29.5.16

Táboa Redonda: volver a verse

Supongo que hablar con uno mismo es siempre, en parte, dialogar con el niño que fuimos. Pero cuánto daría por tener literalmente ese encuentro.


 

Cruzarme conmigo

 

Hace ya dos o tres años vi una serie policíaca de la BBC, “Life on Mars”, que antes de “The wire” habría calificado de sobresaliente, pero que ahora está marcada, como todas, por la inevitable e implacable comparación con la comedia humana del siglo XXI de David Simon.
En ella, y tras un accidente, el protagonista retrocede unos cuarenta años en el tiempo y regresa al Manchester de 1973; y ejerce, también allí, de policía. En aquel entonces él tenía cuatro años. Y hay un capítulo en el que, unos días después de haber conocido a su propia madre de joven, se cruza por la calle con él mismo, de niño, yendo de la mano de su padre a un partido de fútbol. Niño y adulto se quedan mirando el uno al otro durante unos segundos. El niño, confuso por el aire familiar de aquel extraño, y él, todo lo impresionado y conmocionado que cabe esperar.
Y yo, que mantengo una estrecha relación con mi yo infantil, me quedé pensando qué sentiría en esa situación, si me viese, si me encontrase conmigo de pequeño. Y creo que, entre todas las emociones, la sensación predominante sería la de tristeza.
Se me ocurren tres razones.
Por una parte, por la confrontación entre las expectativas de aquel niño que fui (de las expectativas que yo ahora pongo en él, mejor dicho), de sus posibilidades, de todo lo que podía ser, con la realidad actual, con lo que he conseguido, con lo que soy, con cómo estoy. Es verdad que siento que esas dos imágenes (porque imágenes son, las dos mías y las dos de ahora) se han reconciliado en gran parte en los últimos años, lo suficiente como para poder mirar atrás con tranquilidad y no del todo insatisfecho. Pero, aun así, está claro que hay muchas cosas que soy que no quería ser, y viceversa. Demasiadas, o demasiado importantes. Y me costaría confesárselas. Me costaría decepcionarlo.
Por otra, está rondando la muerte, claro. El niño que era yo me permite volver atrás, me da más tiempo. Incluso lo detiene. Aleja mi muerte. Pero al irse, al seguir andando sin mí, me vuelve a dejar aquí, avanzando inexorablemente.
Y, por último, porque me echo de menos. O echo de menos mi infancia, que creo que fueron mis años más felices. Y por supuesto que es una sensación subjetiva y en buena parte resultado de la idealización, pero es que la felicidad se mide así. Y me daría pena no poder estar más con él, conmigo, me daría pena verme y tener que dejarme, porque me gustaría hablarme, pasar tiempo conmigo, conocerme otra vez. Me caería muy bien. Me gustaría prestarme atención y hacerme caso. Y que yo mismo me recordase qué me importaba. Nunca nadie me habría escuchado igual.
Sí, me quedaría triste. Pero, aun así, cuánto me gustaría volver a verme.
 
* * *
 

22.5.16

Táboa Redonda: un poeta

Un cómic que habla de poesía.

 
 

Por ejemplo, este chaval

 
 
El miércoles, al salir de judo, mi hijo Carlos me dijo si íbamos al mercadillo de libros del colegio. Tenía cuatro euros y quería comprarnos libros a todos. Yo acabé con “A lus do candil”, de Fole, y él con una versión tipo Famosas Novelas (¡en cuántas conversaciones intelectuales he mantenido el tipo gracias a ellas!) de “Un yanqui en la corte del Rey Arturo”. Y para Paula elegimos un cómic publicado por la Xunta, un homenaje a Uxío Novoneyra el año en que le dedicaron el Día das Letras Galegas.

