21.10.15

Táboa Redonda: de señoras

Lo bueno de recuperar (y corregir) textos antiguos es que uno ve cómo ha cambiado.
 

11.10.15

Táboa Redonda: mi primera rabieta de divo

En algún momento iba a pasar, y ha sido en el tercer artículo.




Es una pena, porque esa frase me gustaba mucho. Pero bueno, aguantemos el tipo y pongamos buena cara, que es domingo.



5.10.15

Segundo Táboa redonda

He superado la primera prueba, y ya tengo segundo artículo. Casi me hace más ilusión la referencia que hacen a mí en la portada que mi propio texto. Es una nueva dimensión en la vida de Portorosa...


Seguimos en papel hasta para enlazarlo, como ven. Pero unos días después de su publicación el suplemento se puede descargar entero. Aquí les dejo el anterior, por si tienen curiosidad. Yo creo que está bastante bien:



Sigo contento, y con el próximo ya enviado.

*****
Y aquí está el último:




28.9.15

Mi primer Táboa Redonda

Pues aquí está. Esto fue.

Más en papel, imposible, como ven. Pero por ahora no hay otra forma de enseñarlo. Si pinchan sobre la imagen se puede leer perfectamente. A los habituales, de todos modos, les va a sonar.

Táboa Redonda incorpora (...) la visión emotiva de Portorosa, una mezcla precisa de literatura y vida, dicen.




Estoy contento. Es bonita, la edición, ¿no? Solo me sobra la O de O Vicedo, porque para mí siempre ha sido Vicedo; pero a lo mejor me lo arreglan.

Estoy muy contento, claro que sí.

Gracias.

24.9.15

A mí lo de Cataluña me entristece

Es difícil, por no decir imposible, hablar de esto sin hacerse enemigos a uno u otro lado. Y probablemente a la vez. Pero quiero dar mi opinión.

Partiré de dos premisas que les permitirán a ustedes saber desde el primer momento si me odian o no:

1) Un país democrático es, así en general, lo que los ciudadanos decidan que sea.

2) El nacionalismo (y cuando hablo de nacionalismo hablo de todos, no importa cuál sea la nación objeto de su devoción, que conste) me parece, hoy en día y aquí, una estupidez, un paso atrás, llevar a la política algo que pertenece a la esfera sentimental y afectiva, y darle un rango (y no hablo de importancia, sino de tipo de importancia) que no tiene. El nacionalismo cumplió su papel hace tiempo, cuando había imperios que sojuzgaban, pero no ahora. Claro, si alguien cree que eso es lo que pasa actualmente entre España y Cataluña, yo simplemente no estoy de acuerdo, y me parece una paranoia.

Yo me siento gallego, español, europeo y terrícola; y quiero defender lo mío, y que se respete, por supuesto. Y me siento de verdad en casa cuando veo mi mar y ando por mis montes. Pero, en cuanto a gobernabilidad, lo que quiero es que se me gobierne bien, que la sociedad esté organizada, sea justa, tenga herramientas para dirimir sus conflictos, recursos suficientes para garantizar una vida digna y contribuir a que los demás la tengan, etc., etc. Nada de eso tiene que ver con si la capital está en Madrid, en Bruselas o en Santiago de Compostela, en principio y mientras no se demuestre lo contrario.

Y ahora:

1. La consulta y el derecho a decidir

A mí esto me parece muy claro. Y no hablo de leyes: esto no es una discusión jurídica, sino política. Un país es lo que su población quiere que sea; al menos si hablamos de una democracia. No hay líneas (en este sentido de identidades, tamaños o integrantes) sacrosantas ni infranqueables.

Si yo soy de un club, yo elijo si quiero seguir siendo socio o no; no los demás. Los demás podrán echarme, pero nunca retenerme; y en último caso me podrán obligar a pagar las cuotas atrasadas o a compensarles por lo que el club haya hecho por mí, pero yo pago y me voy.

Y si la ley no recoge eso, que lo recoja, por si alguna vez la realidad política lo demanda.


