8.7.09

El placer de vivir

Que es el que, tras pasar por el de leer y el de escribir, en realidad buscamos.



Yo, que tengo la suerte de formar parte, aunque desde la distancia y a trancas y barrancas, del Taller del Bremen, tengo ahora la alegría de anunciarles la próxima presentación de su primer libro colectivo, con relatos de sus miembros más antiguos (entre los que no me encuentro).

Será este sábado, día 11, en Madrid, en Ladrón de tinta, sito en el número 2 de la calle Noviciado.

Yo no podré estar, a pesar de que me encantaría. Pero les animo a ir , porque se van a encontrar alegría, cariño, inteligencia a raudales y literatura.

6.7.09

¡Espabila!

Lo malo de las obviedades es que demasiado a menudo las obviamos.

La mejor manera de librarse de un problema es resolverlo.

Brenda Francis


...si se puede, añado yo, que soy muy así. Pero vamos, que se puede más de lo que nos gusta pensar.

2.7.09

Estudio

Muchos años después... ayer volví a estudiar a una biblioteca.

Supongo que mi edad y el hecho de que por primera vez en mi vida estoy estudiando por placer (no así con placer, que eso ya lo había hecho antes, que conste) me convertían en una excepción en la sala de estudio. Pero como para mí los excepcionales eran todos los demás, no se lo creerán, pero buena parte del tiempo se me fue mirando para ellos.

Estudiar, en parte, es duro.

Que sí. Olvídense por un momento de que eran jóvenes e insensatos, y de los atractivos innegables, que no necesito recordarles, de la vida de estudiante. La sombra acechante de los exámenes, la recurrente constancia de la propia niputez, ese toro cogiéndote una y otra vez pese a los propósitos de enmienda, etc., suponen una considerable presión. Por no hablar de las oposiciones: la insoportable rutina diaria que tiene, como solitario faro guía en un horizonte muy lejano, una apuesta a una sola carta.

Ayer había de todo: los aplicados (aplicadas, más bien), la subrayadora de boletines (escalofríos, me entraban, sólo de verla), el que iba tirando, y el que en dos horas y media debió de pasar la página una vez, y que cada dos minutos se recolocaba, muy dispuesto él, se sentaba derecho y se ponía a ello con un renovado ímpetu que le duraba unos treinta segundos, hasta que por ejemplo una uña se convertía en un objeto de un interés y un misterio hasta ese momento insospechados.

Y todos, todos ellos/nosotros, levantando la cabeza como un resorte al menor ruido, atendiendo con agradecimiento y una curiosidad infinita a cualquier distracción, y recibiendo con un júbilo íntimo y conmovedor el anuncio del cierre de la sala.

Me gustó mucho.

Y más me vale, porque es lo que me toca este mes.

22.6.09

Días mejores

Every fool's got a reason to feelin' sorry for himself
And turn his heart to stone

Bruce Springsteen, Better days



Esta frase de quien, por otra parte, y en mi opinión, es un buen ejemplo de que la cultura norteamericana es mucho más que lo que el tópico parodia, mucho más rica, seria y crítica que lo que el mercado y nuestros prejuicios (y, en este caso, el que no entendamos ni jota de lo que dice, que no estaría mal que vocalizase algo) nos hacen ver, me parece magnífica y cierta como la vida misma (por cierto, dice, más o menos: cualquier tonto encuentra un motivo para apiadarse de sí mismo y volver de piedra su corazón).

Creo que resume muy bien el peso del miedo, de la inseguridad, de nuestros límites, y cómo nos hacen sentir atacados y víctimas con derecho a cerrarnos, a pensar mal y a pagar con la misma supuesta moneda.

Todo el mundo tiene una excusa para ser peor.

19.6.09

Así cualquiera

[A LLS, con cariño]

Un amigo me contaba hace unos días una conversación que había tenido con un compañero suyo, profesor de Historia del Arte. Éste decía que las obras de arte, para ser de fiar, tenían que tener, como mínimo, 500 años de antigüedad. Que algo más reciente no ofrecía garantía alguna, que uno no tenía manera de saber si era un valor sólido o flor de un día.

Lo cual, ya, no me digan que no está bien.

Pero no quedó ahí la cosa. Este hombre le aseguraba a mi amigo que muchos pintores ahora considerados intocables (y no hablaba de actuales, sino, entre otros, de Renoir y Delacroix), eran sólo una moda pasajera.

- Ya verás como en 200 años nadie habla de ellos.

- Hombre, muchas gracias, pero no sé, te veo un poco optimista, con lo de que ya veré dentro de 200 años.

