28.6.05

Merecido e insuficiente homenaje a mi padre.

Mi padre se merece este homenaje por muchísimas cosas que no les voy a contar yo a ustedes aquí. Pero se lo quiero hacer, hoy, por dos en particular: en primer lugar, por, habiendo nacido en una aldea (un aldea de la Galicia de los años 40, con lo que ello significaba) y crecido en una casa humilde donde nunca hubo un libro, haber llegado a disfrutar con cosas como las que él mismo recoge en el texto que sigue; y en segundo lugar, por haber hecho posible, en mayor medida que nadie en mi vida, que yo sepa disfrutar con ellas también:



"NUEVAS PRUEBAS ACERCA DE LA EXISTENCIA DE DIOS.


Un poeta oriental, hacedor de haikus, escribió, a la sombra del Fujiyama, cosas como éstas:


- La primera camelia fue blanca y, al ruborizarse al ver a una pareja haciendo el amor, se convirtió en camelia roja.

- He estado viendo abrir camelias. Me senté, bajo la lluvia, y las gotas que tamborileaban en mi paraguas no me permitieron oír la palabra que la camelia pronuncia cuando abre.

- De cada mil tulipanes rojos, nace uno que lleva unas letras que dicen “He sido un sueño”.

- El tulipán es una copa que se llena de rocío en las mañanas tempranas de abril. Y vienen los espíritus celestiales y beben.

- Donde menos se piensa, nace la rosa.

- Las mariposas volaban alrededor de una rosa que, marchita, se iba deshojando con el aleteo.

- Los pétalos de aquella rosa eran tan finos que latían con el aire de nuestros párpados al abrirse y al cerrarse.

- Quien recuerda siete canciones tiene un corazón ocioso, y un corazón ocioso no hace daño.

- No hay mejor manera de encontrar amor que huyendo de él en las alegres mañanas de las rosas.

- ¿Quién sabe las penas del bambú? Pasad la suave mano sobre la caña verde y notaréis la señal de las lágrimas.

- La novia china rezaba así a Akmó: concédeme un viento elegante por esposo, no dejes que el arado de la tristeza haga surcos en mis mejillas y siembre en ellas el grano de las lágrimas.

- Oto Tachibana Himé, era tal su finura y su gracia, y tal la belleza de sus kimonos, que las mariposas la confundían con una de ellas cuando salían al jardín.

- La luna es esa flor que la Tierra lleva, en las noches, en su cintura.



Otro poeta occidental, hacedor de milagros, escribió, a la sombra del Xistral, cosas como las que siguen:

- El secreto de los Stradivarius residía en que cuando en Cremona los fabricaban, iban los luthiers al puente, recogían aire en las manos y lo dejaban caer, lentamente, en la caja de los violines.

- El bosque en otoño, bajo la mano del viento, es una coral de Bach.

- Poesía es la participación del hombre en la Creación, perfeccionada la voz humana por la nostalgia.

- La música para una Desdémona degollada pudo haberla escrito Mozart y titularla: “Concierto en Mi menor y sombras doloridas para clave, enamoradas flautas y tristes corazones”.

- Tenían un armonioso andar, ligero y grave al mismo tiempo: era una estrofa rubia, en la que se unía la ligereza del dáctilo a la grave seriedad del espondeo.

- Cambados tiene mañanas italianas, mañanas de la Marina toscana y largos y finos atardeceres, como un concierto de Bach para flauta y clave, cuando el cantor de Leipzig ponía la flauta y el clave a recoger, en la boca enorme del cosmos, el secreto recreado del Universo mundo de la vida misma.

- La perdiz madre con doce o catorce perdigones, levantaron sonoro y alegre vuelo y se fueron monte abajo con sus alas aplaudiendo la mañana.

- Las auroras boreales tienen su más científica explicación cuando se dice que son una memoria que quedó en el aire de cuando sonreían los labios rojos de Viviana, la que fue esposa de Merlín.

- Aquel delicado trovador, Walter von Kutae, que cuando bebía cerveza notaba si en los varales del lúpulo había estado o no posada la calandria de agosto.

- Dicen que las tonadas más alegres del mundo son las que silba el raposo cuando, de madrugada, regresa a su cubil con la barriga llena. De vez en cuando para de silbar para escupir una pluma de gallina.

