16.12.18

Polares

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 09.12.18]


Polares



"En todo conflicto -bélico, familiar o deportivo- se da siempre una polarización de posturas que, entre muchas otras cosas -ninguna buena-, dificulta la adopción de cualquier solución dialogada y aceptable. La irrupción de la visceralidad –surgida del dolor y el miedo y del odio que estos generan- expulsa progresivamente a la razón y veta cualquier actitud que no muestre adhesión total. Si tu ex es un indeseable, los tuyos cierran filas y es un indeseable para todos y en todo, y pobre del que diga que tampoco era para tanto. Cualquier intento de matizar un juicio es rechazado y además resulta sospechoso.


Esto, como es lógico, hace de la polarización un síntoma muy fiable de que hay un conflicto o se está gestando. La radicalización de posturas, la poca simpatía hacia las opiniones tibias, es una señal preocupante que presagia un problema mayor. Y no solo eso: hay algo peor. Porque, en un ejemplo de círculo vicioso, sucede también que la polarización, aun la provocada, contribuye por sí misma a generar conflicto. Se caldea el ambiente. Es la violencia cultural de Johan Galtung echando leña a la hoguera de la violencia a secas.


Nosotros vivimos en una democracia. Con sus carencias y su largo camino por recorrer, pero envidiable para el 90% de la población mundial. Y la democracia se fundamenta en la asunción tácita de que nadie está en posesión de la verdad; asunción sin la cual no tendría sentido, pues ¿por qué preguntar a los demás qué piensan si estoy seguro de tener razón? Como mucho, seguiré las normas hasta ganar, pero en cuanto el poder sea mío se acabó el juego, porque ¡es que tengo razón!


No sé si lo pillan: eso no puede ser. No puede ser ese final ni puede ser aquel principio. No puede hacerse democracia demonizando al otro. Oh, claro que hay ideas execrables y que tenemos líneas rojas que consideramos inamovibles; pero esas líneas no pueden coincidir con mi propia silueta. Debemos, siempre, dejar espacio: a la discrepancia, a otros puntos de vista y a otras conclusiones. Entre otras cosas, porque es en esa tierra de nadie donde nos vamos a tener que encontrar, y porque en realidad hijos de puta hay pocos. Lo que hay son personas que han llegado a donde han podido, con la mejor intención y los pocos medios que tenían; y ni siquiera le llaman, a ese lugar, ideología.


Y cada vez que exhortamos a no transigir en nada, cada vez que descartamos por completo a quien discrepa, cada vez que descalificamos al que no aplaude nuestro discurso entero, estamos cambiando democracia por demagogia, diálogo por bronca. Estamos buscando pelea. Y adivinen quiénes ganan las peleas, los buenos o los matones."

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Gente

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 02.12.18]

GENTE



"Linus van Pelt, el amigo de Carlitos el de Snoopy, afirmaba que amaba a la humanidad pero que a la gente no la soportaba.

Una psicóloga (otra más) me explicaba un día que todo en la vida son las relaciones personales, que nada nos influye más ni tiene más peso en nuestro bienestar que la calidad de las que vamos estableciendo, todo el tiempo y sin parar. Y que nada era tan difícil. Salta a la vista: cómo no va a serlo si somos tan distintos que a veces cuesta creer que seamos una sola especie y no varias compartiendo, por azar genético, unos cuantos rasgos físicos.

