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5.5.20

Una muñeca elástica

Una muñeca elástica


Se queja, y me explica que se siente como una muñeca elástica de la que todo el mundo tira. Y comprendo muy bien lo que quiere decir, porque me siento exactamente igual.



LO CURIOSO es que, con frecuencia, descubro que quien tira de mí desde, por ejemplo, un brazo o un pie, soy también yo. A mi alrededor veo mi trabajo, veo a los niños dentro de casa, en la calle y en el instituto, la veo a ella, veo a mis padres, veo a otras personas, veo asuntos pendientes, pero me veo también a mí, enfrente, aferrado a mi muñeca y queriendo llevarme, reclamando mi atención. Y, claro, me miro y me digo: "¿Pero tú eres tonto? ¿También tú? ¿Pero no me puedes dejar en paz, hombre, que bastante tengo con los demás?". Y entonces yo, mi otro yo, a veces para, deja de hacer fuerza y me contesta que sí, que es verdad, que parece mentira, que qué pesado, y que siga, que siga sin él; pero otras, en cambio, continúa, le da igual, y me dice que no, se empeña en convencerme de que debo hacer esto y lo otro, y que, si no, qué mal, qué fracaso. Y es difícil sobrellevarlo, porque, además de ser muy insistente, nunca se va. O nunca me voy. Es imposible despegarse de uno mismo, no podemos descansar de nosotros.

Esta semana, al menos, he estado poco tiempo solo.

Asistí a una conferencia sobre economía, a cargo de un liberal, o un neoliberal. Que no creo que fuese un exponente típico de esa postura, o al menos eso es lo que deseo. Porque fue indignante. Indignante no a causa de sus recetas económicas —yo defiendo siempre que la mayoría de la gente trata de llegar a su verdad, a su explicación, como mejor sabe y con la mejor intención, y que todos tenemos más en común de lo que parece—, sino de su concepto de sociedad. Aquello no fue simplemente una visión diferente de la economía, sobre la que se pudiese discutir: era otra filosofía de vida, otra visión del mundo. Hay veces en que no es solo que escojamos diferentes caminos, sino que queremos llegar a sitios distintos. Y entonces no hay nada que hacer. Porque, cuando lo que nos separa es lo que deseamos, cuando no coincidimos en la definición de bueno, no hay nada que hacer. Nuestro marco de referencia ético, afectivo, ¡existencial! es otro, y entonces ya podemos encerrarnos durante días a discutir la curva de la oferta y la demanda, que no nos pondremos de acuerdo ni un poquito. Porque no lo estamos. Si alguien se queja de los intentos de regular el precio del alquiler de la vivienda porque es malo para el negocio, si considera que el principio de redistribución de la renta es el triunfo de los caraduras, o si se ríe de las cifras sobre exclusión social de Cáritas porque dice que él no ve tantos pobres, no hay nada que discutir. Porque, o es muy burro, o es un hijo de puta.
Por fortuna, para compensar, el día ocho por la mañana fui a la manifestación, y me gustó mucho. Porque, aunque no dejo de discutir con Marta sobre ciertos flecos del feminismo, aunque creo que se está equivocando bastante en la comunicación, y aunque, como cualquier causa, por loable que sea, no se libra de su cupo de gilipollas, yo, naturalmente, soy feminista. Igual que soy demócrata, que me preocupa el medio ambiente o estoy contra la esclavitud, los genocidios y los muebles de metacrilato. Como algo obvio. Creo que solo malinterpretar lo que significa —de lo cual, insisto, no siempre se puede culpar a la gente— puede hacer que una persona normal y corriente no lo sea. Y me encantó participar. En este caso, el objetivo sí está claro y hay un mismo concepto de lo correcto, y eso une más que unas cuantas desavenencias estéticas. Me encantó estar con ella, con mis amigas y con mi hija, que quiere cambiar la mentalidad de la sociedad, empezando por la de algunos niños de su clase. Como me encantó conocer a una mujer que me pareció admirable, con ese perfil —del que ya tenía más ejemplos cerca— tan interesante de persona religiosa, tolerante, comprometida, buena y fuerte. Yo, que solo a base de razonamientos consigo actuar como si fuera comprensivo, envidio a quienes lo son sin esfuerzo.

Hay temporadas en que nos sentimos muñecos de goma machacados. Y a veces reaccionamos corriendo a escondernos, en lugar de acercarnos a los demás y dejarnos ayudar. La vida es mejor cuando estás con quien te quiere. De hecho, solo vale la pena si estás con quien te quiere.




Los árboles tienen todos su sombra

Los árboles tienen todos su sombra


Todos los árboles tienen su sombra, en estos campos de Castilla. Todos, no falla ni uno. No hay árboles Peter Pan a la vista.



ESTA TARDE, en el tren, veo Heart Beats Loud, o Ritmos del corazón. Trata de un hombre viudo y su hija a punto de marcharse a la universidad. A ambos les gusta la música —él tiene una tienda de discos que recuerda a la de John Cusack en Alta fidelidad—, y ambos tocan, y alrededor de todo eso —padre, hija, falta de la madre, universidad, música, estudios— surgen las dudas al decidir.
"Cuando la vida te plantea dilemas, los conviertes en arte", dice él. Hoy en día se abusa bastante del término inspirador, me parece a mí, pero la verdad es que esta es de esas películas que resultan inspiradoras, con las que te entran ganas de vivir, o que te hacen querer vivir con ganas, que es parecido pero no lo mismo.

