29.9.18

I Me Mine

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 23.09.18]

I Me Mine




"Hoy por la mañana, al ir al trabajo, me he encontrado con un conejo. Un conejo silvestre. Me ha salido al paso desde unos arbolitos, me ha visto y ha vuelto corriendo a esconderse. Esto ya es inusual, desde luego, y para mí inaudito; pero si además se tiene en cuenta que estoy en Madrid y ese sitio en concreto se hallaba, literalmente, a diez metros en línea recta de la M-30, con su atasco matutino y todo, me parece increíble. He llegado entusiasmado.

“Yo pestañeo un huevo, tía”. Eso es un compendio de la adolescencia en una sola frase. De su estilo, sus referencias, sus planteamientos y su visión del mundo. El retrato de una forma –temporal, se supone- de estar. Y esa es la frase que el otro día oí que una chavala le decía a una amiga por la calle. Adolescentes ambas, claro.

Decía no sé quién que en el mundo no hay nada más egocéntrico que un adolescente: fíjate en qué me fijo o, mejor dicho, en quién –en mí, por supuesto-; mira qué cosas de mí, superimportantes, me llaman la atención, y pásmate, además no dudo ni un segundo que a ti te van a interesar mogollón. Yo pestañeo un huevo, tía, lo mío no es normal. ¿Cómo te quedas? Porque yo alucino.

Hace un par de semanas, en cambio, con quien hablé fue con un señor de setenta y pico, a quien hacía tiempo que no veía. A los treinta segundos de saludarnos, a la segunda o tercera frase, inició el relato de cómo en Correos le habían devuelto un paquete que había enviado y entonces, él, bien aconsejado, reclamó el dinero de los portes; y me explicó que, efectivamente, se los abonaron, aunque antes le descontaron lo que había costado el sobre acolchado que se había usado, lo cual le había parecido justo porque, al fin y al cabo, ya no servía. Total, que de los veinte euros que había gastado al principio había recuperado diecisiete cincuenta, me resumió. Hacía más de un año que no hablábamos.

Y claro, la competición por el egocentrismo más acusado está -no me dirán que no- reñida. Por un lado, no concibo que haya en el mundo nada más interesante, para cualquiera, que descubrirme a mí misma hasta en mis más minúsculos detalles. Por otro, quién no va a compartir conmigo la preocupación por este asuntillo mío que, al fin y al cabo, ocupó mi mente durante sus buenos tres o cuatro días.

Consideren en cambio a un tercer personaje, el columnista, que sin embargo sabe a ciencia cierta que a nadie va a resultar indiferente que él hoy haya visto un conejo y, por nuestro bien, nos lo cuenta. En el mundo no hay nada más egocéntrico que un escritor."

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Un mordisco

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 16.09.18]


Un mordisco




"Muerdo el bocadillo y pienso en Marta.

Acabo de llegar del trabajo. Andando, que aquí es un lujo al alcance de casi nadie. Esta semana aún no tengo horario de tarde, así que llego sudando pero con medio día para mí. Ya en mi habitación pongo Radio Clásica, “Reflejos en el agua”, me siento en el escritorio y me preparo un sándwich de pavo, queso y tomate. Y cuando le doy el primer mordisco pienso en Marta sentada en la mesa de la cocina.

Acabo de leer “Apegos feroces”, un relativamente reciente –lo único reciente es la traducción de Daniel Ramos, corregida por la ya familiar Raquel Vicedo- éxito de Vivian Gornick. Aun girando sobre la relación de la autora y su madre y sobre las relaciones amorosas de ambas con los hombres, y ofreciendo por tanto un punto de vista exclusivamente femenino sobre casi todos los temas que toca, es, además de muy buena literatura –o precisamente por eso-, tan aprovechable por cualquiera como puede serlo la “Odisea” aunque Ulises sea un hombre. Como es lógico.