Están mis compañeros de desayuno, que hablan de fútbol con preocupación sincera y se refieren a su equipo siempre en primera persona del plural; están los chavales que se dejan la capucha puesta en el bus; está Trump, que no se cree el informe sobre el cambio climático y se enrabieta, y está Richard Ford, que le llama malhechor pero nos dice que ni loco se queda con Europa; está Xi Jinping, que escribe en ABC un mensaje de fraternidad hispano-china y promete intensificar la cooperación sobre los osos panda, y está la serpiente Kaa hablándole a Mowgli mientras lo va abrazando; está un pastor de camellos en Mongolia y está un yihadista esperando a inmolarse en Pakistán; está la chica mexicana de la cafetería del tren que después de la cena tomó crema de orujo con patatas fritas; está la señora que en su vida ha hecho otra cosa que llevar las vacas a pacer y está la chavala que va al lado de su madre en el coche por la mañana con los cascos puestos; están los que solo comen carne de animales felices y los que consideran que hacer eso es tener muy mala leche, y que lo caritativo es acabar con los que sufren; están los que escuchan trap con las ventanillas del coche abiertas y sienten que están viviendo la vida, y el señor que escucha a Bach en el sofá de su casa y siente que está viviendo la vida; están los que se creen mejores personas y los que se creen mejores personas porque no se las dan de buenas personas; están los que viven para el dinero y los que no; están los que confían y los que desconfían; están los que saben estar solos y los que no saben; están los que quieren que los quieran y los que quieren querer; está mi novia, que se ilusiona por todo en dos segundos y se le pasa en otros dos, y es bastante feliz, y estoy yo, que no me ilusiono por nada y me cuesta.

Partimos de unos datos completamente dispares, razonamos cada uno a nuestra manera y además buscamos futuros distintos. Habitamos realidades tan diferentes, aun compartiendo asiento de metro, mesa de trabajo o cama, que lo raro sería entendernos."

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Otra vuelta, solo una

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 25.11.18]

Otra vuelta, solo una


"No sé de qué escritor norteamericano era un relato que leí hace años, en el que alguien contaba cómo, a la vuelta del parque de atracciones, de uno de esos parques de atracciones de barrio tan corrientes y que para mí son un ejemplo más de que Estados Unidos es otro mundo, su hermano pequeño se había muerto. Y que, dentro de esa tragedia, lo más triste, no lo más doloroso pero sí lo más triste, era que el niño, cuando se iban, había pedido montar una vez más en el tiovivo o la noria y la madre, por lo que fuera, porque ya era tarde o porque sí, le había dicho que no, a pesar de que él había insistido un poco. Y contaba que la madre, después, años después, decía que lo que más sentía, de lo que más se arrepentía de todo cuanto había hecho nunca, era de no haberle dejado montar una vez más.

Este verano, en la vida real, una señora, una amiga, nos contó en su cafetería cómo había muerto su marido en el mar. Habían pasado ya diez años pero aún se le llenaban los ojos de lágrimas. Y nos dijo que lo que más le pesaba en la vida eran todas las veces que él había llevado a casa algún pulpo recién cogido y le había pedido si se lo hacía, porque le encantaba, y ella, por prisa o por pereza –explicaba con una sinceridad desarmante-, le había dicho que no. Casi siempre se lo había hecho, claro, cómo no iba a hacerlo, pero de vez en cuando le había dicho que no. Normal. Y cada una de esas veces le pesaba ahora más que nada en el mundo. Eso nos dijo exactamente.

Me sorprendió, aquella mañana, oír contar una historia tan literaria y dramática en la barra de un bar. Lo comentamos cuando nos fuimos, mientras volvíamos paseando. Pero es al revés: la buena literatura debe copiar a la vida en lo que merece la pena escribirse.

Yo tengo un miedo terrible a la muerte, a las despedidas definitivas que significa. Y poco puedo hacer al respecto, me temo. Pero tal vez toda esa ansiedad esté haciéndome pasar por alto algo que, por el contrario, sí está en mi mano cambiar. Es difícil decir esto sin parecer el eslogan de una taza, pero lo cierto es que seguro que sería mucho mejor que parte de esa preocupación la usase para intentar que no sean muchas las cosas de las que me arrepentiré cuando sea demasiado tarde. Sería mucho más provechoso para todos, y lo sería ya, mientras estamos aquí. Tratar de no tener demasiado que lamentar. A veces tonterías y, otras, cosas importantes como quedarse un rato, esperar un poco, llamar, atender, hacer pulpo o dejarles montar una vez más."

