27.3.05

La bata de Audrey.

Audrey está cruzada de brazos, de pie ante una chimenea, con mirada lánguida y angelical. Y tiene puesta una bata de cuello y puños de toalla blanca y de dibujo profuso de flores geométricas.
Y lo curioso, lo maravilloso, es que ella, así en bata, es la personificación de la clase y la elegancia. Y ese dibujo, que podría ser el de las paredes de un baño de los 70 -y entonces sería hortera, muy hortera, y cutre, y sería verde y negro-, en su bata es el más bonito y sofisticado que uno podría imaginar.

20.3.05

Mirándonos.

En 1921 Ortega y Gasset escribió que Galicia estaba "habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza en sí mismas".
Un menosprecio más, pues no es del todo verdad, ni desde luego es toda la verdad. Pero:
Si por algo nos caracterizamos los gallegos es por nuestra desconfianza inicial (y si sólo fuese inicial...) hacia todo lo de fuera y todos los que no sean de casa. ¿Y no tiene eso mucho que ver con la suspicacia?
¿Confía el gallego en sí mismo? En sí mismo como individuo puede que sí, pero en los demás no, y menos que en nadie, en su vecino; por tanto, no me parece equivocado decir que no confía en sí mismo como comunidad, como sociedad, como pueblo. Y así se explica que jamás hayamos sabido unirnos para nada.
No sé muy bien qué es un alma rendida, pero a lo mejor es la que en lugar de protestar emigra.

Generalizando (consciente de lo que conlleva):
Los gallegos hemos sido y somos trabajadores, muy trabajadores; hemos sido y somos voluntariosos y decididos; y hemos sido y somos individualmente muy emprendedores y capaces (¿cómo si no habrían sobrevivido gallegos en todos los rincones del mundo?).
Pero somos victimistas al explicar nuestra pobreza; cuando, por encima de injusticias, marginaciones y olvidos ciertos, nuestros mayores enemigos, en mi opinión, siempre hemos sido nosotros mismos. Y lo seguimos siendo.

15.3.05

Querido Juan.

¿Y si cuando durante aquel partido de baloncesto de hace dieciséis años te agachaste a recoger una bolsa del suelo delante de nosotros, con tu camiseta de manga corta ceñida, y te levantaste presumiendo un poquillo porque ya se te notaban los músculos, de repente hubieses sabido, Juan, mientras nosotros decíamos sin que se nos notase "¡joder, vaya brazo!", que catorce años más tarde, siendo ya padre de una niña de tres años y marido de una chica que entonces también era nuestra compañera de instituto, a ti, que entonces no concebías nada que no fuese aquella juventud desbordante y que nunca ibas a hacerte mayor -como todos nosotros, claro-, te iban a diagnosticar, después de que un día cualquiera te empezases a sentir mareado, un tumor cerebral que dos años después te iba a estar matando?
¿Y si en aquel momento hubieses visto todo esto, Juan?

¡Cómo íbas a pensarlo!, ¿verdad? Cómo íbamos a pensarlo...

Y tú eres uno más de nosotros, que no supimos aquello entonces y aun ahora, a pesar de todo, nos permitimos perder el tiempo, perder parte de unas vidas que también se nos acabarán.
Al menos, creo que tú has sido feliz.

9.3.05

Sólo se salva la coreografía.

Se presentaron y presentan como respetuosos con el medio ambiente y no contaminantes. Y yo creo que al principio incluso los ecologistas los defendieron. Pero dudo que ahora nadie, no ya ecologista sino mínimamente sensible ante un paisaje, pueda considerarlos buenos. Me refiero a los generadores eólicos, a los nuevos molinos de viento que proliferan por doquier y que, en Galicia como en tantos otros sitios, nos inundan a una velocidad inimaginable hace apenas unos años.

No digo yo que no sean una alternativa mejor que otras. No digo eso ni lo contrario, porque yo no tengo ni idea del tema (sobre el que, por otra parte, las leyendas urbanas abundan, como la que dice que hay algunos que ni siquiera están conectados a ningún sitio; es decir, que dan vueltas por dar vueltas, pero que no están produciendo energía). Sí creo, sin embargo, que el impacto medioambiental (para utilizar la técnicista y bastante tonta terminología habitual) que tienen es enorme.
Pueden no contaminar la atmósfera (al menos con gases), lo que es de agradecer, pero sin duda producen contaminación acústica y, sobre todo, visual; y además me dice un amigo ornitólogo que tienen, cuando están situados en puntos importantes de paso, efectos devastadores sobre las aves migratorias.