- La alondra comienza a cantar cuando todavía está dormida, y cuando despierta canta para explicarse a sí misma sus sueños, que lo son siempre de amor.

- El vino acerca las islas de la nostalgia al corazón.

- El hombre es el árbol que da las flores de la melancolía.

- Por veces pienso que el fin último de toda cultura es el descubrimiento del otoño y la invención de la nostalgia.

- El andar del peregrino es, ya, el único andar noble que le queda al hombre.

- Medio hombre muere privado de sus sueños. La libertad del hombre podía medirse por lo que sueña.

- Las rosas nacieron para que el Señor no temiera verter inútilmente sobre el mundo el rocío de la mañana.

- Si algún día el albariño sale amargo, es que una nube que pasó sobre la tierra del Salnés y Cambados llevaba en su pecho evaporadas lágrimas antiguas de nuestra doña Juana de Castro, moribunda de amor.

- Un clérigo italiano, probando el vino de Cessi, sabía decir si aquel año había habido tordos emigrantes, porque el cantar de los malvises en los viñedos creaba una cierta vibración en el aire que, repercutiendo sobre los racimos, daba una calidad especial al vino.

- Ni una sola vez en la historia alguien, por muy poderoso que fuese , ha podido ahogar en sangre un verso.

- Alfareros... Uno de los más nobles y antiguos oficios del mundo y, quizá, las manos del hombre no estén más cerca de las manos de Dios que cuando inventa la escritura o transforma el barro informe en una taza.

- Si el Hospitalero cortase hondo en el bordón de Gaiferos, acaso saliese el cálido y oscuro licor de la melancolía, de la tristeza de amor, de la inmensa soledad humana de aquel gran caballero peregrino, que caminando canta:

Eu chámome don Gaiferos,
Gaiferos de Mormaltán.




Si pretendemos negar la existencia de Dios, de un dios, basta con pensar en el hombre; ¡ah!, pero ese hombre, del que es superfluo exponer todo lo malo de que es capaz, también ha levantado catedrales, labrado el Pórtico de la Gloria y puede llamarse Juan Sebastián Bach.

El escueto muestrario de los dos poetas aludidos es un humilde aporte a la irrefutable demostración de la existencia de Dios: nadie puede escribir así sin que Él guíe la mano.

(¡Ah, casi se me olvidaba!: esos dos poetas, misteriosamente, se convirtieron en uno, quien, feliz, permanece sentado en un banco de piedra de su Plaza Mayor, atisbando las puertas de la Catedral de Mondoñedo, por si por ellas sale su señor obispo, Fray Antonio de Guevara.
Las enciclopedias lo citan como caso curioso, porque jamás le fue concedido el Nobel de Literatura)"


Gracias.

19.6.05

Contra la mediocridad: cállese.

El peso de la propia coherencia intelectual, la responsabilidad ante unos lectores cada vez más exigentes, y mi compromiso ético-cultural con las generaciones venideras, me abruman y me someten a una presión tal que pocos son los momentos del día en que, liberado por una pasajera evasión -a menudo propiciada por el todopoderoso Morfeo- , no me pregunto angustiado y ansioso de qué demonios puedo escribir.

Y pienso, mientras paseo por galerías, torres y corredores, por patios y zaguanes, por alcobas y salones, e incluso por caminos y veredas, que podría opinar sobre los homosexuales y sus reivindicaciones matrimoniales y paternales, sobre los heterosexuales y su reclamación del monopolio matrimonial y paternal, sobre las recién celebradas elecciones gallegas (o de cómo uno, estando en el infierno y rodeado por diablos de toda ralea, puede verse en la tesitura de tener que elegir qué demonio, de entre varios voluntarios, debe guiar -previo pago- sus pasos durante sus próximos años en el Averno), o incluso sobre el último guiño de ETA, gesto de buena voluntad donde los haya.
Pero cada vez que estos u otros temas se me ocurren, y tras unos instantes de ilusorio optimismo, me doy cuenta de un pequeño inconveniente - siempre el mismo-: que sé muy poco de cualquiera de ellos.

No es, efectivamente, que no sepa nada, ni siquiera que sepa menos que la media (en los casos en que ello es matemáticamente posible); es, simplemente, que no sé más que la mayoría. Y yo, curiosamente, de eso deduzco que mi opinión no tiene ningún interés. Y esta sospecha me lleva -quizá cayendo en un integrismo del todo inadmisible, lo admito- a concluir que no debo escribir sobre esas cosas.
Y no escribo.