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18.11.18

Volver

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 18.11.18



Volver

"Volver es siempre una prueba. Hoy he ido a la que fue mi casa hace treinta y tres años. No había vuelto nunca. Allí vivimos mis padres, mi hermano y yo desde que tenía doce hasta que cumplí los quince, y allí nació mi hermano pequeño.

Al acercarnos, me iban sonando cosas sueltas en medio de lo nuevo. Donde antes todo era campo ahora había árboles, más jóvenes que yo. Llegamos y vi los mismos edificios y las mismas calles donde tanto anduvimos en bici. Vi la capilla donde bautizamos a Carlos, la piscina a la que íbamos aquellos veranos eternos y la pista de tenis donde mi padre y yo jugamos, seguramente, cientos de veces, para volver luego andando a casa, bajo la helada de noche en invierno, a menudo yo enfadado porque todo me había salido mal. Hoy me acerqué a aquella pista y nos vi a los dos como si hubiera sido ayer, y sentí con toda claridad cuánta vida nuestra había quedado allí.

Y fui a nuestra casa. Entré en el jardín, que estaba igual, con el primer olivo que toqué en mi vida. Vi la puerta del garaje, el rincón donde parió la Rula y la esquina donde aparcábamos el 850. Se me saltaban las lágrimas. Y entré y recorrí el salón, la cocina, nuestra habitación y la de mis padres. Y aún quedaba algún mueble nuestro. Aún quedaba vida nuestra.

Y siempre esta reacción confusa, entre el cariño y el dolor, entre la alegría de recordar y la pena del tiempo pasado. Como mi madre, como mi padre. Y a la vez, aumentando ese desconcierto, en un sinsentido que al fin y al cabo no es sino el reflejo de lo difícil que puede ser conciliar sentimentalmente la vida, todo el tiempo veía a mis hijos allí, ocupando nuestro lugar. Me encantó ir y me entristeció.

Volver tiene dos consecuencias. Por una parte, te pone ante lo que una vez fuiste; por otra, te coloca, de un modo mucho menos consciente pero directo y descarnado, frente a lo que eres ahora. En esta segunda prueba hoy no salí mal parado: no hay demasiados lamentos ni frustraciones en el hombre que se comparaba con aquel niño… aunque algunos haya. Aquel chaval, creo, no se sentiría demasiado decepcionado conmigo. Fue lo otro, fue la otra mano la que me dio el golpe que me hizo tambalear. Lo que ya se ha ido: ser un niño, vivir juntos y aquella felicidad de la que no nos dábamos cuenta. Y algo más. Algo que me asaltó con una fuerza que no esperaba y resultó ser lo que más me faltaba, la presencia que echaba de menos al mirar a cualquier sitio: mi hermano Pablo. Mi hermano jugando fuera, de rodillas en el jardín, con la perra, mi hermano sonriendo desde la otra bici, mi hermano Pablo hablando conmigo en la cama de al lado."
 
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Las nubes de Castilla

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 11.11.18]


Las nubes de Castilla


"Las nubes de Castilla son preciosas. Están en una sola capa, todas a la misma altura, como alisadas por debajo. Se parecen a las que hay sobre el mar. Y, como ellas, llegan hasta la línea del horizonte y se pierden en él. No tengo ni idea de si hay alguna base física para ese parecido o es solo una cuestión, literalmente, de perspectiva. Para un gallego, excepto desde la costa, el horizonte siempre está cerca, siempre hay montes o árboles, o llueve, nunca se ve allá a lo lejos.

