20.6.15

Costa da Morte

Siempre he creído que no le sacamos partido (comercial, mediático, turístico, no sé) a lo que tenemos, entre otras cosas porque no lo presentamos bien. Pero me parece que este atípico vídeo es una excepción.


4.6.15

Habas cocidas

Una de las razones por las que hace años decidí hacer un doctorado fue la posibilidad de que me permitiese acceder al mundo académico como colaborador más o menos frecuente, bien en forma de artículos, bien participando en lo que fuera que se organizase sobre el tema. Buscaba abrirme una puerta, no exactamente laboral, sino a una actividad que supusiese un aliciente (intelectual) para mí.

La semana pasada, y aunque todavía no he ternimado mi tesis, participé por primera vez en una especie de congreso, en Madrid, presentando algo así como parte de un capítulo de ella.

A priori, creía que podía volver: a) encantado con todo y conmigo mismo; b) impresionado con todo y avergonzado de mi papel, o c) decepcionado con lo que me iba a encontrar. Ahora, pensándolo mejor, me parece que la opción a no era posible (un poco en la línea de Groucho Marx y su opinión sobre un club que lo admitiese como socio), pero bueno, el caso es que la resultante fue la c: me pareció que aquello era básicamente un producto de autoconsumo, con bastante autobombo y poca aportación real útil a nada. No todo, hubo cosas interesantes, pero el caso es que algo fallaba. Para empezar, que si no hay receptor el mensaje sobra, sea como sea.

En fin, era mi primer contacto, pero espero encontrarme algo más que esto en el futuro. Supongo que en realidad habrá de todo, como en todos lados; y quiero creer que uno, si quiere, puede elegir bien dónde ir (sobre todo si su sueldo no depende de ello), o por lo menos elegir bien dónde intentarlo.


Por delante, y con un paréntesis vacacional, tengo cinco meses de trabajo a marchas forzadas. No tengo ninguna duda de que voy a conseguirlo, pero tampoco de lo hasta las narices que voy a acabar.

Una de esas razones para meterme en esto se cumplirá con el mero hecho de terminar. Otra ya se ha ido cumpliendo por el camino. Y el resto, ya veremos si eran fundadas.


31.5.15

45

Hoy he cumplido cuarenta y cinco años.




Cuando cumplí cuarenta no tuve ninguna crisis. De hecho, me parecía que entraba en una etapa interesante, donde definitivamente quedaba atrás el desesperado intento de continuar siendo joven de los treinta.



Confieso que este cumpleaños me impresiona un poco más, porque me acerca a los cincuenta, que me impresionan bastante. Me empiezo a hacer mayor, creo. Pero bueno, la vida.



Esta mañana Marta y los niños no me dejaron levantar hasta que tuvieron todo listo: regalos por toda la casa (centrados en la nueva faceta pictórica, sobre todo) y velas para soplar al final. Fue muy bonito y me sentí muy contento.



Mi deseo fue seguir así.


20.5.15

2666

Como casi no leo, he tardado meses, pero ya he acabado 2666, de Bolaño.

Me ha parecido una obra maestra.

No voy a intentar analizarla, porque al final repetiría lo que leo en todos lados (es una mezcla de varias novelas, cada una en su estilo y con su tono, que forman un conjunto magnífico), pero ha sido leer gran literatura. Yo creo que este libro será, o es ya, un clásico.

Y aunque puede que sea injusto (hacia el dolor de quienes lo perdieron y hacia él mismo), frívolo o, sencillamente, tonto, da todavía más pena que se muriese tan joven, el pobre.


11.5.15

De dinosaurios en Asturias

Este puente hemos ido los niños, su madre y yo a Asturias, en un viaje que era un regalo para Carlos y que giraba en torno al tema dinosáurico.

Nos quedamos en una casa en Lastres, y desde allí nos movimos por la zona y un poco más: Gijón, Colunga, Ribadesella, Cudillero, Tapia... Todo precioso y muy cuidado, aunque un poco turístico de más.

