13.5.10
12.5.10
11.5.10
Madre del amor hermoso
Llueve.
Contar que llueve sin caer en ningún tópico ni decir ninguna cursilería es una prueba que cualquier aspirante a escritor debería imponerse a sí mismo.
Llueve, como llovía en Madrid y en Castilla.
En Madrid abrí las ventanas. A pesar de la contaminación, siempre entra aire fresco y vuelvo de allí con la sensación de haber ventilado.
Madre del amor hermoso fue un sincero y merecido homenaje.
Escrito por
Portarosa
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- Observaciones y reflexiones desde una silla, Venturas y desventuras del señor de Portorosa
6.5.10
Relato: Vivo
[El taller propuso reescribir un cuento de Cortázar, La noche boca arriba. Así, con un listón inalcanzable y partiendo de la decepción asegurada, supongo que podíamos soltarnos.]
A los demás ya los habrían cogido. Él aún corría entre los árboles, de noche. Oía su propia respiración, las ramas rompiéndose y ruidos detrás de él, cada vez más cerca. Le faltaba el aire y sentía los latidos en las sienes. Y corría. Tropezando, arañándose, golpeándose la cara y las piernas y cayendo, corría.
Se paró. En la mano apretaba el cuchillo. Se agachó y escuchó. Se ahogaba en silencio.
- Oiga, oiga, amigo –abrió poco a poco los ojos y no vio la selva sino caras sobre él. Había alguien vestido de naranja, del 061- ¿Me oye? No se mueva, vamos a sacarlo. No se mueva, ¿eh? Tranquilo.
Por mirar a aquella cría por el retrovisor. Sabía que le iba a pasar algún día; que por quedarse mirando un culo iba a tener un accidente.
Le colocaron un collarín y lo levantaron un poco entre varios para meterle debajo una camilla, lo alzaron y fue con la vista perdida en el cielo azul, las nubes y los edificios hasta que lo metieron en una ambulancia. Alguien se sentó a su lado y cerró la puerta.
Con un sobresalto oyó un ruido, un paso. Los nudillos blancos alrededor de la empuñadura. Nada. Tenía miedo y habría querido gritar, pero se levantó despacio y en silencio, y continuó andando hasta que de nuevo comenzó a correr. Cada vez más rápido. Con un nudo en el estómago y los dientes apretados, tratando de orientarse, de desaparecer.
Corría llevado por el pánico y recordaba la pelea: los otros cayendo sobre la aldea, los gritos, las cabañas ardiendo, las mujeres y los niños tratando de escapar, su mujer y su hija corriendo a esconderse mientras él clavaba una y otra vez su puñal, enloquecido. Y luego huir, correr en cualquier dirección, llevárselos lejos de ellas.
Cayó y se golpeó la cabeza en una piedra.
Se despertó en Urgencias. Apenas podía mirar a los lados, pero a su alrededor vio más camillas ocupadas. Casi todas por viejos, viejos en bata de casa con cara de muertos, ya, acompañados con hijas tristes, despeinadas y tosiendo.
Tenía un fluorescente justo sobre él, y se quedó mirándolo. Qué era esa selva. Le lloraba un ojo y quiso secárselo, pero al intentar mover el brazo sintió un dolor que no esperaba, agudo, y no pudo. Se quedó quieto y por primera vez se preocupó. Trató de decir algo, de avisar de que estaba despierto, pero solo le salió un gemido. Y siguió mirando la luz del techo. No notaba más que el dolor en el brazo.
Volvió en sí y se dio cuenta de que sus perseguidores estaban muy cerca de él. No lo habían visto, y no se movió. Ya no lo oían y daban vueltas confusos, buscando su rastro. Le dolía la herida en la frente; con la mano más próxima se la tocó y notó la sangre. Cogió el puñal de su lado y esperó quieto hasta que oyó que los pasos se alejaban, y entonces, como un jaguar, se puso en pie, escuchó y empezó a andar en silencio. En silencio. Pero la vista se le nubló y notó que vacilaba, y por un momento no supo dónde estaba. Y vio unas paredes blancas. Uno de los hombres gritó. Y él, alerta otra vez, echó a correr. Rápido, todo lo rápido que podía, sin cuidado ya. Corría. Corría, y las espinas se le clavaban y los árboles le azotaban, pero no paraba.
Llegó a un precipicio, y abajo vio la playa. Y el mar. Entonces oyó el zumbido de la honda, y antes de poder reaccionar caía barranco abajo.
- Carlos, ¡Carlos! –movían la camilla; no había precipicio alguno- ¡Despierta! Mire, es que no despierta… ¡Carlos!
- Hola –murmuró.
- Ay, hombre, por qué no contestas. ¿Qué te pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Pero cómo fue?
Trató de decir que no sabía, que no se acordaba de nada, aunque sí, pero no era capaz. Y quería decir que no con la cabeza, pero tampoco podía. Miró el fluorescente. Era viernes.
- ¿Pero cómo pudiste chocar? –se asomaba ahora ella sobre él. Recordó que volvía a casa de la oficina- Desde luego, ¿tú te crees? Dicen que te diste tú solo.