A mí, confieso que lo que más me molesta es el aspecto estético. Y eso que un generador no es algo feo; es incluso bonito, considerado aisladamente o en grupitos pequeños. Pero Galicia, como he dicho, está abarrotada de estaciones eólicas, abarrotada, y están llegando a sitios cada vez más escondidos y que hasta hace poco se mantenían vírgenes, salvajes y preciosos. Ahora, en cambio, uno llega a, por ejemplo, los acantilados más altos de la Europa continental, en la costa coruñesa, y ve -si la niebla le deja- la sierra que los forma, otrora poblada sólo por vacas y caballos salvajes, salpicada ya por cientos de molinos. O echa la vista arriba desde la ría del Barquero, una maravilla en la desembocadura del Sor, y ve que los montes, como en tantos otros sitios, tienen una cresta blanca. O en plena Terra Cha descubre lo que parece una inmensa plantación de generadores, ¡de cientos de generadores, hasta donde alcanza la vista (y cha significa llana)! Fuera de Galicia, el panorama no parece ser mucho mejor; y para muestra, la costa española del estrecho de Gibraltar, plagada.
Así que hacen mucho ruido y al parecer son nefastos para ciertas aves; pero es que además están contribuyendo a afear los pocos sitios de Galicia que hasta ahora los habitantes de estas tierras y sus inverosímiles tendencias arquitectónicas habían respetado.

Por supuesto, que el paisaje sea bonito o feo le resulta indiferente a una abrumadora mayoría -y a las infinitas pruebas me remito-, lo sé; como sé que no dar argumentos económicos es, en la práctica, no dar ningún argumento. Pero yo, en mi infantil idealismo, prefiero vivir en un sitio agradable y bonito. No sólo lo prefiero sino que incluso lo considero muy importante para hacer más agradable mi día a día. Y soy tan esnob que me indigno y me enfado al ver cómo estropeamos todo, cómo hacemos que todo sea cada vez más feo. Incluso Galicia, la maltratada (sobre todo por los gallegos, por supuesto, los más culpables con diferencia) Galicia, que parecía imposible que dejase de ser bonita algún día.

La coreografía de los molinos, eso sí, debo reconocer que es muy buena.

Lola.

Solté un lagarto por la ventana para ver si había pasado la sequía, y volvió corriendo y sudando. Esperé unos días, y lo solté otra vez; no volvió. Entonces, esperanzado, dejé salir una rana, y volvió húmeda y fresca como una lechuga, con una brizna de hierba metida en un ojo: la sequía había pasado.
Y cuando me disponía a abordar cuestiones interesantísimas, Lola se interpuso en mi camino y me invitó a un café. Me hice el que no quiere molestar pero al final acepté encantado. Me puso un café solo en un vasito duralex y dos rosquillas.
Lola tiene sesenta años y es viuda desde hace veintisiete, cuando ya tenía tres hijos. Le quedan cinco años para retirarse de un trabajo que a mí me agotaría. No digo que sea una mujer ejemplar, ni su caso tan excepcional (no al menos tanto como debiera), pero sí que oyéndola contarme su vida me he sentido, paradójicamente, reconciliado con la gente, y al mismo tiempo más asqueado de lo normal, si cabe, de algunas personas.
"Hay que luchar", dice Lola, "la vida viene así y hay que andar".

2.3.05

Lástima que ella sea una ramera.

¿Les parece de mal gusto el título? ¿Quizá machista, o macarrilla? Pues sepan (y asómbrense como yo) que ése es, ni más ni menos, el título de una obra teatral de un tal John Ford (otro, claro), escritor isabelino que la dio a la luz en 1626. Sí, en 1626. Al parecer, en ella se asiste a un frustrado amor incestuoso; más o menos.

