10.12.17

Táboa Redonda: En blanco y negro

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 10.DIC.2017


En blanco y negro


"Esta mañana, cuando iba a trabajar, el mar estaba como un plato. Como un plato de mercurio, denso y gris. Tener ciertas cosas al alcance cada día cambia la vida. Cuando era pequeño, algún verano que pasé en Vicedo en casa de mi tío, mi prima mayor me iba a buscar a la cama antes de acostarse y me sacaba al balcón para que viese la ría a la luz de la luna. El agua parecía un espejo y los botes fondeados, de porcelana, y yo me quedaba maravillado.

Por “Ciudad abierta” (Acantilado), de Teju Cole, he descubierto a Martin Munkácsi, un fotógrafo húngaro, judío, que antes de retratar artistas de Hollywood y chicas elegantes saltando charcos pudo dejar testimonio del principio del horror en la Alemania de los años treinta. Lo he descubierto, aunque he comprobado que ya conocía algunas de sus fotos. Hoy sabemos todo: sabemos de más. Todas las hizo en blanco y negro, me digo, hasta que caigo en la cuenta de la tontería.

La normalidad era blanca y negra. La que reclamaba mi abuelo cuando prefería seguir viendo el fútbol en la tele como siempre, como era de verdad. Y sin embargo, incluso para mí, que aún recuerdo aquel sábado por la mañana en que estábamos viendo La Guagua, trajeron una televisión Philiphs en color y cuando se fueron daban un documental, y que de bebé solo me conozco en tonos grises, que recuerdo por tanto aquella normalidad, resulta evidente que una buena fotografía en color no tiene por qué serlo en monocromo, y viceversa, y que las fotos de Munkácsi, como las de tantos otros, necesariamente fueron sacadas teniendo en cuenta esa limitación. Y me pregunto si la teníamos en cuenta todos. ¿Sabíamos qué funcionaba y qué no, o daba igual? ¿Se fotografiaban paisajes y puestas de sol? ¿Flores? ¿Nos habrá cambiado, con el color, el criterio de manera inconsciente, la intuición estética, la mirada? ¿Cómo sería ahora la obra de los grandes fotógrafos de entonces?

Lo que veía de niño desde el balcón, de noche, también era en blanco y negro. A veces, la huella que alguien –incluso alguien cercano- deja en nuestra vida depende de momentos insospechados que no parecían importantes, de momentos que ellos hasta pueden haber olvidado. Yo, por ejemplo, a mi prima tendré que quererla siempre, nos lleven por donde nos lleven las circunstancias, por haberme enseñado la ría como un espejo, con los botes quietos."

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3.12.17

Táboa Redonda: El tomate hacendoso


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 03.12.17


El tomate hacendoso

 

"Mientras espero a mi hijo en el conservatorio leo números atrasados de un suplemento cultural. Porque es francamente bueno y para ver si, de paso, me inspiro. Leo sobre Rilke, sobre Lutero, Nothomb, Radiohead, Chimananda Ngozi Adichie, Van Morrison, Alfred Jarry, la novela rusa, Karen Blixen, Cheever o Marx. Hasta aquí, todo normal. Lo que no lo es tanto, y a ustedes les parecerá baladí pero a mí me flipa, es que en ese suplemento escribo yo.

Y esto lo considero algo carente de toda importancia y, al mismo tiempo, ilusionante hasta parecerme increíble.

La semana pasada aprendí lo que es un MOOC: curso gratuito masivo (sic) online. Y estoy haciendo uno de la Universidad de California en San Diego sobre el proceso de aprendizaje. Llevo más de la mitad y todo está siendo bastante interesante. Todo, hasta que he llegado al tema de la procrastinación (o sea, la tendencia a ir postergando, casi indefinidamente, las tareas que no gustan) y la herramienta básica para combatirla: la técnica del pomodoro. O tomate. Que me pareció una chorrada.

No sé ustedes, pero yo procrastino bastante. De siempre. El proceso es muy simple, y lo explico mucho más sencillamente que la UCSD: no me apetece algo y lo retraso hasta que ya no tengo más remedio que hacerlo porque, si no, no me da tiempo. Llevo toda la vida así y sobre esa práctica he asentado mis trayectorias académica y profesional con relativo éxito. Y de hecho, hace poco lo asumí al fin, en un acto de madurez: deja ya de luchar y engañarte –me dije-, y espera hasta que el agobio de la urgencia consiga lo que tu voluntad no puede; si, total, es lo que va a pasar…

Pero llega el pomodoro y me propone un remedio. Consiste en ponerse un reloj de cocina en forma de tomate, para que suene a los veinticinco minutos, y trabajar ese rato. La explicación tiene que ver con que uno ha de centrarse en el proceso y no en el producto, para hacerlo más llevadero.

¿Es o no una chorrada? Pues resulta que esta mañana lo he probado tres veces, ¡y ha funcionado! He adelantado un trabajo absolutamente anodino y pesado. Y eso que mi móvil no tiene forma de tomate.

Lo curioso de mi procrastinación, en cualquier caso, es que también puede afectar a cosas placenteras. Como por ejemplo a estos artículos. Yo lo llamo ser vago. Por eso estoy aquí, en este vestíbulo, rodeado de madres e instrumentos, ya de noche, escribiendo."
 
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26.11.17

Táboa Redonda: Madrid o Vigo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 26.11.17


Madrid o Vigo




"Ayer por la mañana estuve paseando por el centro de Vigo. Con Vigo a mí me pasa como con algunas personas, que sé quiénes son pero no las conozco. He ido poco y tarde, y ahora me asombro con sus edificios monumentales.

Llegué hasta los jardines que hay junto al Náutico y me senté en un banco. Se estaba genial. A unos metros, un hombre barría la terraza de su local. Era negro, tenía una panza tremenda y unas rastas que habrían sido la envidia de mi hermano pequeño. Y fue precisamente por ese hermano por lo que me quedé allí cerca a pesar de que tenía puesta música. Es algo que me suele molestar, al aire libre, porque es raro que me guste lo que eligen. Aquello, en cambio, era reggae y le iba de maravilla a mi ánimo y al sol del mediodía. Al irme crucé un par de frases con el hombre, todo sonrisa.

Y me vino a la cabeza mi hermano, otra vez, y cómo lo vi esta semana en Madrid, a donde he ido unos días para seguir luchando por jubilarme con un currículo tremendo.

Resulta que es adulto. Del todo. Y para mí, quiero decir, no solo por su edad. Por primera vez, creo, he estado con él como con alguien como yo; como con un amigo. Y me he encontrado con alguien joven pero bastante centrado en lo que ha elegido centrarse, con intereses e inquietudes cada vez menos volátiles, y que tiene cosas que contar y las sabe contar. Y sobre todo –y esto es sin duda extraordinario- alguien apreciado, querido, por su entorno. Lo cual no me extraña, viendo cómo se relaciona con los demás: por la calle saluda a gente de todo tipo, y lo hace con cariño, sonríe sinceramente y con seguridad, y es amable porque quiere serlo. Fluye. Fluye, esa es la palabra.

