27.6.16

Táboa Redonda: Salinger


El lector que ríe


 

"Por muy de moda que esté la crítica revisionista y adoptar un aire cínico de estar de vuelta de todo, y por mucho que Diane Keaton, ante un indignado Allen, se ría en “Manhattan” de los sobrevalorados, nos gusta mitificar. Y nos gusta, creo yo, porque lo necesitamos. Necesitamos admirar, creer que existen personas excepcionales. Aunque sean otros.

Mitificar a Salinger es fácil. Le pasa lo que a Rulfo: escribieron una obra maestra y poco más, y su silencio alimentó la leyenda. Lo que no es nada fácil es hacerle una crítica. Pero acabo de leer sus “Nueve cuentos”, publicados dos años después de “El guardián entre el centeno”, y algo querría decir.

La sensación final es extraña. Y aunque no hubiese comprobado en internet que es probable que sufriese de algún tipo de trastorno psíquico, creo que salta a la vista: hay cuentos que no podría escribir alguien “normal”. Ni siquiera un escritor normal. Uno, “El período azul de Daumier-Smith”, tal vez sea uno de los relatos más extravagantes que he leído jamás. Cuesta imaginar qué puede tener alguien en la cabeza para escribir algo así.

Los dos más famosos, “Un día perfecto para el pez plátano” y “Para Esmé, con amor y sordidez”, me han parecido (mi desfachatez me sonroja) magníficos; sobre todo el primero, como un puñetazo. Pero creo que “El hombre que ríe” es, sin exagerar, uno de los mejores relatos que he leído en mi vida: por cómo, sin contarla, cuenta toda una historia de amor; por la descripción justa de los personajes, y por cómo llega casi sin palabras al fondo de lo que los hechos significan para ellos; y por el resumen de una edad personal y de una época histórica y cultural que ha acabado por formar parte de la nuestra, con su béisbol, sus autobuses, sus batidos y sus fielders, aunque no sepamos qué son. Y todo, en veinte páginas. Aun sin “El guardián…”, yo no tendría ningún reparo en mitificar a Salinger por esto.

Es cierto que no todas me han gustado tanto, pero entre estas nueve historias hay algunas que nos muestran lo que a veces puede llegar a ser la literatura de ficción: verdad."

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19.6.16

Táboa Redonda: me acuerdos


Hoy nos han puesto en b/n

 

Me acuerdos


Me acuerdo del día en que, con dos o tres años, enfadado, le dije a mi madre por primera y última vez que no la quería, en voz baja, mientras me iba de la sala. Creí que se iba a abrir el suelo y el mundo entero se iba a hundir.
Me acuerdo de la colcha a rayas anchas blancas y rosas. Y del póster de Daniel el Travieso de encima de mi cama.

Me acuerdo del platito metálico con que mi madre me tapaba el vaso de agua que me dejaba cuando estaba enfermo. Me acuerdo del dibujo que tenía.
Me acuerdo de mi padre de pie detrás de la puerta, jugando con nosotros al escondite en casa una tarde.

Me acuerdo de los pasos de mi abuela, cada vez más lentos y cada vez arrastrando más los pies, acercándose por el pasillo para abrirnos la puerta. Me acuerdo de su olor cuando nos daba un beso al arroparnos, y de que nos decía que estirásemos las piernas y nos las frotaba para calentarnos.
Me acuerdo de quedarme tumbado sobre unas redes en el muelle viejo de Vicedo, de pequeño, mirando el cielo. Y de cómo el olor no se iba en todo el día.

Me acuerdo de ir andando por aquel jardín en Madrid, al mediodía, en verano, pegado a las tuyas buscando unos centímetros de sombra y sofocándome con su olor verde.
Me acuerdo de aquel abrazo, por fin, y de cómo de repente todo el malestar valía la pena y desaparecía.

Me acuerdo de despertarme cada mañana sin poder creer que aquel sufrimiento fuese real y yo tuviese que vivir con él.
Me acuerdo de coger a mi hija en mis manos y asombrarme de que estuviese viva. Y de tanto miedo.

Me acuerdo de ver a mi hijo de pie solo por primera vez en la calle, y de tanta incertidumbre sobre cómo iba a ser todo.
Me acuerdo también de ti, desnuda en la playa, tirando piedras al agua y riéndote.