Cuando se pone emocionante y tengo que contenerme para no llorar, disimulo mirando a la fila de asientos de enfrente y veo a otro chico, también con barba —hace un mes que yo la tengo—, también rondando los noventa kilos, con los ojos llenos de lágrimas. Ya no somos lo que éramos.

"Tienes que ser valiente antes de ser buena" es otra frase de la peli. Una buena frase. La bondad tiene consecuencias que debemos ser capaces de asumir. Se lo dice, a la protagonista, su reciente novia. Porque la protagonista es -no queda claro si lo descubre en ese momento o no- lesbiana. Y, viéndola, viéndolas, no es solo que yo me pregunte cómo alguien puede todavía ver algo malo o reprobable en algo así -eso me lo pregunto siempre, sin necesidad de películas-, sino que, una vez más, me convenzo de que cualquiera, por muy recalcitrante que sea, cualquiera que se aproxime a la homosexualidad con nombre y apellidos, desde cerca, caso por caso, poniéndole cara, lejos de las reglas abstractas, se verá, de repente, sin argumentos a los que asirse, en un plano de la realidad distinto al de sus teorías condenatorias. Y no sabrá por dónde empezar. Como con tantas otras cosas, como en tantos otros temas eternos o mundanos, esa condena surge del miedo; el miedo, de la ignorancia, y la ignorancia, del desconocimiento, de la extrañeza. Nada nos asusta más que lo que sabemos que está al otro lado de la puerta pero no podemos ver. Casi nada asusta tanto como lo imaginado. Todo lo cual debería indicarnos el camino a seguir, pero no.
Quedan muy bien, esas sombras en los árboles, todas redondeadas a esta hora, todas apuntando en la misma dirección, unidas al tronco por su base. Es como si cada árbol arrastrase la suya, tirase de ella.

Sea como sea, es asombroso lo que hemos desarrollado el concepto del mal y de lo incorrecto. Por desgracia. Hasta conseguir que poco tenga que ver, a veces, con una reacción mínimamente natural. La sociedad ha elaborado la noción de lo malo, de lo reprochable, hasta hacerlo, en algunos casos, irreconocible, incompresible para cualquier niño al que le preguntásemos. Y seguimos haciéndolo: rizamos el rizo y buscamos nuevos flecos a lo condenable. Estamos locos. En una evolución demencial, en lugar de haber cada vez más espacio libre, quedan menos huecos donde pisar. A veces, da la sensación de que consideramos que ganar en libertad no es suprimir vetos, sino tener el derecho a poner nuestro propio cupo de prohibiciones.

Pero no sé qué árboles son. Llevo un año y medio viéndolos, salpicados por campos enteros, y ni idea. He preguntado alguna vez, pero todos los viajeros son urbanitas como yo. Me parecen olivos, aunque los veo muy grandes.

Resulta un poco pretencioso relacionar así, en un momentito, la cantidad de faltas que establece una sociedad y su sabiduría -otra palabra sobreutilizada, sin duda-, pero yo intuyo que hay una relación inversamente proporcional entre ambas. La sociedad que da vueltas y rasca hasta definir otro pecado más, la que necesita controlarlo y regularlo todo, es la que menos segura está de sí misma, la menos fuerte.

Si pudiese bajarme y mirarles las hojas puede que los reconociese: una vez viví donde había olivos. Hasta tuve uno en mi jardín. Me hacía mucha ilusión. Me parecía exótico y una suerte enorme verlo cada mañana desde mi ventana. Yo tenía doce años, y con él descubrí que las aceitunas, antes de comerlas, se aliñan.También tenía su propia sombra. Como todos. Las sombras solo desparecen cuando tampoco hay luz.




Pararse a vivir

Pararse a vivir


Una tarde de hace treinta años, en una cafetería de Pontevedra le estuve explicando a un compañero de carrera, durante más de una hora, que yo no entendía otra forma de vivir la vida que pensándola.



SE LO EXPLICABA a él y seguramente me lo explicaba también a mí mismo por primera vez. Que el pensamiento estaba antes, durante y después de la acción, de cualquier vivencia. Sigo creyéndolo, aunque probablemente entonces lo expresase mal. Pensar, dicho así sin más, parece una habitación muy fría para meter en ella la vida entera.

En dos viajes seguidos del tren me ha tocado la misma película, Este niño necesita aire fresco, que cuenta la infancia de un famoso (allí) cómico alemán, Hape Kerkeling. La película no está mal, y al final, el protagonista, que ha sufrido la muerte de su madre, a la que estaba muy unido, hace una última reflexión que puede parecer un poco mística, pero no lo es: dice que él es su madre, y su abuela y su abuelo, y sus tías y los niños, y su caballo, y las amapolas del borde del camino, y el cielo y —y esto es precioso— la dirección en que de pequeño empujaba su madre su cochecito; y aclara que eso es así porque está despierto, porque vive despierto.

