18.11.18

Volver

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 18.11.18



Volver

"Volver es siempre una prueba. Hoy he ido a la que fue mi casa hace treinta y tres años. No había vuelto nunca. Allí vivimos mis padres, mi hermano y yo desde que tenía doce hasta que cumplí los quince, y allí nació mi hermano pequeño.

Al acercarnos, me iban sonando cosas sueltas en medio de lo nuevo. Donde antes todo era campo ahora había árboles, más jóvenes que yo. Llegamos y vi los mismos edificios y las mismas calles donde tanto anduvimos en bici. Vi la capilla donde bautizamos a Carlos, la piscina a la que íbamos aquellos veranos eternos y la pista de tenis donde mi padre y yo jugamos, seguramente, cientos de veces, para volver luego andando a casa, bajo la helada de noche en invierno, a menudo yo enfadado porque todo me había salido mal. Hoy me acerqué a aquella pista y nos vi a los dos como si hubiera sido ayer, y sentí con toda claridad cuánta vida nuestra había quedado allí.

Y fui a nuestra casa. Entré en el jardín, que estaba igual, con el primer olivo que toqué en mi vida. Vi la puerta del garaje, el rincón donde parió la Rula y la esquina donde aparcábamos el 850. Se me saltaban las lágrimas. Y entré y recorrí el salón, la cocina, nuestra habitación y la de mis padres. Y aún quedaba algún mueble nuestro. Aún quedaba vida nuestra.

Y siempre esta reacción confusa, entre el cariño y el dolor, entre la alegría de recordar y la pena del tiempo pasado. Como mi madre, como mi padre. Y a la vez, aumentando ese desconcierto, en un sinsentido que al fin y al cabo no es sino el reflejo de lo difícil que puede ser conciliar sentimentalmente la vida, todo el tiempo veía a mis hijos allí, ocupando nuestro lugar. Me encantó ir y me entristeció.

Volver tiene dos consecuencias. Por una parte, te pone ante lo que una vez fuiste; por otra, te coloca, de un modo mucho menos consciente pero directo y descarnado, frente a lo que eres ahora. En esta segunda prueba hoy no salí mal parado: no hay demasiados lamentos ni frustraciones en el hombre que se comparaba con aquel niño… aunque algunos haya. Aquel chaval, creo, no se sentiría demasiado decepcionado conmigo. Fue lo otro, fue la otra mano la que me dio el golpe que me hizo tambalear. Lo que ya se ha ido: ser un niño, vivir juntos y aquella felicidad de la que no nos dábamos cuenta. Y algo más. Algo que me asaltó con una fuerza que no esperaba y resultó ser lo que más me faltaba, la presencia que echaba de menos al mirar a cualquier sitio: mi hermano Pablo. Mi hermano jugando fuera, de rodillas en el jardín, con la perra, mi hermano sonriendo desde la otra bici, mi hermano Pablo hablando conmigo en la cama de al lado."
 
* * *
 

Las nubes de Castilla

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 11.11.18]


Las nubes de Castilla


"Las nubes de Castilla son preciosas. Están en una sola capa, todas a la misma altura, como alisadas por debajo. Se parecen a las que hay sobre el mar. Y, como ellas, llegan hasta la línea del horizonte y se pierden en él. No tengo ni idea de si hay alguna base física para ese parecido o es solo una cuestión, literalmente, de perspectiva. Para un gallego, excepto desde la costa, el horizonte siempre está cerca, siempre hay montes o árboles, o llueve, nunca se ve allá a lo lejos.

Cruzamos Castilla sin mirar (cruzamos todo sin mirar), leyendo, viendo tonterías en el móvil o echando la siesta, sin enterarnos de nada. Con lo que fue cruzar Castilla, lo que debió de ser caminar estas llanuras interminables que pasan tan rápido por la ventana, lo que sería pasar la vida en ellas, ahora reducidas a una línea borrosa amarillenta y algunas encinas fugaces. Padecemos de fugacidad. El paisaje es precioso. Parece mentira que hace años, leyendo a Delibes, me sorprendiera que le gustase tanto. Si es precioso.

