5.5.20

Los árboles tienen todos su sombra

Los árboles tienen todos su sombra


Todos los árboles tienen su sombra, en estos campos de Castilla. Todos, no falla ni uno. No hay árboles Peter Pan a la vista.



ESTA TARDE, en el tren, veo Heart Beats Loud, o Ritmos del corazón. Trata de un hombre viudo y su hija a punto de marcharse a la universidad. A ambos les gusta la música —él tiene una tienda de discos que recuerda a la de John Cusack en Alta fidelidad—, y ambos tocan, y alrededor de todo eso —padre, hija, falta de la madre, universidad, música, estudios— surgen las dudas al decidir.
"Cuando la vida te plantea dilemas, los conviertes en arte", dice él. Hoy en día se abusa bastante del término inspirador, me parece a mí, pero la verdad es que esta es de esas películas que resultan inspiradoras, con las que te entran ganas de vivir, o que te hacen querer vivir con ganas, que es parecido pero no lo mismo.

Cuando se pone emocionante y tengo que contenerme para no llorar, disimulo mirando a la fila de asientos de enfrente y veo a otro chico, también con barba —hace un mes que yo la tengo—, también rondando los noventa kilos, con los ojos llenos de lágrimas. Ya no somos lo que éramos.

"Tienes que ser valiente antes de ser buena" es otra frase de la peli. Una buena frase. La bondad tiene consecuencias que debemos ser capaces de asumir. Se lo dice, a la protagonista, su reciente novia. Porque la protagonista es -no queda claro si lo descubre en ese momento o no- lesbiana. Y, viéndola, viéndolas, no es solo que yo me pregunte cómo alguien puede todavía ver algo malo o reprobable en algo así -eso me lo pregunto siempre, sin necesidad de películas-, sino que, una vez más, me convenzo de que cualquiera, por muy recalcitrante que sea, cualquiera que se aproxime a la homosexualidad con nombre y apellidos, desde cerca, caso por caso, poniéndole cara, lejos de las reglas abstractas, se verá, de repente, sin argumentos a los que asirse, en un plano de la realidad distinto al de sus teorías condenatorias. Y no sabrá por dónde empezar. Como con tantas otras cosas, como en tantos otros temas eternos o mundanos, esa condena surge del miedo; el miedo, de la ignorancia, y la ignorancia, del desconocimiento, de la extrañeza. Nada nos asusta más que lo que sabemos que está al otro lado de la puerta pero no podemos ver. Casi nada asusta tanto como lo imaginado. Todo lo cual debería indicarnos el camino a seguir, pero no.
Quedan muy bien, esas sombras en los árboles, todas redondeadas a esta hora, todas apuntando en la misma dirección, unidas al tronco por su base. Es como si cada árbol arrastrase la suya, tirase de ella.

Sea como sea, es asombroso lo que hemos desarrollado el concepto del mal y de lo incorrecto. Por desgracia. Hasta conseguir que poco tenga que ver, a veces, con una reacción mínimamente natural. La sociedad ha elaborado la noción de lo malo, de lo reprochable, hasta hacerlo, en algunos casos, irreconocible, incompresible para cualquier niño al que le preguntásemos. Y seguimos haciéndolo: rizamos el rizo y buscamos nuevos flecos a lo condenable. Estamos locos. En una evolución demencial, en lugar de haber cada vez más espacio libre, quedan menos huecos donde pisar. A veces, da la sensación de que consideramos que ganar en libertad no es suprimir vetos, sino tener el derecho a poner nuestro propio cupo de prohibiciones.

Pero no sé qué árboles son. Llevo un año y medio viéndolos, salpicados por campos enteros, y ni idea. He preguntado alguna vez, pero todos los viajeros son urbanitas como yo. Me parecen olivos, aunque los veo muy grandes.

Resulta un poco pretencioso relacionar así, en un momentito, la cantidad de faltas que establece una sociedad y su sabiduría -otra palabra sobreutilizada, sin duda-, pero yo intuyo que hay una relación inversamente proporcional entre ambas. La sociedad que da vueltas y rasca hasta definir otro pecado más, la que necesita controlarlo y regularlo todo, es la que menos segura está de sí misma, la menos fuerte.

