8.2.19

Mallo y la artritis

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 03.02.19]


MALLO Y LA ARTRITIS



"ESTOY LEYENDO en un taburete del vagón cafetería. Llega una mujer de unos cincuenta y pico, a la que hace un rato he visto dudar de cuál era su plaza y en qué clase viajaba, se sienta a mi lado y pide un rioja. Le ponen un botellín y un vaso de plástico. Se sirve un poco y bebe mirando fijamente a la oscuridad que corre tras la ventana de enfrente. Tiene las manos muy deformadas por la artritis. Cuando al cabo de un rato vuelvo a mirar para ella me doy cuenta de que está llorando.
El libro es Trilogía de la guerra (Seix Barral), de Agustín Fernández Mallo. Hace ya años que leí su otra trilogía, el famoso proyecto Nocilla, y me interesó y me gustó —que no es lo mismo—. Fernández Mallo es un científico que escribe; es más: es un físico poeta. Y eso se nota y crea una combinación muy atractiva. Ya lo dice mi amigo Javi, que es ingeniero y filólogo y defiende, desde siempre, que la separación entre ciencias y humanidades es artificial y absurda y nos está haciendo un flaco favor. En este caso, a mí me da la impresión de que la literatura, a lo largo de todo el libro, traspasa la barrera tácita que suele respetar, y es como si de repente pudiese abarcar mucho más. Cuando leo a Javi me pasa lo mismo: hay más posibilidades."

Que merezca la pena

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 27.01.19]



QUE MEREZCA LA PENA




"EN LA UTILIDAD de lo inútil —Acantilado, dónde si no—, el profesor italiano Nuccio Ordine trata de hacer ver lo discutible que es el criterio que actualmente se impone a la hora de clasificar los conocimientos en útiles e inútiles.
Explica hasta qué punto el enfoque pragmático actual, eminentemente económico, se equivoca al identificar qué es importante y qué no. Como profesor que es, centra parte de su crítica en la enseñanza, que no solo en su etapa universitaria sino ya en la secundaria presume de orientarse cada vez más hacia el mercado laboral; con lo que eso supone de menoscabo de la amplitud de la formación básica y lo que tiene de puntilla para la depauperada capacidad investigadora de nuestro mundo académico. Pero no se queda ahí Ordine y sigue insistiendo en que, en general, lo teóricamente superfluo puede acabar siendo lo que haga que nuestra vida valga la pena. Los ejemplos son tantos y tan variados que no tiene demasiado sentido enumerarlos, pero él, como cabía esperar tratándose de un filólogo y un amante de la literatura, piensa sobre todo en el arte, en el placer estético, el conocimiento por sí mismo y en la posibilidad de dotar a la vida, si no de un sentido, al menos de cierta consciencia.
Cuenta que, en plena Guerra Fría, una comisión del Senado estadounidense evaluaba la financiación de un proyecto científico y, en un momento de las conversaciones, un senador, harto ya, le preguntó al director cómo contribuiría aquello a mejorar la defensa nacional. La respuesta fue maravillosa: "Este proyecto no mejorará en nada la defensa de la nación, pero contribuirá a que la nación merezca ser defendida".


En un café

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 20.01.19]

EN UN CAFÉ

"NO VOY A HABLAR del libro de relatos de Mary Lavin, editado por Errata Naturae y que les recomiendo, sino del domingo pasado por la mañana.
A nuestro lado hay una pareja de nuestra edad que tiene una conversación tan coñazo que no puedo evitar pensar que están juntos porque solo ellos se aguantan. Y me alegro, por ellos y por las dos personas que en algún lugar del mundo no saben de lo que se han librado. Sin embargo, en la mesa siguiente hay otra, algo mayor ya, extraordinaria. Porque los dos usan sombrero y porque parece que, a pesar de todo el tiempo que llevan juntos, se caen bien y se interesan. 
Otra pareja más joven acaba de encontrarse. Ella se ha retrasado un poco. Son solo amigos pero él es todo aspavientos, efusividad y gestos de autoafirmación, y con sus bromas y su lenguaje corporal podría parecer seguro si no supiésemos todos que no tiene nada que hacer, porque ella le saca una cabeza. Más allá, un matrimonio de ancianos lee a la vez el periódico, sentados hombro con hombro e inclinados sobre la mesa. Ella va siguiendo las líneas con el dedo, para los dos."

¿Quién me quiere a mííí?