Me ha gustado mucho y me han impresionado su capacidad de introspección y su habilidad para describir los estados de ánimo y los sentimientos; en particular, los que caracterizan la relación entre ellas dos, plagada de situaciones tensas e intensas por lo abruptas, por la frecuente hostilidad y hasta violencia y, simultáneamente, por la profundidad de su amor. Y no cabe llamarlo de otro modo. Un amor a veces destructivo y nunca fácil ni demasiado útil como apoyo, y sin embargo incuestionable y, por lo tanto, en cierto modo bello. Porque hablar a gritos y herirse, puede que no siempre ayude mucho, pero seguir haciéndolo toda la vida sin que eso se imponga, sin que llegue a cubrir el cariño y la confianza, quiere decir algo. Esa confianza, el grado de conocimiento mutuo que muestran madre e hija, me han parecido envidiables en muchos sentidos. Parafraseando aquel chiste de Eugenio sobre el póquer, tener una comunicación tan íntima y sincera, aunque a menudo sea mala y esté sembrada de cuentas pendientes, es muy bueno y excepcional. Imagínense si fuese buena.

Tener una relación sincera e íntima, llegar a conocerse bien, a tener confianza. Gustarse o, mejor dicho, quererse a pesar de los desencuentros y de los defectos. Eso debe de ser el amor. Y como padre, hijo y pareja, me encantaría vivirlo.

Hoy me he sentado en el escritorio, mirando a la pared, y he cogido el bocadillo. Y al morderlo he visto a Marta sentada en la mesa de nuestra cocina, a seiscientos kilómetros de aquí y sin embargo a mi lado."

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Pongamos que hablo


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 09.09.18]

Pongamos que hablo




"Hace treinta y seis años, la noche que mi padre y yo llegamos a Madrid, mientras hacíamos nuestras camas en una habitación grande y vacía, oímos en la radio la canción “Words don’t come easy”, de F. R. David. Sonaba en la radio despertador, que era lo único que habíamos colocado, y mi padre comentó que le parecía una canción muy bonita. Yo acababa de cumplir doce y nunca había salido de Galicia, e íbamos a vivir a un remoto pueblo castellano –precisamente el de “Crónicas de un pueblo”, ni más ni menos-, donde pasaríamos los siguientes tres años. Mi madre y mi entonces único hermano llegaron unos meses más tarde. Y le contesté que, a mí, muy triste. Aunque no entendía ni siquiera el estribillo. Porque el triste era yo, aquel día en que –ahora me doy cuenta- por primera vez me sentía fuera de casa.

Hoy he llegado a Madrid, de nuevo a vivir, o al menos a vivir por semana. Parece que como mínimo un par de años. Todavía no me lo creo, y estoy muy lejos de asimilarlo. Escribo en mi habitación después de hablar con Marta y los niños, y también con mi padre, y me resulta imposible pensar que no he venido solo unos días, que no estoy de paso como siempre. Me parece inconcebible que esto, los edificios parduzcos que veo desde mi ventana, ese cielo, este barrio que no sale en ninguna postal, este clima que me seca la nariz, toda esta gente, los nombres de las calles, el súper abierto en domingo y esta soledad puedan convertirse en mi normalidad.

Pero he decidido que valga la pena. Sacarle provecho a este tiempo, no dejar que la inercia marque mi día a día e intentar que este sacrificio, ya inevitable, traiga algo bueno. Para mí y para ellos: llegar cada semana a casa contento y con algo interesante que contar de mi extraña nueva vida. Así que, como primer paso, también he decidido no estar triste. No me lo puedo permitir si quiero vivir. Por eso hoy de noche, ya en la cama, al apagar la luz me he negado a pensar en los días, uno tras otro, que no los voy a ver, que no les voy a dar un beso, que Paula no se me va a quedar mirando fijamente y me va a sonreír, que Carlos no va a ir de mi mano y me va a preguntar algo que se le pasa por la cabeza, que no voy a hablar con ellos en el coche, que no se van a sentar a mi lado en el sofá: que me los voy a perder. No me lo puedo permitir si quiero sobrevivir.