A Delibes, como a otros, a lo mejor lo leí demasiado pronto. Sin el reposo que pide y que ahora me saldría solo. Se insiste poco en la importancia de la edad de las lecturas: leemos muchas cosas cuando todavía no las entendemos ni las sabemos disfrutar del todo y otras, en cambio, si no las lees en su momento ya pierden casi todo el sentido. Imagino que lo primero se corrige releyendo, pero yo aún no estoy ahí. Lo segundo se lo repito a mis hijos con poco o ningún éxito.

Un paisaje llano como el mar o como mucho suavemente ondulado, en el que en lugar de los palos de los barcos se ven las torres de los campanarios de las iglesias. Y que además ofrece algo excepcional: soledad. Una soledad sin duda seria y callada pero, desde el tren, atractiva, que consiste en andar por un camino, en mirar la tierra alrededor y luego levantar la cabeza y quedarse contemplando unos pájaros y las nubes. Una soledad meditabunda. Poco pensamiento y pocos sentimientos han salido nunca de la fugacidad. Una soledad de paseos al atardecer fuera del pueblo. Es otra cosa que no tenemos aquí: las aldeas no acaban. En Galicia no podría escribirse, como en las novelas del Oeste, que alguien vive en la última casa del pueblo. En Castilla sí. Uno anda, llega al final y de repente no hay nada más. Y sale y regresa y, mientras, está solo en medio de una verdad de otro tiempo. Parece difícil vivir aquí y no acabar siendo filósofo o poeta. Desde el tren, claro."
 
* * *
 

9.11.18

O tren que me leva


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 04.11.2018]

O tren que me leva




"Tengo un cuñado que vive en México. El domingo pasado salimos los dos a la misma hora, yo en tren desde Ferrol hasta Madrid y él en avión de Santiago a Ciudad de México, vía Barajas: llegó él antes. En serio.

Esa mañana, en el vagón de al lado, dos ancianos dormían encogidos en sus asientos. Al despertarse me preguntaron muy amablemente dónde estábamos y cuánto faltaba. La señora me miraba sonriendo, como asombrada. Iban cogidos de la mano. Y cuando el hombre fue al baño ella se levantó y se quedó en el pasillo, mirando desconcertada alrededor. Cuando lo vio volver le dijo que se había asustado mucho, que creía que se había ido.

Yo no sé si el AVE está justificado o no; si es un lujo elitista y deberíamos buscar una alternativa menos exclusiva o si ya cae por su propio peso. No tengo una opinión formada. Pero lo que sé, porque lo constato cada semana, es que a nosotros el tren no nos une con el resto de España: nos separa. Anteayer viajé de noche y dormí siete horas. Genial. Siete horas de trece que dura el viaje: solo tuve otras seis para deambular entre la cafetería y el borde de mi litera. El tren Madrid-Cádiz recorre la misma distancia en cuatro y media. La maldición de la geografía, que diría Robert Kaplan.

Me contaron que los habían invitado, que seguro que los estaba esperando alguien. Que los habían llamado por teléfono por un asunto de unas tierras. Traían una maletita para los dos. Les ayudé a bajar. Allí no había nadie, por supuesto. Y me explicaron que iban a un organismo que me pareció la Diputación, aunque no estaban seguros. Y yo empecé a pensar qué llamada habría sido aquella, qué habrían entendido y qué iba a ser de ellos si llegaban a unas oficinas donde nadie sabía nada. Por un tema de unas tierras, me repetía él, y me miraba como buscando confirmación.

Un tren anticuado, el nocturno, sobre una vía anticuada, con un nivel de servicio, de instalaciones y de atención muy pobre. Que parece que se está dejando morir de inanición y cansancio: un tren disuasorio. Porque incluso a quienes nos gusta nos cuesta asumir que, cuando ya llevas un par de horas de viaje, has cenado tu bocadillo y tomado un café, has leído, empiezas a bostezar y estás pensando en acostarte, miras por la ventana y descubres que estás entrando en… Coruña.

