29.3.16

Táboa Redonda: El bar de las grandes esperanzas


La vida desde un bar


Les voy a hacer el favor de hablarles de un libro que todos ustedes deben leer: “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer.
Moehringer consiguió hace poco la proeza de que su biografía de André Agassi, “Open”, fuese considerada muy buena. Y ahora se enfrenta a la suya, a la historia de su infancia y juventud, y escribe esta maravilla, tal vez el libro que más me ha gustado en los últimos años.

Fue un niño al que le faltó el padre, y eso hizo que no dejara de buscar una referencia vital masculina. Pero en lugar de encontrarla en alguien en particular dio con ella en el mosaico de habituales de un bar, Dickens primero, Publicans después, de su pueblo, Manhasset, el mismo en el que Scott Fitzgerald situara “El gran Gatsby”. Y aunque el libro es mucho más que eso, el bar no deja de aparecer como referente. En él se come, se escucha música, se apuesta, se bebe muchísimo y se habla de deportes, de dinero, de trabajo, de amor, del sistema solar, de Vietnam y de esperanzas; y todo forma un conjunto tan atractivo, tan sugerente, que uno se pregunta qué hace sin un bar así en su vida, e incluso le llega a ver la cara amable al alcoholismo. El día que lo acabé comí por primera vez con martinis.
Yo no sé si tiene importancia preguntarse qué es la literatura y para qué sirve. O si tiene sentido hacerlo buscando una respuesta que no sea completamente personal e intransferible. Somerset Maugham dijo que adquirir el hábito de la lectura era construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida. Imagino que hay quien dice algo parecido del cine, el fútbol o las drogas; pero lecturas como esta a mí me ayudan muchísimo. Y además tienen algo que cada vez agradezco más: son inspiradoras. Al contrario que otros grandes libros que te hacen descender a las cloacas para enseñarte la basura y te dejan allí, consternado, este te hace el favor de acompañarte después escaleras arriba, de vuelta a la luz; e incluso te dice que, no todo, pero una parte de ese mundo puede ser tuya.

Hay que escribir muy bien para conmover sin caer en la sensiblería, sin recurrir a la lágrima fácil, sin menospreciar la inteligencia del lector. Moehringer logra hablar con claridad de las cosas esenciales de la vida, de la de todos, de un modo que nos hace creer que hemos comprendido algo que no sabíamos. Hay literatura que tiene la capacidad de hacerte pensar en lo que ya tenías delante y no te dabas cuenta de cuánto te importaba.
“¿Que de qué va? -le responde J.R. a uno de sus amigos del bar-. Todos los libros que merecen la pena van de emociones y de amor y de muerte y de dolor. Va de palabras. Va de un hombre que se enfrenta a la vida. ¿Te vale así?”

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20.3.16

Táboa Redonda: Madrid

Las visitas a Madrid a veces son como abrir las ventanas para que entre aire fresco, y otras, un zarandeo del que salgo desorientado.

En esta ocasión vi a seres muy queridos, con los que disfruté muchísimo: mi hermano pequeño, mis amigos del Bremen, mis amigos... Y paseé mucho, anduve sin parar el día entero, viéndolo todo otra vez (iba con ganas de museos y aproveché la oportunidad). Y me volví con la sensación de que por esa vez ya era suficiente, contento de regresar a casa y a esta calma.




Un provinciano en Madrid

Tantos coches, tanta gente y tan diferente.