Hoy he venido conduciendo y, a mitad de camino, cuando ya estaba aburrido de mis discos, encendí la radio en una emisora al azar. Estaba sonando “Words don’t come easy”, treinta y seis años después de que se me quedara atragantada porque estaba lejos de casa."

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Berlín en Lisboa


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 02.09.18]

Berlín en Lisboa




"Mi amigo Javi divide a las personas en dos grupos: a las que les gusta Lisboa y las que dicen que jo, bien, pero está muy hecha polvo y sucia –y, como a él le encantan los paréntesis, uso este para aclarar que el grupo de los que no conocen la ciudad es, en este tema, irrelevante-. Y que a él le caen bien los primeros. Y yo soy de esos, por supuesto; razón por la cual este mes hemos ido allí una vez más. Para mí era aproximadamente la decimoquinta visita, así que más o menos la conozco; aunque, como nunca he contado con un guía local que me condujese fuera del camino trillado, me temo que mi punto de vista no es demasiado original.

Pues eso, que Lisboa me encanta. Pero hacía siete años de nuestro último viaje y dos cosas me han llamado la atención: el aumento evidente de turistas, que nos hemos convertido en una marea incontenible y así seguiremos hasta que el apocalipsis acabe con nosotros; y lo lentamente que la ciudad va ganándole terreno al deterioro. Y ya digo que yo soy del primer grupo hasta el fin, pero me sorprendió que en la Praza do Rossio siga habiendo tejados que se caen. Y sé que no es justo tomar esto como indicador, porque en esta cuestión entra a jugar la definición de prioridades -y no cabe duda de que las hay mayores-, pero es difícil no sacar conclusiones poco optimistas.

Mi hijo Carlos estuvo enfermo mientras estábamos allí, y me pasé casi dos tardes tumbado a su lado en la cama mientras él dormía con la fiebre, en nuestro apartamento en un semisótano. Y sin embargo fueron dos tardes muy agradables, también por dos cosas : por pasar tiempo lento a su lado atendiéndolo, sin estar preocupado de verdad, y por lo que leí mientras lo hacía.

Aroa Moreno es también amiga mía, y el año pasado publicó con Caballo de Troya, de la mano de otra amiga más, Lara Moreno, la novela “La hija del comunista”, que ha sido galardonada con el Premio El Ojo Crítico. Y es lo que leí, y me gustó mucho. La historia es la de una niña del Berlín Este, hija de comunistas españoles exiliados. La novela es corta pero abarca muchos años, y los cuenta muy bien. Porque Aroa escribe muy bien. Aunque de un modo poco convencional, porque es poeta. Y se nota. Se nota en las elipsis del discurso, que no es típicamente narrativo, tan visual, tan limpio de paja, tan eficiente y profundo como la poesía.

Aroa cuenta solo lo que importa. Lo ve, lo reconoce y lo cuenta. Y todo lo que valía la pena queda dicho. Y uno lo entiende. Por eso, porque mira así y porque sabe hacerlo ver, es escritora."

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29.7.18

De cuyo nombre


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda
del domingo 29.07.18


De cuyo nombre




"¿A ustedes nunca les sucede que creen ver a una persona que en realidad ya se ha muerto? A mí sí, bastante. Sobre todo, con un chico que trabajó conmigo hace años –a pesar de que no significó mucho para mí, la verdad, pero aun así me pasa-, con mi tío Camilo y con mi abuelo, mi abuelo paterno. Veo a alguien, normalmente por la calle, y durante una fracción de segundo pienso que son ellos, antes de que me dé tiempo a recordar que no es posible. No soy nada místico, y por desgracia no creo en mensajes del más allá, y por tanto tampoco creo que vengan a saludarme, pero eso, que naturalmente me hace recordarlos, siempre me deja, en lugar de triste, extrañamente calmado. Me gusta y agradezco que a veces el azar y mis sentidos me hagan pensar en ellos.