En la estación no había ni un triste taxi, que les tuve que pedir yo porque ellos no tenían móvil. Aunque tampoco habrían sabido a quién llamar. Así que los dejé metidos en el coche, perdidos y sonriéndome. Y todo el fin de semana me quedé jodido porque, como me dijo mi hijo cuando lo conté en casa, debería haberlos acompañado."

* * *

21.10.18

La La Bañeza

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 21.10.18]


La La Bañeza




"Estación de autobuses de La Bañeza. Desde mi asiento, por la ventana, veo a dos monjas abrazándose. Una es una anciana de gafas y pelo blanco, bajita; la otra, también con gafas, una chica bastante joven, negra. Las dos sonríen, a mí me parece que emocionadas, cuando se despiden.

También sonríen al despedirse Mia y Sebastian en “La La Land”, también emocionados. La vimos el fin de semana y me encantó. Supongo que este tipo de películas siempre se arriesgan a ser calificadas de ñoñas. Supongo que cualquier romance se arriesga a eso. Supongo que hay gente que cree que solo llegas al meollo de la vida cuando miras fijamente a sus tripas. Supongo que hay mucho amargado.

Pocas instituciones deben de reunir tantas luces y sombras como la Iglesia Católica. Imagino que es lo que sucede cuando tienes dos mil años de vida y en tu nombre han hablado y actuado millones de individuos. Sombras financieras que no parece muy arriesgado dar por sentadas, sombras como los escándalos sexuales que desde hace años nos dejan asqueados, sombras como la amenaza constante y frecuentemente consumada del fariseísmo, sombras como no pocos alineamientos políticos vergonzantes o como su condición, tantas veces a lo largo de la Historia, de enemiga acérrima del avance científico. Luces, probablemente una, o al menos es una la principal: el trabajo de miles de sus miembros repartiendo compasión por todo el mundo, sin alardes, llegando a los últimos reductos de miseria y terror, a menudo solos porque nadie más se atreve a bajar tanto.

A mí las historias de amor todavía me gustan, por suerte. Y que conste que cuando empezó la película pensé que no tenía yo cuerpo para un musical, pero al final esa parte resultó ser la mejor. Sobre todo sabiendo que ambos aprendieron a bailar para el rodaje, y Ryan Gosling incluso a tocar el piano, ¡y que es quien lo hace en todas las escenas! Así que música y amor. Y el clásico mensaje de perseguir tus sueños, que puede acabar mostrándose completamente falso y, aun así, seguir siendo absolutamente necesario.

Porque, ¿qué somos sin una ilusión por delante? ¿En qué queda todo cuando ya no esperamos nada? No tiene que ser espectacular, ni por supuesto una recompensa material; ni siquiera un logro apreciable desde fuera, para los demás. Tampoco una meta concreta: a veces no tenemos ni por qué saber identificarlo exactamente. Llega con que produzca un efecto. Que nos proporcione no mucho más que un impreciso sentimiento de esperanza que nos sostenga. Basta con una luz por delante, en algún punto del camino, brillando en medio de las tripas."

* * *


Los otros

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 14.10.18]


Los otros




"Este domingo, a las seis y cuarto de la mañana, cambié de tren en Valladolid. Me senté y al rato apareció una mujer de cuarenta y pico años, que tenía que pasar al asiento de al lado. Yo ocupaba demasiado, porque ya había sacado el portátil, un libro y varios papeles, y respondió hoscamente cuando me disculpé mientras apartaba las cosas. Se sentó, y al rato me pareció oír risitas. Vi que estaba intercambiando carantoñas con su pareja, que desde el andén le hacía gestos y le decía cosas. Y ella respondía y sonreía, de lo contenta que estaba. Y parecía simpática y alegre y sensible. Y buena.

