27.5.18

Escala

[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 27.05.18]

Escala



"Un día te metes en una discusión cualquiera en la red. Podías haber pasado por allí sin decir nada, pero al final decides dejar un comentario, que resulta desencadenar una conversación tensa que acaba siendo desagradable. Y, aunque ni siquiera conoces a tu interlocutor, como eres tonto y quieres tener razón y que el otro te la dé, te quedas mal. Un par de días mal, jodido por eso pero más aun por permitir que te afecte.

Después te sucede algo parecido, pero en el trabajo. Discutes con un compañero y no logras evitar que se vaya enfadado. Y, como siempre has tenido la necesidad de que los demás te consideren, antes que nada, buena persona, te disgustas. Una semana, durante la que quieres arreglarlo y piensas cómo. Y lo de internet se te olvida.

Pero también eso se te olvida cuando una mañana te comunican que sí. Que te vas. O, mejor dicho, que el momento de decidir ha llegado y las alternativas se han ido reduciendo hasta que no te queda más que lo que suponías. Te vas a ir. Te vas a ir a vivir a Madrid. Tú. En Madrid, no aquí. Y de repente, lo que solo era una teoría, un escenario sobre el que imaginar situaciones, deja de serlo y se convierte en una realidad que ya, ya, ha aparecido allá lejos y no ha tardado ni un minuto en comenzar a crecer hacia ti. Y que ahora, desde aquí, parece llena de despedidas, de soledad y de distancia.

Y claro, el disgusto aquel no recuerdas ni por qué era.

Y entonces, cuando parece que no hay sitio en tu cabeza para nada más, suena el teléfono. A tu hijo le pasa algo y tienes que ir. No es nada, un pie que no puede apoyar, una visita (la enésima) a Urgencias y listo. Él incluso está encantado, porque le has conseguido unas muletas y va a aparecer con ellas en clase, y va a ser guay. Pero en ese momento, en esa media tarde esperando a que te digan que repose y hasta la próxima, te da tiempo a pensar muchas cosas. No quieres, no debes, no tiene sentido dejarse llevar cuando sabes de sobra que puedes estar tranquilo. Pero aun así, a veces lo observas sentado a tu lado mirando alrededor, mirándote, y de reojo ves, durante una fracción de segundo, pasar por detrás de ti una sombra inmensa. Y sientes un escalofrío de terror tan inconcebible que todo tu cuerpo se tensa, se cierra, se crispa, casi histérico, y te aparta inmediatamente de allí. Y le das la mano, con cuidado de no apretarle mucho, y le sonríes otra vez y le señalas un cartel en la pared, con una foto de una ciudad cualquiera que no sabes si es Madrid, y te da igual."
 
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20.5.18

Solo en casa

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 20.05.18


Solo en casa




"Conozco gente que trabaja desde casa. No de vez en cuando, sino habitualmente. Casi todos relacionados con la edición, la traducción o directamente la escritura. Y la mayoría niega que sea la maravilla que los demás enseguida suponemos. Echan de menos el encuentro diario con los demás, con unos compañeros, aunque les caigan mal. Dicen que acaban por sentirse aislados, demasiado al margen. Por no hablar de la disciplina que les exige tener todo el día por delante. Es duro, dicen.

Este martes me quedé por la mañana en casa. El lunes había cometido la temeridad de agacharme a coger unas monedas de encima de una silla y, al doblarme, fue como si me clavasen un puñal en la espalda. La consecuencia fue un día sin ir a trabajar. Pero me levanté temprano igual, porque en la cama estaba peor, y desayuné a la hora normal. Solo que al acabar me fui en pijama al salón y me senté –con mucho cuidado- delante del ordenador, a terminar mi trabajo de fin de máster y a renovar mi juramento de que, una vez lo acabe, no vuelvo a estudiar en mi vida. O en muchos años. O en algunos.

