8.7.19

¡Calor!




¡Calor!

"CUANDO LLEGO por las mañanas al trabajo, a pesar de que no he caminado ni quince minutos ya estoy sudando. Y eso que cuando escribo esto aún no ha estallado la bomba de calor que se espera para estos días. Cuando salgo, ya tarde, es peor, y noto las gotas caer por mis sienes y bajar por el cuello, hacia el pecho, y cómo la cinta de la mochila en el hombro va haciendo que la camisa se empape.

Mi novia y yo tenemos discusiones frecuentes sobre el tema calor vs frío: ella desea el primero y yo, salvo en circunstancias muy concretas y poco habituales, lo detesto. Esta semana me envidia los cuarenta y pico grados de Madrid, y yo no me envidio en absoluto. No suelo ver ninguna ventaja en pasar de los veinticinco. Recuerdo la única vez que estuve en la playa en Alicante: quedarse tumbado en la arena era sencillamente inviable, parecía que un gigante con un pie al rojo te estaba pisando la espalda, y solo cabía bañarse, pero el mar estaba tan caliente que yo me alejé nadando buscando agua más fresca, como les expliqué a los de la zódiac de la Cruz Roja que vinieron a por mí pensando que me estaba ahogando. Estuve a punto de hablarles de Doniños, en Ferrol, pero me contuve y volví a la orilla, al desierto, y me marché de allí saltando cuerpos incandescentes.

Siempre me he sentido más identificado con el frío y, por ejemplo, en ninguna fantasía me veo viviendo en un país cálido, sino siempre en latitudes bien alejadas de los Trópicos, en sitios nevados con coníferas, ciervos –o alces, si hace falta-, lagos helados y cabañas de madera con chimenea. A pesar de que poco a poco las series policíacas escandinavas me van quitando las ganas, la verdad; qué manera de desmitificarlo todo: su civismo, su estética, su nivel cultural y hasta su calidad de vida, que de cerca parece cualquier cosa menos encantadora y rebosante de hygge, esa explicitación normalizada de lo acogedor.

Una vez crucé el Ecuador navegando, y durante una semana no fui capaz de hacer nada que no fuese estar tirado en un sofá, viendo cómo la piel desnuda dejaba charcos en el escay. Tenía la tensión por los suelos y el convencimiento absoluto de que la reacción de mi cuerpo y mi mente, que se negaban a toda actividad que supusiese el más mínimo esfuerzo, era totalmente incompatible con el crecimiento económico. Lo que puede ser valorado de muy diversas maneras, por supuesto.

Ahora sudo. Delante del ordenador, sudo. Los antebrazos se me pegan a la mesa. En la habitación hace calor y, si abro la ventana, hace más. Y pienso en casa y en que al salir a dar un paseo por la noche se agradezca una rebequita."

* * *





[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 30 de junio de 2019]

En la carretera


En la carretera


 

"HACÍA MUCHOS meses que no iba yo solo en coche a Madrid. Y me apetecía, a pesar del miedo que me da quedarme dormido. Conducir sin compañía y sin prisa es una situación ideal para divagar.

Últimamente he sufrido varios viajes completos escuchando, bien el resumen de la jornada de liga, bien programas de presuntos debates y noticias, y con ambas cosas me daban ganas de saltar del coche en marcha. El análisis metafutbolístico me parece ridículo por definición, y los contenidos supuestamente serios eran muy malos, parecían la tele. Pero, al no ir con nadie, la radio pasa de tortura a aliada.

Crucé casi todo Lugo escuchando Matías el pintor, de Paul Hindemith. Cuando ya acababa pasé bajo la iglesia de Noceda, en As Nogáis, una mole de piedra que siempre me imagino nevada, resistiendo. Si la provincia entera es preciosa, al llegar a su límite oriental Lugo se va haciendo aún más espectacular. Las sucesivas líneas de montes, completamente verdes, con prados en pendiente con vacas paciendo, son preciosas. Aunque supongo que los ingenieros de la A-6 o del AVE discreparán. Desde el viaducto de Ruitelán, por ejemplo, ya en León, se ve un valle pequeño y profundo, frondoso, que durante esos diez segundos parece un lugar idílico para vivir.