Hoy pensaba escribir sobre mis vacaciones, que empiezan ya. Tal vez les extrañe este principio, pero a mí no mucho. Y es que paso poco tiempo y vivo pocas cosas sin pensar de un modo u otro en la muerte. En las que ya viví, en la mía y en las que vendrán. Ojalá no fuera así, porque lo cierto es que casi siempre se traduce en más angustia de la deseable, pero lo es. Y ahora, por ejemplo, nos imagino de vacaciones y no puedo evitar situarlas dentro de toda nuestra vida entera; de lo que llevamos y del futuro. Como les digo, a menudo resulta angustioso, porque una perspectiva excesivamente amplia normalmente pone demasiada presión en cosas que deberían suceder sin más, que deberían fluir con facilidad, y porque es una tendencia bastante poco compatible con eso tan recomendable de vivir el momento.

Pero, sin embargo, no todo son desventajas. Es verdad que los buenos momentos se venden más caros, pero cuando llegan son la leche, tremendos, profundos y desbordantes.

El domingo pasado fuimos al Paraíso. A donde vamos siempre y volveremos dentro de unos días. Ese sitio que, por puro egoísmo, no pienso nombrar. Y fui a nadar nada más llegar. No sé cuántas veces he contado ya qué significa para mí ese baño. Lo bueno es que, al contrario que el relato, la experiencia nunca parece repetirse, ni desinflarse ni perder intensidad. El agua era azul cobalto en el medio de la ría, turquesa al ir acercándose y completamente transparente en la orilla. Y el monte seguía allí enfrente, y el faro y las nubes. Y me metí, y todo me acarició. Y veía mi sombra bracear en la arena del fondo. Y supe con toda seguridad que ese día, en ese instante, en el tanteador de la vida ese punto era mío.

Hasta septiembre. Felices vacaciones."

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22.7.18

Cuando reina el instante

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 22.07.18


Cuando reina el instante




"No estamos de vacaciones, pero lo parece. En verano solo trabajamos por las mañanas, hace calor, no hay actividades ni horarios por las tardes, salimos más y la ciudad se ha llenado de amigos y otros veraneantes. Además, los niños no están con nosotros, y eso lo cambia todo: no es una situación que ninguno de nosotros quiera, pero no cabe duda de que introduce con mucha fuerza, en el día a día, la variable “hago en todo momento exactamente lo que me da la gana”, incluso si lo que me da la gana consiste en no hacer nada; y eso a veces está muy bien.

Y, si por ejemplo no te apetece ir a la playa, no vas. Y entonces echas la siesta delante de “Comida para Phil”, de Netflix, y disfrutas de los sitios apetecibles que visita, de las ciudades, de los platos que prueba y de sus caras –es básicamente lo que hace, poner caras-. O, mejor aun, haces que lees; y abres el libro y empiezas, despacio, y aguantas un par de páginas, hasta que sin disimulos lo colocas abierto boca abajo sobre la barriga y, con la deliciosa idea de que no hay ninguna prisa acariciándote la conciencia, te dejas ir.

Y al despertar lo recoges y sigues. Por ejemplo, “Regreso a Berlín”, de Verna B. Carleton (Periférica & Errata naturae), un descubrimiento que debo agradecerle, una vez más, a una librería de verdad, “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid, que tiene sus libreros también de verdad, y todo, que no solo son capaces de aconsejar sino que aciertan. El mismo Madrid que parece esperarme dentro de un mes, con su parcela de vida nueva y sus nuevos escenarios, a pesar de que no acabo de creérmelo ni consigo imaginarme cruzando un día la M-30 con naturalidad.