Viene esto a colación porque me ha parecido un buen ejemplo de lo curiosas, entretenidas y originalmente eruditas que son las colaboraciones dominicales que un tal José Torregrosa publica en Nordesía, suplemento cultural de un periódico local de una ciudad gallega. Este Torregrosa, al parecer enemigo de cualquier notoriedad o reconocimiento (literalmente hablando) público, me parece sencillamente un columnista sensacional. Tanto, que me resulta inevitable pensar que en cierto modo está desaprovechando su talento, pues estoy convencido de que (en el hipotético caso de que quisiera otro hueco distinto del de ahora) encontraría un hueco en cualquiera de los principales y más prestigiosos suplementos literarios del país; convencido.
Habla Torregrosa principalmente de literatura, y, de vez en cuando, de cine (de estrellas de cine convertidas en sueños dorados, sobre todo). Generalmente comenta -sin que puedan considerarse por ello los suyos artículos de crítica literaria propiamente dicha, creo yo- obras leídas hace ya años, a menudo en su niñez o en su juventud; y suele referirse a ediciones concretas o a colecciones (habitualmente de kiosco; populares casi siempre) que le dejaron huella. Pero, como he dicho, no entra demasiado en ellas sino que más bien recuerda lo que supusieron en su día para él o lo que representaron en la sociedad de entonces (sociedad que en ocasiones se puede limitar a su casa o a sus compañeros de clase; y que en otras puede ser la actual).
Escribe Torregrosa tan bien que disfruto de todos sus artículos a pesar de que habitualmente no conozco más que -como mucho- un cinco por ciento de sus referencias. ¡No me quiero imaginar lo que sería si, aun encima, supiese de qué habla (esto debe de ser como lo de ganar al póquer)!
Tiene un estilo algo críptico, es cierto, en el que las claves personales y culturales dificultan a veces seguirlo sin perderse; pero creo que es parte de su atractivo. Creo que la suya es una escritura inteligente.
Como inteligente e ingenioso es también su humor, un humor que muestra en sus rápidos y prácticamente encadenados juegos de palabras, que yo encuentro geniales.
En fin, que este señor, que a mí no "me es" nada (de hecho no lo conozco), me parece un escritor brillante. Y se lo recomiendo. Y no sé por qué no lo fichan.

27.2.05

¡Pobre desgraciado!

Cita fácil: "Mejor es morir como pobre que vivir como miserable" (Periandro)

Lo leí en un libro de Bukovsky -creo que en Notes of a dirty old man-, y quiero creer que yo ya había pensado antes algo así. Decía que lo que realmente diferencia a los hombres que hacen dinero, a los hombres que se hacen ricos, de los que no (entre los que se incluía él mismo, por supuesto, y me incluyo yo ahora y por siempre), no eran unas mayores aptitudes ni un talento especial, sino, básicamente, un enorme y permanente afán por... ganar dinero.

La frase, si se está de acuerdo con ella, puede parecer una obviedad. Y, sin embargo, es habitual considerar -casi siempre de manera inconsciente, lo cual es peor- el dinero que alguien tiene una medida fiable -y la más visible- de su valía personal. No de su capacidad para, simplemente, hacer dinero, ni de su talento para los negocios, ni siquiera de su facilidad para ver el lado práctico de las cosas, que serían conclusiones bastante lógicas (y que de hecho explican que tantos, a pesar de intentarlo, nunca lo logren), sino de su valía como persona, así, en conjunto. Y se relaciona inmediatamente con supuestas cualidades, virtudes e inteligencias, en lugar de pensar lo absurdo que es convertir de ese modo un medio en un fin (en un fin absoluto, además), y en lo limitado que demuestra ser quien no tiene ojos para nada más y la mayoría de las veces, aun encima -y de esto no tengo duda-, en el fondo no es capaz ni de disfrutarlo.

Por el contrario, si no se está de acuerdo con lo que dice Bukovsky creo que será, salvo excepciones, porque simplemente se esté convencido de que no hay nadie que no quiera ganar cuanto más dinero mejor. Y yo, en cambio, estoy seguro de que esa meta, y por tanto una vida centrada en enriquecerse, son características de una clase muy concreta, fácilmente reconocible, y generalmente deleznable, de personas, pero ni mucho menos de todo el mundo.
Lo que ocurre, como en tantos otros temas, es que quienes sí son así no pueden ni concebir que haya otras maneras de ser, en ocasiones casi contrapuestas a la suya. Y, partiendo de esa idea, es lógico que concluyan que quienes no tenemos dinero nos merecemos su desprecio por una doble razón: no tenerlo, y no ser capaz de tenerlo.