También mi amigo Jesús Miramón suele dar vueltas, en su delicioso blog Las Cinco Estaciones, al hecho de vivir dándose cuenta. Dándose cuenta de todo, o de todo lo que somos capaces de abarcar: lo que somos, lo que hacemos, dónde estamos y hacia dónde parecemos ir, lo que podemos y lo que nos puede, qué y quién nos importa, y por qué, y si ese porqué tiene tanto sentido como creemos.
Hace un par de semanas decidí no leer ficción hasta que hubiese terminado con varios libros de texto y ensayos que quiero casi estudiar. Para darles un empujón, porque, si no, siempre encuentro una lectura mejor. Y he estado así diez días. Ha sido horrible. La sensación era de no tener refugio: mirase a donde mirase, solo veía esfuerzo.
Así que este viernes cogí por fin un libro que me apetecía, y lo acabé en un par de tardes. ¡Qué placer, leer por placer! Se trataba de La mujer singular y la ciudad, la continuación de Apegos feroces, de la escritora estadounidense y neoyorkina Vivian Gornick. Se lo compré a Marta en la madrileña librería Méndez porque la primera parte nos había gustado mucho y el librero, Alberto, me comentó que esta era igual o mejor. Y estoy de acuerdo. Me ha encantado. Es un librito corto, reflexivo, introspectivo, que habla de crisis, e incluso de crisis crónicas, y de conflictos vitales —vitales tanto por su importancia como por su duración—; pero lo hace sin demasiada angustia, con una actitud lo suficientemente lúcida, inteligente, curiosa y —dentro de su rebeldía— conformista, como para hallar casi siempre, en medio de la incertidumbre, de la culpa, la rabia y el dolor, algo de consuelo. Consuelo que en su caso procede de la personalidad y el ambiente de su amada ciudad, de la cultura sinceramente apreciada y disfrutada y, sobre todo, de la amistad.

Y es en los breves y agudos retratos de esas amistades y relaciones amorosas, en el recuerdo de algunas conversaciones escogidas que para ella hacen de faros, de hitos en el continuo de la vida, y en las descripciones de sus paseos urbanos, de sus encuentros casuales y de los diálogos entre desconocidos que oye al pasar, donde la autora habla una y otra vez, ella también, de vivir conscientemente. No sé si utiliza explícitamente esa expresión, pero es eso lo que quiere decir. Mira y escucha alrededor con atención, y lo piensa, y lo siente y lo relaciona con ella misma y con todo lo que sabe. Descubre y ordena su escenario, y busca acomodo en él. Trata de vivir lo que tiene y lo que es.

Pensar la vida, vivir despierto, darse cuenta, ser consciente. A veces supone pagar un precio: preocupación, una sensación mayor de responsabilidad, puede que cierto desánimo, más dudas. Otras, nos salva de algunos miedos y de la confusión que nos va quedando si nos dejamos arrastrar por la corriente. Y, siempre, alarga nuestro tiempo y ensancha nuestro horizonte, y hace que más momentos del día sean más interesantes.

La vida, no sé si la hace más real. Ni más feliz: la felicidad es incontrolable y  poco atiende a razones. El caso es que llega un momento en que vivir de otra manera  no tiene sentido, ya. Que es lo que yo pretendía explicarle a mi amigo aquella tarde en la plaza de la Herrería, cuando éramos jóvenes y estábamos decidiendo cómo queríamos ser.


Enlace al artículo, en Táboa Redonda: /gl/opinion/portorosa/pararse-a-vivir/20200218102405073781.html

Geometría

Geometría


Yo no sé qué ocurre a veces, que no tienes ninguna preocupación clara pero sientes una intranquilidad de fondo que te desasosiega. Como si fuera a pasar algo. Así estoy yo estos días.



A LAS NUEVE del viernes, cuando vuelvo de dejar a los niños en el instituto, paso en coche por delante de la zapatería de mi amigo Fran, que en ese momento está abriendo. Le pito, se gira, se sorprende al verme y me saluda con una sonrisa inmediata y sincera, generosa y alegre —no todas lo son—, una sonrisa de las que no llevan cuentas, que no esconde nada: una sonrisa de buena persona.

En Radio Clásica están entrevistando a los guionistas de la película Loreak y, por el argumento, sale a colación Cecilia y su Ramito de violetas. Resulta que a ella no le gustaba demasiado, que prefería otras canciones suyas más comprometidas, como Un millón de sueños o Mi querida España; pero ninguna sigue escuchándose como esa. Lo que me hace pensar lo mismo de siempre: con la historia conmovedora de un matrimonio, con aquella triste historia de amor, Cecilia llegó a cualquiera, y sigue llegando todavía, porque habla de cualquiera, porque cuenta algo que sigue importando. En cambio, lo grave resultó ser circunstancial. Lo trascendente de esta mañana es esa sonrisa.

