9.5.19

Me siento ofendido


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 5 de mayo de 2019]


Me siento ofendido


 

ALGUNAS NOCHES, en la soledad de mi habitación, veo vídeos. Hay cosas peores. Y el otro día una cosa llevó a la otra y acabé escuchando a Stephen Fry –Los amigos de Peter, Wilde, Jeeves, Blackadder o El Hobbit- protestando contra la dictadura de lo políticamente correcto. O, mejor dicho, contra la corrección política llevada a la exageración demencial.

Cualquier sociedad, hasta la más homogénea, armoniosa y apacible, es el escenario de un juego de equilibrios entre las distintas opiniones y tendencias de quienes la forman. Es inevitable una tensión entre las diferentes visiones del mundo, entre lo que cada uno considera deseable e indeseable, correcto e incorrecto, e incluso entre nuestras distintas velocidades. Tensión que se traducirá en aproximaciones y alejamientos, tirones hacia un lado, tirones hacia otro y frenazos. Y que, dependiendo del grado de civilización –y esto tiene algo que ver con el progreso material, pero no mucho- de esa comunidad, y de si ésta cuenta o no con las herramientas adecuadas para manejar sus conflictos internos, se mantendrá dentro de unos límites aceptables o, por el contrario, provocará rupturas y choques excesivos que podrán llegar a poner en peligro la convivencia.

A veces esto se puede legislar, pero solo a veces. Y si se puede es porque, bien o mal, se ha llegado a una opinión mayoritariamente compartida. Por eso las leyes son, en condiciones normales, el reflejo aproximado de cómo piensa una sociedad.

Esta tensión, repito, se ha dado y se da siempre. Y obliga, entre otras cosas, a entenderse. Impide que unos corran solos, sin esperar por los demás, hacia donde ven claro que hay que ir, e impide también que otros se nieguen a moverse de donde se encuentran cómodos. Uno podría identificarla con el tira y afloja entre progresistas y conservadores, pero eso sería un poco simple. Abarca más, o lo abarca todo; y además no se limita a los asuntos considerados públicos, sino que influye, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, en cualquier tema. Vivimos en sociedad, incluso solos de noche en nuestra habitación, viendo vídeos.

Pero en los últimos tiempos estamos asistiendo a una curiosa modificación de ese juego, que en mi opinión no nos conduce hacia una mayor concordia, como sostienen sus apóstoles, sino todo lo contrario. Se pretende elevar el comprensible deseo de no sentirse ofendido a la categoría de derecho; o dicho de otro modo, se exige elevar a la categoría de deber, de obligación, la lógica recomendación de no ofender a los demás. Tengo derecho a que nadie me ofenda nunca y, además, naturalmente, en esa cuestión mi palabra es la ley: yo solito decido qué me ofende, y todos los demás deben aceptarlo. El hecho de sentirse ofendido se convierte así en un argumento no solo válido sino absoluto e indiscutible, que exige ser respetado sean cuales sean las circunstancias.

Stephen Fry, además de inglés, es judío y homosexual, y casi toda su vida ha estado gordito. Es decir, que no ocupa el escalón más alto en el pódium de los ofendibles pero poco le falta. Y aun así, al igual que el científico Richard Dawkins, el escritor Christopher Hitchens o el cómico y batería de rock Stephen Hughes, en numerosas ocasiones se ha manifestado públicamente contra el despropósito de tratar de hacer, de la susceptibilidad de cada uno, una ley. Por descontado, no defiende el insulto, pero sí ataca esa deriva intolerante, paradójicamente presentada como un triunfo del respeto, consistente en no aceptar ni consentir crítica alguna a las opiniones y elecciones propias.

Porque no se trata ya de aquella tensión entre tendencias o ideologías, entre concepciones más o menos compartidas de lo que está bien y lo que está mal, sino que ahora, cada vez más, las elecciones personales, por minoritarias o incluso estrafalarias que sean, se tienen por sagradas e inviolables. Y no solo en el terreno de la acción –respeta mi decisión de no vacunar a mis hijos, o mi negativa a aceptar transfusiones, o mi rechazo a un tipo de alimentación, etc.-, sino en el de la expresión –tampoco lo critiques-. De un modo ciertamente infantil, se reclama el derecho a no oír nada que no se quiera oír.

