25.2.18

La tarde de los viernes

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 25.02.18


La tarde de los viernes



"El otro día iba en el coche con mi hijo sentimental -es un concepto que manejamos en casa: en el campo semántico de la pareja sentimental hemos incluido hijos y hermanos sentimentales, e incluso abuelos, tíos y primos sentimentales también- y, como estábamos los dos bastante callados, al cruzar una plaza le conté que yo, de pequeño, solía volver por allí andando a casa.

Yo debía de estar en 6º de EGB, y un par de días a la semana me quedaba a natación después de clase, así que regresaba andando, a eso de las seis y media. Iba ya duchado, con el pelo mojado y la bolsa al hombro, y recuerdo que me miraba en los escaparates al pasar, me fijaba con extrañeza en el movimiento de las piernas, como si me viese por primera vez. Creo que aquello, aquel momento de autonomía, el cruzarme con gente y la sola posibilidad de decidir si me paraba o seguía caminando, aquella novedad, me hacía sentir ya un poco mayor.

Pero me acuerdo sobre todo de las tardes de los viernes. Entonces todo cambiaba, porque era, claro, como ahora, el mejor día de la semana. “Hay menos alegría en la taberna que en el camino que conduce a ella”, dice Cormac McCarthy en “Meridiano de sangre”; como siempre ha habido más alegría en la antesala del fin de semana que en el fin de semana mismo.

El viernes me esperaban dos cosas: la merienda y la serie de “Las aventuras de Guillermo”. Llegaba, dejaba la bolsa, me quitaba el chaquetón y me ponía las zapatillas y me sentaba con mi hermano, que ya estaba en casa, a verla.

Leí y disfruté la colección entera de Guillermo, de Richmal Crompton. Ahora está en la habitación de mi hijo, esperando a que él o su hermana se animen; aunque me pega que no va a suceder. Y, como con tantas otras lecturas que son sustituidas por otras más actuales, creo que se pierden algo bueno; algo mejor, en general, que su relevo. Y pasan los años y la edad de leer ciertas cosas se les pasa, y puede que se queden sin Julio Verne, Dumas, Scott, Stevenson… o Guillermo y sus Proscritos, su cobertizo, sus púdines, sus ranas y sus tirachinas.

Y no seré yo quien repita chorradas como que antes lo pasábamos mejor, o que estábamos más sanos a pesar de no usar cinturón en el coche y abrirnos la cabeza con los columpios de hierro oxidado. Porque no. Pero sí me cuestiono las prioridades que impongo como padre, y el valor que le atribuyo a unas y otras actividades de los niños, cuando recuerdo la sensación de placer, yo diría que de absoluta felicidad, de sentarme en el sofá con el bocadillo sobre las piernas a ver la tele, y nada más."

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18.2.18

La farragosa verdad

[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 18.02.18]






 