26.2.05

Ambiente barriobajero, a mi pesar.

Llueve, y es dificilísimo describir una tarde de lluvia vista por la ventana sin -en el mejor de los casos- caer en tópicos, a no ser que uno sea Valle Inclán, Cunqueiro, Pla, o pocos más (Bukovsky tampoco resultaría cursi, qué duda cabe).
Asistamos, pues, en cambio, a una conversación mantenida en una oficina cualquiera (no necesariamente de la Administración, que conste) un día cualquiera, a media mañana:
"- Sí, si a Fulanito lo conozco yo un montón, hombre. Con Fulanito estuve yo trabajando en X, que fue su último destino, ¿no sabes?; que él después se fue y montó una empresa. Y, claro, como conocía a todo el mundo... Bueno, de hecho ya se fue por eso.
- ¡Hombre, claro!
- Claro. Él ya contaba con que Mengano y don Zutano le iban a comprar todo a él.
- Si Mengano me lo había contado todo a mí; que estaba todo amañado.
- ¡Como que se inventaban las obras! ¿Y facturas de compras de material que nunca entró en X?, ¡mil! Así le va a Fulanito, claro, que ya va por el segundo chalé; ¡y vaya chalé!
- Pues ahora don Zutano compró unos terrenos...
- Bueno, eso de "compró"...
- Ya, bueno, "consiguió" unos terrenos allí, en el culo del mundo; y, ¡qué casualidad!, se los recalificaron, se los recalificó el Ayuntamiento. Y resulta que, mira tú por dónde, justo por ahí va a pasar el acceso a la autovía, y al pobre le van a tener que expropiar. Expropiar suelo edificable, claro.
- ¡Jo, vaya pelotazo!
- A mí me hablaron de tres o cuatro millones de euros. Tres o cuatro millones por unas tierras que no valían nada; ¡pero nada de nada!
- ¡Vaya máquina!
- Bueno, siempre fue listísimo. Y, además, un hombre educado, amabilísimo; daba gusto oírle hablar. Siempre de broma, además.
- Con un humor, así, un poco inglés, ¿verdad? Además le pega, ¿verdad?, porque es un hombre súper elegante. Es un señor, un señor. ¡Dios, cuatro millones de euros! ¿Os imagináis? ¡¡A mí ya no me veíais el pelo!!
- Atended, atended, oid esto: "Acusado el Secretario de Estado de YZ de aceptar comisiones de la empresa privada a cambio de contrataciones".
- Joder. Y después dicen que tal, que si los de antes, que si iban a limpiar la vida pública. ¡Te digo yo que estos son todos unos chorizos!
- Y qué pasa, ¿que los de antes no?
- Bueno, no sé si los de antes sí o no, ¡pero estos, estos son unos verdaderos chorizos, todos!
- Bueno, como todos. Vaya políticos... es que es de coña.
- ¿Y qué vas a esperar de los políticos? Si son todos iguales. Ya lo decía siempre don Zutano: "La condición de político, hoy en día, es incompatible con la de caballero".
- Si es que caballeros ya no quedan, hombre."

Cuántas veces habré oído a gente que -a mi pesar- conozco rasgarse las vestiduras por la corrupción política, cuando lo único que diferencia su comportamiento del de los que critican es una mera cuestión cuantitativa, debida exclusivamente a que su influencia y su capacidad de decisión son mucho menores.
Es curioso cómo la mayoría de estas personas parece creer que si estuviesen a un nivel más alto y tuviesen más poder dejarían de aprovecharse de su situación y se volverían honrados. Cuando, en realidad, parece lógico pensar que cuanto mayor sea la tentación, menos capaces serán de vencerla.

22.2.05

GCI, in memoriam.