De las terrazas de algunos áticos asoman árboles. Unos gorriones que picotean un vómito en la acera salen volando cuando me acerco. Paso junto a sastrerías a medida y clínicas de estética. Algunas expresiones en el metro me entristecen profundamente: son la cara del cansancio. En el asiento de enfrente un noble inca en sudadera me atraviesa impertérrito con la mirada, y a su lado se sienta una princesa persa que vuelve de comprar una almohada. En el banco de mi izquierda una adolescente le pregunta a un amigo suyo si su hermana mayor es hija del mismo padre, él le contesta que sí y ella dice que qué guay. Al abrir la puerta para entrar en un vagón tengo que aguantar a un chico para que no se caiga: apenas se sostiene de pie, lleva los pantalones por las rodillas, los ojos se le cierran y tiene heridas en la frente; una señora de unos sesenta años, de pelo corto, bajita y con gafas, se levanta, lo sienta y le da unos pañuelos para limpiarse, y yo pienso que esas son las personas que mantienen todo esto a flote. La lucha de la publicidad de los restaurantes, de las tiendas, de las cadenas por arañar un poco de atención me ha resultado siempre deprimente, pero la presencia de la foto ganadora del concurso “Selfie con tu abuela”, en una pantalla gigante en medio de la Gran Vía, alcanza las cotas de distancia de “Blade runner”. Ve comiendo, escribe una chica, yo voy directa a la ducha que he estado con unos papiros llenos de bacterias y esporas. En una calle donde los escaparates no ponen los precios me permito entrar a tomar una cerveza en un bar con maderas oscuras y luces ambarinas. Me quito el chaquetón Quechua enseguida, pero en mi cara se adivina la duda. El dinero de toda la vida se percibe a la legua, en la ropa, en los flequillos, en la forma naturalmente elegante de peinar las canas impecables y en que se habla de él como de un viejo amigo. Niñas de trenzas rubias en uniforme entran en portales con cariátides de mármol y saludan al portero, y yo pienso que a veces también las ventajas pueden ser algo difícil de superar. En la cafetería del Círculo de Bellas Artes el dinero que se ve, en cambio, es progre, y entre los hombres maduros se traduce en una marcada tendencia a vestirse de jóvenes: me digo a mí mismo que es algo que debo recordar y evitar. De noche, desde una parada de bus unas prostitutas me llaman entre risas, tal vez porque una se ha quitado la falda y la examina muy de cerca a la luz de la marquesina. En una galería de arte, los asistentes a la inauguración de una exposición fotográfica sobre el Amazonas charlan, todo sonrisas y melenas, mientras un camarero de esmoquin les ofrece en una bandeja plateada copas de champán.

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6.3.16

Táboa Redonda: Pessoa y yo

En el tren, camino de Madrid. Me espera allí una semana de tardes culturales, espero.




Desasosiego


Elegí un mal día para dejar de escribir cosas tristes.

Para mí, que carezco de eso que a otros les permite disfrutar de la poesía, Pessoa es Bernardo Soares, el más él de sus heterónimos. Y es “El libro del desasosiego”. Tardé meses en acabarlo, conmovido, y es sin duda uno de los libros que, paradójicamente, más me han entusiasmado en mi vida.

Tuve la suerte de leerlo, en parte, en Lisboa. Pasé al menos una hora sentado en un banco del mirador de San Pedro de Alcántara, entre la lectura y las vistas de la ciudad, y busqué y recorrí la Rúa de Douradores, donde un contable anónimo dejó constancia póstuma de su incapacidad para la felicidad: “No he disfrutado nunca, quizás, de una hora exenta de un fondo espiritual de fracaso y de desánimo”.

“El libro del desasosiego” es el libro que, si supiera, podría escribir a veces, si me dejase llevar y permitiese que ese desánimo lúcido que conozco tan bien saliese a la superficie. Ese pesimismo racional que me asedia y trato de mantener oculto bien abajo. Pessoa, en cambio, no miraba para otro lado; o su escapatoria tal vez consistiese en entregarse exageradamente al desencanto del que asegura que “no hay cosa que yo haya querido, o en que haya puesto, aunque fuese un momento, el sueño solo de ese momento, que no se me haya deshecho debajo de las ventanas como polvo”. Al fin y al cabo, en esta relación maravillosa de todas sus horas tristes explica también cuáles son sus prioridades y qué no le interesa; y lo hace con desesperanza, pero también con la extraña soberbia del que considera que su desdicha es la única alternativa inteligente.

El hombre insignificante al que irritan quienes no saben que son desgraciados, el que dice no poder entrar en el albergue de los necios felices, el hombre que prefiere pensar a vivir esconde algo más que su frustración, por mucho que diga haber asistido al “zozobrar lento de todo cuanto ha querido ser”. El hombre que odia la acción como flor de estufa tal vez no pueda o no quiera salir de su caparazón de traje y sombrero grises y, efectivamente, como dice, este libro sea su cobardía.