Ante este razonamiento surgen voces airadas que protestan. Y protestan basándose en el siguiente bienintencionado razonamiento: "todo el mundo tiene algo que decir, y la opinión de todo el mundo es válida y aporta algo de riqueza al acervo común".
Pues bien, yo considero este razonamiento impecable desde el punto de vista teórico, pero falso, absolutamente falso, desde el empírico.

En mi opinión, no es cierto que todo el mundo aporte su granito de arena y así entre todos lleguemos a construir una gran verdad. En mi opinión, por cada granito de arena que la mayoría aportamos, aportamos, conjunta e indivisiblemente, un montón de basura. Y, cuantas más opiniones sin seleccionar, más sepultados quedan los granos de arena bajo la montaña de basura común.

- "¿Sin seleccionar? Eso suena a elitista.

- No, mire usted, yo no digo que sólo puedan opinar los catedráticos, o los ricos, o los rubios, o los que votan en blanco, o que sólo lo podamos hacer los nobles (los nobles menos que nadie, créame, las estirpes han venido mucho a menos últimamente; si yo le contara...). Lo que digo es que cada uno intente hablar de aquello de lo que, más o menos, sabe. No le digo que haya que ser experto para comentar algo, pero sí al menos informarse un poquito, ¿no cree?; sobre todo si se pretende expresar una opinión en público.

- Pues eso va contra la libertad de expresión.

- Lo único que va contra la libertad de expresión es desperdiciarla diciendo estupideces, que bastante ha costado conseguirla."



Creo que la suma de opiniones infundadas y análisis superficiales, que como mucho consiguen repetir algunos tópicos mal aprendidos (generalmente en los nunca lo suficientemente denostados programas de tertulias televisivas y radiofónicas, más dañinos sin duda que la peor de las telenovelas por su falaz baño de seriedad que lleva al huerto a tantos y tantos ciudadanos), contribuye a agravar uno de los problemas que, con respecto al conocimiento, tiene nuestra sociedad: el exceso de información y la incapacidad (tanto por falta de tiempo como por falta de criterios fiables) para separar la importante de la superflua (la veraz de la falsa, la útil de la inútil, la de peso de la fugaz).
Es, con respecto a épocas pasadas, la otra cara de la moneda: la desinformación por saturación. Los resultados son los mismos: nadie tiene ni idea de nada, aunque trate de tenerla, porque no sabe a dónde mirar (y aunque lo supiese no valdría de nada, porque normalmente no somos capaces de analizar la información, que es lo realmente importante, pues ella es medio y no fin, bla, bla, bla... pero eso es otro tema, aun más coñazo que éste).

¿Creen que exagero? Pues yo creo que no. Generalizo, eso sí, y por tanto me equivoco con respecto a todas las excepciones; pero no creo exagerar.

- "¡Es que todas las opiniones son respetables!

- ¿A usted le parece respetable que yo opine que todos los que pronuncien esa frase suya sean fusilados? Pues entonces no me diga tonterías."


[Que nadie vaya a pensar que me atribuyo pensamientos originales, esto que sigue lo he leído muchas veces] Las respetables son las personas (al menos mientras no pierdan su respetabilidad con su comportamiento... o sus modales en la mesa, o sus chándales), y lo respetable es su derecho a opinar. Ambas cosas son "sagradas". Pero sus opiniones, una vez escuchadas (no antes, ojito), pueden ser estudiadas, analizadas, contrastadas y razonadas, para posteriormente ser loadas, aplaudidas y encomiadas, o bien cuestionadas, criticadas, rebatidas, desestimadas, reídas y ridiculizadas (sin que en ninguno de los dos casos debamos usar esos antecedentes para prejuzgar otras futuras; aunque al final nos vamos conociendo, y claro...).

-"Pero todas aportan algo. Igual que las personas, todo el mundo puede enseñarte algo."

No cabe duda. Lo malo es que, con demasiada frecuencia, ese algo no compensa ni remotamente todo lo que tienes que aguantarles. Y sí, si buscas, algo encuentras; pero las penosidades de la búsqueda a menudo no se ven recompensadas. Y con las opiniones pasa lo mismo.