Cuando yo me psicoanalizaba –no porque lo necesitara, sino por Woody Allen-, mi psicóloga me explicó que la cuestión de la bondad estribaba en nuestro concepto del otro. O de la otredad. De a quién consideramos nuestro otro. Todos somos buenos, pero lo que distingue nuestras respectivas bondades es la idea que tenemos de con quién debemos serlo.

Quién no ha sufrido a algún matón de instituto cruel con los débiles pero cariñoso con su hermanita. Los mafiosos cuidan de su familia. Hitler quería a sus perros. Himmler adoraba a su hija mayor, a la que le escribía y visitaba mientras dirigía el exterminio judío, y si modificó los métodos de asesinato de los campos fue solo para proteger psicológicamente a sus propios hombres. Y podríamos seguir con cualquier amante esposo y entregado padre de familia, a la vez miembro del Ku Klux Klan, o con el fariseo que con sincera generosidad da la paz a su prójimo.

Porque el prójimo no es cualquiera. Ser prójimo confiere una consideración. Es más: de entrada, significa existir. Y el resto no es merecedor de nada, y menos aun de nuestra bondad. No puede serlo, no hay dudas ni fisuras en nuestra postura, que obvia a quien no cuenta. Por eso en la Segunda Guerra Mundial ni el ejército nipón ni los nazis tuvieron escrúpulos con chinos o rusos; por la sencilla razón de que no los consideraban verdaderamente humanos.

Entonces el tren arrancó y el novio quedó atrás. Y las comisuras de los labios bajaron, el entrecejo bajó, se cruzó de brazos y miró al frente. Trabajé todo el camino y, cuando llegamos, se puso de pie y esperó con cara de culo los diez segundos que tardé en dejarle pasar. Y mientras recogía yo me preguntaba: “¿Dónde has dejado tu alegría y tu amor, mujer? ¿Eres tú, oh cascarrabias, aquella persona ilusionada y encantadora de hace no tanto?”. Y comprendí, en un rapto de inspiración, que por eso va mal el mundo: vendemos cara nuestra mejor versión."

* * *


Queso y pepinillos


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 07.10.18]

Queso y pepinillos




"Dice Eric Hobsbawm en su apabullante “Historia del Siglo XX” que no ha habido escritores de novelas policíacas de izquierdas. Y que, de hecho, el policíaco es, o fue, un género profundamente conservador, la expresión de un mundo todavía confiado, y en cierto modo una original reivindicación de un orden social entonces –primer tercio del pasado siglo- ya amenazado pero aún en pie. Un mundo, por cierto, de rasgos claramente británicos.

También dice varias veces a lo largo del libro que Gran Bretaña –y siempre usa esa denominación, lo cual no debe de ser casual, porque deja fuera cualquier parte de Irlanda, Norte o no- lleva varios siglos, incluso durante los períodos históricos más convulsos, siendo la máxima expresión europea de la “estabilidad” social. Aunque dista mucho de considerarla ejemplar, hasta el punto de negar que antes de la II Guerra Mundial fuese una democracia plena.

Y a mí, ni una cosa ni otra –sus discutibles democracia y estabilidad- me extrañan. Soy bastante anglófilo, básicamente por la literatura y los Beatles, pero uno no puede cerrar los ojos ni mirar para otro lado ante el hecho de que en un país se considere admisible e incluso normal un sándwich de queso y pepinillos. Sin nada más: queso y pepinillos. Así se lo dieron a mi hija este verano y así lo muestran en películas, series y novelas, policíacas y de las otras. Y claro, qué no va a aguantar una sociedad si aguanta eso. Ya puede cerrar Margaret Thatcher las minas que quiera o pueden bombardear Londres entero, que nadie va a votar nada extravagante ni el lechero va a perder la calma y dejar de reponer las dos botellas junto a cada puerta. Toman bocatas de queso con pepinillos, y además bocatas de pan de molde: a esa gente nada la asusta ni la perturba. Están curados de espanto. Han caminado por el valle de las tinieblas, se han asomado impertérritos al abismo oscuro cada vez que, sentados en un banco de un parque y sosteniendo en la otra mano un té en vaso de papel, han mordido esa miga elástica y en su interior han hallado una loncha de queso mojada por el vinagre de un pepinillo crujiente. Generación tras generación.