Como fluían el camarero y la mañana en Vigo. O como fluye la conversación, siempre, en la Librería “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid. Ya escribí sobre ella una vez: es una librería de verdad, con libreros de verdad a los que uno puede y debe preguntarles. Salí con tres libros: “Babbitt” (Nórdica), el clásico de Sinclair Lewis; “Los inquilinos de Moonbloom” (Libros del Asteroide), de Edward Lewis Wallant -un libro que deja buen cuerpo, me dijo-, y “Ciudad abierta” (Acantilado), de un tal Teju Cole, que empecé ayer en aquel banco y con el que he tenido un flechazo desde el primer párrafo. Su protagonista camina por Manhattan, cada día, mirándolo todo y a todos, como mi hermano por Antón Martín y Lavapiés.

Mi hermano pequeño, que es tan mayor que ya me invitó a cenar."

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19.11.17

Táboa Redonda: ¿Al Infierno, por favor?

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 19 de noviembre de 2017


¿Al Infierno, por favor?




"Un gran vacío acaba de ser llenado. Un vacío a la vez existencial y práctico de enorme trascendencia. Y lo ha hecho una amiga mía.

Pónganse en situación: se mueren ustedes y se enfrentan al juicio divino, que arroja un resultado, favorable o no. Y deben, a continuación, dirigirse al lugar que les corresponde: Cielo, Purgatorio o Infierno. Pero, claro, ¿saben llegar? ¿Han estado, acaso, antes? ¿Y si se pierden y acaban donde no es? Alguno se alegraría, pero otros… Es más, cuántas almas estarán penando o disfrutando por error, o tal vez vagan siglo tras siglo preguntando el camino a, por ejemplo, el Anteinfierno.

Pues no se preocupen, que esto ya no será un problema nunca más. Porque mi amiga Calamity acaba de crear la señalética para aclarar de una vez por todas el tema y facilitar las cosas, a partir de ahora, a los muchos visitantes, vivos (los menos) o muertos (los más), que no dejan de pasarse al otro lado. Su “Guía para no perderse en el Más allá” la define y recoge con pelos y señales. No sé cuántos estudiantes de diseño gráfico han necesitado leer a los clásicos, pero ella, para este trabajo, ha repasado a Santo Tomás, Milton, San Agustín de Hipona, Virgilio, Dante y, por supuesto, la Biblia; y revisado la obra de Durero, Botticelli, Ingres, Moebius o Barceló, entre otros. Y eso que al final se limitó al concepto cristiano medieval, ante la imposibilidad de abarcar las muchas y diversas concepciones que las distintas culturas, sin excepción, tienen.

El resultado es un trabajo no solo francamente útil para cualquiera sino delicioso, que nos permite pasear desde el sofá por los distintos niveles del moderno y discutido Purgatorio, bajar pisos del Infierno, conocer al Can Cerbero, acercarnos al embarcadero de Caronte (abierto 24/7, precio dos monedas, reservado el derecho de admisión), visitar el Valle de los Príncipes Remisos,  el Pantano de la Lluvia Eterna, la Puerta de las Furias, ascender a los siete Cielos, al Primer Móvil del Paraíso o incluso al Empíreo. Los lugares de interés, como los puntos de sellado de purificación o de pesado de almas, se señalan. Se advierte de si hay ascensor o solo escaleras, se indican los puntos de información e incluso se alerta de los peligros (castigos sí, pero no por accidente). No faltan tampoco los carteles de Espere su turno, que a veces las almas se apelotonan.

Lo difícil está hecho. Queda ahora instalar las señales, los carteles y las flechas retroiluminadas. Mi duda es quién se ocupará de la adjudicación del contrato. Pero no sé por qué me temo que va a ser cosa del Ángel Caído."

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12.11.17

Táboa Redonda: En Castromil por Rusia

En Castromil por Rusia


"Lo malo de los amores platónicos es que, o se cuidan mucho, guardándolos bajo una campana de cristal inmaculado herméticamente cerrada, o están abocados a dejar de serlo. Como no tome uno precauciones para asegurarse de que el objeto de su pasión sigue siendo inaccesible, puede acabar conociéndolo, con las dramáticas consecuencias que eso suele acarrear. Mejor que Dante no supiera si a Beatrice le olía el aliento.
Con los sitios pasa lo mismo. El otro día, en una fiesta, conocí a una chica de Vladivostok. ¡De Vladivostok! Del Este ya se veía que era, y le inquirí que de dónde. De Rusia, respondiome. Supuse que de algún lugar en concreto, dentro de tan vasto país, tenía que ser, e insistile, aun a sabiendas de que era más que probable que su contestación me dejara como estaba. Pero hete aquí que me suelta, sin darle mayor importancia, que de Vladivostok. Tan tranquila. Como quien dice Móstoles o Curtis.
Tras emitir, atónito, alguna interjección, me faltó tiempo para contarle, entusiasmado, que hacer el Transiberiano era uno de mis sueños y que, además, se lo tenía prometido a mi hijo. Y a ella le faltó tiempo para preguntarme, con los ojos como platos, si estaba loco, y para sentenciar que aquello era un infierno y que ella no lo querría ni regalado.
A partir de ese punto, pasó a enumerar los múltiples horrores del viaje. Por suerte, sus críticas dejaron de hacer mella en mi ánimo cuando citó como principales inconvenientes su duración y el hecho de que solo hubiese paisajes y más paisajes. Ya más tranquilo, pasamos a la típica comparativa Vladivostok-Ferrol: mi principal conclusión fue que los inviernos aquí son más duros. Al principio me reí en su cara, claro, como solo un inconsciente puede reír, pero ella aseguraba que así era, que prefería los secos 30 bajo cero de su tierra que los pies húmedos de la mía, que esto era insoportable. Y de vez en cuando dejaba de hablar, se ponía seria y me repetía que por favor no le regalase aquello al niño.
Imagino que fue una reacción comparable a la que yo tendría si un siberiano, al enterarse en Irkutsk de mi galleguidad, me contase emocionado que llevaba años planeando viajar con su hijo hasta España únicamente para coger el Castromil."                                                                                                                                                                                                                                                                                  
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5.11.17

Táboa Redonda: Libros y gatos




Libros y gatos




"Hay una viñeta de El Perich en la que se ve a un hombre sentado en un sillón delante de la chimenea, leyendo. Por la ventana se ve que llueve, junto a la butaca tiene un whisky y a su lado duerme su gato. Formó parte de una campaña de fomento de la lectura del Ministerio de Cultura, y se titula “Vive leyendo (o cómo ser feliz fácilmente)”.

Hemos decidido desembalar los libros. Todos nuestros libros. En un par de horas, el salón quedó convertido en una columnata de papel y pudimos confirmar que no nos caben la mitad de los que tenemos. Pero, aun así, para mí es sin duda la parte más bonita de la mudanza.

