31.10.16

Táboa Redonda: El enemigo del pueblo


Hoy, con foto y todo. De Dalton Trumbo y su mujer.


El enemigo del pueblo




"Bien aconsejados, hace unos días vimos “Trumbo”, la película que cuenta los problemas que, por sus ideas políticas, tuvo el guionista Dalton Trumbo (“Johnny cogió su fusil”, “Espartaco”, “Vacaciones en Roma”, “Papillón”…) en la época de la caza de brujas de McCarthy. Problemas que incluyeron once meses de cárcel. El protagonista es Bryan Cranston, el inolvidable W. W. de “Breaking bad”. La película no puede evitar ser previsible, pero eso no impide que sea muy buena. Entre otras cosas porque el mensaje, aunque conocido e incluso manido, llega perfectamente y con toda la fuerza que merece. Mensaje que, por descontado, no es otro que la denuncia de la intolerancia.

La intolerancia, ya saben, esa cosa de radicales e integristas. Suerte que nosotros estemos ya muy lejos de ella.

La intolerancia surge siempre de creerse en posesión de la verdad. De considerar que la propia interpretación de la realidad es la única válida. Todos los dictadores han asegurado (y a menudo creído) defender el bien común. Que la patria, el pueblo, la revolución, la raza o Dios hablaban por ellos, y que sus enemigos no eran otros que los de todos: Comité de Actividades Antiamericanas, se llamaba el instrumento anticomunista; “Hoy se celebrará un concierto de obras de Shostakóvich, el enemigo del pueblo”, cuenta Julian Barnes en su estremecedora “El ruido del tiempo” (Anagrama); no más enemigos “que aquellos que lo fueron de España”... Se decide dónde está la línea que separa el bien del mal y se les impone a los demás.

Algo ajeno a nosotros, decíamos. Seguro que ninguno de ustedes vacila en condenar esos ejemplos. Y sin embargo, yo me canso de ver cómo aceptamos o rechazamos a los demás en función de su color político. Y me refiero a rechazarlos como personas, a considerarlos, al final, peores. Es curioso, siendo tan tolerantes.

Tengo la suerte de frecuentar a gente que no opina como yo. Y hace muchos años que sé que, como explicaba Manuel Veiga Taboada en un imprescindible artículo publicado en julio (“Por que votei PP”, Sermos Galiza), casi todo el mundo ha llegado a pensar lo que piensa tras un intento honesto -oh, claro, y lastrado por sus miedos, desconocimiento, prejuicios y simpatías: quién no- de explicarse la realidad y buscar solución a sus problemas. Que las malas personas son pocas y están muy repartidas.

Por supuesto que todos tenemos principios a los que no renunciaríamos, líneas rojas que no estamos dispuestos a cruzar. Pero deberían ser muy pocas. En política tendría que haber pocos dogmas de fe y muchas ideas. Y así como el científico se distingue del brujo y del homeópata en que él es el primer interesado en cuestionar sus hipótesis, nosotros deberíamos diferenciarnos de los fanáticos en nuestra disposición a confrontar las propias convicciones con las de los demás. En su novela “Mantícora” (parte de una trilogía que vale su peso en oro, en Libros del Asteroide), Robertson Davies dice: “¿No sabe usted qué es el fanatismo? Es sencillo: se trata de un exceso de compensación frente a la duda”. Es una definición muy esclarecedora: quien defiende ideas y no doctrinas debería ser capaz de ponerlas sobre la mesa y debatirlas, sin sentir que el mundo entero se resquebraja bajo sus pies. La traición a las opiniones previas se llama recapacitar.

La capacidad de tolerar ideas discrepantes es un gran logro. Muchos no tuvieron la suerte de beneficiarse de él. Pero, en una sociedad que se presume avanzada, la tolerancia no puede consistir únicamente en aceptar vivir rodeado de gente equivocada, sino en asumir que los demás podrían tener razón.

Y de eso también estamos lejos. Todos. Cada día."

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23.10.16

Táboa Redonda: Banderines en un aparcamiento




Banderines en un aparcamiento



"La publicidad sin público me parece triste. Más triste cuanto más alegre y llamativa quiere ser. Los letreros con detalles festivos, con muñequitos que saludan contentos y frases de entusiasmo, los carteles con rótulos enmarcados en estrellas doradas y llenos de signos de exclamación -aunque sea para poner el precio del kilo de langostinos-, cuando no se leen, cuando creo que nadie los ve, me parecen un poco deprimentes. Y todavía más si en ellos sale gente riéndose. Sobre todo familias con niños: padres e hijos abrazados sonriéndole fijamente a nadie.