El sábado al mediodía estamos tomando una cerveza y entran los tres Rafas, tres generaciones, abuelo, padre e hijo, que salen juntos los fines de semana a tomar el aperitivo. Aunque hoy el hijo, que está en segundo de Bachillerato, lee a marchas forzadas la novela de Almudena Grandes que le han mandado en clase, El lector de Julio Verne, y solo levanta la cabeza de vez en cuando para reírse de algún comentario. El padre lleva debajo del brazo, precisamente, El hombre que ríe, de Victor Hugo, que a mí ni me sonaba y tiene entre sus personajes al que podría considerarse un precursor del Joker. Estamos en la cafetería Bonilla —la mejor caña de Ferrol—, y comentamos la locura coreana con las patatas fritas de la marca coruñesa a raíz de su aparición en la nominada Parásitos. Locura de una semana, como todas; compulsión fugaz, como todo. Pero, en cualquier caso, tiene su aquel oír al dueño, al fundador, recordar cómo empezó, friendo patatas toda la noche, hasta que por la mañana bajaban su mujer y su madre a envasar. Y míralos tú, ahora.
Muy despacio, porque requiere concentración y mente despejada, sigo leyendo La paradoja de la historia, de Nicola Chiaramonte, en la que habla de algo así como Filosofía de la Historia, basándose en cinco obras de ficción: La cartuja de Parma, de Stendhal, Guerra y paz, de Tolstoi,  Los Thibault, de Martin du Gard, varias de Malraux y, por último, Doctor Zhivago, de Pasternak. Es denso y muy interesante. Y en uno de los capítulos comenta el artículo de Simone Weil La Ilíada o el poema de la fuerza, en el que la pensadora francesa, el "único gran espíritu de nuestro tiempo", según Camus, habla, entre otras cosas, de la noción griega de geometría referida a la actitud, del rigor geométrico entendido como límite, como mesura o equilibrio, pero del comportamiento. Un concepto que se extendió por todo el mundo helénico pero que hemos perdido; que no sabemos ni llamar. Y ahora, dice Weil, "No somos geómetras más que ante la materia; los griegos lo fueron primero en el aprendizaje de la virtud". De nuevo, la condena de la hybris. A ella, que participó en la Guerra Civil y fue miembro de la Resistencia, a la que le tocó presenciar y vivir atrocidades en una época en la que no faltaron, me pregunto qué le parecería, aun así, nuestra desmesura crónica, lo de las patatas fritas, el histrionismo permanente de estos momentos, donde la diferencia en estupidez histérica entre los buenos y los malos a veces se pierde, de fina.

El domingo, a pesar de la mañana agradable y del mediodía con amigos, me resulta duro. Algo no está bien. A lo mejor soy yo. Hacía tiempo que no me entristecía así tener que irme. Por la tarde, cuando me despido de los niños, me cuesta aguantar la cara alegre mientras cierran la puerta, y las escaleras las bajo con un nudo en la garganta. Hacía tiempo. A lo mejor es enero. O a lo mejor es que ya me estoy cansando.

Vamos hacia la estación y anticipo el taburete de la barra, el suelo encharcado del baño, el trasbordo aún de noche y la gente durmiendo esa hora que les queda y luego corriendo por Chamartín para coger un cercanías o el metro. Llego al tren y esperamos hasta el último minuto, con esa sensación que no sé si es inquietud o pena. Y cuando se cierra la puerta, como cada final de semana, por la ventanilla veo a Marta de pie en el andén, sola, diciéndome adiós con la mano, siempre sonriéndome. Cada final de semana, haya pasado lo que haya pasado, mientras me voy, me sonríe. A veces, la geometría te la da otra persona.



Enlace al artículo, en Táboa Redonda:            /gl/opinion/portorosa/geometria/20200203132407072937.html

Joel

Joel


Galicia es, antes que cualquier otra cosa, agua. Hasta en un municipio del interior, lejos del mar, lo que te rodea es el agua. 



MURIÓ JOEL. Ayer fuimos al entierro.

Era el pequeño de los tíos de mi padre, el más joven de ocho hermanos, y fue el último. Cuatro años casi exactos después de Carmen. Ahora, es de suponer que tardaremos en ir a aquella ermita y a aquel cementerio. Lo malo es que también tardaremos en volver a la aldea, me temo. Porque, quién va a la aldea. Hasta las visitas de fin de semana son ya cosa de la generación pasada, de la primera que vivió en la ciudad. Como mis padres. Nosotros ya no vamos. Ni nos queda casi a quién ir a ver.

Como hace cuatro años, llovía. El Mandeo bajaba rápido, llenísimo. Y el bar-peluquería sigue sin recuperar aquel nombre que en su momento me dejó perplejo: Chopenhauer. Fuimos andando desde el coche como hay que ir a los entierros, con paraguas, que se chocaban y no nos dejaban acercarnos bien a saludar. Cómo estás, te preguntan, y se alegran por ti y te agradecen que te vaya bien. Tíos, primos, caras familiares pero vidas distantes, que sin embargo llevan nuestros apellidos, que nos son algo. Algo que, no se sabe bien por qué, tira. Las raíces, que están allí en el subconsciente, y que en cuanto se ven se reconocen y se agarran por debajo de nuestros pies, por debajo de la tierra.

En la iglesia, la familia tiene asientos reservados. Por grados de consanguinidad. Yo me quedo de pie, pero me cuesta, porque una señora del banco de atrás pretende dejarme su sitio: que yo soy familia y ella no. No baja de noventa años, pero tardo varios minutos en convencerla de que se deje estar. Me mira fijamente hasta que cede y se vuelve a sentar. Y yo me quedo a un lado, con el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos, sintiendo cómo la humedad helada de las losas comienza a subirme desde los pies, piernas arriba. Mientras, atiendo a la misa, del mismo cura que la anterior, de unos setenta y pico años, y por lo tanto bastante más joven que el monaguillo y las señoras del coro. Que mientras están calladas ya parecen mayores, pero en cuanto empiezan a cantar queda claro que es más que eso, que están agonizando y lo que oímos son sus lamentos desgarrados durante los últimos estertores. El monaguillo, que es más viejo que el sacerdote pero un chaval al lado de la que me quería dejar sentar, se agarra al altar, al atril y al cirio cada vez que sube o baja las escaleras, y yo sigo en tensión sus evoluciones. Lo que se agradece, como se agradece cualquier distracción, porque el sacerdote, en la homilía, aunque no diserta sobre teología y gramática como la última vez, decide adoptar un tono perfectamente monótono y no dejar de hablar hasta estar seguro de que absolutamente nadie le está atendiendo. Entonces, para.