El trabajo tiene cuatro fases: sacarlos de las cajas, clasificarlos, ver cuánto ocupa cada grupo y colocarlos en las estanterías. La primera es cansada pero rápida, y la cuarta es imposible por el momento; pero la segunda y tercera son largas y agradables. Por un lado, clasifico toda la narrativa –o sea, el 90% de la biblioteca- más o menos por países. El grupo más grande es el de literatura española -gallega incluida-, seguido de la literatura USA, la inglesa, la hispanoamericana y, sorprendentemente, ¡la italiana!, por delante de la francesa, la rusa, la centroeuropea, Asia y África, etc. El resto, por montoncitos: poesía, pensamiento/filosofía, ciencia, libros de viajes, libros de Historia, arte, libros grandes con fotos y temática variopinta, libros relacionados con mi doctorado y algún libro de texto.

Ir revisándolos es una maravilla. Uno se da cuenta del tiempo que hacía que no los veía, e incluso descubre alguno que ya no sabía que tenía. Encuentro títulos leídos hace décadas, y algunos los recuerdo con placer y otros con perplejidad. Y compruebo con rabia cuántos no he leído todavía a pesar de lo que me apetecen. Y me lamento del poco tiempo que dedico ahora a leer y noto cuánto lo echo de menos. Y quiero ser el hombre del cartel de Perich, y ya me veo teniendo que esperar a la jubilación.

Y en medio, saltando de montón en montón y derribando alguna columna inestable, Bartlet, el gato, que se iba quedando dormido a ratos en los huecos más insospechados hasta que acabó apoyando la cabeza sobre el cachalote del “Leviatán”, de Hoare, tan tranquilo."

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Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 5 de noviembre de 2017




29.10.17

Táboa Redonda: Coaching nutricional



Coaching nutricional


"Cuando Gulliver llegó a la tierra de los Houyhnhnms se encontró con que estos, que eran unos caballos inteligentes e ilustrados, gobernaban sobre unas irracionales y simples bestias de carga con aspecto humano, los yahoos.
El otro día paseábamos por el casco viejo de una gran ciudad gallega y en una ventana vimos un cartel que anunciaba el último capítulo de la decadencia de Occidente: un servicio de coaching nutricional. Y ya sé que no es más que un nombre resultón, un gancho; nada terrible. Lo que es terrible es que alguien se crea que vendiendo eso le va a ir mejor… y tenga razón. Lo que es terrible es que estemos, como decimos en Ferrol, tan aconachados.
David le Breton es un sociólogo que reivindica el silencio como herramienta de resistencia social, nada más y nada menos. Resistencia, en la medida en que nos permite poner freno al flujo absurdo de información superflua, opiniones y verborrea que nos arrastra, y nos permite detenernos, por tanto, a pensar. Porque sin parar un poco no hay pensamiento. Ni conocimiento, ni crítica fundamentada ni juicios elaborados. Solo mimetismo, lugares comunes, eco.

Y ahora que lo llevamos en el bolsillo, el ruido es permanente. Por eso no mejoramos, y coreamos lemas y jaleamos consignas, y repetimos falacias sin entenderlas; por eso cualquier simpleza se impone sobre un razonamiento elaborado, y no se admite el matiz ni la duda; por eso una mentira repetida mil veces sigue convirtiéndose en verdad. Qué no haría Goebbels con internet. Por eso lo menos independiente que hay son las opiniones. De ahí la facilidad para alinearse, que no cesa. De ahí que aceptemos o rechacemos las ideas en función del color del envoltorio. De ahí que la polarización sea tan fácil como entre tutsis y hutus.

No hay en nuestra sociedad una necesidad más urgente que la de convertirnos en ciudadanos. Un ciudadano es el protagonista de una democracia, que existe por y para él. Es alguien que exige que individuos e instituciones cumplan sus obligaciones, y que a cambio asume su responsabilidad. Un ciudadano tiene una relación con la autoridad en las antípodas de las nuestra, que se mueve entre el pataleo y la euforia agradecida del seguidor. Como la de un niño. O como la de los yahoos, que carecían de la formación, el criterio propio, la capacidad de análisis de la realidad o el sentido de la comunidad que hacen falta.
La culpa de todo la tenemos nosotros. Cómo no la vamos a tener, cómo vamos a ser capaces de poner nada en su sitio, si nos tiene que llevar un coach de la mano a comer."

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22.10.17

Táboa Redonda: Una llanura fría

[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 22 de octubre de 2017]
 
 
 

Una llanura fría



"Siento una debilidad tan grande como irracional por Mongolia. De los varios fines del mundo que para mí existen (otro sería una gasolinera en medio de Arkansas), Mongolia y el centro de Siberia son el más evidente. Y esto se junta con la atracción, también un poco extraña, que despiertan en mí los lugares fríos e inhóspitos, con los que siempre me he sentido identificado desde la distancia.

Hace ya tiempo vi El perro mongol, que es una película –no lo adivinarían- mongola, que además transcurre en Mongolia. Me gustó mucho. La protagoniza una familia nómada formada por un matrimonio joven y sus tres hijos, y es una historia sencilla en medio de paisajes preciosos. Se ven campos de hierba interminables, se ve lo rápido que crecen los niños allí -supongo que en cualquier parte menos aquí, en realidad-, y se asombra uno viendo a la niña mayor llevarse un rebaño de ovejas a pastar y regresar a su casa tomando como referencia el pico de una montaña. Y es fácil comprender, además, que Gengis Khan y sus chicos fuesen los portentosos jinetes que eran, al ver que esa niña tiene seis años y hace todo eso a caballo.

Mejor obviar al pobre Ivan Denisovich. Pero Miguel Strogoff, Corto Maltés, Colin Thubron. Los pasajeros del transiberiano. Dersu Uzala. Yuri Zhivago y Lara Antipova. Todos esperando por mí, ateridos de frío, en el fin del mundo. O tal vez en el centro.

Desde hace ya años, cada noche, cuando me voy a acostar y allí empieza a amanecer, miro en el móvil la temperatura en Oymiakón. Es un pueblo del nordeste de Rusia que tiene el orgullo de ser el lugar habitado del planeta donde se han registrado las temperaturas más bajas, inferiores a -70ºC. Y no es raro que, aunque no llegue a ese récord, ronde los 50 bajo cero. Entonces, mientras me meto en la cama y me tapo, me imagino soledad, inmensos espacios vacíos, naturaleza, silencio y una vida terrible. Me imagino lo que me da la gana, ya que por supuesto jamás he estado allí. Por eso, aunque no tenga sentido, me imagino también a cosacos y pastores mongoles de renos, todos mezclados. Y nieve y coníferas, y gente en tiendas con hogueras, y un viento helado y ululante y la noche interminable alrededor. Y me encanta hacerlo y apagar la luz pensando que vivo en un mundo entero."
 
