14.1.18

Subrayados

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 14.01.18



Subrayados




"Yo subrayo los libros que leo, como mucha gente. No me vale de gran cosa, porque lo normal es que, una vez los acabo, los cierre para siempre y nunca relea esas frases que en su momento me llamaron la atención. Mi padre, en cambio, las anota desde hace tiempo en unos cuadernos que espero no poder leer hasta dentro de varias décadas. Nuestros subrayados son sin duda un buen resumen, no de lo que aprendemos –no tiene por qué, como en mi caso-, sino de lo que nos gusta, lo que nos interesa, de cómo leemos y, en parte, de cómo somos.

Hace más de diez años escribí en mi blog una entrada opinando sobre Paul Auster. En ella decía que, tras leerle media docena de novelas –trilogía de NY incluida- me sentía decepcionado. Decía que no veía en él la profundidad ni la perspicacia que suelen atribuírsele. Decía incluso que era de esa clase de escritores que a lo largo del texto van llegando a conclusiones que al lector le cuesta aceptar, porque no las ve; conclusiones cogidas con alfileres, pretenciosas en la medida en que parecen un poco sacadas de la manga.

A pesar de eso he leído varios libros suyos más y la verdad es que, aunque sigo sin considerarlo un Gran Escritor, reconozco que alguno me gustó bastante. Supongo que podría resumir el porqué diciendo que me parecen llenos de vida, pero quedaría un poco cursi, así que lo dejaré en que son libros que, incluso cuando cuentan historias tristes, muestran un agradable optimismo vital (al contrario, por ejemplo, que Ford); libros que le convencen a uno de que es posible elegir, decidir.

Hoy he abierto “Diario de invierno” y veo que lo compré, siguiendo el consejo de la hoy famosa Moli, una mañana de hace cuatro años en la que mi hija hacía albóndigas con mi madre y mi hijo estaba en la tertulia de los viernes de mi padre. Una mañana en la que, según escribí, estaba contento y pensaba que mi vida estaba bien. Y veo que una de las frases que marqué me atañe directamente: “...miedo a la muerte, que en el fondo no es distinto de decir miedo a la vida”. Y otra, “No perdáis tiempo. Casaos ya. Casaos, cuidad el uno del otro y tened una docena de hijos”, que también, porque al fin y al cabo no es más que un consejo para luchar contra ese temor, un antídoto para ese mal que yo padezco.

Cuando tenía psicoanalista -no porque la necesitase, claro, que yo estaba bárbaro, sino únicamente en honor a Allen-, un día me dijo que el miedo a perder me impedía jugar. Y sin duda acertó. Pues bien, la obra de Auster puede no ser una cumbre de la literatura, pero en general tiene otra virtud probablemente más de agradecer: nos anima a jugar."