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 13.01.19]

¿QUIÉN ME QUIERE A MÍÍÍ?

"SI TUVIERA que destacar una sola razón por la que las Navidades han resultado tan buenas, creo que diría que porque durante estos días nuestra casa me ha parecido un hogar. No es la primera vez, naturalmente, que me siento a gusto en ella, pero estas semanas nos he visto, a nosotros, más unidos, más familia que nunca. Y es muy importante, claro. Falta camino por andar y no sé cómo de lejos llegaremos, pero las entradas y salidas de estos días, los desayunos, las películas de por la noche, dormir y Nochebuena y Nochevieja han sido mejores.
Los Reyes fueron el colofón y volvieron a venir cargados de libros. Entre otros, The Jewish Century (Princeton University Press), de Yuri Slezkine y recomendado por mi habitual colega de página Javier Nogueira; Física de la tristeza (Fulgencio Pimentel), de Gospodinov, una joya búlgara de la que jamás había oído hablar; una recopilación de todos los cuentos de Carver, en una edición preciosa de Anagrama Compendium —hay que ver qué colecciones más bonitas tienen algunas editoriales clásicas, como esta o como Austral Singular—, o Trieste o el sentido de ninguna parte (Gallo Nero), de Jan Morris, que no sé muy bien qué cuenta pero que con ese título tan maravilloso tuve que pedirlo. Algo bueno tiene que salir de esas lecturas.
Pero, entre celebración y celebración, a lo largo de los días fui pensando qué cosa tan rara es eso de quererse. De qué depende, por qué sale bien o mal, o por qué a veces ni siquiera sabemos si es verdad. Parece mentira que algo tan fundamental y determinante en nuestras vidas pueda llegar a ser no solo incontrolable sino incomprensible."

En todas partes


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 06.01.19]



EN TODAS PARTES

"EL OTRO DÍA mi hija me contaba que una compañera suya de clase decía que Love Actually era una tontería superficial, un montón de estereotipos ridículos. Está claro que la niña, de quince años, apunta maneras y además sabe escuchar a sus mayores; pero a mí me dio la oportunidad de explicarle a Paula que, igual que es de tontos no analizar nada, también lo es analizar de más, y que no se puede ir siempre con las gafas de intelectual puestas. Que hay que relajarse un poco, de vez en cuando.
A mí no solo me gusta Love Actually sino que me atrevo a afirmar que los de mi generación, con ella, hemos asistido a la aparición de un clásico del cine; o al menos del cine navideño. Y ayer nos volvimos a relajar y la volvimos a ver. Y me volvió encantar. Sobre todo las historias de Billy Mack, el abuelo del rock, Karen y su crisis conyugal, Jamie y su romance portugués y, por supuesto, don Hugh, que qué bien hace siempre ese papel que siempre hace.
Para compensar, esta semana hemos visto el documental La teoría sueca del amor, que sostiene que el gran propósito que la Suecia de Olof Palme se marcó a finales de los 70, consistente en lograr las plenas independencia y autonomía personales de todo ciudadano, ha generado, cuarenta años después, una sociedad de individuos aislados, con escasas y pobres relaciones íntimas. Una sociedad en la que la mitad de los adultos viven solos y que tiene una agencia estatal dedicada a localizar a las familias de todas las personas que mueren sin nadie a su lado. Asegura que aquella independencia, teóricamente de lo más deseable y planteada a un mismo tiempo como objetivo de desarrollo socioeconómico —el Estado como proveedor de toda necesidad material— y cultural —ninguna relación personal condicionada por ningún tipo de dependencia, sino basada en una absoluta libertad de decisión—, ha creado una sociedad aquejada de un enorme problema de soledad.

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30.12.18

Un ukelele y la fotosíntesis



Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 30.12.18

Un ukelele y la fotosíntesis




"Un chico y una chica se encuentran de casualidad en el andén y se saludan. Se gustan. Entran juntos en el vagón y van hablando de pie todo el viaje. Tienen treinta y pocos y son guapos: ella, de pelo castaño y pecas, risueña; él, moreno, de barba pero no muy hípster, con cara de buen tío y atractivo. A mi lado, de pie, un señor mayor lee una revista. El artículo dice que el desierto es una buena imagen del alma humana dispuesta a recibir a Jesucristo; y él subraya, apoyándose en la barra vertical, con rotulador fluorescente amarillo, las palabras “bautismo de conversión”. Habla más el chico, con seguridad y amabilidad al mismo tiempo, y ella no deja de mirarlo sonriendo, sin perderse un solo gesto. A él, ella le gusta, pero dentro de lo asumible; a ella, en cambio, él le gusta bastante, más que su novio, me temo. Al final, con el traqueteo, al señor se le tuerce un poco la raya. Cuando me bajo los dos siguen mirándose desde arriba y desde abajo, todo lo cerca que pueden sin sentirse declaradamente infieles.