Así que, si lo que vamos a decir no justifica la atención de los demás, callémonos. Que gente hablando por hablar ya hay de sobra.

- "¿Entonces, va a dejar usted de escribir?

- No, no se preocupe. Por un lado, la vanidad hará que de vez en cuando me crea con derecho a opinar sobre algo, y por otro, siempre puedo seguir hablando de mí, que es un tema fascinante y que además domino.

- No, si no me preocupo, qué me voy a preocupar... ¡al contrario!"



15.6.05

Barrera psicológica de los 250.

Ayer este blog superó las 250 visitas.
No es mucho, ya lo sé, pero a mí me parece una barbaridad, y hace unos meses no habría creído que pudiese llegar a esa cantidad tan pronto.
"Así que gracias a todos los que habéis hecho posible esto. Quiero dedicárselo a cuantos me han apoyado, día a día, y me han dado el ánimo necesario para no desfallecer. ¡A todos, gracias!"

(Por cierto, quizá les despiste ver que, en el contador del final de la página, la cantidad que se ha superado es la de 1.000 visitas; pero es que, de esas mil, calculo que unas 750 son mías y no las cuento)

11.6.05

Sábado por la mañana. Campanadas en una aldea.

Es sábado por la noche, casi las doce. Estoy solo en casa con mi hija, que está durmiendo; mi mujer está en una cena de trabajo a la que no le hacía mucha gracia ir.

Esta mañana he ido al entierro de la madre de una amiga. A la señora no la conocía, pero ella es una de las mejores amigas que he tenido; aunque ahora, por desgracia llevamos años casi sin vernos -supongo que porque la vida nos ha llevado por caminos bastante diferentes; al menos es lo que uno suele decirse-.
Me dio mucha pena. Los entierros -la muerte- me entristecen cada vez más (inconsolablemente), y hoy, además, ella aparentaba estar tan bien e intentaba animar tanto a los que se le acercaban que me rompía el corazón.

Mientras me acercaba al cementerio, andando, las campanas tocaban. En las aldeas va mucha gente a los entierros, y aunque también se oyen conversaciones que no vienen a cuento (ninguna viene a cuento en ese momento), en general se comportan más respetuosamente con la familia. Más, cuanto más lejos de la ciudad está, cuanto más aldea es (quién sabe, a lo mejor es sólo porque suelen hablar menos).

Durante la misa estuve en la puerta de la capilla, y había muchísimas flores. Hace dos años, en otro entierro en otra aldea, también a la puerta de una iglesia vi cómo un ramo iba resbalando poco a poco por la pared de piedra hasta quedar tendido en la hierba. Y me di cuenta de que, de esas mismas flores, tenía mi mujer ese mismo día un ramo en su habitación del hospital, donde acababa de dar a luz.

Y pensé en lo bien que se adaptan las flores a las alegrías y a las penas, y pensé en qué puta mierda y qué maravilla es la vida.

[Ojalá estés bien.]

8.6.05

Bienvenido a la tecnología, señor. ¿Qué quiere usted?, ¿escribir, señor?

Esto de los blogs es algo todavía muy nuevo para mí. En realidad, Internet es todavía muy nuevo para mí, y aunque lo entiendo no lo asimilo. Llevo un montón sin escribir nada, y ha sido porque me he pasado muchos días leyendo lo que hacían otros; y no sé qué pensar, todo esto me produce una mezcla de sensaciones que me desconcierta.

Por un lado, desconozco Internet casi por completo (tanto que aún la escribo con mayúsculas). Me refiero a sus posibilidades más allá del correo electrónico o buscar una información: a la cantidad de cosas que hay, a la infinidad de utilidades que se le pueden dar, a la variedad inmensa de temas, tendencias, actitudes hacia ella y hacia todo que uno descubre, gustos... en fin: mundos que puedes encontrar en ella, aunque suene muy tópico.

Por otro, está todo este "fenómeno" de los blogs. ¿Cuántos habrá?, ¿millones, ya? Me parece increíble. Y me resulta curioso cómo los blogueiros parecen ir formando sus grupos, sus entornos, y los utilizan para mantener relaciones (a veces en apariencia muy estrechas) con unos cuantos asiduos. Supongo que lo abrumador de las posibilidades hace inevitables estos pequeños círculos, pues la mayoría tenderá a ir acotando -al menos temporalmente- su pequeña y abarcable parcela de interés.