Al entrar en el Bierzo el paisaje poco a poco empieza a secarse y la tierra de los cortes de la autopista comienza a enrojecer. Al rato, ya estamos en Castilla y todo alrededor es llano. Voy buscando un sitio donde parar a cenar lo que llevo de casa y, después de pensármelo mucho, me desvío mirando a mi derecha, a una puesta de sol, y aparco en un sitio perfecto. Entonces miro a la izquierda y descubro, justo delante, el pub, digamos, “Sumatra”, cuyas luces y ubicación resultan, cuando menos, sospechosas. Pero me quedo y tengo una cena de apenas quince minutos bonita y apacible. Apoyo la botella en el capó del coche y como mi bocadillo frente a un cielo lleno de inmensas nubes malvas y naranjas. Me siento como Jack Kerouac en On the road, en La Bañeza.

Cuando anochece cambio la música. Entro en Madrid cantando Eleanor Rigby. Hindemith escogió la figura del pintor Matthias Grünewald para expresar el conflicto que experimenta el artista entre vida y arte, las dudas sobre la utilidad y el sentido de su obra en medio del mundo. En solo cuatro estrofas, Paul McCartney describió las vidas de absoluta soledad de dos personas. Y me hace recordar, con más extrañeza que dramatismo, que hubo una época en que yo también llevé puesta la cara que guardaba en un tarro junto a la puerta, y también me preguntaba para quién sería."

* * *

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 23 de junio de 2019]

Al sur


Al sur


 

"ESTA VEZ, EL tren que cogí en Madrid me llevó al sur. A través de campos infinitos de olivos.

Resulta que el AVE es más incómodo que el que va a Ferrol. Aunque sin duda más rápido. Y cuando ya llegábamos le pregunté a la chica de al lado qué estudiaba: qué envidia, la gente que se dedica a algo que le apasiona, como Guiomar. Así se llamaba, igual que la estación de Segovia. Había estudiado Biomedicina y ahora acababa un máster en Neurociencia. Y le interesaba la concreción física, química, material, de nuestras emociones; qué moléculas se mueven, y cuánto, y de dónde a dónde, para que nosotros estemos abatidos o sonriamos. Maravilloso. Y mientras, por si no le llegaba, había acabado oboe en el conservatorio, y lo llevaba a su lado. Le hablé de El contrabajo, de Suskind, y le hice ver las ventajas de su elección. Guiomar es un ejemplo válido de nuestro asombroso capital humano y de lo que estamos haciendo con él: si no se va al extranjero cuando termine será solo porque tiene a su novio, militar, en Madrid, y no se quieren separar; porque, aquí, sitio no tiene.

Hacía mucho que no iba a Sevilla. Y no me acordaba de hasta qué punto es bonita. Es una ciudad –el centro; siempre es el centro- tan increíble que parece inventada para gustar: cualquier edificio, el rojo, el albero, los cantos rodados, las callejuelas de la judería y el jazmín por las noches. Recuerdo que el primer fin de semana que recorrí el barrio de Santa Cruz, hace más de veinte años, no me cabía en la cabeza que alguien pudiera vivir, por ejemplo, en la plaza de los Venerables. Veo patios y jardines en los que me parece que la gente tiene que ser como mínimo un poco más feliz.

La cena es de compromiso y solo me sirve para constatar una vez más cuántas naturalezas diferentes caben en una misma especie. Por un lado, Guiomares; por otro, algo así como una definición incomprensible de éxito vital. Y dada mi absoluta falta de interés en la conversación me paso la noche tratando de entender qué hay detrás. De vez en cuando, algún comentario –un hijo pequeño nombrado, o algo que pasó hace mucho tiempo, en otra vida- hace surgir un destello de luz, pero enseguida se apaga en las tinieblas del mainstream y me deja sumido en el abatimiento –malditas moléculas- de perder una noche así. Menos mal que por la ventana se ve un patio de Sevilla.

Hoy he estado paseando por el pueblo donde viví a finales de los noventa. Es curioso volver a un sitio con el doble de edad. He llegado, en un día, a plazas que no había conocido en dos años, y he visto edificios del siglo XVIII que juro que antes no estaban.

