25.8.15

Observado e intuido

El otro día, todavía de vacaciones, salimos a cenar los niños y yo. Y a Paula se le ocurrió hacer el juego de describir a los demás con cinco adjetivos.

Yo la describí a ella, entre otras cosas, como muy observadora e intuitiva (dos rasgos que no siempre coinciden e incluso, creo yo, suelen no hacerlo), y lo demostró con lo que dijo de mí:

- Que me enfado fácilmente (por si no lo tenía claro, esto me lo dijeron los dos).
- Que hago muchas cosas que me propongo, auque me cuesten.
- Original, diferente a los demás padres (esto no sé muy bien si era positivo o negativo...).
- Y la que más me sorprendió: que nada me da igual y de todo tengo opinión, que todo me gusta o me disgusta.

Me parece que me conoce muy bien.

16.8.15

Cádiz y fin de vacaciones

A mediados de los noventa viví dos años en la provincia de Cádiz. Tal vez porque fue un momento personalmente duro para mí, en el que me sentí muy solo, no guardo buen recuerdo de aquello, y los pueblos de la zona y el paisaje en general, a pesar de lo elogiados que son, no me dicen gran cosa.

Sin embargo, Cádiz capital es probablemente la ciudad que más me gusta de España (bueno, con el permiso de Santiago; pero es que son tan distintas). Me parece (de puerta Tierra para adentro, por supuesto; pero en qué ciudad la parte nueva tiene algo especial que ofrecer) una maravilla: unos edificios que, a pesar de cambiar por barrios, guardan una armonía envidiable (aun sabiendo que el motivo es, en parte, las décadas de pobreza, que impidieron construir); unas calles largas, estrechas y umbrías con el agua al fondo; ese agua verde claro; la luz; las plazas frondosas de aire colonial; las casas-palacio, etc. Y su ambiente, su personalidad: una ciudad llena de gente noche y día, llena de niños y llena de risas (que taparán tanto).

Cádiz ha sido durante décadas la capital de provincia con más paro de España. Y la pobreza (a veces verdadera miseria) asoma por muchas, muchas ventanas abiertas, hasta en los sitios más visitados. La vida en la calle no solo responde a la juerga ni al calor, sino que se nota que muchas veces es una alternativa preferible a quedarse en casa: matrimonios jóvenes, familias enteras de hasta tres generaciones, a veces comparten banco, bolsa de papas fritas y botella de dos litros, y pasan la tarde. No parece que las cosas sean fáciles. Pero el tópico que dice que el gaditano sobrelleva todo eso con humor y una filosofía especial (además de con una economía sumergida que supongo yo que debe de batir récords) también parece cumplirse: los grupos de desocupados hacen bromas, los camareros hacen bromas, el socorrista de la playa las hace, el que te cruzas por la calle las hace y las señoras las hacen, de camino a la Caleta con su silla de playa a cuestas. Y aun encima tienen gracia, gracia de verdad, con lo difícil que es eso.

Me quedé con muchas ganas de ver a don Microalgo, y de poder preguntarle por todas estas cosas; pero tareas más trascendentales lo tenían justamente ocupado. Seguro que la mitad de mis impresiones me las explicaba mejor y la otra mitad me la desmontaba. Pero desde fuera Cádiz se ve una ciudad con una personalidad extraordinaria, con una vida y una alegría que no deben de ser fáciles de encontrar y sin embargo lo llenan todo. No sé cuánto hay en esa actitud de pose, de alimentar un estereotipo, pero si es así lo hacen muy bien.

Cádiz no es monumental, quitando la catedral; ni falta que hace. Es el conjunto el que la hace bonita: sus calles, los edificios venidos a menos (hay un claro parecido con ciertas zonas de Lisboa, en las sensaciones) con patios maravillosos, sus ficus, las plazas Mina y Candelaria, el parque Genovés y la alameda Apodaca (que ya solo esos nombres los hacen encantadores), la playa de la Caleta (donde uno descubre un concepto distinto de playa -hasta una mesa Lack verde, vimos-, y que ni los Morancos ni las chirigotas exageran, porque eso no se puede exagerar), sus torres y su mar tan distinto. Y los gaditanos. Y su historia, que ves por todas partes en cualquier paseo, y su pasado americano. Y sus plazas otra vez. En fin.

Nos alojamos en un apartamento junto al Mercado Central, en pleno meollo del tipismo. Y callejeamos mucho. Y no pasamos mucho calor a pesar de que la temperatura nunca bajó de los 30º. Y comimos muchísimo (este verano, mi peso de los últimos veinte años de repente ha quedado atrás). Y volví a la librería Quorum en la calle Ancha, donde tantas horas entretuve, pero ahora feliz de hacerlo llevando a mis hijos, y todos compramos libros. Y a la Falla, donde me aconsejaron un par de novelas del local Fernando Quiñones.

