29.7.18

De cuyo nombre


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda
del domingo 29.07.18


De cuyo nombre




"¿A ustedes nunca les sucede que creen ver a una persona que en realidad ya se ha muerto? A mí sí, bastante. Sobre todo, con un chico que trabajó conmigo hace años –a pesar de que no significó mucho para mí, la verdad, pero aun así me pasa-, con mi tío Camilo y con mi abuelo, mi abuelo paterno. Veo a alguien, normalmente por la calle, y durante una fracción de segundo pienso que son ellos, antes de que me dé tiempo a recordar que no es posible. No soy nada místico, y por desgracia no creo en mensajes del más allá, y por tanto tampoco creo que vengan a saludarme, pero eso, que naturalmente me hace recordarlos, siempre me deja, en lugar de triste, extrañamente calmado. Me gusta y agradezco que a veces el azar y mis sentidos me hagan pensar en ellos.

Hoy pensaba escribir sobre mis vacaciones, que empiezan ya. Tal vez les extrañe este principio, pero a mí no mucho. Y es que paso poco tiempo y vivo pocas cosas sin pensar de un modo u otro en la muerte. En las que ya viví, en la mía y en las que vendrán. Ojalá no fuera así, porque lo cierto es que casi siempre se traduce en más angustia de la deseable, pero lo es. Y ahora, por ejemplo, nos imagino de vacaciones y no puedo evitar situarlas dentro de toda nuestra vida entera; de lo que llevamos y del futuro. Como les digo, a menudo resulta angustioso, porque una perspectiva excesivamente amplia normalmente pone demasiada presión en cosas que deberían suceder sin más, que deberían fluir con facilidad, y porque es una tendencia bastante poco compatible con eso tan recomendable de vivir el momento.

Pero, sin embargo, no todo son desventajas. Es verdad que los buenos momentos se venden más caros, pero cuando llegan son la leche, tremendos, profundos y desbordantes.

El domingo pasado fuimos al Paraíso. A donde vamos siempre y volveremos dentro de unos días. Ese sitio que, por puro egoísmo, no pienso nombrar. Y fui a nadar nada más llegar. No sé cuántas veces he contado ya qué significa para mí ese baño. Lo bueno es que, al contrario que el relato, la experiencia nunca parece repetirse, ni desinflarse ni perder intensidad. El agua era azul cobalto en el medio de la ría, turquesa al ir acercándose y completamente transparente en la orilla. Y el monte seguía allí enfrente, y el faro y las nubes. Y me metí, y todo me acarició. Y veía mi sombra bracear en la arena del fondo. Y supe con toda seguridad que ese día, en ese instante, en el tanteador de la vida ese punto era mío.

Hasta septiembre. Felices vacaciones."

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22.7.18

Cuando reina el instante

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 22.07.18


Cuando reina el instante




"No estamos de vacaciones, pero lo parece. En verano solo trabajamos por las mañanas, hace calor, no hay actividades ni horarios por las tardes, salimos más y la ciudad se ha llenado de amigos y otros veraneantes. Además, los niños no están con nosotros, y eso lo cambia todo: no es una situación que ninguno de nosotros quiera, pero no cabe duda de que introduce con mucha fuerza, en el día a día, la variable “hago en todo momento exactamente lo que me da la gana”, incluso si lo que me da la gana consiste en no hacer nada; y eso a veces está muy bien.

Y, si por ejemplo no te apetece ir a la playa, no vas. Y entonces echas la siesta delante de “Comida para Phil”, de Netflix, y disfrutas de los sitios apetecibles que visita, de las ciudades, de los platos que prueba y de sus caras –es básicamente lo que hace, poner caras-. O, mejor aun, haces que lees; y abres el libro y empiezas, despacio, y aguantas un par de páginas, hasta que sin disimulos lo colocas abierto boca abajo sobre la barriga y, con la deliciosa idea de que no hay ninguna prisa acariciándote la conciencia, te dejas ir.