Sin la profundidad ni el talento, también yo suelo sentirme desolado al terminar algo, si no antes. El desmoralizado para qué, todo esto para qué. Pero a diferencia de Bernardo Soares, que anhelaba no ser él y, al mismo tiempo, sostenía que solo ver y oír eran cosas nobles y rehuía el contacto y la cercanía, en mi búsqueda de un asidero, de un consuelo y por momentos de un sentido, alcanzo a darme cuenta de que es precisamente eso, los otros, los que no son yo, lo único que puede salvarme de mí.
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1.3.16

Táboa Redonda: el Gatopardo entre tendales

Una vez fui una persona que estaba en Sicilia.

Palermo


 

Le leí hace años a alguien que había pocas imágenes más inmerecidas que la de glamour que rodea, por obra y gracia de Hollywood, a la Mafia. Desaparecía y era inmediatamente sustituida por la brutalidad más cruel en cuanto uno se acercaba y veía que las ofertas imposibles de rechazar se les hacen, por ejemplo, a limpiadoras demasiado preocupadas por sus derechos, y que en lugar de purasangres utilizan hijas pequeñas. Hace un par de meses, en estas páginas, Javier Nogueira comentaba algo parecido en su artículo “Cousas nosas”.

Fue tranquilizador llegar a Palermo pensando en mafiosos y encontrarme la primera noche, al entrar a cenar en un restaurante (un italiano, creo recordar), a una amiga mía española de la que no sabía nada desde hacía años. Aquello cambió radicalmente mi visita. Y eso que nos limitamos a ver la isla.

La ciudad tenía partes preciosas. Preciosas como uno se imaginaría: una mezcla de palacios renacentistas y ropa tendida, de motorinos y viejas de negro. Y, como presencia más sugerente, las ruinas del palacio Lampedusa, donde vivió el mismo Giuseppe Tomasi. “El Gatopardo” tiene el mérito, entre otros, de haberle puesto nombre a ese fenómeno universal y parece que imperecedero que es el gatopardismo, consistente en cambiarlo todo para que todo siga igual.

Los alrededores, además de bonitos y mediterráneos, eran una lección de historia. Lo que yo ignoraba era que las referencias normandas fuesen tan numerosas. Hasta allí llegaron los hombres del norte y se quedaron a disfrutar del clima. Como ahora. Una de sus joyas es la catedral de Monreale, donde vimos una consagración de sacerdotes: estaban tumbados boca abajo en el suelo ante el altar, con los brazos en cruz, y sus hábitos blancos reflejaban el dorado de los mosaicos de inspiración bizantina que cubrían por completo paredes y techos. Después, campos, plantaciones de naranjos y limoneros, olivos, comida magnífica en cualquier sitio y pueblos pintorescos donde supongo que no sería recomendable curiosear. Lo cierto es que había ido esperando poco y me fui encantado de Sicilia.

No obstante, una última visita a una iglesia en la parte vieja me dejó una escena tópica como despedida: una boda, con una novia morena y guapísima que, aparentemente cohibida, era besada, colocada y advertida en voz baja por una corte de señoras, mientras hombres de traje, engominados y con las chaquetas abiertas se daban muy serios besos y palmadas en la cara. Y yo, de pie en mitad de las escaleras, tratando de que no supiesen si subía o bajaba, buscaba con la mirada un refugio para cuando empezase el tiroteo.

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22.2.16

Táboa Redonda: de pesca en Michigan

Tengo ganas de escribir. De intentar escribir ficción. Cuando acabe la puñetera tesis (si es que eso sucede alguna vez), lo haré.



