Lo de tener en uno mismo a un enemigo o, como mínimo, un incordio, es más que una frase resultona: resume muy bien una sensación que, en determinadas (demasiadas) situaciones, aparece, clara, como un lastre, a poco que me pare a pensar qué me ocurre.

El enemigo
Todo el poder de Google ha resultado
inútil para corroborarlo, pero recuerdo que hace años leí una entrevista a Ray
Loriga en la que decía que le parecía tan tonto que alguien lo leyese por su
aspecto como que no lo hiciesen por lo mismo. Y ya me cayó bien.
De Loriga he leído ‘Lo peor de
todo’, ‘Héroes’, ‘El hombre que inventó Manhattan’ y ‘Ya solo habla de amor’. Y
todas me gustaron, a pesar de lo distintas entre sí que me parecieron: las dos
primeras, bastante bukowskianas; la de
Manhattan, atípica, como si él fuese de allí, y la última, ‘Ya solo habla de
amor’, completamente diferente, me encantó y me aburrió. Eso puede ocurrir (a
mí me pasa a menudo, de hecho). Creo que le daba demasiadas vueltas al tema,
pero eran unas vueltas brillantes, que con el tiempo son lo que recuerdo.
El libro habla de Sebastián, un
hombre cuyo despecho amoroso, que en ese momento lo abarca todo, parece la
culminación de una situación, de un planteamiento vital, ya bastante
deprimentes en general; al menos para él, a la vista del resultado. El narrador
en tercera persona conjura, aunque solo sea gramaticalmente, el riesgo de caer
en la autocompasión, pero el caso es que el pobre Sebastián se lamenta de
bastantes cosas, en un tono triste y lúcido, a veces defensivamente cínico y otras
hundido.
“La luz en las ventanas de las casas ajenas nos habla
siempre de una felicidad que existe sólo fuera de nosotros”, dice. Y lo
interesante es que no son las palabras de alguien castigado por la vida, sin
posibilidades, aunque en ese momento Sebastián se sienta así, sino el resumen
de una actitud, su sino: limitarse a presenciar la felicidad, a desearla, incluso
a construirla, pero sin llegar nunca a sentirla.
Se promete que en un futuro su amor “será tan bueno
como el de cualquiera y será uno de esos amores que hace cosas, que joden
alegremente, que disfrutan, que se divierten, que viven...”. Pero, aunque su
desesperación sea sincera, se engaña, porque Sebastián se tiene a él en contra,
como reconoce al compararse con una mujer que cuenta “con lo mejor de sí misma
como aliado, cuando él ha contado siempre con lo mejor de él mismo como
enemigo”. Y esto lo explica todo: sus disquisiciones teóricas, sus dudas, su represión,
su distancia de la vida.
Uno mismo como enemigo; uno mismo como incordio. Renunciando
de antemano, anticipando el desencanto, tirando de las riendas, inventando
excusas, poniendo pegas, incapaz de relajarse en una satisfacción que nunca
está a la altura del modelo. Esa puñetera manera de ser que puede resumirse,
como me dice mi novia, en no saber ser feliz.
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