Al día siguiente, en el autobús, en el asiento de delante dos señoras de pelo corto y canoso, con gafas, van hablando. La mayor le cuenta a la otra que en clase de huerto les va enseñando a los niños los tomates, los calabacines, un caracol o una tela de araña llena de gotas de rocío y, con cada cosa, añade un “Alabado sea el Señor”. Nada más, explica, sin más comentarios, eso ya llega, ya lo dice todo.

Hemos marcado un punto de inflexión en nuestro camino a la madurez: por primera vez hemos sido anfitriones en Nochebuena. De nuestros padres, además. Tras los nervios y a pesar del trabajo previo, me ha gustado. A priori, habría firmado un resultado para esa noche más modesto que como resultó todo, así que estoy encantado. Incluso no descartamos repetir.

Mi hijo les pide a los Reyes un ukelele y dice que su propósito para el año nuevo es hacer la fotosíntesis. Que sería perfecto: inhalar dióxido de carbono –que además cada vez hay más, dice- y expulsar oxígeno, para el bien de todos, y después, de noche, respirar su propio oxígeno. Y que viviría mucho más. Que cómo puede hacer para tener clorofila. Yo le digo que tome muchos chicles, a ver si así.

Mi hija va, en dos días, a su primer baile: me da vértigo pero me alegro muchísimo por ella, que es tan buena y se merece tanto pasarlo bien y tener amigos que se la merezcan a ella.

Y todos estos decorados, actores y actores de reparto, u otros semejantes, tan variados, tan prometedores, nos están esperando este año que viene. Sáquenles provecho, porque ustedes son los protagonistas. Feliz 2019."

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23.12.18

Inspiración

La víspera de la noche más entrañable del año, en la que en esta ocasión, además, nosotros damos un paso de gigante en nuestra carrera hacia hacernos mayores, pues por primera vez, en lugar de ir a casa de alguien, somos anfitriones, os deseo de todo corazón una muy feliz Nochebuena y feliz Navidad.

Cuidaos mucho y tratad de hacer que esto valga la pena.

Besos y abrazos.


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 23.12.18

 

Inspiración


"El domingo por la tarde vi un capítulo de “Endeavour”, la maravillosa serie inglesa que no entiendo cómo no les vuelve locos a todos ustedes, y, al llegar al tren esa noche y ponerme con este artículo, todavía bajo los efectos de la belleza del paisaje, de la música y de dos mujeres, escribí el título: “Inspiración”. Esa idea sobre la que casi todo el mundo ha dicho algo desmitificador, menos Rilke y yo.
Paul Auster es un escritor que pocas veces me convence al cien por cien pero siempre me deja con ganas de leerle el próximo libro. Sus novelas suelen plantear, sin elucubraciones abstractas ni sensiblería, cuestiones interesantes de la vida real. Ahora estoy con “4 3 2 1”, arrastrando bastantes dudas, como siempre. Y en ella escribe, sobre el joven protagonista y un amigo: “Caminar con Federman era sobre todo un ejercicio del arte de prestar atención, y prestar atención, como descubrió Ferguson, era el primer paso para aprender a estar vivo”. No podría estar más de acuerdo: prestar atención como herramienta para vivir. Por eso escribo.
Claro que cada uno presta atención como es. Leo artículos magistrales, verdaderos ejemplos de cómo elegir y exponer un tema, cómo analizarlo y darle la profundidad, el tono e incluso la longitud justos. Artículos no solo elegantes sino que arrojan luz. En cambio yo, en estas columnas, más que arrojar luz me parece que doy sombra. Siempre a punto de caer en un apasionado lamento existencial, como el de aquellas conversaciones de leve borrachera de cuando éramos jóvenes y no teníamos novia. Siempre hablando desde mi rincón lleno de trastos, con los que no dejo de tropezar; siempre metiéndome en medio, elija el tema que elija. Debo de ser idiota, como decía Cortázar de sí mismo porque no entendía las críticas sesudas y se dejaba llevar por la belleza de un pez de colores de papel que cruzaba el escenario. Solo que, yo, sin ser Cortázar.
Ayer, cuando ya tenía esto casi acabado, hablé por teléfono con mi hijo. Estaba montando el belén en casa, porque había visto el que el vecino hace en el portal y le había servido de inspiración. De inspiración, dijo. Él en Ferrol y yo en Madrid, cada uno prestando atención a su alrededor y dándole sentido a un lunes.
Dándole sentido a los días, uno tras otro. Dándole sentido a esperar las vacaciones para estar juntos. Todos con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestros pececillos de colores y nuestros trastos. Un poco idiotas pero sirviéndonos mutuamente de inspiración. De inspiración para aprender a vivir.
Feliz Navidad."
 