Si pudiese bajarme y mirarles las hojas puede que los reconociese: una vez viví donde había olivos. Hasta tuve uno en mi jardín. Me hacía mucha ilusión. Me parecía exótico y una suerte enorme verlo cada mañana desde mi ventana. Yo tenía doce años, y con él descubrí que las aceitunas, antes de comerlas, se aliñan.También tenía su propia sombra. Como todos. Las sombras solo desparecen cuando tampoco hay luz.




Monstruos del primer mundo

Monstruos del primer mundo


Salgo de mi habitación al pasillo a oscuras y veo, enfrente, dos puntos rojos. Sé que son los interruptores de la luz, pero podrían ser los ojos de un monstruo. Y alguna vez se me pasa por la cabeza que estaría bien que lo fuesen. Así, por lo menos pasaría algo. 



VOY AL SÚPER. Por teléfono le cuento a mi hijo que hoy en el gimnasio no hice nada que forzase la espalda, porque durante el fin de semana estuve mal, y me responde “Problemas del primer mundo”. Dice que lo oyó en algún anuncio o lo vio en algún vídeo, no sabe, pero yo me quedo impresionado y con la sensación de que hay luz en medio de las tinieblas.

Son ya las nueve de la noche. Veo a ex guapos ojerosos en sus todoterrenos BMW, parados en los semáforos de camino a casa. Que cada uno defina lo que es triunfar, y luego haga lo que pueda; pero al menos deberíamos asegurarnos de que, lleguemos o no a la meta, nos dirigimos a donde queremos. Matthew McConaughey dice que a veces es más fácil comenzar por identificar qué es lo que no queremos, ir apartando estorbos. A él parece funcionarle.

Un chico y una chica toman dos cañas a mi lado. Doy por sentado, por lo que me llega de la conversación, que están ligando en versión charla profunda y sincera, pero al cabo de un rato ya no sé qué pensar. Están hablando de religión. Él va a convivencias. Cuenta que volvió a donde solían tenerlas hace mucho tiempo, y que fue como volver a una casa de veraneo de la infancia, por el olor. Que el olor le pegó una hostia. Lo dice así, para mi desconcierto. Y que se levantó al amanecer, antes que los demás, e hizo una oración solo. Tiene un vídeo de Youtube de nubes, para meditar, y se lo puso ayer para dormir, y la anima a ella a hacerlo. Mi hipótesis se tambalea. Habla de sexo, amor y respeto, y hasta de tetas, de un modo tan maduro que, o es un don juan con una táctica depuradísima, o realmente está por encima de la carne. Ahora ella confiesa que el tema de la fe lo tiene que trabajar mucho más, que a veces piensa en eso pero, nada, todo muy superficial. Y ya no sé si lo que acabo de presenciar es cómo cae en sus redes o una conversión en pleno primer mundo.

Muchas veces me parece que algunas personas cuentan sus desgracias con un pelín de satisfacción. Una enfermedad, un accidente o alguien hospitalizado por lo menos suponen una novedad. Se diría que disfrutan de su momento de gloria. Al fin un poco de protagonismo, al fin un aliciente, un poco de interés, aunque sea malo. Por lo menos les pasa algo, a ellos también.
Y, hablando de amaneceres, por fin he visto Amanece que no es poco. Marta no dejaba de recomendármela, pero yo me resistía, porque estaba seguro de que me iba a decepcionar. Y no, me ha gustado mucho. Y a mi hijo, que pilla y disfruta del humor absurdo. Creo que, de toda la pléyade de personajes memorables, me quedo con el cabo de la Guardia Civil. Además, hace muchos años vi a José Sazatornil Saza en misa en San Julián, igual de repeinado pero con gafas. Lo de Faulkner, y que al escritor luego le salga Chejov sin querer, es genial.

Desde la carretera, entre Zamora y León, se ven pueblos como el de la película y pequeños cerros a los que les han limado la punta, pequeñas mesetas desiertas, sin nada encima. Me gustaría subir a una y quedarme de pie en medio, mirando alrededor. Voy superando nuestra fijación con el verde y cada vez me parece más bonito el paisaje de esta parte de Castilla; y pienso cómo sería vivir unas semanas en uno de esos pueblos. Yo creo que el resultado no admite término medio: o te embelesa o te suicidas.