Lastres
 



El paisaje asturiano (y habla un gallego que cree vivir en un sitio privilegiado) es alucinante. Parece un jardín bien diseñado, con su alternancia de prados y árboles. Y ver picos nevados desde una playa es fantástico. Con respecto a Galicia hay (además de esos picos) una diferencia fundamental: casi no hay eucaliptos, ni todo lo que ellos conllevan; y se nota, se nota mucho. Y otra más, también achacable al hombre: no hay feísmo.

En Galicia hay mucho feísmo: casas habitadas pero sin terminar, casas terminadas que te hacen desear que no lo estuviesen, galpones de bloque cuyo interior le habría parecido caótico a Diógenes, alrededores de casas que son lodazales y tienen restos de una obra de hace veinte años, fachadas forradas de azulejo, añadidos a tración, y edificación nueva que ni se integra ni lo intenta, sino que atenta contra todo lo que la rodea. No solo hay eso, pero todo eso lo hay, y no hace falta buscar mucho. Y en Asturias, en el campo (no sé en zonas urbanas), por lo que había visto en anteriores ocasiones y volví a comprobar, no; nada: hay muchísimas casas tradicionales, y todas están arregladas, y la construcción actual pasa desapercibida, en el peor de los casos.

Las razones serán varias, pero seguro que todas tienen que ver con decisiones. Y no estamos comparando Suiza con Albania, económicamente. Y me dio mucha envidia.






En cuanto a nuestras visitas, el MUJA (Museo del Jurásico de Asturias) no tiene mucho que envidiar al Museo de Historia Natural de Londres (en el que estuvimos en verano) en lo que a dinosaurios se refiere: está francamente bien. Fuimos a ver unas huellas de dinosaurio, también; que te las tienes que creer, claro, pero que, si lo haces, impresionan, y mucho. Y lo más interesante para mí fue la cueva de Tito Bustillo, donde después de andar casi 1 km bajo tierra te plantas delante de unos dibujos que hicieron unos hombres hace unos 10.000 años... A mí me pareció increíble. Y a Carlos le encantó todo, que era de lo que se trataba.


Carlos en una huella
De lo mejor del viaje fue un paseo por el pueblo que di un día, antes de cenar, con Paula. Estuvimos más de una hora charlando. Ya bastante en serio. Para algunas cosas (importantes) Paula es muy madura; siempre lo ha sido.




Ha estado muy bien.


8.4.15

Cementerio, Semana Santa y felicidad

Estas vacaciones han sido especialmente buenas. Tras unos días de estudio, llegaron los niños y pasamos la mitad de la semana juntos, con Marta y Cibrán, en casa. Aunque en casa poco estuvimos: la Semana Santa es seguramente la época del año en la que hay más ambiente en nuestra ciudad, y si a eso le sumamos que los niños querían ver las procesiones, el resultado fue que pasábamos el día fuera, solos o con amigos.

Me he sentido muy bien, a pesar de mis habituales y difíciles de explicar ratos de mal humor o algo así. Pero ha sido agradable, me ha dado tiempo a estar bien, a disfrutar del tiempo juntos.

Hace unas semanas, un domingo después de comer, cuando iba a casa a trabajar (en la tesis, en qué si no), pasaba por delante del cementerio municipal y decidí parar. Quería hacerlo desde hacía tiempo. Estaba prácticamente desierto y llovía.

Fui a ver las tumbas de mis abuelos.

Yo me considero no creyente, aunque la mayor parte de mi vida lo fui; por tanto, hay poca o ninguna religiosidad para mí en una visita así. Pero no cabe duda de que hay algo que a lo mejor se puede llamar espiritualidad. La espiritualidad de pensar en algo trascendente: en el amor y su capacidad para hacer de la vida propia y de otros algo trascendente.