Un río en Michigan



Hace no mucho leí un volumen con los cuentos de Hemingway. Yo, en realidad, aparte de El viejo y el mar no había leído nada de él; pero creo que no importa, porque ahora dicen que sus novelas no son gran cosa, que lo que vale la pena son sus relatos. Y lo cierto es que no solo me gustaron mucho sino que me impresionaron.
Mientras los leía pensaba qué los hacía especiales, por qué me estaban calando tanto, incluso cuando el tema no iba conmigo (por cierto, ha sido chocante leer por primera vez relatos sobre toreros, en los que se contaba qué piensa, qué siente, qué mira un torero antes y durante la corrida; y que hayan sido obra de un norteamericano y me hayan encantado). Y creo saberlo. 
En todo taller de escritura que se precie, además de citar a Ángel Zapata aunque solo sea para contradecirlo, se dice que la verosimilitud es imprescindible en un relato. La verosimilitud no tiene nada que ver con el realismo, y es lo que hace que “Blade runner” resulte creíble y “Terra de Miranda” no. Y en un texto se puede echar a perder con una frase.
Hay veces en que uno lee un cuento técnicamente impecable sin dejar de saber que es un cuento. Si es malo ya nada, pero incluso hay buenos relatos que no nos permiten olvidarlo. En estos de Hemingway, en cambio, todo era verdad; para el lector, claro, que es quien importa. Todas las historias eran ciertas y alguien las contaba, todas las escenas eran reales y, simplemente, se describían: unos días en soledad a la orilla de un río, pescando de pie sobre un tronco en el que se engancha el sedal y haciendo café por la mañana, mientras de fondo sucede algo esencial y terrible de lo que no se habla. 
Es la literatura llegando al final, alcanzando su mayor logro: enseñarnos otra vida, una vida, y en última instancia la nuestra, aunque sea en Marte (a propósito, si no han leído “Crónicas marcianas”, de Bradbury, no sé a qué esperan). La literatura, cuando se merece ese nombre, te pone la vida delante en unas páginas, hable de lo que hable. Y eso tiene un valor excepcional, que supongo que es la justificación última del arte, y que lo sitúa muy por encima de un asunto estético.  
Pescar en un río norteamericano, cruzar la estepa a caballo, escuchar música en un club de la Habana o trabajar en una oficina en A Baixa; y en todas esas situaciones reconocer algo mío, y a veces entenderlo. Por eso la literatura es tan importante para mí. Porque, de todo lo que yo puedo hacer, leer es lo que más se parece a vivir más.

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14.2.16

Táboa Redonda: entierro

Volví a la aldea, a lo que esperábamos. Fue triste, pero también tranquilizador.
 

 
 

Bar Chopenhauer


Hace años fui por primera vez a un entierro en la cabeza de municipio de mi aldea. Al bajar del coche crucé el puente sobre el Mandeo y, antes meterme por la corredoira que lleva hasta la ermita de San Paio, me encontré de frente con el toldo verde del único bar. Decía “Bar Chopenhauer”.
El domingo pasado volví a aquel cementerio. El “Blacky”, el perro de Carmen, está tirado en el sofá y no hace caso cuando le ofrecen comida, y cerca de casa hay una esquela clavada en un árbol al borde de la carretera.
El “Chopenhauer” ya no se llama así. Será la reducción de horas de Filosofía en los planes de estudio. La iglesia, en cambio, a la orilla del río, con suelo de granito y verdín en las ventanas, seguía estando helada. La humedad subía desde la planta de los pies, y al contestarle al cura se veían nubes de vapor salir de las bocas. Dos señoras cantaban de manera tan espeluznante que parecía a propósito, y la homilía fue tal vez la más fuera de lugar que he escuchado nunca: se habló de las influencias helenística y judaica en la escritura de San Lucas, de la progresividad de la conversión y la resurrección, y de las diferencias entre el pretérito perfecto simple y el pretérito perfecto compuesto.
Luego, los pasos sobre el barro, el cuidado de no resbalar con el peso de la caja, los apellidos repetidos en las lápidas, el andamio, la pistola de silicona, hombres con cazadoras oscuras, apretones de manos de hierro y besos en silencio, golpeando las mejillas. Alrededor, una casa en ruinas, una palleira de madera preciosa y carballos resistiendo. Y agua, agua en el cielo gris, agua sobre nosotros y en cada rama, en el río crecido, en cada hierba y mojando cada piedra.
Schopenhauer dijo en su obra capital, “El mundo como voluntad y representación”, que toda vida es esencialmente sufrimiento, que nos movemos entre el dolor y el tedio. En el cementerio de Ferrol, cuando uno ya va hacia la salida puede leer unos versos de Rosalía -“Del polvo y fango nacidos, polvo y fango nos tornamos. ¿Por qué, pues, tanto luchamos si hemos de caer vencidos?”- que se encargan de quitarle el poco ánimo que le pudiera quedar. A lo mejor también el nombre del bar era un mensaje de resignación.
Sin embargo, como tantas otras veces, el entierro del domingo fue un momento para el cariño, una oportunidad para no dejar morir relaciones en las que, a pesar de la distancia y el tiempo, hay algo profundo que a lo mejor son los lazos de las raíces. Como con algunos sitios. Como con Carmen. Y cuando volvía solo en el coche sentía cierto consuelo por todo aquello, cierta calma.
 