Así como a los conquistadores españoles nada los echaba para atrás, porque cualquier cosa –cruzar el desierto de Nuevo México, subir a las cumbres andinas o atravesar la selva amazónica- era un paseo comparada con la vida en Extremadura en el siglo XVI, los ingleses conquistaron el segundo imperio más extenso de la historia gracias a un carácter flemático forjado en la más espartana gastronomía, cuyo sumun de crueldad es un sándwich."

* * *



Una pista de tenis


 [Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 30.09.18]


Una pista de tenis




"Otra vez me pongo a escribir por tristeza. Es lo más habitual, y seguro que no muy buen síntoma. Sería estupendo, para mí y para cualquier lector, que me dedicase a contar lo bien que me siento. No sé en qué película, un director de cine era condenado a prisión y pasaba un tiempo encarcelado, y cuando observaba la reacción de los demás reclusos al ver dibujos animados, cuando se daba cuenta de que aquellos desgraciados, durante una hora a la semana, se olvidaban de sus miserables vidas, decidía que al salir ya solo dirigiría películas que hiciesen reír.

Pero yo, a aquel director le diría que hacer reír es difícil. Mucho más difícil que hacer llorar, que es fácil. Recorro la Gran Vía y voy viendo los carteles que anuncian obras de teatro y monólogos. Casi todo comedia. Y no digo yo que no haya nada que valga la pena, pero me cuesta creerlo. Viendo las caras de los humoristas, la sucesión de sonrisas forzadísimas y guiños de complicidad de compañero graciosete de oficina, a mí lo último que me apetece es entrar.

Recuerdo una conferencia, hace muchos años, del poeta Miguel D’Ors, nieto de Eugenio, en la antigua Fundación Caixa Galicia de Ferrol, cuando todavía estaba en el entresuelo de la calle Galiano. D’Ors leyó algunos poemas suyos. Había uno en el que hablaba de las hojas secas moviéndose con el viento en una pista de tenis vacía. Me había encantado, emocionado, y me había hecho preguntarme por enésima vez por qué no leo poesía si puede gustarme tanto. Poco más recuerdo, excepto una cosa: dijo que él escribía cuando estaba mal, que su obra surgía del dolor, de la pena y, en general, de la insatisfacción. Habló incluso de infelicidad. Entonces repasó la lista de todos sus títulos y comentó que, por suerte, eran bastante pocos. Se veía que no le había ido tan mal la vida, que no había sido muy infeliz. Fue una conferencia muy bonita.

Lo de la pista de tenis parece algo frívolo, quizá. Alguna vez, después, lo he pensado. Como si no pudiera haber mucha tristeza ni demasiadas preocupaciones en una casa que tenga una, por muy decadente que sea, en una casa con finca, o como poco un porche con muebles ya algo viejos pero que se ve que fueron buenos. Como si ahí los problemas no pasasen de que el niño no ha entrado en la carrera que quería o la tapicería de los sofás ha pasado de moda. Lo cual es una estupidez, por supuesto. Era curioso cómo la imagen de aquellas hojas y de aquella pista sin usar, seguramente con la red algo caída, podía resultar tan melancólica."


* * *

29.9.18

I Me Mine

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 23.09.18]

I Me Mine




"Hoy por la mañana, al ir al trabajo, me he encontrado con un conejo. Un conejo silvestre. Me ha salido al paso desde unos arbolitos, me ha visto y ha vuelto corriendo a esconderse. Esto ya es inusual, desde luego, y para mí inaudito; pero si además se tiene en cuenta que estoy en Madrid y ese sitio en concreto se hallaba, literalmente, a diez metros en línea recta de la M-30, con su atasco matutino y todo, me parece increíble. He llegado entusiasmado.

