19.7.17

Táboa Redonda: Unos gatos o un maniquí

[El artículo en el suplemento]


Unos gatos o un maniquí


LAS SIETE y media de la mañana. Veo a la señora que da de comer a los gatos subir la cuesta de mi calle, con una bolsa en la mano y tirando del carro de la compra con la otra. Ya ha hecho la limpieza. A las ocho y media tendrá todo listo y al volver la veré aburrida en la ventana. En el callejón, uno de esos gatos come de un cuenquito de papel albal.

Es viernes por la tarde. En una calle un chico de instituto, grande, gordo, con un jersey apretado de pico, con gafas y espinillas, le habla atropelladamente a una chica rubia, guapa, llamativa y arreglada, medio girada y con todo su cuerpo afirmando que quiere irse. Deben de ser compañeros de clase. Él lleva una carpeta. A ella la acompaña otro tío, cachas, guapo y vestido a la moda, que mira ostensiblemente hacia otro lado. Cuando la pareja ya se va el chico grandote se les queda mirando un rato y les grita, con una sonrisa, "Y buen fin de semana, ¿eh?". Ella pone cara de, o sea, qué quiere ahora este, se gira y pregunta "¿Cómo?". "Que buen fin de semana, digo...", repite él, sonriendo aún más y saludando con la mano. Y se marcha nervioso pero contento, sin llegar a ver la mueca de repelús con que ella le deja las cosas claras a su chico y al resto del mundo.

En la mesa de la ventana una pareja pide dos cafés y una docena de churros. Él bromea. De sesenta y bastantes, tiene manos de trabajador, se peina para atrás desde hace pocos años y lleva una camiseta negra ajustada que pone FG October Original City. Ella tiene la misma edad, viste como visten en un sitio pequeño las señoras y apenas habla. Y no sonríe. Hasta que al cabo de un rato él también deja de hacerlo y se queda callado mirando por la ventana. De vez en cuando vuelve a intentarlo, pero nada. No se da cuenta de que, cuando no está atento, ella lo mira de reojo y por un instante suaviza el gesto. Se ha puesto unos pendientes largos y un foulard que nunca había estrenado, pero cuando se levantan para irse, mientras él paga, se ve en el espejo de detrás de la barra y se avergüenza.

En una calle peatonal de Lugo, un hombre de 59 años que solo tuvo novia una vez durante unos meses, cuando acabó el bachillerato, aminora el paso delante de un escaparate y le mira las tetas a un maniquí que lleva una camiseta ajustada.

* * *


2.7.17

Táboa Redonda: La toalla de Cheever


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 2 de julio de 2017



La toalla de Cheever




 “Anoche, al doblar la toalla de manera que se viera la inicial bordada, me pregunté qué hacía yo allí”, dice John Cheever en sus “Diarios”, sembrados del doloroso desánimo de quien fue un desdichado.

Leo otra vez a Cheever. Estoy con la que fue su primera novela, “Crónica de los Wapshot”, y nada más empezar vuelvo a comprobar cuánto me gusta. “Bajo una penetrante lluvia otoñal, en un mundo muy cambiante, la plaza de Saint Botolphs daba una impresión de insólita permanencia”: eso es construir algo real en una sola frase.

Sus relatos son extraordinarios. A la altura de los mejores cuentistas norteamericanos –Carver, Salter-, porque de hecho es uno de ellos. Tiene –como debería tener cualquier cuentista- la capacidad de contar mucho con pocas palabras. Nos deja ver el momento justo de alguien, de unas vidas, para comprenderlas en toda su complejidad (nunca, nunca simplificando, nunca esquematizando, recuerden a Roth). Y sus novelas lo mismo, pero abriendo un poco el objetivo y alargando el tiempo de exposición.

Yo lo relaciono con Edward Hopper. Cheever habla del ambiente de Nueva Inglaterra, y Hopper lo pinta en muchos de sus cuadros. Y ambos nos muestran una clase media, puede que inexistente en otros lugares de Estados Unidos, pero que allí es o era real y presenta o presentaba unas características que a mí me asombran: son clase media (no alta, no media-alta), viven en el campo y tienen barcos, y navegan, y resulta que hay gente que paga su pasaje y unos bocadillos para ir a ver la puesta de sol, y son los años 30;  y organizan cenas para las que van a otros pueblos a comprar a tiendas especializadas (las cuales, por tanto, existen); y la música popular que escuchan son obras maestras del swing o del bebop, tocadas por big bands míticas. Y son clase media, insisto. Me pregunto si en algún sitio de la costa catalana o la vasca hubo entonces aquí algo comparable. Porque a mí me parece ciencia-ficción.

Una reunión familiar en el viejo jardín: “Una nube pasa ante el sol poniente, oscureciendo el valle, y ellos experimentan una honda y momentánea inquietud, como si intuyeran de qué modo puede caer la oscuridad sobre los continentes del espíritu. El viento refresca, y entonces todos se animan, como si eso les recordara su capacidad de recuperación”. Ante algo así, a uno no le queda sino contentarse con leer. Desde luego, no puede escribir, porque sabe que nunca llegará tan al fondo, ni será tan esencial, tan incisivo y tan pertinente; y menos con esa naturalidad. Así que únicamente leer y, tal vez, consolarse porque al doblar la toalla del baño la sensación es mejor.

* * *



28.6.17

En un libro

Aunque difícilmente podría haber sido de un modo más modesto, lo cierto es que ya puedo decir que me han publicado un relato; que ya aparece algo mío en un libro.

Hace un mes y pico mandé un texto a un certamen de micro relatos organizado por una asociación cultural del pueblo vecino, Patio de Butacas. El tema era la emigración y el Atlántico; algo en lo que es fácil pensar para cualquier gallego.

Y he aquí que me seleccionaron. No había premio ni ganador, pero sí seleccionaban y publicaban a unos cuantos, en un librito muy cuidado titulado "Verbas migradas". Y no solo eso, sino que, junto al mío, publicaron también el relato de mi padre. Qué cosas: se puede decir que los dos hemos visto media cumplida nuestra ilusión común a la vez.

El día de la presentación salí a leerlo, y me encantó la experiencia. Y al volver a mi silla me encontré a mi hijo Carlos llorando desconsoladamente; lo cual supongo que, entre otras cosas, quiere decir que el texto logra su propósito.