La farragosa verdad


"Escucho una entrevista a Chimamanda Ngozi Adichie, la escritora nigeriana autora, entre otras, de la novela “Americanah”. Le describe con mucha gracia al periodista el ambiente que la acogió a su llegada a Estados Unidos, de gente ideológicamente significada, políticamente activa, ecologista, pacifista y recicladora. Chimamanda tiene una postura comprometida y combativa en cuestiones políticas y sociales como el racismo y el feminismo, pero aun así la dejaba perpleja aquella impecable coherencia, como de diseño. Cuenta también que su propio prestigio le valió de poco cuando en una entrevista afirmó que una mujer transgénero formaba parte del movimiento femenino, tenía unos derechos que reivindicar, etc., pero que, por varias razones, no era exactamente lo mismo que una mujer. Se le echaron encima y no lo entendía. Y saca en conclusión que en este y en otros temas, y con el fin de facilitar su discurso, “cierta izquierda evitaba cualquier verdad demasiado compleja”. Donald no está solo.
He empezado a ver con mi hijo la serie “Cosmos”. La nueva, en la que el astrofísico Neil deGrasse Tyson sustituye a Carl Sagan. De la primera tengo recuerdos que van del interés al aburrimiento, dependiendo de cómo tuviese yo la tarde en aquellos domingos con doce años. Sin embargo, acabada la adolescencia leí el libro que la resumía y puedo decir, sin exagerar, que cambió mi vida. Era sobre todo una fascinante y convincente defensa del saber, la ciencia y el amor al conocimiento. Ahora, de esta, llevamos cuatro capítulos y me está volviendo a deslumbrar. Y aun encima le sumo el placer de ver cuánto le gusta a Carlos, que con once años me insiste para que la pongamos y se vuelve loco con los datos astronómicos.
Y no, no he cambiado de tema. Creo que Chimamanda y Neil, a pesar de sus aparentes diferencias, comparten algo importante: ninguno de los dos se permite el lujo de la indiferencia frente a problemas que consideran de todos, y a ninguno de los dos le vale cualquier método a la hora de afrontarlos. Ambos defienden un modo de actuar que, se llame política o ciencia, y persiga arreglar el mundo o explicarlo, debe basarse en la inteligencia y la razón, y en una apertura de miras que rechace las consignas a priori. Un modo que no desprecia los sentimientos ni la imaginación que lo inspiran y le sirven de guía, pero que sabe hasta dónde pueden llegar y de dónde no deben pasar en la búsqueda de la mejor respuesta. Sea cual sea. Aunque, como suele ocurrir, sea compleja."

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12.2.18

Welcome back


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 11.02.18



Welcome back


‘Welcome back’ significa bienvenido, pero dicho a alguien que vuelve, a alguien que regresa. Algo así como “bienvenido de nuevo”, pero no exactamente. La verdad es que no es fácil decirlo en castellano; no al menos en tan pocas palabras. Cualquiera que haya traducido del o al inglés sabe que los textos en ese idioma son bastante más cortos que en el nuestro. La capacidad de síntesis de la lengua de don Oscar es notoria, y además su flexibilidad facilita la evolución y ampliación de su vocabulario. Ya decía Cabrera Infante que las posibilidades del inglés para los juegos de palabras, o directamente para inventarlas, eran inigualables en español.

El caso es que ese “bienvenido de vuelta” me lo digo a mí, y lo hago por haber vuelto a leer, tras varios años de pocas excepciones (el apabullante “2666” fue una), algo hispanoamericano: “Blanco nocturno” (Anagrama Negra), del argentino Ricardo Piglia.

Tengo un padre (y no tengo más, que no les confunda el determinante indefinido) que me insiste en cómo hago el disparate de leer, entre otras, literatura anglosajona. Que tanto si leo versiones originales como traducciones me estoy perdiendo algo fundamental. En el primer caso, porque en inglés soy mucho peor lector: leer en un idioma, comprender un libro, no es ni mucho menos lo mismo que ser capaz de apreciarlo literariamente, y al final mi lectura es más simple. En el segundo, por la tantas veces discutida intromisión de un traductor entre el autor y yo. Sin llegar a convencerme los argumentos de Javier Marías, que sostenía en algún sitio que traducir es escribir por completo, sin más, no me cabe duda de que hay una parte del libro que el traductor “crea” -casualmente, el propio Piglia dice, en “Formas breves”, que la traducción es uno de los medios fundamentales de enriquecimiento y de transformación de una lengua literaria-, y por tanto nos da el cambiazo. Al final estamos leyendo casi a Hemingway, casi a Mailer, casi a Carver.

Sigo y seguiré leyendo a norteamericanos e ingleses; entre otras cosas por los temas que eligen y lo que dicen sobre ellos, aunque me pierda parte del cómo lo dicen. Pero reconozco el enorme placer que ha supuesto volver a un sudamericano y poder pararme a disfrutar del estilo, de los matices del vocabulario, de todos los adornos y de toda la belleza y capacidad de sugestión de algunas frases. La novela me ha gustado mucho: el sitio, los personajes, la historia y esa manera justa de usar las palabras que hace que escribir se convierta en un arte."