No leo poesía ni cómic. No lo hago a propósito, ni mucho menos presumo de ello, pero no los leo. Lo de la poesía responde a razones que no tengo claras, pero que tienen que ver con cierta sensación de no llegar a ningún lado, de quedarme como estaba; y es algo que me gustaría superar algún día. Lo del cómic es por un motivo tan objetivo como que se acaban demasiado rápido, y también porque no creo haber tenido suerte con lo poco que he probado (acepto recomendaciones). Pero el caso es que es así, y sin embargo allí estaba yo esa misma noche leyendo un cómic sobre un poeta: “Uxío Novoneyra: a voz herdada”, de Kike Benlloch y David Rubín.

Lo leí en quince minutos (insisto…). Y me gustó muchísimo.

En lugar de centrarse en Novoneyra, los autores crean un personaje, Celestino, en el que la obra del poeta del Courel ejerce cierta influencia, y al que sirve de referencia en ciertos momentos de su vida. De Uxío Novoneyra se habla, se cuentan cosas, pero es un personaje secundario; la historia es la de Celes. Y Celes es un chaval también de la montaña lucense, que va a estudiar a Santiago en los 70, que es espectador desde segunda fila de los acontecimientos de la época, que toma conciencia de su idioma, que va descubriendo la ciudad, el ambiente cultural, más tarde Madrid, otras amistades, va perdiendo a su familia, sufre por amor y por desamor, se divorcia, se va lejos, trata de recomponerlo todo y, en fin, ve cómo pasa su tiempo. Mientras, Uxío moría.

Hace unas semanas, en este suplemento, Antonio Costa nos explicaba en un artículo magnífico (“Querido Dostoyevski, enséñanos la idiotez”) cómo la literatura de ficción puede hacernos ver cosas que al ensayo y al documento se le escapan. Este cómic es un ejemplo perfecto. Porque al conocer a un lector todo queda mucho más claro, y porque qué mejor homenaje a un poeta que enseñar cómo su poesía acompaña una vida.

Cuando vemos al Celestino adolescente volver a su aldea y recitar versos en ese templo del bosque bajo las estrellas. Cuando vemos cómo esos versos lo inflaman en el despertar a algo nuevo que todos hemos pasado con desconcierto y alterados, y que a algunos les hizo querer irse a ver mundo, a otros, sentarse a escribir desgarradoramente, y a otros, a lo mejor, cantar delante del espejo del cuarto de baño. Cuando Celes nos cuenta que dejó a su primera novia, Sara de Antón, y que “aínda hoxe o lamenta”. O cuando deja claro que hay momentos en que ningún poeta puede consolarnos. Es entonces, desde tan cerca, cuando entendemos lo que puede significar la poesía.

* * *
 
 

15.5.16

Táboa Redonda: no se queden ahí parados

No se aburran. Y no aburran.