Georges Perec escribió en 1978 su libro “Je me souviens”, para el que se inspiró en el poema “I remember”, del norteamericano Joe Brainard. En él recogió 480 recuerdos. La idea es muy simple. Y, con independencia de que para los demás el resultado sea interesante o un tostón, el ejercicio de bucear, de remover y buscar hasta que aparece algo que importa, es muy bonito y muy revelador. Prueben, ya verán.

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12.6.16

Táboa Redonda: aturdirse


Aturdimiento

 En general, hacemos cosas, porque algo hay que hacer. Aturdirnos, decía un amigo: aturdirnos para no pensar demasiado.

Unas veces elegimos al tuntún: crossfit, un club de lectura, clases de Thermomix o el Camino de Santiago. Son cosas que no molestan a nadie, y su único defecto es que son poco consistentes, flores de un día. Y que salen caras, pues por poco que aguantemos siempre nos da tiempo a comprar el material necesario para practicar la actividad elegida a nivel profesional durante diez años. En otras ocasiones, las soluciones son dramáticas: drogas, videojuegos y otros paraísos artificiales, una relación sentimental sin futuro, la furia consumista, etc. Lo peor de ellas es que sí resisten, y acaban con uno. Y por último están las opciones con vocación social: un partido, una ONG, el ANPA del cole, los huertos urbanos, el activismo en Facebook, la defensa de la pesca de camarón a caballo en Flandes (existe) o cualquier otra causa de repente inaplazable. También requieren ser renovadas con frecuencia y, además, quienes las abrazan acostumbran a mostrar una tendencia al proselitismo que su entorno más cercano no suele compartir.
Y está bien. A veces conseguimos disfrutar de verdad, o descubrimos que teníamos un don para el collage con materiales reciclados.
Pero una cosa es tener tiempo que ocupar y otra, muy distinta, tener un vacío existencial que llenar.
La angustia existencial es, supongo, el problema de los que no tenemos problemas. De quienes, por lo demás, estamos bien. Pero, incompatible como es (doy fe) con las preocupaciones más tangibles, no es menos real que ellas cuando aprovecha un hueco libre y se instala con nosotros. Desde fuera puede llegar a proporcionar un toque distinguido: en cierto modo es un síntoma de inquietud, si está bien llevada da un aire romántico y, una vez, acabó convirtiéndose en “Las flores del mal”. Pero por dentro hace daño.

Por eso, a veces esas actividades asumen un papel que no les corresponde. Eso da un poco de pena. Te encuentras con un amigo a quien llevas tiempo sin ver, y te empieza a contar qué cosa más alucinante hace ahora mismo que, bueno, es increíble, una pasada, me encanta, ¿tú no lo haces? Y te explica cuánto le llena. Y tú te das cuenta de que eso no es un pasatiempo, es un clavo ardiendo. E insiste en que, de verdad, súper interesante, súper interesante. Y adivinas la ansiedad en su mirada, en la sonrisa tensa y en su entusiasmo desmedido. Y le dices que sí, que desde luego parece interesantísimo. Porque sabes que lo contrario sería como quitarle la venda de los ojos frente a la enorme llanura de su aburrimiento mortal; como empujarlo hasta el borde de su vacío vital y dejarlo caer.

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5.6.16

Táboa Redonda: Fracaso

Luego a lo mejor nos quedamos por el camino, pero, por lo menos, elegir bien el destino, o el faro, o la brújula, o qué sé yo qué otra metáfora.