O, si uno quiere que la sensación de excepción sea mayor, y que ese estado de ánimo de tranquila excitación no solo no se rompa sino que se perfeccione, puede ojear a Szymborska. Y leer que “hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante”, y casi comprenderlo, y hasta pensar que qué apropiado para ese momento de abrir los ojos y ver la luz y el cielo y unas nubes que, como también dice ella, “sin la carga de ningún recuerdo, se elevan sin problemas sobre los hechos”. Y después levanta la vista y piensa que qué pena no leer poesía, porque es asombrosa su capacidad de condensación, su capacidad para obviar lo que no es esencial.

Y sigue el verano. Y aún faltan las vacaciones, en las que volveremos al paraíso. Pero, mientras, disfruto de esta reconfortante pereza lúcida y del hecho sorprendente de no estar angustiado por nada."

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15.7.18

En la cama con gabardina


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 15.07.18


En la cama con gabardina




"Imagínense meterse en la cama con la gabardina puesta. En “La conversación”, de Coppola, Gene Hackman es un experto en escuchas que está trabajando en un encargo que lo intranquiliza. Para Coppola, la película es mejor que “El Padrino”, lo que demuestra que los autores no siempre son sus mejores jueces. Y Hackman hace lo de la gabardina dos veces: una tarde que va a visitar a una novia y la encuentra durmiendo, y abren una botella de vino que beben en vasos de tubo sobre la cama, sin que él se quite la gabardina, ni los zapatos, ni la corbata ni nada; y la segunda, cuando cree que en la habitación de hotel contigua a la suya se está cometiendo un asesinato por su culpa, y se mete en la cama histérico y se tapa y se queda dormido, con gabardina.

Tengo un amigo que se sorprende de que me interese tanto la literatura norteamericana. Le explico lo de que son el centro del mundo, su importancia en la cultura contemporánea y que muchos de sus escritores tratan temas que me importan: relaciones familiares, de pareja, la sensación de desorientación vital y qué sé yo. Todo cierto. Pero hay algo más, y es que eso que acabo de decir provenga de un país con un estilo de vida tan diferente que casi parece extraterrestre.

No se trata de la influencia de una cultura cercana, como sería el caso de la o las europeas. Ni del exotismo de lo lejano que explica mi fijación por Siberia y Mongolia. Aquí lo que me fascina es que lo norteamericano sea, a la vez, omnipresente y absolutamente ajeno. Que una sociedad con la que es imposible no estar familiarizado resulte a menudo, sin embargo, tan incomprensible.

No entiendo que en cualquier momento pregunten si tienen hambre, en lugar de comer a su hora. No entiendo los coches con franjas de madera. No entiendo que cambien de domicilio como de ropa, y puedan estar años sin ver a un hermano y, cuando se encuentran, le recuerden una deuda de veinte dólares. Ni que en cualquier pueblo perdido haya una atracción turística y dos moteles y tengan visitantes. Ni el proceso por el que un iraní, un keniata o un mexicano llegan a sentirse tan patriotas americanos como los tíos de camisas de cuadros que los perseguirían en su pickup con bates de beisbol. Ni que alguien trabaje en una inmobiliaria, después sea profesor y luego abra un restaurante. No entiendo esa manera de vivir hacia sí mismos; porque no es cierto que se crean el centro del mundo: para ellos, Estados Unidos es el mundo.

Es como si mis películas favoritas, la música que más he escuchado y mucha de la literatura que más me gusta procediesen de Marte. Querría saber qué pasa en Marte."

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8.7.18

Tú tirabas piedras

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 08.07.18


Tú tirabas piedras




"Un día que volvíamos de Foz paramos en la playa de los Alemanes. Era el principio del verano y hacía calor. Tanto como para ponernos en bañador y bañarnos. Aunque tú te desnudaste y te quedaste así todo el tiempo. Yo, no creo, porque siempre me ha dado vergüenza.