2. Cómo se decide

El argumento de que, si Cataluña se independiza de España, por qué no se va a independizar, por ejemplo, Badalona de Cataluña, me parece una chorrada: hace falta una realidad sociopolítica muy clara y fuerte para que plantear algo así tenga sentido.

Sin embargo, si yo creo que un país es lo que quieran sus ciudadanos, ¿dónde se pone el límite, el mínimo, para que el resultado de una consulta se considere claro y representativo de la opinión general de la ciudadanía catalana? No digo que no se pueda (Quebec lo hizo, pero no muy bien), pero es difícil, ¿no? ¿Qué pasa con los disconformes, si no son una minoría despreciable?

Es decir, en el ejemplo del club está muy claro qué es un socio; pero en este, ¿a partir de qué momento se considera que Cataluña es un solo socio, con una sola voz? ¿Y qué más socios hay en el club? A mí esto me parece complejo; tanto, que dudo mucho que la solución que se adoptase me convenciera del todo.



3. El debate político

Me indigna que este tema desplace nuestra atención de los asuntos verdaderamente importantes para una sociedad. Y más ahora que tenemos tantos tan urgentes.

Yo no quiero hablar de esto. Quiero ese debate, que me parece de niños pequeños, fuera de la política. Y que vuelvan (o aparezcan de una vez) la economía, la educación, la sanidad, la investigación, la cultura, el gasto social y el tipo de sociedad que queremos, nuestra política exterior, etc. ¡Con las cosas que hay que hacer!

Se me dirá que no me preocupe, que esos temas los van a tratar enseguidita que sean independientes; y yo no lo dudo. Pero, de entrada, el día 27 se presentan juntos el partido económicamente más de derechas de España y la supuesta extrema izquierda, y a mucha gente parece que le va a dar igual; y por el otro lado, se nos pretende unir a todos (igual de dispares) contra ellos. Y mientras, no miramos lo que hace la otra mano.

Y si tenemos que soportarlo, que por favor sea un debate serio, no un ejercicio de manipulación y amenazas (por uno y otro lado), de tergiversaciones y mentiras, que nos toma por tontos (bueno, en eso quizá tengan razón). Si no hay más remedio, que se hable con sinceridad de razones, de pros y contras.

Pero claro, si ningún debate político nuestro es serio, por qué iba a serlo este...


4. Mi tristeza

Yo prefiero que Cataluña siga aquí. Porque me gusta Cataluña, porque me gusta Barcelona, porque tengo amigos catalanes y me gusta que no sean extranjeros, como me gusta ser algo más que vecino de Pla, Gimferrer, Casals o Jordi Savall. Pero reconozco que si se van no se me va a romper nada. Entre otras cosas, porque yo quiero que ellos también quieran.

Lo que me entristece les va a parecer un poco tonto. Lo que me entristece es que nos queramos separar; lo que me entristece es que queramos ir cada uno por nuestra cuenta cuando lo que pide el mundo y me pide el cuerpo es todo lo contrario: unir, sumar, aunar esfuerzos, compartir.

Pero claro, me entristece lo mismito que el otro bando diga que no te vas porque no.

¡Si es que yo no quiero que la discusión de a quién quieres más, a papá o a mamá, provoque esta tensión, este malestar!

Por el lado independentista, no sé cuánto tiene de económico todo esto, pero sospecho que mucho (¿alguien puede, con Mas delante, no pensarlo?). Y tal vez sea injusto, pero no puedo evitar ver algo de "A mí me va bastante bien y mucho mejor me iría sin estas rémoras, así que prefiero ir por libre". No pretendo negar unos sentimientos que sin duda existen, pero me da la impresión de que están mezclados con otros no tan confesables (por ejemplo, no acabo de comprender que los mismos que en Facebook piden derribar fronteras por doquier quieran levantar una aquí).

Por el otro, es todo un poco de locos, porque, vamos a ver: media España le tiene manía a los catalanes (como se vio en la saña con que se seguía el boicot hace unos años), y precisamente es la mitad que bajo ningún concepto quiere que se independicen. ¿Tiene algún sentido, eso? A mí me parece que un poco no se les deja ir precisamente porque quieren irse; por fastidiar. Pero claro, la economía ya es otra cosa, y los políticos lo saben.