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16.12.18

Puertas


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 16.12.18]


Puertas




"Cuando abrimos una puerta con la intención de cruzarla, deberíamos saber al menos dos cosas: a dónde lleva y si queremos entrar ahí. Lo primero no siempre es fácil, no depende solo de nosotros, pueden faltarnos datos y a veces no vemos bien. Sin embargo, es lo segundo lo que no solemos hacer. Tener claro si es ahí donde realmente queremos ir.

Este puente vinieron Marta y los niños a Madrid, y pasamos aquí cuatro días enteros caminando, mirando edificios, viendo gente, comprando poco y comiendo mucho, rico e insano. Estuvimos con amigos e incluso tuvimos un hueco para la cultura y fuimos al Museo de Ciencias Naturales, desde el que se oían los cánticos de cientos de hinchas argentinos y donde tienen un calamar gigante más pequeño, según Carlos, que el de la Sociedade Galega de Historia Natural de Ferrol. Y volvimos a Santorcaz, el pueblo donde viví cuando era como ellos. Les enseñé todo, de nuevo emocionado por regresar y por cerrar una especie de círculo al estar allí con mis hijos. Un círculo bonito, reconfortante.

Yo en Santorcaz tuve sobre todo un amigo, el más listo del colegio, Víctor, del que no había vuelto a saber nada. Y cuando nos íbamos después de pasear por las callejuelas desiertas, ya de noche, me animaron a entrar en el bar de la plaza. Cualquiera que me encontrara de mi edad habría estudiado conmigo en el único colegio. Y sí, detrás de la barra estaba Susana, un año menor que yo y ex compañera de aula. Fue una escena de película, con abrazo de película. Y no solo sirvió para recordar a muchos, sino que espero poder ver a Víctor, que ahora sé que pudo estudiar. Abrir la puerta de ese bar fue estupendo.

Por otra parte, ya estoy comprobando por mí mismo cuántas puertas hay aquí. Cuántas más que ahí. Pero al acercarme me doy cuenta de que me da algo de miedo empujar algunas: no sé bien a dónde conducen y, cuando lo imagino, no sé si de verdad quiero entrar. No se trata de nada reprochable, no me refiero a eso. Es una cuestión relacionada con los propios deseos y la necesidad de aclararlos. Con la necesidad de recordarse a uno mismo dónde quería llegar y asegurarse de no estar desviándose. De lo contrario, hay un riesgo de confundir la meta, de hacer del fin un medio para no se sabe qué, o del medio un logro un poco estúpido; un riesgo de olvidar qué se buscaba, qué motivó todo, por qué se hicieron las cosas.

Por eso es importante detenerse, mirar atrás y adelante y preguntarnos si estamos seguros de no estar equivocándonos de camino. Si estamos seguros de que las puertas que nos afanamos por abrir llevan a donde queremos estar."

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Polares

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 09.12.18]


Polares



"En todo conflicto -bélico, familiar o deportivo- se da siempre una polarización de posturas que, entre muchas otras cosas -ninguna buena-, dificulta la adopción de cualquier solución dialogada y aceptable. La irrupción de la visceralidad –surgida del dolor y el miedo y del odio que estos generan- expulsa progresivamente a la razón y veta cualquier actitud que no muestre adhesión total. Si tu ex es un indeseable, los tuyos cierran filas y es un indeseable para todos y en todo, y pobre del que diga que tampoco era para tanto. Cualquier intento de matizar un juicio es rechazado y además resulta sospechoso.