Sé que me repito, pero estoy leyendo un libro de relatos de Richard Ford –“Pecados sin cuento”, de Anagrama- y no puedo evitar asombrarme otra vez de lo deprimente que es. Lo deprimente que me resulta siempre él. Y no cuando cuenta cosas tristes, sino cuando cuenta las alegres, las supuestamente buenas, que nunca lo son.

La playa de los Alemanes era pequeña y no me pareció especialmente bonita. Sobre todo comparada con las que hay más para aquí, pasando Viveiro y llegando a Vicedo. Pero, a pesar de que el sitio no me impresionase, siete años después recuerdo el rato que pasamos allí como un momento lleno de belleza y de alegría. Tuyas. Estuvimos tirando piedras al agua para hacerlas rebotar, sobre todo tú, y no sé exactamente por qué –porque sí, por todo, sería- no dejabas de reírte. Me mirabas y te reías. Y tu alegría era –a ver qué digo- pura y total.

Tom y su mujer Nancy, por ejemplo, están pasando unos días en Maine, y un viernes desayunan en una pequeña cafetería junto a un gran río, en un pequeño y encantador pueblo. Ellos lo ven y lo valoran, ven y valoran lo que tienen, sus trabajos, sus aficiones y su buen gusto; como hacen todos los demás personajes, que disfrutan de sus bonitas casas, que van a restaurantes caros con nombres como The Drake o Billy’s, que reconocen una pintura de Caravaggio, que navegan en esbeltos veleros de madera por bahías azules e incluso tienen madres que cantaban “You’ve changed”. Pero da lo mismo, nada les vale de nada. Son infelices, se ahogan, prueban otras relaciones de mierda para simplemente acabar follando a escondidas, y luego lo razonan y analizan todo y siguen sus vidas. Unas vidas angustiosas que tienen algo en común: en ellas no caben la ilusión ni el entusiasmo genuino. Por nada.

La tuya era la alegría que solo una persona buena es capaz de sentir. Porque eso me pareciste aquella tarde: una persona alegre y buena. Lo cual es maravilloso; mucho mejor, desde luego, que si la tuya fuese una bondad sufridora y sacrificada, como tantas, o una bondad triste, como la mía si es que yo soy bueno. Una bondad alegre, que sonríe y se ríe, que quiere y quiere querer. Una alegría que seguía estando en tu cara, en tus pómulos pecosos, en tus ojos, cuando te metiste en el coche con el pelo mojado y me miraste para ver si yo también estaba contento, si yo también pensaba qué suerte teníamos."

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1.7.18

Un zapato

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 01.06.18


Un zapato




"Es difícil decir algo sobre Auschwitz. Sobre el Holocausto, sobre aquello. Porque ya hay quien lo ha hecho, y bien, con la profundidad que requiere e incluso, a veces, desde la experiencia propia; porque ya conocemos todos los datos; y porque tal vez -hay quien sostiene- no debamos pararnos más allí, pues corremos el riesgo de agotar todo nuestro interés y pasar por alto tragedias más recientes e incómodas.

Yo, sin embargo, cuando el viernes pasado salí del Salón del Canal Isabel II, en Madrid, de la exposición sobre el campo de concentración, estaba hundido. Antes, a lo largo de tres horas de recorrido viendo documentos, objetos personales de los prisioneros y fotografías, varias veces tuve que contenerme para no llorar.

Casi todo es susceptible de ser bien o mal utilizado, pero creo que acercarnos a cualquier ejemplo de sufrimiento nos hace más sensibles a todo el dolor. Aquí, podemos culpar a Hitler, a los nazis y hasta a los alemanes, o sacar conclusiones sobre nosotros mismos. Y podemos lamentarnos solo por los judíos o ver en ellos el paradigma de las víctimas de la injusticia y la crueldad. La crueldad normal.