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4.2.18

La felicidad en un podcast

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 04.02.18


La felicidad en un podcast




"Mi trabajo a tiempo parcial como transportista de hijos me hace pasar mucho tiempo, cada tarde, en el coche; del cual, aproximadamente la mitad estoy solo. Y esta situación, que ya dura bastantes años, me produce una sensación de pérdida de tiempo que el hecho de escuchar música apenas logra mejorar. Por eso los Reyes Magos, que todo lo saben, este año me han regalado un altavoz con bluetooth para el móvil. Altavoz que no solo es manos libres sino que me permite escuchar programas por internet.

Por eso me estoy introduciendo en el mundo de los podcasts, y descubriendo una oferta inabarcable de contenidos, casi sobre cualquier tema. Entre ellos, dos programas culturales o culturetas: “In our time”, de la BBC, y “Documentos”, de Radio Nacional. Los pictos, Hamlet, la ciudad de Tebas, el TBO, Gerardo Diego, Roa Bastos, Cicerón, el cardenal Cisneros, Blas de Lezo, Gauss, Hannah Arendt, el cinturón de Kuiper, Alan Turing, el sitio de Malta de 1565, Beethoven, Moby Dick, dinosaurios con plumas, Cumbres Borrascosas, la República de Platón, las aves migratorias, el imperativo categórico de Kant o Juan Rulfo. Por ejemplo. Todos, capítulos de poco menos de una hora que suelo tardar un día en acabar.

Claro, es una maravilla. Porque además los programas son buenos. El resultado son unos trayectos agradables, que hago con una sensación totalmente diferente. Salgo del coche encantado. Y ahora sé, por ejemplo, que “Here comes the sun”, de los Beatles, no está incluido en el disco que los Voyager llevan a bordo por si alguna vez se encuentran con una civilización extraterrestre, porque la EMI fue tan miserable que no lo permitió… por los derechos de autor.

La vida puede ser insoportablemente dura. Y creo que, precisamente porque está tan llena de graves problemas, y porque poco podemos contra la enfermedad, la soledad, el paso del tiempo, las enemistades, la miseria y la ruindad humanas, haríamos bien en esforzarnos por mejorar las tres o cuatro cosas que está en nuestra mano cambiar. Cosas que no serán capaces de cerrar heridas profundas ni de llenar huecos hondos, pero que pueden poner algunas vendas. Ya que estamos casi indefensos ante las desgracias, me parece esencial intentar que el trayecto diario de media hora en coche, que la ida a la compra o que la tarde de jueves que nos ha quedado inesperadamente libre nos den alguna alegría. Es la felicidad cotidiana, sobre la que sí podemos decidir un poco. A menudo la diferencia radica en hacer más amable esa parte de nuestro tiempo en la que no pasa nada importante."

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28.1.18

Humani nihil

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 28.01.18


Humani nihil



 “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, dice Terencio en “El enemigo de sí mismo”: soy humano, y nada de lo humano me es ajeno. Muy bonito. Se cita mucho.

Cada vez aborrezco más cualquier tipo de radicalismo. Sé que, así dicho, es una afirmación hueca, demasiado genérica; que tendría que explicarla más porque, para empezar, cada uno considera radical una cosa diferente: criticar la Constitución o considerarla intocable, querer suprimir la asignatura de Religión o ser de comunión diaria, votar a Ciudadanos o a Podemos, ser independentista catalán o llevar polos con la bandera de España, el colecho o el método Estivill, el veganismo o las butifarradas. Pero es que en realidad casi me da igual el tema: es cierta actitud lo que no soporto. No se trata solo de lo que uno cree, sino de cómo lo cree. Mi problema no suele ser la postura que se defiende, sino el modo de defenderla.

