28.12.15

Táboa Redonda: de frustraciones e hijos

Un merecido homenaje a mi hija Paula.



La saxo soprano


 

Llega un momento, conforme va pasando el tiempo y un súbito aumento de metas alcanzadas parece cada vez menos probable, en que la medida de las miras de alguien viene dada por la cantidad y calidad de sus frustraciones.

Supongo que hay quien no tiene problemas para medir su éxito por sus logros. Que hay un tipo de personas -llamémoslas triunfadoras, todo el mundo lo hace- que cuando se levantan con sueño pueden recordarse a sí mismas lo que han conseguido, lo que tienen, lo que son y lo mucho que las admiran. Otras, en cambio, aunque el tener cubiertos los escalones bajos de la pirámide de Marslow les permite plantearse estas cosas, logros, logros de ese tipo, de los que a uno le gustaría poder contar en un encuentro con antiguos compañeros de estudios -¿qué tal?, ¿cómo te ha ido durante todo este tiempo?- o en esporádicas reuniones familiares donde las comparaciones comienzan al aparcar, han llegado a ver pocos.

Luego está el resto, claro, los que no están para tonterías; a los que ya les gustaría poder sentirse frustrados, por ejemplo, porque el trabajo no les llena.

Yo soy del grupo intermedio: me puedo permitir tener frustraciones, y además valen bastante la pena y las tengo de todo tipo. Y aun encima me gusta hablar de ellas.

Una de las cosas que no hago, y querría, es tocar un instrumento. Mis dos hijos, en cambio, estudian en el conservatorio. ¿Cómo? ¿Que yo…? ¡Ah, no! ¿Hijos compensando las insatisfacciones de los padres? Se equivocan. ¡Lo mío es distinto, no es lo que parece! Esto fue casualidad, salió de ellos…

El caso es que aprenden música, y ya son capaces de hablar de cosas que no entiendo. Como las que oigo durante las numerosas horas que me paso cada semana en el vestíbulo del Xan Viaño de Ferrol. Les aseguro, bromas aparte, que siempre pensé encontrarme un sitio lleno de niños obligados, hijos de, en fin, frustrados como yo; razón por la que nunca lo propuse e incluso con mi hija mayor hice de abogado del diablo. Pero nada más lejos de la realidad: niños y adolescentes normales y corrientes llenan los pasillos charlando, tonteando, alborotando, cotilleando y discutiendo con interés si era un dos por cuatro o un seis por ocho.

La semana pasada, en nuestro flamante auditorio municipal -cada tarde me maravilla el bloque verde de pizarra recortado contra el cielo-, entre otras cosas escuché a mi hija tocar con la banda. Y, a pesar de haberla visto en muchas audiciones, fue impresionante: ya parecen de verdad. Paula toca el saxo, pero al ser un soprano estaba con los clarinetes, sentada a la izquierda, de negro, levantando de vez en cuando la vista del atril hacia el director. Pasmoso.

Y todo un logro. Suyo.

 * * *

4 comentarios:

  1. La música es un don, uno de los más maravillosos. Me imagino tu orgullo y tu felicidad, pero es que además hace mejores a las personas y hasta me atrevería a decir el mundo. Para mí es el arte supremo. Mi Paula estudió música en el Conservatorio Municipal de Binéfar durante tres años, y estoy seguro de que eso le sirvió de mucho, aunque ahora ya no la practique. Quién sabe, tal vez dentro de algunos años deba recordarlo para cantar en un coro de Noruega o de Japón... Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. En este comentario correspondiente al suplemento dominical del diario El Progreso de LUGO: Táboa Redonda nº 14 (con el nº 2 de Táboa Redonda inició su colaboración, de la que nos enorgullecemos todos los seguidores de su BLOG) nos alegramos con Ud. en este encantador relato y retrato de un padre feliz, ponderando el pasito a pasito de PAULA y CARLOS (del que ignoramos el musical instrumento elegido).
    Una hija en su ilusionante camino vital con un padre que la acerca, observa y espera durante los ensayos (Saxo Soprano) en el conservatorio Xan Viaño.
    Día a día de un orgulloso e ilusionado padre, responsable y feliz.
    Seguramente tiene mucho que ver en el nacimiento de esa afición de sus hijos todos los ejemplos, gustos y audiciones familiares de la buena música, inclinadas en el calor hogareño de abuelos y padres, según es fácil deducir por comentarios históricos en el BLOG.
    Esa es la razón indudable y que seguramente será mucho más gratificante y preferible (por Ud.) que las reuniones musicales, que pudiesen sus hijos disfrutar en una atronadora discoteca.
    Hoy de capa caída, según leemos en el diario El Progreso de LUGO. Abocadas al cierre según sus propietarios debido al brutal incremento del impuesto sobre el valor añadido, y amén de la prohibición de fumar, con la que le supongo de acuerdo, no todas las ordenanzas gubernamentales son malas si evitan vicios nocivos para la salud juvenil.
    Esta normativa rebajó la afluencia a las discotecas; hoy vacías o abandonadas, cerradas algunas, ante la disminución de clientela, debido en parte por esa normativa restrictiva y también por falta de apoyo bancario para financiar obras, mejoras y acondicionamientos estructurales adoptados a las nuevas normas.
    En una palabra: culpa del Gobierno (al que muchos conscientes padres aplauden, en este caso) y también de la crisis general por la "restrictiva política económica" que atenaza a nuestra querida y bien amada España.

    ResponderEliminar
  3. Tras la "estancia en su Blog" repaso los vínculos que Ud. indica, un clic en: < http://www.cosasqmepasan.com/ > de aconsejable visita.
    La acción hilvanada en un diálogo madre e hija es trasladable a todas las hijas. También a la suya: Paula con su madre.
    No resista la tentación, y ejecute un clic al reciente vídeo que ilustra la acción (anclado en Youtube hace 9 días) de la organización noruega Care, que lucha por los derechos femeninos, video ilustrativo y a la altura de este encomiable BLOG. ¡Muy amable, gracias!, no le decepcionará...

    ResponderEliminar
  4. Lo es: una maravilla. Debe de ser increíble ser capaz de hacerla; sobre todo (imagino) en grupo; que vaya saliendo y sea bonito.

    Un abrazo a los dos.

    ResponderEliminar