Al salir, ya es noche cerrada.

A Joel lo llevamos entre varios, a pasos cortos por miedo a resbalar. Noche cerrada, como cuando mi padre volvía con él desde la carretera y se agarraba al faldón de su chaqueta para cruzar por el medio del monte hasta casa. Aupamos la caja hasta un andamio inestable con dos tablones, bajo un chaparrón, empapados, levantando los brazos, con el agua que goteaba de la madera bajándonos por dentro de las mangas del chaquetón. Luego quedamos de pie con el pelo mojado, mirando, recordándonos qué es lo que estamos metiendo allí. Al dueño del Ney y del Sil. Grande, fuerte, rubio, colorado, cazador, mandón, gritón y cariñoso.

Llueve sin parar, y solo se oyen el responso y el río. Allí está también Carmen, su hermana. Que era tan bajita que de pequeños nos asustaba cuando salía a saludarnos y se colocaba al lado del coche. Hacía freixós con un cubo y un palo, y una tortilla con tanto sabor que no parecía tortilla, y cogía brasas de la lareira con la mano y nos decía que sopláramos para verlas ponerse incandescentes sobre su palma. Qué importantes éramos para ellos. Qué injusto. Y ahora, cuarenta, treinta, veinte años después, estoy quieto junto a su tumba, incapaz de asimilar, como la humanidad desde que es humanidad, que ella pueda estar ahí dentro. O que todo lo que fue Joel pueda caber en ese nicho.

Más besos, apretones de manos, abrazos y propósito de vernos que no sea en algo así, de hacer por quedar. A lo mejor una comida... Y nos metemos en el coche. Y salimos de aquel valle y de aquella época. Como dice mi madre, todo eso pasó, ya: las vueltas de las fiestas por los caminos, la merienda alindando las vacas, jugar a las cartas detrás de la cocina, quedarse dormida en un banco de la lareira oyendo contar cuentos, el tío Enrique, el tío Pedro, Maruja.  O esperar por que llegase Carmen de la feria de Betanzos con el periódico, que apareciese andando al final del camino, pequeña y cargada
.
Todo eso pasó ya, pero algo nuestro queda allí. Algo que todavía nos ata. Una forma de hablar, un gesto con las manos. Paquita. Y una casa, una capilla y una chousa que da al Portorosa, sobre las que sigue cayendo la lluvia cuando no estamos.



Enlace al artículo, en Táboa Redonda:            /gl/opinion/portorosa/joel/20200127131858072570.html

19.1.20

Cicerón y Santa Claus

PASANDO A LIMPIO el futuro libro de mi padre sobre Cunqueiro, me entero de que una vez, en 1960, escribió una Crónica urgente para El Progreso en la que contaba que la primavera había llegado prematuramente, y que él lo había notado en su huerto, en el que habían florecido unas clavellinas





UNA CRÓNICA urgente, fíjense bien: eso resume por qué a algunos la obra de Álvaro Cunqueiro les parece frívola y a otros, en cambio, nos parece, además de maravillosa, importante y necesaria.
Hoy ha sido mi primer día en Madrid tras las Navidades, y en toda la jornada he consumido menos calorías que en cualquier desayuno, por ejemplo, de las vacaciones. Ha sido una locura incesante de comida y bebida. Que sé que es malo, pero también un placer. Y me gusta sobre todo como señal, como indicador y síntoma de nuestros días en Ferrol, en los que, si no quedábamos con familia o amigos, nos los encontrábamos por la calle. Por eso no se puede ir con los cascos puestos. Creo que alguna vez lo he intentado y en cada manzana de la calle Real tenía que quitármelos dos o tres veces. Aquí en Madrid, en cambio, son una buena compañía: las distancias son más largas y no hay prácticamente ninguna posibilidad de tener una charla inesperada. Claro que, tanto en uno como en otro sitio, los auriculares tienen una utilidad innegable: por fin puede uno ir hablando solo por la calle, tranquilamente, sin parecer un loco; incluso aunque gesticule. Solo hay que tener la precaución, si se nos acerca alguien a saludarnos, de fingir que nos despedimos y colgamos.
Precisamente, los Reyes Magos les han traído cascos inalámbricos a los niños. Además de un millón de cosas más. Lo cual afirmo sin remordimiento alguno, porque en casa somos de regalar desaforadamente. De Reyes y de regalar desaforadamente, sin la menor concesión a la mesura ni a la racionalidad. Por eso a mí los que son más de Papá Noel nunca… nunca me cayeron muy bien. Creerse que maximizar la utilidad tiene más peso que la ilusión de dejar lo mejor para el final, a mí siempre me pareció muy triste. Como si regalar o que te regalen fuesen cuestión de cálculos.

[El artículo continúa en el Táboa Redonda]

4.6.19

Beber y leer

[Publicado en el suplemento cultura Táboa Redonda del domingo 12 de mayo de 2019]

Beber y leer


 

EL DÍA DEL LIBRO fui a una librería y me tomé dos cervezas y unos cacahuetes.