Era este:


Los edificios de enfrente



"Mi tío Camilo murió con casi ochenta años en Buenos Aires, a donde había emigrado cuando tenía poco más de treinta. Murió en 1998, y coincidió que yo estuve en Argentina por un viaje de trabajo y pude ir a verlo a la unidad de paliativos del hospital Tornú. Tenía un cáncer de hígado y sabíamos que ya no saldría de allí.
Nunca estamos preparados para ver enfermo a alguien querido. Y menos si han pasado veinte años. De Camilo, mi padre me contaba cómo remaba, cómo amarraba el bote y cómo subía las escaleras de casa de mis abuelos con un hermano pequeño sentado en cada mano, agarrados a sus brazos. Y ahora lo encontraba allí perdido en medio de aquella cama grande. Solo las manos seguían igual. Las tenía apoyadas sobre la sábana blanca, morenas, con sus dedos anchos y cuadrados de pescador; pero detrás ya no estaban sus brazos, ni su cuerpo, ni su cara. En la habitación estaban mis dos primos mayores. Cuando entré quiso sonreír.
- Hombre, Fernandito.
¿Vamos a pescar?, me había dicho por teléfono un par de días antes, cuando le avisé de que iba. Con los años, Camilo volvió un par de veces a su pueblo, a Vicedo, y en una de ellas salí con él en la lancha. Yo todavía era un niño. Me despertó temprano, desayunamos una taza de leche con pan y colacao y bajamos al muelle. Todo -meterme descalzo en el agua fría, colocar los remos en los toletes, el crujido de los estrobos secos, los gritos de las gaviotas y hasta el ruido del motor- era extraordinario y de otro mundo: el suyo.
- Qué, ¿cómo vas?
- Bueno...
Le cogí la mano y me senté al borde de la cama, y así estuvimos charlando un rato.
- ¿Te acuerdas de cuando me llevaste a pescar?
- Acuerdo, acuerdo –y sonrió de verdad por primera vez. Se quedó un rato callado. Me apretaba la mano. - Qué más quisiera yo que salir en la lancha.
- Hasta la Estaca.
- Ay, iba a ser mucho. Pero algo… -le cambió la cara-  O si pudiera bajar al muelle otra vez.
Miró hacia la ventana.
- Aunque solo fuera salir al balcón y ver la ría.
Fuera se veían los tejados de los edificios de enfrente."

* * *

25.6.17

Táboa Redonda: Hacia dónde conducimos


Publicado (con un ligero lapsus en el título) en el suplemento Táboa Redonda el domingo 25 de junio de 2017


Hacia dónde conducimos



"El domingo pasado, cuando volvía a casa, vi el cielo naranja detrás de un monte y conduje hacia allí, hasta las playas. Pero llegué tarde, el sol ya se había puesto. Aun así, todavía había mucha luz sobre el mar y la espuma de las olas brillaba sobre un azul que se iba haciendo más oscuro poco a poco.

Para valorar algo, para evaluarlo, aun subjetivamente, lo primero que debemos saber es cómo tendría que ser para parecernos bueno. Para valorar nuestra vida, lo mismo. A un amigo, en un prestigioso máster allende los mares un profesor le hizo imaginar paso a paso, durante media hora y con los ojos cerrados, cómo sería su día ideal. Les iba haciendo preguntas: a qué hora se levantarían, dónde y con quién; qué harían a continuación, si saldrían de casa o no, y a qué; cómo pasarían el día, si trabajarían, en qué y para qué; con quién comerían, cuánto trabajarían por la tarde, a qué casa querrían volver y a quién les gustaría encontrarse esperándolos, etc. Y a continuación les dijo: “Pues bien, ustedes, cada vez que tomen una decisión importante, tienen que pensar si eso los acerca o los aleja de esa vida”.

A lo mejor el planteamiento les parece discutible, poco realista, incluso válido solo para privilegiados. Tal vez lo sea. Pero piénsenlo de un modo más genérico: qué buscan en la vida. ¿Lo saben? Y, si no es así, ¿cómo esperan conseguirlo?

Todos damos palos de ciego en algún momento. En ocasiones es evidente; otras, no tanto, y nos dejamos arrastrar, desoyendo un proverbio mongol que dice “No confundas, jinete, el galopar de tu caballo con los latidos de tu propio corazón”. Me encanta: tomamos por deseos genuinos lo que no son más que destellos, espejismos o la corriente.

Hoy volví a ver el cielo naranja tras los montes y volví a conducir hacia ellos. Fui por un camino distinto y pasé junto a unos campos en los que hace años les hice una foto a mis hijos. Le tengo mucho cariño: están los dos de pie en la hierba, cogidos de la mano; Paula, con cinco años, lleva una trenca marrón y una boina de lana y mira seria a la cámara, y Carlos, con dos, tiene una trenca azul marino, sonríe mirando al suelo y lleva de la mano a su oveja de peluche. Pero es una foto que me angustia terriblemente, porque en aquel entonces estaba muerto de miedo. No sabía qué iba a ser de nosotros. No sabía cómo iba a ser mi vida con mis hijos.

Volví a llegar tarde: el sol ya se había puesto. Me quedé un rato de pie en las dunas, mirando las nubes grises del horizonte, sin saber si estaba bien o mal. No dejo de dudar, y a menudo pienso que sigo sin saber lo que quiero. Pero hay un miedo que ya no tengo, y eso lo cambia absolutamente todo."

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18.6.17

Táboa Redonda: Prescindibles

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 18 de junio de 2017


Prescindibles


"El domingo por la mañana, varios amigos asistieron a… algo. Algo que les pareció muy bien: una propuesta muy interesante.

Dichosos quienes tienen la fortuna de vivir una época y en un lugar donde hay tiempo, interés y recursos para el arte y la cultura. Incluso aunque a lo largo de la historia esas etapas hayan sido, a menudo, la antesala de ser invadidos por civilizaciones en un estadio anterior, guerreras, que jugaban con la ventaja de no valorar todavía demasiado la propia vida. Loados, en cualquier caso, quienes sucumbieron a causa de su refinamiento.

Además, yo supongo que, siempre, quienes han nadado en el caldo de cultivo que propicia el Arte, la Cultura y la Ciencia han tenido que ir apartando tablones y bolsas de plástico. Que tampoco en la Atenas de Pericles y la Florencia de los Medici debía de ser fácil separar el grano de la paja. Pero el caso es que yo estoy llegando a un punto en que si alguien me sugiere acudir a presenciar, visitar, ver, leer, escuchar, oler, palpar o degustar una propuesta muy interesante salgo huyendo.

Porque yo creo que no hay tanto talento.

Lo que hay es una demanda enorme y bastante cuestionable de arte, cultura, nuevas experiencias y entretenimiento. Y, como consecuencia, una no menos enorme oferta, bastante cuestionable también. Porque, por mucha creatividad que nos rodee, por mucha imaginación e ingenio que tengamos, no hay tanto. No hay artistas para tanto arte. Es imposible.