- Ah, claro, que tú no eres creyente...
-le contestó, con un gesto entre contrariado y resignado.

Y, después de decirle yo a mi amigo que podía estar contento, que por lo menos no le había respondido Ah, claro, que tú no eres creyente, tú no lo vas a ver..., comentamos que tiene que ser alucinante, ¿no? Que este tío realmente cree que dentro de 200 años, y de 2.000, él, de un modo u otro, va a seguir por aquí.

Y lo que deben de cambiar las cosas con ese colchón debajo. Vamos, es que se tiene que reír uno de todo. Qué perspectiva.

¿Cómo será la vida, con esa seguridad incomparable tranquilizándote?

17.6.09

Proyecto de vida

- Cuando sea adulta voy a poder hacer todo lo que me dé la gana.
- Mujer, todo, todo, no. Si lo que quieres es comprarte diez casas, seguramente no vas a poder.
- No, pero yo no quiero eso
-el padre (o sea, yo), en ese momento se alegra de lo sana y poco materialista que es su hijita-. Yo, de mayor, lo más importante que quiero hacer, de lo que no me quiero olvidar ni de broma, es de ponerme mechas.


11.6.09

Solos en Casablanca

¿Tendría Rick ese aplomo, esa seguridad, y ambos, gendarme y él, en el aeropuerto, se quedarían tan a gusto y tranquilos, si no se supiesen contemplados por el mundo entero?

¿Nos gustarían tanto, en ese momento, si no supiésemos que, como nosotros, el mundo entero los contempla?

10.6.09

Mi pie izquierdo



Momentos antes de la pasada cena de Nochebuena.

3.6.09

Crítico (revisited)

[Nueva edición del post. En el original daba la impresión de estar preguntando por qué sucede lo que sucede, cuando en realidad sólo quería decir que parece mentira.]

Que uno puede ser buen lector, o buen aficionado a la pintura, o melómano, y no tener ni idea de escribir, pintar o componer está claro. Incluso (y tal vez las razones no sean muy diferentes) podemos criticar con fundamento una autopista sin ser ingenieros de caminos.

Si se debe a una cualidad inaprensible a la que llamamos talento, o se trata más bien de una habilidad técnica, o son ambas cosas a la vez, es otra cuestión. Pero parece claro que poco o nada tiene que ver con nuestro criterio como público.

Yo me considero un buen lector. Partiendo de la base de que todo es opinable pero no tanto, creo que tengo bastante claro (de prosa, hablo) qué es escribir bien y cuándo falla algo; y sin embargo no soy capaz de escribir nada que me parezca mínimamente bueno.

Eso, por no hablar de los críticos.

Y lo que, por evidente que resulte, no deja de asombrarme es hasta qué punto una cosa es independiente de la otra. Es como si sólo pudiésemos jugar un papel pasivo, como si de lo único que fuésemos capaces es de reconocer lo bueno, que otro debe crear. Podemos identificarlo y señalarlo cuando lo vemos, pero no ponerlo ahí.

1.6.09

Felicidades

El viernes fui con los niños a la playa, por primera vez este año. Al llegar estaban histéricos de alegría: corrían, se tiraban, se mojaban y se reían sin parar; ¡Viva el agua!, gritaba Paula. Estuvimos saltando olas de una cuarta y haciendo castillos, efímeros aparentemente, pero que durarán toda la vida.

A la vuelta, dormidos en el coche, rebozados en arena.

El sábado, celebración nocturna para mayores. Ambiente agradable y cariñoso que fue mejorando con las horas. El regalo más raro fue una lata de congrio en aceite.

Ayer, domingo, comí en mi casa con mis padres y mis hijos, que soplaron las velas conmigo mientras yo pedía seguir así de bien. Luego, ya solo, fui a la playa y alterné el sueño al sol con los relatos de Anónimos, de Miguel, oyendo las olas romper unos metros más abajo.

Cuando iba hacia allí, en coche por un camino de cabras, pasé junto a un caballo grande y negro que pastaba en un campo. Se me quedó mirando, y a la vuelta, marcha atrás tras comprobar que el camino se acababa de repente, su cara imperturbable me recordó a la del sevillano que a la Nancy de Ramón J. Sénder le decía hasta luego cuando la veía pasar por su lado hacia una calle sin salida.

Y en ese momento, conduciendo hacia atrás, con el caballo allí quieto, Hey Jude sonando, el sol dándome en la cara y el recuerdo de todo el cariño recibido, me sentí muy feliz.