Tolerancia cero es un concepto social y políticamente válido y necesario: hay mensajes que deben ser claros, sin ambigüedades, no dejar lugar a dudas. Algo parecido pasa con las ideologías, que a la fuerza tienen que resumir y esquematizar. Pero no deberíamos confundir la sociedad con las personas, un gobierno con un individuo o la política con la personalidad. Y sin embargo se hace. Las actitudes intransigentes abundan y se reclaman.

Supongo que estamos tan perdidos y desnortados que necesitamos algo intenso que nos llene, que nos aturda lo bastante como para poner un velo sobre nuestras verdaderas preocupaciones. De ahí la proliferación de causas, de las que yo, como Julius, el protagonista de “Ciudad abierta” (Teju Cole, Acantilado), tiendo a desconfiar. Causas de moda que se abrazan durante seis meses, ¡pero qué seis meses! No hay simpatizantes, solo juramentados. Y una cantidad de información imposible de asimilar, unida a la proliferación de opiniones gratuitas, no hacen más que empeorarlo. Nos rodean las certezas absolutas, los juicios superficiales, las condenas entusiastas. No se vacila, no se admite el matiz, apenas caben la comprensión y la compasión.

Y volvemos a Terencio. Somos humanos: complicados y contradictorios, indecisos, inseguros y temerosos, habitualmente bien intencionados pero limitados, y no sabemos el para qué de casi nada. Demasiado complejos para hacer las cosas por una sola razón, y demasiado torpes para estar a la altura de nuestras aspiraciones. Que la fortuna nos libre de quien todo lo ve claro, de quien no duda."
 
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14.1.18

Subrayados

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 14.01.18



Subrayados




"Yo subrayo los libros que leo, como mucha gente. No me vale de gran cosa, porque lo normal es que, una vez los acabo, los cierre para siempre y nunca relea esas frases que en su momento me llamaron la atención. Mi padre, en cambio, las anota desde hace tiempo en unos cuadernos que espero no poder leer hasta dentro de varias décadas. Nuestros subrayados son sin duda un buen resumen, no de lo que aprendemos –no tiene por qué, como en mi caso-, sino de lo que nos gusta, lo que nos interesa, de cómo leemos y, en parte, de cómo somos.

Hace más de diez años escribí en mi blog una entrada opinando sobre Paul Auster. En ella decía que, tras leerle media docena de novelas –trilogía de NY incluida- me sentía decepcionado. Decía que no veía en él la profundidad ni la perspicacia que suelen atribuírsele. Decía incluso que era de esa clase de escritores que a lo largo del texto van llegando a conclusiones que al lector le cuesta aceptar, porque no las ve; conclusiones cogidas con alfileres, pretenciosas en la medida en que parecen un poco sacadas de la manga.

A pesar de eso he leído varios libros suyos más y la verdad es que, aunque sigo sin considerarlo un Gran Escritor, reconozco que alguno me gustó bastante. Supongo que podría resumir el porqué diciendo que me parecen llenos de vida, pero quedaría un poco cursi, así que lo dejaré en que son libros que, incluso cuando cuentan historias tristes, muestran un agradable optimismo vital (al contrario, por ejemplo, que Ford); libros que le convencen a uno de que es posible elegir, decidir.

Hoy he abierto “Diario de invierno” y veo que lo compré, siguiendo el consejo de la hoy famosa Moli, una mañana de hace cuatro años en la que mi hija hacía albóndigas con mi madre y mi hijo estaba en la tertulia de los viernes de mi padre. Una mañana en la que, según escribí, estaba contento y pensaba que mi vida estaba bien. Y veo que una de las frases que marqué me atañe directamente: “...miedo a la muerte, que en el fondo no es distinto de decir miedo a la vida”. Y otra, “No perdáis tiempo. Casaos ya. Casaos, cuidad el uno del otro y tened una docena de hijos”, que también, porque al fin y al cabo no es más que un consejo para luchar contra ese temor, un antídoto para ese mal que yo padezco.