Y al despertar lo recoges y sigues. Por ejemplo, “Regreso a Berlín”, de Verna B. Carleton (Periférica & Errata naturae), un descubrimiento que debo agradecerle, una vez más, a una librería de verdad, “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid, que tiene sus libreros también de verdad, y todo, que no solo son capaces de aconsejar sino que aciertan. El mismo Madrid que parece esperarme dentro de un mes, con su parcela de vida nueva y sus nuevos escenarios, a pesar de que no acabo de creérmelo ni consigo imaginarme cruzando un día la M-30 con naturalidad.

O, si uno quiere que la sensación de excepción sea mayor, y que ese estado de ánimo de tranquila excitación no solo no se rompa sino que se perfeccione, puede ojear a Szymborska. Y leer que “hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante”, y casi comprenderlo, y hasta pensar que qué apropiado para ese momento de abrir los ojos y ver la luz y el cielo y unas nubes que, como también dice ella, “sin la carga de ningún recuerdo, se elevan sin problemas sobre los hechos”. Y después levanta la vista y piensa que qué pena no leer poesía, porque es asombrosa su capacidad de condensación, su capacidad para obviar lo que no es esencial.

Y sigue el verano. Y aún faltan las vacaciones, en las que volveremos al paraíso. Pero, mientras, disfruto de esta reconfortante pereza lúcida y del hecho sorprendente de no estar angustiado por nada."

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15.7.18

En la cama con gabardina


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 15.07.18


En la cama con gabardina




"Imagínense meterse en la cama con la gabardina puesta. En “La conversación”, de Coppola, Gene Hackman es un experto en escuchas que está trabajando en un encargo que lo intranquiliza. Para Coppola, la película es mejor que “El Padrino”, lo que demuestra que los autores no siempre son sus mejores jueces. Y Hackman hace lo de la gabardina dos veces: una tarde que va a visitar a una novia y la encuentra durmiendo, y abren una botella de vino que beben en vasos de tubo sobre la cama, sin que él se quite la gabardina, ni los zapatos, ni la corbata ni nada; y la segunda, cuando cree que en la habitación de hotel contigua a la suya se está cometiendo un asesinato por su culpa, y se mete en la cama histérico y se tapa y se queda dormido, con gabardina.

Tengo un amigo que se sorprende de que me interese tanto la literatura norteamericana. Le explico lo de que son el centro del mundo, su importancia en la cultura contemporánea y que muchos de sus escritores tratan temas que me importan: relaciones familiares, de pareja, la sensación de desorientación vital y qué sé yo. Todo cierto. Pero hay algo más, y es que eso que acabo de decir provenga de un país con un estilo de vida tan diferente que casi parece extraterrestre.

No se trata de la influencia de una cultura cercana, como sería el caso de la o las europeas. Ni del exotismo de lo lejano que explica mi fijación por Siberia y Mongolia. Aquí lo que me fascina es que lo norteamericano sea, a la vez, omnipresente y absolutamente ajeno. Que una sociedad con la que es imposible no estar familiarizado resulte a menudo, sin embargo, tan incomprensible.

No entiendo que en cualquier momento pregunten si tienen hambre, en lugar de comer a su hora. No entiendo los coches con franjas de madera. No entiendo que cambien de domicilio como de ropa, y puedan estar años sin ver a un hermano y, cuando se encuentran, le recuerden una deuda de veinte dólares. Ni que en cualquier pueblo perdido haya una atracción turística y dos moteles y tengan visitantes. Ni el proceso por el que un iraní, un keniata o un mexicano llegan a sentirse tan patriotas americanos como los tíos de camisas de cuadros que los perseguirían en su pickup con bates de beisbol. Ni que alguien trabaje en una inmobiliaria, después sea profesor y luego abra un restaurante. No entiendo esa manera de vivir hacia sí mismos; porque no es cierto que se crean el centro del mundo: para ellos, Estados Unidos es el mundo.