En cualquier caso, a mí esto me entristece. No avanzamos. Me parece todo muy irracional, muy tonto, muy desmoralizador. Muy triste.



20.9.15

Voy a escribir en papel

Este jueves me llegó a esta dirección un mensaje de un reportero de cultura de El Progreso de Lugo, Santiago Jaureguízar, pidiéndome un número de teléfono para llamarme.

Yo reaccioné con la desconfianza del que ve su anonimato amenazado, y pregunté para qué, mientras comprobaba quién era él. Tras cruzarnos varios mensajes, me va diciendo de qué se trata, yo voy asombrándome más y más hasta que hablamos: su periódico, junto con el Diario de Pontevedra, va a sacar un suplemento cultural, y quiere saber si me interesaría colaborar en él...

Joder.

Digo que sí, claro, pero que por qué: en resumen, por el blog, del que ha sabido (gracias, Ana) y le ha gustado. Y me pide varios posts de ejemplo para proponerme a su jefe. Y el viernes a media mañana me lo confirma.

Quieren que escriba sobre literatura (o cine, o música, o pintura, pero algo con la etiqueta de cultura) y cotidianidad. Mi cotidianidad. Como en el blog, insiste. Sin perder la frescura, insiste más aun.

El suplemento se llama Táboa Redonda y ha salido hoy, pero yo empiezo el domingo que viene. Para el miércoles tengo que enviar dos artículos, pero por ahora (y en atención a mi tesis y a la premura con que ha surgido todo) me deja tirar de material mío de aquí.

Intentaré subir al blog lo que mande allí, si es que no hay forma de enlazarlo directamente.

Sé que es algo modesto, y que... en fin, muchas cosas. Pero para qué hacerme el duro: es casi casi un sueño hecho realidad. Alguien ha leído esto y me ha ofrecido escribir en un suplemento cultural.

Se ha cumplido.

Estoy muy contento. No me pagan un duro, pero conozco ese mundo y lo suponía. Estoy muy contento, un poco nervioso e ilusionadísimo.

Y bueno, creo que vosotros, que al seguir ahí me habéis dado motivos para continuar aquí, os merecéis también mi agradecimiento: va por vosotros.

Deseadme suerte.

Besos y abrazos.

16.9.15

La radio de mi coche

La explicación de Erich Fromm sobre nuestra relación con la capacidad de elección, y la responsabilidad e incertidumbre que conlleva, es clara y no muy halagüeña. Así que, mejor, me quedo con la frase de Henry Wadsworth Longfellow, Decídete y serás libre, más amable.

El caso es que la radio de mi coche, desde la última vez que pasó por el taller, no funciona. Ningún mando: ni on/off, ni el volumen, ni la selección de canales o canciones en los cedés, etc. Lo único que puedo hacer es meter un disco, escucharlo desde el principio y sacarlo cuando quiero parar; ni repetir, ni adelantar, ni nada.

Y es curiosa la sensación de liberación que me produce.

25.8.15

Observado e intuido

El otro día, todavía de vacaciones, salimos a cenar los niños y yo. Y a Paula se le ocurrió hacer el juego de describir a los demás con cinco adjetivos.

Yo la describí a ella, entre otras cosas, como muy observadora e intuitiva (dos rasgos que no siempre coinciden e incluso, creo yo, suelen no hacerlo), y lo demostró con lo que dijo de mí:

- Que me enfado fácilmente (por si no lo tenía claro, esto me lo dijeron los dos).
- Que hago muchas cosas que me propongo, auque me cuesten.
- Original, diferente a los demás padres (esto no sé muy bien si era positivo o negativo...).
- Y la que más me sorprendió: que nada me da igual y de todo tengo opinión, que todo me gusta o me disgusta.

Me parece que me conoce muy bien.

