19.3.17

Táboa Redonda: Geografía y tiempo

Publicado en el suplemento Táboa Redonda el domingo 19 de marzo de 2017


Geografía y tiempo




"Hace un tiempo comentaba yo, a propósito de un viaje a Madrid que tenía pendiente, que parecía mentira que hoy en día no pudiésemos ir por correo electrónico; que tuviésemos que seguir trasladándonos físicamente de un sitio para otro.

Pero la verdad es que en esta época de virtualidad, en la que quienes vivimos en la burbuja, o en la burbuja de dentro de la burbuja, llegamos a creer que todo es posible y hasta fácil, de vez en cuando se agradece un poco de física.

Y eso es algo que consigue la geografía, que nos trae de vuelta al suelo, a lo material, a lo concreto y a todos sus impedimentos y dificultades y esfuerzos. Uno coge el tren o el coche y enfila hacia cualquier destino mesetario y, antes y después de atravesar los montes, tiene horas y horas para ralentizar el ritmo. De repente hay espera, intervalos, y pasa el tiempo entre una cosa y la siguiente.

Y mucho más si lo que uno decide es andar. De mis experiencias en el Camino de Santiago, lo que más recuerdo, además de las ampollas (que no deja de ser lo mismo)  y de mirar a la gente de los coches con el mismo asombro con que los indios precolombinos miraban a los españoles a caballo, es lo que tardábamos en dejar de ver, por ejemplo, un árbol. Aparecía a lo lejos, pequeño, y se iba acercando hasta que estaba a nuestra altura. Y se pasaba una hora a nuestro lado. Y luego todavía podíamos mirar atrás y seguir observándolo quieto a lo lejos. Había un espacio y un tiempo que recorrer, en los que ese árbol estaba. Nada que ver con un árbol en Instagram; y ya no hablemos de un tuit de árbol. Aquello era cualquier cosa menos temporal, y mucho menos fugaz. Había un árbol con el que convivíamos buena parte de nuestra jornada. Y era sorprendente. Y bonito y reconfortante.

Aquí, entre nosotros, cada vez más el verdadero lujo es el tiempo. El tiempo libre, desocupado, sin trabajo ni obligaciones; ni siquiera las que asumimos un día por gusto y han acabado siendo un compromiso más, de los que nos empujan desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche sin que nos enteremos de qué coño hemos hecho. Por eso necesitamos parar en algún momento. Simplemente parar y no hacer nada, ni siquiera entretenernos. Nada salvo, quizá, mirar alrededor y ver qué pasa cuando nos quedamos quietos y nos callamos un rato."

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12.3.17

Táboa Redonda: Hacia delante


Publicado en el suplemento Táboa Redonda el domingo 12 de febrero de 2017


Hacia delante




"En “Me casé con un comunista”, Roth cuenta una conversación entre el padre del narrador y uno de los adultos que este frecuenta. En resumen, el padre le confiesa su miedo a perder a su hijo, y el otro lo tranquiliza. Pero luego, al volver a casa, el joven ve que el hecho de haberse ido con su amigo tras aquella charla, el no haberse quedado hablando del tema con él, para el padre había supuesto, finalmente, la consumación de la pérdida que temía: había sido sustituido. 

Cuando tuve a mi hija, mi madre me dijo que solo había entendido de verdad a su madre cuando también ella lo fue. Sus preocupaciones, sus temores, su pena cuando se marchó de casa al casarse, sus alegrías también: todo lo vio y lo valoró a medida que ella misma fue viviéndolo con nosotros.

La vida tiene una regla dura pero que supongo necesaria para nuestra supervivencia como especie, y que se enuncia muy brevemente: queremos más a nuestros hijos que a nuestros padres. Y ellos también, claro.

Hace unos años, una noche, al acostar a mi hija le dije una de esas frases cariñosas (cada familia tiene las suyas, imagino) en forma de entre poema y broma, y que a menudo deben ser completadas por el niño. Y le pregunté si sabía quién me la decía a mí: era mi abuelo. Mi abuelo paterno, que murió un mes y tres horas antes de que ella naciese.

Y sentado a su lado pensé en lo triste y, en cierto modo, injusto que era que alguien que me quería tanto, para quien yo era más importante que la propia vida y que habría adorado a mi hija, no la hubiese llegado a conocer. Y pensé que, como para mí los míos, para ella sus bisabuelos, muertos ya todos, apenas significarían nada. Mientras que ellos, en cambio, habrían cruzado el mundo, se habrían enfrentado a males sin cuento y habrían dado años de vida por conocerla, por tenerla unos minutos en brazos, por vernos llegar a los dos una tarde a su casa.