Es como si mis películas favoritas, la música que más he escuchado y mucha de la literatura que más me gusta procediesen de Marte. Querría saber qué pasa en Marte."

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8.7.18

Tú tirabas piedras

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 08.07.18


Tú tirabas piedras




"Un día que volvíamos de Foz paramos en la playa de los Alemanes. Era el principio del verano y hacía calor. Tanto como para ponernos en bañador y bañarnos. Aunque tú te desnudaste y te quedaste así todo el tiempo. Yo, no creo, porque siempre me ha dado vergüenza.

Sé que me repito, pero estoy leyendo un libro de relatos de Richard Ford –“Pecados sin cuento”, de Anagrama- y no puedo evitar asombrarme otra vez de lo deprimente que es. Lo deprimente que me resulta siempre él. Y no cuando cuenta cosas tristes, sino cuando cuenta las alegres, las supuestamente buenas, que nunca lo son.

La playa de los Alemanes era pequeña y no me pareció especialmente bonita. Sobre todo comparada con las que hay más para aquí, pasando Viveiro y llegando a Vicedo. Pero, a pesar de que el sitio no me impresionase, siete años después recuerdo el rato que pasamos allí como un momento lleno de belleza y de alegría. Tuyas. Estuvimos tirando piedras al agua para hacerlas rebotar, sobre todo tú, y no sé exactamente por qué –porque sí, por todo, sería- no dejabas de reírte. Me mirabas y te reías. Y tu alegría era –a ver qué digo- pura y total.

Tom y su mujer Nancy, por ejemplo, están pasando unos días en Maine, y un viernes desayunan en una pequeña cafetería junto a un gran río, en un pequeño y encantador pueblo. Ellos lo ven y lo valoran, ven y valoran lo que tienen, sus trabajos, sus aficiones y su buen gusto; como hacen todos los demás personajes, que disfrutan de sus bonitas casas, que van a restaurantes caros con nombres como The Drake o Billy’s, que reconocen una pintura de Caravaggio, que navegan en esbeltos veleros de madera por bahías azules e incluso tienen madres que cantaban “You’ve changed”. Pero da lo mismo, nada les vale de nada. Son infelices, se ahogan, prueban otras relaciones de mierda para simplemente acabar follando a escondidas, y luego lo razonan y analizan todo y siguen sus vidas. Unas vidas angustiosas que tienen algo en común: en ellas no caben la ilusión ni el entusiasmo genuino. Por nada.

La tuya era la alegría que solo una persona buena es capaz de sentir. Porque eso me pareciste aquella tarde: una persona alegre y buena. Lo cual es maravilloso; mucho mejor, desde luego, que si la tuya fuese una bondad sufridora y sacrificada, como tantas, o una bondad triste, como la mía si es que yo soy bueno. Una bondad alegre, que sonríe y se ríe, que quiere y quiere querer. Una alegría que seguía estando en tu cara, en tus pómulos pecosos, en tus ojos, cuando te metiste en el coche con el pelo mojado y me miraste para ver si yo también estaba contento, si yo también pensaba qué suerte teníamos."

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1.7.18

Un zapato

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 01.06.18


Un zapato




"Es difícil decir algo sobre Auschwitz. Sobre el Holocausto, sobre aquello. Porque ya hay quien lo ha hecho, y bien, con la profundidad que requiere e incluso, a veces, desde la experiencia propia; porque ya conocemos todos los datos; y porque tal vez -hay quien sostiene- no debamos pararnos más allí, pues corremos el riesgo de agotar todo nuestro interés y pasar por alto tragedias más recientes e incómodas.

Yo, sin embargo, cuando el viernes pasado salí del Salón del Canal Isabel II, en Madrid, de la exposición sobre el campo de concentración, estaba hundido. Antes, a lo largo de tres horas de recorrido viendo documentos, objetos personales de los prisioneros y fotografías, varias veces tuve que contenerme para no llorar.