Acabo de empezar a leer Dog soldiers, de Robert Stone. Se supone que una obra maestra; lo dijo hasta Harold Bloom. Y esta mañana, entrando en Madrid, cuando lo cerré y me fijé en la contraportada, descubrí asombrado que una de las traductoras es una chica a la que hace más de diez años conocí en la blogosfera: Inga Pellisa. Nos leíamos, cuando la lectura en internet incluso admitía cierta calma. Dejó la carrera de Químicas y se pasó a las Humanidades, y ahora traduce literatura de altura. A lo mejor ella sí definió bien, y a tiempo, su éxito.

Sí, problemas del primer mundo. Pero reales. Como la frustración, como los deseos sepultados y olvidados o la desilusión, por ejemplo. O como el aburrimiento, que a veces me hace darle al interruptor del pasillo esperando que unas fauces se cierren sobre mi mano y me obliguen a pelear.




Pararse a vivir

Pararse a vivir


Una tarde de hace treinta años, en una cafetería de Pontevedra le estuve explicando a un compañero de carrera, durante más de una hora, que yo no entendía otra forma de vivir la vida que pensándola.



SE LO EXPLICABA a él y seguramente me lo explicaba también a mí mismo por primera vez. Que el pensamiento estaba antes, durante y después de la acción, de cualquier vivencia. Sigo creyéndolo, aunque probablemente entonces lo expresase mal. Pensar, dicho así sin más, parece una habitación muy fría para meter en ella la vida entera.

En dos viajes seguidos del tren me ha tocado la misma película, Este niño necesita aire fresco, que cuenta la infancia de un famoso (allí) cómico alemán, Hape Kerkeling. La película no está mal, y al final, el protagonista, que ha sufrido la muerte de su madre, a la que estaba muy unido, hace una última reflexión que puede parecer un poco mística, pero no lo es: dice que él es su madre, y su abuela y su abuelo, y sus tías y los niños, y su caballo, y las amapolas del borde del camino, y el cielo y —y esto es precioso— la dirección en que de pequeño empujaba su madre su cochecito; y aclara que eso es así porque está despierto, porque vive despierto.

También mi amigo Jesús Miramón suele dar vueltas, en su delicioso blog Las Cinco Estaciones, al hecho de vivir dándose cuenta. Dándose cuenta de todo, o de todo lo que somos capaces de abarcar: lo que somos, lo que hacemos, dónde estamos y hacia dónde parecemos ir, lo que podemos y lo que nos puede, qué y quién nos importa, y por qué, y si ese porqué tiene tanto sentido como creemos.
Hace un par de semanas decidí no leer ficción hasta que hubiese terminado con varios libros de texto y ensayos que quiero casi estudiar. Para darles un empujón, porque, si no, siempre encuentro una lectura mejor. Y he estado así diez días. Ha sido horrible. La sensación era de no tener refugio: mirase a donde mirase, solo veía esfuerzo.
Así que este viernes cogí por fin un libro que me apetecía, y lo acabé en un par de tardes. ¡Qué placer, leer por placer! Se trataba de La mujer singular y la ciudad, la continuación de Apegos feroces, de la escritora estadounidense y neoyorkina Vivian Gornick. Se lo compré a Marta en la madrileña librería Méndez porque la primera parte nos había gustado mucho y el librero, Alberto, me comentó que esta era igual o mejor. Y estoy de acuerdo. Me ha encantado. Es un librito corto, reflexivo, introspectivo, que habla de crisis, e incluso de crisis crónicas, y de conflictos vitales —vitales tanto por su importancia como por su duración—; pero lo hace sin demasiada angustia, con una actitud lo suficientemente lúcida, inteligente, curiosa y —dentro de su rebeldía— conformista, como para hallar casi siempre, en medio de la incertidumbre, de la culpa, la rabia y el dolor, algo de consuelo. Consuelo que en su caso procede de la personalidad y el ambiente de su amada ciudad, de la cultura sinceramente apreciada y disfrutada y, sobre todo, de la amistad.

Y es en los breves y agudos retratos de esas amistades y relaciones amorosas, en el recuerdo de algunas conversaciones escogidas que para ella hacen de faros, de hitos en el continuo de la vida, y en las descripciones de sus paseos urbanos, de sus encuentros casuales y de los diálogos entre desconocidos que oye al pasar, donde la autora habla una y otra vez, ella también, de vivir conscientemente. No sé si utiliza explícitamente esa expresión, pero es eso lo que quiere decir. Mira y escucha alrededor con atención, y lo piensa, y lo siente y lo relaciona con ella misma y con todo lo que sabe. Descubre y ordena su escenario, y busca acomodo en él. Trata de vivir lo que tiene y lo que es.