Ese instinto, esa regla de supervivencia, es cruel. Imprescindible pero cruel. Y hace y hará que nuestro futuro sea injusto con nosotros y nos olvide, como todos nosotros lo hemos sido con nuestro pasado, del que tan fácilmente nos hemos desentendido.

Mi hija me fue preguntando los nombres de los cuatro y se los dije. Creo que nunca lo había hecho. Y aunque no soy creyente y la muerte me hunde en la más profunda de las desesperanzas, fue como si se la presentara, como si les dijera: "Esta es mi hija, abuelos, no me olvido de vosotros". Afortunadamente, a esas alturas ella ya estaba dormida, porque yo no podía dejar de llorar."

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5.3.17

Táboa Redonda: La calandria de agosto


Publicado en el suplemento Táboa Redonda el domingo 5 de marzo de 2017


La calandria de agosto




"Hay cosas que no se pueden echar de menos, porque echar de menos no llega tan hondo, tan oscuro y terrible. Pero hay muchas otras que sí; que sé que extrañaría con pena: sentarme en una butaca, mirar lejos por la ventana, pasear con las manos en los bolsillos del abrigo, algunas sonrisas, una piel suave bajo la mano o bajo los labios, empezar a leer en la cama, el pan, el sonido de una fuente y el de los pájaros, una ola retirándose sobre las conchas, la brisa y muchos cielos.

Los cielos sobre todo, que me han salvado tantas veces. Me han sacado del pequeño cuartucho donde yo mismo me había cerrado por dentro, y me han elevado y dado aire. Algunos fueron nocturnos, a veces la luna sola, flotando real, esférica; muchos más a última hora de la tarde, cuando abandonan toda prudencia y nos encantan con colores, con nubes profundas, con horizontes que son lo único que nos queda de la aventura, o de soñar con ella, con esas aventuras que nos permiten seguir creyendo que la vida podría ser otra cosa.

También alguna literatura nos recuerda que la vida debería ser algo más. “Estamos rodeados de gente en tensión, intranquila, irritable o irritada”, dice Cunqueiro. Y añade que, las veces en que esa meta omnipresente y siempre externa que perseguimos parece alcanzarse, “se vacía de contenido, porque sobreviene de improviso la sensación de que la vida ha pasado, que todo está ya a nuestra espalda, y que todo el camino ha sido recorrido en la insatisfacción". Y cierra así la boca, señalando el gran problema de la sociedad satisfecha, a quienes le reprochan intrascendencia en los temas: tesoros, princesas, sirenas, islas viajeras, fuentes, paisajes de Bretaña, o un melocotón en el bolsillo de un soldado chino en Persia. Como si soñar fuese accesorio. Como si habernos abierto ventanas por las que mirar, puertas por las que salir a hablar con damas de antaño, a desnudarnos bajo las estrellas o a navegar hacia levante, fuese poca cosa.

No creo que haya muchas enseñanzas más importantes que llegar a saber mirar alrededor y reconocer, entre todo, lo que echaremos de menos; reconocer las cosas que nos hacen felices cada día y, si podemos, detenernos en ellas. Por ejemplo, leer a don Álvaro. Por ejemplo, los cielos. O estar de pie bajo la lluvia, escuchando sobre el paraguas el tamborileo de las gotas, que a él le impidió un día oír las palabras que dicen las camelias al abrirse."

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26.2.17

Táboa Redonda: Inquisidores


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 26.02.2017



Inquisidores


"Las redes sociales arden (no dejan de hacerlo y ahí siguen: ni la zarza de Moisés) con las críticas al cartel de Entroido que representa al Papa, y con las críticas a esas críticas: falta de respeto por un lado, e intolerancia por otro, se oye. A las dos semanas, sin embargo, quejas parecidas surgen por la inclusión de un traje tradicional gallego en otro cartel de Carnaval. No debería sorprender, al fin y al cabo seguimos hablando de religión.