* * *

7.1.18

Queridos Reyes Magos

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 07.01.18


Queridos Reyes Magos


"¿No se acuerdan ya de los nervios del día antes? ¿De tener que acostarse temprano? ¿De estar en la cama atentos a los ruidos y a si veían algo raro? Y luego dormirse intranquilos y despertarse prontísimo e ir a la habitación de mis padres a preguntarles si podíamos levantarnos ya, y mandarnos con un grito de vuelta a la cama, ¡a las cinco y media de la mañana! Hasta que por fin todos se despertaban, nos esperábamos y entrábamos a la vez en la sala.
Yo me acuerdo perfectamente, porque casi no ha cambiado nada. La noche de Reyes sigue siendo, para mí, la más emocionante. Sigo dejando un zapato y agua para los camellos. Y sigo acostándome nervioso y sigo durmiendo, siempre, mal. No hay una noche en que no sueñe que me levanto, veo lo que me han dejado y me quedo chafado porque son cosas horribles; y me vuelvo a dormir y lo vuelvo a soñar; y así varias veces cada noche. Los regalos del día 6 tienen algo que los diferencia de los demás. Por un lado, será el hecho de encontrárselos nada más despertarse; por otro, el que todos en casa tengamos: el momento, en casa de mis padres, de ir abriéndolos y ver a los demás abrir los suyos me parece de los más alegres del año. Solo una vez que estaba solo y lejos la mañana de Reyes no tuvo nada de eso, pero aun así, yo mismo me dejé mis propios regalos junto a una de mis botas.
El otro día fui a cenar con los que, por antecedentes, por afinidad, por peso en mi vida y porque sí, considero mis dos mejores amigos. Aunque nos conocemos desde hace cuarenta años, soy su amigo desde hace treinta. Ya es bastante. Han pasado muchas cosas: hemos estudiado una carrera, trabajamos, nos hemos casado, tenemos hijos que estamos criando, nos hemos ido haciendo mayores y se les va notando, y seríamos ya más o menos capaces de pronosticar cómo será el resto de nuestra vida si ninguna desgracia se nos atraviesa en el camino. Han pasado muchas cosas, sí, pero mientras cenábamos yo pensaba que éramos fundamentalmente los mismos.
John Berger dice, en “Un hombre afortunado”, que la infancia puede ser tan larga como el resto de la vida. Y no solo porque el tiempo transcurre cada vez más rápido, sino porque aquellos años están más llenos. Llenos de impresiones. Tanto, que en comparación después parecen más vacíos. Puede que sea verdad; tal vez no hayamos aprovechado este tiempo como nos habría gustado; tal vez, al final, todo haya sido muy normal, más normal de lo que esperábamos. Pero por debajo de los hechos y los datos, sosteniéndolo todo y dándole a la vida algo parecido a un sentido, están sentimientos como esta amistad. Y eso le pido a los Reyes: esta normalidad."

* * * 

31.12.17

Feliz 2018

Os deseo una feliz Nochevieja (esa palabra me suena siempre, siempre, a mi madre) y un feliz año nuevo. Sin saber en realidad en qué consiste exactamente eso; supongo que en que esté libre de desgracias, al menos, y lo demás quede en nuestras manos.

Que así sea y sepamos aprovecharlo.


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del día de Fin de Año de 2017

Estar bien es bueno


"No sé dónde leí, hace ya mucho, una frase que suena a autoayuda pero me parece de una utilidad y una clarividencia extraordinarias: “Lo mejor que puedes hacer por los demás es ser feliz”.

La referencia que tengo de ella es que es india, pero si la busco en la red me sale mi propio blog como primera fuente. A ese punto hemos llegado. En cualquier caso, me parece útil y profunda, mucho más de lo que su tono Mr. Wonderful puede hacer pensar a primera vista.

Ser feliz como un modo de hacer el bien. Una idea casi totalmente opuesta a una parte fundamental del mensaje tradicional cristiano -católico y no católico-, dominado durante siglos por el elogio del sufrimiento como consecuencia merecida del pecado, y la consiguiente condena del placer y la alegría, sospechosos y lastrados por la culpa. Un mensaje que preconizaba ese sufrimiento como único camino de virtud, única actitud conducente a la recompensa eterna; y que le quitó al sacrificio su condición de precio que en ocasiones hemos de pagar, para convertirlo en un fin en sí mismo. Había algo malo en el hecho de estar bien, algo que temer de la fortuna. De ahí que lo que debíamos hacer fuese sacrificarnos y renunciar. Pues tanto nuestra propia salvación como el bienestar del prójimo venían de la mano de las penas y las privaciones.

Y no sonrían con altanería intelectual, porque esto les incumbe también a ustedes. Si no por sus convicciones personales, por las de sus familias; y si no por lo que se creía en sus casas, sí por la sociedad y la cultura en que les ha tocado vivir, que por mucho que hayan cambiado tienen profundas raíces. ¿O me van a decir que no relacionan de ningún modo, en el fondo de su subconsciente, la búsqueda de la satisfacción con el egoísmo?