Y eso que estuve bien. Tuve puesta Radio Clásica toda la mañana, esa torre de marfil que a veces necesito. Un placer todo, excepto un programa que, con motivo del San Isidro, se detuvo en la zarzuela más de lo que me habría gustado –o sea, se detuvo-. Además Bartlet, mi gato, no se separó de mí. Al principio hizo lo normal en cualquier gato, que es adivinar cuál es el papel que estás leyendo y tumbarse en él. Luego se sintió estola de visón de señora de antes y se acostó en mi cuello; y allí estuvo más de media hora, hasta que mi espalda me preguntó si era tonto o qué. Entonces se puso a dormir sobre mis piernas, y me las calentaba tanto que en dos ocasiones lo levanté para mirar, porque estaba convencido de que se había meado. Pero no, es muy bueno y solo hace pis en nuestro nórdico y en mis jerséis.

El problema es el móvil. E internet. Y en especial Facebook, que puede echarte por tierra cualquier plan de trabajo. Facebook es el diablo. Sobre todo si entras y ves una discusión sobre Cataluña, otra sobre el machismo en general y la sentencia en particular, y otra sobre un bautizo chipriota, y en todas quieres convencer a todo el mundo y dejar claro que tienes razón, ¡que tienes razón tú! Terrible.

Pero al final trabajé bastante. Y a gusto. Fue una mañana agradable y, aunque no dudo de la necesidad de socializar, no me importaría probar durante una temporada a pasar sin tanto prójimo. Total, un poco más de misantropía, qué daño me puede hacer."

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13.5.18

El éxito


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 13.05.18


El éxito


"Preguntarse por la felicidad, a mí me parece pertinente y lógico. Desde que somos intelectualmente capaces lo hemos hecho siempre; lo hicieron nuestros padres griegos y, desde entonces, casi cualquier filósofo y cualquier hijo de vecino que tuviera un momento libre y se pudiera permitir divagar un rato. Era una pregunta digna, que buscaba una digna y necesaria respuesta, hasta que fue banalizada e infantilizada por los libros de autoayuda primero y las tazas de Mr. Wonderful después.

Por eso me pareció muy apropiado que el otro día un amigo me comentase que llevaba un rato pensando en qué consistía el éxito. El éxito y no la felicidad. La felicidad se puede ir mucho por las ramas. Mis hijos, cuando me preguntan qué pediría si me concedieran un deseo, me aclaran que me deje de paces en el mundo y de su salud y bienestar futuros; que concrete: algo mío bien delimitado. Y hablar de éxito es un poco más concreto y delimitado. Digamos que, con él, nos centramos en uno de los ingredientes.

Mi amigo, que lleva en la música toda la vida como aficionado pero apenas dos años como intérprete, acababa de vivir una situación que le parecía prácticamente perfecta: había tocado con su grupo delante de la gente que quiere, todo había salido bien y no había recibido más que abrazos, besos y felicitaciones. Y me decía luego, todavía descendiendo de las nubes, que aquello, aquel momento, si no lo era, se parecía mucho a alcanzar el éxito en la vida. Y a mí no me cabe duda de que tenía razón.

Como siempre, para saber si hemos llegado a nuestro destino debemos saber a dónde íbamos. Ya lo dijeron Séneca y Lewis Carroll. Y parece lógico pensar que el éxito, esa empresa finalizada, tiene que ver con un objetivo y unas expectativas. Por eso no hay dos respuestas iguales. Una casa, un título, dinero, acabar una maratón o escribir en un suplemento. Por eso, porque es tan íntimo y personal, nadie puede convencernos de que lo hemos logrado si nosotros no lo vemos. Y por eso es un error garrafal perseguir las metas de otros.

A veces esas expectativas son asequibles y otras no. A veces, si uno es muy rallante, resultan imposibles de cumplir. Yo creo que me contentaría con saber en qué consisten las mías, y superar así esta sensación crónica de desorientación, de estar dando palos de ciego, de buscar sin tener claro el qué. Quién sabe, tal vez un día, después de hacer algo, después de que algo que parecía normal pase, de repente me pare, como Fran, y le diga a quien camina a mi lado: coño, ya está, era esto."