Y dentro de los blogs, me paro mucho más (por haber empezado yo el mío por esas mismas razones, claro) en los que, en mi opinión, casi siempre obedecen a un deseo, o ilusión, o vocación, de escribir (y quizá, en algunos casos como el mío, a una frustración anticipada). Teniendo en cuenta los que yo he podido visitar en apenas una semana, supongo que sólo en España habrá miles de este tipo.

Sobre este último tipo, el de los aspirantes a escritor (entre los cuales me incluyo, que conste, y además con los adjetivos añadidos de "patético" y "eterno"), hay varias cosas que me llaman la atención:

- Muchos de los que los escriben parecen escribir sólo para colegas de blog.

Para mí, que hasta ahora pensaba que sólo me leerían mis amigos (lo que probablemente volverá a ser cierto una vez publique este post), esto es algo nuevo. Se crea así una especie de club de lectura en la red. Y esos clubes, que yo en principio vería como algo positivo, a veces me parecen demasiado autocomplacientes: a todo el mundo le encanta todo lo que hacen los demás, todos se piropean mucho y se juzgan brillantes.

- Cualquiera puede escribir, tan fácilmente como si lo hiciera en un cuaderno en casa; pero... aquí se lo publican. Aquí no hay filtros, todo vale. Te leerán o no, pero tú escribes y lo que escribes ya está disponible para el mundo entero. ¿Se dan cuenta de lo que significa eso?

- Eso significa, entre otras cosas, que hay una enorme mayoría que no son buenos en absoluto. Algunos incluso son muy malos, creo yo.
En general, cuanto más tienden a indagar en la verdadera naturaleza del alma, a diseccionar los entresijos de la amistad y el amor, y a explorar los sentimientos más nobles del Hombre, peores y más almibarados son (¿por qué?, pues porque para escribir de esas cosas hay que escribir muy bien). Y si todo eso lo intentan hacer en poesía, ya es la leche.


- Y hay, por fin, algunos blogs "de escritura" que a mí me parecen buenos. Creo que en ellos se ve cierto talento; es decir: inteligencia, sensibilidad, sentido del humor, facilidad para la reflexión, para el análisis, carácter observador, etc., etc... y capacidad para expresar todo eso bien (esto último es imprescindible para escribir, me temo; es duro pero es así, lo otro no llega).
Como digo, hay varios que me parecen buenos de verdad (y es en ellos en los que comento, ¿eh?; ¡no dejo comentarios en los del apartado anterior, aviso!), pero es que ha habido uno o dos -o como mucho tres- que me han dejado asombrado, y creo, por lo poco que les he leído, que valen.
¡Sí, sí, que valen: que sus autores podrían escribir, escribir de verdad!



En fin, que todo esto es muy raro; pero creo que estoy viendo muchas cosas nuevas, e incluso pseudo-conociendo a gente que vale la pena, y por ahora me quedo.

No sé si lo que he dicho, en el hipotético caso de que le interese a alguien, puede haber herido alguna susceptibilidad. Por si acaso, quiero dejar claro que se trata sólo de mi opinión subjetiva y parcial, que no intento establecer un canon virtual; que sé que hay gente que no escribe por las razones que yo he puesto aquí, sino que consideran que esto ya es escribir y disfrutan de ello; y que considero mi blog, dentro de los "de escritura", malo.


Bastante malo, además; lo cual, como comprenderán, me jode.

23.5.05

Wolfgang Amadeus de la Prada.

El día 19 abandoné la soledad de estos campos y me acerqué a la ciudad para ir a la ópera. Fui a ver Don Giovanni.
Yo no lo sabía, pero se estrenaba una nueva producción. La orquesta era la Sinfónica de Galicia, y el coro, el suyo; el director musical era Victor Pablo Pérez, y los principales artífices, en lo que a la parte visual se refiere, eran Giancarlo del Monaco -director de escena e ideación (?) del espacio-, Wolfgang Zoubek -iluminación- y Ágatha Ruiz de la Prada -escenografía y vestuario-.

He ido muy poco a la ópera, debido entre otras cosas a mi aislamiento rural y a la dificultad que todavía entraña cruzar los montes que rodean mi casa, y que hace que cualquier viaje sea precioso, incómodo y lento. Por eso, me senté en mi butaca con una emoción casi infantil y un respeto probablemente injustificado y que sin duda no compartían los aparentemente cosmopolitas representantes del glamour provinciano que allí vi.