Pero resulta que no sé si un hindú o un poeta persa –me sonaba Omar Jayam- dijo que no. Que estar bien era bueno. Que ser feliz es estupendo. Y que además lo es también para los otros, para todos. Que es fantástico para quienes nos quieren; más, cuanto más cerca están.

Es verdad que luego queda aclarar qué es estar bien, qué es la felicidad. Tras la simplicidad caben mil interpretaciones complicadas -el terreno de la paternidad es especialmente fecundo en ellas-. Pero, aun así, brilla en la frase una idea positiva de búsqueda y aceptación de lo bueno; una idea de que quien nos quiere desea nuestro bien; la idea rompedora de que contentos somos mejores personas. Y me parece un soplo de aire fresco. Y un alivio.

Así que ya saben: feliz año nuevo a todos."

* * *

24.12.17

Táboa Redonda: Nochebuena

La de hoy es, para mí, la noche más entrañable del año.
Que la disfrutemos como nos merecemos.
¡Felices fiestas!


Publicado en el suplemento Táboa Redonda el día de Nochebuena del año 2017



Nochebuena


"Me gusta la Navidad. Lo siento por ustedes si no es su caso, pero a mí me gusta. Y me parece estupendo, la verdad; por dos razones: porque la Navidad existe y la tengo que pasar, y por tanto es una ventaja disfrutarla; y porque además creo que es un buen síntoma. Me parece que el gusto por estas fiestas suele dar una medida bastante fiable de la salud sentimental de cada uno, de cómo está de afectos, de tristezas, de nostalgias, de dolor y de alegrías. Y yo, por ahora y a pesar de las penas, tengo sin duda más que celebrar que añorar.
Y, dentro de las Navidades, el gran día es la Nochebuena. Es el primero (bueno, no, el primero es la Lotería) pero el más importante, el más entrañable, para mí, del año, el más familiar, el que mejores recuerdos me trae y en el que más importante me parece estar bien acompañado. Y siempre ha sido así, hasta donde alcanza mi memoria.
Pienso en Nochebuena y veo el comedor de mi abuela, con dos mesas pegadas y yo en la de los pequeños. Veo a mis primos, a los mayores y a los de mi edad, y a todos mis tíos y tías, y a mis cuatro abuelos juntos, después de que los paternos llegasen abrigados, fríos y sonrientes, buscándonos con la mirada. Y a mis padres y a mi hermano, claro. Al pequeño no, el pobre: me temo que llegó a la familia cuando el recuerdo de la infancia ya estaba configurado, y no aparece hasta otras épocas. Veo la cocina llena de potas, de fuentes, de platos, de pan cortado. Veo las copas y la vajilla buena. Y me llegan olores. Y todos sonríen. Y nos recuerdo a los pequeños esperando en la sala (yo sentado en el brazo de un sillón de escay verde) a que nos llamasen para cenar, viendo una película en blanco y negro en la que salían un muñeco de nieve y Papá Noel, y que quedó para siempre como la película navideña por antonomasia aunque no sé cuál era. Y a mi prima Isa adornando la mesa. Y comer langostinos con mayonesa, y bacalao y supongo que carne. Y a mi abuelo interrumpiendo a todo el mundo para brindar. Y a mi abuela concentrando el amor de todos. Y siempre, siempre, con los postres navideños (éramos de pocos postres), acabar con mandarinas y nueces, sabe Dios por qué: acabábamos jugando al bingo comiendo mandarinas y nueces sin parar, como si aquello tuviese algún sentido. Que lo tendría. Y luego cantar, siempre gallegadas, nunca villancicos, hasta las tantas.
Éramos felices. Yo lo era. Esperaba esa noche con ansia y nunca me defraudaba.
Las cosas han cambiado, qué duda cabe. Unos no están y todos nos hemos transformado. Pero por suerte tengo motivos para seguir viviendo esta noche con ilusión. Será que todavía soy feliz.
Que lo sean ustedes también hoy."