Mi amigo Javi llegó mojado y me empapó de un abrazo. Siempre me sorprende que llueva en Madrid; no sé a qué viene, la verdad. Me regaló “El elogio de la sombra” (Siruela, Biblioteca de ensayo), del japonés Junichiro Tanizaki, que trata, literalmente, de la sombra, de su importancia en la casa tradicional japonesa, de su influencia en la concepción de las estancias, en sus artes decorativas o en la presentación de sus comidas, y también en la estética de los roles clásicos del teatro noh o en el maquillaje y vestuario de las mujeres. Pensar que se oscurecían los dientes con laca negra da una idea de la distancia sideral que separa nuestros dos cánones de belleza.

Entre trago y trago compré “El periodista deportivo” (Anagrama) de Ford, porque he perdido el que tenía, y para ver si esta vez consigo acabarlo; “Mañana tendremos otros nombres” (Alfaguara), de Patricio Pron, una incógnita para mí; “Dog soldiers” (Malas Tierras), al parecer una obra maestra de Robert Stone de la que yo no había oído hablar, e “Historias tardías” (Eterna Cadencia), de Stephen Dixon, que si hacemos caso al crítico Rodrigo Fresán es una joya. La librería era “Tipos Infames”, de Madrid; una de esas que te permiten contestar dos preguntas: qué falta en las de tu ciudad y cuál es la clave para sobrevivir vendiendo literatura en vivo en la era de internet. La respuesta es la misma y se llama buen librero.

Javi venía con ganas de beber y yo no vi motivos para no hacerlo. Justo ayer leí en “Los anillos de Saturno”, de Sebald, que fue Edward Fitzgerald quien tradujo en su casa de Suffolk y presentó en Occidente la obra del astrónomo, matemático, filósofo y poeta persa del siglo XI Omar Jayam. Acordarnos de que en sus Rubaiyat cantó las bondades del vino y de beber con los seres queridos nos habría hecho sentir un poco más trascendentales. Pero, sin saberlo, le hicimos caso.

Sufrimos demasiado. Quiero decir: para no sufrir en serio, sufrimos bastante. Algo debemos de hacer muy mal para que nuestras cosas, que vienen fáciles, que no nos ponen en peligro y hasta son voluntarias, tiendan a complicarse y a atascarse tanto.

Hace unos meses, viendo una película con los niños, les di un consejo. Que no pasaba nada si de mayores bebían, como bebemos nosotros, con cabeza, como nos ven ir de cañas o cenar con vino con amigos. Que tenía su parte buena. Pero que siempre bebiesen porque se sentían bien, no porque estuvieran mal. Creo que es un buen consejo. Aunque nosotros a veces no lo sigamos.
 * * *
 

1.6.19

49

Hoy he cumplido 49 años.

Ha sido un buen día. Al levantarme todos me han felicitado y, antes de desayunar, me han dado los regalos. Muchos. Luego he pasado la mañana solo (he conocido a una chica de Gales que estaba leyendo mi misma novela, “La hija de Robert Post”, de Stella Gibbons, y he tomado un café con ella), he recogido a los niños y hemos comido con mis padres. Por la tarde hemos alternado entre casa y el centro, a gusto, hasta que hemos salido los cinco a cenar. Al volver, hemos visto un par de capítulos de “The Office” y nos hemos ido a la cama. Ahora todos duermen. Yo tengo calor.

Entre quienes me han felicitado a lo largo del día, es increíble la cantidad de gente que llegó a mi vida a través de este blog, que no tiene mi edad pero pasa de 14.

Ha sido un buen día. Me acuesto contento; con la situación general y con el momento. Miro alrededor y me encuentro bien, miro adelante y me noto confiado y bastante optimista, y miro atrás (tan importante para mí, siempre) y me siento contento y, en general (en general), satisfecho. Podía ir mejor, pero no va mal la vida. No va mal.

Me acuesto. Mañana será otro día.

Besos y abrazos.

9.5.19

La linealidad imperfecta

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 28 de abril de 2019]




La linealidad imperfecta



 



ACABO DE LEER Una noche en el paraíso (Alfaguara), que es el libro de Lucia Berlin que no es Manual para mujeres de la limpieza. Y me ha gustado mucho: le doy un notable alto. Últimamente a todo le doy un notable alto, no sé qué querrá decir. Aunque he de precisar que este es muy alto, casi un ocho y medio.

Y esta mujer, que tuvo una vida azarosa que incluyó glamour y clínicas de rehabilitación, y que sin duda estaba dotada de una gran sensibilidad para la observación, dice en el último relato, Luna nueva: “Cuando viajas te apartas de la rutina de tus días, de la linealidad imperfecta y fragmentada de tu tiempo. Como al leer una novela, los sucesos y la gente se vuelven alegóricos y eternos. El chico silba recostado en una tapia en México (…) Seguirá haciendo lo mismo para siempre; el sol seguirá hundiéndose en el mar, sin más”.

El otro día, en la Semana Santa ferrolana, a mi lado en la acera, una mujer les contaba a unas amigas que ella todavía guardaba estampitas de cuando su hija salía de capuchón. Lo dijo sonriendo, pero no le hicieron caso y volvió a mirar a la procesión. Yo me la imaginé abriendo un cajón del mueble del salón y encontrándose los recordatorios con el nombre de su niña. Me la imaginé dándoles la vuelta y fijándose con nostalgia en su letra de pequeña.