Siempre he tenido la tendencia a atribuir sentimientos a las cosas, y eso hace que algunos objetos me puedan dar pena: un tubo de pasta de dientes terminado, unos papeles viejos o un adorno en un mueble. Pero en este caso no se trata de eso, sino de la tristeza del mensaje que no llega. Los banderines de colores agitándose un día de viento en medio del aparcamiento desierto de un centro comercial vacío, en una película americana, son la viva imagen no solo de la soledad sino del desamor. El desamor de la llamada no atendida.

Pero hay males de amores que no consisten, como ese de las banderolas, en no ser correspondido, sino en necesitar querer, desear querer, querer querer, y ni siquiera verse cerca de elegir a alguien que no nos haga caso. Ni siquiera haber podido fracasar. Es el desamor no correspondido.

Recuerdo unos años en que a mí, sin duda, ya me estaba haciendo falta tener novia. O al menos enamorarme, y luego ya veríamos si la cosa iba o no iba. Quería querer y que me quisiera alguien. Pero nada, no encontraba a la persona, o ella no me encontraba a mí; y pasaba el tiempo y yo, la verdad, me sentía bastante mal. Es cierto que fue mucho más doloroso, más adelante, sufrir por alguien, sentirme abandonado y creer necesitar a alguien en cuya vida, de repente, ya no había sitio para mí. Es cierto que fui más infeliz. Pero nunca estuve tan solo como cuando ni siquiera tenía a quién echar de menos.
Era como esas familias de los escaparates de las agencias de viajes, poniendo mi mejor sonrisa día tras día por si alguien pasaba por delante y la veía."
 
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17.10.16

Táboa Redonda: Guillermo y el francés


Guillermo y el francés


 

"La vida a veces nos pone obstáculos insalvables. El domingo pasado, por ejemplo, yo tenía que estudiar francés y una botella de albariño se interpuso en mi camino.

No sé si luché mucho, pero de lo que no cabe duda es de que perdí. Pasé primero una fase de k.o. técnico de la que logré salir al cabo de un par de horas, no sin esfuerzo, para sentarme delante de mis apuntes. A la vez, trataba de escuchar Radio France Internationale: cuando hablan, los franceses parecen permanentemente escandalizados. Y es verdad que dicen “Oh, la lá”. A veces incluso “Oh, la la lá”. Me pregunto si son conscientes del efecto que eso tiene entre nosotros los extranjeros.

Pero el imperativo, el imperfecto, el condicional y el subjuntivo, con sus dobles eses, sus íes y sus acentos aleatoriamente colocados, se entrecruzaban en el papel, riéndose de mí a carcajadas. Y mientras escribía “sache, saches, sache…» (nada que ver con la tierra), me acordaba de Guillermo Brown, el Proscrito, quejándose amargamente de tener que estudiar los verbos en francés y preguntándose, profundamente indignado, cómo podía alguien ser tan degenerado como para hablar así.

En su momento me leí todo Guillermo. Admito que eran algo repetitivos, pero me encantaban. Sin embargo, ahora que se los ofrezco a mi hija parecen pertenecer a mundos inconexos. Y no lo entiendo: ¿estaba yo mucho más cerca de un niño inglés de principios del siglo pasado que ella? Parece que sí, aunque para mí lo que contaba Richmal Crompton ya tuviese poco que ver con mi infancia real. Pero tal vez yo, pese a todo, hablaba todavía ese idioma. Estaba urbanizado, sin duda, pero apenas tecnologizado; y, aunque en mi casa nunca pasamos apuros, tampoco eran mis posibilidades materiales las de mis hijos. Todavía tenía sentido buscarse la vida para lograr caramelos o una fanta compartida, o colarse en un terreno para hacer una cabaña. Y, en cambio, puede que ahora no tenga ninguno, que Paula no sepa de qué hablan, ni además le interese averiguarlo.

En esto siempre ha sido fácil dramatizar y caer en el lamento apocalíptico. También yo reconozco que me disgusta que el campo de juegos se limite a una pantalla. Y no puedo evitar preguntarme si por este camino que recorremos nuestros niños no se estarán perdiendo algo. Pero, ¿no pensaba, cuando oía a mis padres compararnos con ellos, que no era cierto que las cosas hubiesen empeorado?, ¿que no era verdad que jugásemos peor? Decían que ya no teníamos imaginación, pero yo no veía ninguna ventaja en jugar a las muñecas con mazorcas de maíz, como mi madre. Y estoy seguro de que mis hijos no se la ven a jugar a indios y vaqueros en lugar de cazar pokémons."