Y la consecuencia es que acabamos rodeados de un exceso de representaciones, conciertos y performances que demasiado a menudo no merecen la pena, sobrevaloradísimos, que no justifican ya no solo el dinero de la entrada sino el tiempo que consumen. Y esto incluye la literatura, por supuesto, empezando por las legiones enteras de columnistas de gatillo fácil que cada semana tenemos algo que decir. Por no hablar del mundo de los espectáculos infantiles, donde directamente parece no existir umbral mínimo. Propuestas interesantísimas, trajes nuevos del emperador por todos lados. Y nosotros leyendo las explicaciones de los cuadros del CGAC con expresión sesuda, por si hay cámara oculta.

De toda esta maraña, por decantación, sin duda saldrá verdadero arte, sublime o crudo, que nos enseñará algo sobre nuestra vida. Sin duda. Pero mientras, qué exceso de prescindibilidad tenemos que soportar."

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11.6.17

Táboa Redonda: La fiebre no es una enfermedad

Es un poco penoso tener que explicarlo, pero lo cierto es que no estoy muy seguro de si se entiende que al final del artículo me refiero al terrorismo.

Publicado en el Táboa Redonda del domingo 11 de junio de 2017


La fiebre no es una enfermedad




"Vuelvo a hablar de Sorkin, Aaron Sorkin, el mejor guionista del mundo. Solo el final de “El Ala Oeste” me dejó más huérfano que el final de “The wire”, y para superarlo acabo de ver otra genialidad: “The Newsroom”. Pero también la he acabado, y he tenido que volver al Ala Oeste, porque no encuentro nada a su altura. Aunque otra serie suya, “Studio 60 on the Sunset Strip”, promete.

Las series de Sorkin tienen dos características comunes: todos sus personajes son inteligentísimos (como ya he dicho aquí antes) y sus argumentos son la excusa para plantear continuos problemas éticos que ellos, lógicamente, no solo inteligentes sino decentes y dotados de fe en la Humanidad, deben afrontar y afrontan bien. Ah, no, y tienen otra característica más: le hacen sentir a uno que su vida (al menos su vida profesional; claro que las profesiones de sus películas ocupan las vidas enteras de sus personajes) es una completa medianía...

Pero inspiran. A lo mejor es que soy ingenuo, como me dijeron en mi defensa de tesis (yo me defendí diciendo que era idealista, que no era lo mismo: era consciente de las dificultades pero creía que se podían superar), pero cuando acabo cada capítulo me dan ganas de salir a arreglar el mundo.

Y permítanme que de este modo tan frívolo me acerque al tema que, lógicamente, me estremece estos días. Y ya va haciendo demasiado tiempo que es así. Tanto que el miedo inmediato va dejando sitio a un miedo a largo plazo en realidad más preocupante.

Frívolo, tal vez, pero no tan tonto como para pretender decir en estas líneas algo que aporte algo. Como mucho, dos cosas que serían de Perogrullo si entre nosotros hubiese algo que lo fuese, si hubiese algún tema, por obvio que parezca, que no atesore su cuota de discrepancia. Y esas dos cosas tienen que ver con el horizonte temporal de nuestro temor, pues una llama a la defensa urgente y la otra a acabar con las causas. Una es un problema de seguridad, un problema de violencia material contra el que protegerse materialmente; y la otra es el fondo de la cuestión, lo que la hace posible, lo que la alimenta, lo que hace que la locura parezca no tener fin, y contra la que poco o nada puede hacer la fuerza.

Nunca nada nos salvará de un loco dispuesto a todo. Y siempre habrá alguno. Como siempre lo ha habido. El problema es que ahora esa locura es un síntoma claro (por mucha manipulación que haya detrás, por muy espurios que sean los discursos que la legitiman) de otra enfermedad mucho mayor.

Cuando ustedes tienen fiebre no se limitan a tomar algo para bajarla, aunque eso sea siempre lo primero en atajar: al mismo tiempo, localizan su origen y luchan contra el mal que la provoca. Pónganle ustedes nombre a ese mal; el enfermo es el mundo."

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4.6.17

Táboa Redonda: El salvaje infierno


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 4 de junio de 2017


El salvaje infierno




"Cada vez soporto menos la violencia, incluso cuando es ficción. Desde que fui padre, dejé de ver películas donde hubiese sufrimiento infantil de cualquier tipo, porque no lo puedo aguantar (recuerdo parar de ver una película danesa, a quince minutos del final, llorando desconsoladamente por un ataque de empatía); pero no es solo eso: parece como si cualquier situación de dolor y, sobre todo, cualquier muestra de crueldad, me superara.

Por eso, a pesar de la entusiasta recomendación de un amigo, dudé si comprar o no “Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy. La sinopsis prometía precisamente sufrimiento y crueldad, y el recuerdo de “La carretera” no permitía esperar demasiadas concesiones, ya no al optimismo, sino a la esperanza de cualquier tipo. Pero al final lo hice, y eso que el hecho de que, nada más empezar, alguien le intente sacar a otro un ojo con el pulgar estuvo a punto de hacerme desistir. Y la acabo de terminar. Y me alegro. Oh, sí, me alegro.

McCarthy describe un mundo salvaje. El salvaje Oeste, donde lo que ocurre no es que se rompa de un botellazo el espejo del saloon, que un borracho atraviese una ventana de un puñetazo o que dos vaqueros se separen lentamente de la barra para un duelo. Donde lo que ocurre es que se mata por la espalda por mirar mal, se degüella, se violan niños y, por supuesto, cualquier mujer, donde se cuelga a la gente de una rama atravesándoles el tendón de Aquiles, donde se arrancan orejas y se hacen collares con ellas, donde se trenzan cuerdas con piel humana, donde se cortan todas las cabelleras (blancas o rojas), donde los apaches son un pueblo mentalmente paleolítico y, en fin, donde los bebés indios se matan asiéndolos por los pies y golpeándolos contra las rocas. De eso se habla. De un mundo donde no hay ningún refugio donde guarecerse. De un mundo sin ley, si esta expresión diese una idea aproximada del grado de barbarie, de brutalidad, de indefensión absoluta, de desvalimiento, de terror que lo domina.

Y, sin embargo, no solo es una lectura soportable sino una novela excepcional. Describe incesantemente el mismo monótono paisaje (después de este libro y de “Breaking bad”, tendría que estar loco para pisar Nuevo México voluntariamente) sin dejar de ofrecer nuevas imágenes, utilizando un lenguaje asfixiante pero sugerente, casi hipnótico, y tan intrincado que, al final, el que me dio más pena de todos fue Luis Murillo, el traductor. Y describe a unos individuos tan inauditos, extremos, desamparados y enloquecidos como cabría esperar encontrar en el infierno."