Fracaso

Nada como no tener verdaderas dificultades económicas para permitirse despreciar el dinero. Pero saber eso no debería impedirnos ponerlo en su sitio, si no nos gusta dónde se ha instalado.
Adam Smith dijo que la gran masa de la humanidad estaba formada por admiradores y adoradores de la riqueza y la grandeza; y que esa disposición a admirar y casi a idolatrar a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde era la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales. Y lo pongo en pasado porque lo escribió en 1756, no porque las cosas hayan cambiado. Hace solo seis años, Tony Judt decía en su “Algo va mal” (Taurus) que “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material”, que se parece bastante.
Lo de la pirámide de Maslow todos lo tenemos claro: mientras lo básico no esté cubierto, que no nos vengan a hablar de realización. O, como dice un amigo mío, ninguna filosofía es más profunda que un plato de caldo. La legitimidad de ganarse la vida está fuera de cuestión. Es cuando se van subiendo peldaños cuando la disfunción comienza a notarse, al ver que la preocupación por lo material no solo no queda atrás sino que crece y crece. No se sustituye, solo se amplía. Seguramente porque el dinero se ha convertido en algo más; porque se ha convertido en la referencia universal, en la medida de todas las cosas. Quién no cree poder callar la boca a cualquiera enseñando una buena cuenta corriente. Quién no considera que el éxito económico demuestra que, al final, tenía razón en todo.
Y eso tiene varias y funestas consecuencias. Una, obvia, es la justificación social de la ilegalidad, todavía; pero menos evidentes y, por eso, quizá más dañinas son otras dos. La primera es aceptar, tanto legal como personalmente, comportamientos inadmisibles desde la ética, únicamente porque son económicamente lógicos, porque dan dinero: “Bueno, qué van a hacer, es su trabajo”. La otra es el modelo dominante a seguir, el planteamiento vital. Que es aun peor: padres que no tienen argumentos para hacer que sus hijos estudien, porque con un poco de suerte encontrarán alternativas más rentables, por ejemplo.
Pocas cosas nos definen tanto como nuestra idea de qué significa triunfar en la vida.
No conseguir lo que queríamos parece, así de entrada, malo. Pero hay un modo más tonto,  indigno y sutil de fracasar: elegir una meta miserable, poner nuestro empeño en alcanzarla y lograrlo.
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31.5.16

46

Hoy, que cumplo 46 años, la hoja del calendario dice:


La Estrella Polar dejó de ser visible al pasar la línea ecuatorial, cosa que atemorizó a la mayoría de los marineros. Los más veteranos aseguraron que era porque estaban en la parte de "abajo del mundo".
Edward Rosset, Los navegantes

Desde luego, el que no ve señales es porque no quiere.

Aunque siempre me queje, en realidad creo que no han estado mal, estos cuarenta y seis años. Así que, por una vez, en lugar de reprocharme algo, me voy a felicitar.


Besos y abrazos.





29.5.16

Táboa Redonda: volver a verse

Supongo que hablar con uno mismo es siempre, en parte, dialogar con el niño que fuimos. Pero cuánto daría por tener literalmente ese encuentro.


 

Cruzarme conmigo

 

Hace ya dos o tres años vi una serie policíaca de la BBC, “Life on Mars”, que antes de “The wire” habría calificado de sobresaliente, pero que ahora está marcada, como todas, por la inevitable e implacable comparación con la comedia humana del siglo XXI de David Simon.
En ella, y tras un accidente, el protagonista retrocede unos cuarenta años en el tiempo y regresa al Manchester de 1973; y ejerce, también allí, de policía. En aquel entonces él tenía cuatro años. Y hay un capítulo en el que, unos días después de haber conocido a su propia madre de joven, se cruza por la calle con él mismo, de niño, yendo de la mano de su padre a un partido de fútbol. Niño y adulto se quedan mirando el uno al otro durante unos segundos. El niño, confuso por el aire familiar de aquel extraño, y él, todo lo impresionado y conmocionado que cabe esperar.
Y yo, que mantengo una estrecha relación con mi yo infantil, me quedé pensando qué sentiría en esa situación, si me viese, si me encontrase conmigo de pequeño. Y creo que, entre todas las emociones, la sensación predominante sería la de tristeza.
Se me ocurren tres razones.
Por una parte, por la confrontación entre las expectativas de aquel niño que fui (de las expectativas que yo ahora pongo en él, mejor dicho), de sus posibilidades, de todo lo que podía ser, con la realidad actual, con lo que he conseguido, con lo que soy, con cómo estoy. Es verdad que siento que esas dos imágenes (porque imágenes son, las dos mías y las dos de ahora) se han reconciliado en gran parte en los últimos años, lo suficiente como para poder mirar atrás con tranquilidad y no del todo insatisfecho. Pero, aun así, está claro que hay muchas cosas que soy que no quería ser, y viceversa. Demasiadas, o demasiado importantes. Y me costaría confesárselas. Me costaría decepcionarlo.
Por otra, está rondando la muerte, claro. El niño que era yo me permite volver atrás, me da más tiempo. Incluso lo detiene. Aleja mi muerte. Pero al irse, al seguir andando sin mí, me vuelve a dejar aquí, avanzando inexorablemente.
Y, por último, porque me echo de menos. O echo de menos mi infancia, que creo que fueron mis años más felices. Y por supuesto que es una sensación subjetiva y en buena parte resultado de la idealización, pero es que la felicidad se mide así. Y me daría pena no poder estar más con él, conmigo, me daría pena verme y tener que dejarme, porque me gustaría hablarme, pasar tiempo conmigo, conocerme otra vez. Me caería muy bien. Me gustaría prestarme atención y hacerme caso. Y que yo mismo me recordase qué me importaba. Nunca nadie me habría escuchado igual.
Sí, me quedaría triste. Pero, aun así, cuánto me gustaría volver a verme.
 