16.8.15

Cádiz y fin de vacaciones

A mediados de los noventa viví dos años en la provincia de Cádiz. Tal vez porque fue un momento personalmente duro para mí, en el que me sentí muy solo, no guardo buen recuerdo de aquello, y los pueblos de la zona y el paisaje en general, a pesar de lo elogiados que son, no me dicen gran cosa.

Sin embargo, Cádiz capital es probablemente la ciudad que más me gusta de España (bueno, con el permiso de Santiago; pero es que son tan distintas). Me parece (de puerta Tierra para adentro, por supuesto; pero en qué ciudad la parte nueva tiene algo especial que ofrecer) una maravilla: unos edificios que, a pesar de cambiar por barrios, guardan una armonía envidiable (aun sabiendo que el motivo es, en parte, las décadas de pobreza, que impidieron construir); unas calles largas, estrechas y umbrías con el agua al fondo; esa agua verde claro; la luz; las plazas frondosas de aire colonial; las casas-palacio, etc. Y su ambiente, su personalidad: una ciudad llena de gente noche y día, llena de niños y llena de risas (que taparán tanto).

Cádiz ha sido durante décadas la capital de provincia con más paro de España. Y la pobreza (a veces verdadera miseria) asoma por muchas, muchas ventanas abiertas, hasta en los sitios más visitados. La vida en la calle no solo responde a la juerga ni al calor, sino que se nota que muchas veces es una alternativa preferible a quedarse en casa: matrimonios jóvenes, familias enteras de hasta tres generaciones, a veces comparten banco, bolsa de papas fritas y botella de dos litros, y pasan la tarde. No parece que las cosas sean fáciles. Pero el tópico que dice que el gaditano sobrelleva todo eso con humor y una filosofía especial (además de con una economía sumergida que supongo yo que debe de batir récords) también parece cumplirse: los grupos de desocupados hacen bromas, los camareros hacen bromas, el socorrista de la playa las hace, el que te cruzas por la calle las hace y las señoras las hacen, de camino a la Caleta con su silla de playa a cuestas. Y aun encima tienen gracia, gracia de verdad, con lo difícil que es eso.

Me quedé con muchas ganas de ver a don Microalgo, y de poder preguntarle por todas estas cosas; pero tareas más trascendentales lo tenían justamente ocupado. Seguro que la mitad de mis impresiones me las explicaba mejor y la otra mitad me la desmontaba. Pero desde fuera Cádiz se ve una ciudad con una personalidad extraordinaria, con una vida y una alegría que no deben de ser fáciles de encontrar y sin embargo lo llenan todo. No sé cuánto hay en esa actitud de pose, de alimentar un estereotipo, pero si es así lo hacen muy bien.

Cádiz no es monumental, quitando la catedral; ni falta que hace. Es el conjunto el que la hace bonita: sus calles, los edificios venidos a menos (hay un claro parecido con ciertas zonas de Lisboa, en las sensaciones) con patios maravillosos, sus ficus, las plazas Mina y Candelaria, el parque Genovés y la alameda Apodaca (que ya solo esos nombres los hacen encantadores), la playa de la Caleta (donde uno descubre un concepto distinto de playa -hasta una mesa Lack verde, vimos-, y que ni los Morancos ni las chirigotas exageran, porque eso no se puede exagerar), sus torres y su mar tan distinto. Y los gaditanos. Y su historia, que ves por todas partes en cualquier paseo, y su pasado americano. Y sus plazas otra vez. En fin.

Nos alojamos en un apartamento junto al Mercado Central, en pleno meollo del tipismo. Y callejeamos mucho. Y no pasamos mucho calor a pesar de que la temperatura nunca bajó de los 30º. Y comimos muchísimo (este verano, mi peso de los últimos veinte años de repente ha quedado atrás). Y volví a la librería Quorum en la calle Ancha, donde tantas horas entretuve, pero ahora feliz de hacerlo llevando a mis hijos, y todos compramos libros. Y a la Falla, donde me aconsejaron un par de novelas del local Fernando Quiñones.

Fuimos también al Puerto de Santa María y a Conil, a ver sitios donde habíamos estado y que queríamos recordar y enseñar a los niños.