Cruzamos Castilla sin mirar (cruzamos todo sin mirar), leyendo, viendo tonterías en el móvil o echando la siesta, sin enterarnos de nada. Con lo que fue cruzar Castilla, lo que debió de ser caminar estas llanuras interminables que pasan tan rápido por la ventana, lo que sería pasar la vida en ellas, ahora reducidas a una línea borrosa amarillenta y algunas encinas fugaces. Padecemos de fugacidad. El paisaje es precioso. Parece mentira que hace años, leyendo a Delibes, me sorprendiera que le gustase tanto. Si es precioso.

A Delibes, como a otros, a lo mejor lo leí demasiado pronto. Sin el reposo que pide y que ahora me saldría solo. Se insiste poco en la importancia de la edad de las lecturas: leemos muchas cosas cuando todavía no las entendemos ni las sabemos disfrutar del todo y otras, en cambio, si no las lees en su momento ya pierden casi todo el sentido. Imagino que lo primero se corrige releyendo, pero yo aún no estoy ahí. Lo segundo se lo repito a mis hijos con poco o ningún éxito.

Un paisaje llano como el mar o como mucho suavemente ondulado, en el que en lugar de los palos de los barcos se ven las torres de los campanarios de las iglesias. Y que además ofrece algo excepcional: soledad. Una soledad sin duda seria y callada pero, desde el tren, atractiva, que consiste en andar por un camino, en mirar la tierra alrededor y luego levantar la cabeza y quedarse contemplando unos pájaros y las nubes. Una soledad meditabunda. Poco pensamiento y pocos sentimientos han salido nunca de la fugacidad. Una soledad de paseos al atardecer fuera del pueblo. Es otra cosa que no tenemos aquí: las aldeas no acaban. En Galicia no podría escribirse, como en las novelas del Oeste, que alguien vive en la última casa del pueblo. En Castilla sí. Uno anda, llega al final y de repente no hay nada más. Y sale y regresa y, mientras, está solo en medio de una verdad de otro tiempo. Parece difícil vivir aquí y no acabar siendo filósofo o poeta. Desde el tren, claro."
 
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9.11.18

O tren que me leva


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 04.11.2018]

O tren que me leva




"Tengo un cuñado que vive en México. El domingo pasado salimos los dos a la misma hora, yo en tren desde Ferrol hasta Madrid y él en avión de Santiago a Ciudad de México, vía Barajas: llegó él antes. En serio.

Esa mañana, en el vagón de al lado, dos ancianos dormían encogidos en sus asientos. Al despertarse me preguntaron muy amablemente dónde estábamos y cuánto faltaba. La señora me miraba sonriendo, como asombrada. Iban cogidos de la mano. Y cuando el hombre fue al baño ella se levantó y se quedó en el pasillo, mirando desconcertada alrededor. Cuando lo vio volver le dijo que se había asustado mucho, que creía que se había ido.

Yo no sé si el AVE está justificado o no; si es un lujo elitista y deberíamos buscar una alternativa menos exclusiva o si ya cae por su propio peso. No tengo una opinión formada. Pero lo que sé, porque lo constato cada semana, es que a nosotros el tren no nos une con el resto de España: nos separa. Anteayer viajé de noche y dormí siete horas. Genial. Siete horas de trece que dura el viaje: solo tuve otras seis para deambular entre la cafetería y el borde de mi litera. El tren Madrid-Cádiz recorre la misma distancia en cuatro y media. La maldición de la geografía, que diría Robert Kaplan.

Me contaron que los habían invitado, que seguro que los estaba esperando alguien. Que los habían llamado por teléfono por un asunto de unas tierras. Traían una maletita para los dos. Les ayudé a bajar. Allí no había nadie, por supuesto. Y me explicaron que iban a un organismo que me pareció la Diputación, aunque no estaban seguros. Y yo empecé a pensar qué llamada habría sido aquella, qué habrían entendido y qué iba a ser de ellos si llegaban a unas oficinas donde nadie sabía nada. Por un tema de unas tierras, me repetía él, y me miraba como buscando confirmación.