Algo que contar


En la escena final de “Regreso al futuro”, Martin McFly se reencuentra con su novia, emocionado tras su aventura temporal. Para ella no ha ocurrido nada anormal, y le comenta que ni que llevasen una semana sin verse; y él le contesta que eso es exactamente lo que pasa. Entonces la abraza y, efectivamente, desde ese momento para ella nada es igual. 
De acuerdo, una referencia más actual: al comienzo de “Breaking Bad”, cuando la esposa del protagonista ni siquiera sabe que está enfermo, y mucho menos que ha robado en el laboratorio de su instituto y decidido cocinar metanfetamina, él llega a la cama, donde hasta ese momento la actividad sexual era francamente pobre y, por así decirlo, deprimentemente mecánica, y tiene una explosión de libido que a ella no le resulta ni mucho menos indiferente. Capítulos más tarde, las emociones que Walter sigue viviendo en secreto se traducen en un cambio de actitud de consecuencias muy notables sobre su vida marital. 
¿Y ustedes? ¿Qué emoción despiertan ustedes? Cuando llegan a casa, o quedan con su pareja o comen con sus hijos, ¿tienen algo que contar? 
No vean en esto una invitación a iniciarse en la senda del crimen. Ni siquiera una propuesta de viaje en el tiempo. Pero piensen cómo esas experiencias, vividas a solas, hicieron que sus protagonistas, de repente, tuvieran algo interesante que aportar. De hecho, los convirtieron en personas interesantes. 
Aunque lo de los hijos no es ninguna tontería (al fin y al cabo, a nadie le conviene añadir, a las dificultades inherentes a una relación con un adolescente, el hecho de ser un coñazo), centrémonos en la pareja, para bien o para mal la piedra angular de nuestra satisfacción diaria. Como nos queremos tanto, pasamos juntos todo el tiempo que podemos: vamos a los mismos sitios, hacemos las mismas cosas, hablamos con las mismas personas, vemos las mismas películas, leemos las mismas chorradas en Facebook y nos prestamos los libros. Y el resto del tiempo, trabajamos. Es decir, que o se dedica usted a algo apasionante, como investigador de asesinatos en serie, psiquiatra de asesinos en serie o asesino en serie, por ejemplo, o cuando acaba su jornada laboral todo lo que tiene que contar se mueve entre el cotilleo banal y la rutina soporífera. ¿Y espera que le hagan caso? ¿Que lo miren con arrobo y, al acabar, lo o la abracen con indisimulada admiración e irrefrenable deseo? 
Ofrezcan algo. Vayan ustedes solos ahí fuera, vivan un poco, sálganse del guion, mantengan el misterio, descubran algo para luego poder contarlo. Pero traten de ser interesantes, por el amor de Dios. Háganlo por sus seres queridos, por sus compañeros de oficina, por el camarero y, sobre todo, por ustedes mismos.

* * *


8.5.16

Táboa Redonda: no somos tan listos

Vean "El Ala Oeste de la Casa Blanca".



O sea, ¿sabes?



Llevo meses viendo, intermitentemente, “El ala oeste de la Casa Blanca”, de Aaron Sorkin. Es una serie de hace ya unos quince años que cuenta el día a día del presidente de los EE.UU. y de sus más estrechos colaboradores, su gabinete. 
El argumento de cada capítulo a menudo es, en realidad, irrelevante: se discute de política y se toman decisiones de gobierno, pero no son más que excusas para mostrar a unos personajes magníficos que se plantean y resuelven dilemas morales mientras mantienen, como en cualquier trabajo de Sorkin, unos diálogos antológicos. 
Sin duda es, en buena parte, un ejercicio de autobombo por parte de la institución y del Partido Demócrata, y da motivos para tacharla de poco realista; empezando por que todos los protagonistas sean personas íntegras que solo pretenden hacer bien las cosas. Pero, para mí, lo más increíble es la que parece ser la marca de la casa del que ostenta el título oficioso de mejor guionista del mundo: que todos sean tan inteligentes. Y no solo ellos, sino prácticamente cualquiera de los que pasan por allí. Todo el mundo entiende todo, todo el mundo capta las segundas intenciones, todos adivinan de qué les van a hablar, están informados del tema, han pensado sobre ello y tienen una opinión bien meditada al respecto, que además exponen con precisión y pocas palabras, porque, entre ellos, sobran. Todo el mundo es, en fin, listísimo, y las conversaciones son tan eficientes y fluidas que el siguiente paso sería una reunión telepática de los sabios de la “Fundación”, de Asimov. 
Y sin embargo, en el mundo real no hay obstáculo más presente que nuestra incapacidad para entendernos. Entendernos literalmente. Es verdad que a veces discutimos porque discrepamos, pero es mucho más frecuente que lo hagamos porque no comprendemos. Y lo normal en casa, en la calle y en el trabajo es emplear nuestro tiempo y esfuerzo, y perder nuestro humor, tratando sin demasiado éxito de explicar lo que queremos decir. Luego, cuando se tienen las cosas claras, a lo mejor no se está de acuerdo, pero no sucede tanto como nos creemos; lo que de verdad ocurre es que casi nadie entiende nada, o lo entiende mal o a medias. Ni lo que dice él mismo, por supuesto. Y antes de poder hablar del fondo de cualquier cuestión ya nos hemos agotado y puesto de mala leche aclarándola una y otra vez. 
Aunque, quién sabe, tal vez sea preferible así. A lo mejor tanta clarividencia nos llevaría al hastío. Resultaría tan aburrido como sacar el móvil en las discusiones, que nos está dejando sin los “te lo digo yo” y los “no tienes ni puta idea” de toda la vida.