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(Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda, domingo 16.oct.16)


9.10.16

Táboa Redonda: La lluvia no es cursi



La lluvia no es cursi



"En esta época del año, algunos días los amaneceres son espectaculares. Por encima de los montes de la otra banda de la ría las nubes se van enrojeciendo hasta llegar, algunas mañanas, a cubrir casi todo el horizonte de una especie de mar ondulado del naranja al rosa. A veces a la Naturaleza se le va la mano. Cualquiera que pintase ese cielo sería un  hortera. Y sin embargo ahí están, compruébenlo ustedes mismos. Y no podemos culpar a nadie. Supongo que no puede haber exceso si no hay autor.

Es muy difícil decir en un texto que llueve sin resultar cursi. Pero creo que escribir bien consiste, en parte, en conseguirlo. En que, igual que ver llover una tarde en la calle nos parece natural, leerlo lo sea. Algo así decía García Márquez (lo cuenta José Donoso en “Historia personal del boom”) que le pasaba en una época de bloqueo, cuando escribía “Cien años de soledad”, ni más ni menos: “Escribo que hace calor, y no hace”. Lograr que lo que uno dice sea cierto. Lograrlo sin forzar, sin pedir un ejercicio de fe ni confianza, sino llevando hasta allí al lector, como quien lo lleva a un soportal de Santiago a ver la lluvia.

Solo he leído una novela de John Banville, “El intocable”, y una de las razones por las que me decepcionó fue la cantidad de “como si” que había. Todo era como si, todos se comportaban como si, se vestían como si y se sentaban como si; todos los cielos, los sonidos, las sonrisas y las luces eran como si alguna otra cosa. Además de lo cansino que resultaba, yo creo que cuando uno tiene que explicar tantas cosas es que no las está sabiendo decir.

Porque de lo que trata la literatura es de cómo se dice algo. Cómo, no qué. Es la forma, el medio, lo que define un arte y lo distingue de los demás y de lo que no lo es. Y ese medio, en este caso, son las palabras: cuáles se escogen y dónde se ponen. Por eso la discusión forma o contenido es absurda. Se puede, sin duda, hablar de literatura con o sin contenido, pero nunca sin forma. El mensaje, luego, puede que coincida con el de una película; o que algún haiku diga lo mismo que “La Ilíada”. Es la forma de transmitir el sentimiento, y no otra cosa, lo que distingue un nocturno de Chopin de una rima de Bécquer, y es la forma lo que consigue que llegue a nosotros. Lo que consigue que veamos ese cielo, oigamos llover o haga calor."
 
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3.10.16

Táboa Redonda: Siempre yo


Siempre yo


 

"El aburrimiento tiene aspectos positivos. Entre otras cosas, hace que el tiempo pase más despacio, y por tanto alarga la vida, como sabía Dunbar, personaje de “Trampa 22” (de Joseph Heller, el libro con el que más me he reído en mi vida, con mucha diferencia). Y hace falta aburrirse un poco para ponerse a pensar. De hecho, hace ya algún tiempo que entre los consejos para padres que nos asedian se ha hecho un hueco el elogio del aburrimiento. Sostiene que, si nunca se aburren, los niños no observan, ni imaginan, ni improvisan, ni inventan, ni tienen paciencia ni muchas otras cosas. Y advierte de los consecuentes perjuicios de estar siempre entretenido.

Pero lo que no es admisible es que resulte aburrido algo que no debe serlo.

Las conversaciones se pueden clasificar en tres niveles de aburrimiento.

El primero es el de la conversación aburrida para una tercera persona, para un observador externo. Si ese observador soy yo, el 90% de las conversaciones entran en esta categoría. Para mí, no hay prueba más evidente de la asombrosa variedad de la naturaleza humana que los temas que les interesan a los demás. El segundo es el de las aburridas para quien escucha: uno cuenta su rollo y el otro se aburre. Aunque aquí hay cierto margen de reacción, todos conocemos esa sensación de caer en las redes de alguien y notar que el tiempo se va, se va, se va irremisiblemente.