* * *

17.12.17

Táboa Redonda: Meyerowitz


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 17.12.17


Meyerowitz




"Hemos visto “The Meyerowitz Stories”, una película de Netflix (qué cosas, cómo cambia todo)  dirigida por Noah Baumbach y que reúne a un plantel que barato no debió de ser: Dustin Hoffman, Ben Stiller, Adam Sandler y Emma Thompson a la cabeza, acompañados por varios conocidos más, incluida Sigourney Weaver haciendo de ella misma. Por cierto, parece que no solo el cine español ha condenado a Landa y a otros buenos actores a papeles menores o directamente tontos: tanto Stiller como sobre todo Sandler hacen en esta película un trabajo magnífico, dándole la réplica sin ningún problema a un actor tan extraordinario como Hoffman.

La película trata del encuentro de un escultor mayor e insoportable con sus tres hijos adultos, con motivo de una posible retrospectiva de su obra. Y muestra la relación entre ellos, cuenta las circunstancias de cada uno (uno recién divorciado y sin trabajo, una hermana mayor insignificante para todos y un hermanastro con éxito profesional) y permite que nos hagamos una idea de sus vidas hasta ese momento. Y es triste.

Asistimos básicamente a una sucesión de diálogos entre los hermanos, el padre, la mujer del padre y algunos de sus hijos. En fin, sus conversaciones de unos días. Pero de ese tipo, habitual en cierto cine americano y buena parte de su literatura, consistente en una charla directa y llana que, sin embargo, apunta a lo esencial y desvela casi todo de quienes hablan. Unos diálogos que Woody Allen ha dejado para la historia del cine, pero en este caso sin el humor que siempre suaviza los suyos ni su tono intelectual. Estos son crudos y tienen la falta de ingenio propia de la realidad.

Uno de los hermanos, Adam Sandler, se lleva francamente bien con su hija, ya universitaria. Se quieren y su relación es envidiable. Y sin embargo no es suficiente para él. Incluso le da un toque añadido de angustia, porque se ve que ese amor se va; que es un amor, el de los hijos, que nunca puede nivelar el nuestro por ellos, que jamás puede llenar el hueco que dejan, porque mira hacia otro lado.

La tristeza proviene de su soledad. Evidente en unos, ocultada por otros y tan profunda en el padre que ni siquiera la ve. Y relacionada en todos los casos con el amor, por supuesto. O, mejor dicho, con su falta. Pero no porque no tengan quien los quiera, sino porque ese amor no es suficiente, no es tan profundo, ni tan extenso ni tan cierto como para compensar todas las demás carencias, empezando por lo poco que se quieren a sí mismos. Porque, ¿no le pedimos eso, acaso?"

* * *



10.12.17

Táboa Redonda: En blanco y negro

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 10.DIC.2017


En blanco y negro


"Esta mañana, cuando iba a trabajar, el mar estaba como un plato. Como un plato de mercurio, denso y gris. Tener ciertas cosas al alcance cada día cambia la vida. Cuando era pequeño, algún verano que pasé en Vicedo en casa de mi tío, mi prima mayor me iba a buscar a la cama antes de acostarse y me sacaba al balcón para que viese la ría a la luz de la luna. El agua parecía un espejo y los botes fondeados, de porcelana, y yo me quedaba maravillado.

Por “Ciudad abierta” (Acantilado), de Teju Cole, he descubierto a Martin Munkácsi, un fotógrafo húngaro, judío, que antes de retratar artistas de Hollywood y chicas elegantes saltando charcos pudo dejar testimonio del principio del horror en la Alemania de los años treinta. Lo he descubierto, aunque he comprobado que ya conocía algunas de sus fotos. Hoy sabemos todo: sabemos de más. Todas las hizo en blanco y negro, me digo, hasta que caigo en la cuenta de la tontería.