* * *


2.5.16

Táboa Redonda: contra pensar mal

Tal vez sea una tontería por mi parte, pero no deja de sorprenderme lo mucho que sobre el modo de encarar ciertos aspectos de la vida se aprende leyendo a Virginia Woolf, y lo poco que, al final, parece que le valió a ella.



Virginia y los otros


 

Dice Virginia Woolf en sus Diarios (1925-1930): “Mi instinto enseguida levanta una barrera, que condena. Pero todo esto es un gran error. Estas barreras me aíslan. No pongas barreras, porque están hechas de nuestra propia cobertura”.
Cuando miramos alrededor, cuando nos preguntamos cómo estamos en el mundo, creo que una de las cosas más difíciles de asumir es, precisamente, cuántos de los muros que nos rodean los hemos levantado nosotros. Algunos, hace tiempo, cuando éramos pequeñitos, y puede que al crecer ya podamos mirar por encima. Otros, en cambio, los vamos reforzando con los años, recebándolos, añadiéndoles filas de ladrillos y poniéndoles encima trozos de botellas rotas. Y nos quedamos tras ellos e imaginamos lo que hay al otro lado, cada vez más deforme, cada vez más temible. Y vamos cerrando puertas creyéndonos más seguros. Sin comprender que no dejan entrar a nadie, pero tampoco salir, como sabía la intelectual de Bloomsbury.
Hay pocos aprendizajes tan útiles, para llevarnos algo mejor con nosotros mismos y con los demás, como comprender hasta qué punto todos estamos maniatados por nuestros propios límites. Lo siguiente es intentar que sean los menos posibles.
Ser padre me hizo ver de un modo totalmente diferente, por primera vez, el refrán “Piensa mal y acertarás”. Me resultaba evidente que aceptarlo sería como aconsejar a mis hijos construir una de esas barreras que no necesitaban tener.
¿Ustedes quieren enseñarles a sus hijos a pensar mal, a andarse con ojo y ser zorros viejos? Yo no. Yo quiero que se atrevan, que prueben, que vean su vida como una sucesión de oportunidades sin más techo que el que de verdad se encuentren tras haberlo intentado. Que no tengan miedo. Y que confíen, sí. No quiero que sean tontos y no aprendan de sus errores, claro, pero me gustaría que tuviesen el optimismo necesario para acercarse a los demás y a las cosas con la ilusión de sacar algo bueno de todo. Me gustaría que la suya fuese una vida rica, llena de experiencias y de personas que valgan la pena; y creo que eso no se puede lograr desde la mezquindad y el recelo.
Ojalá sean capaces de decidir qué cara le van a mostrar al mundo. No quiero que los peores, que los hay, les marquen el ritmo de la única vida que tienen, sino que lo marquen ellos y sea alegre y generoso (para empezar, con ellos mismos). Que luchen cuando tengan que luchar, y tengan la grandeza de espíritu suficiente para esperar sonriendo el resultado.
Espero que mis hijos conserven durante muchos años las ganas de vivir. Y me parece que enseñarles a pensar mal sería empezar a quitárselas.

* * *

24.4.16

Táboa Redonda: Vicedo

Fin de semana solitario. Y me han dado más espacio y una foto, y todo.



 

El último flotador

 

Este fin de semana he vuelto a Vicedo por primera vez desde verano. He ido yo solo, a trabajar en mi interminable y a estas alturas odiosa tesis, pero sobre todo a alejarme y descansar.