Casi todo es susceptible de ser bien o mal utilizado, pero creo que acercarnos a cualquier ejemplo de sufrimiento nos hace más sensibles a todo el dolor. Aquí, podemos culpar a Hitler, a los nazis y hasta a los alemanes, o sacar conclusiones sobre nosotros mismos. Y podemos lamentarnos solo por los judíos o ver en ellos el paradigma de las víctimas de la injusticia y la crueldad. La crueldad normal.

Porque seguramente sea eso, la normalidad -incluso por delante de la frialdad del procedimiento burocráticamente perfeccionado-, lo más aterrador y desconcertante del caso. La normalidad de seleccionar, no entre las filas enemigas, sino en la propia sociedad, entre los vecinos de la misma calle, a los que a partir de aquel momento debían morir.

Las vías de tren entrando bajo el famoso arco son escalofriantes. El vagón de carga, cerrado, es escalofriante. Las columnas de hormigón con el alambre de espino lo son. Las fotos de niños de la mano, a veces todavía sonriendo a la cámara, lo son hasta lo insoportable. Como lo son los testimonios de supervivientes capaces de hablar del momento en que vieron a su familia, a su mujer, su padre, sus hijos, quedarse en la otra fila, en la fila mala –el ochenta por ciento de los deportados allí moría el primer día, tras la criba que se hacía nada más llegar: en cuatro años pasaron de un millón-. Un hombre encargado de seleccionar la ropa de los muertos contaba que cuando abrió el primer saco se encontró el jersey de su hija.

Y todo ese horror se concentró para mí en dos zapatos. Uno de mujer, de tacón, de fiesta, que seguramente habría usado en momentos alegres en los que aquella locura era inconcebible. Y otro pequeño, de niño, que todavía tenía metido, sobresaliendo un poco, porque a lo mejor así le habían enseñado en casa a dejarlos de noche, un calcetín bordado."

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Si yo fuera rico


Si yo fuera rico




"De pequeño tenía un triciclo en casa, pero en lugar de andar en él lo tumbaba, me sentaba  en la rueda que quedaba en el aire, agarraba el manillar como un micrófono y cantaba. Cantaba mucho, yo. Mi hermano no tanto. Menos cuando tenía fiebre: cuando se ponía parlanchín y, para colmo, empezaba a cantar, mis padres ya le ponían el termómetro. Mi madre cuenta que algunos vecinos decían que sabían que volvíamos del colegio porque nos oían cantar mientras subíamos en el ascensor, hasta el quinto.

Y recuerdo que, no sé por qué, durante una temporada que ahora me parecen años y a lo mejor duró una semana, mientras esperaba a que el ascensor bajase limpiándome los pies en el felpudo grande y marrón del portal, cantaba “If I were a rich man”, de “El violinista en el tejado”, porque habíamos visto la película. Solo que la cantaba en castellano, y lo que hacía era repetir una y otra vez el estribillo, que además, con la excepción de la primera frase, “Si yo fuera rico”, me inventaba totalmente. Casi siempre acababa metiendo versos con un mensaje claramente filantrópico y altruista. La conciencia me impedía gastarme todo el dinero en mí, incluso en la imaginación.

Mi vecina de abajo, con la que ahora coincido en el conservatorio dejando y recogiendo a los niños, me oía cantar cuando estábamos cada uno en nuestro baño, y al parecer se reía bastante. Sobre todo una vez que me inventé una letra entera para “Un velero llamado libertad”, de José Luis Perales. No me acuerdo de cómo era, pero sé que en mi versión el protagonista se iba en su barco con un montón de comida.

Ahora canto mucho menos. Y no es buena señal. Porque cuando estoy contento canto, o por lo menos silbo. Es inconsciente, pero al llegar al trabajo me doy cuenta de cómo he salido de casa por el hecho de ir por el pasillo silbando o no. Y parece que de niño era más fácil no estar preocupado o desanimado.