La normalidad era blanca y negra. La que reclamaba mi abuelo cuando prefería seguir viendo el fútbol en la tele como siempre, como era de verdad. Y sin embargo, incluso para mí, que aún recuerdo aquel sábado por la mañana en que estábamos viendo La Guagua, trajeron una televisión Philiphs en color y cuando se fueron daban un documental, y que de bebé solo me conozco en tonos grises, que recuerdo por tanto aquella normalidad, resulta evidente que una buena fotografía en color no tiene por qué serlo en monocromo, y viceversa, y que las fotos de Munkácsi, como las de tantos otros, necesariamente fueron sacadas teniendo en cuenta esa limitación. Y me pregunto si la teníamos en cuenta todos. ¿Sabíamos qué funcionaba y qué no, o daba igual? ¿Se fotografiaban paisajes y puestas de sol? ¿Flores? ¿Nos habrá cambiado, con el color, el criterio de manera inconsciente, la intuición estética, la mirada? ¿Cómo sería ahora la obra de los grandes fotógrafos de entonces?

Lo que veía de niño desde el balcón, de noche, también era en blanco y negro. A veces, la huella que alguien –incluso alguien cercano- deja en nuestra vida depende de momentos insospechados que no parecían importantes, de momentos que ellos hasta pueden haber olvidado. Yo, por ejemplo, a mi prima tendré que quererla siempre, nos lleven por donde nos lleven las circunstancias, por haberme enseñado la ría como un espejo, con los botes quietos."

* * *

3.12.17

Táboa Redonda: El tomate hacendoso


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 03.12.17


El tomate hacendoso

 

"Mientras espero a mi hijo en el conservatorio leo números atrasados de un suplemento cultural. Porque es francamente bueno y para ver si, de paso, me inspiro. Leo sobre Rilke, sobre Lutero, Nothomb, Radiohead, Chimananda Ngozi Adichie, Van Morrison, Alfred Jarry, la novela rusa, Karen Blixen, Cheever o Marx. Hasta aquí, todo normal. Lo que no lo es tanto, y a ustedes les parecerá baladí pero a mí me flipa, es que en ese suplemento escribo yo.

Y esto lo considero algo carente de toda importancia y, al mismo tiempo, ilusionante hasta parecerme increíble.

La semana pasada aprendí lo que es un MOOC: curso gratuito masivo (sic) online. Y estoy haciendo uno de la Universidad de California en San Diego sobre el proceso de aprendizaje. Llevo más de la mitad y todo está siendo bastante interesante. Todo, hasta que he llegado al tema de la procrastinación (o sea, la tendencia a ir postergando, casi indefinidamente, las tareas que no gustan) y la herramienta básica para combatirla: la técnica del pomodoro. O tomate. Que me pareció una chorrada.

No sé ustedes, pero yo procrastino bastante. De siempre. El proceso es muy simple, y lo explico mucho más sencillamente que la UCSD: no me apetece algo y lo retraso hasta que ya no tengo más remedio que hacerlo porque, si no, no me da tiempo. Llevo toda la vida así y sobre esa práctica he asentado mis trayectorias académica y profesional con relativo éxito. Y de hecho, hace poco lo asumí al fin, en un acto de madurez: deja ya de luchar y engañarte –me dije-, y espera hasta que el agobio de la urgencia consiga lo que tu voluntad no puede; si, total, es lo que va a pasar…

Pero llega el pomodoro y me propone un remedio. Consiste en ponerse un reloj de cocina en forma de tomate, para que suene a los veinticinco minutos, y trabajar ese rato. La explicación tiene que ver con que uno ha de centrarse en el proceso y no en el producto, para hacerlo más llevadero.

¿Es o no una chorrada? Pues resulta que esta mañana lo he probado tres veces, ¡y ha funcionado! He adelantado un trabajo absolutamente anodino y pesado. Y eso que mi móvil no tiene forma de tomate.

Lo curioso de mi procrastinación, en cualquier caso, es que también puede afectar a cosas placenteras. Como por ejemplo a estos artículos. Yo lo llamo ser vago. Por eso estoy aquí, en este vestíbulo, rodeado de madres e instrumentos, ya de noche, escribiendo."
 