La lluvia me ayudó a aprovechar el tiempo. Sentado junto a la ventana, solo podía hacer dos cosas: mirar por ella o mirar la pantalla del portátil. Y aunque el mar, el faro y un mirlo que no dejó de pasearse los dos días por el jardín (¿o serían varios? Me veo incapaz de distinguir un espécimen de otro; ya bastante me parece saber que era un mirlo) me atraían mucho, me rindió más un fin de semana allí que cuatro en casa.

Estaba leyendo “Francamente, Frank” (Anagrama), la última novela de Richard Ford, con quien mantengo una larga relación de decepciones que, una vez más, pretendo enmendar. Son cuatro relatos protagonizados por Frank Bascombe, su famoso periodista deportivo. Me ha gustado. En todos habla de la muerte, supongo que no por casualidad, pero intenta hacerlo positivamente, y más o menos lo consigue. Es peor cuando describe cosas buenas, buenas épocas de su vida: nada de lo que cuenta resulta mínimamente apetecible; ni para él. Aunque pretenda decir lo contrario, da la sensación de que en ninguna de esas situaciones pasadas, de amor, de cuidados entornos, de vino caro, de éxito, familiarmente apacibles, fue feliz. Parece saber lo que es vivir, y sin embargo nada le ha valido de nada: ni la madera de las ventanas, ni el bosquecillo de detrás de su casa, ni los viajes, ni la literatura ni ningún recuerdo. Desayunaba con su mujer en un porche frente al océano pero daba igual.

Voy andando a comer, con paraguas, y ni a la ida ni a la vuelta me cruzo con una sola persona. En invierno aquí ya no hay nadie, me dicen los conocidos. De noche, en el puerto, pido cocochas de merluza. Hay un hombre que, aunque no ha dejado de llover, lleva remangada una pierna del pantalón, no sé por qué; y al cabo de un rato también se sube la otra. Ford habla de impuestos y especulación en la costa de New Jersey y en el bar discuten si son lo mismo el verdel, el curriolo, la xarda y la caballa. Que tres en un kilo ya son buenas piezas. Hablan de pesca y dan medidas en brazas. Y el “Leviatán” de Hoare, con toda su admiración por los cetáceos, se me aparece cuando oigo contar que unos días antes hubo una ballena junto a la Estaca. Y que daba unos saltos tremendos. Que, ver, él no la vio, pero se lo contaron. Desempaño con la manga el cristal de la puerta para ver las luces de O Barqueiro y las de la máquina que vende chocolatinas y cebo vivo.

 “El mundo se va encogiendo y concentrando a medida que pasamos más tiempo en él”, dice Ford. Puede ser. Parece mentira que Vicedo, donde disfruté tanto de niño, se haya convertido para mí en un escenario de mis hijos. Los veo con el pelo alborotado comiendo pipas en el muro del espigón, en el parque infantil veo a Paula haciendo malabarismos y, en la playa, a Carlos quitándose su último flotador. Pero, como tengo una tara irreparable, en lugar de sumar, en lugar de hacerme estar mejor, cada imagen me produce un pequeño pinchazo de dolor. A Bascombe se le murió un hijo. Paso por esas referencias rápidamente, sin querer saber.

El domingo por la mañana ya no llueve, y desde el muelle miro la boca de la ría y Bares. Venga las veces que venga, me cuesta asimilar lo bonito que es esto. Y en el fondo me parece asombroso que, cuando no estoy, las olas sigan batiendo cada día en Vilela, la verde siga alumbrando por las noches, la playa esté aquí y el mirlo venga a posarse al muro de la casa vacía, donde las camas llevan meses intactas.

Con todo recogido y la bolsa ya en el coche, bajo a la orilla y me siento en un tronco a terminar el libro. Frente a mí tengo la vista que más me gusta en el mundo. Y subo las escaleras para irme, preguntándome por qué cuando estoy solo la belleza me pone tan triste.