Leo a Lucia Berlin lo que para ella es viajar, o leer, y pienso que eso mismo es para mí escribir. Nadie me ha preguntado nunca por qué lo hago, pero si tuviese que explicarlo diría que es sobre todo por dos cosas: una, para tratar de entender un poco mejor la vida, para tratar de explicármela; la otra, para fijar algunos momentos, algunos sitios, algunas personas. Que a lo mejor no se vuelven, como ella dice, alegóricos y eternos, pero casi. Escribo, en parte, para fijar recuerdos: para que no se desvanezcan, para que no desaparezcan sepultados por todo lo que ocurra después, o haya ocurrido antes; para que la linealidad imperfecta y fragmentada de los sucesos no los haga confundir; para que lo que sentí en cada una de esas ocasiones no se me escurra entre los dedos.

A nadie le importan tanto las estampitas de su hija como a aquella mujer. Probablemente, ni siquiera a la propia niña, que todavía no las necesita para nada. En cambio la madre, al guardarlas, conserva, un poco, una época. Y, sin embargo, le falta alguien a quien contárselo.

Creo que yo escribo, sobre todo, para poder guardar la vida, para poder contármela.







* * *

 Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 28.04.2019.
 

Eusebio

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 21 de abril de 2019]




Eusebio




SON LAS SIETE menos cuarto de la mañana y estoy en algún punto de la Meseta. A un lado del tren comienza a amanecer; al otro, en lugar de una horda de tártaros como a Miguel Strogoff, o una manada de lobos como a Jonathan Harker, nos sigue una luna llena enorme que de vez en cuando ilumina un grupo de árboles y una casa en medio del campo. Mientras tanto, a quinientos kilómetros de allí, en la costa lucense, un hombre llamado Eusebio, al que no he visto en mi vida, está a punto de levantarse de la cama.

En los tiempos en que mi blog era algo más que un lugar donde almacenar estas columnas, en ocasiones tuve comentarios elogiosos de algún visitante; generalmente en el transcurso de aquellos largos intercambios de opiniones que de tanto me valieron y tanta compañía me hicieron durante unos años. Y también ahora, desde que escribo aquí, a veces algún amigo me dice que un artículo le ha gustado. Pero nada más, lógicamente. Por eso lo que me ocurrió ayer de noche me resulta tan extraordinario.

Cuando me metía en mi litera recibí un correo de un desconocido. Un desconocido que me escribía solo para decirme cuánto le gustaban mis artículos, comentaba varios de ellos y me animaba -preocupado por mis dudas- a escribir, a seguir escribiendo. Y me aseguraba que siempre tendría al menos un lector. Me costó creérmelo, y apagué la luz pensando si no sería todo una broma. Incluso he hecho un par de llamadas para descartarlo.


Confíen en mí, créanme si les digo que, aunque lo parezca, no se lo cuento por vanidad, sino porque verdaderamente me impactó. Como ya expliqué hace poco aquí, los elogios dejan un sabor de boca raro, porque uno no se los puede creer; y porque los elogios que necesitamos son los propios, y esos se venden muy caros. Pero esto era otra cosa. Lo extraordinario de este caso es que un hombre me contaba que se acuesta los sábados pensando en el Táboa del día siguiente, que los domingos a media mañana, con ganas de leerlo, se sienta en su jardín con su gata rondando alrededor, y que disfruta con lo que yo escribo. Eusebio, un hombre que no conozco, en Foz, en un banco de una terraza que da a un jardín que nunca he visto, me lee. Le dedica un rato a mi artículo, presta atención a lo que a mí se me ocurrió unos días antes, y lo hace con interés y placer. Y le suele gustar. Y a lo mejor luego se queda pensando.

Imaginar esa situación, saber que eso le ocurre al menos a una persona en un lugar, es sin duda lo más parecido a descubrir que esto tiene sentido.


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 Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 21.04.2019.


2.4.19

La boda



La boda


 
MEDIA HORA DESPUÉS de salir de Copenhague nos desviamos hacia un bosquecillo nevado. Los coches avanzaron despacio por un camino de grava entre los árboles hasta un edificio cuadrado de dos plantas y tejas esmaltadas. Bajamos y nos quedamos callados mirando alrededor mientras nos cerrábamos los abrigos. Abrieron el portón de madera y entramos en un recibidor de techo altísimo y paredes cubiertas de escudos de armas.