* * *
 

26.11.17

Táboa Redonda: Madrid o Vigo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 26.11.17


Madrid o Vigo




"Ayer por la mañana estuve paseando por el centro de Vigo. Con Vigo a mí me pasa como con algunas personas, que sé quiénes son pero no las conozco. He ido poco y tarde, y ahora me asombro con sus edificios monumentales.

Llegué hasta los jardines que hay junto al Náutico y me senté en un banco. Se estaba genial. A unos metros, un hombre barría la terraza de su local. Era negro, tenía una panza tremenda y unas rastas que habrían sido la envidia de mi hermano pequeño. Y fue precisamente por ese hermano por lo que me quedé allí cerca a pesar de que tenía puesta música. Es algo que me suele molestar, al aire libre, porque es raro que me guste lo que eligen. Aquello, en cambio, era reggae y le iba de maravilla a mi ánimo y al sol del mediodía. Al irme crucé un par de frases con el hombre, todo sonrisa.

Y me vino a la cabeza mi hermano, otra vez, y cómo lo vi esta semana en Madrid, a donde he ido unos días para seguir luchando por jubilarme con un currículo tremendo.

Resulta que es adulto. Del todo. Y para mí, quiero decir, no solo por su edad. Por primera vez, creo, he estado con él como con alguien como yo; como con un amigo. Y me he encontrado con alguien joven pero bastante centrado en lo que ha elegido centrarse, con intereses e inquietudes cada vez menos volátiles, y que tiene cosas que contar y las sabe contar. Y sobre todo –y esto es sin duda extraordinario- alguien apreciado, querido, por su entorno. Lo cual no me extraña, viendo cómo se relaciona con los demás: por la calle saluda a gente de todo tipo, y lo hace con cariño, sonríe sinceramente y con seguridad, y es amable porque quiere serlo. Fluye. Fluye, esa es la palabra.

Como fluían el camarero y la mañana en Vigo. O como fluye la conversación, siempre, en la Librería “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid. Ya escribí sobre ella una vez: es una librería de verdad, con libreros de verdad a los que uno puede y debe preguntarles. Salí con tres libros: “Babbitt” (Nórdica), el clásico de Sinclair Lewis; “Los inquilinos de Moonbloom” (Libros del Asteroide), de Edward Lewis Wallant -un libro que deja buen cuerpo, me dijo-, y “Ciudad abierta” (Acantilado), de un tal Teju Cole, que empecé ayer en aquel banco y con el que he tenido un flechazo desde el primer párrafo. Su protagonista camina por Manhattan, cada día, mirándolo todo y a todos, como mi hermano por Antón Martín y Lavapiés.

Mi hermano pequeño, que es tan mayor que ya me invitó a cenar."

* * *

19.11.17

Táboa Redonda: ¿Al Infierno, por favor?

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 19 de noviembre de 2017


¿Al Infierno, por favor?




"Un gran vacío acaba de ser llenado. Un vacío a la vez existencial y práctico de enorme trascendencia. Y lo ha hecho una amiga mía.

Pónganse en situación: se mueren ustedes y se enfrentan al juicio divino, que arroja un resultado, favorable o no. Y deben, a continuación, dirigirse al lugar que les corresponde: Cielo, Purgatorio o Infierno. Pero, claro, ¿saben llegar? ¿Han estado, acaso, antes? ¿Y si se pierden y acaban donde no es? Alguno se alegraría, pero otros… Es más, cuántas almas estarán penando o disfrutando por error, o tal vez vagan siglo tras siglo preguntando el camino a, por ejemplo, el Anteinfierno.

Pues no se preocupen, que esto ya no será un problema nunca más. Porque mi amiga Calamity acaba de crear la señalética para aclarar de una vez por todas el tema y facilitar las cosas, a partir de ahora, a los muchos visitantes, vivos (los menos) o muertos (los más), que no dejan de pasarse al otro lado. Su “Guía para no perderse en el Más allá” la define y recoge con pelos y señales. No sé cuántos estudiantes de diseño gráfico han necesitado leer a los clásicos, pero ella, para este trabajo, ha repasado a Santo Tomás, Milton, San Agustín de Hipona, Virgilio, Dante y, por supuesto, la Biblia; y revisado la obra de Durero, Botticelli, Ingres, Moebius o Barceló, entre otros. Y eso que al final se limitó al concepto cristiano medieval, ante la imposibilidad de abarcar las muchas y diversas concepciones que las distintas culturas, sin excepción, tienen.