Además, pude volver a visitar a una antigua amiga, una vecina de aquellos años. Alguien que me salvó la vida y a quien tan agradecido estoy y tanto quiero.

En el viaje paramos, a la ida, en Plasencia (de donde tantos blogs frecuenté en su día, y donde todavía leo a Gonzalo Hidalgo Bayal), y en Cáceres a la subida. Al fin conocí algo de Extremadura. Preciosos los dos sitios, como parte de su paisaje, y en especial, como era de prever, el impresionante casco histórico de Cáceres.

Pero yo tenía a Cádiz ocupándome la cabeza.


Castillo de San Sebastián, allá al fondo



Una antigua torre de cargadores a Indias


Desde la Torre Tavira. Los árboles de la derechas son el Genovés.

Mina

Ahora hemos pasado una semana en casa. Una semana solo con Paula y Carlos que necesitaba.

Y esta noche se van. Los voy a echar muchísimo de menos. Pero mejor no dejarme llevar.

Y no solo eso, sino que hasta noviembre me espera un encierro obligatorio para trabajar, porque en esa fecha debo entregar mi tesis, para bien o parar mal. No me apetece nada y solo pienso en acabar. Mañana empiezo.

En cualquier caso, afronto esto y afronto la separación desde la alegría de este verano inolvidable, completo y lleno de amor.



Han sido unas vacaciones maravillosas


1.8.15

Vicedo 2015 se ha acabado

Ayer, viernes 31, nos vinimos de Vicedo. Los últimos días apenas dejó de llover, lo que en parte sirvió para sentir un poco menos la marcha. Pero aun así estos quince días se me han hecho muy cortos, y me vuelve a surgir la idea de alargarlos un poco el próximo verano; y, de nuevo, esa certeza o ese deseo de vivir en algún momento allí.

El penúltimo día fueron mis padres, mi hermano y su novia a vernos. No pudieron disfrutar de la playa y el mar, pero sí del paisaje y de una comida al aire libre en Xilloi que todos recordaremos con cariño. Es sorprendente la facilidad de Cibrán para acercarse a mi familia, y supongo que el deseo de sentirla suya.

Volvimos a pasar por la librería A Brela, donde por un momento, cuando la encantadora Alicia me sorprende hablándome del blog, me acuerdo con cierta nostalgia de otras épocas de más vida en estas páginas. Me compro los Cuentos completos de Kingsley Amis, en Impedimenta. Y los niños, que con la lluvia han descubierto las cartas, se compran una baraja española. Ayer comían unos holandeses a nuestro lado, con los que hablamos un poco: supongo que volverán contando que en España, los niños, en la mesa, en lugar de jugar con móviles o maquinitas, hacen solitarios.

Lo único que ha fallado estas semanas he sido yo, como tantas veces (¿como siempre?). No sé si es que lo que me espera tras las vacaciones me pesa, o tal vez mi incapacidad para asumirnos a los cinco a la vez sin dificultades, pero lo cierto es que mi mal humor a menudo nos molesta a todos; empezando por mí, por supuesto, que voy alimentando con mis errores mi malestar.

Ayer, a pesar del mal día, cogí el neopreno y bajé a la playa antes de desayunar. Nadé bajo la lluvia, y volvió a ser algo maravilloso. Algo fuera de la vida normal. Algo que hace que el regreso mental a la ciudad tarde muchas horas, o días, desde que estamos efectivamente de vuelta.

Cuando nos íbamos paramos a despedirnos de Oliva, que deseó que este año no fuese peor que el pasado.

Si de todo esto, de tantas personas próximas y de paso, yo al menos aprendiese lo que cualquier libro de autoayuda sabe, todas esas cosas del camino y eso...

Mañana nos vamos los cinco a Cádiz. A Cai Cai, en pleno centro histórico. Si no fuese por Santiago, sería la ciudad de España que más me gusta, y además quiero enseñarles a los niños dónde viví.

Corto, se me ha hecho corto. Pero volveremos. Y, mientras, seguimos siendo nosotros.