3.6.18

Cuatro docenas


Publicado en el suplemento cultural
Táboa Redonda del domingo 03.06.18

Cuatro docenas




"No sé por qué, hay algunas cosas que todavía se cuentan por docenas: los huevos, las sardinas, los churros o las rosas. Y resulta que yo esta semana he cumplido cuatro, cuatro docenas de años.

Como a tantos otros, también a mí, al llegar a alguna fecha simbólica, me sale lo de mirar atrás y juzgar cómo ha ido todo. Y algo peor todavía: mirar el presente y compararlo con el que yo esperaba. El resultado, caprichoso, volátil y embarullado en porqués como es, suele dar, sin embargo, un mensaje claro y fácil de entender para cualquiera que quiera verlo.

Cuando era pequeño, una tarde que jugaba con mis primos cerca de casa de mi abuela, el perro de una vecina, un perro lobo gris y feo, se escapó y salió de repente al patio donde estábamos. A mí no me dio tiempo a subirme a las ventanas y me mordió. En el culo. Aunque, como la dueña, mis tías y mi madre no paraban de repetir, morder morder no me mordió, solo fue un arañazo. Y la dueña además insistía en que era muy bueno, y para demostrarlo contó que a veces le daba para cenar una tortillita francesa. Pero a mí me hizo un siete en el pantalón, otro en el calzoncillo y sangre, y yo, entre hipidos, no veía esa diferencia de matiz por ningún sitio.

Hubo épocas en que mirar atrás solo me producía tristeza. Volver a los sitios y a las personas me entristecía, porque me decían que algo iba mal, que yo no estaba donde quería. La sensación de pérdida era total, sin que nada pareciese compensarla. Después, en cambio, las cosas mejoraron y esos regresos me reconfortaban. Fui capaz de pasear por donde el “Che”, aquella hiena, me había… arañado, y contárselo a mis hijos, y enseñarles las ventanas a donde no me había dado tiempo a trepar. De hacerlo y sentirme bien, contento con quien había acabado siendo. En aquel tiempo yo me imaginaba a mí mismo tranquilo en medio de una llanura en la que no se veían caminos y tampoco había prisa por tomar ninguno.

Ahora, con 48 años, creo que estoy bien. Al menos dentro de lo que cabe, porque en mí siempre hay algo que falla, una insatisfacción que no desaparece y yo llamaría existencial: estupidez existencial, más concretamente. Tengo una edad que hace un siglo se consideraría provecta y, sin embargo, sigo con esa sensación de que algo crucial, lo más importante, está todavía por ocurrir. A veces creo que voy a pasar de esa espera por no sé qué eclosión, directamente, a la incredulidad de ver que todo ha llegado a su fin. Y que me quedaré pensando, con cara de tonto, qué estaba esperando, si la vida no era otra cosa que aquello que me había pasado."

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3 comentarios:

  1. Muy,muy feliz cumpleaños. A mí me gusta cumplir años, me gusta mi cumpleaños y también los de la gente que me importa. Que tengas un gran día.

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  2. Repito lo de Moli de pe a pá... salvo lo de que me guste cumplir años... que eso me horroriza.

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