Qué extraño lugar es el mundo."

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[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 16 de junio de 2019]

 

Él la besó apasionadamente



Él la besó apasionadamente


 

"EN TORMENTA DE VERANO, la gran novela de García Hortelano, el protagonista sale a dar un paseo por el campo y dice que solo es capaz de distinguir entre árboles, matorrales, hierbajos y flores. A mí hoy me ha pasado lo mismo, pero paseando por una calle de Madrid: solo sé que eran árboles.

Yo creo que poca gente lee a Hortelano. Y es extraordinario, un escritor extraordinario. Tan bueno como el noventa por ciento de Marsé -todo el mundo patina alguna vez, sobre todo cuando ya es famoso, y yo tuve que dejar Caligrafía de los sueños, a pesar, o a causa, de que llegué a ella recién conmocionado por sus obras maestras-. Y esa novela en concreto, junto con El gran momento de Mary Tribune, me deslumbró. De hecho, me influyó tanto que cuando la estaba leyendo salí, un sábado, y decidí beber lo que aquel protagonista: ginebra sola con hielo y unas gotas de zumo de limón. Ya que no podía escribirlo, me dediqué a imitarlo. Pero me dediqué poco tiempo, porque al cabo de una hora y pico, cuando pasé de la quinta a la sexta copa, de repente todo me cayó encima y quedé fuera de combate. Mi novia tuvo que llevarme a casa, y no recuerdo subir los cinco pisos de escaleras. Ella estrenaba coche y yo cazadora, y vomité sobre ambos. Las costuras de la cazadora nunca quedaron bien del todo, y el asiento del acompañante del Arosa, tampoco.

Es muy difícil escribir bien. Y escribir ficción lo es infinitamente más. Por una parte, si uno escribe una tesis, una crónica o incluso una columna como esta, en realidad no inventa demasiado, se limita a dar forma a algo que ya estaba ahí. En cambio, en la ficción hay que crearlo todo. Aunque se hable de algo real que existiese antes, desde que el autor se mete en ese terreno tiene tanta libertad y tanto margen de decisión que todo cambia. Crea. De cero. Y las posibilidades nos desbordan, nos enloquecen las alternativas infinitas de fondo y forma. Pero es que, además, al sentarnos a escribir ficción, al sentarnos a "crear", nuestra cabeza se llena de ideas terribles, tales como literatura, artista o escritor; y entonces sobreviene la catástrofe.

García Hortelano, como Marsé, escribe sin que se le vean los andamios. Escribe tan bien que parece natural. Sin intentar demostrarnos en cada párrafo lo buen escritor que es y la gran literatura que hace. Y la hace. No hay tópicos, no hay expresiones forzadas, no hay frases levantadas en honor al autor, no hay voz engolada, no hay ojos entrecerrados que callan secretos mientras contemplan la puesta de sol, no hay baratijas ni basura. Lo único que hay es talento. Que es lo único que no se puede aprender."

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[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 9 de junio de 2019]

Rosas y cucarachas


Rosas y cucarachas


 

"AYER POR LA MAÑANA olí una rosa roja en un patio, y me pareció una maravilla –un olor embriagador, diría si me atreviera-. Por la tarde, en los baños de una gasolinera vi una cucaracha andando por la rejilla verde de plástico de un urinario, entre pelos y gotas de pis.

Ya conté aquí una vez que la escritora nigeriana Chimamanda Adichie había dicho, para explicar la reacción de la gente más afín a ella tras unas declaraciones suyas un tanto controvertidas, que la izquierda mostraba cierta tendencia a simplificar la realidad, para así poder simplificar también su interpretación y, con ella, sus posturas. Y yo cada vez estoy más de acuerdo, aunque no creo que sea un rasgo exclusivo de la izquierda, ni mucho menos –los ejemplos de la otra banda son numerosos y muy obvios-, sino algo por desgracia general. A todos los niveles y en cualquier ambiente.