Poco se puede discutir con quien te suelta que se siente ofendido por lo que dices. Nunca ha habido una regla matemática para decidir quién tiene razón. Así que ese punto de equilibrio solo podía venir del consenso, unas veces más claro que otras. Porque así funciona la vida en común. Y cualquier adulto debería asumir el coste de alejarse de esa normalidad, las molestias que siempre ha acarreado ser un librepensador. Lo que no es ni ha sido nunca de recibo es que cada uno de nosotros decida dónde traza la línea de lo tolerable y luego pretenda que todos los demás la respeten. Eso sería tanto como permitir que nuestras reglas de convivencia vinieran impuestas por los más intransigentes, que el tono de nuestro diálogo y del discurso dominante estuviera marcado por los más rallantes. O los más chalados.

¿Se lo imaginan? Una verdadera pena.

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Artículo íntegro en el Táboa Redonda del 05.05.19

 

La linealidad imperfecta

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 28 de abril de 2019]




La linealidad imperfecta



 



ACABO DE LEER Una noche en el paraíso (Alfaguara), que es el libro de Lucia Berlin que no es Manual para mujeres de la limpieza. Y me ha gustado mucho: le doy un notable alto. Últimamente a todo le doy un notable alto, no sé qué querrá decir. Aunque he de precisar que este es muy alto, casi un ocho y medio.

Y esta mujer, que tuvo una vida azarosa que incluyó glamour y clínicas de rehabilitación, y que sin duda estaba dotada de una gran sensibilidad para la observación, dice en el último relato, Luna nueva: “Cuando viajas te apartas de la rutina de tus días, de la linealidad imperfecta y fragmentada de tu tiempo. Como al leer una novela, los sucesos y la gente se vuelven alegóricos y eternos. El chico silba recostado en una tapia en México (…) Seguirá haciendo lo mismo para siempre; el sol seguirá hundiéndose en el mar, sin más”.

El otro día, en la Semana Santa ferrolana, a mi lado en la acera, una mujer les contaba a unas amigas que ella todavía guardaba estampitas de cuando su hija salía de capuchón. Lo dijo sonriendo, pero no le hicieron caso y volvió a mirar a la procesión. Yo me la imaginé abriendo un cajón del mueble del salón y encontrándose los recordatorios con el nombre de su niña. Me la imaginé dándoles la vuelta y fijándose con nostalgia en su letra de pequeña.

Leo a Lucia Berlin lo que para ella es viajar, o leer, y pienso que eso mismo es para mí escribir. Nadie me ha preguntado nunca por qué lo hago, pero si tuviese que explicarlo diría que es sobre todo por dos cosas: una, para tratar de entender un poco mejor la vida, para tratar de explicármela; la otra, para fijar algunos momentos, algunos sitios, algunas personas. Que a lo mejor no se vuelven, como ella dice, alegóricos y eternos, pero casi. Escribo, en parte, para fijar recuerdos: para que no se desvanezcan, para que no desaparezcan sepultados por todo lo que ocurra después, o haya ocurrido antes; para que la linealidad imperfecta y fragmentada de los sucesos no los haga confundir; para que lo que sentí en cada una de esas ocasiones no se me escurra entre los dedos.

A nadie le importan tanto las estampitas de su hija como a aquella mujer. Probablemente, ni siquiera a la propia niña, que todavía no las necesita para nada. En cambio la madre, al guardarlas, conserva, un poco, una época. Y, sin embargo, le falta alguien a quien contárselo.

Creo que yo escribo, sobre todo, para poder guardar la vida, para poder contármela.







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 Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 28.04.2019.
 

Eusebio

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 21 de abril de 2019]




Eusebio




SON LAS SIETE menos cuarto de la mañana y estoy en algún punto de la Meseta. A un lado del tren comienza a amanecer; al otro, en lugar de una horda de tártaros como a Miguel Strogoff, o una manada de lobos como a Jonathan Harker, nos sigue una luna llena enorme que de vez en cuando ilumina un grupo de árboles y una casa en medio del campo. Mientras tanto, a quinientos kilómetros de allí, en la costa lucense, un hombre llamado Eusebio, al que no he visto en mi vida, está a punto de levantarse de la cama.

