Reñir bien
Hace ya ¡más de cuatro años!, escribí una lista de Cosas bienintencionadas y consideradas normales que no soporto que le hagan, que sigo suscribiendo íntegramente (aunque ahora diría que les hagan, que tengo dos hijos). No estaban todas las que eran, pero las que estaban, eran.
Aquella lista se basaba en mi experiencia y desde luego no pretendía ser exhaustiva, pero hoy lo seré menos, pues quiero hablar únicamente de dos comportamientos en mi opinión completamente equivocados y, sin embargo (y por eso me he acordado de ellos), tremendamente habituales entre los padres.
1. Decirle al niño que es malo; reñirle llamándoselo.
Hay que rechazar y descalificar el mal comportamiento del niño, no al niño.
Parece ser que además no es cosa mía, sino que hay una base psicológica para creer que el niño tiende a portarse como se le dice que se porta (¿y los adultos no?). Se llega a convencer de que "es malo", de que él siempre reacciona así, y acaba descartando la posibilidad de cambiar. Y más adelante, en la adolescencia, será fácil que llegue a pensar Así que soy malo, ¿no?, pues entonces...
Pero el problema principal no es, claro, que así no consigamos mejorar su comportamiento, sino el daño que le hacemos, cómo vamos encasillándolo, y lo que debe de minar su autoestima el que sus propios padres lo descalifiquen de ese modo.
2. Compararlo con los demás.
Y no sólo en su contra; también a su favor.
Reprocharle algo a un niño comparándolo con los demás es muy cruel. Creo que al hacerlo estamos dándole a entender, poco menos, que al menos en ese aspecto preferimos a otro. Pero es que incluso compararlo para elogiarlo me parece un gran error, pues fija unas referencias equivocadas que mal ponen la cosa ya desde el principio. Lo de sembrar vientos, ya saben.
Comparar es, más que ninguna otra manera de juzgar, hacer que el niño se sienta examinado y clasificado. Con la presión que eso supone, sobre todo si lo hacen sus padres, y con la idea de competición que les transmite. Competición por nuestro cariño. Pocas cosas marcan más.
No vivimos aislados, y los demás son referencias necesarias e inevitables a lo largo de toda la vida. Pero queremos que nos valoren como personas atendiendo a más cosas que a comparaciones directas y parciales. Lo queremos para nosotros, y con mayor razón deberíamos quererlo para nuestros hijos. Y si es así, no deberíamos aparentar lo contrario.
Compararlos es siempre injusto con ellos y los hace injustos. Les enseña una forma de opinar superficial y simplista y les inculca una tendencia a escalafonar a las personas. Y a ellos, en lugar de animarlos los desanima.
Una cosa es mostrarle a un hijo nuestro disgusto con lo que hace mal, y otra muy distinta darle a entender que lo que hace mal hace que lo queramos menos. Y para mí estas dos cosas están rozando ese límite.