Hace unas semanas murió Tzvetan Todorov, que trató el tema de la alteridad y de la confrontación nosotros/ellos. Confrontación que, para mí, además de la primera y más obvia lectura de rechazo al diferente -los bárbaros-, tiene otra más sutil, tal vez no tan grave pero no del todo inocua: la necesidad de tener un “nosotros” en el que apoyarnos. Dice, en la línea -siempre ese temor a vernos solos- de Fromm: “Si la mirada de los otros no gratifica mi excelencia individual, busco la confirmación de mi ser en la comunidad de la que formo parte”. Es decir, no se trata ya del peligro de reducir al otro a uno de sus rasgos, a una sola de sus múltiples pertenencias y esquematizarlo como nos conviene, sino de hacer con uno mismo algo parecido. No somos ni intelectual ni emocionalmente capaces de asumir nuestras limitaciones, nuestra complejidad y nuestras contradicciones, y nos simplificamos: soy esto y desde esta posición vivo. Donde la posición en cuestión, el refugio, la bandera que nos cubre, el lema que nos da respuestas a todo, puede ser cualquier cosa: la patria, por supuesto, pero también la religión, una etiqueta política o un club de fútbol.

O, a veces, una causa que defender. Sobre todo en las numerosas ocasiones en que, en lugar de responder a preocupaciones genuinas, esa causa parece el resultado de la ansiedad personal o las modas. Entonces surgen los fanáticos monotemáticos, sin otro horizonte ni otra vara de medir que su lucha. Comisarios políticos, Torquemadas que nunca dudan y no dejan de señalarnos qué debe preocuparnos, a quién o qué estamos traicionando, o qué nuevo mandamiento estamos incumpliendo."

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19.2.17

Táboa Redonda: Repaso


Publicado en el suplemento  Táboa Redonda el día 19.02.2017



Repaso




"Por su cumpleaños, le he regalado a mi hija un álbum con fotos suyas desde que nació. Y el domingo me pasé horas colocándolas. Son un resumen de sus catorce años y, claro, es un recorrido por momentos estupendos. Como estupendo fue hacerlo. La tarde era perfecta: fuera hacía viento y frío y, si no llovía, lo parecía, y dentro sonaba el todavía bastante romántico Mahler en Radio Clásica, en un especial de “El mundo de la fonografía” dedicado al recientemente fallecido José Luis Pérez de Arteaga, al que echaré de menos.

Incluso a mí, que aunque no lo parezca tiendo a la melancolía, ese repaso me hizo pensar que al final hemos sido bastante felices. Y pensaba también –la verdad es que la actividad de pegar fotos, agradable como es, mentalmente no demanda gran cosa, para qué les voy a engañar- que esa felicidad ha sido posible porque hemos tenido suerte, sí, pero también porque la hemos trabajado; que los buenos momentos llegaron porque procuramos encontrarlos. Hubo veces en que dudamos, en que nos atascamos y dimos pasos atrás, pero muchas otras nos atrevimos. Y casi siempre salió bien. Avanzar no siempre significa andar: en ocasiones lo fácil es dejarse llevar por la propia inercia o por el entorno y, lo difícil, comprender que es mejor quedarse quieto, o regresar a algún sitio. Pero, de un modo u otro, siempre hubo momentos de esfuerzo, de tomar decisiones y apostar por ellas.

Va a sonar un poco paulocoelhiano, pero debe de ser cierto que no hay peor arrepentimiento que el de no haberlo intentado. Cualquier error puede ser decepcionante, pero nada da tanta sensación de haber desaprovechado nuestras oportunidades como no habernos atrevido a buscarlas.

No supe cómo acabaría todo y pasé miedo. Pasé miedo y no sabía si valdría la pena siquiera dar los primeros pasos de lo que parecía un mundo. Pero creí que aquella era sin duda la gran prueba de mi vida. Y fui juntando ramitas, y colocándolas poco a poco. Y no hay nada de lo que me sienta tan orgulloso como de haber sido capaz de construir este nido."


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13.2.17

Táboa Redonda: Un rastro

[Publicado en el suplemento Táboa Redonda del 12.02.17]