* * *
 
 

18.4.16

Táboa Redonda: olores

De la bosta a la colonia, pasando por los lavavajillas.



Con colonia


 

A mí el olor a bosta no me disgusta. Casi casi se podría decir que, en determinadas circunstancias, llega a gustarme. Si hablamos de xurro ya es otra cosa, claro. O de silo: el silo es asqueroso. Pero la bosta, sola en medio del campo, con ese toque herbal ligeramente ácido, no me desagrada.

El otro día iba caminando por el centro de mi ciudad y, sin motivo aparente, me olió a bosta. E inmediatamente me vino el recuerdo de la aldea; una imagen imprecisa de salir de casa con sol, de un perro esperando a la puerta, un prado y vacas paciendo.

Sin ser Jean-Baptiste Grenouille, el personaje de Suskind en “El perfume”, tengo una molesta (para mí) facilidad para percibir, sobre todo, malos olores: una naranja en mal estado en el fondo de una cesta, nada más entrar en una cocina; o quién ha cenado algo con ajo la noche anterior, cualquier mañana al llegar al trabajo. Y hay olores que matan. Y alientos incompatibles con una amistad íntima. Pero en general el poder de evocación del olfato, tan instantáneo e inesperado siempre, suele llevarnos a sitios donde queremos estar, a momentos a los que agradecemos volver durante una fracción de segundo. Sin previo aviso se nos abre una puerta y podemos mirar dentro.

Yo, supongo que como cualquiera, relaciono mi niñez con ciertos olores: la crema que se echaba mi madre en la cara antes de acostarse, y que yo notaba cuando nos venía a dar un beso a cama (a fresa, olía); el armario de la ropa de mi padre, que a veces abría cuando él estaba de viaje, o el lavaplatos funcionando en casa por las tardes en la cocina recogida, limpia y ya vacía. Si era sábado, entraba seguramente a beber agua, a lo mejor en un descanso de Primera Sesión, y notaba, además del ruido, el olor a agua caliente y a plástico que, por esos misterios de la mente, tan agradable me resulta. Es curioso que algo mecánico y en principio tan impersonal sea para mí el aroma de mi hogar, y que aún hoy, en mi propia casa, siga pareciéndome acogedor.

Anteayer, en el cuarto de baño de mis padres, vi una botella de cristal con forma de licorera, que me pareció la que ya había cuando yo era pequeño, con colonia. La abrí y, a pesar de que debe de llevar más de treinta años vacía, todavía conservaba el olor. Y de repente me vi en aquel baño, y vi el pasillo con la luz del sol que entraba por la ventana de la sala, y la alfombra redonda al fondo. Y vi a mi madre peinándonos a mi hermano y a mí después de comer, antes de ir al colegio. Con colonia.

* * *

10.4.16

Táboa Redonda: librerías y museos

Fui a Madrid con ganas de museos.


Cultura a la carta 

En la librería “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid, le pido consejo a uno de los socios y me habla con pelos y señales de seis novelas que no conozco. Me abrazo a él emocionado y le cuento que en mi ciudad ya no quedan librerías. Luego comentamos que, en el otro extremo, en la capital hay algunas que ofrecen un producto tan perfecto, tan cuidado en todos los detalles, son tan guays, tan culturetas, que acaban saturando. 
En las primeras y últimas salas del Thyssen confirmo que algunas épocas, ciertas tendencias, no me interesan en absoluto. En el museo, ese día, además de la colección permanente -ese recorrido maravilloso y abarcable por la historia de la pintura europea- hay dos exposiciones temporales. Una es de realistas madrileños, entre los que está Antonio López con, por ejemplo, sus famosos cuadros de cuartos de baño: técnicamente es impresionante, asombroso, verdaderamente admirable; pero descubro que no me dice mucho más, que en general esos cuadros, excepto algunas ventanas abiertas a la noche, me dejan bastante frío. Son como relatos perfectos que no contasen ninguna historia. La otra, la de un padre e hijo norteamericanos, Andrew y Jamie Wieth, una mezcla de paisaje rural y personas, en cambio es sugerente y descubre nuevos horizontes en aquel país extraño. 
Y precisamente en el comedor de una de esas librerías de moda, en la mesa de al lado dos hombres algo mayores que yo están inmersos en una competición por impresionar a una compañera de trabajo. Uno dice que en verano hace snorkel -o sea, que bucea con tubo-, pero que no aguanta el frío del agua de Cádiz. Y a mí casi se me atraganta la crema de verduritas de temporada. 