El entorno en el que parece más evidente y preocupante es el ideológico: las explicaciones se simplifican y los discursos se vuelven, sin excepción, reduccionistas. Se simplifica el mensaje. Se simplifica por tanto el problema –incluido el adversario, que, como decía Teodorov, queda así caricaturizado en función de uno solo de sus rasgos, el que nos conviene- y se infantiliza su análisis, para así poder ofrecer respuestas simples. Si se liman los salientes todo resulta más fácil de explicar; si se presionan los hechos y sus complejas causas concretas para que encajen en un molde regular, si se obvian las contradicciones, las excepciones y las dudas, que obligarían a matizar y a construir teorías más completas, todo es más fácil de entender. Falso, pero fácil de entender. Del libro al panfleto, del panfleto al lema y del lema a la bandera. O al pin.

Pero la cuestión no acaba ahí, en nuestra política, que no deja de ser nuestro reflejo, nuestro retrato de Dorian Grey. Porque esa simplificación es omnipresente en la esfera individual e íntima. Ya no se trata de construir, con unas ideas, una ideología, y a partir de una ideología extender unas recetas. Al fin y al cabo, la política está obligada a generalizar y esquematizar. El problema es que aceptamos ese esquema al pie de la letra y lo interiorizamos personalmente. Y pretendemos resumir la sociedad, sus problemas y conflictos, nuestras opiniones y nuestras querencias, y la vida, en un listado de afirmaciones y negaciones sencillas, rotundas y planas, fáciles de manejar. Fáciles de manejar y tontas.


Ayer al mediodía me sentí por unas horas solo y desdichado. A media tarde, querido y acompañado. Y ambos sentimientos eran parte de la misma vida compleja, confusa y difícil de comprender. Como las rosas y las cucarachas."

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[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 2 de junio de 2019]


4.6.19

Mrs. Ashbury se confunde

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del 26 de mayo de 2019]


Mrs. Ashbury se confunde


 

EL FIN DE SEMANA pasado terminé “Los anillos de Saturno” (Debate), de W. G. Sebald, que cuenta un viaje a pie de varios días por el condado de Suffolk, en la costa Este de Inglaterra. Es una delicia de lectura, tan lenta como el paseo del autor, que camina por un paisaje y unos pueblos, casi siempre a la vista del mar, y se va encontrando con gente. Poca. En ocasiones se desvía al interior cruzando esos páramos tan de las Brontë, para visitar alguna casa. Y habla de todo eso.

Por ejemplo, de la producción de seda y lo que supuso para el país, y de los propios tejedores, a quienes, curiosamente, relaciona con los eruditos y escritores para decir: “Creo que uno no se hace fácilmente una idea de la impotencia y los abismos a los que a veces puede arrastrar a una persona la reflexión constante, que no concluye con el denominado cese de la jornada, y la sensación que penetra hasta los sueños de haber prendido el hilo equivocado”.

Hace años alguien me preguntó a qué tendía yo. Así, con esas palabras, “¿A qué tiendes tú?”. Y le contesté que a la reflexión. Suena presuntuoso, pero no debería: me considero una persona reflexiva por cantidad, no por calidad; por el peso que ocupa en mi vida, por lo que me condiciona y me define como persona. Nada más, y nada menos. De hecho, que reflexione tanto y no haya llegado nunca a sacar en limpio nada que valga demasiado la pena, creo que dice más bien poco de mí.

Sebald se aloja un par de noches en la casa de los Ashbury, una familia venida a menos. La señora Ashbury le muestra imágenes de épocas dichosas y le relata las dificultades sufridas desde sus turbulentos años en la Irlanda de la revolución, y se lo explica así: “Desgraciadamente, no soy un ser nada práctico, confundida en eternas reflexiones. Todos nosotros somos unos soñadores, inservibles para la vida cotidiana. A veces me parece que nunca nos hemos acostumbrado a estar en este mundo, y que la vida es un incomprensible error que transcurre a nuestro alrededor”.