Fuimos también al Puerto de Santa María y a Conil, a ver sitios donde habíamos estado y que queríamos recordar y enseñar a los niños.

Además, pude volver a visitar a una antigua amiga, una vecina de aquellos años. Alguien que me salvó la vida y a quien tan agradecido estoy y tanto quiero.

En el viaje paramos, a la ida, en Plasencia (de donde tantos blogs frecuenté en su día, y donde todavía leo a Gonzalo Hidalgo Bayal), y en Cáceres a la subida. Al fin conocí algo de Extremadura. Preciosos los dos sitios, como parte de su paisaje, y en especial, como era de prever, el impresionante casco histórico de Cáceres.

Pero yo tenía a Cádiz ocupándome la cabeza.


Castillo de San Sebastián, allá al fondo



Una antigua torre de cargadores a Indias


Desde la Torre Tavira. Los árboles de la derechas son el Genovés.

Mina

Ahora hemos pasado una semana en casa. Una semana solo con Paula y Carlos que necesitaba.

Y esta noche se van. Los voy a echar muchísimo de menos. Pero mejor no dejarme llevar.

Y no solo eso, sino que hasta noviembre me espera un encierro obligatorio para trabajar, porque en esa fecha debo entregar mi tesis, para bien o parar mal. No me apetece nada y solo pienso en acabar. Mañana empiezo.

En cualquier caso, afronto esto y afronto la separación desde la alegría de este verano inolvidable, completo y lleno de amor.



Han sido unas vacaciones maravillosas


1.8.15

Vicedo 2015 se ha acabado

Ayer, viernes 31, nos vinimos de Vicedo. Los últimos días apenas dejó de llover, lo que en parte sirvió para sentir un poco menos la marcha. Pero aun así estos quince días se me han hecho muy cortos, y me vuelve a surgir la idea de alargarlos un poco el próximo verano; y, de nuevo, esa certeza o ese deseo de vivir en algún momento allí.

El penúltimo día fueron mis padres, mi hermano y su novia a vernos. No pudieron disfrutar de la playa y el mar, pero sí del paisaje y de una comida al aire libre en Xilloi que todos recordaremos con cariño. Es sorprendente la facilidad de Cibrán para acercarse a mi familia, y supongo que el deseo de sentirla suya.

Volvimos a pasar por la librería A Brela, donde por un momento, cuando la encantadora Alicia me sorprende hablándome del blog, me acuerdo con cierta nostalgia de otras épocas de más vida en estas páginas. Me compro los Cuentos completos de Kingsley Amis, en Impedimenta. Y los niños, que con la lluvia han descubierto las cartas, se compran una baraja española. Ayer comían unos holandeses a nuestro lado, con los que hablamos un poco: supongo que volverán contando que en España, los niños, en la mesa, en lugar de jugar con móviles o maquinitas, hacen solitarios.

Lo único que ha fallado estas semanas he sido yo, como tantas veces (¿como siempre?). No sé si es que lo que me espera tras las vacaciones me pesa, o tal vez mi incapacidad para asumirnos a los cinco a la vez sin dificultades, pero lo cierto es que mi mal humor a menudo nos molesta a todos; empezando por mí, por supuesto, que voy alimentando con mis errores mi malestar.

Ayer, a pesar del mal día, cogí el neopreno y bajé a la playa antes de desayunar. Nadé bajo la lluvia, y volvió a ser algo maravilloso. Algo fuera de la vida normal. Algo que hace que el regreso mental a la ciudad tarde muchas horas, o días, desde que estamos efectivamente de vuelta.

Cuando nos íbamos paramos a despedirnos de Oliva, que deseó que este año no fuese peor que el pasado.

Si de todo esto, de tantas personas próximas y de paso, yo al menos aprendiese lo que cualquier libro de autoayuda sabe, todas esas cosas del camino y eso...

Mañana nos vamos los cinco a Cádiz. A Cai Cai, en pleno centro histórico. Si no fuese por Santiago, sería la ciudad de España que más me gusta, y además quiero enseñarles a los niños dónde viví.

Corto, se me ha hecho corto. Pero volveremos. Y, mientras, seguimos siendo nosotros.





29.7.15

Vicedo 2015: más días con sus mañanas y sus noches

Los niños tienen una capacidad prácticamente ilimitada para bañarse. Siempre quieren más. Incluso Carlos, al que unas gafas de bucear parecen haberlo hecho inmune al frío. Y si alguna vez están fuera y me ven meterme en el agua, tardan dos segundos en venir y pedirme que juegue con ellos.