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10.2.16

Táboa Redonda: la televisión


La tele que queríamos


 
El otro día vi el principio de un programa de “La Clave”. Y ya la presentación de los invitados me dejó con la boca abierta: solo con su respuesta a la pregunta de introducción de Balbín demostraron estar a años luz de cualquier contertulio actual.

La verdad es que de “La Clave” yo solo veía las películas, así que supongo que me perdí uno de los mejores programas de nuestra televisión. Eso escribía, al menos, el crítico barcelonés Joan Francesc de Lasa el seis de julio de 1978 en el semanario Destino. En aquel artículo elogiaba la profesionalidad de José Luis Balbín, su preparación, su eficiencia en la moderación del coloquio y, sobre todo, su “insobornable afán de libertad”, que más de un problema le causaría. Y acababa su reseña augurando mejores tiempos para la televisión española, una vez liberada de los dictados de “la Voz de su Amo”, que durante lustros la habían malformado.

El señor Lasa murió en 2004, con lo que tuvo tiempo de ver que su optimismo resultaba completamente infundado, pero la vida le ahorró esta última década de degradación televisiva que no cesa, y que tiene múltiples vertientes.

Las más llamativas: la proliferación de programas donde los concursantes, ya canten, bailen, sobrevivan en islas llenas de cámaras o cocinen, deben abrazarse y llorar en público mientras un jurado los humilla; la irrupción del famoso profesional, que sale en la tele porque es famoso y solo es famoso porque sale en la tele, y se caracteriza además por no tener más mérito que el discutir a gritos (una profesora de Primaria me decía hace unos años que en las reuniones de padres había habido un antes y un después de ‘Sálvame’); o el pseudoperiodismo que bajo un baño de seriedad no ofrece más que morbo, donde expertos en nada analizan cada mañana media docena de temas, antirreporteros dan cancha a cualquier familiar o vecino desaprensivo que busca su momento de gloria, y se cuentan medias verdades, se expanden rumores, se tergiversa, se manipula y se insinúan falsas conclusiones sin que importen las consecuencias. De fondo, las peores: la renuncia generalizada a cualquier contenido que aporte o exija algo, y el abandono de la labor informativa objetiva en favor de la creación de opinión más burda.

Yo no sé si hay un amo que maneja esos hilos. Tiendo más a explicar estas cosas, incluso las peores, como el resultado de una sucesión de decisiones estúpidas y mezquinas. Pero si alguien se hubiese propuesto convertir aquella preciada libertad en algo vacío e inane no habría podido elegir un modo mejor: lograr que la usáramos así.

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31.1.16

Táboa Redonda: nuestro campo

Hacía tiempo que no iba a la aldea. Es triste; todo: no ir y lo que se ve al ir.