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15.10.17

Táboa Redonda: Evasión culinaria

[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 15 de octubre de 2017]


Evasión culinaria


"No siempre, es cierto. De hecho, ni siquiera debería ser la norma general, sino algo excepcional, una salvedad, un alto. Pero hay veces en que nos hace falta evadirnos, qué duda cabe. Evadirnos, escapar, si no literalmente sí de espíritu, porque lo necesitamos. Necesitamos alejarnos un poco, aunque solo sea un momento, poner distancia y coger aire. Y, si fuese posible, incluso olvidar. O creernos que olvidamos.
Por desgracia no suelen faltar motivos ni problemas a los que desear perder de vista, pero esta temporada sobran. Y llega un momento en que la preocupación toca techo y pide un descanso, porque se insensibiliza por saturación.
Y entonces uno puede seguir el consejo de Somerset Maugham cuando dice que adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida, y abrir un libro y tirarse dentro. Por ejemplo dentro de uno que explique que los huevos de serpiente están en su punto al decimoséptimo día de haber sido puestos, y que han de cocerse en agua en la que hayan cocido mondas de naranja, y comerse con brotes de acacia pérsica macerada en sangre de liebre; porque leer eso y no sentirse transportado parece difícil. O en un libro que sostenga que uno de los principales argumentos en contra del calvinismo es que Calvino, cuando estuvo en Armagnac, no probó ni una gota de aguardiente; porque leer eso ayuda a relativizar un poco más las cosas, que falta hace.

Curiosamente, ese libro, titulado “La cocina cristiana de Occidente”, hace un movimiento suicida al contar que los vikingos descubrieron que los mejores asados se hacían a fuego de libros. Y que por eso arrasaban con los códices en pergamino de las catedrales, y quemando textos canónigos grecolatinos asaban gansos, lechones, corderos y lo que surgiese.
Puede que haya quien encuentre tonto dedicar su tiempo a leer textos poco realistas, poco prácticos, demasiado envueltos en fantasías. Como este de Cunqueiro. Puede quien encuentre tonta la evasión. Puede que lo sea, no seré yo quien discuta demasiado al respecto, que discusiones ya hay bastantes. Pero estoy seguro de que, leer que en Bretaña había viejas brujas que adivinaban el color de los ojos de las amadas de los caballeros andantes solo por el eco del galopar de sus caballos al pasar por el camino, a mí, a veces, me ayuda a ser un poco más feliz."

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8.10.17

Táboa Redonda: Una foto normal

La verdad es que no me convence mucho mi artículo de hoy, pero bueno, no tengo otro.

El resumen es: hay problemas terribles por todas partes, no mejoramos casi nada, solo hay que mirar, vivimos rodeados de ellos; y luego hay otros tan ridículos que no lo son, pero aun así generan conflictos, y por mí se los podían meter por donde les quepan.


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 8 de octubre de 2017


Una foto normal


"La otra mañana, mientras el sinsentido nos rodeaba, me topé en mi ordenador con una foto de hace años de mi hijo pequeño. Está en pijama en el jardín, apoyado en una murallita, mirando el mar. 
En el mundo hay, ahora mismo, aproximadamente sesenta conflictos armados activos, de mayor o menor intensidad; conflictos que en lo que va de año han supuesto casi setenta y seis mil muertos. Decenas de miles de menores son reclutados como soldados y obligados a luchar en esas guerras. Según los últimos datos disponibles, casi mil doscientos millones de niños de entre cinco y catorce años deben trabajar. Más de doscientos sesenta millones están desescolarizados: como la cuarta parte de la población europea. Un catorce por ciento de los menores de cinco años sufre desnutrición: en una de nuestras aulas de infantil habría tres o cuatro. En 2015, el quince por ciento de la población joven de la OCDE (o sea, unos 40 millones de personas) no trabajaba ni estudiaba ni estaba en formación (los famosos NiNi); en parte porque en los últimos ocho años han perdido el diez por ciento de sus puestos de trabajo.
Según el Banco Mundial, a pesar de que la población viviendo en condiciones de extrema pobreza ha disminuido sustancialmente (cosa de China, principalmente), todavía hay más de setecientos millones de personas que subsisten con menos del equivalente a dos dólares al día. Eso es más del diez por ciento: en uno de nuestros cumpleaños, dos invitados. Lógicamente, coincide casi exactamente con el porcentaje de población que se considera pasa hambre.
Ahora mismo hay en el mundo más de sesenta millones de desplazados forzosos. De los cuales unos veintiún millones son refugiados. De estos, han sido reasentados menos de doscientos mil.
Mi hijo, cuando la foto, estaba sano, vestido, al lado de casa, querido y contento. Y acababa de desayunar. Además me tenía a mí y al resto para contarle qué era todo aquello, para llevarlo, para llamar su atención y para ir un paso detrás de él por el camino. Camino por el que intentaremos que aprenda a disfrutar de cuantas más cosas mejor (incluidos Stevenson, el blues, la playa y el cubo de Rubik). Y no solo eso, sino que pasaba allí unos días porque lo habíamos decidido libremente, y porque además tengo un trabajo con un sueldo que me permite hacerlo. 
Y, aunque queda un poquito ñoño decirlo así, pensaba que las únicas batallas que merecen la pena y yo querría librar son las que buscan que esa foto llegue a ser normal para cualquiera. "

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1.10.17

Táboa Redonda: Bibliotecario de Kiev


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 1 de octubre de 2017


Bibliotecario de Kiev




“Una historia de amor y  oscuridad”, la autobiografía del escritor israelí Amos Oz, es un libro interesante de principio a fin por lo personal, lo político, lo histórico y lo literario.

Para cualquier escritor, escritor frustrado, aspirante a escritor o aspirante a escritor frustrado, sus reflexiones sobre su propia experiencia literaria, sus comienzos, o su visión de qué es leer y cómo se ha de hacer, no tienen desperdicio. Cuenta, por ejemplo, el modo en que la maravillosa “Winnesburg Ohio”, de Sherwood Anderson, le hizo ver que no necesitaba ir a ningún lugar especial, ni buscar ninguna vida excepcional, para escribir de lo importante; porque leyéndolo comprendió que el centro del mundo estaba exactamente en su escritorio.

Hay que leer lo que significó Israel, a finales de los 40, para los judíos de medio mundo y de toda Europa. Y leer cómo vivieron, pegados a las radios de sus cocinas, la votación de Naciones Unidas en el 48 en la que se decidió crearles un estado. Y hay que leer, para entender –aunque sea desde la decepción- tantas cosas, cómo sus tías y su abuela, al desembarcar allí, besaban la tierra donde, por primera vez en sus vidas, esperaban que nadie las insultase ni las persiguiese.

Conviene asistir a la conversación de trinchera entre Oz y un soldado veterano, en la que este le recrimina que insulte a los palestinos, cuando son los judíos quienes han ido a echarlos de su país. Cuando el joven escritor le pregunta por qué lucha entonces, su colega le contesta que en algún sitio tienen que vivir, que también ellos se merecen tener un lugar en el mundo.

Y hay un capítulo en el que Amos Oz explica que tanto su padre como la inmensa mayoría de sus vecinos eran intelectuales que provenían de las universidades de toda Europa; y que no sabían hacer ningún tipo de trabajo manual. Excepto uno de ellos: el único fontanero del barrio. Y cuenta que, cada vez que acudía a una casa a arreglar algo, los demás hombres, incapaces incluso de ayudar, se reunían a su alrededor y comentaban entusiasmados la importancia, la trascendencia para toda la comunidad de la labor de aquel individuo. Todos con las manos en la espalda, pensando qué carallo estaría haciendo.