Cuando tenía psicoanalista -no porque la necesitase, claro, que yo estaba bárbaro, sino únicamente en honor a Allen-, un día me dijo que el miedo a perder me impedía jugar. Y sin duda acertó. Pues bien, la obra de Auster puede no ser una cumbre de la literatura, pero en general tiene otra virtud probablemente más de agradecer: nos anima a jugar."

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7.1.18

Queridos Reyes Magos

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 07.01.18


Queridos Reyes Magos


"¿No se acuerdan ya de los nervios del día antes? ¿De tener que acostarse temprano? ¿De estar en la cama atentos a los ruidos y a si veían algo raro? Y luego dormirse intranquilos y despertarse prontísimo e ir a la habitación de mis padres a preguntarles si podíamos levantarnos ya, y mandarnos con un grito de vuelta a la cama, ¡a las cinco y media de la mañana! Hasta que por fin todos se despertaban, nos esperábamos y entrábamos a la vez en la sala.
Yo me acuerdo perfectamente, porque casi no ha cambiado nada. La noche de Reyes sigue siendo, para mí, la más emocionante. Sigo dejando un zapato y agua para los camellos. Y sigo acostándome nervioso y sigo durmiendo, siempre, mal. No hay una noche en que no sueñe que me levanto, veo lo que me han dejado y me quedo chafado porque son cosas horribles; y me vuelvo a dormir y lo vuelvo a soñar; y así varias veces cada noche. Los regalos del día 6 tienen algo que los diferencia de los demás. Por un lado, será el hecho de encontrárselos nada más despertarse; por otro, el que todos en casa tengamos: el momento, en casa de mis padres, de ir abriéndolos y ver a los demás abrir los suyos me parece de los más alegres del año. Solo una vez que estaba solo y lejos la mañana de Reyes no tuvo nada de eso, pero aun así, yo mismo me dejé mis propios regalos junto a una de mis botas.
El otro día fui a cenar con los que, por antecedentes, por afinidad, por peso en mi vida y porque sí, considero mis dos mejores amigos. Aunque nos conocemos desde hace cuarenta años, soy su amigo desde hace treinta. Ya es bastante. Han pasado muchas cosas: hemos estudiado una carrera, trabajamos, nos hemos casado, tenemos hijos que estamos criando, nos hemos ido haciendo mayores y se les va notando, y seríamos ya más o menos capaces de pronosticar cómo será el resto de nuestra vida si ninguna desgracia se nos atraviesa en el camino. Han pasado muchas cosas, sí, pero mientras cenábamos yo pensaba que éramos fundamentalmente los mismos.
John Berger dice, en “Un hombre afortunado”, que la infancia puede ser tan larga como el resto de la vida. Y no solo porque el tiempo transcurre cada vez más rápido, sino porque aquellos años están más llenos. Llenos de impresiones. Tanto, que en comparación después parecen más vacíos. Puede que sea verdad; tal vez no hayamos aprovechado este tiempo como nos habría gustado; tal vez, al final, todo haya sido muy normal, más normal de lo que esperábamos. Pero por debajo de los hechos y los datos, sosteniéndolo todo y dándole a la vida algo parecido a un sentido, están sentimientos como esta amistad. Y eso le pido a los Reyes: esta normalidad."

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31.12.17

Feliz 2018

Os deseo una feliz Nochevieja (esa palabra me suena siempre, siempre, a mi madre) y un feliz año nuevo. Sin saber en realidad en qué consiste exactamente eso; supongo que en que esté libre de desgracias, al menos, y lo demás quede en nuestras manos.

Que así sea y sepamos aprovecharlo.


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del día de Fin de Año de 2017

Estar bien es bueno


"No sé dónde leí, hace ya mucho, una frase que suena a autoayuda pero me parece de una utilidad y una clarividencia extraordinarias: “Lo mejor que puedes hacer por los demás es ser feliz”.

La referencia que tengo de ella es que es india, pero si la busco en la red me sale mi propio blog como primera fuente. A ese punto hemos llegado. En cualquier caso, me parece útil y profunda, mucho más de lo que su tono Mr. Wonderful puede hacer pensar a primera vista.