Supongo que una de las grandes diferencias entre las personas alegres y las tristes es que las primeras saben ver los buenos momentos del pasado, todo eso que les ocurrió, todo lo que hacíamos y lo que éramos, como algo que van atesorando, y no como cosas que la vida les ha arrebatado.

Supongo que hay gente tan afortunada que, al acordarse de cuando cantaban hace cuarenta años en el ascensor, en lugar de pensar que ya lo han perdido sienten que aquello sigue presente, formando parte de ellos. Y que cada recuerdo contribuye a hacerlos más ricos, como soñaba el violinista."

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17.6.18

El señor Hansen

Publicado en el suplemento cultural 
Táboa Redonda del domingo 17.06.18


El señor Hansen




"Para salirme un poco del habitual tono de alegres castañuelas de estos artículos, les voy a contar una triste historia. Una que, en realidad, cuenta John Dos Passos en su interesantísimo “Viajes de entreguerras” (Península, de segunda mano).

El escritor, en un viaje en barco de Norteamérica a Europa, se encuentra con un tal señor Hansen, un anciano danés discreto y educado, contable de profesión, que vuelve a su país después de veinticinco años trabajando en Estados Unidos. Veinticinco. Durante ese tiempo nunca ha regresado, porque no quería hacerlo sin haber conseguido ahorrar lo suficiente; pero tampoco –y aquí empieza a formarse el drama- ha sido capaz de construir una verdadera vida allá en Los Ángeles. Lo achaca, él, al idioma, que no hablaba con la naturalidad de un nativo y en su opinión había supuesto siempre una pequeña barrera a la hora de intentar pasar de las relaciones profesionales o de cortesía a otras más personales; y por eso ahora quiere comprobar que en danés sigue siendo un buen conversador. Le preocupa también que lo tomen por millonario y lo quieran casar con alguna mujer simplemente buscando su dinero, pero aun así está ansioso por regresar a su tierra y poder volver a ver por fin a sus amigos de antes, después de tanto tiempo. Veinticinco años después de marcharse.

Pero, a los pocos días de llegar a Copenhague, Dos Passos se lo encuentra paseando solo. El señor Hansen se alegra de verlo, de ver a un americano; tal vez demasiado. Y mientras toman algo le cuenta que en su pueblo ya no conoce a nadie, y que además ya no se habla el dialecto de su niñez. Que, de hecho, hablar le había costado más de lo que había supuesto. Que había mandado poner una lápida nueva en la tumba de sus padres, pero luego se había quedado sin saber qué hacer. Y le confiesa a Dos Passos que tal vez regrese a Estados Unidos. Que seguramente lo readmitan en su antiguo trabajo. Y parece a punto de llorar.

Veinticinco años. Esperando, reservándose para el regreso a partir del cual comenzaría a disfrutar. Un cuarto de siglo viviendo por y para llegar a la situación que daría sentido a todo. Posponiendo la vida.

Por eso, cuando llega ese momento final y no trae nada de lo que él imaginaba, cuando la meta está desierta, cuando en realidad no hay ninguna recompensa y comprende lo terrible de su tragedia, al señor Hansen las fuerzas lo abandonan. Y únicamente puede mirar atrás y preguntarse si aún estará a tiempo de volver y aprovechar unos últimos años. Aunque solo sean como los de antes, como todos esos que perdió."

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10.6.18

La tristeza secreta



Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 10.06.18

 La tristeza secreta




“Todos tenemos nuestra propia tristeza secreta”: esa es la extraordinaria frase que alguien dice en un capítulo de la serie inglesa “Endeavour”. Una serie -precuela de otra de los 90 titulada “Inspector Morse”- que me ha encantado, y en la que se cuentan los primeros pasos del agente Endeavour Morse en la policía de la ciudad de Oxford. Las tramas, la parte puramente policial, no me parecen gran cosa, tienen poco suspense y no demasiado interés; en cambio, el escenario, el ambiente y los protagonistas son magníficos. Sobre todo él, Morse, un chico excelente, buena persona, inteligente, culto, honesto e idealista.