Un tren anticuado, el nocturno, sobre una vía anticuada, con un nivel de servicio, de instalaciones y de atención muy pobre. Que parece que se está dejando morir de inanición y cansancio: un tren disuasorio. Porque incluso a quienes nos gusta nos cuesta asumir que, cuando ya llevas un par de horas de viaje, has cenado tu bocadillo y tomado un café, has leído, empiezas a bostezar y estás pensando en acostarte, miras por la ventana y descubres que estás entrando en… Coruña.

En la estación no había ni un triste taxi, que les tuve que pedir yo porque ellos no tenían móvil. Aunque tampoco habrían sabido a quién llamar. Así que los dejé metidos en el coche, perdidos y sonriéndome. Y todo el fin de semana me quedé jodido porque, como me dijo mi hijo cuando lo conté en casa, debería haberlos acompañado."

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21.10.18

La La Bañeza

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 21.10.18]


La La Bañeza




"Estación de autobuses de La Bañeza. Desde mi asiento, por la ventana, veo a dos monjas abrazándose. Una es una anciana de gafas y pelo blanco, bajita; la otra, también con gafas, una chica bastante joven, negra. Las dos sonríen, a mí me parece que emocionadas, cuando se despiden.

También sonríen al despedirse Mia y Sebastian en “La La Land”, también emocionados. La vimos el fin de semana y me encantó. Supongo que este tipo de películas siempre se arriesgan a ser calificadas de ñoñas. Supongo que cualquier romance se arriesga a eso. Supongo que hay gente que cree que solo llegas al meollo de la vida cuando miras fijamente a sus tripas. Supongo que hay mucho amargado.

Pocas instituciones deben de reunir tantas luces y sombras como la Iglesia Católica. Imagino que es lo que sucede cuando tienes dos mil años de vida y en tu nombre han hablado y actuado millones de individuos. Sombras financieras que no parece muy arriesgado dar por sentadas, sombras como los escándalos sexuales que desde hace años nos dejan asqueados, sombras como la amenaza constante y frecuentemente consumada del fariseísmo, sombras como no pocos alineamientos políticos vergonzantes o como su condición, tantas veces a lo largo de la Historia, de enemiga acérrima del avance científico. Luces, probablemente una, o al menos es una la principal: el trabajo de miles de sus miembros repartiendo compasión por todo el mundo, sin alardes, llegando a los últimos reductos de miseria y terror, a menudo solos porque nadie más se atreve a bajar tanto.

A mí las historias de amor todavía me gustan, por suerte. Y que conste que cuando empezó la película pensé que no tenía yo cuerpo para un musical, pero al final esa parte resultó ser la mejor. Sobre todo sabiendo que ambos aprendieron a bailar para el rodaje, y Ryan Gosling incluso a tocar el piano, ¡y que es quien lo hace en todas las escenas! Así que música y amor. Y el clásico mensaje de perseguir tus sueños, que puede acabar mostrándose completamente falso y, aun así, seguir siendo absolutamente necesario.

Porque, ¿qué somos sin una ilusión por delante? ¿En qué queda todo cuando ya no esperamos nada? No tiene que ser espectacular, ni por supuesto una recompensa material; ni siquiera un logro apreciable desde fuera, para los demás. Tampoco una meta concreta: a veces no tenemos ni por qué saber identificarlo exactamente. Llega con que produzca un efecto. Que nos proporcione no mucho más que un impreciso sentimiento de esperanza que nos sostenga. Basta con una luz por delante, en algún punto del camino, brillando en medio de las tripas."

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Los otros

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 14.10.18]


Los otros




"Este domingo, a las seis y cuarto de la mañana, cambié de tren en Valladolid. Me senté y al rato apareció una mujer de cuarenta y pico años, que tenía que pasar al asiento de al lado. Yo ocupaba demasiado, porque ya había sacado el portátil, un libro y varios papeles, y respondió hoscamente cuando me disculpé mientras apartaba las cosas. Se sentó, y al rato me pareció oír risitas. Vi que estaba intercambiando carantoñas con su pareja, que desde el andén le hacía gestos y le decía cosas. Y ella respondía y sonreía, de lo contenta que estaba. Y parecía simpática y alegre y sensible. Y buena.