Y así me siento yo estos días cada vez que viene un albañil, un pintor, un fontanero o un electricista a hacer algo a casa: lo observo con asombro, con perplejidad, me pregunto cómo será capaz de hacer esas cosas y me siento tan perdido como un bibliotecario de Kiev."

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26.9.17

Táboa Redonda: Corto


[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 24 de septiembre de 2017]


Corto


 

"El otro día un anciano esperaba delante de mí en la cola de la caja del supermercado. Estaba mirando un paquete de sobaos que llevaba en el cesto, lleno de estrellas doradas que anunciaban un sorteo cuyo premio eran las vacaciones pagadas de los próximos cinco años.

Cuando no era padre, lo que más temía del paso del tiempo era mirar atrás un día y constatar que lo había perdido. Que había desaprovechado mi oportunidad. Y esto ha supuesto siempre un conflicto entre mi prudencia a la hora de tomar decisiones (no sé si innata o aprendida, pero indudable) y un deseo oculto pero siempre presente de vivir la vida de otro modo, más intensamente, supongo. Una idea romántica, al fin y al cabo, que no ha tenido más consecuencias que pequeñas decisiones diarias que no pasan de gestos simbólicos, palmaditas en la espalda a mí mismo.

Y para alguien así hay pocos consuelos comparables a la literatura: a falta de aventuras, se leen. Se acompaña a Miguel Strogoff por Siberia, a Holmes por Londres, a Aragorn por la Tierra Media o a J.R. Moehringer a la barra del “Dickens”. O al Corto Maltés por todo el mundo.

Al fin he leído el Corto Maltés. Un amigo ha venido a solucionar mi grave carencia con unos cuantos comics de Pratt. Y estoy deslumbrado. Ya lo esperaba, y así ha sido: deslumbrado. Por un lado, porque las historias son interesantes, complejas, completas, dan qué leer y exigen leer bien. Por otro por el personaje, que con razón se ha convertido en un icono, porque sería difícil crear otro con tantos atractivos; con el atractivo del hombre de acción, del marino, del viajero, del solitario, del amante, del ilustrado, del hedonista, del valiente, del aventurero. Del que no deja un solo día a la inercia. Ni una sola noche. Del que vive intensamente, y además -y esto es lo importante- lo hace también por ti, que estás en el sofá, levantas la cabeza y ves las nubes y por un momento eres capaz de imaginarte sentado en una duna, con el cuello del chaquetón de mar levantado, mirando el horizonte y con las pardelas diomedeas gritando sobre tu cabeza.

Y algo queda, de todo eso, para que al final del día la sensación sea de haberlo aprovechado. Incluso para seguir aprovechando la noche. Y para que, dentro de bastantes años, cuando veamos en un paquete del súper un premio de cinco veranos con vacaciones pagadas, pensemos que es verdad que a lo mejor, aunque ganemos, ya no tenemos tiempo para disfrutarlo, pero que el que hemos vivido ha valido la pena."

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21.9.17

Táboa Redonda: Mudanza


[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 17 de septiembre de 2017]

Mudanza

 
"Ochenta y cuatro cajas. Dos camas, diez sillas, dos librerías, una vitrina, dos sofás, tres mesillas, cuatro alfombras, dos equipos de música, tres portátiles, una tele, un microondas, una cómoda, un escritorio, veintipico cuadros y ochenta y cuatro cajas llenas básicamente de libros, ropa y tápers. Cientos de tápers con sus tapas.
El piso es más grande que los dos nuestros juntos pero no nos cabe nada. El cajón de los calcetines no me cierra. A lo mejor influye que hayamos reunido ocho nórdicos, dos espumaderas, cinco cafeteras, dos cucharones, cuatro tijeras de cocina, ocho sartenes, cinco tablas de cortar, cuatro cortadores de huevos, dos picadoras de carne, dos ralladores, veinte manteles individuales, treinta y pico tazas, tres vajillas, cuatro cuberterías, veinte bayetas, cuatro pastas de dientes, diez cepillos y seis cortaúñas.
Y dos gatos, el que ya teníamos y uno nuevo. El de antes lleva una semana atemorizado perdido: por el sitio, por las cajas, por los ruidos, por mis hijos y hasta por su congénere, que pesa diez veces menos que él y a quien observaba, los primeros días, con una mezcla de incredulidad y pavor (o eso me parecía ver a mí en su por otra parte poco expresiva cara). El nuevo, que es una bola naranja que el primer día se metió a dormir en una fuente de horno, parece haber desandado el camino recorrido en sus hábitos higiénicos y ya llevamos tres nórdicos lavados (menos mal que nos quedan cinco). Hace dos días que ya juegan juntos.
El horno no funciona (por eso nos dio igual lo de la fuente), una ducha tampoco, la otra pierde agua, la caldera deja de calentar caprichosamente, dos cisternas están rotas y por ahora los dueños han accedido a pintarnos algo así como una sexta parte del piso. Y hemos vislumbrado la pesadilla que debe de suponer ser hijo de un matrimonio mal divorciado, si ser sus inquilinos es esto.
El piso siempre me pareció precioso, y la zona, estupenda. Hasta ahora: atravieso una fase de oscuridad total y no veo la luz. Ni la luz ni ninguna de las virtudes que me atraían. Solo humedades, grietas, armarios repletos, baños clausurados y duchas frías. Y cajas.
Me tocaba a mí ponerle nombre al gato, y decidí escogerlo en honor del mejor presidente de los EE.UU. Un hombre inteligente y preparado, honesto, bondadoso, audaz, consciente de su papel, de sus aptitudes para desempeñarlo y de la responsabilidad de hacerlo. Ejemplar, casi perfecto. Nuestro gato se llama Presidente Josiah Bartlet."

* * *

15.9.17

Táboa Redonda: Y sin embargo, ahora


[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 10 de septiembre de 2017]

Y sin embargo, ahora


 

"Algunos de ustedes recordarán que este año me doctoré. Mi tesis hablaba, entre otras cosas, de Mozambique. Y para escribirla ya se imaginarán que tuve que leer mucho sobre aquel país y sus innumerables problemas: muchas cifras, muchos análisis y muchas explicaciones (a las que sumé las mías).

Y sin embargo, ahora, leo un libro de Mia Couto, “Éstorias abensonhadas”, y aprendo cosas distintas, veo Mozambique desde más cerca y por primera vez le pongo cara a aquellos datos: la literatura, idiota, la literatura.

Otros –de ustedes también- tal vez se den cuenta de que en algún momento he contado que estoy separado. Y lo estoy. Hace nueve años que me vine a esta casa con mucho miedo y un gran propósito: hacer de ella un hogar para mis hijos, que sintiesen siempre suyo y nunca les pareciese un sucedáneo. Y creo que lo conseguí. Hemos estado bien, a gusto, normales. En casa.