Y, claro, yo quería demostrar que, además de amante de la música, soy una persona culta, flexible, con mucho mundo a mis espaldas, versada en ismos artísticos de todo tipo, y moderna, muy moderna. Y me propuse escuchar y mirar con la más abierta de las actitudes.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, pasé de la sorpresa y la curiosidad a la extrañeza, de la extrañeza a la duda, de la duda al desagrado, y del desagrado al cabreo. Al final del primer acto (la ópera tiene sólo dos) ya reconocí que el vestuario y el hecho de que el escenario estuviese totalmente vacío no estaban contribuyendo demasiado a que disfrutase tanto como yo esperaba; y, al terminar, admití sin rubor que la parte visual de la producción me había estropeado la ópera (con una excepción, la iluminación, que consigue que la escena en la que el comendattore arrastra a don Juan a los infiernos, y en la que aquél canta desde el medio del patio de butacas envuelto en un resplandor rojo, sea sensacional).

Por un lado, como he dicho, no había decorado de ningún tipo, a excepción de una gran cortina azul que hacía las veces de absolutamente todo. Por otro (y esto fue con diferencia lo peor), el vestuario era muy "ágatha" y completamente actual: don Giovanni vestía un traje salmón, con pamela del mismo color, zapatillas verdes y corbata verde agua, gafas de sol con montura roja (que llevaba levantadas sobre la frente casi todo el tiempo) y un pendientillo; Leporello, su criado, un mono entero rojo, una bolsa en bandolera también roja, y una beisbolera del mismo color, puesta con la visera hacia atrás; unos individuos que abrían y cerraban la polivalente cortina y que de vez en cuando enfocaban con unas linternas -por razones que se me escapan- a los cantantes, llevaban una ropa parecida a la de los jardineros municipales, con bandas reflectantes incluidas; los demás, por el estilo. Don Giovanni, en lugar de un caballero sinvergüenza, a mí me parecía un chulo de putas; y su criado, un pringado con el síndrome de Peter Pan.
En una escena en la que don Giovanni cena, la mesa y la silla eran rojas y en forma de corazón.

Además, como complemento, al célebre burlador sólo le faltaba tirarse a sus conquistas, pues el pantalón se lo bajaba, y les metía mano de un modo bastante explícito. Esto, por sí solo no habría importado, pero la pinta del protagonista le daba un realce singular.

En cualquier caso, intentando ser serio, y dejando clarísimo de antemano que me considero un ignorante en estos (y en todos los demás) temas, y que con toda humildad admito que sin duda me falta el bagaje cultural para asimilar y apreciar la apuesta que allí se hizo, diré que incluso desde una postura comprensiva de la necesidad del artista contemporáneo de buscar nuevas formas de expresión y lecturas distintas de los clásicos, y desde la aceptación de que el arte no puede limitarse a seguir los caminos ya marcados, no soy capaz de encontrarle ningún sentido a lo que vi aquel día.
Creo que entendería mucho mejor una adaptación íntegra de la obra, pero no algo así, que sin tocar un ápice las actitudes de los protagonistas, el vocabulario del siglo XVIII o la música (sólo jodería), se limita a vestir a los personajes con ropas modernas -y además esas ropas- y los hace evolucionar en un escenario negro que nos obliga a imaginarnos árboles, calles, jardines, salones y alcobas.

Espero no parecer mucho más snob, pero les aseguro que hubo momentos en que cerré los ojos durante bastante tiempo para atender a la música y a los cantantes, y así poder meterme un poco en la obra y disfrutarla. Si los abría, la verdad es que no era capaz.


Parte del público (yo no, a mí esas cosas me parecen crueles a pesar del enfado y de saber que la susodicha se habrá forrado con todo aquello) abucheó a Ágatha Ruiz de la Prada. A del Mónaco no, porque como casi nadie lo conocía...


A pesar de todo, valió la pena ir, y volví a Portorosa contento. Los músicos y los cantantes me gustaron mucho. Y la música... en fin, la música era de Mozart.

15.5.05

Café Zimmerman.