UN RASTRO


"No es solo un disco, ni música ni una voz. Era alguien en un estudio, de pie ante un micrófono, y que tras algunos intentos habría conseguido grabar una versión que lo convenció. Alguien tratando de cantar bien delante de un micrófono, y que murió hace muchos años.
No está disfrutando de su éxito. De hecho, ni siquiera sabe que tiene éxito. Porque no sabe nada; no sabe, años después, que es conocido, que lo escuchamos y que gusta. Ni sabe que aquello valió la pena. Está muerto. Y para mí, que no tengo la inmensa fortuna de creer en el más allá, no hay nada, ya, para él. Para él todo acabó cuando él acabó. Lo demás es cosa nuestra, no suya.
Una entre muchos, Isabel Allende repitió el tópico: “La muerte no existe. La gente solo muere cuando la olvidan. Si puedes recordarme, siempre estaré contigo”. Una frase que surge de la necesidad y el amor, pero que es falsa. Que la muerte no existe, que la gente no muere: no, qué va. Que les pregunten a los muertos, a ver.
Otra escritora más seria, en cambio, le hizo decir al emperador Adriano, tras perder a su querido Antínoo: “Se hablaba de gloria, bella palabra que dilata el corazón, pero con miras a establecer entre ella y la inmortalidad una confusión falaz, como si la huella de un ser fuese lo mismo que su presencia”. Como si la huella que alguien deja entre nosotros fuese lo mismo que tenerlo a él. Exacto. Y no. Nos queda eso, su recuerdo, su rastro. Que no es poco, pero tampoco más de lo que es. “Me indignaba el apasionamiento que pone el hombre en desdeñar los hechos en beneficio de las hipótesis y en no reconocer sus sueños como sueños”, dice Yourcenar por boca de Adriano. Y esa es la triste verdad.
Nadie pervive en su obra o en nuestra memoria. Las que sobreviven son ellas, la obra y la memoria. Alguien puede seguir haciéndonos vivir, vivir más y mejor. Y eso es sin duda maravilloso. Pero para ellos no significa nada. Cabrera Infante, Pessoa, Billie Holiday, Mozart o mi abuelo no saben que nos acompañan en nuestro camino y nos hacen más felices. No saben nada de nuestra admiración. Ni que a veces veo a algún señor por la calle y por un instante creo que es él y se me ilumina la cara. Ni eso ni nada. Eran personas, como nosotros, y la vida se les acabó.
Así que, ustedes que están vivos, aprovechen la tarde."

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5.2.17

Táboa Redonda: Aberración

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del 05.02.17


Aberración


Yo soy un tipo razonable. Comprensivo, diría yo. Flexible, incluso.
Ojo, no digo que no tenga mis pequeñas manías, alguna de esas rarezas que todos, con los años, vamos desarrollando sin darnos cuenta. Quién no. Pequeñas manías, ya digo, nada importante. En fin, un tipo, no sé si tanto como normal y corriente, pero desde luego ni extravagante ni estrafalario. Ni rallante: nada rallante. Por el contrario, me considero bastante sensato, bastante centrado. Y sobre todo una persona que sabe distinguir lo importante de lo accesorio, que no pierde el tiempo con menudencias ni se ahoga en un vaso de agua, pues sabe que en la vida los detalles secundarios no deben nunca salirse de un plano, eso, secundario.

Asertividad, le llamo yo a eso. O flexibilidad, insisto. Cintura. O amplitud de miras; la amplitud de miras que le da a uno la edad. O tablas; las que da la experiencia. Ya ha visto uno mucho mundo y no se asusta fácilmente. Ni se asusta, ni se escandaliza, ni se rasga las vestiduras ni se lleva las manos a la cabeza. Ni mucho menos. Que ya estoy de vuelta de casi todo.

Pero también tengo un límite. Ah, sí, lo reconozco: aguanto mucho, pero tengo un límite. Y hay cosas por las que no paso.
Por ejemplo, el tamaño de las monedas.

Ya saben a qué me refiero. A algo que ojalá fuese el resultado de un error –de un lamentable error, eso sí- pero que yo, sinceramente, temo que no sea sino la obra consciente de un degenerado. ¿Porque quién, si no un degenerado, puede diseñar unas monedas cuyos tamaños no siguen el mismo orden que sus valores? En serio, ¿qué clase de enfermo puede condenar a una persona razonable a la incertidumbre más paralizante y desazonadora cada vez que trata de ordenar, en la palma de la mano o haciendo un montoncito por la noche sobre el mueble de la entrada, su calderilla? ¿Monedas de cincuenta céntimos mayores que los euros? ¿Monedas de cinco céntimos más grandes que las de diez? ¿Pero quién hace eso? Y, lo que es peor, ¿qué hago yo?, ¿cómo las coloco? ¿Priorizo el diámetro o el importe? ¿La estética o el valor? ¿Qué saña mueve a alguien a actuar así con quien, como yo, para enfrentarse a sus problemas del día a día no pide más que dos o tres referencias estables en las que poder hacer pie?
Si eso no es intolerable, si eso no es como para echarse al monte y poner las cosas en su sitio, yo no sé qué lo es.

Y no viene de ahora. Ni mucho menos. Porque antes ya fueron las pesetas, con aquellas monedas de cinco duros desmesuradas, absolutamente ilógicas.