Cuando yo me psicoanalizaba –no porque lo necesitara, sino por Woody Allen-, mi psicóloga me explicó que la cuestión de la bondad estribaba en nuestro concepto del otro. O de la otredad. De a quién consideramos nuestro otro. Todos somos buenos, pero lo que distingue nuestras respectivas bondades es la idea que tenemos de con quién debemos serlo.

Quién no ha sufrido a algún matón de instituto cruel con los débiles pero cariñoso con su hermanita. Los mafiosos cuidan de su familia. Hitler quería a sus perros. Himmler adoraba a su hija mayor, a la que le escribía y visitaba mientras dirigía el exterminio judío, y si modificó los métodos de asesinato de los campos fue solo para proteger psicológicamente a sus propios hombres. Y podríamos seguir con cualquier amante esposo y entregado padre de familia, a la vez miembro del Ku Klux Klan, o con el fariseo que con sincera generosidad da la paz a su prójimo.

Porque el prójimo no es cualquiera. Ser prójimo confiere una consideración. Es más: de entrada, significa existir. Y el resto no es merecedor de nada, y menos aun de nuestra bondad. No puede serlo, no hay dudas ni fisuras en nuestra postura, que obvia a quien no cuenta. Por eso en la Segunda Guerra Mundial ni el ejército nipón ni los nazis tuvieron escrúpulos con chinos o rusos; por la sencilla razón de que no los consideraban verdaderamente humanos.

Entonces el tren arrancó y el novio quedó atrás. Y las comisuras de los labios bajaron, el entrecejo bajó, se cruzó de brazos y miró al frente. Trabajé todo el camino y, cuando llegamos, se puso de pie y esperó con cara de culo los diez segundos que tardé en dejarle pasar. Y mientras recogía yo me preguntaba: “¿Dónde has dejado tu alegría y tu amor, mujer? ¿Eres tú, oh cascarrabias, aquella persona ilusionada y encantadora de hace no tanto?”. Y comprendí, en un rapto de inspiración, que por eso va mal el mundo: vendemos cara nuestra mejor versión."

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Queso y pepinillos


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 07.10.18]

Queso y pepinillos




"Dice Eric Hobsbawm en su apabullante “Historia del Siglo XX” que no ha habido escritores de novelas policíacas de izquierdas. Y que, de hecho, el policíaco es, o fue, un género profundamente conservador, la expresión de un mundo todavía confiado, y en cierto modo una original reivindicación de un orden social entonces –primer tercio del pasado siglo- ya amenazado pero aún en pie. Un mundo, por cierto, de rasgos claramente británicos.

También dice varias veces a lo largo del libro que Gran Bretaña –y siempre usa esa denominación, lo cual no debe de ser casual, porque deja fuera cualquier parte de Irlanda, Norte o no- lleva varios siglos, incluso durante los períodos históricos más convulsos, siendo la máxima expresión europea de la “estabilidad” social. Aunque dista mucho de considerarla ejemplar, hasta el punto de negar que antes de la II Guerra Mundial fuese una democracia plena.