Pero el tercer y más triste grupo es el de esas conversaciones en las que también se aburre el que habla. Se aburren los dos. Ambos son conscientes de que aquello les importa un carajo, de que si siguen allí es porque no tienen nada mejor que hacer. Comienzan a aparecer los silencios en mitad de una frase, las miradas barriendo el entorno buscando un estímulo y los alargamieeentos de palaaabras cuando se está a punto de perder el hilo. Son conversaciones simuladas. Dos personas se afanan por hablar de algo -una señora le explica a otra por la calle que dejó el bacalao a desalar toda la noche, o un tío le cuenta en una terraza a un colega una noche que ninguno se cree- mientras, en su fuero interno, desean que les pongan de una vez la tapa, que aparezca alguien conocido, que les llegue un whatsapp, que caiga un rayo… lo que sea, pero que pase algo.

Yo, por ejemplo, hablo, explico, cuento una vez más qué hago y por qué, y cómo me ilusiona por esto y por aquello y a pesar de lo otro. Y me aburro. Me repito, me aburro a mí mismo y me aburro de mí. Como Borges, a veces también me canso de ser siempre yo."

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26.9.16

Táboa Redonda: Unas cabras y Beethoven


Unas cabras y Beethoven


 

"Este sábado fui a la provincia de Ourense, que para estar tan lejos recuerda bastante a Galicia. Y allí, cerca de A Cañiza, dando un paseo con los niños, en una corredoira nos topamos de frente con un rebaño de cabras.

Al vernos, las cabras se quedaron quietas. Nosotros también. Parecían desconcertadas. Nosotros también. Nos miramos un rato y juraría que alguna carraspeó porque la situación era, ciertamente, un poco incómoda. Hasta que, viendo que no hacían ademán de moverse, decidimos meternos por un hueco de un valado y escondernos. Inmediatamente, siguieron andando, pero conforme llegaban a nuestro escondite y nos veían volvían a dudar. Apareció la primera y se paró, mirándonos sorprendida: “Oh, aquí están otra vez”. Apareció otra y se quedó a su lado: “Vaya…”. Un chasquido de lengua hizo que se fuesen, pero solo para dejar sitio a la siguiente, que nos observó a los cuatro allí agachados con verdadera curiosidad. Chasquear de lengua. Siguiente: “¿Se puede saber a qué viene esto?”. Una a una iban deteniéndose a nuestra altura y clavando en nosotros sus pupilas rectangulares. Aunque no son muy expresivas, saltaba a la vista que estaban confusas. Más lengua, más cabras, más ruidos, cabras nuevas, que sin excepción se paraban. Hasta que no sé qué hizo que cundiese un pánico irracional entre ellas y echasen a correr, atropellándose y asustándose cada vez más unas a otras.

De noche, en el coche, todos dormían.

Llevo décadas escuchando Radio Clásica, que me parece un oasis de cultura en el desierto mediático, un alivio en medio del dial. Y le estoy muy agradecido, pues ha sido mi compañera infatigable de estudios, lecturas, siestas y miles de desayunos. A esa hora emitían “Los colores de la noche”, de Sergio Pagán, una de esas voces extraordinarias de la emisora, y juntos hicimos el último tramo del viaje. András Schiff tocaba la sonata nº 31 en La b menor del divino divino Ludwig van y me hacía más llevadera una autovía, además de carísima, interminable.

Aunque si tuviese que quedarme con una época en música clásica elegiría el Romanticismo, mi compositor preferido es Beethoven, que es más un precursor. Es menos encorsetado, menos formal que el Clasicismo, pero tampoco se deja llevar constantemente por los arrebatos, a diferencia de los que vinieron después, que parecían vivir en una permanente montaña rusa emocional. Como las cabras. Para mí, es una combinación maravillosa de estructura y fuerza, de razón y sentimiento. Así me gusta la música. Y las personas."

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19.9.16

Táboa Redonda: Una escritora portuguesa



Una escritora portuguesa



"Hace seis años pasamos un fin de semana en Braga. A pesar de que hizo un tiempo de perros, pudimos pasear y comprobar lo bonita que es. Y en una acera llena de edificios preciosos encontramos una de las librerías más agradables -con su jardín- y acogedoras -y su café- que he visto: Centésima Página.

En contra de lo habitual, pero debido a mi magno desconocimiento de la literatura vecina, pedí consejo al librero. Me llevé dos novelas; una todavía la tengo pendiente y la otra me gustó muchísimo. Era “Jerónimo e Eulália”, de Graça Pina de Morais, y fue toda una sorpresa (es lo que tiene la ignorancia, que es fácil de sorprender). Disfruté de cada página, y además resultó ser uno de los libros con cuyas reflexiones, o, mejor dicho, con las reflexiones, las actitudes y el carácter de cuyos protagonistas más identificado me he sentido nunca.

