5.5.20

Quesos y aceitunas

Quesos y aceitunas


HOY LE COMENTABA a Marta que me da la sensación de que pasan los días y no hago nada. Que me gustaría sacar algo en limpio de tanto tiempo en casa, aprovecharlo de un modo más claro.



Y me decía ella que en realidad tampoco tenemos tanto tiempo. Es verdad: yo me paso la mañana y más o menos media tarde trabajando, y a veces se prolonga hasta la noche, porque todo lo hago con ese ritmo poco eficiente, propio de quien no está acostumbrado a que su hogar sea también su oficina, y su tiempo de trabajo doméstico, atención a los niños y ocio se entremezcle con su jornada laboral. Y al final acaba el día y, sí, he visto una película, he escuchado algo de música mientras escribía y he leído algo, pero poco y no muy bien.

No me quejo de los artículos que me llegan, en general. También es verdad que cada vez selecciono mejor las fuentes y acierto más. Pero, aun así, aunque el porcentaje de basura virtual que me trago va bajando, todavía me sobra mucho. Y, claro, ya no es tanto lo que te sobra, lo que te molesta, sino lo que eso te quita, el tiempo que te hace malgastar, que te roba. En fin, lo de siempre, el ruido; pero estos días lo noto más, porque, tal vez tontamente, me creo que este confinamiento debería permitirme rescatar deseos que, en la vida normal, sucumben al ritmo diario.

Por ejemplo, ahora estoy leyendo Viajes con Heródoto, del polaco Kapuscinski, pero en cuanto lo acabe quiero empezar El Quijote; que no, no he leído.

Y dice Kapuscinski que en sus viajes con frecuencia se entendió con muy pocas palabras y muchos gestos, y que la tecnificación de nuestras sociedad va alejándonos poco a poco del lenguaje corporal, del tono, del movimiento de las manos y de las expresiones del rostro, y dejándonos solo con la palabra. Que es insuficiente y -dice él- menos sincera. Y lo dice habiendo conocido internet, pero no las redes sociales en su actual esplendor. Ni, por supuesto, imaginándose una situación como esta, en la que la comunicación por escrito está desbancando a la oral también en el plano personal, lo cual representa, parece, un nuevo paso atrás. Y no solo porque el lenguaje escrito sea más descarnado y nos falte todo el envoltorio, sino porque tenemos un problema serio para expresarnos con él. Y si el teletrabajo va a más, y con él los mensajes de texto, y las reuniones se sustituyen por cada vez más correos, etc., comprobaremos hasta qué punto nos cuesta entendernos. No sabemos escribir, y leemos regular.

También habla de la cultura griega, mediterránea, de la que fue hijo Heródoto hace dos mil quinientos años. De un sol, de un mar y de un talante, y de cenas al aire libre en noches cálidas. De personas charlando bajo una parra en la falda de un monte mientras comen queso y aceitunas y beben vino fresco, dice. Lo del queso y las aceitunas me parece el sumun del buen vivir. Y puede que exagere, y sin duda lo idealizo, pero a mí, desde hace tiempo, y más estas semanas de noticias frías provenientes de la Europa septentrional y de otras latitudes, cada vez me resulta más atractivo ese Mediterráneo, que no solo es cuna de nuestra civilización sino que la forjó a base de lucha y guerras, por supuesto, pero también de intercambio, de acercamiento, de mezcla. Y de hablar gesticulando.

Así que leo en la cama, que es de las cosas que más me gustan en el mundo, y al apagar la luz, después de que el libro se me haya caído en la cara tres o cuatro veces, una voz, creo que interior, me inquiere si no soy consciente de mi suerte, de que soy un privilegiado, preocupado nada más por si me cultivo mejor o peor. Y le digo que sí, y que ya lo sabía, que no me hacía falta vivir una cuarentena, ni ver la enfermedad y los ertes rondando para darme cuenta. Soy consciente de que no tener dificultades materiales sigue siendo un privilegio.

También sé que, para que nos salga una sociedad decente, la receta es fundamental. Y de hecho nos pasamos la vida discutiendo sobre ella, sobre la mejor forma de organizarlo todo. Pero creo que tendemos a olvidarnos de la materia prima, que descuidamos los ingredientes: nosotros, los ciudadanos, las personas. Porque los buenos ingredientes casi se cocinan solos, y casi seguro que sale algo rico. En cambio, si son malos, poco hay que hacer, es difícil salvar el plato.