Ser feliz como un modo de hacer el bien. Una idea casi totalmente opuesta a una parte fundamental del mensaje tradicional cristiano -católico y no católico-, dominado durante siglos por el elogio del sufrimiento como consecuencia merecida del pecado, y la consiguiente condena del placer y la alegría, sospechosos y lastrados por la culpa. Un mensaje que preconizaba ese sufrimiento como único camino de virtud, única actitud conducente a la recompensa eterna; y que le quitó al sacrificio su condición de precio que en ocasiones hemos de pagar, para convertirlo en un fin en sí mismo. Había algo malo en el hecho de estar bien, algo que temer de la fortuna. De ahí que lo que debíamos hacer fuese sacrificarnos y renunciar. Pues tanto nuestra propia salvación como el bienestar del prójimo venían de la mano de las penas y las privaciones.

Y no sonrían con altanería intelectual, porque esto les incumbe también a ustedes. Si no por sus convicciones personales, por las de sus familias; y si no por lo que se creía en sus casas, sí por la sociedad y la cultura en que les ha tocado vivir, que por mucho que hayan cambiado tienen profundas raíces. ¿O me van a decir que no relacionan de ningún modo, en el fondo de su subconsciente, la búsqueda de la satisfacción con el egoísmo?

Pero resulta que no sé si un hindú o un poeta persa –me sonaba Omar Jayam- dijo que no. Que estar bien era bueno. Que ser feliz es estupendo. Y que además lo es también para los otros, para todos. Que es fantástico para quienes nos quieren; más, cuanto más cerca están.

Es verdad que luego queda aclarar qué es estar bien, qué es la felicidad. Tras la simplicidad caben mil interpretaciones complicadas -el terreno de la paternidad es especialmente fecundo en ellas-. Pero, aun así, brilla en la frase una idea positiva de búsqueda y aceptación de lo bueno; una idea de que quien nos quiere desea nuestro bien; la idea rompedora de que contentos somos mejores personas. Y me parece un soplo de aire fresco. Y un alivio.

Así que ya saben: feliz año nuevo a todos."

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24.12.17

Táboa Redonda: Nochebuena

La de hoy es, para mí, la noche más entrañable del año.
Que la disfrutemos como nos merecemos.
¡Felices fiestas!


Publicado en el suplemento Táboa Redonda el día de Nochebuena del año 2017



Nochebuena


"Me gusta la Navidad. Lo siento por ustedes si no es su caso, pero a mí me gusta. Y me parece estupendo, la verdad; por dos razones: porque la Navidad existe y la tengo que pasar, y por tanto es una ventaja disfrutarla; y porque además creo que es un buen síntoma. Me parece que el gusto por estas fiestas suele dar una medida bastante fiable de la salud sentimental de cada uno, de cómo está de afectos, de tristezas, de nostalgias, de dolor y de alegrías. Y yo, por ahora y a pesar de las penas, tengo sin duda más que celebrar que añorar.
Y, dentro de las Navidades, el gran día es la Nochebuena. Es el primero (bueno, no, el primero es la Lotería) pero el más importante, el más entrañable, para mí, del año, el más familiar, el que mejores recuerdos me trae y en el que más importante me parece estar bien acompañado. Y siempre ha sido así, hasta donde alcanza mi memoria.
Pienso en Nochebuena y veo el comedor de mi abuela, con dos mesas pegadas y yo en la de los pequeños. Veo a mis primos, a los mayores y a los de mi edad, y a todos mis tíos y tías, y a mis cuatro abuelos juntos, después de que los paternos llegasen abrigados, fríos y sonrientes, buscándonos con la mirada. Y a mis padres y a mi hermano, claro. Al pequeño no, el pobre: me temo que llegó a la familia cuando el recuerdo de la infancia ya estaba configurado, y no aparece hasta otras épocas. Veo la cocina llena de potas, de fuentes, de platos, de pan cortado. Veo las copas y la vajilla buena. Y me llegan olores. Y todos sonríen. Y nos recuerdo a los pequeños esperando en la sala (yo sentado en el brazo de un sillón de escay verde) a que nos llamasen para cenar, viendo una película en blanco y negro en la que salían un muñeco de nieve y Papá Noel, y que quedó para siempre como la película navideña por antonomasia aunque no sé cuál era. Y a mi prima Isa adornando la mesa. Y comer langostinos con mayonesa, y bacalao y supongo que carne. Y a mi abuelo interrumpiendo a todo el mundo para brindar. Y a mi abuela concentrando el amor de todos. Y siempre, siempre, con los postres navideños (éramos de pocos postres), acabar con mandarinas y nueces, sabe Dios por qué: acabábamos jugando al bingo comiendo mandarinas y nueces sin parar, como si aquello tuviese algún sentido. Que lo tendría. Y luego cantar, siempre gallegadas, nunca villancicos, hasta las tantas.
Éramos felices. Yo lo era. Esperaba esa noche con ansia y nunca me defraudaba.
Las cosas han cambiado, qué duda cabe. Unos no están y todos nos hemos transformado. Pero por suerte tengo motivos para seguir viviendo esta noche con ilusión. Será que todavía soy feliz.
Que lo sean ustedes también hoy."