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29.5.17

Táboa Redonda: Con tilde en la i


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 28 de mayo de 2017


Con tilde en la i




"El portal huele a humedad y a viejo. Subo las escaleras a oscuras, paso el entresuelo y llego al primer piso. Empujo y entro. El suelo es de terrazo, distinto en el pasillo y en las habitaciones, y las paredes están empapeladas en blanco. A mis espaldas, un armario de capitoné granate. De una habitación sale una señora vestida con una chaqueta de punto roja y me pregunta qué quiero. Le doy lo que llevo y desaparece. Espero de pie. Hay láminas de grandes éxitos de la pintura salpicadas aquí y allá, todas excesivamente pequeñas, y en los desgarrones del papel se ve una pared marrón oscuro. Miro a los techos y me encuentro con fluorescentes de dos tipos, algunos de ellos sin varios tornillos y con la sucia carcasa medio descolgada. Los interruptores son también de los años sesenta. Las puertas de contrachapado blanco tienen el hueco del pestillo tapado con cinta aislante negra para que no se puedan cerrar. El mobiliario es viejo y el material de trabajo está almacenado en unas estanterías metálicas oxidadas que ocupan todo el piso, incluida la cocina. El cuarto del jefe es diferente: tiene muebles antiguos, estilo Remordimiento, como dice una amiga, y su suelo es el único de madera, pero gastado, sucio y descolorido. Pasa por mi lado, trajeado: es más joven que todas las mujeres que trabajan para él. Espero una media hora, durante la cual la de la chaqueta roja viene varias veces, me dice que me siente y me hace alguna pregunta. A mi lado tengo una placa eléctrica que o no funciona o está apagada, y sigo con el abrigo puesto. Oigo susurros de otros clientes en otras habitaciones: cuántas escenas de miseria habrán cobijado aquellos muros, y cuántas ruindades y secretos inconfesables de personas que me cruzo cada día por la calle conocerán esas mujeres. Al fin vuelve la señora de rojo a rematar la faena. La veo manipular su herramienta de trabajo con una lentitud y una inseguridad incomprensibles, dada la experiencia que debe de tener. Pago. Me ha dicho el precio en pesetas y después lo ha pasado a euros con una calculadora, y luego ha redondeado. Para la fama que tienen, no me parece caro. Al salir a la calle, como retornado de un viaje al pasado, me cuesta creer que en ese primer piso en el que nunca había reparado se oculte aquel antro. Parece mentira que las oficinas más cutres que he visto en mi vida hayan sido las de una notaría."

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21.5.17

Táboa Redonda: Bloomsbury y Lugo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 21 de mayo de 2017


Bloomsbury y Lugo




"El fin de semana comenzó con la entrega de un premio a mi hija Paula por un microrrelato. En el acto, chavales y, sobre todo, chavalas leyeron sus textos: la adolescencia es siempre puro sturm und drang, da igual la época.

Acabamos de ver una miniserie de tres capítulos, una de esas series inglesas de la BBC donde siempre repite algún actor pero son tan buenos que no importa. Se titula “Life in squares” y trata, más o menos, de la vida de unos cuantos de los integrantes de aquel grupo de intelectuales tan impresionante que se llamó el círculo de Bloomsbury, entre los que se encontraban Virginia Woolf y su marido, la escritora Katherine Mansfield, el economista John Maynard Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Wittgenstein, por ejemplo.

La serie es algo lenta pero, aun así, muy interesante. Y una preciosidad. Los verdaderos protagonistas son Vanessa Bell –hermana de V. W.- y Duncan Grant, ambos pintores; y eso hace que la pintura tenga un papel muy relevante. Y la luz es en todo momento muy sugerente. Pero lo más llamativo, lo más atractivo de las tres o cuatro horas de película son unos diálogos que logran dar una sensación de sensibilidad y de profundidad de reflexión (y no se trata de charlas frívolas sobre arte, sino de enfrentarse a la desgracia) que a mí me maravillaron y me parecieron realmente inspiradoras.

Y al día siguiente, sin dejar de ser los mismos, decidimos ir a Lugo con el único propósito de comer de tapas. En las últimas dos semanas he cruzado la Terra Cha tres veces, y me ha parecido más bonita que nunca. Los tonos de verde de los árboles y los prados son asombrosos; y ahora, además, todo está lleno del amarillo de los tojos y las xestas.

En Lugo, después de los vinos y antes del paseo por la muralla entramos en la catedral, donde yo eché limosna en un peto por las benditas ánimas del Purgatorio, buscando el hilo cultural procedente de las casas de aldea donde se ponían dos cubiertos de más en Navidad, o se dejaba un leño ardiendo toda la noche de Difuntos. Limosnas para liberar almas: qué extraño concepto. Tuvimos la suerte de oír tocar el órgano. Y al salir, a Marta su hijo le dijo que, a la vista de todo aquello, él prefería creer.

Mujeres cautivadoras, literatura, pintura, paisaje, sonrisas en los bares y música vibrando entre la piedra: todo es belleza. Y ya se sabe lo que decía Ramón Trecet: es lo único que vale la pena en este asqueroso mundo."

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7.5.17

Táboa Redonda: Madrid en pintura



Madrid en pintura


"Primer café en la máquina de al lado del ascensor: en lugar de un café con leche me sale un cortado con virutas de chocolate. Son casi las doce. Subo a mi habitación a acostarme.

En llegar desde el hotel a mis clases tardo, en metro, 54 minutos. Aquí lo ven normal y a mí me pasma. Como si voy a trabajar todos los días desde Ferrol a Santiago. Lo único bueno es que garantiza casi dos horas diarias de lectura.

He venido con ganas de ver cuadros y tengo dos tardes libres. La primera voy al Prado a ver una exposición temporal, una selección de la Hispanic Society of America. Una de esas cosas que por sí solas justifican venir a la capital. Veo una Biblia de 1250, de Soissons, con una caligrafía que cuesta creer, y que obliga a pensar qué tipo de seres eran los copistas. Mejor letra que el emperador Carlos V tenían, como compruebo en una carta manuscrita a su hijo diciéndole cómo gobernar en su ausencia. Hay también un decreto suyo mandando doblar el sueldo a Tiziano. Un mapamundi de Giovanni Vespucio, el sobrino de Américo, de 1526, es un viaje fantástico en el tiempo: India Intraganges y Ultraganges, Valaquia, Etiopía superior e inferior, la Tierra de los Bacallaos colocada casi al lado de Florida, y una América que se va difuminando hasta quedarse sin costa oeste. Y, por fin, la pintura: tres Sorollas increíbles, de los cuales me llama la atención, por ser menos conocido, “Los pimientos”, con una raya de luz del sol que, junto con los remolinos del agua de “Idilio en el mar”, solo puede pintar un genio; y dos Velázquez. Me quedo diez minutos maravillado por la perfección de su “Retrato de una niña”. Goya no me gusta. Lo siento, pero ya estoy harto de fingir: no me gusta, y punto.