Esto, como es lógico, hace de la polarización un síntoma muy fiable de que hay un conflicto o se está gestando. La radicalización de posturas, la poca simpatía hacia las opiniones tibias, es una señal preocupante que presagia un problema mayor. Y no solo eso: hay algo peor. Porque, en un ejemplo de círculo vicioso, sucede también que la polarización, aun la provocada, contribuye por sí misma a generar conflicto. Se caldea el ambiente. Es la violencia cultural de Johan Galtung echando leña a la hoguera de la violencia a secas.


Nosotros vivimos en una democracia. Con sus carencias y su largo camino por recorrer, pero envidiable para el 90% de la población mundial. Y la democracia se fundamenta en la asunción tácita de que nadie está en posesión de la verdad; asunción sin la cual no tendría sentido, pues ¿por qué preguntar a los demás qué piensan si estoy seguro de tener razón? Como mucho, seguiré las normas hasta ganar, pero en cuanto el poder sea mío se acabó el juego, porque ¡es que tengo razón!


No sé si lo pillan: eso no puede ser. No puede ser ese final ni puede ser aquel principio. No puede hacerse democracia demonizando al otro. Oh, claro que hay ideas execrables y que tenemos líneas rojas que consideramos inamovibles; pero esas líneas no pueden coincidir con mi propia silueta. Debemos, siempre, dejar espacio: a la discrepancia, a otros puntos de vista y a otras conclusiones. Entre otras cosas, porque es en esa tierra de nadie donde nos vamos a tener que encontrar, y porque en realidad hijos de puta hay pocos. Lo que hay son personas que han llegado a donde han podido, con la mejor intención y los pocos medios que tenían; y ni siquiera le llaman, a ese lugar, ideología.


Y cada vez que exhortamos a no transigir en nada, cada vez que descartamos por completo a quien discrepa, cada vez que descalificamos al que no aplaude nuestro discurso entero, estamos cambiando democracia por demagogia, diálogo por bronca. Estamos buscando pelea. Y adivinen quiénes ganan las peleas, los buenos o los matones."

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Gente

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 02.12.18]

GENTE



"Linus van Pelt, el amigo de Carlitos el de Snoopy, afirmaba que amaba a la humanidad pero que a la gente no la soportaba.

Una psicóloga (otra más) me explicaba un día que todo en la vida son las relaciones personales, que nada nos influye más ni tiene más peso en nuestro bienestar que la calidad de las que vamos estableciendo, todo el tiempo y sin parar. Y que nada era tan difícil. Salta a la vista: cómo no va a serlo si somos tan distintos que a veces cuesta creer que seamos una sola especie y no varias compartiendo, por azar genético, unos cuantos rasgos físicos.

Están mis compañeros de desayuno, que hablan de fútbol con preocupación sincera y se refieren a su equipo siempre en primera persona del plural; están los chavales que se dejan la capucha puesta en el bus; está Trump, que no se cree el informe sobre el cambio climático y se enrabieta, y está Richard Ford, que le llama malhechor pero nos dice que ni loco se queda con Europa; está Xi Jinping, que escribe en ABC un mensaje de fraternidad hispano-china y promete intensificar la cooperación sobre los osos panda, y está la serpiente Kaa hablándole a Mowgli mientras lo va abrazando; está un pastor de camellos en Mongolia y está un yihadista esperando a inmolarse en Pakistán; está la chica mexicana de la cafetería del tren que después de la cena tomó crema de orujo con patatas fritas; está la señora que en su vida ha hecho otra cosa que llevar las vacas a pacer y está la chavala que va al lado de su madre en el coche por la mañana con los cascos puestos; están los que solo comen carne de animales felices y los que consideran que hacer eso es tener muy mala leche, y que lo caritativo es acabar con los que sufren; están los que escuchan trap con las ventanillas del coche abiertas y sienten que están viviendo la vida, y el señor que escucha a Bach en el sofá de su casa y siente que está viviendo la vida; están los que se creen mejores personas y los que se creen mejores personas porque no se las dan de buenas personas; están los que viven para el dinero y los que no; están los que confían y los que desconfían; están los que saben estar solos y los que no saben; están los que quieren que los quieran y los que quieren querer; está mi novia, que se ilusiona por todo en dos segundos y se le pasa en otros dos, y es bastante feliz, y estoy yo, que no me ilusiono por nada y me cuesta.

Partimos de unos datos completamente dispares, razonamos cada uno a nuestra manera y además buscamos futuros distintos. Habitamos realidades tan diferentes, aun compartiendo asiento de metro, mesa de trabajo o cama, que lo raro sería entendernos."

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