Pensar la vida, vivir despierto, darse cuenta, ser consciente. A veces supone pagar un precio: preocupación, una sensación mayor de responsabilidad, puede que cierto desánimo, más dudas. Otras, nos salva de algunos miedos y de la confusión que nos va quedando si nos dejamos arrastrar por la corriente. Y, siempre, alarga nuestro tiempo y ensancha nuestro horizonte, y hace que más momentos del día sean más interesantes.

La vida, no sé si la hace más real. Ni más feliz: la felicidad es incontrolable y  poco atiende a razones. El caso es que llega un momento en que vivir de otra manera  no tiene sentido, ya. Que es lo que yo pretendía explicarle a mi amigo aquella tarde en la plaza de la Herrería, cuando éramos jóvenes y estábamos decidiendo cómo queríamos ser.


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Geometría

Geometría


Yo no sé qué ocurre a veces, que no tienes ninguna preocupación clara pero sientes una intranquilidad de fondo que te desasosiega. Como si fuera a pasar algo. Así estoy yo estos días.



A LAS NUEVE del viernes, cuando vuelvo de dejar a los niños en el instituto, paso en coche por delante de la zapatería de mi amigo Fran, que en ese momento está abriendo. Le pito, se gira, se sorprende al verme y me saluda con una sonrisa inmediata y sincera, generosa y alegre —no todas lo son—, una sonrisa de las que no llevan cuentas, que no esconde nada: una sonrisa de buena persona.

En Radio Clásica están entrevistando a los guionistas de la película Loreak y, por el argumento, sale a colación Cecilia y su Ramito de violetas. Resulta que a ella no le gustaba demasiado, que prefería otras canciones suyas más comprometidas, como Un millón de sueños o Mi querida España; pero ninguna sigue escuchándose como esa. Lo que me hace pensar lo mismo de siempre: con la historia conmovedora de un matrimonio, con aquella triste historia de amor, Cecilia llegó a cualquiera, y sigue llegando todavía, porque habla de cualquiera, porque cuenta algo que sigue importando. En cambio, lo grave resultó ser circunstancial. Lo trascendente de esta mañana es esa sonrisa.

El sábado al mediodía estamos tomando una cerveza y entran los tres Rafas, tres generaciones, abuelo, padre e hijo, que salen juntos los fines de semana a tomar el aperitivo. Aunque hoy el hijo, que está en segundo de Bachillerato, lee a marchas forzadas la novela de Almudena Grandes que le han mandado en clase, El lector de Julio Verne, y solo levanta la cabeza de vez en cuando para reírse de algún comentario. El padre lleva debajo del brazo, precisamente, El hombre que ríe, de Victor Hugo, que a mí ni me sonaba y tiene entre sus personajes al que podría considerarse un precursor del Joker. Estamos en la cafetería Bonilla —la mejor caña de Ferrol—, y comentamos la locura coreana con las patatas fritas de la marca coruñesa a raíz de su aparición en la nominada Parásitos. Locura de una semana, como todas; compulsión fugaz, como todo. Pero, en cualquier caso, tiene su aquel oír al dueño, al fundador, recordar cómo empezó, friendo patatas toda la noche, hasta que por la mañana bajaban su mujer y su madre a envasar. Y míralos tú, ahora.
Muy despacio, porque requiere concentración y mente despejada, sigo leyendo La paradoja de la historia, de Nicola Chiaramonte, en la que habla de algo así como Filosofía de la Historia, basándose en cinco obras de ficción: La cartuja de Parma, de Stendhal, Guerra y paz, de Tolstoi,  Los Thibault, de Martin du Gard, varias de Malraux y, por último, Doctor Zhivago, de Pasternak. Es denso y muy interesante. Y en uno de los capítulos comenta el artículo de Simone Weil La Ilíada o el poema de la fuerza, en el que la pensadora francesa, el "único gran espíritu de nuestro tiempo", según Camus, habla, entre otras cosas, de la noción griega de geometría referida a la actitud, del rigor geométrico entendido como límite, como mesura o equilibrio, pero del comportamiento. Un concepto que se extendió por todo el mundo helénico pero que hemos perdido; que no sabemos ni llamar. Y ahora, dice Weil, "No somos geómetras más que ante la materia; los griegos lo fueron primero en el aprendizaje de la virtud". De nuevo, la condena de la hybris. A ella, que participó en la Guerra Civil y fue miembro de la Resistencia, a la que le tocó presenciar y vivir atrocidades en una época en la que no faltaron, me pregunto qué le parecería, aun así, nuestra desmesura crónica, lo de las patatas fritas, el histrionismo permanente de estos momentos, donde la diferencia en estupidez histérica entre los buenos y los malos a veces se pierde, de fina.