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6.5.18

Bajo un ardiente sol


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 06.05.18


Bajo un ardiente sol




"La canción más graciosa del mundo se compuso para mi ciudad: “Ferrol, Ferrol, Ferrol, donde yo nací bajo un ardiente sol”. El anónimo autor al que en 1910 se le ocurrió tenía que ser un coñero. Hubo unos años en que a última hora del día la ponían con las campanadas del ayuntamiento, y era fascinante oírla sonar sobre los paraguas que cruzaban la plaza de Armas.

Ustedes son de Lugo o Pontevedra, o de más lejos si cabe, así que nunca han venido a Ferrol. Ni falta que hace, pensarán. Es tan feo, tan aburrido y cerrado, y está tan deprimido económicamente que nos han comparado con Mordor, Corea del Norte y Detroit. Y aun encima está en la esquina: no vale la pena.

Eso sí, seguirán sin conocer su conjunto patrimonial, el segundo más importante de Galicia. Y no pasearán por el centro ni se enterarán de que las galerías de nuestras rectilíneas calles no solo fueron las pioneras, allá en el XVIII, sino que siguen siendo preciosas. Ni sabrán que ir de vinos es cada vez más diferente, y que también aquí se come muy bien. Ni les llevarán a los dos castillos que llevan tres siglos guardando la ría, ni a las playas casi vírgenes que hay a diez minutos. Nadie les contará que desde 1983 mantenemos una perfecta y neurótica alternancia izquierda-derecha en el gobierno municipal, ni que, a pesar de que la economía es la que es y, efectivamente, tiene las flaquezas de todos los monocultivos, ni nos hemos muerto ni estamos moribundos, y hay vida. Y cultura. E iniciativas. No vengan y no conocerán una ciudad segura, abarcable y acogedora donde es un lujo poder criar a los hijos, y que no se merece casi ninguno de los tópicos que pesan sobre ella.

Excepto uno, que es cierto: no nos valoramos. Es verdad. Nos quejamos, protestamos para que alguien venga a resolvernos los problemas y hablamos mal de lo que tenemos, que siempre es peor que lo de fuera: las casas se caen, aunque seamos la ciudad gallega donde más se rehabilita; no salimos porque no hay nadie, y no hay nadie porque vamos a salir a otros sitios; y no abren las tiendas porque no hay gente por la calle, y no hay gente porque, total, está todo cerrado. Tenemos la autoestima por los suelos. No nos queremos.

Y eso hace mucho daño. Porque el derrotismo siempre acierta: si dices que no, va a ser no.

Por eso –y sin querer caer en un positivismo estúpido ni obviar nuestros problemas- estaría bien, sería fantástico, revulsivo y revolucionario, que en Ferrol dijéramos que sí. Que pusiéramos buena cara. Que nos quisiéramos un poquito. Porque, a veces, quererse lo cambia todo."

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29.4.18

Molestias en el bazo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 29.04.18


Molestias en el bazo




"Ya decía Al Pacino en “El abogado del diablo” que la vanidad era su pecado favorito, porque nadie está libre de caer en él, y hasta la personalidad más fuerte, la que resiste impertérrita cualquier crítica, se doblega ante el elogio.

Una forma prosaica de explicarlo es que la dopamina nos encanta y la recibimos con alegría, como bien sabían los creadores de Facebook cuando decidieron incluir algo que cambiaría por completo la experiencia de sus usuarios y los encadenaría para siempre: el like. Sea por eso, sea por una más trascendental necesidad de reconocimiento, basta echar un vistazo a las esquelas de ABC para comprobar cuánto nos importa tener méritos. O a los perfiles de Linkedin, donde nadie parece tener un trabajo corriente ni, desde luego, modesto.