Al salir, veo en la verja del Ritz los precios de la terraza: la ración -100 g- de Beluga está a 520 €, y si optamos por el caviar Imperial la cosa sube a 620. Pero además hay una oferta, porque por 379 € más -999 en total- podemos añadirle una botella de champán Krug Vintage. Yo creo que la gente estos chollos no los sabe y se los pierde. Una pena.

El martes voy al Caixaforum a ver una exposición del pintor Ramón Casas, que no conocía. Principios del siglo pasado, amigo de Sorolla, Rusiñol y algún otro afincado en París. Me encanta, aunque el cuadro que más me impresiona es un retrato de Sorolla pintado por un tal Anders Leonard Zorn.

Último café en la máquina de los ascensores: en lugar de café con leche me sale un vaso de leche caliente con azúcar. Hacía unos cuarenta años que no bebía eso, y recuerdo por qué. Son casi las doce. Subo a mi habitación a acostarme."

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 7 de mayo de 2017


1.5.17

Táboa Redonda: Desde el tren


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 30 de abril de 2017


Desde el tren




"Despedirse de vez en cuando es bueno. Para echarse de menos y -por qué no- para descansar. He conocido bastantes matrimonios que atribuían su longevidad y buena salud al hecho de separarse periódicamente por motivos de trabajo. Sé que esa moneda tiene otra cara, pero creo que en ese caso no es más que un catalizador, y no la causa. Ya decía Domenico Modugno que la distancia es como el viento: apaga el fuego pequeño pero enciende el grande.

Leo en el andén de la estación de tren de Coruña, esperando. Me voy unos días a Madrid. Oigo un ruido a mi derecha y miro, y veo que por una puerta lateral ha entrado desde la calle un globo rojo. El aire lo empuja, se acerca botando, cruza las filas de asientos y sale por el otro lado sin que nadie lo toque.

Ayer comimos en Santiago, en la calle, rodeados de casas con galería bien rehabilitadas, donde creo que no me importaría nada vivir. Lo único bueno de no haber estudiado en Compostela es que no es posible haberse hastiado. Hoy, desde el vagón, veo que sus alrededores están atestados de chalés. En demasiados, un alienígena deduciría que el habitante es el coche, a juzgar por el lugar de preeminencia que se le deja en la finca. Al parar el tren se me sienta un hombre al lado. Le huele el aliento. Me pongo los cascos pero no sirve de nada: confirmo que se trata de sentidos distintos y que el olor sigue ahí.

En algún lugar entre Ourense y León pasamos cerca de un embalse, y el reflejo del sol en el agua hace que parezcan escamas doradas. El concierto para violín de Mendelssohn le da un toque apasionado a cualquier paisaje. Más adelante, Castilla, ese misterio. Me gustaría probar cómo es vivir aquí. Y me pregunto por qué un pueblo junto al mar parece menos perdido que el mismo pueblo en medio de la llanura; pero sin duda para mí es así. No es lo mismo salir en lancha que en tractor. Estos sitios de la Meseta son la estampa de la soledad, y tengo la impresión de que, paseando por ellos, uno puede llegar hasta la última calle del pueblo y ver delante el vacío. Aunque seguro que Delibes no estaría de acuerdo. Hay que saber mirar. La población dispersa, en todo caso, garantiza que ninguna casa sea la última.

Llego a Chamartín. La cotidianidad por teléfono cobra otra importancia. Despedirse de vez en cuando es bueno, para no dar por sentado lo que tenemos, para que la costumbre no lo haga invisible, para no olvidarnos de que podría no estar."

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23.4.17

Táboa Redonda: Las capas de la cebolla


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 23 de abril de 2017


Las capas de la cebolla




"Ahora, en las vacaciones, por primera vez en muchos años, cuando no tengo nada que hacer puedo no hacer nada, y es muy extraño. Un día decidí compensar todos los excesos gastronómicos de la semana y comer solamente un par de frutas, mientras esperaba en una plaza a los niños, que comían con su madre.

Me senté con un libro en un banco, yo solo, a hacer una de las cosas que más me gustan: leer en un banco yo solo. E iba levantando la cabeza para mirar a la gente que pasaba y tratar de adivinar, por dos frases, cómo era su vida. El tiempo era primaveral y sobre la cabeza me daban sombra las ramas de un almendro, llenas de flores.

Estoy leyendo “Viajes con Charley”, de Steinbeck, sobre un viaje por carretera por Estados Unidos, cuando ya era mayor (él no sabía que le faltaban dos años para morir), con su perro. Y cuenta que, a lo largo de su recorrido de varios meses, apenas dio con una o dos personas que no lo envidiaran; que no quisieran ponerse en marcha e irse a cualquier sitio; que no tuviesen ganas de alejarse de su Aquí, fuese este cual fuese.

Ayer, también el protagonista de una película intrascendente que vi con los niños habría estado encantado de distanciarse una temporada de su aparentemente buena vida, huyendo de una inercia que lo asfixiaba. Y es curioso, porque, si es una situación muy recurrente en el cine, se debe a que lo es en la realidad: una vida bien montada, con razones para ser satisfactoria, incluso con los protagonistas adecuados, que sin embargo se ha convertido en una estructura sin un espacio para respirar, que carece del aliciente que nos hace querer mantener todo lo demás en marcha, donde falta la ilusión que marca la diferencia entre pasar la vida y vivirla.

La pirámide de Maslow es una buena herramienta de análisis sociológico, pero individualmente a veces es más útil una cebolla. Porque nuestra progresión no es verdaderamente ascendente, en contra del estereotipo. La vida consiste en un centro que es imprescindible llenar, y que es sentimental -¿alguien lo duda?-, sobre el que hemos de apoyar capas, unas encima de otras: aprender cosas, conseguir otras, probar novedades, estudiar, renovar el decorado, conocer a gente interesante, viajar, etc., etc. Pero ambas cosas son imprescindibles, porque no hay capa que se sostenga si el centro está hueco, ni centro capaz de resistir solo a la intemperie por mucho tiempo.

La gran tarea consiste en llenar ese corazón y luego poder sentarse bajo las flores de un almendro."

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16.4.17

Táboa Redonda: Poesía cotidiana


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 16 de abril de 2017


Poesía cotidiana


"Hace siglos, cuando en internet se escribían y leían blogs, cuando yo mismo empecé el mío, conocí muchos que valían la pena. Muchos. Verdaderas joyas llenas de talento que, además, lo demostraban casi a diario. Leí un montón. Algunos duraron poco, otros más pero me cansaron antes. Y bastantes me permitieron disfrutar alguna vez de textos que no tenían nada que envidiar a la buena literatura; supongo que porque lo eran.