Vamos probando playas, además de la nuestra: el Caolín, que es la cala perfecta, turquesa y con el faro blanco al lado; A Brela, nueva para nosotros; Xilloi, con demasiada gente para mi gusto pero donde a veces comemos; Esteiro, tal vez la más bonita, y Bares, creo que mi preferida, y desde la que se ve la isla de A Coelleira.





Precisamente en Bares, anteayer, al bajar entre la vegetación que cubre las dunas, pensando qué lujo es tener acceso a esta naturaleza casi intacta, y ver el pueblo y la costa de enfrente, pensaba una vez más que yo quiero pasar más tiempo aquí. Que me gustaría probar, en algún momento, cómo es vivir aquí. Supongo que, en invierno, terriblemente solitario y aburrido, como dice cualquier vecino; apto solamente para quien busque una época de retiro. Pero juego a imaginarme qué rutina seguiría: cuándo trabajaría (en casa escribiendo, claro, no hay otra opción), cuándo saldría a pasear y al Cacheiro a tomar un café, qué días iría a comer el menú del día y cuáles haría la compra, si sería capaz de meter el mar en mi día a día, con quién charlaría (una parte de mí me dice que integrarme mucho me pesaría, por esto), cuándo haría ejercicio y cómo, cuánto visitaría los demás pueblos, cuándo me permitiría acercarme a Viveiro, etc. 

Mientras tanto, a ver si este invierno somos capaces de venir algo.

Ayer charlamos bastante con Oliva, la del café. Es un encanto de mujer. Por supuesto, los estándares de su negocio no se parecen en nada a lo que ahora se exige; ni falta que hace. Cuánta formación suele hacer falta para conseguir que los profesionales se acerquen remotamente a esa forma de tratar a la gente, que a ella le sale sola y que abre cualquier barrera. Si viviese en Vicedo, ir allí sería una de mis citas diarias, sin duda.

El tiempo es bueno, para estar aquí. Ha habido un par de días con algo de lluvia, que nos ha permitido ir de paseo a Viveiro y al cine (Del revés: bastante divertida y original), y justo hoy ha amanecido fatal. Pero en general las noches han sido agradables y cálidas.




He leído Stoner, de John Williams, comprado con NáN en mi penúltima visita a Madrid. Me ha encantado. Aunque últimamente leo cosas que me están gustando mucho, este ha sido de los mejores de estos meses: la historia de la vida de una persona, capaz de hablar de las nuestras; como suele pasar. Un gran libro, de verdad.

Hace ya días que no estudio, porque es raro que no veamos una película por la noche y nos acostemos antes de las dos, pero madrugamos bastante, para estar de vacaciones. Y casi todos los días bajamos a bañarnos nada más levantarnos. Es seguramente el momento del día más extraordinario, literalmente.


Yo, feliz



23.7.15

Vicedo 2015: días

Hemos ido a pasear a Arealonga con marea baja.



Media ría queda al aire. Como ya les he repetido demasiadas veces, el paisaje es espectacular. De los que, si uno los ve en el cine, se pregunta a qué fin del mundo se habrán tenido que ir para encontrarlo.





La de la derecha es nuestra playa

  
¿Me ven?

Estamos pasando los días solos, sin más contacto que el de la cafetería o el supermercado. Ayer fuimos ya a la librería y todos compramos libro, menos yo, que estaba indeciso.

El otro día fuimos a conocer la playa que tenemos enfrente de casa, Vilela. Resultó otro sitio paradisíaco, aunque la vegetación dejaba claro que lo normal es que sople mucho el viento. Está en esta foto, pero la oculta la forma de la costa.

Niebla en Cañoles
Nuestra vecina, Hilda, es la matriarca de una familia madrileña que hace un par de años celebró su verano número 50 en Vicedo. Yo los recuerdo de siempre, por tanto. Y ella, que se ha enfrentado a pruebas terribles en la vida, es una persona que desde el primer contacto demuestra no solo lo amable que es, sino su gran personalidad. El invierno pasado, con ochenta y pico años, ganó un premio Goya por un reportaje titulado "Maestras de la República", basado en la historia de sus padres, procedentes de un pueblecito de la montaña asturiana (con un inusitado, para la época, porcentaje de jóvenes con estudios, y cuyo rasgo diferenciador era que casi todas las familias eran protestantes; saquen ustedes conclusiones). El otro día la acercamos a la tienda en coche y me decía que se notaba bastante mal.

Aparece Marta. Hoy, los niños, después de dos noches durmiendo en una tienda de campaña en el jardín, se despiertan más tarde. Bajamos a la playa.



20.7.15

Vicedo 2015: primer fin de semana

Hemos descubierto que lo que estos años tomamos por una tienda de artículos de playa y papelería encerraba una pequeña pero verdadera librería. Librería que tiene, por ejemplo, Impedimenta y Libros del Asteroide. El otro día le compré a Marta una biografía en cómic de Virginia Wolf, de la colección El chico amarillo de Impedimenta. Y creo que la compra estival de libros este año será allí.