Y sin embargo, ahora, en un par de días, nos mudamos. Y no solo eso, sino que nos vamos a vivir, tras pensárnoslo detenidamente durante ocho años, con mi novia y su hijo. A partir de este momento ya no va a haber tiempo no compartido, ya no va a haber días de tres y días de cinco, y no va a haber ese otro sitio a donde retirarse de vez en cuando a estar solo. El refugio es, a partir de ahora, el mismo para los dos. En esta nueva etapa del juego ya no se puede pedir “alto”. Pero sí deberíamos ser capaces de hacer un hogar. Donde no falte nada de lo que hemos construido todos estos años y, además, sumemos cosas nuevas.

Ayer de noche escuchamos en vivo a Malevaje (que ahora parece ser una sola persona). Era en la calle y entre charlas, y atendí menos de lo que sin duda se merecía. Pero aun así hubo algún momento valioso. El que más, a pesar de lo típico, con “Volver”. Hay que ver cuánta buena música es triste, trágica, desgarrada: el tango, el blues, el fado, el flamenco... Será que sabe resumir mejor la pena y el dolor; y que nos hace falta algo que los resuma por nosotros.

Y sin embargo, ahora, es tiempo de crecer. Ni triste, ni trágico ni desgarrado sino todo lo contrario."

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3.9.17

Táboa Redonda returns: Sandes do caminho


Sandes do caminho




"Cinco personas recorren O Alentejo en un coche: una pareja reciente, una ex pareja y yo. Es agosto, nunca antes hemos pasado más de un par de horas juntos y apenas se baja de los treinta y cinco grados. Y, sin embargo, todo va bien.

La excusa del viaje fue el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Y por suerte era solo eso, una excusa, porque lo que vimos, “La comedia de las mentiras”, un remix de varias obras de Plauto revisitadas, fue nefasta. Una especie de “La que se avecina” pero con menos gracia, con un humor facilón que el imponente escenario hacía más bochornoso. Unos actores que supongo buenos (María Barranco, a pesar de todo, estuvo muy bien), al servicio de unos diálogos penosos. Lo único peor que la obra fue ver a gran parte del público llorando de risa y dándose codazos de complicidad con las picaronas indirectas de lo bien que tocaba la flauta una tal Gimnasia.

Pero, como decía, fue solo una excusa para subir por Portugal, por el Alto Alentejo, la Beira Baixa y la Beira Alta, y Tras-os-Montes. Vimos un paisaje muy bonito, y pueblos preciosos y bien cuidados: Elvas, Évora, Estremoz, Castelo Branco, Idanha-a-Vella, Monsanto, Belmonte y Chaves. Ruinas, fortalezas, callejuelas, iglesias y torres de mármol. Y descubrimos que aún es posible el turismo en soledad, sin otros turistas ni turismófobos y, en realidad, sin nadie, lo cual, dadas las temperaturas, no me extraña. Comprobamos también, sin necesidad de ir a Egipto o a China, hasta qué punto las maravillas arquitectónicas de todos los tiempos han sido fruto del hecho de que quienes decidían construirlas no tenían que hacerlas. Porque, de lo contrario, seguro que el castillo de Monsanto les habría valido un poco más abajo; y así casi todo, empezando por las calzadas romanas, que por cierto suscitaron encendidas discusiones durante el viaje e hicieron que tacháramos de disparates nuestros respectivos puntos de vista historiográficos, nada más y nada menos.

Ha sido el verano de Portugal, porque antes habíamos ido con los niños a Oporto, donde –ahí sí- las hordas de visitantes teníamos tomado el centro. Pero, de todos modos, no recordaba bien la zona alta de la ciudad y me encantó. Y paramos en Braga y en su maravillosa librería “Centésima página”, donde volví a dejarme aconsejar: “Angustia para o jantar”, de Luis de Sttau Monteiro; que, como me dijo el librero, refleja perfectamente el ambiente cerrado y la tacañería mental del Portugal de los años 50. Mucho parecen haber cambiado las cosas."

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19.7.17

Táboa Redonda: Unos gatos o un maniquí

[El artículo en el suplemento]


Unos gatos o un maniquí


LAS SIETE y media de la mañana. Veo a la señora que da de comer a los gatos subir la cuesta de mi calle, con una bolsa en la mano y tirando del carro de la compra con la otra. Ya ha hecho la limpieza. A las ocho y media tendrá todo listo y al volver la veré aburrida en la ventana. En el callejón, uno de esos gatos come de un cuenquito de papel albal.

Es viernes por la tarde. En una calle un chico de instituto, grande, gordo, con un jersey apretado de pico, con gafas y espinillas, le habla atropelladamente a una chica rubia, guapa, llamativa y arreglada, medio girada y con todo su cuerpo afirmando que quiere irse. Deben de ser compañeros de clase. Él lleva una carpeta. A ella la acompaña otro tío, cachas, guapo y vestido a la moda, que mira ostensiblemente hacia otro lado. Cuando la pareja ya se va el chico grandote se les queda mirando un rato y les grita, con una sonrisa, "Y buen fin de semana, ¿eh?". Ella pone cara de, o sea, qué quiere ahora este, se gira y pregunta "¿Cómo?". "Que buen fin de semana, digo...", repite él, sonriendo aún más y saludando con la mano. Y se marcha nervioso pero contento, sin llegar a ver la mueca de repelús con que ella le deja las cosas claras a su chico y al resto del mundo.

En la mesa de la ventana una pareja pide dos cafés y una docena de churros. Él bromea. De sesenta y bastantes, tiene manos de trabajador, se peina para atrás desde hace pocos años y lleva una camiseta negra ajustada que pone FG October Original City. Ella tiene la misma edad, viste como visten en un sitio pequeño las señoras y apenas habla. Y no sonríe. Hasta que al cabo de un rato él también deja de hacerlo y se queda callado mirando por la ventana. De vez en cuando vuelve a intentarlo, pero nada. No se da cuenta de que, cuando no está atento, ella lo mira de reojo y por un instante suaviza el gesto. Se ha puesto unos pendientes largos y un foulard que nunca había estrenado, pero cuando se levantan para irse, mientras él paga, se ve en el espejo de detrás de la barra y se avergüenza.

En una calle peatonal de Lugo, un hombre de 59 años que solo tuvo novia una vez durante unos meses, cuando acabó el bachillerato, aminora el paso delante de un escaparate y le mira las tetas a un maniquí que lleva una camiseta ajustada.

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2.7.17

Táboa Redonda: La toalla de Cheever


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 2 de julio de 2017



La toalla de Cheever




 “Anoche, al doblar la toalla de manera que se viera la inicial bordada, me pregunté qué hacía yo allí”, dice John Cheever en sus “Diarios”, sembrados del doloroso desánimo de quien fue un desdichado.

Leo otra vez a Cheever. Estoy con la que fue su primera novela, “Crónica de los Wapshot”, y nada más empezar vuelvo a comprobar cuánto me gusta. “Bajo una penetrante lluvia otoñal, en un mundo muy cambiante, la plaza de Saint Botolphs daba una impresión de insólita permanencia”: eso es construir algo real en una sola frase.