Estamos desnortados. Yo al menos lo estoy, sobre todo algunas épocas en las que de repente parezco un pollo sin cabeza, con la diferencia de que en lugar de correr me paro con las manos en los bolsillos y miro alrededor, entre embobado y cansado. Y peor es cuando, en lugar de observar lo que me rodea, me veo moviendo el pulgar pasando pantallas del móvil en busca de no sé qué. De un vídeo de caídas o un artículo sobre el número de comidas diarias recomendable.

Esa astenia, hay quien se la achaca a la primavera, como otros a la lluvia. Yo, si tuviese que pronunciarme, diría que a mí lo que me desasosiega es la llegada del calor, pero lo cierto es que soy reacio a relacionar mi humor con la meteorología. Demasiado superficial. Yo soy más de la frustración, el irremisible paso del tiempo, el miedo a la muerte y cosas así. Pero, sea como sea, ese mal de los que no sufrimos grandes males, de los que no tenemos graves problemas, esa angustia vital de causa difusa o directamente imposible de explicar, llega y me ataca de vez en cuando, cargada de consecuencias reales. Y me entra una apatía vital, a medias entre el hastío de la rutina y la desorientación existencial, que me quita las ganas de casi todo. Quiero y no puedo. O no quiero. Y ardo en deseos de arder en deseos, de una vez, por algo.

Me ataca el spleen de los románticos, el spleen de Baudelaire, pero sin la vertiente artística, sin que surja la poesía. Puedo ponerme un batín de seda, tumbarme en una otomana, acariciar desmayadamente a mi gato y, mirando a la ventana, suspirar, pero nada: creatividad cero. No paso de los lamentos por lo que yo habría podido ser… si hubiese sido otro."

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22.4.18

Levita y chaleco blanco


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 22.04.18



Levita y chaleco blanco




"Leo “Viajes de entreguerras”, de John Dos Passos. En el capítulo titulado “Orient Expres” cuenta sus viajes por el este entre los años 1921 y 1926. Describe lugares de la Turquía derrotada: las plazas de Estambul y sus mercados llenos de comerciantes persas, judíos y armenios de narices grandes, los reflejos del mar azul vistos entre los cipreses durante un paseo o, a lo largo de varios días, el Hotel Pera Palace, en cuyo salón rojo se concentraban diplomáticos, militares y periodistas británicos y franceses, damas aferrándose a sus últimos vestidos buenos para sobrevivir, algún alemán, algún griego, italianos y norteamericanos, bebiendo whisky y hablando de los avances y retrocesos de las tropas de Kemal mientras fuera, en las calles, mendigaban soldados rusos. Fue no muy lejos de allí, en Creta, en Heraclión, donde hace años entré en un pequeño quiosco en el que encontré varias estanterías enteras llenas de novelas de Dostoievski, Tolstoi, Turguénev. El dueño me explicó que los leían las prostitutas rusas de la ciudad. Tampoco habían tenido suerte, como aquellos soldados rubios de ojos azules. Siempre me pregunté si alguna de ellas habría hablado alguna vez de literatura con algún cliente. Creo que pensamientos así me salvarán algún día, si no me salvan ya.

El misterio del Mediterráneo, mayor cuanto más nos acercamos a Levante. Su historia, su geografía, su cultura y su mitología, exóticas y al mismo tiempo cercanas, no en vano somos hijos suyos. Hijos de legisladores que vistieron túnica y sandalias y mojaban pan en el garum, y de legionarios que se acabaron casando con mujeres vacceas y hoy viven en Villalpando; pero también hijos de filósofos del Ática, de sacerdotes de Delfos, de sabios de Asia Menor, de navegantes fenicios y de pastores beduinos que cambiaron los rebaños por el alfanje.