En no pocas situaciones sociales, laborales y sentimentales compruebo cómo mi falta de interés por lo práctico y la tendencia a la teoría, a la abstracción, a alejar el foco, o directamente a la ensoñación, levantan a mi alrededor una barrera, me separan. Alumbran todo con una luz distinta bajo la que no consigo ver lo mismo que los demás, y me ponen más difícil encajar. Y aunque no querría cambiar, aunque no renunciaría a esa manera de mirar lo que me parece importante, es verdad que a veces, como Missis Ashbury, me siento un poco inservible para la vida cotidiana.
 
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En compañía de Wassily

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 19 de mayo de 2019]


En compañía de Wassily


 

EN LA PARED de mi habitación de Madrid tengo un póster de un cuadro de Kandinsky que compramos hace bastantes años en la tienda del Thyssen. Nunca llegamos a enmarcarlo para casa, y ha acabado aquí conmigo. Se titula Murnau, casas en el Obermarkt, y es de 1908. No sé nada de Kandinsky –como de tantos otros temas; y supongo que, conforme pasan los años, uno ya puede ir empezando a asumir qué cosas no va a saber, ni tener, ni ser nunca-, pero es evidente que en 1908 todavía no había entrado en su fase de rectas, triángulos y círculos; de lo cual me alegro.

Es una vista, desde lo que a mí me parece un callejón, de tres casas medio tapadas por la copa de un árbol en primer plano. Una casa es azul claro, la otra amarilla verdosa y la tercera casi naranja, y los trozos de tejado que asoman son de un rojo vivo. Todas las ventanas, con contras de madera, tienen colores llamativos. El suelo, en cambio, es oscuro, morado, y da la impresión de ser de adoquín. Aunque en mi póster todo es más sombrío y apagado que en las imagen del cuadro que encuentro en internet, así que no sé.

Sentado en el sillón donde leo por las noches lo tengo enfrente y, si dejo la puerta del baño abierta, también lo puedo ver desde la ducha.

Llevo unos siete meses contemplándolo, o simplemente pasando por delante, y ya ha dado tiempo a que mi relación con él, con esa escena, con el sitio que representa, sea personal. Esa calle y las casas, y el rincón desde el que se mira, poco a poco van haciéndose conocidos y cercanos. Tanto que, si ahora me mudase a Murnau y retrocediese un siglo en el tiempo, podría vivir al final de esa calle y tener eso frente a mí al abrir la puerta cada mañana, al salir a dar un paseo con mi mujer por las tardes, y sentirme como en casa.

Esa presencia constante del cuadro y esa familiarización con él, la compañía que me hace, los momentos que tengo para pensar quién viviría tras esas puertas, quién miraría desde esas ventanas y qué sombras se verían pasar por ellas, qué vidas de qué familias transcurrirían allí dentro, pararme en esa hora del día en la que la luz era así, me parece una relación perfecta. Y supongo que eso, establecer esa comunicación prolongada y darle tiempo a que te cuente una historia, es la forma correcta de ver pintura y, en general, de disfrutar de la mayoría de las obras de arte. La que querría el autor que tuviéramos, la única que puede recordar a la suya propia. Tan diferente a entrar en una sala de un museo, echar un vistazo apresurado alrededor, acercarse a leer la tarjeta de un par de obras y salir por la puerta opuesta.
 
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Beber y leer

[Publicado en el suplemento cultura Táboa Redonda del domingo 12 de mayo de 2019]

Beber y leer


 

EL DÍA DEL LIBRO fui a una librería y me tomé dos cervezas y unos cacahuetes.

Mi amigo Javi llegó mojado y me empapó de un abrazo. Siempre me sorprende que llueva en Madrid; no sé a qué viene, la verdad. Me regaló “El elogio de la sombra” (Siruela, Biblioteca de ensayo), del japonés Junichiro Tanizaki, que trata, literalmente, de la sombra, de su importancia en la casa tradicional japonesa, de su influencia en la concepción de las estancias, en sus artes decorativas o en la presentación de sus comidas, y también en la estética de los roles clásicos del teatro noh o en el maquillaje y vestuario de las mujeres. Pensar que se oscurecían los dientes con laca negra da una idea de la distancia sideral que separa nuestros dos cánones de belleza.