En los tiempos en que mi blog era algo más que un lugar donde almacenar estas columnas, en ocasiones tuve comentarios elogiosos de algún visitante; generalmente en el transcurso de aquellos largos intercambios de opiniones que de tanto me valieron y tanta compañía me hicieron durante unos años. Y también ahora, desde que escribo aquí, a veces algún amigo me dice que un artículo le ha gustado. Pero nada más, lógicamente. Por eso lo que me ocurrió ayer de noche me resulta tan extraordinario.

Cuando me metía en mi litera recibí un correo de un desconocido. Un desconocido que me escribía solo para decirme cuánto le gustaban mis artículos, comentaba varios de ellos y me animaba -preocupado por mis dudas- a escribir, a seguir escribiendo. Y me aseguraba que siempre tendría al menos un lector. Me costó creérmelo, y apagué la luz pensando si no sería todo una broma. Incluso he hecho un par de llamadas para descartarlo.


Confíen en mí, créanme si les digo que, aunque lo parezca, no se lo cuento por vanidad, sino porque verdaderamente me impactó. Como ya expliqué hace poco aquí, los elogios dejan un sabor de boca raro, porque uno no se los puede creer; y porque los elogios que necesitamos son los propios, y esos se venden muy caros. Pero esto era otra cosa. Lo extraordinario de este caso es que un hombre me contaba que se acuesta los sábados pensando en el Táboa del día siguiente, que los domingos a media mañana, con ganas de leerlo, se sienta en su jardín con su gata rondando alrededor, y que disfruta con lo que yo escribo. Eusebio, un hombre que no conozco, en Foz, en un banco de una terraza que da a un jardín que nunca he visto, me lee. Le dedica un rato a mi artículo, presta atención a lo que a mí se me ocurrió unos días antes, y lo hace con interés y placer. Y le suele gustar. Y a lo mejor luego se queda pensando.

Imaginar esa situación, saber que eso le ocurre al menos a una persona en un lugar, es sin duda lo más parecido a descubrir que esto tiene sentido.


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 Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 21.04.2019.


23.4.19

Ser un conacho


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 14 de abril de 2019]
Ser un conacho

 

CONACHO ES una palabra ferrolana con múltiples acepciones. Ninguna demasiado buena.

Casi todo puede hacerse bien o mal. No todo es igual de importante ni igual de bueno, pero casi todas las cosas, desde las más humildes y aparentemente prescindibles hasta las más ambiciosas y elevadas, pueden hacerse del modo adecuado o de un modo incorrecto, de un modo que saque lo mejor de ellas o que, por el contrario, las desvirtúe. Hay actitudes que dignifican lo que se hace. Y las hay que arruinan lo que tocan. El cómo hacemos algo marca completamente la diferencia.

Y ese cómo depende casi siempre del porqué. De las causas que nos mueven, de los motivos por los que acometemos una empresa. Ninguna ocupación, ninguna iniciativa, por loable que sea, concede por sí sola la virtud a sus actores: todas pueden hacerse por las razones equivocadas. Tras el objetivo más admirable pueden esconderse –y de hecho lo suelen hacer- la estupidez, la ambición o la banalidad. Estudiar, trabajar o cuidar enfermos en Calcuta es, a veces, el resultado de una decisión más que dudosa. También escribir, componer u organizar un festival poético. Y se nota, se nota siempre.

En ocasiones, lo que se intenta es engañar a los demás. Asociaciones que son trampolines, ONG que son tapaderas, intereses que son poses y, en general, fines que son medios. Sobran ejemplos, famosos y de andar por casa. Y ojalá la vida acabara poniendo a cada uno en su sitio, pero no es así. También sobran ejemplos. En otras, en cambio –y es lo que me importaba hoy-, el engaño es a nosotros mismos. Nos contamos una milonga: vamos a comenzar a, o a meternos en, o a ponernos con. Porque nosotros siempre. Y por un tiempo nos lo intentamos creer.