Hay pocos cuadros del Prado que me impresionen más que el San Jerónimo de Ribera. La pintura española del Siglo de Oro es tan alucinante que cuesta creer que coincidiesen todos en tan poco tiempo; pero a la vez me hace comprender la necesidad del arte de buscar nuevas formas de expresión. En cualquier caso, volver al museo y tratar de apreciar en un par de horas miles de obras, cada una de las cuales justificaría una tarde entera, no tiene sentido. Es un exceso tan inmanejable que acaba impidiendo disfrutar y deja agotado. Sobre todo si se va cargado con una mochila y un chaquetón bajo el brazo por no tener monedas para la consigna. Uno recorre salas y salas y se da cuenta, al pasar, de que ha dejado atrás Los fusilamientos del 3 de mayo, las Tres gracias o al Greco entero. Y llega un momento en que esperando al ascensor ve, en una hornacina, un busto italiano del siglo XVI, maravilloso, y le entran ganas de quedarse allí sentado toda la tarde mirando para él. 

* * *

3.4.16

Táboa Redonda: James Salter

James Salter murió el año pasado.

Del libro de relatos que le leí hace tiempo, La última noche,  recuerdo uno que contaba una cena: el hombre de la pareja de la casa estaba divorciado, y su actual mujer le hacía un reproche en la mesa, delante de unos amigos; un reproche duro sobre lo mal que se había portado con su ex. Él salía a fumar al jardín y miraba el cielo, creo recordar, y pensaba en lo que había hecho, sin saberse muy bien si lo justificaba o se consideraba culpable. Me encantó. Tanto, que creo que cambió mis gustos para siempre.

Esto es sobre una novela de título incomprensible (tanto, que me pregunto si no será un error de traducción): Años luz. Y me ha encantado también.




Una larga mirada

James Salter es menos famoso de lo que, incluso tratándose de buenos escritores, cabría esperar. Lo primero que leí de él fue la colección de relatos “La última noche”, una auténtica sorpresa, ya que sin previo aviso me encontré con lo que es: uno de los más grandes autores norteamericanos de la actualidad. 
Hace mucho que estoy cansado del cuento con redoble y salto mortal final. Hace mucho que, para mí, el relato que vale la pena es el que cuenta lo que se ve mirando por el ojo de una cerradura -unas habitaciones, una conversación, unas horas de alguien-, y con eso nos permite intuir una vida entera, saber lo suficiente de dos o tres personas como para entender todo lo que hay que entender. Y eso fue exactamente lo que encontré en aquel libro. De hecho, creo que fue Salter el que me hizo olvidarme por completo del cuento de prestidigitador, y que busco ese relato desde que se lo leí a él, antes incluso que a Cheever. 
Ahora acabo de terminar “Años luz” (Salamandra), que es un libro magnífico. Deprimente, pero magnífico. Libros hay muchos, pero literatura, poca. Y esto es buena literatura, muy buena; que es muy rara. 
Es una novela densa a pesar de que la temática no lo es: una pareja acomodada, sus hijas, su perro y sus amistades y amantes, de vidas aparentemente felices, incluso perfectas, y sin embargo tocadas en lo más íntimo. No por la desgracia, no por la sordidez ni lo sucio, pero sí por un desencanto vacío. Como si la ausencia de necesidades acabase llevando a la falta de ilusiones. O tal vez la falta de metas, de algún tipo de fe, ¿de compromiso?, condujese inevitablemente a la desesperanza. La desesperanza de quien siente que no hay más que “una caída en picado desde la apariencia de la felicidad al aburrimiento” y concentra sus esfuerzos en procurarse situaciones que le permitan olvidarlo un momento. 
“Escribía una lista de las cosas que podían salvarlo siquiera por un rato, es decir, los placeres que le quedaban: un fuego de leña, cenas con los amigos…”. Pues al placer recurren. No desbocado, ni exclusivamente carnal ni desde luego básico, sino cultivado, sofisticado, a veces intelectual, hasta profundo, y en el que no falta el amor; pero placer al fin y al cabo, y que, en fin, acaba pasando, claro. 
Salter escribe maravillosamente bien. Haciendo alusión al viento, a un gesto y a una botella abierta en la esquina de una mesa, describe un estado de ánimo. Y es capaz de remover nuestros propios secretos contándonos los de un arquitecto neoyorkino y su bella e interesante esposa, que solo teme las palabras “vida ordinaria”.