Describe ancianos turcos de fez rojo y barba blanca, discutiendo grave y lentamente a la sombra de un plátano, vestidos de levita oscura y chaleco blanco. Y pienso que hoy en día ya nadie vestirá así, ni siquiera en Anatolia, ni siquiera en Trebisonda, que no en balde ha pasado de capital de un imperio a puerto exportador de anchoas, avellanas y té. Todo pasa. Y es Dos Passos, ya en la primera página del libro, en el capítulo “El descubrimiento de Rocinante”, dedicado a España, quien cita a Jorge Manrique y su cualquier tiempo pasado fue mejor.

No todo lo anterior fue mejor, ni mucho menos. Lo que sí es cierto es que el pasado es en general algo que hemos perdido. Y eso deja, inevitablemente, cierto poso de tristeza."

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15.4.18

Chicas con pecas

Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 15.04.18


Chicas con pecas


"Yo conocí “Good vibrations”, de los Beach Boys, una de las canciones más caras de la historia, por el anuncio de Bitter Kas. No fue la única. Como casi toda mi generación, también conocí el reggae, a Bob Marley y a sus “Three little birds” por el anuncio de Lois. Además, en misa aprendíamos y cantamos canciones que luego resultaron ser “Blowing in the wind”, de Dylan, o “Los sonidos del silencio”,  de Simón –así, como suena- y Garfunkel.
El anuncio de Bitter Kas era cortito, tan solo veinticuatro segundos, y en él aparecían unos chicos haciendo windsurf entre las olas. Y luego, un vasito raro con hielo donde se servía la amarga y roja bebida. La música era ese sensacional inicio de la canción, aunque por exigencias del guion se abreviaba y saltaba enseguida al estribillo, que hablaba del sabor y la gente biterkás.
Estos días he puesto un cedé de los hermanos Wilson y compañía – por cierto, tan solo el primo Dennis, el batería, hacía surf- y me he quedado dándole vueltas a ese tema, a esos coros del principio, y a por qué, con independencia de su genialidad musical, me resultan tan sugerentes, tan atractivos. Y he pensado en aquel anuncio, que es del año 1984 –tenía yo 14- y lo he vuelto a ver. Y sin duda la música, como tantas otras elegidas por la marca vasca, era un acierto, y las imágenes tampoco estaban mal, pero había algo más. El resultado era más que la suma de los ingredientes más evidentes, era un ejemplo de sinergia en una época en la que no sabíamos lo que era eso, un resorte que hacía despertar otra cosa.
Lo veo y me doy cuenta de que allí había sin duda algo sexual. Buceo un poco en lo que queda de la mente de aquel adolescente y creo ver imágenes de chicas americanas. Chicas riéndose a la orilla de un mar dorado o alrededor de una hoguera de noche en la playa, en vaqueros o en biquini. Chicas rubias con pecas. Una, al sonreír, se muerde un poco el labio inferior. Junto a ellas, tíos cachas que hacían cosas increíbles como hablar en inglés, navegar sobre una tabla o cantar. Cosas que yo nunca podría hacer y que les permitían estar con mujeres como yo nunca conocería. Porque eso era lo fundamental: que todo –el surf, los músculos, el sol, esa playa, esa hoguera y la noche californiana-, pero sobre todo aquellas chicas de melena trigueña, sobre todo sus pecas, eran inaccesibles. Un paraíso inalcanzable. Tanto más paraíso cuanto más inalcanzable."

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9.4.18

Un lazo fuerte


[Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 8 de abril de 2018]