Y estoy convencido de que estudiando con mis hijos, pensando en nosotros y escogiendo mis lecturas me hago un poco mejor. Por ejemplo, siguiendo los viajes por Asia Menor, Persia y Egipto del primer historiador conocido. Mejor para mí y para los demás.






16 comentarios:

  1. Viajes con Herodoto es un gran libro. Yo estoy leyendo mucho del Mediterráneo este año, el Mediterraneo y también Delibes. Este verano planeaba ir a Corfú con mis hijas después de releer con ellas Mi familia y otros animales. Ya no iremos pero los libros siguen ahí.

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  2. ¡Moli, ya no recuerdo cuánto tiempo hacía que no comentaba directamente en el blog! Y no sé si sería también por un comentario tuyo.

    Me gustó mucho el libro, sí. Supongo que conoces la serie sobre la familia Durrell, ¿no?, de Filmin.

    Yo siempre me he "visto" atlántico, pero, cada vez me tira más el Mediterráneo. Hay un libro de Cunqueiro que reúne como pocos los dos mundos: "Se o vello Simbad volvese ás illas". Porque Cunqueiro no puede tener una mirada más galaica, y habla de Oriente Medio.

    Besos.

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  3. ¿Te puedes creer que no he leído nada de Cunqueiro?

    Es que me he leído todas las columnas que acabas de publicar y que me han saltado de golpe. (Por cierto, veo que en tu blog no se actualiza el mio)

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  4. Pues vale mucho la pena, de verdad. Y está todo en castellano (hay obra en castellano, y otra en gallega, toda traducida).

    ¡Pues es verdad! No tengo ni idea de por qué. Voy a enlazarlo de nuevo, a ver.

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  5. Ahora se ha actualizado. Veremos.

    Un beso, Moli. ¿Ya normalizada la relación materno-filial?

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  6. Sí, muy bien. Están felices aquí, "esto ni es confinamiento ni nada" dicen. Así que muy bien, muy contentas. :))

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  7. ¿Porque estás en Los Molinos? Es que no estoy seguro.

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  8. Porque en marzo no me tocaba vivir con mis hijas, ya sabes que son ellas las que están siempre allí y mi madre y yo estábamos viviendo en esta casa desde una semana antes de que se decretara la alarma. Mi domilicio es el compartido pero cuando no vivo allí, normalment estoy aquí.

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  9. No, no, mi pregunta no era esa. Es una pregunta sin faltas de ortografía :-))

    Lo que quería decir era "¿Eso no es confinamiento ni nada porque estáis en los Molinos?"

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  10. Ah sí!! Han estado seis semanas sin salir de casa en Madrid, y con un horizonte visual de la calle. Aquí hay jardín, se ven las montañas, como es un pueblo de menos de 5000 hb no hay restricciones horarias... es otro mundo. Cuando las recogí y veniamos por la carretera, Clara decía "me estoy mareando de ver tanto"

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  11. Ajá.
    Tiene que ser una gozada. Aunque que conste que yo estoy encantado con no salir de casa; no por no salir, sino por (te lo digo aquí que nadie lo lee) no poder hacer vida social, por tener el día para nosotros. No lo querría para siempre, pero esta temporada me está gustando, y estoy seguro de que echaré de menos cosas de este encierro.

    Todo esto, pensando egoístamente, claro.

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  12. Te entiendo perfectamente. Yo estoy feliz sin salir de casa, podría seguir y, de hecho, espero seguir por meses porque espero que el teletrabajo sea ya una realidad e ir como mucho dos dias a la semana... y además pienso quedarme a vivir aquí unos 8 mess al año.

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  13. ¡Oh, qué suerte! Me parece muy apetecible.

    Lo del teletrabajo, en mi caso, no sé si cambiará (aunque ahora lo hago casi sin limitaciones, hay circunstancias que lo impedirían en la situación normal), pero a mí no me importaría nada pasarme dos o tres días cada semana así. Ya me iría acostumbrando y organizándome, y eliminado flecos que estos días aparecen.

    Cada vez que me siento al ordenador en el salón, mirando para la ventana, me digo "¡Pero cómo carallo se va a comparar esto con estar en mi oficina!".

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