De todos ellos, hay uno que jamás me ha cansado. Uno que siempre, sin excepción, en cada una de sus entradas, ha sido un placer leer. Y lo sigue siendo, porque, más de doce años después y a pesar de los cambios de nombre, Jesús Miramón, un funcionario de cincuenta y pico años de un pueblo de Huesca, continúa escribiendo. Fue “Innisfree”, fue “Cuaderno de un hombre de Cromañón”, fue “Cabo de Hornos” y ha sido y es “Las cinco estaciones”. Sitios donde se puede presenciar y compartir el asombro de un hombre por la vida.

Ayer vimos una película de Jim Jarmusch, “Paterson”, que me recordó a Jesús. En ella, el protagonista -Paterson, conductor de autobuses en la ciudad de Paterson, New Jersey-, enamorado de su soñadora mujer y cuya vida sigue una rutina absoluta que parece hacerle feliz, escribe poesía. En el descanso de la comida, por las noches en el sótano de casa o en su asiento del autobús antes de comenzar la jornada, escribe. Sobre la cotidianidad, sobre su amor discreto, sobre las cerillas de punta azul y todas las pequeñas cosas que le asombran. Como Jesús. Porque, como él, es perfectamente consciente de que todo es asombroso, se da cuenta de que estar vivo -mirarse en el espejo, beber un whisky, cocinar para la familia, charlar, pasear junto a un campo de cebada, conducir bajo una tormenta, querer a alguien y que te quieran- es una aventura maravillosa.

Paterson escribe poesía y eso le abre una puerta por la que no sé si entra o sale todo. Una puerta, creo, a un nivel de consciencia superior. O tal vez es esa consciencia la que lo aboca a escribir. Como a Jesús. Personas que se dan cuenta de qué es la vida: “Qué día más normal ha sido este miércoles cinco de abril de dos mil diecisiete. Ha sido tan normal que si tuviera que dejar algún resto arqueológico para los futuros excavadores arqueológicos escogería el día de hoy. Ojalá se dieran cuenta de que los días normales fueron los extraordinarios ladrillos de la felicidad normal de los seres humanos normales”. Que se dan cuenta de que estar vivo es la gran aventura."

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9.4.17

Táboa Redonda: Roth contra la simpleza


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 9 de abril de 2017


Roth contra la simpleza



"Acabo de leer “Me casé con un comunista”, de Philip Roth, que junto con “Pastoral americana” y “La mancha humana” compone su llamada trilogía americana, un retrato de la Norteamérica de la segunda mitad del siglo pasado.

Roth es un escritor que se estudiará como uno de los clásicos de nuestra época. Uno de los primeros que me vinieron a la mente cuando lo del Nobel a Dylan. “El lamento de Portnoy” y “El teatro de Sabbath” bastarían para probarlo, aunque no hubiese escrito nada más y a pesar de las decenas de inaguantables páginas que en “Pastoral americana” dedica a explicar detalladamente cómo se confeccionan unos guantes. Y en “Me casé con un comunista” vuelve a demostrarlo al llevar la observación de los protagonistas, de sus comportamientos, a un nivel de lucidez fascinante; al explicar sus personalidades hasta la capa más profunda, y además hacer que nos las creamos.

El libro gira en torno a una escandalosa denuncia en la época del mccarthysmo (“la primera floración de posguerra de la irreflexión norteamericana que ahora se evidencia en todas partes”), y por tanto habla de política, pero no es ese el tema. Porque el tema son los afanes y derrotas de sus personajes, y lo otro es el decorado. Y precisamente esa diferencia entre individuo y sociología es la que subraya cuando condena la simplificación de las críticas y los juicios que nos rodean, y cuando insiste en la contraposición entre política y literatura, entre un militante y un escritor: “La política es la gran generalizadora y la literatura la gran particularizadora. En tanto que artista, el matiz es tu tarea. Tu tarea no consiste en simplificar. Sigue siendo la de elucidar la complicación, denotar la contradicción [y ver dónde, dentro de ella] se encuentra el ser humano atormentado. Permitir el caos, dejarlo entrar. De lo contrario, produces propaganda”.

Porque el valor de la literatura, su validez universal, surge, paradójicamente, de esa particularización, que es la que nos permite vernos de cerca y en toda nuestra complejidad. No nos amoldamos a un esquema al pensar, al sentir ni al actuar. No lo hacemos, por muchas referencias que compartamos. La vida no simplifica, y por tanto la literatura tampoco debe hacerlo. No debe ofrecer atajos a través de la maraña de nuestros sentimientos, de nuestras relaciones ni de nuestras ideas, sino todo lo contrario: somos, eres, soy todo esto, nada menos.

Y el compromiso del escritor, según Roth, es hacernos sentir parte de una inagotable variedad, mantener vivo, en un mundo burdamente homogeneizador, lo particular, lo individual. Lo humano."

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2.4.17

Táboa Redonda: Remordimiento

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 2 de abril de 2017


Remordimiento


"El sábado de noche, mientras los demás bailaban, un amigo me decía algo tan simple, sabido y sin embargo obviado como que de aquí solo nos llevaremos el amor. El amor recibido y el dado. Lo que nos quieren, que nos sostiene día a día, año tras año, y lo que nosotros queremos, que es lo más parecido que tenemos a una ilusión, a un motivo.

Y tal vez por eso pocas cosas se convierten en un lastre tan pesado como no haber querido cuando debíamos. A veces cometemos graves errores que nos persiguen toda la vida. Errores que hasta el final -al final más que nunca- lamentaremos no poder corregir. Decisiones cortas de miras que con el tiempo se mostrarán en toda su ruindad. En cambio, otras –la mayoría-, es algo tan sutil como dejarse llevar. Dejarse llevar por la inercia, la corriente, la comodidad o la estupidez, sin pensar ni volver a mirar atrás. A veces es una traición; muchas, desagradecimiento u olvido.

Me obsesiona el abandono a nuestros mayores. Que vivieron en casas que eran nuestras pero que pasaron a no significar nada para nosotros; lugares que han seguido en su sitio todo el tiempo y continúan siendo los mismos donde estuvimos, aunque nosotros no nos hayamos acordado más de ellos. Personas para las que fuimos un motivo de alegría, que preguntaron por nosotros y nos esperaron, aunque nunca aparecimos, no tuvimos tiempo para ellas porque estábamos ocupados. Teníamos prisa, creíamos que nuestra vida sería excepcional, y mientras nos apartábamos nos preguntábamos cómo era posible que en las suyas –que nos parecían tristes y anodinas- no pasase nada excepto los años. Y los dejamos atrás, solos.