Hace bastante calor, para estas latitudes. De hecho, evitamos la playa en las primeras horas de la tarde, y estiramos la mañana y a veces bajamos al caer la tarde. En esas sobremesas estoy intentando poner en práctica lo aprendido este invierno en clases de pintura: el resultado no es bueno, pero disfruto mucho mientras lo hago.

Los niños han pasado parte del fin de semana con su madre, y hoy ya los he ido a buscar. Ya solo tenemos que dedicarnos a disfrutar de todo, todos los días.

Este era el aspecto del agua esta mañana, cuando me bañé, a las nueve y media. Sé que soy un pesado, pero no me digan, sinceramente, que no es algo increíble.









19.7.15

Yes we are: Vicedo 2015

El miércoles 15 llegamos a Vicedo. Creo que nunca habían venido con tantas ganas, los niños, después de un año sin volver.


Los dos primeros días Marta se volvió a casa porque tenía que trabajar, pero ya estamos los cinco. 



La primera mañana me saludan, en el mismo cruce, cuatro señoras del pueblo. Vamos a la compra y a tomar un café a Oliva, donde los niños juegan a las cartas mientras yo hablo con ella, que dice que últimamente se fatiga mucho. El café me encanta.

Todos los días me levanto a las siete y estudio hasta las nueve. A esa hora llega el pan, salgo a por él, me pongo el bañador y bajo a la playa a bañarme. La luz a esa hora suele ser esta:




Lo mismo de siempre, lo que venimos a buscar cada año, sigue igual y no deja de maravillarnos.

También es siempre lo mismo salir a nadar y dejarme mecer por el agua mientras miro alrededor. Y sin embargo cada vez parece superar la anterior, y no acabo de dar crédito ante tanta belleza.



20.6.15

Costa da Morte

Siempre he creído que no le sacamos partido (comercial, mediático, turístico, no sé) a lo que tenemos, entre otras cosas porque no lo presentamos bien. Pero me parece que este atípico vídeo es una excepción.


4.6.15

Habas cocidas

Una de las razones por las que hace años decidí hacer un doctorado fue la posibilidad de que me permitiese acceder al mundo académico como colaborador más o menos frecuente, bien en forma de artículos, bien participando en lo que fuera que se organizase sobre el tema. Buscaba abrirme una puerta, no exactamente laboral, sino a una actividad que supusiese un aliciente (intelectual) para mí.

La semana pasada, y aunque todavía no he ternimado mi tesis, participé por primera vez en una especie de congreso, en Madrid, presentando algo así como parte de un capítulo de ella.

A priori, creía que podía volver: a) encantado con todo y conmigo mismo; b) impresionado con todo y avergonzado de mi papel, o c) decepcionado con lo que me iba a encontrar. Ahora, pensándolo mejor, me parece que la opción a no era posible (un poco en la línea de Groucho Marx y su opinión sobre un club que lo admitiese como socio), pero bueno, el caso es que la resultante fue la c: me pareció que aquello era básicamente un producto de autoconsumo, con bastante autobombo y poca aportación real útil a nada. No todo, hubo cosas interesantes, pero el caso es que algo fallaba. Para empezar, que si no hay receptor el mensaje sobra, sea como sea.

En fin, era mi primer contacto, pero espero encontrarme algo más que esto en el futuro. Supongo que en realidad habrá de todo, como en todos lados; y quiero creer que uno, si quiere, puede elegir bien dónde ir (sobre todo si su sueldo no depende de ello), o por lo menos elegir bien dónde intentarlo.


Por delante, y con un paréntesis vacacional, tengo cinco meses de trabajo a marchas forzadas. No tengo ninguna duda de que voy a conseguirlo, pero tampoco de lo hasta las narices que voy a acabar.

Una de esas razones para meterme en esto se cumplirá con el mero hecho de terminar. Otra ya se ha ido cumpliendo por el camino. Y el resto, ya veremos si eran fundadas.


31.5.15

45

Hoy he cumplido cuarenta y cinco años.




Cuando cumplí cuarenta no tuve ninguna crisis. De hecho, me parecía que entraba en una etapa interesante, donde definitivamente quedaba atrás el desesperado intento de continuar siendo joven de los treinta.



Confieso que este cumpleaños me impresiona un poco más, porque me acerca a los cincuenta, que me impresionan bastante. Me empiezo a hacer mayor, creo. Pero bueno, la vida.



Esta mañana Marta y los niños no me dejaron levantar hasta que tuvieron todo listo: regalos por toda la casa (centrados en la nueva faceta pictórica, sobre todo) y velas para soplar al final. Fue muy bonito y me sentí muy contento.



El deseo que pedí fue seguir así.