El domingo, a pesar de la mañana agradable y del mediodía con amigos, me resulta duro. Algo no está bien. A lo mejor soy yo. Hacía tiempo que no me entristecía así tener que irme. Por la tarde, cuando me despido de los niños, me cuesta aguantar la cara alegre mientras cierran la puerta, y las escaleras las bajo con un nudo en la garganta. Hacía tiempo. A lo mejor es enero. O a lo mejor es que ya me estoy cansando.

Vamos hacia la estación y anticipo el taburete de la barra, el suelo encharcado del baño, el trasbordo aún de noche y la gente durmiendo esa hora que les queda y luego corriendo por Chamartín para coger un cercanías o el metro. Llego al tren y esperamos hasta el último minuto, con esa sensación que no sé si es inquietud o pena. Y cuando se cierra la puerta, como cada final de semana, por la ventanilla veo a Marta de pie en el andén, sola, diciéndome adiós con la mano, siempre sonriéndome. Cada final de semana, haya pasado lo que haya pasado, mientras me voy, me sonríe. A veces, la geometría te la da otra persona.



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Joel

Joel


Galicia es, antes que cualquier otra cosa, agua. Hasta en un municipio del interior, lejos del mar, lo que te rodea es el agua. 



MURIÓ JOEL. Ayer fuimos al entierro.

Era el pequeño de los tíos de mi padre, el más joven de ocho hermanos, y fue el último. Cuatro años casi exactos después de Carmen. Ahora, es de suponer que tardaremos en ir a aquella ermita y a aquel cementerio. Lo malo es que también tardaremos en volver a la aldea, me temo. Porque, quién va a la aldea. Hasta las visitas de fin de semana son ya cosa de la generación pasada, de la primera que vivió en la ciudad. Como mis padres. Nosotros ya no vamos. Ni nos queda casi a quién ir a ver.

Como hace cuatro años, llovía. El Mandeo bajaba rápido, llenísimo. Y el bar-peluquería sigue sin recuperar aquel nombre que en su momento me dejó perplejo: Chopenhauer. Fuimos andando desde el coche como hay que ir a los entierros, con paraguas, que se chocaban y no nos dejaban acercarnos bien a saludar. Cómo estás, te preguntan, y se alegran por ti y te agradecen que te vaya bien. Tíos, primos, caras familiares pero vidas distantes, que sin embargo llevan nuestros apellidos, que nos son algo. Algo que, no se sabe bien por qué, tira. Las raíces, que están allí en el subconsciente, y que en cuanto se ven se reconocen y se agarran por debajo de nuestros pies, por debajo de la tierra.

En la iglesia, la familia tiene asientos reservados. Por grados de consanguinidad. Yo me quedo de pie, pero me cuesta, porque una señora del banco de atrás pretende dejarme su sitio: que yo soy familia y ella no. No baja de noventa años, pero tardo varios minutos en convencerla de que se deje estar. Me mira fijamente hasta que cede y se vuelve a sentar. Y yo me quedo a un lado, con el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos, sintiendo cómo la humedad helada de las losas comienza a subirme desde los pies, piernas arriba. Mientras, atiendo a la misa, del mismo cura que la anterior, de unos setenta y pico años, y por lo tanto bastante más joven que el monaguillo y las señoras del coro. Que mientras están calladas ya parecen mayores, pero en cuanto empiezan a cantar queda claro que es más que eso, que están agonizando y lo que oímos son sus lamentos desgarrados durante los últimos estertores. El monaguillo, que es más viejo que el sacerdote pero un chaval al lado de la que me quería dejar sentar, se agarra al altar, al atril y al cirio cada vez que sube o baja las escaleras, y yo sigo en tensión sus evoluciones. Lo que se agradece, como se agradece cualquier distracción, porque el sacerdote, en la homilía, aunque no diserta sobre teología y gramática como la última vez, decide adoptar un tono perfectamente monótono y no dejar de hablar hasta estar seguro de que absolutamente nadie le está atendiendo. Entonces, para.