Me llamaron la atención algunas frases de Eulália, pero muchas más de Jerónimo. Parecía yo: “Tenía una naturaleza dispersa: se interesaba ligeramente por todo, pero por nada en profundidad”. O tal vez solo mi yo más triste: “Potencialmente cada hombre posee decenas de vidas que vivir. Apenas puede escoger una. Casi siempre escoge mal y la nostalgia de las otras que podría haber vivido comienza a ensombrecer sus días a partir de cierta edad. Yo escogí mal. Fui un hombre cauteloso que solo recorrió caminos seguros”. O al menos esa parte de mí que no sé si tiene miedo o me lo provoca:Mi vida transcurrió bajo el signo y bajo todas las miserias que el buen sentido trae consigo. El buen sentido no sirve para nada. El sentido común con su vil mediocridad aniquila. Soy un prodigio de sentido común y me pregunto a mí mismo si no estoy muerto”.


Conocerme mejor, de la mano de una portuguesa. Leer sobre mí, observar una de mis posibilidades, en un libro escrito en Oporto un año antes de que yo naciese. La grandeza de la literatura, decíamos ayer.

Que además se tratase de la obra de una escritora, que todo eso que parecía estar diseccionándome lo hubiese dicho una mujer, fue un motivo añadido de satisfacción. Aunque soy consciente de que mi lado femenino (sea eso lo que sea) tiene mucho peso en mí, me chocó sentirme tan cerca de un personaje que al fin y al cabo era otra voz de ella. En estos tiempos de sensibilización y reivindicación, a veces de enfrentamiento, fue reconfortante y en cierto modo conciliador. Como si todo pudiese ser mucho más fácil."

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11.9.16

Táboa Redonda: Leer novelas




Leer novelas

 

"Lo cierto es que no hay tal debate, o no tendría por qué. No hace falta elegir entre leer ficción o no, como no hace falta elegir entre la tortilla y el arroz meloso de marisco ni entre la música clásica o el rock. Porque las elecciones exclusivas, por suerte, solo son obligatorias en las preguntas sobre islas desiertas, pero casi nunca en la vida real, donde todo lo que vale la pena debería tener su momento y su espacio.

Pero resulta que Pla le suelta a Pániker, en una entrevista de 1965, que un hombre que después de los 40 años aún lee novelas es un puro cretino, y claro, ya hay que decantarse: sí o no, de acuerdo o en contra, gran verdad o boutade del ampurdanés.

La ficción ofrece un punto de vista subjetivo, indispensable para comprender… a los sujetos. De los infinitos ejemplos, para mí el último han sido tres relatos breves de Calvino reunidos en La entrada en guerra (Siruela, creo que como toda su obra en castellano), en los que un joven -que es él- cuenta otros tantos momentos relacionados con el principio de la participación italiana en la Segunda Guerra Mundial, desde su pueblo del norte. Cada cuento nos muestra no solo lo que le ocurre, sino lo que piensa y cómo se siente. Nos permite casi llegar a comprender lo que significó estar allí entonces. Y lo hace poniéndonos en su lugar, haciéndonos ser él durante unos instantes, o al menos acompañarlo en su desconcierto ante esa tragedia colectiva que venía a irrumpir en su ya confusa juventud.

La diferencia entre eso y un ensayo histórico es que éste explica y analiza qué sucedió, mientras que la ficción nos hace ver lo que supuso para quienes lo vivieron. Un cuento capaz de ponernos en una situación con significado para nosotros, o una novela que nos enseña a toda una persona desde dentro, no son sustituibles por ningún estudio. No para entender ciertas cosas. La vida, por ejemplo.

Por supuesto que hay novelas para pasar el rato. Para entretenerse, que es una cosa, opina un amigo mío, bastante tonta. Como hay tratados de filosofía que no aportan absolutamente ninguna idea aprovechable. Pero es que al final sí hay una elección que hacer, y cuanto antes: decidir entre la buena y la mala literatura"

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4.9.16

Táboa Redonda: Descansar

He(mos) vuelto. De las vacaciones y de Vicedo, y a escribir. Y lo hemos hecho sanos y salvos, en todos los sentidos.




Descansar




"Mi verano comenzó con mis vacaciones, el 1 de agosto, y acabó el día 30 al marcharnos de Vicedo.