El resultado es un trabajo no solo francamente útil para cualquiera sino delicioso, que nos permite pasear desde el sofá por los distintos niveles del moderno y discutido Purgatorio, bajar pisos del Infierno, conocer al Can Cerbero, acercarnos al embarcadero de Caronte (abierto 24/7, precio dos monedas, reservado el derecho de admisión), visitar el Valle de los Príncipes Remisos,  el Pantano de la Lluvia Eterna, la Puerta de las Furias, ascender a los siete Cielos, al Primer Móvil del Paraíso o incluso al Empíreo. Los lugares de interés, como los puntos de sellado de purificación o de pesado de almas, se señalan. Se advierte de si hay ascensor o solo escaleras, se indican los puntos de información e incluso se alerta de los peligros (castigos sí, pero no por accidente). No faltan tampoco los carteles de Espere su turno, que a veces las almas se apelotonan.

Lo difícil está hecho. Queda ahora instalar las señales, los carteles y las flechas retroiluminadas. Mi duda es quién se ocupará de la adjudicación del contrato. Pero no sé por qué me temo que va a ser cosa del Ángel Caído."

* * *

12.11.17

Táboa Redonda: En Castromil por Rusia

En Castromil por Rusia


"Lo malo de los amores platónicos es que, o se cuidan mucho, guardándolos bajo una campana de cristal inmaculado herméticamente cerrada, o están abocados a dejar de serlo. Como no tome uno precauciones para asegurarse de que el objeto de su pasión sigue siendo inaccesible, puede acabar conociéndolo, con las dramáticas consecuencias que eso suele acarrear. Mejor que Dante no supiera si a Beatrice le olía el aliento.
Con los sitios pasa lo mismo. El otro día, en una fiesta, conocí a una chica de Vladivostok. ¡De Vladivostok! Del Este ya se veía que era, y le inquirí que de dónde. De Rusia, respondiome. Supuse que de algún lugar en concreto, dentro de tan vasto país, tenía que ser, e insistile, aun a sabiendas de que era más que probable que su contestación me dejara como estaba. Pero hete aquí que me suelta, sin darle mayor importancia, que de Vladivostok. Tan tranquila. Como quien dice Móstoles o Curtis.
Tras emitir, atónito, alguna interjección, me faltó tiempo para contarle, entusiasmado, que hacer el Transiberiano era uno de mis sueños y que, además, se lo tenía prometido a mi hijo. Y a ella le faltó tiempo para preguntarme, con los ojos como platos, si estaba loco, y para sentenciar que aquello era un infierno y que ella no lo querría ni regalado.
A partir de ese punto, pasó a enumerar los múltiples horrores del viaje. Por suerte, sus críticas dejaron de hacer mella en mi ánimo cuando citó como principales inconvenientes su duración y el hecho de que solo hubiese paisajes y más paisajes. Ya más tranquilo, pasamos a la típica comparativa Vladivostok-Ferrol: mi principal conclusión fue que los inviernos aquí son más duros. Al principio me reí en su cara, claro, como solo un inconsciente puede reír, pero ella aseguraba que así era, que prefería los secos 30 bajo cero de su tierra que los pies húmedos de la mía, que esto era insoportable. Y de vez en cuando dejaba de hablar, se ponía seria y me repetía que por favor no le regalase aquello al niño.
Imagino que fue una reacción comparable a la que yo tendría si un siberiano, al enterarse en Irkutsk de mi galleguidad, me contase emocionado que llevaba años planeando viajar con su hijo hasta España únicamente para coger el Castromil."                                                                                                                                                                                                                                                                                  
* * *