Al salir, ya es noche cerrada.

A Joel lo llevamos entre varios, a pasos cortos por miedo a resbalar. Noche cerrada, como cuando mi padre volvía con él desde la carretera y se agarraba al faldón de su chaqueta para cruzar por el medio del monte hasta casa. Aupamos la caja hasta un andamio inestable con dos tablones, bajo un chaparrón, empapados, levantando los brazos, con el agua que goteaba de la madera bajándonos por dentro de las mangas del chaquetón. Luego quedamos de pie con el pelo mojado, mirando, recordándonos qué es lo que estamos metiendo allí. Al dueño del Ney y del Sil. Grande, fuerte, rubio, colorado, cazador, mandón, gritón y cariñoso.

Llueve sin parar, y solo se oyen el responso y el río. Allí está también Carmen, su hermana. Que era tan bajita que de pequeños nos asustaba cuando salía a saludarnos y se colocaba al lado del coche. Hacía freixós con un cubo y un palo, y una tortilla con tanto sabor que no parecía tortilla, y cogía brasas de la lareira con la mano y nos decía que sopláramos para verlas ponerse incandescentes sobre su palma. Qué importantes éramos para ellos. Qué injusto. Y ahora, cuarenta, treinta, veinte años después, estoy quieto junto a su tumba, incapaz de asimilar, como la humanidad desde que es humanidad, que ella pueda estar ahí dentro. O que todo lo que fue Joel pueda caber en ese nicho.

Más besos, apretones de manos, abrazos y propósito de vernos que no sea en algo así, de hacer por quedar. A lo mejor una comida... Y nos metemos en el coche. Y salimos de aquel valle y de aquella época. Como dice mi madre, todo eso pasó, ya: las vueltas de las fiestas por los caminos, la merienda alindando las vacas, jugar a las cartas detrás de la cocina, quedarse dormida en un banco de la lareira oyendo contar cuentos, el tío Enrique, el tío Pedro, Maruja.  O esperar por que llegase Carmen de la feria de Betanzos con el periódico, que apareciese andando al final del camino, pequeña y cargada
.
Todo eso pasó ya, pero algo nuestro queda allí. Algo que todavía nos ata. Una forma de hablar, un gesto con las manos. Paquita. Y una casa, una capilla y una chousa que da al Portorosa, sobre las que sigue cayendo la lluvia cuando no estamos.



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Un poco menos de drama

Un poco menos de drama


LA IMAGEN de una hilera doble de árboles flanqueando un río, siguiendo su curso por el medio de un campo, describiendo suaves eses como en un dibujo, no solo me parece bella, sino serena, llena de equilibrio y de calma. Está muy bien pensada. Me encantaría que desde la ventana de mi habitación se viese algo así.



A mí la naturaleza me gusta mucho. De lo que en ningún caso debe deducirse que sea aficionado al trekking, el rafting o el descenso de barrancos. En absoluto. De hecho, ni siquiera me gusta andar. Como mucho, paseo. A mí, cuando voy al monte o a la orilla del mar, lo que me apetece es llegar a un sitio bonito y sentarme a mirar. Me parece, además, una de las mejores maneras de pensar. Por eso, supongo, en las ocasiones en que he estado preocupado, cuando he tenido problemas de verdad, he caminado mucho, siempre por la ciudad y mirando al suelo más de lo normal. Tal vez lo hago precisamente para contener el pensamiento, para no dejar que se desboque.
Conozco a un hombre que pasea mucho así, siempre solo. Es inteligente y culto, y sé que buena persona, pero ha tenido mala suerte. Como tantos otros, pero en su caso de un modo muy chocante, porque todos sus obstáculos estaban dentro de él. Y ahora vive y pasea solo, y se le nota, porque está deseando hablar. Tiene opiniones sobre casi todo; y magníficas opiniones, además. Es sin duda alguien que merece la pena. Pero hay algo que le sobra, o que le falta.