Y me obsesiona haberle fallado a quien me quiso. El sentimiento de culpa tiene algo que ver con la rabia que nos inunda cuando vemos que unos niños no dejan jugar con ellos a nuestro hijo pequeño. Solo que en esta ocasión no podemos aliviarlo, porque somos esos niños, porque fuimos los malos.

Será el amor, lo que nos llevaremos de aquí. El recibido y el dado. Y pocas cosas nos pesarán más que no haber querido a quien se lo merecía."
 
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26.3.17

Táboa Redonda: Las penas, con Bach


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 26 de marzo de 2017



Las penas, con Bach




"No es ya nada original referirse a Bach, a la música de Bach, como una prueba de la existencia de Dios. Con el argumento de que algo tan maravilloso debe de tener un origen, o al menos una inspiración, divinos, autores tan dispares como Goethe, Coetzee o Cioran, entre otros, han escrito algo al respecto. En concreto, el jovial rumano dejó dicho que “… Dios le debe todo a Bach. Sin Bach, Dios sería un personaje de tercera clase. La música de Bach es la única razón para pensar que el Universo no es un desastre total. Sin Bach yo sería un perfecto nihilista". No está mal.

Este domingo pasamos un buen día del padre. Yo, el más afortunado, simultáneamente como padre e hijo; recibiendo y dando regalos, felicitando y siendo felicitado. Comimos todos juntos y fue muy agradable y alegre. Hasta que la alegría se resintió un poquito cuando mi padre –a cuyo lado parezco un viva la vida; y no sé si también lo parecería Cioran- nos puso la música que quiere que suene en su funeral. Es un aria para soprano de la “Pasión según San Mateo”, de Johan Sebastian; la que lleva por título “Erbarme dich, mein Gott” (“Ten piedad, Señor”). Y es preciosa.

Pero, sorprendentemente, aquello enfrió un pelín el ambiente. Raros que somos. Hasta el punto de que la sensación no se me fue del todo y esa noche me acosté más bien triste. Mientras escuchábamos la música pensaba en ese futuro y espero que lejanísimo momento, y en que probablemente entonces recordaría la tarde de aquel domingo en el que fuimos felices. Y me decía a mí mismo que aquello no era malo, que no muchos pueden consolarse de la muerte y de la pérdida con recuerdos así. Pero, a pesar de todo, sabía y sé no era más que eso: un consuelo.

Un amigo mío suele decir que aquí, de lo que se trata, es de perder con estilo. Porque la verdad es que, acabar, siempre acaba mal, ¿no? Incluso si uno es el chico de la película y sabe que no va a morir hasta el final, cabe la posibilidad de estar protagonizando un drama, con todo lo que eso conllevaría. Así que sí: esto, como mínimo, acaba mal. Y lo único que nos queda es aprovechar, mientras. Aprovechar esta única oportunidad.

Y algo que puede ayudar es escuchar a Bach. De vez en cuando. Porque, aunque sepamos que vamos a acabar perdiendo, no es lo mismo abandonar la cancha a cero que irse con bastantes puntos en nuestro marcador. Los puntos de cada momento de alegría que hemos vivido."

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19.3.17

Táboa Redonda: Geografía y tiempo

Publicado en el suplemento Táboa Redonda el domingo 19 de marzo de 2017


Geografía y tiempo




"Hace un tiempo comentaba yo, a propósito de un viaje a Madrid que tenía pendiente, que parecía mentira que hoy en día no pudiésemos ir por correo electrónico; que tuviésemos que seguir trasladándonos físicamente de un sitio para otro.

Pero la verdad es que en esta época de virtualidad, en la que quienes vivimos en la burbuja, o en la burbuja de dentro de la burbuja, llegamos a creer que todo es posible y hasta fácil, de vez en cuando se agradece un poco de física.

Y eso es algo que consigue la geografía, que nos trae de vuelta al suelo, a lo material, a lo concreto y a todos sus impedimentos y dificultades y esfuerzos. Uno coge el tren o el coche y enfila hacia cualquier destino mesetario y, antes y después de atravesar los montes, tiene horas y horas para ralentizar el ritmo. De repente hay espera, intervalos, y pasa el tiempo entre una cosa y la siguiente.

Y mucho más si lo que uno decide es andar. De mis experiencias en el Camino de Santiago, lo que más recuerdo, además de las ampollas (que no deja de ser lo mismo)  y de mirar a la gente de los coches con el mismo asombro con que los indios precolombinos miraban a los españoles a caballo, es lo que tardábamos en dejar de ver, por ejemplo, un árbol. Aparecía a lo lejos, pequeño, y se iba acercando hasta que estaba a nuestra altura. Y se pasaba una hora a nuestro lado. Y luego todavía podíamos mirar atrás y seguir observándolo quieto a lo lejos. Había un espacio y un tiempo que recorrer, en los que ese árbol estaba. Nada que ver con un árbol en Instagram; y ya no hablemos de un tuit de árbol. Aquello era cualquier cosa menos temporal, y mucho menos fugaz. Había un árbol con el que convivíamos buena parte de nuestra jornada. Y era sorprendente. Y bonito y reconfortante.

Aquí, entre nosotros, cada vez más el verdadero lujo es el tiempo. El tiempo libre, desocupado, sin trabajo ni obligaciones; ni siquiera las que asumimos un día por gusto y han acabado siendo un compromiso más, de los que nos empujan desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche sin que nos enteremos de qué coño hemos hecho. Por eso necesitamos parar en algún momento. Simplemente parar y no hacer nada, ni siquiera entretenernos. Nada salvo, quizá, mirar alrededor y ver qué pasa cuando nos quedamos quietos y nos callamos un rato."

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12.3.17

Táboa Redonda: Hacia delante


Publicado en el suplemento Táboa Redonda el domingo 12 de febrero de 2017


Hacia delante




"En “Me casé con un comunista”, Roth cuenta una conversación entre el padre del narrador y uno de los adultos que este frecuenta. En resumen, el padre le confiesa su miedo a perder a su hijo, y el otro lo tranquiliza. Pero luego, al volver a casa, el joven ve que el hecho de haberse ido con su amigo tras aquella charla, el no haberse quedado hablando del tema con él, para el padre había supuesto, finalmente, la consumación de la pérdida que temía: había sido sustituido. 

Cuando tuve a mi hija, mi madre me dijo que solo había entendido de verdad a su madre cuando también ella lo fue. Sus preocupaciones, sus temores, su pena cuando se marchó de casa al casarse, sus alegrías también: todo lo vio y lo valoró a medida que ella misma fue viviéndolo con nosotros.