Pero no es cierto, nuestros motivos no son sinceros y, entonces, nada es como debiera. Ni ante las dificultades tenemos la motivación y el compromiso suficientes para luchar, ni en los logros nuestra alegría es real. Pasada la novedad no somos capaces de esforzarnos, y la satisfacción que creemos sentir está hueca, se desvanece en poco tiempo y nos deja como estábamos o peor. Exactamente igual que si estamos con una persona por motivos distintos a los que deberíamos –que no pueden ser otros que quererla-.

Y al cabo del tiempo, al cabo de muchos simulacros, si uno tiene la suerte de experimentar un momento de lucidez, se detiene y se pregunta qué coño está haciendo. Y sobre todo para qué. Y, cara a cara con la verdad, comprende que ha sido un tonto.

O un conacho. Esa es una de sus acepciones.

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Artículo íntegro publicado en el página web del suplemento Táboa Redonda del 14.04.2019.

Delfos y Ferlosio



[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 7 de abril de 2019]

Delfos y Ferlosio
 
AYER MURIÓ Rafael Sánchez Ferlosio. Tendría yo que saber mucho más de lo que sé para poder afirmar, con cierta autoridad y sin limitarme a repetir lo que oigo, que fue un intelectual admirable; así que solo diré que yo lo admiraba. Además de sus escasas pero dispares novelas -¿quién escribe, porque sí, sobre un hidráulico en un país inventado y cuenta con detalle cómo se deseca un campo?-, he tenido la suerte de leer gran parte de sus ensayos; y, los que no, me esperan en casa. Y siempre me ha maravillado. Desde luego, a veces me ha costado seguirlo en sus disquisiciones –sobre todo en las filológicas-, pero, aun así, mientras leía tenía la sensación de estar asistiendo a un espectáculo, a una exhibición no solo de cultura sino de inteligencia, de la que algo me quedaría. Recuerdo cuando, estudiando el Ius ad bellum, me encontré con que entre las referencias citadas aparecía “la visión no académica pero erudita” de Ferlosio.

De noche, en ese repositorio de todo –desde lo peor a lo mejor- que es YouTube, vi una presentación de una edición de sus Altos estudios eclesiásticos de hace unos años, en la que charlaba con el filósofo Tomás Pollán, presentados por el crítico Ignacio Echevarría. El diálogo es fantástico, interese o no el tema; y en él no sé qué asombra más: el derroche de erudición de ambos o su desarmante humildad y naturalidad, en las antípodas de los ya habituales postureos, vendedores de humo y maestros liendres que padecemos. Su satisfacción poco o nada tenía que ver con la respuesta que provocaban en los demás.

Y me acordé de una conversación que tuve el viernes con un amigo con el que hablo menos de lo que debería. Un amigo de análisis complejos y conclusiones simples. Yo le explicaba mi temor a andar como pollo sin cabeza, le contaba mis dudas sobre qué hacer, en qué centrarme, qué plan seguir. Lo fundamental, dijo, es llegar a saber qué eres, qué es lo esencial en ti, cómo quieres vivir: tu escala de valores, tus prioridades, tus referencias, tu definición del éxito, tus intereses sinceros. O, dicho de otro modo y resumiendo mucho, identificar tu voluntad, despojada de cualquier condicionante externo -que no responda a una necesidad, claro; no hablamos de eso-. Y desde ahí, desde esa perspectiva, desde ese esquema mental, o vital, decidir. Ir decidiendo. Cada día.

Todo cambia, y a veces cambia sin cesar; incluso nosotros, y con nosotros nuestro planteamiento. Pero en cada momento debemos tenerlo claro. Para tener criterio –no como el pollo- debemos conocernos.

Al final llegamos al templo de Apolo en Delfos. A Ferlosio le gustaría.

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Artículo íntegro en la página web del suplemento Táboa Redonda del 07.04.2019.

Un SS en el tren


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 31 de marzo de 2019]

Un SS en el tren

 

ALGUNOS LUNES, a las 06.45, cojo un tren en Valladolid hacia Madrid. Manías. Y esta semana repetía asiento, y comprobé que no era el único, pues enfrente de mí iba sentado el mismo hombre que en el viaje anterior.