Un lazo fuerte

 
"Una noche de esta semana despedí a mi hija Paula, que solo se iba unas horas a Viveiro a tocar en una procesión, como si se fuera de casa, a la universidad o a vivir -porque sí, por la vida- a otra ciudad. Creo que fue la primera vez que anticipé su futura marcha. Y la abracé, supongo que desproporcionadamente, con unas ganas un poco fuera de lugar. Lo curioso fue que me pareció que ella me respondía igual.
Luego me quedé de pie en el aparcamiento, bajo el paraguas, empapándome los pies esperando a que el autobús se fuera, mirando por las ventanas al interior iluminado, lleno de jóvenes con corbata saludándose, y mirándola: qué pensará, qué sentirá, ella que deja ver tan poco.
Ahora atraviesa la adolescencia, tan conocida como inescrutable. Una etapa que incluso cuando –como en su caso- es plácida y tranquila, no puede desprenderse de ciertos elementos, el primero de los cuales es colocarse a una misma en el centro del mundo y, por tanto, del pensamiento. Y me pregunto cómo saldrá de ahí, cómo será ella cuando lo haga, después de atravesar ese maremágnum de autoevaluación, de comparaciones continuas, de dudas, altibajos de autoestima, ensoñación constante y una especie de prisa por crecer.
Y, mientras todo eso pasa, ¿qué hago? ¿Qué debería recibir de mí? No lo sé. Imagino que, en el fondo, lo mismo de siempre. Por un lado, la tutela material que se nos presupone, la que nos exige el Código Civil. Por otro, esa especie de orientación que yo llamaría, por resumir, educación, y esperar que de nuestras referencias, adoctrinamiento y consejos le llegue algo. Y por último y sobre todo, la base sentimental y afectiva que le sirva de asidero, que no puede perder nunca de vista y en la que tiene que saber que siempre se puede dejar caer, porque está allí para ella.
Hace unos cuantos fines de semana mi hijo me trajo una ramita con flores de un arbusto que crece donde los sábados esperamos por la furgoneta de surf. Hemos cogido alguna flor alguna vez, los dos. Me la dio y me dijo: “Para que escribas un artículo”.
También él llegará a la adolescencia, que no sé si será tan pacífica. Tal vez lo pasemos peor. Pero yo me pregunto si es posible que algo así se llegue a perder, si hay adolescencias capaces de deshacer lazos tan fuertes. Y a pesar de los ejemplos en contra me cuesta creer que, por mucho que cambie y crezca, por muchas turbulencias que vaya a atravesar, el niño que me trajo unas flores recogidas dos días antes pueda irse.
Confío en que no.  Como Paula no se va del todo, aunque a veces esté lejos."

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1.4.18

Una tapa de ensaladilla


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 01.04.18



Una tapa de ensaladilla




"A veces, la filosofía de almanaque nos enseña más que una estantería llena. El día 4 de agosto de 2016 mi taco de calendario decía: “La pena del ayer y el miedo al mañana son los dos ladrones que nos roban el hoy.”

Y no hay mucho más que añadir. Así es. Pero yo voy a matizar un poquito la primera parte. Porque creo que una cosa es sentirse atado por el pasado, por un pasado que nos lastre y nos ahogue, y otra muy diferente caer en el mecánico “hay que seguir adelante”, un poco tonto, que parece invitar a la inconsciencia. E imagino que en algún punto entre ambos extremos debe de ser posible hallar un equilibrio, de manera que logremos seguir viviendo pero evitemos vivir como si nada, como si no hubiese mayor prioridad que sentirnos bien a toda prisa y a toda costa.

Pablo Milanés, en su archiconocida “Yo pisaré las calles nuevamente”, adelanta el momento del triunfo, de la alegría del regreso –de los libros, las canciones-, pero deja un espacio para acordarse de los que ya no lo verán: cuando se detenga a llorar por los ausentes. Porque qué menos que dedicarles unas lágrimas. Si cambio la toma del Palacio de la Moneda por cualquier día mío, qué menos que recordar a quienes lo hicieron conmigo. 

Algún domingo, de niños, fuimos con nuestros padres a tomar una tapa de ensaladilla al “Las Pías”. En una mesa rectangular junto a la ventana, en unas sillas de capitoné granate de escay. Ahora paso en coche por delante y me acuerdo y me alegra. Y el día es un poco mejor así, mejor que si allí no me hubiera ocurrido nunca nada. Sean épicos, líricos o dramáticos, los recuerdos son parte de nuestra vida, y nosotros somos, por encima de muchas otras cosas, la suma de nuestros recuerdos.