* * *
 

22.5.16

Táboa Redonda: un poeta

Un cómic que habla de poesía.

 
 

Por ejemplo, este chaval

 
 
El miércoles, al salir de judo, mi hijo Carlos me dijo si íbamos al mercadillo de libros del colegio. Tenía cuatro euros y quería comprarnos libros a todos. Yo acabé con “A lus do candil”, de Fole, y él con una versión tipo Famosas Novelas (¡en cuántas conversaciones intelectuales he mantenido el tipo gracias a ellas!) de “Un yanqui en la corte del Rey Arturo”. Y para Paula elegimos un cómic publicado por la Xunta, un homenaje a Uxío Novoneyra el año en que le dedicaron el Día das Letras Galegas.

No leo poesía ni cómic. No lo hago a propósito, ni mucho menos presumo de ello, pero no los leo. Lo de la poesía responde a razones que no tengo claras, pero que tienen que ver con cierta sensación de no llegar a ningún lado, de quedarme como estaba; y es algo que me gustaría superar algún día. Lo del cómic es por un motivo tan objetivo como que se acaban demasiado rápido, y también porque no creo haber tenido suerte con lo poco que he probado (acepto recomendaciones). Pero el caso es que es así, y sin embargo allí estaba yo esa misma noche leyendo un cómic sobre un poeta: “Uxío Novoneyra: a voz herdada”, de Kike Benlloch y David Rubín.

Lo leí en quince minutos (insisto…). Y me gustó muchísimo.

En lugar de centrarse en Novoneyra, los autores crean un personaje, Celestino, en el que la obra del poeta del Courel ejerce cierta influencia, y al que sirve de referencia en ciertos momentos de su vida. De Uxío Novoneyra se habla, se cuentan cosas, pero es un personaje secundario; la historia es la de Celes. Y Celes es un chaval también de la montaña lucense, que va a estudiar a Santiago en los 70, que es espectador desde segunda fila de los acontecimientos de la época, que toma conciencia de su idioma, que va descubriendo la ciudad, el ambiente cultural, más tarde Madrid, otras amistades, va perdiendo a su familia, sufre por amor y por desamor, se divorcia, se va lejos, trata de recomponerlo todo y, en fin, ve cómo pasa su tiempo. Mientras, Uxío moría.

Hace unas semanas, en este suplemento, Antonio Costa nos explicaba en un artículo magnífico (“Querido Dostoyevski, enséñanos la idiotez”) cómo la literatura de ficción puede hacernos ver cosas que al ensayo y al documento se le escapan. Este cómic es un ejemplo perfecto. Porque al conocer a un lector todo queda mucho más claro, y porque qué mejor homenaje a un poeta que enseñar cómo su poesía acompaña una vida.

Cuando vemos al Celestino adolescente volver a su aldea y recitar versos en ese templo del bosque bajo las estrellas. Cuando vemos cómo esos versos lo inflaman en el despertar a algo nuevo que todos hemos pasado con desconcierto y alterados, y que a algunos les hizo querer irse a ver mundo, a otros, sentarse a escribir desgarradoramente, y a otros, a lo mejor, cantar delante del espejo del cuarto de baño. Cuando Celes nos cuenta que dejó a su primera novia, Sara de Antón, y que “aínda hoxe o lamenta”. O cuando deja claro que hay momentos en que ningún poeta puede consolarnos. Es entonces, desde tan cerca, cuando entendemos lo que puede significar la poesía.

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15.5.16

Táboa Redonda: no se queden ahí parados

No se aburran. Y no aburran.