Después de años viviendo en un erial musical, mal aliviado sólo por desperdigados oasis que florecían en un paupérrimo escenario alternativo, ayer en mi pueblo pudimos ir a un concierto en un auditorio. Y, aun encima, a un buen concierto.

En el flamante nuevo edificio de la Fundación Caixa Galicia (le estoy agradecido desde hace tiempo, a esta fundación, y le voy a hacer -como favor- publicidad gratis), tocó el grupo de cámara Café Zimmerman.
El programa incluía "sólo" música de Bach. Y fue una maravilla. Jóvenes, bastante informales, y aparentemente pasándolo bien, nos hicieron disfrutar (bueno, Bach tuvo bastante mérito, también) durante dos horas muy intensas.

Yo me sentía feliz (!) de poder escuchar aquella maravilla tan bien tocada, y no menos de pensar que de ahora en adelante oportunidades así ya no serán tan excepcionales en mi pueblo. Y tenía envidia, mucha envidia de ellos, claro.


Aunque, ¿qué pensarán ellos en realidad?, ¿llegará un momento en que el suyo será un trabajo como cualquiera, igual de monótono y tedioso que la mayoría?. Quién sabe, a lo mejor salen del escenario y dejan de malas maneras los violines, o la viola, o el chelo en sus maletas, y se sientan encima con la cabeza entre las manos diciendo "¡Joder, qué coñazo, todos los días el mismo puñetero concierto! ¡No aguanto más! ¿No podríamos trabajar en una oficina y punto?; por lo menos no tendriamos que poner esa cara de éxtasis delante de una panda de cretinos. No sé a quién soporto menos, a los que vienen arreglados como si fuesen a misa, o a los guays que vienen vestidos de intelectuales. ¡Dios, es que como te oiga otra vez el solo ése del primer movimiento me voy a hacer el hara-kiri con el puto oboe, coño!".
Espero que no, la verdad. O al menos que algo así sea excepcional. Lo cierto es que en las entrevistas a músicos importantes, ellos parecen encantados; ¿será todo fingido?

Prefiero seguir pensando que son unos verdaderos artistas que viven y aman la música. Así disfruto más y, durante unos instantes, me siento -iluso- por encima de las miserias mundanas, tocado siquiera levemente por el dedo de los dioses, la verdad y el genio (yo, por si lo dudan, soy de los guays que van vestidos de intelectuales).

En fin, que fue un concierto maravilloso. Y que ojalá que haya muchos más a partir de ahora. Porque, a pesar de todo, el arte (algún arte) ayuda a sobrellevar un poco mejor la vida.

12.5.05

Rebeca y José Luis.


Condiciones laborales que personal con puesto fijo exige en ciertas empresas (especialmente si éstas son públicas), y que sindicatos fuertes y preocupados por los votos defienden con éxito, ni se plantean en empresas auxiliares que se ocupan del trabajo sucio y sirven, aparte de para ahorrar mucho dinero, para no manchar la imagen de las que -certificados falaces en mano- presumen de excelencia.
Y la necesidad hace que mucha gente (gente joven, sobre todo) acepte contratos abusivos y trabajos precarios que luego, sumados en el dato estadístico, se presentan como éxitos.

Hace una temporada, mi hija y yo esperábamos paseando por la calle a que mi mujer saliera del trabajo. Cerca había un chico joven que también parecía esperar. Como era tarde y casi no había nadie, me fijé en él. Luego, vi que una compañera de mi mujer salía y se iban juntos.
Este domingo nos cruzamos con ellos. Iban abrazados. Él no nos conoce, pero ella nos saludó muy sonriente, como siempre.



Ayer, junto con otras tres personas, ese chico murió en un accidente en unos astilleros. Murió al entrar en un tanque con atmósfera irrespirable. Sólo pasaba por allí, pero intentó sacar a los que habían bajado antes que él.

No se pueden eliminar los riesgos, pero tras años de estudio, trabajo y recursos invertidos, se han podido reducir mucho. Lo que pasa es que la prevención es cara.


Ayer salió de casa sin despedirse de sus padres. Total, volvía al mediodía, como siempre.

Tenía 25 años, y ahora está muerto.

José Luis ya no volverá a esperar a Rebeca por la noche a la salida del trabajo. Y, aunque al principio ella lo buscará, ya no lo verá nunca más sentado en el portal de enfrente sonriéndole. Y se irá andando sola a casa, mirando atrás de vez en cuando por si él aparece, y la llama, y la vuelve a abrazar aunque sólo sea una vez más.