Entre trago y trago compré “El periodista deportivo” (Anagrama) de Ford, porque he perdido el que tenía, y para ver si esta vez consigo acabarlo; “Mañana tendremos otros nombres” (Alfaguara), de Patricio Pron, una incógnita para mí; “Dog soldiers” (Malas Tierras), al parecer una obra maestra de Robert Stone de la que yo no había oído hablar, e “Historias tardías” (Eterna Cadencia), de Stephen Dixon, que si hacemos caso al crítico Rodrigo Fresán es una joya. La librería era “Tipos Infames”, de Madrid; una de esas que te permiten contestar dos preguntas: qué falta en las de tu ciudad y cuál es la clave para sobrevivir vendiendo literatura en vivo en la era de internet. La respuesta es la misma y se llama buen librero.

Javi venía con ganas de beber y yo no vi motivos para no hacerlo. Justo ayer leí en “Los anillos de Saturno”, de Sebald, que fue Edward Fitzgerald quien tradujo en su casa de Suffolk y presentó en Occidente la obra del astrónomo, matemático, filósofo y poeta persa del siglo XI Omar Jayam. Acordarnos de que en sus Rubaiyat cantó las bondades del vino y de beber con los seres queridos nos habría hecho sentir un poco más trascendentales. Pero, sin saberlo, le hicimos caso.

Sufrimos demasiado. Quiero decir: para no sufrir en serio, sufrimos bastante. Algo debemos de hacer muy mal para que nuestras cosas, que vienen fáciles, que no nos ponen en peligro y hasta son voluntarias, tiendan a complicarse y a atascarse tanto.

Hace unos meses, viendo una película con los niños, les di un consejo. Que no pasaba nada si de mayores bebían, como bebemos nosotros, con cabeza, como nos ven ir de cañas o cenar con vino con amigos. Que tenía su parte buena. Pero que siempre bebiesen porque se sentían bien, no porque estuvieran mal. Creo que es un buen consejo. Aunque nosotros a veces no lo sigamos.
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1.6.19

49

Hoy he cumplido 49 años.

Ha sido un buen día. Al levantarme todos me han felicitado y, antes de desayunar, me han dado los regalos. Muchos. Luego he pasado la mañana solo (he conocido a una chica de Gales que estaba leyendo mi misma novela, “La hija de Robert Post”, de Stella Gibbons, y he tomado un café con ella), he recogido a los niños y hemos comido con mis padres. Por la tarde hemos alternado entre casa y el centro, a gusto, hasta que hemos salido los cinco a cenar. Al volver, hemos visto un par de capítulos de “The Office” y nos hemos ido a la cama. Ahora todos duermen. Yo tengo calor.

Entre quienes me han felicitado a lo largo del día, es increíble la cantidad de gente que llegó a mi vida a través de este blog, que no tiene mi edad pero pasa de 14.

Ha sido un buen día. Me acuesto contento; con la situación general y con el momento. Miro alrededor y me encuentro bien, miro adelante y me noto confiado y bastante optimista, y miro atrás (tan importante para mí, siempre) y me siento contento y, en general (en general), satisfecho. Podía ir mejor, pero no va mal la vida. No va mal.

Me acuesto. Mañana será otro día.

Besos y abrazos.

9.5.19

Me siento ofendido


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 5 de mayo de 2019]


Me siento ofendido


 

ALGUNAS NOCHES, en la soledad de mi habitación, veo vídeos. Hay cosas peores. Y el otro día una cosa llevó a la otra y acabé escuchando a Stephen Fry –Los amigos de Peter, Wilde, Jeeves, Blackadder o El Hobbit- protestando contra la dictadura de lo políticamente correcto. O, mejor dicho, contra la corrección política llevada a la exageración demencial.

Cualquier sociedad, hasta la más homogénea, armoniosa y apacible, es el escenario de un juego de equilibrios entre las distintas opiniones y tendencias de quienes la forman. Es inevitable una tensión entre las diferentes visiones del mundo, entre lo que cada uno considera deseable e indeseable, correcto e incorrecto, e incluso entre nuestras distintas velocidades. Tensión que se traducirá en aproximaciones y alejamientos, tirones hacia un lado, tirones hacia otro y frenazos. Y que, dependiendo del grado de civilización –y esto tiene algo que ver con el progreso material, pero no mucho- de esa comunidad, y de si ésta cuenta o no con las herramientas adecuadas para manejar sus conflictos internos, se mantendrá dentro de unos límites aceptables o, por el contrario, provocará rupturas y choques excesivos que podrán llegar a poner en peligro la convivencia.