Algo que contar


En la escena final de “Regreso al futuro”, Martin McFly se reencuentra con su novia, emocionado tras su aventura temporal. Para ella no ha ocurrido nada anormal, y le comenta que ni que llevasen una semana sin verse; y él le contesta que eso es exactamente lo que pasa. Entonces la abraza y, efectivamente, desde ese momento para ella nada es igual. 
De acuerdo, una referencia más actual: al comienzo de “Breaking Bad”, cuando la esposa del protagonista ni siquiera sabe que está enfermo, y mucho menos que ha robado en el laboratorio de su instituto y decidido cocinar metanfetamina, él llega a la cama, donde hasta ese momento la actividad sexual era francamente pobre y, por así decirlo, deprimentemente mecánica, y tiene una explosión de libido que a ella no le resulta ni mucho menos indiferente. Capítulos más tarde, las emociones que Walter sigue viviendo en secreto se traducen en un cambio de actitud de consecuencias muy notables sobre su vida marital. 
¿Y ustedes? ¿Qué emoción despiertan ustedes? Cuando llegan a casa, o quedan con su pareja o comen con sus hijos, ¿tienen algo que contar? 
No vean en esto una invitación a iniciarse en la senda del crimen. Ni siquiera una propuesta de viaje en el tiempo. Pero piensen cómo esas experiencias, vividas a solas, hicieron que sus protagonistas, de repente, tuvieran algo interesante que aportar. De hecho, los convirtieron en personas interesantes. 
Aunque lo de los hijos no es ninguna tontería (al fin y al cabo, a nadie le conviene añadir, a las dificultades inherentes a una relación con un adolescente, el hecho de ser un coñazo), centrémonos en la pareja, para bien o para mal la piedra angular de nuestra satisfacción diaria. Como nos queremos tanto, pasamos juntos todo el tiempo que podemos: vamos a los mismos sitios, hacemos las mismas cosas, hablamos con las mismas personas, vemos las mismas películas, leemos las mismas chorradas en Facebook y nos prestamos los libros. Y el resto del tiempo, trabajamos. Es decir, que o se dedica usted a algo apasionante, como investigador de asesinatos en serie, psiquiatra de asesinos en serie o asesino en serie, por ejemplo, o cuando acaba su jornada laboral todo lo que tiene que contar se mueve entre el cotilleo banal y la rutina soporífera. ¿Y espera que le hagan caso? ¿Que lo miren con arrobo y, al acabar, lo o la abracen con indisimulada admiración e irrefrenable deseo? 
Ofrezcan algo. Vayan ustedes solos ahí fuera, vivan un poco, sálganse del guion, mantengan el misterio, descubran algo para luego poder contarlo. Pero traten de ser interesantes, por el amor de Dios. Háganlo por sus seres queridos, por sus compañeros de oficina, por el camarero y, sobre todo, por ustedes mismos.

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8.5.16

Táboa Redonda: no somos tan listos

Vean "El Ala Oeste de la Casa Blanca".



O sea, ¿sabes?



Llevo meses viendo, intermitentemente, “El ala oeste de la Casa Blanca”, de Aaron Sorkin. Es una serie de hace ya unos quince años que cuenta el día a día del presidente de los EE.UU. y de sus más estrechos colaboradores, su gabinete. 
El argumento de cada capítulo a menudo es, en realidad, irrelevante: se discute de política y se toman decisiones de gobierno, pero no son más que excusas para mostrar a unos personajes magníficos que se plantean y resuelven dilemas morales mientras mantienen, como en cualquier trabajo de Sorkin, unos diálogos antológicos. 
Sin duda es, en buena parte, un ejercicio de autobombo por parte de la institución y del Partido Demócrata, y da motivos para tacharla de poco realista; empezando por que todos los protagonistas sean personas íntegras que solo pretenden hacer bien las cosas. Pero, para mí, lo más increíble es la que parece ser la marca de la casa del que ostenta el título oficioso de mejor guionista del mundo: que todos sean tan inteligentes. Y no solo ellos, sino prácticamente cualquiera de los que pasan por allí. Todo el mundo entiende todo, todo el mundo capta las segundas intenciones, todos adivinan de qué les van a hablar, están informados del tema, han pensado sobre ello y tienen una opinión bien meditada al respecto, que además exponen con precisión y pocas palabras, porque, entre ellos, sobran. Todo el mundo es, en fin, listísimo, y las conversaciones son tan eficientes y fluidas que el siguiente paso sería una reunión telepática de los sabios de la “Fundación”, de Asimov. 
Y sin embargo, en el mundo real no hay obstáculo más presente que nuestra incapacidad para entendernos. Entendernos literalmente. Es verdad que a veces discutimos porque discrepamos, pero es mucho más frecuente que lo hagamos porque no comprendemos. Y lo normal en casa, en la calle y en el trabajo es emplear nuestro tiempo y esfuerzo, y perder nuestro humor, tratando sin demasiado éxito de explicar lo que queremos decir. Luego, cuando se tienen las cosas claras, a lo mejor no se está de acuerdo, pero no sucede tanto como nos creemos; lo que de verdad ocurre es que casi nadie entiende nada, o lo entiende mal o a medias. Ni lo que dice él mismo, por supuesto. Y antes de poder hablar del fondo de cualquier cuestión ya nos hemos agotado y puesto de mala leche aclarándola una y otra vez. 
Aunque, quién sabe, tal vez sea preferible así. A lo mejor tanta clarividencia nos llevaría al hastío. Resultaría tan aburrido como sacar el móvil en las discusiones, que nos está dejando sin los “te lo digo yo” y los “no tienes ni puta idea” de toda la vida.