6.5.05

An englishman in Poio.

Por casualidad, he conocido la página web y el blog de Colin Davies, un inglés que lleva unos cuatro años viviendo en Galicia, concretamente en Poio (Pontevedra).

Le recomiendo ambos a todo aquel que lea en inglés y quiera saber lo que piensa de nosotros (un "nosotros" que va desde España entera a su comunidad de vecinos), de nuestra idiosincrasia, nuestro estilo de vida y nuestra sociedad, un extranjero con sentido del humor, lúcido, observador y crítico, y al que, a pesar de todo, le gusta vivir aquí.

Daré dos razones principales:
1) Es gracioso, incluso en ocasiones muy gracioso (al fin un ejemplo real del no tan conocido como afamado humor británico).
2) Permite observarnos desde un punto de vista completamente distinto al nuestro (y bastante imparcial, creo yo), lo que no le vendrá mal a nuestra autocrítica, nuestra amplitud de miras, nuestra flexibilidad, y nuestros orgullos y complejos.

Leyéndolo uno se da cuenta de cuántas cosas de las que consideramos normales -e incluso naturales-, lejos de serlo, aparecen a los ojos de un extranjero como no sólo cuestionables o a veces francamente sorprendentes, sino, en ocasiones, sencillamente de chalados.

2.5.05

El instinto, por suerte.

El jueves 28 mi cuñada dio a luz, y estos días estamos yendo a menudo al hospital; lógicamente, a la planta de maternidad.
Y estando allí pienso, como pensé cuando nació nuestra hija, en la abrumadora fuerza con que, por encima de asumidas racionalidades y refinamientos, nuestros instintos siguen dictando nuestras reacciones más básicas. En este caso, nuestro instinto de conservación, sin el cual probablemente a los recién nacidos no les iría tan bien, pero cuya presencia en lo más hondo de nuestra personalidad hace que nuestros hijos sean, ni más ni menos, lo más importante del mundo.

Sólo así (es decir, al margen de razones no ya objetivas sino "racionales") es posible explicar que un bebé más, un bebé entre millones, sea para nosotros no sólo alguien único -pues único es, al fin y al cabo- sino incomparable (circunstancia que indefectiblemente se encargan de dejar clara varias señoras de las presentes mediante incesantes y paradójicas comparaciones), y que el menor de sus gestos y la más insignificante de sus particularidades tengan de inmediato el aura de lo maravilloso.
Porque esto (salvo en dolorosos casos que prefiero dejar al margen de esta tontería de comentario) jamás falla: siempre se recibe a un niño como si fuera algo único -insisto- y sobrenatural (y tal vez lo sea).
Estamos en la habitación, y a nuestro lado otra familia (padres, abuelos, tíos, primos, vecinos, padrinos, cuñados, amigos, etc.) rodea a "un" bebé, estudiándolo, piropeándolo, ríéndole las gracias y comentando y celebrando, incrédulos (y ésta es la clave del éxito del mecanismo instintivo: con cada niño, todo vuelve a ser increíble), cómo se mueve, cómo se pone, cómo chupa el dedo, cómo abre un ojito, la fuerza que tiene (de TODOS los bebés se dice "¡Es increíble la fuerza que tiene!"; así que no, no debe de ser increíble en absoluto, debe de ser la fuerza normal de un bebé) y, en fin, asombrándose de todo cuando parte del que indiscutiblemente es el centro del universo. Y nosotros, que por un resquicio que dejan lo hemos visto y sabemos que es violeta, arrugado, con granos y arañazos por toda la cara, y que tiene los ojos cerrados y una especie de caspa en los sitios más insospechados (e, increíblemente, nadie se molesta porque digan que se parece a él), y que además grita como una criatura venida del Averno, no entendemos de quién hablan.
Y salimos al pasillo y pasamos por delante de habitaciones en las que más familias se agolpan en torno a más niños y niñas que creen excepcionales, y que como tales son recibidos.

Y no salimos de nuestro asombro. Y estamos tentados a decirles que se equivocan, que el bebé realmente lindo, gracioso, dulce y tierno, no es ninguno de ésos; que el bebé de verdad maravilloso, el verdadero protagonista, es éste, el nuestro.