Porque pensaba, como tantas veces, en si el gesto de ir a verlos tenía alguna importancia. Eliminada la religión y lo que ella comprende, ¿la tiene? Para mí sí, sin duda, por lo que provoca en mí, por lo que me hace pensar y sentir; pero no me refiero solo a eso: ¿es posible pensar que tiene alguna importancia para ellos, que ya murieron?

Me imaginaba la situación contraria: algún día (en un futuro muuuy lejano) un nieto mío, hijo de Paula o de Carlos, al que habré paseado, al que habré cuidado, con el que habré jugado, con el que habré vuelto a disfrutar como con ellos, al que querré como a ellos, se acordaría de mí, haría un alto en su rutina, pararía su coche e iría a donde yo esté. A pensar un momento en mí. A recordarme. A acordarse de su abuelo, que lo adoraba.

Por desgracia, sé que en ese momento yo no seré nada (¡qué suerte, creer!); pero también sé que pensar que eso pueda suceder es lo único que tengo parecido a un consuelo.


Anteayer Carlos estaba jugando, Paula estudiaba y yo le explicaba el siglo XVIII mientras intentaba pintar mi primer óleo. En la cocina entraba el sol.


17.3.15

Adiós, Cifu

Ha muerto Juan Carlos Cifuentes, Cifu para los amigos, que éramos nosotros que estábamos allí, junto a nuestras radios.

Lo siento mucho. Que descanse en paz, si eso es posible.

Besos, abrazos, carantoñas y achuchones varios, Cifu.



18.2.15

Doce

Sigo aquí.

Tratando de lograr una rutina de trabajo diario, y siendo a la vez víctima de ella porque casi nunca me gustan las rutinas. Además, conseguir concentrarme, aunque se supone un triunfo, me aleja de lo(s) demás. Espero al menos que todo esto dé el fruto que tenga que dar.

Posibilidades, me hace falta sentir que tengo posibilidades. Que no todo está ya dicho (para bien, por favor, para bien).

Carlos y yo hemos empezado  a ir juntos a clase de dibujo. Eso es abrir una puerta.

Y mientras, Paula cumple doce años. Doce. Doce significa dulce en gallego. Como ella.


18.1.15

Charlie Hebdo: esto no es exactamente una historia de defensores de la libertad haciendo frente a la opresión del poderoso

Con el título ya les cuento el final, para que sepan a qué atenerse.

Hace años, cuando las primeras caricaturas, las danesas, ya escribí diciendo que yo no veía la situación tal y como se explicaba en nuestros medios. Ahora, algunas de aquellas opiniones las tendría que matizar, y otras probablemente las he cambiado (todavía cambio de opinión, por suerte), pero en general sigo pensando lo mismo.

Cuando hay muertes, siempre hay que hacer al menos una separación: la cuestión de los muertos por una parte, y el resto del problema, por otra. Aunque todo venga unido. Y en lo de Francia sucede lo mismo: por un lado tenemos unos asesinatos, terribles como todos, y por otro, el debate sobre la libertad de expresión, la tolerancia, el respeto, la religión, Oriente, Occidente, el Islam, el laicismo, etc.

Sobre el asesinato a los periodistas (lo de terrorismo o no terrorismo mejor lo aparcamos a un lado, porque tampoco importa demasiado; pero parece que vamos camino de definir terrorismo como aquel asesinato cometido por un islamista), poco hay que decir, que no se dé por sentado entre personas civilizadas. Lo único que se me ocurre es llamar la atención sobre el hecho de que es principalmente un problema de seguridad cuya solución, a corto plazo, es básicamente policial. Aunque por supuesto la causa sea mucho más profunda.