Es bastante ancho, pálido, de facciones duras y expresión severa, calvo y con unas pequeñas gafas redondas de montura metálica muy fina. Y apenas tiene cejas, ni vello en los antebrazos. Daría el perfil perfecto para oficial nazi en cualquier película, un oficial delicada y untuosamente cruel, salvo porque en la oreja izquierda lleva un pendiente. A juzgar por su aliento al bostezar, ya ha desayunado. Usa tapones para los oídos, y las dos veces iba leyendo. Libros que saca de una biblioteca. Hoy, “El hombre en el castillo”, de Philip K. Dick. Pero lee con un gesto serio, exigente, casi a punto de indignarse, como preguntándole al autor qué coño era eso que le tenía que contar, tan importante como para molestarle. Y esa impresión de no estar dispuesto a perder el tiempo aumenta porque mientras está en una página ya levanta ligeramente la esquina con el índice, para poder pasarla enseguida. Además, para seguir los renglones mueve la cabeza en lugar de los ojos. Tal vez sea por las gafas minúsculas, que le obligan a mirar solo de frente, pero es un poco desasosegante verlo yendo y viniendo como el carro de una máquina de escribir.

Y de repente, en ambas ocasiones, y sin que nada haga pensar que se ha cansado ni su movimiento de cuello haya perdido determinación, cierra el libro y los ojos y se pone a dormir.

Yo, hoy, iba también leyendo, pero hay poca luz y preferí parar. Me puse a mirar por la ventana, aprovechando que se ve prácticamente todo lo que hay entre las vías y la costa portuguesa. Pero no podía evitar fijarme en mi vecino, que dormía porque así lo había decidido y punto. No como el chico de su lado, por ejemplo, que se había quedado dormido sin querer y llevaba la cabeza colgando, el muy patético.

Entonces anuncian Chamartín: todos nos ponemos a recoger, ellos dos y trescientas personas más se despiertan y nos empezamos a levantar. Y, cuando ya he cogido mi mochila y mi chaqueta y me giro, me encuentro con mi candidato a Heinrich Himmler, que se está poniendo una visera de cuadros de chulapo madrileño y resulta que me llega por el hombro. Y, seguramente preguntándose por qué ese chalado lleva una hora observándolo de esa manera, me mira con una mezcla de curiosidad y amabilidad que hacen que inmediatamente me caiga mucho mejor.

El próximo lunes le hablo.

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Artículo íntegro publicado en la página web del Táboa Redonda del 31.03.2019.

2.4.19

La boda



La boda


 
MEDIA HORA DESPUÉS de salir de Copenhague nos desviamos hacia un bosquecillo nevado. Los coches avanzaron despacio por un camino de grava entre los árboles hasta un edificio cuadrado de dos plantas y tejas esmaltadas. Bajamos y nos quedamos callados mirando alrededor mientras nos cerrábamos los abrigos. Abrieron el portón de madera y entramos en un recibidor de techo altísimo y paredes cubiertas de escudos de armas.