He leído “Yo, Claudio” justo treinta años después de que me lo regalaran. Si la tercera parte de lo que en él se cuenta es cierta, creo que a pesar de todo aún nos queda para llegar a la depravación de aquellos personajes capitales de la Historia. Al terminar, sigo en Roma con Marguerite Yourcenar. La profundidad del libro, y la atribuida a Adriano en sus memorias, me sorprenden: la profundidad de quien se esfuerza en conocerse, de quien quiere aprender y comprender para saber cómo enfrentarse a cada cosa, de quien piensa para vivir más.

La belleza desde cierta distancia tiene algo de fácil. Como leer las vidas de otros, entraña menos riesgos. Una casa aislada a la que prefiero no acercarme, el Puerto de Bares visto desde Xilloi o la luz entre los árboles que cada noche miro desde mi cama. La posibilidad de imaginar sin comprobar, de dejarme llevar por lo que me sugieren, me atrae. No parece mucho pedir no querer poner los pies en la tierra de vez en cuando. Aún estamos lejos de encerrarnos en la torre de marfil.

Poco a poco voy asumiendo que la felicidad, que parece escurrírseme de las manos cuanto más me empeño en atraparla, para mí consiste en una colección de momentos valiosos sobre un fondo de calma. La diferencia entre un sitio y otro, entre unas circunstancias y otras, estriba en la cantidad de esos instantes que surgen. Y aquí a menudo se dan con solo mirar al mar, o en un baño.

Me meto en el agua en O Vidreiro mientras el sol se pone tras el monte, delante de mí. Pasa una lancha y se pierde en el reflejo de la luz sobre el agua. Me giro y veo a los niños y a Marta en la playa, me doy media vuelta, me sumerjo y empiezo a nadar. Noto el frío en la cara y en el pecho. Veo el fondo de arena y, al sacar la cabeza, a mi derecha, árboles, hasta que aparece el faro de Punta do Castro. Entonces paro y miro alrededor, las nubes, los montes, la boca de la ría y Bares, blanco y sin ruido. Y ellos. Y me siento tan afortunado que tengo que contener las ganas de gritar."

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31.7.16

Táboa Redonda: soledad



Solo en casa




"Esta semana, mi estructuralmente atípica familia estuvo más dispersa de lo normal y me dejó solo. Los niños, con su madre de camping, y mi novia, con su hijo al otro lado del Atlántico, de boda.

Esa situación, tan envidiada por absolutamente todos los padres, madres, maridos y esposas, sin excepción, que me he cruzado estos días (en algunos casos, hasta provocar risas histéricas), es distinta si estás separado. Tus tiempos son diferentes, como casi todo lo es. Pero de todas formas me apetecían esas tardes libres que, por no tener trabajo pendiente del doctorado, lo iban a ser de verdad: siete tardes para hacer única y exclusivamente lo que me diese la gana. Lástima que esa semana de dolce far niente haya durado exactamente 24 horas; hasta que mi directora de tesis me mandó sus correcciones. Al final, me he pasado todo el tiempo trabajando en casa, sudando.

Aun así, hubo una mañana de playa que duró justo lo que a mí me gusta, una noche vi la película “Ida” (polaca, en blanco y negro y con una monja de protagonista: de mucha mucha acción no era), y una tarde conduje a Pontedeume solamente para leer tomando un café frente a un parque. Esa situación de levantar de vez en cuando la cabeza de la lectura – “El café de la juventud perdida”, de Modiano- y mirar alrededor, los edificios, la gente que pasa, qué familias se divierten y cuáles se aburren, imaginarme las conversaciones, me encanta.

Me gusta mucho estar solo. Cuando quiero. Y la soledad es voluntaria si uno puede decidir no solo cuándo empieza sino también cuándo acaba. Que no ha sido el caso. Pero al menos tenía fecha de finalización, y así todo es más fácil.
He pasado la semana observándome, pensando en qué me da y qué me quita. No poder hablar, por ejemplo, es un problema, pero no tener que hacerlo está bien. A veces pesa más una cosa, y otras, la otra. Y sin duda es atractivo poder decidir siempre, poder decidirlo todo. Pero descubro que casi no quiero hacer nada que no pueda hacer con ella, y en cambio hay muchas cosas que sin ella no pueden ser o son peores. Y acabo contento, porque compruebo que no surgen deseos insatisfechos, que donde estoy se parece bastante a donde quiero estar. Y porque hoy, que la voy a buscar, estoy deseando que llegue."

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