La aldea


Los suplementos culturales, los dominicales, las series de la HBO y algunos enlaces de Facebook nos pueden hacer creer, a pesar de que el drama está entre nosotros, que vivimos en una sociedad donde las discusiones versan sobre pedagogía infantil, pactos electorales o diseño, donde todo el mundo lee Jot Down, se participa en grupos de trabajo social con gran aparato teórico y el aislamiento es cosa de Minnesota. Hasta que uno acompaña a alguien a Urgencias y se pasa una tarde viendo a la gente, y de una bofetada vuelve a la realidad.
O hasta que va a la aldea.
Todos los gallegos tenemos aldea, aunque a veces sea una calle en un ensanche. La mía es de verdad; se va por la Nacional y al llegar a las señoritas hay que torcer a la izquierda. En ella está la casa de mi familia paterna, donde nacieron varias generaciones y en la que todavía viven dos de los siete hijos que tuvo Pepa, mi bisabuela, que conocí siempre sentada en la lareira, de negro, sin cara, solo pañoleta, removiendo el fuego con un palo largo. Yo me ponía a su lado y creo que me hablaba.
Este fin de semana fui. Carmen se muere. La que volvía andando desde el mercado de Guitiriz con una cesta llena en la cabeza, la que se ponía un tizón sobre la palma de la mano y nos decía que le sopláramos para verlo ponerse al rojo. Ahora, esa misma piel parece que se le va a romper. En cama en la única habitación templada de la casa, cerrada con un radiador, me miraba y empezaba frases con las mismas palabras de siempre, pero no sabía seguir.
Voy con mi padre paseando hasta el verdadero Portorosa. Me va contando qué campos se trabajaban, cuáles estaban a prado y se regaban, y que en la eira de al lado de la capilla se jugaba al fútbol cada domingo después de misa. Hoy no hay ningún niño. Tampoco se cuidan los campos y las casas vacías se caen. Un anciano rastrilla un camino con una fouciña como la señora que friega el portal un sábado por la tarde, para sentir que hace algo. Y la fuente, donde antes bebían tres o cuatro vacas a la vez, está comida por la maleza, de la que sale un indigno caño de plástico. Pero ya nadie tiene vacas.
Porque en la aldea no hay gente. No en la mía, al menos. Y la que queda vive sumida en la miseria cotidiana de la vejez, el frío y el aburrimiento. Qué estúpida idea de progreso la que ha despoblado nuestro campo, la que ha decidido que irse a cualquier ciudad era mejor y ha acabado por hacer que sea verdad, porque la alternativa es inasumible, excepto para los que no la tuvieron y esperan allí, solos, a que se acabe todo.
El suelo estaba fregado del día anterior y aún no había secado.

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24.1.16

Táboa Redonda: contra mí mismo

Lo de tener en uno mismo a un enemigo o, como mínimo, un incordio, es más que una frase resultona: resume muy bien una sensación que, en determinadas (demasiadas) situaciones, aparece, clara, como un lastre, a poco que me pare a pensar qué me ocurre.




El enemigo

 
Todo el poder de Google ha resultado inútil para corroborarlo, pero recuerdo que hace años leí una entrevista a Ray Loriga en la que decía que le parecía tan tonto que alguien lo leyese por su aspecto como que no lo hiciesen por lo mismo. Y ya me cayó bien.
De Loriga he leído ‘Lo peor de todo’, ‘Héroes’, ‘El hombre que inventó Manhattan’ y ‘Ya solo habla de amor’. Y todas me gustaron, a pesar de lo distintas entre sí que me parecieron: las dos primeras, bastante bukowskianas;  la de Manhattan, atípica, como si él fuese de allí, y la última, ‘Ya solo habla de amor’, completamente diferente, me encantó y me aburrió. Eso puede ocurrir (a mí me pasa a menudo, de hecho). Creo que le daba demasiadas vueltas al tema, pero eran unas vueltas brillantes, que con el tiempo son lo que recuerdo.
El libro habla de Sebastián, un hombre cuyo despecho amoroso, que en ese momento lo abarca todo, parece la culminación de una situación, de un planteamiento vital, ya bastante deprimentes en general; al menos para él, a la vista del resultado. El narrador en tercera persona conjura, aunque solo sea gramaticalmente, el riesgo de caer en la autocompasión, pero el caso es que el pobre Sebastián se lamenta de bastantes cosas, en un tono triste y lúcido, a veces defensivamente cínico y otras hundido.
“La luz en las ventanas de las casas ajenas nos habla siempre de una felicidad que existe sólo fuera de nosotros”, dice. Y lo interesante es que no son las palabras de alguien castigado por la vida, sin posibilidades, aunque en ese momento Sebastián se sienta así, sino el resumen de una actitud, su sino: limitarse a presenciar la felicidad, a desearla, incluso a construirla, pero sin llegar nunca a sentirla.
Se promete que en un futuro su amor “será tan bueno como el de cualquiera y será uno de esos amores que hace cosas, que joden alegremente, que disfrutan, que se divierten, que viven...”. Pero, aunque su desesperación sea sincera, se engaña, porque Sebastián se tiene a él en contra, como reconoce al compararse con una mujer que cuenta “con lo mejor de sí misma como aliado, cuando él ha contado siempre con lo mejor de él mismo como enemigo”. Y esto lo explica todo: sus disquisiciones teóricas, sus dudas, su represión, su distancia de la vida.  
Uno mismo como enemigo; uno mismo como incordio. Renunciando de antemano, anticipando el desencanto, tirando de las riendas, inventando excusas, poniendo pegas, incapaz de relajarse en una satisfacción que nunca está a la altura del modelo. Esa puñetera manera de ser que puede resumirse, como me dice mi novia, en no saber ser feliz.
 