Toda, toda mi vida soportándolo. Menos mal que, dentro de lo que cabe, lo llevo bien.


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29.1.17

Táboa Redonda: Doc


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del 29.01.2017


Doc




"No es solo que me lo haya quitado de encima. Eso también sería cierto si no hubiese podido seguir, o si hubiese decidido dejarlo, o incluso si alguien me lo hubiese regalado. Pero no es eso. Es mucho más.

Hoy, para variar, voy a hablar de mí.

La semana pasada fuimos a Madrid. Pasamos mucho frío y algunos nervios, dormimos poco, comimos bien, bebimos bastante y compartimos unas cuantas horas en una compañía maravillosa, que algo así como una vez al año nos recibe con un cariño que no cesa.

Porque fui a la capital a defender mi tesis doctoral. La tesis de un doctorado que comencé aproximadamente en 2008 y que, con un parón de dos años por el medio, me ha costado seis años de trabajo real y ocho enteros de obsesión.

Varios motivos o, mejor dicho, varios objetivos me llevaron en su momento a tomar la decisión, y la mayor parte a estas alturas ya se han cumplido, por el mero hecho de haber estudiado y haber obtenido el título. Otro está por ver. Y me alegro, me alegro de haberlo hecho, incluso aunque no llegue a sacarle ningún provecho material (léase profesional) a la cosa: me he sentido activo, ha sido intelectualmente exigente, he aprendido mucho, etc. Y lo de doctor mola bastante. Pero me ha costado muchísimo; mucho más de lo que al principio me imaginaba. Supongo que hacer una tesis con dedicación exclusiva tiene su parte dura, la asfixia de no ver más que eso; pero hacerla a base de tiempo libre ha supuesto un esfuerzo terrible, un ejercicio de voluntad como probablemente no había conocido antes. Tanto, que por primera vez en mi vida académica estoy orgulloso de mi trabajo con independencia del resultado.

Durante estos ocho años, en los que en ningún momento me he sentido libre del todo porque siempre tenía algo pendiente, porque, lo hiciese o no, siempre debía trabajar, más de una vez he dudado de mí mismo. Más de una vez me he preguntado si podría terminar, si acabaría aquello, si sería capaz. Por eso la alegría y el enorme alivio que siento, y que me hacen caminar a un palmo del suelo y pensar con una sonrisa tonta qué me apetece hacer la próxima media hora, no vienen solo de la losa que he soltado. Vienen de mucho más. De mirar atrás, recordar tantos malos ratos, tantos enfados y disgustos, tantas tardes de tantos agostos, tantas madrugadas, tantas sobremesas cortadas, tantos fines de semana encerrado, tanto papeleo, tantos miles de páginas llenas de notas y tantos momentos de desmoralización, y pensar: he sido capaz, al final he sido capaz."

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22.1.17

Lo he logrado

No sé por qué, después de haber contado aquí cosas tan importantes, tan íntimas que me exponía casi del todo ante cualquiera, esto me da cierto pudor. Pero creo que es una tontería: sin duda es algo que compartir aquí, como he compartido tantos y tantos momentos señalados.

Hace unos ocho años -no estoy seguro y no tengo aquí los papeles- decidí hacer un doctorado. Y comencé. Los cursos de doctorado me llevaron los dos primeros años, y luego dediqué otro al trabajo que completa esa fase, y que te faculta para comenzar una tesis. Tras eso, paré dos años por completo y, después, al fin me puse con ella. Entre unas cosas y otras, y en gran parte por culpa de infinidad de exasperantes complicaciones burocráticas, he tardado estos últimos tres años en acabarla.

Y el pasado miércoles, día 18, la defendí. Y terminé. Y soy doctor.

Y no se imaginan lo contento que estoy. Y mucho menos pueden imaginar lo liberado, lo aliviado, lo relajado que me siento. Como nunca en mi vida académica, y como pocas veces me he sentido, fuese por lo que fuese.

Hubo varias razones por las que quise hacer un doctorado: llegar a saber de un tema que me gustaba y me interesaba (y la posibilidad de leer sobre él según me apeteciera iba -lo sabía- a acabar en nada); sacarme la espina de la titulación universitaria hecha y derecha (límites que tiene uno); sentirme intelectualmente activo, aprovechado y realizado (sí, así como suena), y, por último, tratar de abrir alguna puerta, si no a otro trabajo, sí a ocupaciones complementarias que supusiesen un aliciente. De todas ellas, las tres primeras se han cumplido ya. La cuarta, tendré que explorarla a partir de ahora.