A veces esto se puede legislar, pero solo a veces. Y si se puede es porque, bien o mal, se ha llegado a una opinión mayoritariamente compartida. Por eso las leyes son, en condiciones normales, el reflejo aproximado de cómo piensa una sociedad.

Esta tensión, repito, se ha dado y se da siempre. Y obliga, entre otras cosas, a entenderse. Impide que unos corran solos, sin esperar por los demás, hacia donde ven claro que hay que ir, e impide también que otros se nieguen a moverse de donde se encuentran cómodos. Uno podría identificarla con el tira y afloja entre progresistas y conservadores, pero eso sería un poco simple. Abarca más, o lo abarca todo; y además no se limita a los asuntos considerados públicos, sino que influye, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, en cualquier tema. Vivimos en sociedad, incluso solos de noche en nuestra habitación, viendo vídeos.

Pero en los últimos tiempos estamos asistiendo a una curiosa modificación de ese juego, que en mi opinión no nos conduce hacia una mayor concordia, como sostienen sus apóstoles, sino todo lo contrario. Se pretende elevar el comprensible deseo de no sentirse ofendido a la categoría de derecho; o dicho de otro modo, se exige elevar a la categoría de deber, de obligación, la lógica recomendación de no ofender a los demás. Tengo derecho a que nadie me ofenda nunca y, además, naturalmente, en esa cuestión mi palabra es la ley: yo solito decido qué me ofende, y todos los demás deben aceptarlo. El hecho de sentirse ofendido se convierte así en un argumento no solo válido sino absoluto e indiscutible, que exige ser respetado sean cuales sean las circunstancias.

Stephen Fry, además de inglés, es judío y homosexual, y casi toda su vida ha estado gordito. Es decir, que no ocupa el escalón más alto en el pódium de los ofendibles pero poco le falta. Y aun así, al igual que el científico Richard Dawkins, el escritor Christopher Hitchens o el cómico y batería de rock Stephen Hughes, en numerosas ocasiones se ha manifestado públicamente contra el despropósito de tratar de hacer, de la susceptibilidad de cada uno, una ley. Por descontado, no defiende el insulto, pero sí ataca esa deriva intolerante, paradójicamente presentada como un triunfo del respeto, consistente en no aceptar ni consentir crítica alguna a las opiniones y elecciones propias.

Porque no se trata ya de aquella tensión entre tendencias o ideologías, entre concepciones más o menos compartidas de lo que está bien y lo que está mal, sino que ahora, cada vez más, las elecciones personales, por minoritarias o incluso estrafalarias que sean, se tienen por sagradas e inviolables. Y no solo en el terreno de la acción –respeta mi decisión de no vacunar a mis hijos, o mi negativa a aceptar transfusiones, o mi rechazo a un tipo de alimentación, etc.-, sino en el de la expresión –tampoco lo critiques-. De un modo ciertamente infantil, se reclama el derecho a no oír nada que no se quiera oír.

Poco se puede discutir con quien te suelta que se siente ofendido por lo que dices. Nunca ha habido una regla matemática para decidir quién tiene razón. Así que ese punto de equilibrio solo podía venir del consenso, unas veces más claro que otras. Porque así funciona la vida en común. Y cualquier adulto debería asumir el coste de alejarse de esa normalidad, las molestias que siempre ha acarreado ser un librepensador. Lo que no es ni ha sido nunca de recibo es que cada uno de nosotros decida dónde traza la línea de lo tolerable y luego pretenda que todos los demás la respeten. Eso sería tanto como permitir que nuestras reglas de convivencia vinieran impuestas por los más intransigentes, que el tono de nuestro diálogo y del discurso dominante estuviera marcado por los más rallantes. O los más chalados.

¿Se lo imaginan? Una verdadera pena.

* * *

Artículo íntegro en el Táboa Redonda del 05.05.19