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17.1.16

Táboa Redonda: aquí, un amigo

Puede que el artículo de esta semana no les interese tanto a quienes suelen leerlos, pues es solo un comentario sobre un libro; y sobre un libro poco conocido, además. Pero es que es el libro de un amigo; y nunca imaginé que iba a tener la suerte de poder escribir, en público, sobre la obra de alguien que yo conociera. Me hace mucha ilusión.

Como digo en él, me encantaría que Róber encontrase el tiempo y las ganas suficientes para sentarse a escribir sobre los temas que le interesan, y dejase constancia en otro libro de esas opiniones suyas que da gusto oír.




Historias de murciélagos


Tengo un amigo con una marcada querencia por la noche, los lobos y los murciélagos. Sorprendentemente, no se llama Vlad sino Roberto, no vive en un castillo en Transilvania sino en un piso en As Pontes, y lejos de tener un carácter tempestuoso y sanguinario es una persona pacífica y templada. De hecho, es la viva imagen de la calma y las opiniones, además de lúcidas, pausadas.

Roberto X. Hermida es biólogo y efectivamente eligió a los lobos, primero, y a los murciélagos, después, como objetos de su profesión y pasión. Se doctoró con una tesis sobre el lobo ibérico, y ya antes de acabarla cayó en las redes (esta es una broma para iniciados) de los quirópteros, a los que lleva dedicándose los últimos años, en la medida en que la pobre situación de la ciencia española y gallega se lo permite. Afirma que los murciélagos son bonitos.

Y un libro sobre murciélagos es precisamente lo que acaba de publicar: ‘El dilema de Spallanzani y otras curiosas historias de murciélagos’ (Tundra). En él cuenta la historia del científico italiano del siglo XVIII que en Padua dio pasos decisivos en el descubrimiento del sistema de ecolocación de los murciélagos. Fue además uno de los principales impulsores de la inclusión de la demostración empírica en el método científico, con lo que sentó las bases de un cambio de paradigma. ¿Sabían que, hasta esa época, las teorías se aceptaban o rechazaban en función del rigor lógico del razonamiento que las sustentaba? Es decir, se descartaban solo si se hallaba un fallo en el proceso deductivo, sin necesidad de poner a prueba sus conclusiones. Era bonito, pero era peor.

Y Roberto aprovecha ese hilo conductor para hablar de sus propias vivencias en el estudio de nuestros alados parientes. Recuerda caminatas, noches de espera en vela, experiencias de compañeros, visitas a cuevas y casas abandonadas, conversaciones con vecinos tratando de desmontar tanta mala fama, etc.; y lo hace con un entusiasmo y un cariño envidiables. El resultado son unas interesantes observaciones que tienden a desbordar el tema inicial y van de los murciélagos a la vida en el campo gallego y a nuestro entorno natural, desde Os Ancares hasta las fragas del Eume, pasando por las ínsulas del Miño. Observaciones que hace con la claridad del verdadero experto y una naturalidad como de conversación, y que dejan con ganas de más.

Tal vez ahora, si Roberto sacase del cajón sus aventuras con el lobo, podríamos seguir charlando con él, con calma, sobre nuestras aldeas, nuestro paisaje, nuestros animales, nuestros frutales, el estado de nuestra ciencia o dónde se encuentran las moras más ricas.


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