Allí nos esperaba mi amigo Álvaro con varios invitados. Nos abrazamos y nos presentó. Todos sonreíamos sin hablar demasiado mientras los demás iban llegando y saludaban. Hasta que por fin un coche negro se detuvo delante de la casa y de él bajo Karen, nerviosa pero alegre.
Fuimos pasando a una salita con un piano y sentándonos. El vestido de la novia era fino, color hueso e incompatible, según nos contaría luego, con cualquier ropa interior. Mis dos compañeros y yo, de frac, nos sentamos tras Susanne, que en la espalda de su chaqueta blanca había cosido un gran corazón rojo con “K og A” bordado. Y comenzó la ceremonia. En ella cantamos, entre las miradas de incredulidad de los españoles, Love me tender, de Elvis. Todo transcurrió según lo previsto y se casaron en inglés.
En el cóctel solo tomé fresas con champán: apostaba fuerte. Para cenar ocupamos una mesa larga en el centro de un enorme salón con chimenea. Del menú únicamente recuerdo que el cuenco de la sopa se comía. Yo estaba sentado junto a Susanne, que ya no tenía corazón, y con la que aquella noche se suponía, erróneamente, que algo iba a suceder.
Al terminar, es tradicional que las personas más allegadas pronuncien unas palabras. El padre de Karen habló con emoción, pero con la calma habitual en él. A continuación, el de Álvaro comenzó a leer su discurso, pero tuvo que interrumpirlo porque empezó a llorar. Lo intentó cuatro o cinco veces pero no era capaz. Álvaro, su madre y Karen lloraban. Yo también. Su hermana se levantó: “¡Papá!”. Al final Álvaro cogió el papel y entre lágrimas consiguió acabar. Los daneses contemplaban estupefactos la escena, y más tarde la comentaron con verdadera admiración.
En el baile, Karen vino a buscarme para presentarme a su amiga Leena, finlandesa, que había ido con su madre. Me senté con ellas. En Helsinki se habían quedado su marido y su bebé recién nacido, del que me enseñó fotos. Nos levantamos a bailar. Era muy blanca, morena y de ojos azules. Bailamos, de hecho, todo el resto de la boda, y conforme iba pasando la noche, para mi sorpresa, nuestro baile se volvía cada vez más otra cosa. Me contó que al año siguiente se iban a vivir a Kenia. Yo asentía. A una misión. Y a mí la vista se me perdía al final de un largo y níveo escote triangular. Me aclaró que su marido era cantante de góspel. Había un lunar, a la derecha. Un coro finlandés en Kenia. Nos besamos. Olía a europea. De vez en cuando nos sentábamos a tomar algo con su madre y charlábamos los tres muy animadamente. En esos momentos yo me sentia francamente desconcertado, pero no tanto como cuando la madre le confesó a la de Karen que a su hija le hacía falta una noche como aquella.
Noche que, no obstante, no duró todo lo que a mí me habría gustado. Al parecer unas horas de flirteo bastaban para satisfacer las necesidades de Leena. Y a la mañana siguiente, cuando algunos de los invitados fuimos a desayunar con los recién casados, en nuestro paseo por el centro de la ciudad se comportó como una encantadora y formal mujer casada.
Es cierto que me supo a poco. Y que puedo imaginarme desenlaces mejores. Pero aun así aquellos labios, aquel olor y aquella cintura finlandesa bajo la tela de un vestido, para mí, que entonces trataba de salir de una vez de una larga y penosa convalecencia sentimental, fueron suficientes para volver a España con la sensación de que al fin había pasado página.

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Artículo íntegro en la página del Táboa Redonda del domingo 24 de marzo de 2019.



Siempre que me colmas


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 10 de marzo de 2019]

Siempre que me colmas

 

"HACE VEINTISÉIS AÑOS, una noche en un soportal de Pontedeume, abrazados muertos de frío sentados en unos escalones esperando a que amaneciera para coger el primer autobús de vuelta a Ferrol, un chaval le cantó a su novia “Te doy una canción”, de Silvio Rodríguez. Algo antes o algo después, ese mismo muchacho entró en éxtasis, o casi, leyendo “Tres tristes tigres”, de Cabrera Infante, el libro con el que se puede decir que descubrió lo increíblemente alucinante que podía llegar a ser la literatura.

El sábado pasado fui con Marta a un concierto de Pablo Milanés. Disfruté mucho, sobre todo al final, cuando repasó los clásicos y todos pudimos cantar “Yolanda”. Con él actuaban dos mujeres también cubanas, una pianista y una cello, bastante más jóvenes. Y me preguntaba, viéndolas sonreír, qué habrían pensado cuando empezaron a acompañarlo en las giras y comprobaron que al otro lado del mundo había públicos que coreaban sus canciones y se emocionaban con su música. Debe de impresionar. Aunque la cuestión interesante, y mucho más difícil de entender para quienes no hemos vivido nunca nada igual, es qué pensará y sentirá él. ¿Qué supondrán los aplausos? ¿Se habrá cansado ya de ellos? ¿Qué significaría el reconocimiento de los demás al principio, de joven, y qué significará ahora?

O, dándole la vuelta a la pregunta, ¿hasta qué punto es capaz de comprender él o cualquier otro artista lo que su obra puede llegar a significar para los demás? ¿Se imaginará Pablo que los niños y nosotros hemos ido cantando en el coche, entusiasmados, “Yo pisaré las calles nuevamente”? ¿Alguna vez podrá saber Silvio lo que sentí aquella noche y lo que durante muchos años fue su canción para mí? ¿Podía ponerse en mi lugar Cabrera Infante cuando hace veinte años me acerqué a hablar con él y traté de explicarle todo lo que me había hecho disfrutar?

Yo creo que no. Que ni el escritor asimila hasta qué punto nos acompañó, ni el cantante cree que muchas tardes de domingo una cinta suya puesta una y otra vez fue, para una adolescente, lo más parecido a vivir. Y se sorprenderán e incluso llegarán a sentir cierto pudor ante confesiones así. No lo aceptarán y lo negarán. Y es normal. Porque Pablo, Silvio, Guillermo, Janis o Marilyn saben que no son su personaje, sino la persona que hay detrás. Se conocen, se conocen del todo y saben que el mérito, aun cuando lo hay, convive con muchas más cosas, con dudas y mediocridad y sombras que los demás no ven. Y les parecerá poco honesto dar por buena esa visión parcial, generosa y agradecida, que ellos pensarán que en el fondo no se merecen."

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