Al día siguiente iban a visitar a unos amigos. El domingo tenían una comida familiar. Esa tarde la había pasado en una reunión de trabajo.
- ¿Se puede saber qué hacías? –se echó a llorar- ¿Y ahora el coche, qué? ¿Y qué voy a hacer? ¿Eh, qué?
Miró el fluorescente.
Lo despertaron las voces de los otros y vio la luna sobre él. Apoyó las manos en la arena e intentó ponerse de pie. Se quedó de rodillas. No veía el cuchillo. Habían llegado abajo y ya corrían por la playa hacia él. Consiguió levantarse, dio unos pasos y volvió a caer. Tocó algo: el cuchillo. Lo agarró y comenzó a andar hacia el agua, dando traspiés. Oía los pasos, que se le acercaban. Maldecían anticipando la venganza por los muertos y por aquella noche. Llegó a la orilla y pensó que se desmayaba.
- Tome, beba algo.
- A ver, Carlos, por favor…
Notó el agua en los pies y se acordó de un niño desnudo de la mano de su madre. Y vio a su mujer y a su hija riendo en las olas.
Estaban llegando junto a él. Se mareaba, y estuvo a punto de caer. Y volvió a verse en aquel lugar incomprensible. Y se vio sentado junto a una mujer que no sonreía, y cada día solo entre extraños, atemorizado. Y vio muchos días de desgana.
Y entonces se agachó, se mojó la cara, se puso en pie, agarró con fuerza el puñal y con un grito se lanzó de frente contra sus enemigos.
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Portarosa
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28.4.10
Necesidad
En la costa de Lugo, en una casa aislada y vieja junto a una carretera secundaria, vive Benigno, solo.
Tiene casi sesenta años y hace mucho tiempo empezó a vestirse de mujer cada vez que salía al exterior, cada vez que iba al patio, que salía a darle de comer a las gallinas, a la huerta o a no hacer nada, a sentarse allí. Se vestía de señora de aldea, con vestido negro, botas negras, mandil a cuadros grises y una peluca de pelo gris recogido en un moño. Él es grande y fuerte, y hacía una mujer bastante llamativa.
Nunca sale de otra forma, y si alguna vez alguien se acerca a su casa jamás se deja ver como hombre. Ningún vecino lo conoce, y todos creen que es lo que parece. Y él siempre tiene mucho cuidado de no cometer fallos.
Pero un día de abril, ya tarde, tuvo que ir a la bodega a por un cuchillo y, pensando que a esas horas nadie pasaría por allí y que era solo ir y volver, salió sin cambiarse. En ese momento un coche apareció por la curva. Dudó, se quedó parado en medio del patio, a mitad de camino entre la casa y la bodega, y no tuvo tiempo de esconderse.
El coche pasó y él se quedó mirando. El sol poniéndose se reflejaba en los cristales y no pudo ver nada del interior; ni quién iba ni qué hacían.
El coche desapareció en la siguiente curva.
Benigno se quedó quieto con la vista fija en la carretera. Estuvo así un rato. Luego volvió a casa y se sentó en la cocina.
En varias horas no se movió.
Lo peor fue que aunque lo hubiesen visto les habría dado igual. Lo peor fue comprobar que su secreto, que ya no lo podía seguir siendo, y que lo dejaba vacío y perdido, no le importaba nada a nadie.
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Portarosa
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22.4.10
El Bremen en El ladrón de tinta
El Ladrón de Tinta, a pesar de su nombre, es un restaurante. Y un restaurante que está en pleno centro de la Meseta, concretamente en el número 2 de la calle Noviciado, de Madrid.
Y allí, mañana viernes 23 de abril, a las ocho de la tarde, la tripulación (la física, no la virtual) del Bremen irá a conmemorar la muerte de William y el sepelio de Miguel. Así son ellos.
La celebración consistirá en un concurso in situ de microrrelatos. Microrrelatos susceptibles de ser leídos allí mismo, y susceptibles de ser premiados nada más y nada menos que con un ejemplar de "Camarote 503. 16 historias desde el Bremen" y una sincera invitación a asistir, allá en el sótano de un bar de Malasaña, a una de las reuniones quincenales del taller.
Si están cerca, yo de ustedes no me lo perdería.
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- Taller
20.4.10
14.4.10
La última niña de entonces
Ayer me encontré con una persona que no me veía desde hacía unos treinta años. Desde el colegio, desde 5º o 6º de EGB. Me acerqué a ella en la calle y me planté delante hasta que la hice parar; se me quedó mirando, pasaron un par de segundos y al fin, y para mi alegría, me reconoció.
Y sustituí, en su cabeza, al niño que seguía siendo para ella.
Y yo, viéndola a ella ahora, me pregunto cuánta gente me habré perdido por no saber mirar. Y me seguiré perdiendo.
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8.4.10
1.4.10
No acaba de llegar la primavera
No llega. Todavía hace frío, y todavía llueve.
Y es una maravilla.
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- Blogosfera, Hijos, Paisajes