Sus relatos son extraordinarios. A la altura de los mejores cuentistas norteamericanos –Carver, Salter-, porque de hecho es uno de ellos. Tiene –como debería tener cualquier cuentista- la capacidad de contar mucho con pocas palabras. Nos deja ver el momento justo de alguien, de unas vidas, para comprenderlas en toda su complejidad (nunca, nunca simplificando, nunca esquematizando, recuerden a Roth). Y sus novelas lo mismo, pero abriendo un poco el objetivo y alargando el tiempo de exposición.

Yo lo relaciono con Edward Hopper. Cheever habla del ambiente de Nueva Inglaterra, y Hopper lo pinta en muchos de sus cuadros. Y ambos nos muestran una clase media, puede que inexistente en otros lugares de Estados Unidos, pero que allí es o era real y presenta o presentaba unas características que a mí me asombran: son clase media (no alta, no media-alta), viven en el campo y tienen barcos, y navegan, y resulta que hay gente que paga su pasaje y unos bocadillos para ir a ver la puesta de sol, y son los años 30;  y organizan cenas para las que van a otros pueblos a comprar a tiendas especializadas (las cuales, por tanto, existen); y la música popular que escuchan son obras maestras del swing o del bebop, tocadas por big bands míticas. Y son clase media, insisto. Me pregunto si en algún sitio de la costa catalana o la vasca hubo entonces aquí algo comparable. Porque a mí me parece ciencia-ficción.

Una reunión familiar en el viejo jardín: “Una nube pasa ante el sol poniente, oscureciendo el valle, y ellos experimentan una honda y momentánea inquietud, como si intuyeran de qué modo puede caer la oscuridad sobre los continentes del espíritu. El viento refresca, y entonces todos se animan, como si eso les recordara su capacidad de recuperación”. Ante algo así, a uno no le queda sino contentarse con leer. Desde luego, no puede escribir, porque sabe que nunca llegará tan al fondo, ni será tan esencial, tan incisivo y tan pertinente; y menos con esa naturalidad. Así que únicamente leer y, tal vez, consolarse porque al doblar la toalla del baño la sensación es mejor.

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28.6.17

En un libro

Aunque difícilmente podría haber sido de un modo más modesto, lo cierto es que ya puedo decir que me han publicado un relato; que ya aparece algo mío en un libro.

Hace un mes y pico mandé un texto a un certamen de micro relatos organizado por una asociación cultural del pueblo vecino, Patio de Butacas. El tema era la emigración y el Atlántico; algo en lo que es fácil pensar para cualquier gallego.

Y he aquí que me seleccionaron. No había premio ni ganador, pero sí seleccionaban y publicaban a unos cuantos, en un librito muy cuidado titulado "Verbas migradas". Y no solo eso, sino que, junto al mío, publicaron también el relato de mi padre. Qué cosas: se puede decir que los dos hemos visto media cumplida nuestra ilusión común a la vez.

El día de la presentación salí a leerlo, y me encantó la experiencia. Y al volver a mi silla me encontré a mi hijo Carlos llorando desconsoladamente; lo cual supongo que, entre otras cosas, quiere decir que el texto logra su propósito.

Era este:


Los edificios de enfrente



"Mi tío Camilo murió con casi ochenta años en Buenos Aires, a donde había emigrado cuando tenía poco más de treinta. Murió en 1998, y coincidió que yo estuve en Argentina por un viaje de trabajo y pude ir a verlo a la unidad de paliativos del hospital Tornú. Tenía un cáncer de hígado y sabíamos que ya no saldría de allí.
Nunca estamos preparados para ver enfermo a alguien querido. Y menos si han pasado veinte años. De Camilo, mi padre me contaba cómo remaba, cómo amarraba el bote y cómo subía las escaleras de casa de mis abuelos con un hermano pequeño sentado en cada mano, agarrados a sus brazos. Y ahora lo encontraba allí perdido en medio de aquella cama grande. Solo las manos seguían igual. Las tenía apoyadas sobre la sábana blanca, morenas, con sus dedos anchos y cuadrados de pescador; pero detrás ya no estaban sus brazos, ni su cuerpo, ni su cara. En la habitación estaban mis dos primos mayores. Cuando entré quiso sonreír.
- Hombre, Fernandito.
¿Vamos a pescar?, me había dicho por teléfono un par de días antes, cuando le avisé de que iba. Con los años, Camilo volvió un par de veces a su pueblo, a Vicedo, y en una de ellas salí con él en la lancha. Yo todavía era un niño. Me despertó temprano, desayunamos una taza de leche con pan y colacao y bajamos al muelle. Todo -meterme descalzo en el agua fría, colocar los remos en los toletes, el crujido de los estrobos secos, los gritos de las gaviotas y hasta el ruido del motor- era extraordinario y de otro mundo: el suyo.
- Qué, ¿cómo vas?
- Bueno...
Le cogí la mano y me senté al borde de la cama, y así estuvimos charlando un rato.
- ¿Te acuerdas de cuando me llevaste a pescar?
- Acuerdo, acuerdo –y sonrió de verdad por primera vez. Se quedó un rato callado. Me apretaba la mano. - Qué más quisiera yo que salir en la lancha.
- Hasta la Estaca.
- Ay, iba a ser mucho. Pero algo… -le cambió la cara-  O si pudiera bajar al muelle otra vez.
Miró hacia la ventana.
- Aunque solo fuera salir al balcón y ver la ría.
Fuera se veían los tejados de los edificios de enfrente."

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25.6.17

Táboa Redonda: Hacia dónde conducimos


Publicado (con un ligero lapsus en el título) en el suplemento Táboa Redonda el domingo 25 de junio de 2017


Hacia dónde conducimos



"El domingo pasado, cuando volvía a casa, vi el cielo naranja detrás de un monte y conduje hacia allí, hasta las playas. Pero llegué tarde, el sol ya se había puesto. Aun así, todavía había mucha luz sobre el mar y la espuma de las olas brillaba sobre un azul que se iba haciendo más oscuro poco a poco.

Para valorar algo, para evaluarlo, aun subjetivamente, lo primero que debemos saber es cómo tendría que ser para parecernos bueno. Para valorar nuestra vida, lo mismo. A un amigo, en un prestigioso máster allende los mares un profesor le hizo imaginar paso a paso, durante media hora y con los ojos cerrados, cómo sería su día ideal. Les iba haciendo preguntas: a qué hora se levantarían, dónde y con quién; qué harían a continuación, si saldrían de casa o no, y a qué; cómo pasarían el día, si trabajarían, en qué y para qué; con quién comerían, cuánto trabajarían por la tarde, a qué casa querrían volver y a quién les gustaría encontrarse esperándolos, etc. Y a continuación les dijo: “Pues bien, ustedes, cada vez que tomen una decisión importante, tienen que pensar si eso los acerca o los aleja de esa vida”.

A lo mejor el planteamiento les parece discutible, poco realista, incluso válido solo para privilegiados. Tal vez lo sea. Pero piénsenlo de un modo más genérico: qué buscan en la vida. ¿Lo saben? Y, si no es así, ¿cómo esperan conseguirlo?