Allí nos esperaba mi amigo Álvaro con varios invitados. Nos abrazamos y nos presentó. Todos sonreíamos sin hablar demasiado mientras los demás iban llegando y saludaban. Hasta que por fin un coche negro se detuvo delante de la casa y de él bajo Karen, nerviosa pero alegre.
Fuimos pasando a una salita con un piano y sentándonos. El vestido de la novia era fino, color hueso e incompatible, según nos contaría luego, con cualquier ropa interior. Mis dos compañeros y yo, de frac, nos sentamos tras Susanne, que en la espalda de su chaqueta blanca había cosido un gran corazón rojo con “K og A” bordado. Y comenzó la ceremonia. En ella cantamos, entre las miradas de incredulidad de los españoles, Love me tender, de Elvis. Todo transcurrió según lo previsto y se casaron en inglés.
En el cóctel solo tomé fresas con champán: apostaba fuerte. Para cenar ocupamos una mesa larga en el centro de un enorme salón con chimenea. Del menú únicamente recuerdo que el cuenco de la sopa se comía. Yo estaba sentado junto a Susanne, que ya no tenía corazón, y con la que aquella noche se suponía, erróneamente, que algo iba a suceder.
Al terminar, es tradicional que las personas más allegadas pronuncien unas palabras. El padre de Karen habló con emoción, pero con la calma habitual en él. A continuación, el de Álvaro comenzó a leer su discurso, pero tuvo que interrumpirlo porque empezó a llorar. Lo intentó cuatro o cinco veces pero no era capaz. Álvaro, su madre y Karen lloraban. Yo también. Su hermana se levantó: “¡Papá!”. Al final Álvaro cogió el papel y entre lágrimas consiguió acabar. Los daneses contemplaban estupefactos la escena, y más tarde la comentaron con verdadera admiración.
En el baile, Karen vino a buscarme para presentarme a su amiga Leena, finlandesa, que había ido con su madre. Me senté con ellas. En Helsinki se habían quedado su marido y su bebé recién nacido, del que me enseñó fotos. Nos levantamos a bailar. Era muy blanca, morena y de ojos azules. Bailamos, de hecho, todo el resto de la boda, y conforme iba pasando la noche, para mi sorpresa, nuestro baile se volvía cada vez más otra cosa. Me contó que al año siguiente se iban a vivir a Kenia. Yo asentía. A una misión. Y a mí la vista se me perdía al final de un largo y níveo escote triangular. Me aclaró que su marido era cantante de góspel. Había un lunar, a la derecha. Un coro finlandés en Kenia. Nos besamos. Olía a europea. De vez en cuando nos sentábamos a tomar algo con su madre y charlábamos los tres muy animadamente. En esos momentos yo me sentia francamente desconcertado, pero no tanto como cuando la madre le confesó a la de Karen que a su hija le hacía falta una noche como aquella.
Noche que, no obstante, no duró todo lo que a mí me habría gustado. Al parecer unas horas de flirteo bastaban para satisfacer las necesidades de Leena. Y a la mañana siguiente, cuando algunos de los invitados fuimos a desayunar con los recién casados, en nuestro paseo por el centro de la ciudad se comportó como una encantadora y formal mujer casada.
Es cierto que me supo a poco. Y que puedo imaginarme desenlaces mejores. Pero aun así aquellos labios, aquel olor y aquella cintura finlandesa bajo la tela de un vestido, para mí, que entonces trataba de salir de una vez de una larga y penosa convalecencia sentimental, fueron suficientes para volver a España con la sensación de que al fin había pasado página.

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Artículo íntegro en la página del Táboa Redonda del domingo 24 de marzo de 2019.



Un plan


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 17 de marzo de 2019]


Un plan


 

"EN ESTE LARGO proceso que es madurar, que no solo parece que va a durar toda mi vida sino que incluso esta se quedará corta y acabará justo cuando parezca que empiezo a entender algo, estaría bien ser capaz de saltarse algunos pasos. Pasos de esos que consisten en aprender por uno mismo lo que no dejamos de ver en los demás. Porque supongo que una de las manifestaciones de esa madurez es escarmentar en cabeza ajena. Claro que, por otra parte, igual eso de probar y equivocarse –o acertar, tampoco nos pongamos catastrofistas- es precisamente vivir.

El caso es que cuando vine a Madrid venía dispuesto a evitar que el tiempo que voy a estar solo cada semana –que no es poco- transcurriese sin más. Que la rutina aquí no fuese un mero rellenar huecos que me hiciera volver a casa con la sensación de no haber hecho otra cosa que pasar el rato. Quería sacarle partido a la situación. Y para eso necesitaba un plan, un proyecto, un propósito, y enseguida surgieron dos que ya estaban ahí: continuar trabajando en el tema en el que me doctoré, con la intención de aportar algo, de publicar algo que valiese la pena, por una parte, y tratar de escribir –ficción, se entiende-, por otra. Podríamos añadir una tercera, leer, pero como es algo que he hecho en cualquier época de mi vida, la diferencia sería solo cuantitativa y no me parecía un verdadero plan.