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17.12.17

Táboa Redonda: Meyerowitz


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 17.12.17


Meyerowitz




"Hemos visto “The Meyerowitz Stories”, una película de Netflix (qué cosas, cómo cambia todo)  dirigida por Noah Baumbach y que reúne a un plantel que barato no debió de ser: Dustin Hoffman, Ben Stiller, Adam Sandler y Emma Thompson a la cabeza, acompañados por varios conocidos más, incluida Sigourney Weaver haciendo de ella misma. Por cierto, parece que no solo el cine español ha condenado a Landa y a otros buenos actores a papeles menores o directamente tontos: tanto Stiller como sobre todo Sandler hacen en esta película un trabajo magnífico, dándole la réplica sin ningún problema a un actor tan extraordinario como Hoffman.

La película trata del encuentro de un escultor mayor e insoportable con sus tres hijos adultos, con motivo de una posible retrospectiva de su obra. Y muestra la relación entre ellos, cuenta las circunstancias de cada uno (uno recién divorciado y sin trabajo, una hermana mayor insignificante para todos y un hermanastro con éxito profesional) y permite que nos hagamos una idea de sus vidas hasta ese momento. Y es triste.

Asistimos básicamente a una sucesión de diálogos entre los hermanos, el padre, la mujer del padre y algunos de sus hijos. En fin, sus conversaciones de unos días. Pero de ese tipo, habitual en cierto cine americano y buena parte de su literatura, consistente en una charla directa y llana que, sin embargo, apunta a lo esencial y desvela casi todo de quienes hablan. Unos diálogos que Woody Allen ha dejado para la historia del cine, pero en este caso sin el humor que siempre suaviza los suyos ni su tono intelectual. Estos son crudos y tienen la falta de ingenio propia de la realidad.

Uno de los hermanos, Adam Sandler, se lleva francamente bien con su hija, ya universitaria. Se quieren y su relación es envidiable. Y sin embargo no es suficiente para él. Incluso le da un toque añadido de angustia, porque se ve que ese amor se va; que es un amor, el de los hijos, que nunca puede nivelar el nuestro por ellos, que jamás puede llenar el hueco que dejan, porque mira hacia otro lado.

La tristeza proviene de su soledad. Evidente en unos, ocultada por otros y tan profunda en el padre que ni siquiera la ve. Y relacionada en todos los casos con el amor, por supuesto. O, mejor dicho, con su falta. Pero no porque no tengan quien los quiera, sino porque ese amor no es suficiente, no es tan profundo, ni tan extenso ni tan cierto como para compensar todas las demás carencias, empezando por lo poco que se quieren a sí mismos. Porque, ¿no le pedimos eso, acaso?"

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