Por eso, y a pesar de entender que tras ese tipo de comentarios únicamente hay buena intención, me resulta irritante oír, en un funeral cualquiera, frases de consuelo recomendando no pensar, no volver la vista atrás. Bienintencionado pero, en el fondo, injusto. ¿O no lo es, pretender, ante la muerte de un ser querido, hacer lo que sea por continuar sin él?

Las personas que quise están, sin ningún tipo de misticismo, en mí. Siguen formando parte de mi vida y así deseo que sea, como me gustaría formar parte de la de quienes quiero ahora y me sobrevivirán. No como un peso ni una sombra triste, sino como algo que contribuye a llenar y dar valor a la vida.

El ayer no debería causarnos demasiada pena. Y, efectivamente, nuestros recuerdos no deberían robarnos nuestro presente. Pero sí hacerlo mejor, como aquella tapa de ensaladilla hace que dos tardes de cada semana sean un poco mejores."

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26.3.18

¿Madrid?


Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda del domingo 25.03.18


¿Madrid?




"Las seis y media de la mañana. Se va el autobús y me quedo en la acera desierta. De nuevo en Madrid.

En Madrid hay muchísima gente. Parece que pasa algo. Pero el mayor cambio es el del tiempo, el de los tiempos. Decides salir con antelación para ir con calma y así poder dar una vuelta antes, y resulta que llegas por los pelos, que esa antelación nunca lo es.

Estoy comiendo cerca del Teatro Real, y un chico y una chica de veintipico años se sientan en la mesa de al lado. Son modernos y urbanitas, piden café con hielo con una rodaja de limón y un toque de canela, y todo les da asco: su pelo, que les crece así, mira, fatal, una compañera de piso que habla como si todo fuese superemocionante –“Háblame, normal, tía, solo te pido eso: normal”-, una pesada del trabajo, etc.: “¡Qué asco, tío, qué aaasco!”.

En la terraza del Círculo de Bellas Artes me acuerdo de Forges, ese genio, al ver a uno de sus personajes, engominado con ricillos en la nuca, dirigirse al camarero con prepotencia y, en realidad, en cuanto le contesta, volver a sentarse medio abochornado y balbuceando un poco hacia la chica que lo acompaña.

De noche, en el barrio de Salamanca, paso por delante de locales con portero donde la gente viste caro y en las puertas siempre hay chicas impresionantes riéndose. Me imagino el dinero dominándolo todo, cocaína y prostitución de lujo, y me siento a años luz, en inferioridad y a la vez a salvo. Yo qué sé. A lo mejor son como yo.

En el asiento de enfrente un chico habla con una amiga. Le dice que los mejores del mundo haciendo el corte del pescado son los japoneses. Que él ha ido a un montón de japoneses y está convencidísimo. Que no hay otros iguales. Que se fije si no en el sushi, mismamente, o en los pescados venenosos.

Voy al cine a los Ideal, a ver “Tres anuncios en las afueras”. Solo con la escena inicial, donde hay tres vallas publicitarias rotas en medio de la niebla y Renee Fleming canta ‘The Last Rose of Summer’, sé que va a ser una gran película. Y lo es, con Frances McDormand -la policía de “Fargo”- y uno de los actores de reparto, Sam Rockwell, haciendo dos papeles antológicos. Pido palomitas dulces y tengo que dejarlas a medias, porque creo que voy a estallar y llenar todo el cine de vísceras recubiertas de caramelo.

Esta vez venir ha sido distinto. Por primera vez, es probable que en no mucho tiempo viva aquí, tal vez un año o dos, tal vez más. Y, aunque son días de turismo que no hacen prueba, trato de imaginarme en estas calles sin estar de paso, pero no soy capaz.

Los atardeceres en el centro son preciosos. Dicen que es la contaminación. Pero son preciosos."

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