“Yo pestañeo un huevo, tía”. Eso es un compendio de la adolescencia en una sola frase. De su estilo, sus referencias, sus planteamientos y su visión del mundo. El retrato de una forma –temporal, se supone- de estar. Y esa es la frase que el otro día oí que una chavala le decía a una amiga por la calle. Adolescentes ambas, claro.

Decía no sé quién que en el mundo no hay nada más egocéntrico que un adolescente: fíjate en qué me fijo o, mejor dicho, en quién –en mí, por supuesto-; mira qué cosas de mí, superimportantes, me llaman la atención, y pásmate, además no dudo ni un segundo que a ti te van a interesar mogollón. Yo pestañeo un huevo, tía, lo mío no es normal. ¿Cómo te quedas? Porque yo alucino.

Hace un par de semanas, en cambio, con quien hablé fue con un señor de setenta y pico, a quien hacía tiempo que no veía. A los treinta segundos de saludarnos, a la segunda o tercera frase, inició el relato de cómo en Correos le habían devuelto un paquete que había enviado y entonces, él, bien aconsejado, reclamó el dinero de los portes; y me explicó que, efectivamente, se los abonaron, aunque antes le descontaron lo que había costado el sobre acolchado que se había usado, lo cual le había parecido justo porque, al fin y al cabo, ya no servía. Total, que de los veinte euros que había gastado al principio había recuperado diecisiete cincuenta, me resumió. Hacía más de un año que no hablábamos.

Y claro, la competición por el egocentrismo más acusado está -no me dirán que no- reñida. Por un lado, no concibo que haya en el mundo nada más interesante, para cualquiera, que descubrirme a mí misma hasta en mis más minúsculos detalles. Por otro, quién no va a compartir conmigo la preocupación por este asuntillo mío que, al fin y al cabo, ocupó mi mente durante sus buenos tres o cuatro días.

Consideren en cambio a un tercer personaje, el columnista, que sin embargo sabe a ciencia cierta que a nadie va a resultar indiferente que él hoy haya visto un conejo y, por nuestro bien, nos lo cuenta. En el mundo no hay nada más egocéntrico que un escritor."

* * *

Un mordisco

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 16.09.18]


Un mordisco




"Muerdo el bocadillo y pienso en Marta.

Acabo de llegar del trabajo. Andando, que aquí es un lujo al alcance de casi nadie. Esta semana aún no tengo horario de tarde, así que llego sudando pero con medio día para mí. Ya en mi habitación pongo Radio Clásica, “Reflejos en el agua”, me siento en el escritorio y me preparo un sándwich de pavo, queso y tomate. Y cuando le doy el primer mordisco pienso en Marta sentada en la mesa de la cocina.

Acabo de leer “Apegos feroces”, un relativamente reciente –lo único reciente es la traducción de Daniel Ramos, corregida por la ya familiar Raquel Vicedo- éxito de Vivian Gornick. Aun girando sobre la relación de la autora y su madre y sobre las relaciones amorosas de ambas con los hombres, y ofreciendo por tanto un punto de vista exclusivamente femenino sobre casi todos los temas que toca, es, además de muy buena literatura –o precisamente por eso-, tan aprovechable por cualquiera como puede serlo la “Odisea” aunque Ulises sea un hombre. Como es lógico.