Sobre lo otro (dentro de lo cual estaría, sumergida, esa causa), en cambio, sí que veo mucho que opinar. A ver si yendo por partes me aclaro: 

La libertad de expresión no da derecho a decir lo que uno quiera: la libertad de expresión tiene límites, aquí, allí y en todas partes. Algunos de esos límites son tácitos y vienen dados por una idea comunmente aceptada de respeto a los demás, pero en general, y por si hay dudas, suelen venir explícitamente recogidos e impuestos por la ley, que a su vez, como es lógico, lo que hace es adaptarse a lo que la sociedad considera aceptable, y como tal lo refleja. Así, las injurias (que no son otra cosa que insultos) están penadas en cualquier caso, y mucho más seriamente si son contra la Corona; como también es delito la calumnia. Es decir, que tener libertad de expresión no significa que uno pueda decir lo que le dé la gana.

(Todo esto, naturalmente, sin entrar en las mil y una razones que en la práctica cercenan cada día esa libertad; solo las económicas darían para mucho. Y sin querer valorar, tampoco, leyes que ahora mismo están a punto de darle un buen recorte. Tanto por una cosa como por la otra, es mejor no decir nada sobre el que nuestros representantes políticos hayan encabezado esta protesta masiva en defensa de nuestras libertades...)

Así pues, el debate no puede ser si podemos o no decir lo que queramos (pues está claro que no), sino qué cosas justifican la imposición de ese límite y cuáles no. Estaríamos por tanto, en realidad, cuestionando si las razones de unos son válidas para nosotros.

Pero antes de seguir con eso, otra aclaración: en España la blasfemia dejó de ser delito en 1988, y aun ahora el Código Penal recoge la figura del escarnio:  

1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.
Así que tampoco es cierto eso de que aquí no consentimos que la religión nos tape la boca. Y si no que se lo pregunten a Javier Krahe. Ah, y en el Reino Unido la blasfemia es delito.

De todo esto, y con independencia de en qué situación nos encontremos ahora mismo, lo que me parece más interesante es la idea de que es y ha sido siempre cada sociedad la que ha establecido los límites de este derecho (como de los demás). Cuando directamente no ha habido libertad de expresión, ha sido el poder el que los ha impuesto, generalmente para protegerse a sí mismo; pero incluso cuando la hay, la sociedad condiciona su ejercicio, en un equilibrio alcanzado entre todos, entre los más permisivos y los más intransigentes, entre aquellos sectores de la sociedad más progres y los más carcas. Naturalmente, dicho equilibrio no es inamovible y ha ido evolucionando (involucionando, a veces); y en él han influido todas las fuerzas, las que aceleraban y las que frenaban. Y rara vez ese avance ha sido a saltos, sino que ha sido lento, y no han faltado los episodios de tensión entre un extremo y otro.

Pero, en cualquier caso, es una libertad adaptada a la sociedad que la otorga.

La gran novedad es que ahora esa sociedad es el mundo entero.

Otra novedad, por si no lo sabían, es que en el mundo hay unas diferencias difícilmente imaginables. Ahora, esa parte de la sociedad por la que hay que esperar; si quieren, si lo quieren simplificar mucho, esos sectores menos formados, más temerosos a los cambios, más cuadriculados, menos abiertos, menos razonables, etc., que siempre ha habido, ya no son las señoras de misa de ocho o los hombres del bar del pueblo; ahora llevan pañuelo y no pueden afeitarse, o se rapan y usan corbatitas negras, viven en la calle de atrás o a seis mil kilómetros, y cuando se enfadan salen a las calles a disparar al aire, o queman libros y fotografías, o matan.

Si yo, ahora, una mañana de domingo como la de hoy, acudo a la aldea de mis abuelos y, a la salida de misa, me pongo a mear sobre las lápidas del cementerio, o hago unas pintadas obscenas o, sin llegar a eso, me dedico a gritar que me cago en todos aquellos muertos, es más que probable que, si hay suficientes hombres, como mínimo me lleve una paliza. O a lo mejor yo, que soy muy culto y tengo mucho mundo, no soy tan maleducado para hacer nada de eso, pero en cambio decido entrar en misa, o en un velatorio, y arrojar luz sobre su ignorancia a base de explicarles hasta qué punto todo aquello no son más que tonterías. Y tal vez, mientras escapo, me sentiré indignado por su cerrilidad. Pero yo seré un gilipollas.