* * *


29.3.16

Táboa Redonda: El bar de las grandes esperanzas


La vida desde un bar


Les voy a hacer el favor de hablarles de un libro que todos ustedes deben leer: “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer.
Moehringer consiguió hace poco la proeza de que su biografía de André Agassi, “Open”, fuese considerada muy buena. Y ahora se enfrenta a la suya, a la historia de su infancia y juventud, y escribe esta maravilla, tal vez el libro que más me ha gustado en los últimos años.

Fue un niño al que le faltó el padre, y eso hizo que no dejara de buscar una referencia vital masculina. Pero en lugar de encontrarla en alguien en particular dio con ella en el mosaico de habituales de un bar, Dickens primero, Publicans después, de su pueblo, Manhasset, el mismo en el que Scott Fitzgerald situara “El gran Gatsby”. Y aunque el libro es mucho más que eso, el bar no deja de aparecer como referente. En él se come, se escucha música, se apuesta, se bebe muchísimo y se habla de deportes, de dinero, de trabajo, de amor, del sistema solar, de Vietnam y de esperanzas; y todo forma un conjunto tan atractivo, tan sugerente, que uno se pregunta qué hace sin un bar así en su vida, e incluso le llega a ver la cara amable al alcoholismo. El día que lo acabé comí por primera vez con martinis.
Yo no sé si tiene importancia preguntarse qué es la literatura y para qué sirve. O si tiene sentido hacerlo buscando una respuesta que no sea completamente personal e intransferible. Somerset Maugham dijo que adquirir el hábito de la lectura era construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida. Imagino que hay quien dice algo parecido del cine, el fútbol o las drogas; pero lecturas como esta a mí me ayudan muchísimo. Y además tienen algo que cada vez agradezco más: son inspiradoras. Al contrario que otros grandes libros que te hacen descender a las cloacas para enseñarte la basura y te dejan allí, consternado, este te hace el favor de acompañarte después escaleras arriba, de vuelta a la luz; e incluso te dice que, no todo, pero una parte de ese mundo puede ser tuya.

Hay que escribir muy bien para conmover sin caer en la sensiblería, sin recurrir a la lágrima fácil, sin menospreciar la inteligencia del lector. Moehringer logra hablar con claridad de las cosas esenciales de la vida, de la de todos, de un modo que nos hace creer que hemos comprendido algo que no sabíamos. Hay literatura que tiene la capacidad de hacerte pensar en lo que ya tenías delante y no te dabas cuenta de cuánto te importaba.
“¿Que de qué va? -le responde J.R. a uno de sus amigos del bar-. Todos los libros que merecen la pena van de emociones y de amor y de muerte y de dolor. Va de palabras. Va de un hombre que se enfrenta a la vida. ¿Te vale así?”

* * *