Me ha gustado mucho y me han impresionado su capacidad de introspección y su habilidad para describir los estados de ánimo y los sentimientos; en particular, los que caracterizan la relación entre ellas dos, plagada de situaciones tensas e intensas por lo abruptas, por la frecuente hostilidad y hasta violencia y, simultáneamente, por la profundidad de su amor. Y no cabe llamarlo de otro modo. Un amor a veces destructivo y nunca fácil ni demasiado útil como apoyo, y sin embargo incuestionable y, por lo tanto, en cierto modo bello. Porque hablar a gritos y herirse, puede que no siempre ayude mucho, pero seguir haciéndolo toda la vida sin que eso se imponga, sin que llegue a cubrir el cariño y la confianza, quiere decir algo. Esa confianza, el grado de conocimiento mutuo que muestran madre e hija, me han parecido envidiables en muchos sentidos. Parafraseando aquel chiste de Eugenio sobre el póquer, tener una comunicación tan íntima y sincera, aunque a menudo sea mala y esté sembrada de cuentas pendientes, es muy bueno y excepcional. Imagínense si fuese buena.

Tener una relación sincera e íntima, llegar a conocerse bien, a tener confianza. Gustarse o, mejor dicho, quererse a pesar de los desencuentros y de los defectos. Eso debe de ser el amor. Y como padre, hijo y pareja, me encantaría vivirlo.

Hoy me he sentado en el escritorio, mirando a la pared, y he cogido el bocadillo. Y al morderlo he visto a Marta sentada en la mesa de nuestra cocina, a seiscientos kilómetros de aquí y sin embargo a mi lado."

* * *

Pongamos que hablo


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 09.09.18]

Pongamos que hablo




"Hace treinta y seis años, la noche que mi padre y yo llegamos a Madrid, mientras hacíamos nuestras camas en una habitación grande y vacía, oímos en la radio la canción “Words don’t come easy”, de F. R. David. Sonaba en la radio despertador, que era lo único que habíamos colocado, y mi padre comentó que le parecía una canción muy bonita. Yo acababa de cumplir doce y nunca había salido de Galicia, e íbamos a vivir a un remoto pueblo castellano –precisamente el de “Crónicas de un pueblo”, ni más ni menos-, donde pasaríamos los siguientes tres años. Mi madre y mi entonces único hermano llegaron unos meses más tarde. Y le contesté que, a mí, muy triste. Aunque no entendía ni siquiera el estribillo. Porque el triste era yo, aquel día en que –ahora me doy cuenta- por primera vez me sentía fuera de casa.

Hoy he llegado a Madrid, de nuevo a vivir, o al menos a vivir por semana. Parece que como mínimo un par de años. Todavía no me lo creo, y estoy muy lejos de asimilarlo. Escribo en mi habitación después de hablar con Marta y los niños, y también con mi padre, y me resulta imposible pensar que no he venido solo unos días, que no estoy de paso como siempre. Me parece inconcebible que esto, los edificios parduzcos que veo desde mi ventana, ese cielo, este barrio que no sale en ninguna postal, este clima que me seca la nariz, toda esta gente, los nombres de las calles, el súper abierto en domingo y esta soledad puedan convertirse en mi normalidad.

Pero he decidido que valga la pena. Sacarle provecho a este tiempo, no dejar que la inercia marque mi día a día e intentar que este sacrificio, ya inevitable, traiga algo bueno. Para mí y para ellos: llegar cada semana a casa contento y con algo interesante que contar de mi extraña nueva vida. Así que, como primer paso, también he decidido no estar triste. No me lo puedo permitir si quiero vivir. Por eso hoy de noche, ya en la cama, al apagar la luz me he negado a pensar en los días, uno tras otro, que no los voy a ver, que no les voy a dar un beso, que Paula no se me va a quedar mirando fijamente y me va a sonreír, que Carlos no va a ir de mi mano y me va a preguntar algo que se le pasa por la cabeza, que no voy a hablar con ellos en el coche, que no se van a sentar a mi lado en el sofá: que me los voy a perder. No me lo puedo permitir si quiero sobrevivir.

Hoy he venido conduciendo y, a mitad de camino, cuando ya estaba aburrido de mis discos, encendí la radio en una emisora al azar. Estaba sonando “Words don’t come easy”, treinta y seis años después de que se me quedara atragantada porque estaba lejos de casa."

* * *