Hoy lo único que me importa es que ha muerto Guillermo Cabrera Infante, el escritor que, de todos, sin duda, más me ha hecho disfrutar.
Para mí Cabrera Infante significa cientos de páginas leídas con la sonrisa en los labios y la cabeza llena de juegos e ingenio -el suyo, claro-, de tanta inteligencia -la suya, la suya- y de palabras enlazadas en una cadena tan brillante y veloz que yo apenas podía asimilar (palabras, palabras mezclándose, transformándose en otras nuevas, jugando, sugiriendo, bromeando y cantando). Y no sólo le agradezco ese esplendor, sino el fondo de su literatura, lleno de gente viva (de traseros redondos y andar rítmico, ellas; implacablemente vestidos, algunos de ellos; fijos de club, bebedores, fumadores, amantes y melómanos, todos), de verdadera cultura, de noches de La Habana y de mucha buena música .
Es una maravilla leer cualquier cosa suya; cualquiera. E imprescindible leer (si es que hay lecturas imprescindibles) "Tres tristes tigres" y "La Habana para un infante difunto".
Un momento verdaderamente emocionante para mí fue asistir a una conferencia suya, en la que no sé ni de qué habló (sí recuerdo un análisis psico-sociológico genial de la canción "María Cristina") pero con la que nos metió a todos los presentes en un remolino vertiginoso de palabras que duró unas brevísimas dos horas. Y, cuando lamentablemente acabó (antes nos habia avisado: "Les advierto de que, si no hay más preguntas, no habrá más respuestas."), pude acercarme con mi librito para firmar y cruzar con él unas frases que me hicieron una enorme ilusión. Le dije que lo que para mí era tan extraordinario, para él debía de ser rutinario e incluso tedioso, y que estaría cansado de que sus lectores le dijesen lo que lo admiraban, lo mucho que significaba para ellos conocerlo personalmente, etc., etc., y fue tan amable que me dijo que no y que me lo agradecía mucho.
De eso hace unos siete u ocho años, y se le veía bastante enfermo.
Yo creo que con Cabrera Infante descubrí hasta qué punto la literatura era mucho más que contar una historia, lo poco que podían llegar a importar el hilo argumental o un orden lógico, y hasta qué punto, también, una obra literaria podía ser algo acabado en sí mismo e independiente de la realidad, sin necesidad de más referencias que las que el autor llevase dentro. Cosas todas que no inventó, que ya eran sabidas, por supuesto, pero que a mí (yo era joven...) me llegaron con él. Con él me di cuenta por vez primera, en fin, de lo maravillosa que era la verdadera literatura. Y le estoy inmensamente agradecido por ello, y por eso me entristece tanto su muerte.

Hoy quería hablar de alguna gente ruin y envidiosa, y de otra ruin, codiciosa y deshonesta. Pero que se vayan a la mierda. Porque hoy sólo me importa que GCI ha muerto.

21.2.05

Crosley rojo.

Va a empezar la música en la radio, y mi hija, que ha oído los aplausos, coge a Zanahorio en el colo (en brazos) para bailar con él. Pero es Bartok, y no le parece muy bailable y me pide otra cosa. Pongo a Cole Porter, empezando por "Begin the beguine", pero ella ya está en otra habitación y no le apetece venir.
Veo una foto del interior de la casa de Bartok, en Budapest. Hay un piano negro y un escritorio, y delante de ellos, sendas sillas. Sobre el piano hay un metrónomo de madera clara y una partitura abierta -"como quien"-, y la silla, más o menos verde, tiene el respaldo lleno de adornos de flores doradas. La otra silla es bonita pero más sencilla (no parece muy cómoda, la verdad; no sé si escribiría mucho sentado en ella); y sobre el escritorio, una lámpara de pantalla, una pequeña máquina de escribir roja, un libro abierto -también "como quien"- y un gramófono rojo.
Y justo al escribir "gramófono" suena Billie Holiday, acompañada por la orquesta de Eddie Heywood en "Let's do it". Y mi hija, que ya tiene criterio, aparece en la habitación y empieza a bailar (mi hija acaba de cumplir dos años).
Yo -lo siento por los ellafitzgeraldianos- no puedo sino preferir a Billie Holiday. Porque para mí el jazz es sobre todo melancolía. Pienso en una tarde de verano calurosa en una casa vacía (sureña de Estados Unidos, claro), con una ventana abierta y los visillos flotando con la brisa, y la noche que va llegando, y un disco dando vueltas, y sólo puedo oir la voz de Billie Holiday llorando.