Al pobre, sin embargo, no le va muy bien. En el trabajo, su talento despierta recelos; en lo personal, está casi siempre solo y su vida sentimental apenas conoce esporádicas alegrías que ni duran mucho ni llegan a colmar sus necesidades -elevadas también, como era de esperar-. No, desde luego, no le va como se merece.

Y da bastante pena. Él no se queja, sigue trabajando con seriedad, eficiencia y mucho interés, y no se queja. Lo cual hace que dé más lástima todavía, por descontado. Porque no se compadece de sí mismo ni llora por las esquinas. La suya es una resignación madura, la de quien sufre pero tiene claro que la vida no acaba ahí; y menos aun la de los demás, que bastante tienen con lo suyo sin aguantar los lamentos de otro. Da pena, pero despierta simpatía y admiración, y como mucho uno le daría un empujoncito.

En cambio, la protagonista de la pesadísima película francesa “El porvenir”, Isabelle Huppert, es una buena y entregada profesora de filosofía, casada con un colega y madre de dos buenos chicos, culta, reflexiva, reconocida en su ambiente, dueña de una casa sin alardes pero repleta de libros y acogedora, y protagonista de una vida intelectual llena de conversaciones intelectuales con gente intelectual. Y sin embargo resulta patética. Incluso antes de saber que su esposo la engaña y va a dejarla por otra.

Patética porque le falta lo esencial, le falta el centro en el que todo se apoya y, con toda su inteligencia, parece no saberlo. Porque actúa como si todo fuese bien, al contrario que Morse, que tiene claro que no. Por eso es cuando se desmorona, cuando se resquebraja su armazón racional y sale el dolor, al que no hay teoría filosófica que sirva de consuelo, el único momento en que parece vivir. Solamente cuando se derrumba y llora con la cabeza apoyada en la ventana del autobús da la sensación de estar al fin viva. Cuando no le da la espalda a su propia tristeza secreta."

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3.6.18

Cuatro docenas


Publicado en el suplemento cultural
Táboa Redonda del domingo 03.06.18

Cuatro docenas




"No sé por qué, hay algunas cosas que todavía se cuentan por docenas: los huevos, las sardinas, los churros o las rosas. Y resulta que yo esta semana he cumplido cuatro, cuatro docenas de años.

Como a tantos otros, también a mí, al llegar a alguna fecha simbólica, me sale lo de mirar atrás y juzgar cómo ha ido todo. Y algo peor todavía: mirar el presente y compararlo con el que yo esperaba. El resultado, caprichoso, volátil y embarullado en porqués como es, suele dar, sin embargo, un mensaje claro y fácil de entender para cualquiera que quiera verlo.

Cuando era pequeño, una tarde que jugaba con mis primos cerca de casa de mi abuela, el perro de una vecina, un perro lobo gris y feo, se escapó y salió de repente al patio donde estábamos. A mí no me dio tiempo a subirme a las ventanas y me mordió. En el culo. Aunque, como la dueña, mis tías y mi madre no paraban de repetir, morder morder no me mordió, solo fue un arañazo. Y la dueña además insistía en que era muy bueno, y para demostrarlo contó que a veces le daba para cenar una tortillita francesa. Pero a mí me hizo un siete en el pantalón, otro en el calzoncillo y sangre, y yo, entre hipidos, no veía esa diferencia de matiz por ningún sitio.