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2.5.16

Táboa Redonda: contra pensar mal

Tal vez sea una tontería por mi parte, pero no deja de sorprenderme lo mucho que sobre el modo de encarar ciertos aspectos de la vida se aprende leyendo a Virginia Woolf, y lo poco que, al final, parece que le valió a ella.



Virginia y los otros


 

Dice Virginia Woolf en sus Diarios (1925-1930): “Mi instinto enseguida levanta una barrera, que condena. Pero todo esto es un gran error. Estas barreras me aíslan. No pongas barreras, porque están hechas de nuestra propia cobertura”.
Cuando miramos alrededor, cuando nos preguntamos cómo estamos en el mundo, creo que una de las cosas más difíciles de asumir es, precisamente, cuántos de los muros que nos rodean los hemos levantado nosotros. Algunos, hace tiempo, cuando éramos pequeñitos, y puede que al crecer ya podamos mirar por encima. Otros, en cambio, los vamos reforzando con los años, recebándolos, añadiéndoles filas de ladrillos y poniéndoles encima trozos de botellas rotas. Y nos quedamos tras ellos e imaginamos lo que hay al otro lado, cada vez más deforme, cada vez más temible. Y vamos cerrando puertas creyéndonos más seguros. Sin comprender que no dejan entrar a nadie, pero tampoco salir, como sabía la intelectual de Bloomsbury.
Hay pocos aprendizajes tan útiles, para llevarnos algo mejor con nosotros mismos y con los demás, como comprender hasta qué punto todos estamos maniatados por nuestros propios límites. Lo siguiente es intentar que sean los menos posibles.
Ser padre me hizo ver de un modo totalmente diferente, por primera vez, el refrán “Piensa mal y acertarás”. Me resultaba evidente que aceptarlo sería como aconsejar a mis hijos construir una de esas barreras que no necesitaban tener.
¿Ustedes quieren enseñarles a sus hijos a pensar mal, a andarse con ojo y ser zorros viejos? Yo no. Yo quiero que se atrevan, que prueben, que vean su vida como una sucesión de oportunidades sin más techo que el que de verdad se encuentren tras haberlo intentado. Que no tengan miedo. Y que confíen, sí. No quiero que sean tontos y no aprendan de sus errores, claro, pero me gustaría que tuviesen el optimismo necesario para acercarse a los demás y a las cosas con la ilusión de sacar algo bueno de todo. Me gustaría que la suya fuese una vida rica, llena de experiencias y de personas que valgan la pena; y creo que eso no se puede lograr desde la mezquindad y el recelo.
Ojalá sean capaces de decidir qué cara le van a mostrar al mundo. No quiero que los peores, que los hay, les marquen el ritmo de la única vida que tienen, sino que lo marquen ellos y sea alegre y generoso (para empezar, con ellos mismos). Que luchen cuando tengan que luchar, y tengan la grandeza de espíritu suficiente para esperar sonriendo el resultado.
Espero que mis hijos conserven durante muchos años las ganas de vivir. Y me parece que enseñarles a pensar mal sería empezar a quitárselas.

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