que va a ser una gran película. Y lo es, con Frances McDormand -la policía de “Fargo”- y uno de los actores de reparto, Sam Rockwell, haciendo dos papeles antológicos. Pido palomitas dulces y tengo que dejarlas a medias, porque creo que voy a estallar y llenar todo el cine de vísceras recubiertas de caramelo.

Esta vez venir ha sido distinto. Por primera vez, es probable que en no mucho tiempo viva aquí, tal vez un año o dos, tal vez más. Y, aunque son días de turismo que no hacen prueba, trato de imaginarme en estas calles sin estar de paso, pero no soy capaz.

Los atardeceres en el centro son preciosos. Dicen que es la contaminación. Pero son preciosos."

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25.2.18

La tarde de los viernes

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 25.02.18


La tarde de los viernes



"El otro día iba en el coche con mi hijo sentimental -es un concepto que manejamos en casa: en el campo semántico de la pareja sentimental hemos incluido hijos y hermanos sentimentales, e incluso abuelos, tíos y primos sentimentales también- y, como estábamos los dos bastante callados, al cruzar una plaza le conté que yo, de pequeño, solía volver por allí andando a casa.

Yo debía de estar en 6º de EGB, y un par de días a la semana me quedaba a natación después de clase, así que regresaba andando, a eso de las seis y media. Iba ya duchado, con el pelo mojado y la bolsa al hombro, y recuerdo que me miraba en los escaparates al pasar, me fijaba con extrañeza en el movimiento de las piernas, como si me viese por primera vez. Creo que aquello, aquel momento de autonomía, el cruzarme con gente y la sola posibilidad de decidir si me paraba o seguía caminando, aquella novedad, me hacía sentir ya un poco mayor.

Pero me acuerdo sobre todo de las tardes de los viernes. Entonces todo cambiaba, porque era, claro, como ahora, el mejor día de la semana. “Hay menos alegría en la taberna que en el camino que conduce a ella”, dice Cormac McCarthy en “Meridiano de sangre”; como siempre ha habido más alegría en la antesala del fin de semana que en el fin de semana mismo.

El viernes me esperaban dos cosas: la merienda y la serie de “Las aventuras de Guillermo”. Llegaba, dejaba la bolsa, me quitaba el chaquetón y me ponía las zapatillas y me sentaba con mi hermano, que ya estaba en casa, a verla.

Leí y disfruté la colección entera de Guillermo, de Richmal Crompton. Ahora está en la habitación de mi hijo, esperando a que él o su hermana se animen; aunque me pega que no va a suceder. Y, como con tantas otras lecturas que son sustituidas por otras más actuales, creo que se pierden algo bueno; algo mejor, en general, que su relevo. Y pasan los años y la edad de leer ciertas cosas se les pasa, y puede que se queden sin Julio Verne, Dumas, Scott, Stevenson… o Guillermo y sus Proscritos, su cobertizo, sus púdines, sus ranas y sus tirachinas.

Y no seré yo quien repita chorradas como que antes lo pasábamos mejor, o que estábamos más sanos a pesar de no usar cinturón en el coche y abrirnos la cabeza con los columpios de hierro oxidado. Porque no. Pero sí me cuestiono las prioridades que impongo como padre, y el valor que le atribuyo a unas y otras actividades de los niños, cuando recuerdo la sensación de placer, yo diría que de absoluta felicidad, de sentarme en el sofá con el bocadillo sobre las piernas a ver la tele, y nada más."

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17.12.17

Táboa Redonda: Meyerowitz


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 17.12.17


Meyerowitz




"Hemos visto “The Meyerowitz Stories”, una película de Netflix (qué cosas, cómo cambia todo)  dirigida por Noah Baumbach y que reúne a un plantel que barato no debió de ser: Dustin Hoffman, Ben Stiller, Adam Sandler y Emma Thompson a la cabeza, acompañados por varios conocidos más, incluida Sigourney Weaver haciendo de ella misma. Por cierto, parece que no solo el cine español ha condenado a Landa y a otros buenos actores a papeles menores o directamente tontos: tanto Stiller como sobre todo Sandler hacen en esta película un trabajo magnífico, dándole la réplica sin ningún problema a un actor tan extraordinario como Hoffman.

La película trata del encuentro de un escultor mayor e insoportable con sus tres hijos adultos, con motivo de una posible retrospectiva de su obra. Y muestra la relación entre ellos, cuenta las circunstancias de cada uno (uno recién divorciado y sin trabajo, una hermana mayor insignificante para todos y un hermanastro con éxito profesional) y permite que nos hagamos una idea de sus vidas hasta ese momento. Y es triste.

Asistimos básicamente a una sucesión de diálogos entre los hermanos, el padre, la mujer del padre y algunos de sus hijos. En fin, sus conversaciones de unos días. Pero de ese tipo, habitual en cierto cine americano y buena parte de su literatura, consistente en una charla directa y llana que, sin embargo, apunta a lo esencial y desvela casi todo de quienes hablan. Unos diálogos que Woody Allen ha dejado para la historia del cine, pero en este caso sin el humor que siempre suaviza los suyos ni su tono intelectual. Estos son crudos y tienen la falta de ingenio propia de la realidad.

Uno de los hermanos, Adam Sandler, se lleva francamente bien con su hija, ya universitaria. Se quieren y su relación es envidiable. Y sin embargo no es suficiente para él. Incluso le da un toque añadido de angustia, porque se ve que ese amor se va; que es un amor, el de los hijos, que nunca puede nivelar el nuestro por ellos, que jamás puede llenar el hueco que dejan, porque mira hacia otro lado.

La tristeza proviene de su soledad. Evidente en unos, ocultada por otros y tan profunda en el padre que ni siquiera la ve. Y relacionada en todos los casos con el amor, por supuesto. O, mejor dicho, con su falta. Pero no porque no tengan quien los quiera, sino porque ese amor no es suficiente, no es tan profundo, ni tan extenso ni tan cierto como para compensar todas las demás carencias, empezando por lo poco que se quieren a sí mismos. Porque, ¿no le pedimos eso, acaso?"

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