Porque seguramente sea eso, la normalidad -incluso por delante de la frialdad del procedimiento burocráticamente perfeccionado-, lo más aterrador y desconcertante del caso. La normalidad de seleccionar, no entre las filas enemigas, sino en la propia sociedad, entre los vecinos de la misma calle, a los que a partir de aquel momento debían morir.

Las vías de tren entrando bajo el famoso arco son escalofriantes. El vagón de carga, cerrado, es escalofriante. Las columnas de hormigón con el alambre de espino lo son. Las fotos de niños de la mano, a veces todavía sonriendo a la cámara, lo son hasta lo insoportable. Como lo son los testimonios de supervivientes capaces de hablar del momento en que vieron a su familia, a su mujer, su padre, sus hijos, quedarse en la otra fila, en la fila mala –el ochenta por ciento de los deportados allí moría el primer día, tras la criba que se hacía nada más llegar: en cuatro años pasaron de un millón-. Un hombre encargado de seleccionar la ropa de los muertos contaba que cuando abrió el primer saco se encontró el jersey de su hija.

Y todo ese horror se concentró para mí en dos zapatos. Uno de mujer, de tacón, de fiesta, que seguramente habría usado en momentos alegres en los que aquella locura era inconcebible. Y otro pequeño, de niño, que todavía tenía metido, sobresaliendo un poco, porque a lo mejor así le habían enseñado en casa a dejarlos de noche, un calcetín bordado."

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Si yo fuera rico


Si yo fuera rico




"De pequeño tenía un triciclo en casa, pero en lugar de andar en él lo tumbaba, me sentaba  en la rueda que quedaba en el aire, agarraba el manillar como un micrófono y cantaba. Cantaba mucho, yo. Mi hermano no tanto. Menos cuando tenía fiebre: cuando se ponía parlanchín y, para colmo, empezaba a cantar, mis padres ya le ponían el termómetro. Mi madre cuenta que algunos vecinos decían que sabían que volvíamos del colegio porque nos oían cantar mientras subíamos en el ascensor, hasta el quinto.

Y recuerdo que, no sé por qué, durante una temporada que ahora me parecen años y a lo mejor duró una semana, mientras esperaba a que el ascensor bajase limpiándome los pies en el felpudo grande y marrón del portal, cantaba “If I were a rich man”, de “El violinista en el tejado”, porque habíamos visto la película. Solo que la cantaba en castellano, y lo que hacía era repetir una y otra vez el estribillo, que además, con la excepción de la primera frase, “Si yo fuera rico”, me inventaba totalmente. Casi siempre acababa metiendo versos con un mensaje claramente filantrópico y altruista. La conciencia me impedía gastarme todo el dinero en mí, incluso en la imaginación.

Mi vecina de abajo, con la que ahora coincido en el conservatorio dejando y recogiendo a los niños, me oía cantar cuando estábamos cada uno en nuestro baño, y al parecer se reía bastante. Sobre todo una vez que me inventé una letra entera para “Un velero llamado libertad”, de José Luis Perales. No me acuerdo de cómo era, pero sé que en mi versión el protagonista se iba en su barco con un montón de comida.

Ahora canto mucho menos. Y no es buena señal. Porque cuando estoy contento canto, o por lo menos silbo. Es inconsciente, pero al llegar al trabajo me doy cuenta de cómo he salido de casa por el hecho de ir por el pasillo silbando o no. Y parece que de niño era más fácil no estar preocupado o desanimado.

Supongo que una de las grandes diferencias entre las personas alegres y las tristes es que las primeras saben ver los buenos momentos del pasado, todo eso que les ocurrió, todo lo que hacíamos y lo que éramos, como algo que van atesorando, y no como cosas que la vida les ha arrebatado.

Supongo que hay gente tan afortunada que, al acordarse de cuando cantaban hace cuarenta años en el ascensor, en lugar de pensar que ya lo han perdido sienten que aquello sigue presente, formando parte de ellos. Y que cada recuerdo contribuye a hacerlos más ricos, como soñaba el violinista."

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