Y a mí, ni una cosa ni otra –sus discutibles democracia y estabilidad- me extrañan. Soy bastante anglófilo, básicamente por la literatura y los Beatles, pero uno no puede cerrar los ojos ni mirar para otro lado ante el hecho de que en un país se considere admisible e incluso normal un sándwich de queso y pepinillos. Sin nada más: queso y pepinillos. Así se lo dieron a mi hija este verano y así lo muestran en películas, series y novelas, policíacas y de las otras. Y claro, qué no va a aguantar una sociedad si aguanta eso. Ya puede cerrar Margaret Thatcher las minas que quiera o pueden bombardear Londres entero, que nadie va a votar nada extravagante ni el lechero va a perder la calma y dejar de reponer las dos botellas junto a cada puerta. Toman bocatas de queso con pepinillos, y además bocatas de pan de molde: a esa gente nada la asusta ni la perturba. Están curados de espanto. Han caminado por el valle de las tinieblas, se han asomado impertérritos al abismo oscuro cada vez que, sentados en un banco de un parque y sosteniendo en la otra mano un té en vaso de papel, han mordido esa miga elástica y en su interior han hallado una loncha de queso mojada por el vinagre de un pepinillo crujiente. Generación tras generación.

Así como a los conquistadores españoles nada los echaba para atrás, porque cualquier cosa –cruzar el desierto de Nuevo México, subir a las cumbres andinas o atravesar la selva amazónica- era un paseo comparada con la vida en Extremadura en el siglo XVI, los ingleses conquistaron el segundo imperio más extenso de la historia gracias a un carácter flemático forjado en la más espartana gastronomía, cuyo sumun de crueldad es un sándwich."

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Una pista de tenis


 [Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 30.09.18]


Una pista de tenis




"Otra vez me pongo a escribir por tristeza. Es lo más habitual, y seguro que no muy buen síntoma. Sería estupendo, para mí y para cualquier lector, que me dedicase a contar lo bien que me siento. No sé en qué película, un director de cine era condenado a prisión y pasaba un tiempo encarcelado, y cuando observaba la reacción de los demás reclusos al ver dibujos animados, cuando se daba cuenta de que aquellos desgraciados, durante una hora a la semana, se olvidaban de sus miserables vidas, decidía que al salir ya solo dirigiría películas que hiciesen reír.

Pero yo, a aquel director le diría que hacer reír es difícil. Mucho más difícil que hacer llorar, que es fácil. Recorro la Gran Vía y voy viendo los carteles que anuncian obras de teatro y monólogos. Casi todo comedia. Y no digo yo que no haya nada que valga la pena, pero me cuesta creerlo. Viendo las caras de los humoristas, la sucesión de sonrisas forzadísimas y guiños de complicidad de compañero graciosete de oficina, a mí lo último que me apetece es entrar.

Recuerdo una conferencia, hace muchos años, del poeta Miguel D’Ors, nieto de Eugenio, en la antigua Fundación Caixa Galicia de Ferrol, cuando todavía estaba en el entresuelo de la calle Galiano. D’Ors leyó algunos poemas suyos. Había uno en el que hablaba de las hojas secas moviéndose con el viento en una pista de tenis vacía. Me había encantado, emocionado, y me había hecho preguntarme por enésima vez por qué no leo poesía si puede gustarme tanto. Poco más recuerdo, excepto una cosa: dijo que él escribía cuando estaba mal, que su obra surgía del dolor, de la pena y, en general, de la insatisfacción. Habló incluso de infelicidad. Entonces repasó la lista de todos sus títulos y comentó que, por suerte, eran bastante pocos. Se veía que no le había ido tan mal la vida, que no había sido muy infeliz. Fue una conferencia muy bonita.

Lo de la pista de tenis parece algo frívolo, quizá. Alguna vez, después, lo he pensado. Como si no pudiera haber mucha tristeza ni demasiadas preocupaciones en una casa que tenga una, por muy decadente que sea, en una casa con finca, o como poco un porche con muebles ya algo viejos pero que se ve que fueron buenos. Como si ahí los problemas no pasasen de que el niño no ha entrado en la carrera que quería o la tapicería de los sofás ha pasado de moda. Lo cual es una estupidez, por supuesto. Era curioso cómo la imagen de aquellas hojas y de aquella pista sin usar, seguramente con la red algo caída, podía resultar tan melancólica."


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