Pero el coste ha sido tremendo. Me ha costado mucho, ha supuesto muchísimo esfuerzo; más del que imaginaba.

No dudo de lo cansado que debe de ser hacer una tesis dedicándose a ella en exclusiva; lo asfixiante que será. Pero, la verdad, hacerla a base de ratos libres es agotador, agotador. Fines de semana sin niños, mañanas de vacaciones antes de que se levantasen los demás, meses de verano sin ellos, madrugadas antes de ir a trabajar, festivos: siempre había que estudiar. Siempre. Y, aunque no lo hiciera, la carga de saber que debía hacerlo era constante. He pasado ocho años pensando que tenía algo pendiente. Por eso la losa que he soltado es tan apabullante.

Académicamente, siempre me ha ido bien. Los resultados siempre han sido buenos y, sobre todo, lo han sido en relación con el esfuerzo, que nunca ha sido mucho. Pero por primera vez en mi vida estoy orgulloso de mi trabajo. Por primera vez la nota era lo de menos, porque esto ha supuesto un ejercicio de voluntad, de tesón, terrible, y ese ha sido el verdadero logro.

Y estoy muy orgulloso, mucho, de mí mismo.

Soy doctor. ¡Doctor, joder! Y ahora, aun encima, puedo hacer lo que me dé la gana. ¡Y tengo tantas alternativas a mi alrededor! Incluida la de cerrar este ordenador y quedarme todo el día mirando para la pared de enfrente; y sin remordimientos, tranquilo.

Aunque me da que no va a ser eso lo que elija...


9.1.17

Táboa Redonda: Año


[Publicado en el suplemento "Táboa Redonda", el domingo 08.01.17]
 

"No deja de ser curioso que celebremos el hecho de volver a la casilla de salida, que celebremos que este gran bólido en rotación que nos transporta a través del espacio frío, negro y prácticamente vacío vuelve a pasar por el mismo punto de su órbita. Pero esa es parte de la grandeza (porque, pese a todo, no me cabe duda de que la tenemos) de nuestra especie: humanizar, literalmente, todo.

No tenía unas vacaciones como las escolares desde 1993, pero este año ha sido así: todas las Navidades sin trabajar. ¿Y saben una cosa? Que es mucho mejor. Lo digo por si les surge la posibilidad y no saben qué hacer: elijan vacaciones.

Además, les voy a confesar algo que seguramente me cierre para siempre las puertas de cualquier modernidad que valga la pena; y es que a mí me gusta la Navidad. Me gusta el ambiente, las luces y los adornos. Me gusta que la ciudad se llene de gente que el resto del año vive fuera y vuelve estos días, e ir saludando sin parar por la calle y no dar abasto para tomar algo con unos y otros. Me gusta reencontrarme con una parte de mi familia a la que no veo en todo el año, incluso aunque unos y otros sepamos que si no nos vemos más es porque nos da igual: quiero estar con ellos en navidades. Me gusta comer. Me gusta “Love Actually”. Y me gusta comprar, me entrego al consumismo desaforado de estas fechas con toda la alegría, porque me encanta regalar (y nada de cosas necesarias: regalar de verdad, cosas que gusten y punto) y, qué carallo, ¡porque me encanta que me regalen! Y ha sido el primer año en que ni Paula ni Carlos creían, y no se ha notado, como dejaba él claro todas las mañanas al gritar, nada más despertarse, cuánto faltaba para Reyes.

Me gusta también morder el anzuelo e ir al cine con los niños. Y este año hemos visto “Rogue One”, el último episodio de Star Wars, que en realidad es el 3’5, y que es el que más me ha gustado desde los tres originales, sin duda. Fue una sorpresa, y no solo porque dos días antes ni siquiera había oído hablar de ella, sino porque le vi bastante sentido a su poco pretencioso argumento, porque encajaba bien y, sobre todo, porque me pareció que los protagonistas (faltaba Constantino Romero…) lo hacían bien otra vez, que ya era hora. Y me flipó la recreación del nuevo Gobernador Tarkin, y el maquillaje que recuperó a Leia cuarenta años después. Claro que me impactó mucho más descubrir, al salir del cine, que justo en el momento en que la Princesa se giraba en la pantalla y se dejaba ver, en realidad Carrie Fisher se moría.

En fin, que las Navidades han pasado y empezamos a recorrer una nueva elipse alrededor del Sol. Y ante la indiferencia del Universo intentaremos que sea buena. Feliz nuevo giro a todos."

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