La gente más interesante suele ser poco corriente, hasta el punto de resultar, a veces, rara. Al menos en aquello que los hace dignos de interés. No son como los demás, porque si lo fuesen lo serían en todo. Así que hay que aceptarles alguna otra rareza como parte del pack, como un precio a pagar. Compensa. Pero esa cara atípica, excepcional, original, sensible, consciente, lúcida, a menudo crítica y radical debe contar con otra complementaria, más convencional, más transigente o tolerante o conformista, que la normalice, que le permita convivir. Es necesario tener una parte más presentable, que nos valga para nuestras relaciones habituales, fácilmente integrable en la vida ordinaria, en la cotidianeidad de la comunidad: una cara social. Una faceta más relajada y, si es posible, capaz de reírse de aquella otra extraordinaria. Dejar, a ratos, la épica por la picaresca. Para así hacernos tratables y darnos esa dosis de frivolidad, de humor y supongo que de humildad que nos permite abandonar la tragedia y el drama vital.

Conviene no tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio, para mantener la cordura. Y para mantener una cantidad aceptable de amigos también cuerdos, imagino.

Cuando eso no ocurre, cuando nos falta esa versión más sencilla y amoldable, menos extrema y exigente, capaz de adaptarse el mínimo que los demás necesitan, la sociedad nos lo pone difícil. Y la sociedad no es un ente abstracto, sino un conocido que acelera el paso por la calle y hace que mira el móvil, los compañeros de oficina que nunca llaman o una novia que se cansó de serlo. Y entonces paseamos siempre solos. Porque ese modo ‘dilema existencial’ continuo, esa trascendencia sin pausa, cansan. Es lo que ahora se llama ser un intenso.

Cuando veo una hilera doble de árboles siguiendo el trazado de un río me dan ganas de ir a sentarme apoyado en el tronco de, por ejemplo, un abedul, a ver el agua pasar. Y de vez en cuando mirar para atrás y sorprenderme del contraste entre el frescor de la orilla y la llanura abierta.

Por cierto, el otro día mi hija me dijo que en estos artículos a veces me pongo un poquito intenso. Cría cuervos…



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19.1.20

Cicerón y Santa Claus

PASANDO A LIMPIO el futuro libro de mi padre sobre Cunqueiro, me entero de que una vez, en 1960, escribió una Crónica urgente para El Progreso en la que contaba que la primavera había llegado prematuramente, y que él lo había notado en su huerto, en el que habían florecido unas clavellinas





UNA CRÓNICA urgente, fíjense bien: eso resume por qué a algunos la obra de Álvaro Cunqueiro les parece frívola y a otros, en cambio, nos parece, además de maravillosa, importante y necesaria.
Hoy ha sido mi primer día en Madrid tras las Navidades, y en toda la jornada he consumido menos calorías que en cualquier desayuno, por ejemplo, de las vacaciones. Ha sido una locura incesante de comida y bebida. Que sé que es malo, pero también un placer. Y me gusta sobre todo como señal, como indicador y síntoma de nuestros días en Ferrol, en los que, si no quedábamos con familia o amigos, nos los encontrábamos por la calle. Por eso no se puede ir con los cascos puestos. Creo que alguna vez lo he intentado y en cada manzana de la calle Real tenía que quitármelos dos o tres veces. Aquí en Madrid, en cambio, son una buena compañía: las distancias son más largas y no hay prácticamente ninguna posibilidad de tener una charla inesperada. Claro que, tanto en uno como en otro sitio, los auriculares tienen una utilidad innegable: por fin puede uno ir hablando solo por la calle, tranquilamente, sin parecer un loco; incluso aunque gesticule. Solo hay que tener la precaución, si se nos acerca alguien a saludarnos, de fingir que nos despedimos y colgamos.
Precisamente, los Reyes Magos les han traído cascos inalámbricos a los niños. Además de un millón de cosas más. Lo cual afirmo sin remordimiento alguno, porque en casa somos de regalar desaforadamente. De Reyes y de regalar desaforadamente, sin la menor concesión a la mesura ni a la racionalidad. Por eso a mí los que son más de Papá Noel nunca… nunca me cayeron muy bien. Creerse que maximizar la utilidad tiene más peso que la ilusión de dejar lo mejor para el final, a mí siempre me pareció muy triste. Como si regalar o que te regalen fuesen cuestión de cálculos.

[El artículo continúa en el Táboa Redonda]

Querer quererse

https://www.galiciae.com/opinion/portorosa/querer-quererse/20191230223331071064.html


Extrapolando

https://www.galiciae.com/opinion/portorosa/extrapolando/20200107165647071457.html


El sol es subjetivo

https://www.galiciae.com/opinion/portorosa/el-sol-es-subjetivo/20191203173728069719.html