Y resulta que, desde que estoy en la capital, avanzar no he avanzado pero me he acercado un poco a esos dos mundos. He conocido a expertos que hacen lo que yo querría: trabajan y publican en revistas técnicas, e incluso sacan algún libro. Y he hablado bastante, además, con tres amigos que han tenido o tienen relación con el mundillo literario como autores, editores y libreros. Y la conclusión –se ve venir- es, en ambos casos, decepcionante: los artículos técnicos son prescindibles en un 90%, y no los leen ni sus familias; y la literatura… ay, la literatura es una combinación de luces y sombras como pocas. Parafraseando al recordado Juan Luis Pérez de Arteaga, que lo decía sobre la música: el mundo de la literatura es maravilloso; el mundillo, vomitivo.

Con lo que vuelvo al punto de partida y me pregunto: ¿no sería una señal de madurez darme por enterado de todo eso y, directamente, olvidarme de una y otra cosa? ¿Lo sabio no sería anticipar la previsible decepción que habría tras esas metas y buscar otras? ¿No debería asumir que cualquier logro –si lo hubiere- tiene toda la pinta de acabar siéndolo únicamente de fachada? Y así estoy, pensando si el verdadero plan para este tiempo, el único que no fallaría, no será, después de todo, leer."

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Siempre que me colmas


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 10 de marzo de 2019]

Siempre que me colmas

 

"HACE VEINTISÉIS AÑOS, una noche en un soportal de Pontedeume, abrazados muertos de frío sentados en unos escalones esperando a que amaneciera para coger el primer autobús de vuelta a Ferrol, un chaval le cantó a su novia “Te doy una canción”, de Silvio Rodríguez. Algo antes o algo después, ese mismo muchacho entró en éxtasis, o casi, leyendo “Tres tristes tigres”, de Cabrera Infante, el libro con el que se puede decir que descubrió lo increíblemente alucinante que podía llegar a ser la literatura.

El sábado pasado fui con Marta a un concierto de Pablo Milanés. Disfruté mucho, sobre todo al final, cuando repasó los clásicos y todos pudimos cantar “Yolanda”. Con él actuaban dos mujeres también cubanas, una pianista y una cello, bastante más jóvenes. Y me preguntaba, viéndolas sonreír, qué habrían pensado cuando empezaron a acompañarlo en las giras y comprobaron que al otro lado del mundo había públicos que coreaban sus canciones y se emocionaban con su música. Debe de impresionar. Aunque la cuestión interesante, y mucho más difícil de entender para quienes no hemos vivido nunca nada igual, es qué pensará y sentirá él. ¿Qué supondrán los aplausos? ¿Se habrá cansado ya de ellos? ¿Qué significaría el reconocimiento de los demás al principio, de joven, y qué significará ahora?

O, dándole la vuelta a la pregunta, ¿hasta qué punto es capaz de comprender él o cualquier otro artista lo que su obra puede llegar a significar para los demás? ¿Se imaginará Pablo que los niños y nosotros hemos ido cantando en el coche, entusiasmados, “Yo pisaré las calles nuevamente”? ¿Alguna vez podrá saber Silvio lo que sentí aquella noche y lo que durante muchos años fue su canción para mí? ¿Podía ponerse en mi lugar Cabrera Infante cuando hace veinte años me acerqué a hablar con él y traté de explicarle todo lo que me había hecho disfrutar?

Yo creo que no. Que ni el escritor asimila hasta qué punto nos acompañó, ni el cantante cree que muchas tardes de domingo una cinta suya puesta una y otra vez fue, para una adolescente, lo más parecido a vivir. Y se sorprenderán e incluso llegarán a sentir cierto pudor ante confesiones así. No lo aceptarán y lo negarán. Y es normal. Porque Pablo, Silvio, Guillermo, Janis o Marilyn saben que no son su personaje, sino la persona que hay detrás. Se conocen, se conocen del todo y saben que el mérito, aun cuando lo hay, convive con muchas más cosas, con dudas y mediocridad y sombras que los demás no ven. Y les parecerá poco honesto dar por buena esa visión parcial, generosa y agradecida, que ellos pensarán que en el fondo no se merecen."

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