La vida tiene una regla dura pero que supongo necesaria para nuestra supervivencia como especie, y que se enuncia muy brevemente: queremos más a nuestros hijos que a nuestros padres. Y ellos también, claro.

Hace unos años, una noche, al acostar a mi hija le dije una de esas frases cariñosas (cada familia tiene las suyas, imagino) en forma de entre poema y broma, y que a menudo deben ser completadas por el niño. Y le pregunté si sabía quién me la decía a mí: era mi abuelo. Mi abuelo paterno, que murió un mes y tres horas antes de que ella naciese.

Y sentado a su lado pensé en lo triste y, en cierto modo, injusto que era que alguien que me quería tanto, para quien yo era más importante que la propia vida y que habría adorado a mi hija, no la hubiese llegado a conocer. Y pensé que, como para mí los míos, para ella sus bisabuelos, muertos ya todos, apenas significarían nada. Mientras que ellos, en cambio, habrían cruzado el mundo, se habrían enfrentado a males sin cuento y habrían dado años de vida por conocerla, por tenerla unos minutos en brazos, por vernos llegar a los dos una tarde a su casa.

Ese instinto, esa regla de supervivencia, es cruel. Imprescindible pero cruel. Y hace y hará que nuestro futuro sea injusto con nosotros y nos olvide, como todos nosotros lo hemos sido con nuestro pasado, del que tan fácilmente nos hemos desentendido.

Mi hija me fue preguntando los nombres de los cuatro y se los dije. Creo que nunca lo había hecho. Y aunque no soy creyente y la muerte me hunde en la más profunda de las desesperanzas, fue como si se la presentara, como si les dijera: "Esta es mi hija, abuelos, no me olvido de vosotros". Afortunadamente, a esas alturas ella ya estaba dormida, porque yo no podía dejar de llorar."

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5.3.17

Táboa Redonda: La calandria de agosto


Publicado en el suplemento Táboa Redonda el domingo 5 de marzo de 2017


La calandria de agosto




"Hay cosas que no se pueden echar de menos, porque echar de menos no llega tan hondo, tan oscuro y terrible. Pero hay muchas otras que sí; que sé que extrañaría con pena: sentarme en una butaca, mirar lejos por la ventana, pasear con las manos en los bolsillos del abrigo, algunas sonrisas, una piel suave bajo la mano o bajo los labios, empezar a leer en la cama, el pan, el sonido de una fuente y el de los pájaros, una ola retirándose sobre las conchas, la brisa y muchos cielos.

Los cielos sobre todo, que me han salvado tantas veces. Me han sacado del pequeño cuartucho donde yo mismo me había cerrado por dentro, y me han elevado y dado aire. Algunos fueron nocturnos, a veces la luna sola, flotando real, esférica; muchos más a última hora de la tarde, cuando abandonan toda prudencia y nos encantan con colores, con nubes profundas, con horizontes que son lo único que nos queda de la aventura, o de soñar con ella, con esas aventuras que nos permiten seguir creyendo que la vida podría ser otra cosa.

También alguna literatura nos recuerda que la vida debería ser algo más. “Estamos rodeados de gente en tensión, intranquila, irritable o irritada”, dice Cunqueiro. Y añade que, las veces en que esa meta omnipresente y siempre externa que perseguimos parece alcanzarse, “se vacía de contenido, porque sobreviene de improviso la sensación de que la vida ha pasado, que todo está ya a nuestra espalda, y que todo el camino ha sido recorrido en la insatisfacción". Y cierra así la boca, señalando el gran problema de la sociedad satisfecha, a quienes le reprochan intrascendencia en los temas: tesoros, princesas, sirenas, islas viajeras, fuentes, paisajes de Bretaña, o un melocotón en el bolsillo de un soldado chino en Persia. Como si soñar fuese accesorio. Como si habernos abierto ventanas por las que mirar, puertas por las que salir a hablar con damas de antaño, a desnudarnos bajo las estrellas o a navegar hacia levante, fuese poca cosa.

No creo que haya muchas enseñanzas más importantes que llegar a saber mirar alrededor y reconocer, entre todo, lo que echaremos de menos; reconocer las cosas que nos hacen felices cada día y, si podemos, detenernos en ellas. Por ejemplo, leer a don Álvaro. Por ejemplo, los cielos. O estar de pie bajo la lluvia, escuchando sobre el paraguas el tamborileo de las gotas, que a él le impidió un día oír las palabras que dicen las camelias al abrirse."

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26.2.17

Táboa Redonda: Inquisidores


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 26.02.2017



Inquisidores


"Las redes sociales arden (no dejan de hacerlo y ahí siguen: ni la zarza de Moisés) con las críticas al cartel de Entroido que representa al Papa, y con las críticas a esas críticas: falta de respeto por un lado, e intolerancia por otro, se oye. A las dos semanas, sin embargo, quejas parecidas surgen por la inclusión de un traje tradicional gallego en otro cartel de Carnaval. No debería sorprender, al fin y al cabo seguimos hablando de religión.

Hace unas semanas murió Tzvetan Todorov, que trató el tema de la alteridad y de la confrontación nosotros/ellos. Confrontación que, para mí, además de la primera y más obvia lectura de rechazo al diferente -los bárbaros-, tiene otra más sutil, tal vez no tan grave pero no del todo inocua: la necesidad de tener un “nosotros” en el que apoyarnos. Dice, en la línea -siempre ese temor a vernos solos- de Fromm: “Si la mirada de los otros no gratifica mi excelencia individual, busco la confirmación de mi ser en la comunidad de la que formo parte”. Es decir, no se trata ya del peligro de reducir al otro a uno de sus rasgos, a una sola de sus múltiples pertenencias y esquematizarlo como nos conviene, sino de hacer con uno mismo algo parecido. No somos ni intelectual ni emocionalmente capaces de asumir nuestras limitaciones, nuestra complejidad y nuestras contradicciones, y nos simplificamos: soy esto y desde esta posición vivo. Donde la posición en cuestión, el refugio, la bandera que nos cubre, el lema que nos da respuestas a todo, puede ser cualquier cosa: la patria, por supuesto, pero también la religión, una etiqueta política o un club de fútbol.

O, a veces, una causa que defender. Sobre todo en las numerosas ocasiones en que, en lugar de responder a preocupaciones genuinas, esa causa parece el resultado de la ansiedad personal o las modas. Entonces surgen los fanáticos monotemáticos, sin otro horizonte ni otra vara de medir que su lucha. Comisarios políticos, Torquemadas que nunca dudan y no dejan de señalarnos qué debe preocuparnos, a quién o qué estamos traicionando, o qué nuevo mandamiento estamos incumpliendo."

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