Hubo épocas en que mirar atrás solo me producía tristeza. Volver a los sitios y a las personas me entristecía, porque me decían que algo iba mal, que yo no estaba donde quería. La sensación de pérdida era total, sin que nada pareciese compensarla. Después, en cambio, las cosas mejoraron y esos regresos me reconfortaban. Fui capaz de pasear por donde el “Che”, aquella hiena, me había… arañado, y contárselo a mis hijos, y enseñarles las ventanas a donde no me había dado tiempo a trepar. De hacerlo y sentirme bien, contento con quien había acabado siendo. En aquel tiempo yo me imaginaba a mí mismo tranquilo en medio de una llanura en la que no se veían caminos y tampoco había prisa por tomar ninguno.

Ahora, con 48 años, creo que estoy bien. Al menos dentro de lo que cabe, porque en mí siempre hay algo que falla, una insatisfacción que no desaparece y yo llamaría existencial: estupidez existencial, más concretamente. Tengo una edad que hace un siglo se consideraría provecta y, sin embargo, sigo con esa sensación de que algo crucial, lo más importante, está todavía por ocurrir. A veces creo que voy a pasar de esa espera por no sé qué eclosión, directamente, a la incredulidad de ver que todo ha llegado a su fin. Y que me quedaré pensando, con cara de tonto, qué estaba esperando, si la vida no era otra cosa que aquello que me había pasado."

"

27.5.18

Escala

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 27.05.18]

Escala



"Un día te metes en una discusión cualquiera en la red. Podías haber pasado por allí sin decir nada, pero al final decides dejar un comentario, que resulta desencadenar una conversación tensa que acaba siendo desagradable. Y, aunque ni siquiera conoces a tu interlocutor, como eres tonto y quieres tener razón y que el otro te la dé, te quedas mal. Un par de días mal, jodido por eso pero más aun por permitir que te afecte.

Después te sucede algo parecido, pero en el trabajo. Discutes con un compañero y no logras evitar que se vaya enfadado. Y, como siempre has tenido la necesidad de que los demás te consideren, antes que nada, buena persona, te disgustas. Una semana, durante la que quieres arreglarlo y piensas cómo. Y lo de internet se te olvida.

Pero también eso se te olvida cuando una mañana te comunican que sí. Que te vas. O, mejor dicho, que el momento de decidir ha llegado y las alternativas se han ido reduciendo hasta que no te queda más que lo que suponías. Te vas a ir. Te vas a ir a vivir a Madrid. Tú. En Madrid, no aquí. Y de repente, lo que solo era una teoría, un escenario sobre el que imaginar situaciones, deja de serlo y se convierte en una realidad que ya, ya, ha aparecido allá lejos y no ha tardado ni un minuto en comenzar a crecer hacia ti. Y que ahora, desde aquí, parece llena de despedidas, de soledad y de distancia.

Y claro, el disgusto aquel no recuerdas ni por qué era.

Y entonces, cuando parece que no hay sitio en tu cabeza para nada más, suena el teléfono. A tu hijo le pasa algo y tienes que ir. No es nada, un pie que no puede apoyar, una visita (la enésima) a Urgencias y listo. Él incluso está encantado, porque le has conseguido unas muletas y va a aparecer con ellas en clase, y va a ser guay. Pero en ese momento, en esa media tarde esperando a que te digan que repose y hasta la próxima, te da tiempo a pensar muchas cosas. No quieres, no debes, no tiene sentido dejarse llevar cuando sabes de sobra que puedes estar tranquilo. Pero aun así, a veces lo observas sentado a tu lado mirando alrededor, mirándote, y de reojo ves, durante una fracción de segundo, pasar por detrás de ti una sombra inmensa. Y sientes un escalofrío de terror tan inconcebible que todo tu cuerpo se tensa, se cierra, se crispa, casi histérico, y te aparta inmediatamente de allí. Y le das la mano, con cuidado de no apretarle mucho, y le sonríes otra vez y le señalas un cartel en la pared, con una foto de una ciudad cualquiera que no sabes si es Madrid, y te da igual."
 
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