Todos damos palos de ciego en algún momento. En ocasiones es evidente; otras, no tanto, y nos dejamos arrastrar, desoyendo un proverbio mongol que dice “No confundas, jinete, el galopar de tu caballo con los latidos de tu propio corazón”. Me encanta: tomamos por deseos genuinos lo que no son más que destellos, espejismos o la corriente.

Hoy volví a ver el cielo naranja tras los montes y volví a conducir hacia ellos. Fui por un camino distinto y pasé junto a unos campos en los que hace años les hice una foto a mis hijos. Le tengo mucho cariño: están los dos de pie en la hierba, cogidos de la mano; Paula, con cinco años, lleva una trenca marrón y una boina de lana y mira seria a la cámara, y Carlos, con dos, tiene una trenca azul marino, sonríe mirando al suelo y lleva de la mano a su oveja de peluche. Pero es una foto que me angustia terriblemente, porque en aquel entonces estaba muerto de miedo. No sabía qué iba a ser de nosotros. No sabía cómo iba a ser mi vida con mis hijos.

Volví a llegar tarde: el sol ya se había puesto. Me quedé un rato de pie en las dunas, mirando las nubes grises del horizonte, sin saber si estaba bien o mal. No dejo de dudar, y a menudo pienso que sigo sin saber lo que quiero. Pero hay un miedo que ya no tengo, y eso lo cambia absolutamente todo."

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18.6.17

Táboa Redonda: Prescindibles

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 18 de junio de 2017


Prescindibles


"El domingo por la mañana, varios amigos asistieron a… algo. Algo que les pareció muy bien: una propuesta muy interesante.

Dichosos quienes tienen la fortuna de vivir una época y en un lugar donde hay tiempo, interés y recursos para el arte y la cultura. Incluso aunque a lo largo de la historia esas etapas hayan sido, a menudo, la antesala de ser invadidos por civilizaciones en un estadio anterior, guerreras, que jugaban con la ventaja de no valorar todavía demasiado la propia vida. Loados, en cualquier caso, quienes sucumbieron a causa de su refinamiento.

Además, yo supongo que, siempre, quienes han nadado en el caldo de cultivo que propicia el Arte, la Cultura y la Ciencia han tenido que ir apartando tablones y bolsas de plástico. Que tampoco en la Atenas de Pericles y la Florencia de los Medici debía de ser fácil separar el grano de la paja. Pero el caso es que yo estoy llegando a un punto en que si alguien me sugiere acudir a presenciar, visitar, ver, leer, escuchar, oler, palpar o degustar una propuesta muy interesante salgo huyendo.

Porque yo creo que no hay tanto talento.

Lo que hay es una demanda enorme y bastante cuestionable de arte, cultura, nuevas experiencias y entretenimiento. Y, como consecuencia, una no menos enorme oferta, bastante cuestionable también. Porque, por mucha creatividad que nos rodee, por mucha imaginación e ingenio que tengamos, no hay tanto. No hay artistas para tanto arte. Es imposible.

Y la consecuencia es que acabamos rodeados de un exceso de representaciones, conciertos y performances que demasiado a menudo no merecen la pena, sobrevaloradísimos, que no justifican ya no solo el dinero de la entrada sino el tiempo que consumen. Y esto incluye la literatura, por supuesto, empezando por las legiones enteras de columnistas de gatillo fácil que cada semana tenemos algo que decir. Por no hablar del mundo de los espectáculos infantiles, donde directamente parece no existir umbral mínimo. Propuestas interesantísimas, trajes nuevos del emperador por todos lados. Y nosotros leyendo las explicaciones de los cuadros del CGAC con expresión sesuda, por si hay cámara oculta.

De toda esta maraña, por decantación, sin duda saldrá verdadero arte, sublime o crudo, que nos enseñará algo sobre nuestra vida. Sin duda. Pero mientras, qué exceso de prescindibilidad tenemos que soportar."

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11.6.17

Táboa Redonda: La fiebre no es una enfermedad

Es un poco penoso tener que explicarlo, pero lo cierto es que no estoy muy seguro de si se entiende que al final del artículo me refiero al terrorismo.

Publicado en el Táboa Redonda del domingo 11 de junio de 2017


La fiebre no es una enfermedad




"Vuelvo a hablar de Sorkin, Aaron Sorkin, el mejor guionista del mundo. Solo el final de “El Ala Oeste” me dejó más huérfano que el final de “The wire”, y para superarlo acabo de ver otra genialidad: “The Newsroom”. Pero también la he acabado, y he tenido que volver al Ala Oeste, porque no encuentro nada a su altura. Aunque otra serie suya, “Studio 60 on the Sunset Strip”, promete.

Las series de Sorkin tienen dos características comunes: todos sus personajes son inteligentísimos (como ya he dicho aquí antes) y sus argumentos son la excusa para plantear continuos problemas éticos que ellos, lógicamente, no solo inteligentes sino decentes y dotados de fe en la Humanidad, deben afrontar y afrontan bien. Ah, no, y tienen otra característica más: le hacen sentir a uno que su vida (al menos su vida profesional; claro que las profesiones de sus películas ocupan las vidas enteras de sus personajes) es una completa medianía...

Pero inspiran. A lo mejor es que soy ingenuo, como me dijeron en mi defensa de tesis (yo me defendí diciendo que era idealista, que no era lo mismo: era consciente de las dificultades pero creía que se podían superar), pero cuando acabo cada capítulo me dan ganas de salir a arreglar el mundo.

Y permítanme que de este modo tan frívolo me acerque al tema que, lógicamente, me estremece estos días. Y ya va haciendo demasiado tiempo que es así. Tanto que el miedo inmediato va dejando sitio a un miedo a largo plazo en realidad más preocupante.

Frívolo, tal vez, pero no tan tonto como para pretender decir en estas líneas algo que aporte algo. Como mucho, dos cosas que serían de Perogrullo si entre nosotros hubiese algo que lo fuese, si hubiese algún tema, por obvio que parezca, que no atesore su cuota de discrepancia. Y esas dos cosas tienen que ver con el horizonte temporal de nuestro temor, pues una llama a la defensa urgente y la otra a acabar con las causas. Una es un problema de seguridad, un problema de violencia material contra el que protegerse materialmente; y la otra es el fondo de la cuestión, lo que la hace posible, lo que la alimenta, lo que hace que la locura parezca no tener fin, y contra la que poco o nada puede hacer la fuerza.

Nunca nada nos salvará de un loco dispuesto a todo. Y siempre habrá alguno. Como siempre lo ha habido. El problema es que ahora esa locura es un síntoma claro (por mucha manipulación que haya detrás, por muy espurios que sean los discursos que la legitiman) de otra enfermedad mucho mayor.

Cuando ustedes tienen fiebre no se limitan a tomar algo para bajarla, aunque eso sea siempre lo primero en atajar: al mismo tiempo, localizan su origen y luchan contra el mal que la provoca. Pónganle ustedes nombre a ese mal; el enfermo es el mundo."

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