Porque si uno forma parte de una sociedad, tiene responsabilidades (proporcionales a sus posibilidades) hacia los demás; que no consisten precisamente en reírse en su cara de lo brutos que son.

Se me escapa totalmente qué aportan esas caricaturas. Se me escapa totalmente cómo el nuevo número de Charlie Hebdo (con varios millones de ejemplares vendidos) justifica las muertes que ha habido en varios países estos días (muertes que no han provocado manifestación alguna, vaya). Se me escapa totalmente la parte positiva de todo esto. Aunque crea que enfadarse por ellas sea cosa de chalados, y aunque crea, por supuesto, que nadie tiene derecho a vengarse así por nada.

¿Qué defendemos, entonces? ¿Nuestros derechos y libertades? Muy bien. ¿Y las defendemos así? ¿Y de quién, exactamente?

No somos adalides de la justicia haciendo frente al opresor. En algunos aspectos lo parecemos, y sin duda hay una parte de defensa que debemos mantener. Pero no somos los que se enfrentan al poderoso; ni siquiera aunque haya habido muertos. Somos ciudadanos de las sociedades más avanzadas y ricas y afortunadas del mundo tratando de que los demás razonen como nosotros.

Ya les gustaría. ¡Joder, ya les gustaría!

Solo un completo ignorante de cómo es el resto del mundo puede pensar que nuestro discurso puede, no ya convencer a alguien de fuera de nuestra burbuja, sino ser entendido siquiera.

Solo un completo ignorante o un perfecto cínico puede rasgarse las vestiduras por las reacciones de estos días en los países musulmanes, mientras el resto del año permanece ciego a sus miserias y a las consecuencias de su atraso.


(De nuevo, mejor no hablar de políticos que ahora se manifiestan mientras el resto del año estrechan manos.)

Si de verdad queremos que esto no suceda, si de verdad queremos evitar cosas así, no hay más remedio que preocuparse por ellos, hay que ponerse en su lugar y ayudarles.

Hay cientos de millones de personas que día a día viven sin libertades (ni de expresión ni de nada), que viven en la pobreza, que son completamente manipulables (mucho más que nosotros, que ya es decir). Algunos son islámicos, otros incluso islamistas, y mucho otros no. A lo mejor son hutus o tutsis; o les ponen un uniforme y les dan una pistola y se hacen llamar tonton macoute; o cuando son niños matan a sus padres y los alistan en una guerrilla cualquiera; o son niñas y los soldados las violan cada vez que van a por leña o agua; o viven en ciudades donde te matan por unas zapatillas, etc., etc. Y de todos ellos, algunos, curiosamente, quieren emigrar. Algunos viven en barrios nuestros, pero no son de los nuestros y, curiosamente también, son fácilmente convencibles de casi cualquier cosa.

Dicen que no dejaremos que nos hagan retroceder cinco siglos. No, naturalmente que no. Sería terrible. Pero la mejor (y, a largo plazo, única) solución es hacerlos avanzar a ellos,es buscar una sociedad mejor.

Es difícil, muy difícil, hablar de culpas. Es más difícil todavía hablar de soluciones. Pero cuando uno se enfrenta a un problema tan complejo y tiene los medios para saberlo, pocas cosas hay más idiotas que actuar como si todo fuera muy sencillo.



5.1.15

Noche de Reyes

- ¡Es la noche más emocionante del año! -le decía yo hace un rato a Carlos. 
- ¡¡De la vida!! -contestó él.

Y sí, hoy es la tercera y última gran noche navideña. Y sin duda mi preferida.

Que les traigan a todos ustedes muchas, muchas cosas. Y a mí. Y que sigamos siendo tan buenos como hasta ahora, o incluso un poquito mejores.

Besos y abrazos.