22.1.17

Lo he logrado

No sé por qué, después de haber contado aquí cosas tan importantes, tan íntimas que me exponía casi del todo ante cualquiera, esto me da cierto pudor. Pero creo que es una tontería: sin duda es algo que compartir aquí, como he compartido tantos y tantos momentos señalados.

Hace unos ocho años -no estoy seguro y no tengo aquí los papeles- decidí hacer un doctorado. Y comencé. Los cursos de doctorado me llevaron los dos primeros años, y luego dediqué otro al trabajo que completa esa fase, y que te faculta para comenzar una tesis. Tras eso, paré dos años por completo y, después, al fin me puse con ella. Entre unas cosas y otras, y en gran parte por culpa de infinidad de exasperantes complicaciones burocráticas, he tardado estos últimos tres años en acabarla.

Y el pasado miércoles, día 18, la defendí. Y terminé. Y soy doctor.

Y no se imaginan lo contento que estoy. Y mucho menos pueden imaginar lo liberado, lo aliviado, lo relajado que me siento. Como nunca en mi vida académica, y como pocas veces me he sentido, fuese por lo que fuese.

Hubo varias razones por las que quise hacer un doctorado: llegar a saber de un tema que me gustaba y me interesaba (y la posibilidad de leer sobre él según me apeteciera iba -lo sabía- a acabar en nada); sacarme la espina de la titulación universitaria hecha y derecha (límites que tiene uno); sentirme intelectualmente activo, aprovechado y realizado (sí, así como suena), y, por último, tratar de abrir alguna puerta, si no a otro trabajo, sí a ocupaciones complementarias que supusiesen un aliciente. De todas ellas, las tres primeras se han cumplido ya. La cuarta, tendré que explorarla a partir de ahora.

Pero el coste ha sido tremendo. Me ha costado mucho, ha supuesto muchísimo esfuerzo; más del que imaginaba.

No dudo de lo cansado que debe de ser hacer una tesis dedicándose a ella en exclusiva; lo asfixiante que será. Pero, la verdad, hacerla a base de ratos libres es agotador, agotador. Fines de semana sin niños, mañanas de vacaciones antes de que se levantasen los demás, meses de verano sin ellos, madrugadas antes de ir a trabajar, festivos: siempre había que estudiar. Siempre. Y, aunque no lo hiciera, la carga de saber que debía hacerlo era constante. He pasado ocho años pensando que tenía algo pendiente. Por eso la losa que he soltado es tan apabullante.

Académicamente, siempre me ha ido bien. Los resultados siempre han sido buenos y, sobre todo, lo han sido en relación con el esfuerzo, que nunca ha sido mucho. Pero por primera vez en mi vida estoy orgulloso de mi trabajo. Por primera vez la nota era lo de menos, porque esto ha supuesto un ejercicio de voluntad, de tesón, terrible, y ese ha sido el verdadero logro.

Y estoy muy orgulloso, mucho, de mí mismo.

Soy doctor. ¡Doctor, joder! Y ahora, aun encima, puedo hacer lo que me dé la gana. ¡Y tengo tantas alternativas a mi alrededor! Incluida la de cerrar este ordenador y quedarme todo el día mirando para la pared de enfrente; y sin remordimientos, tranquilo.

Aunque me da que no va a ser eso lo que elija...


9.1.17

Táboa Redonda: Año


[Publicado en el suplemento "Táboa Redonda", el domingo 08.01.17]
 

"No deja de ser curioso que celebremos el hecho de volver a la casilla de salida, que celebremos que este gran bólido en rotación que nos transporta a través del espacio frío, negro y prácticamente vacío vuelve a pasar por el mismo punto de su órbita. Pero esa es parte de la grandeza (porque, pese a todo, no me cabe duda de que la tenemos) de nuestra especie: humanizar, literalmente, todo.

No tenía unas vacaciones como las escolares desde 1993, pero este año ha sido así: todas las Navidades sin trabajar. ¿Y saben una cosa? Que es mucho mejor. Lo digo por si les surge la posibilidad y no saben qué hacer: elijan vacaciones.

Además, les voy a confesar algo que seguramente me cierre para siempre las puertas de cualquier modernidad que valga la pena; y es que a mí me gusta la Navidad. Me gusta el ambiente, las luces y los adornos. Me gusta que la ciudad se llene de gente que el resto del año vive fuera y vuelve estos días, e ir saludando sin parar por la calle y no dar abasto para tomar algo con unos y otros. Me gusta reencontrarme con una parte de mi familia a la que no veo en todo el año, incluso aunque unos y otros sepamos que si no nos vemos más es porque nos da igual: quiero estar con ellos en navidades. Me gusta comer. Me gusta “Love Actually”. Y me gusta comprar, me entrego al consumismo desaforado de estas fechas con toda la alegría, porque me encanta regalar (y nada de cosas necesarias: regalar de verdad, cosas que gusten y punto) y, qué carallo, ¡porque me encanta que me regalen! Y ha sido el primer año en que ni Paula ni Carlos creían, y no se ha notado, como dejaba él claro todas las mañanas al gritar, nada más despertarse, cuánto faltaba para Reyes.

Me gusta también morder el anzuelo e ir al cine con los niños. Y este año hemos visto “Rogue One”, el último episodio de Star Wars, que en realidad es el 3’5, y que es el que más me ha gustado desde los tres originales, sin duda. Fue una sorpresa, y no solo porque dos días antes ni siquiera había oído hablar de ella, sino porque le vi bastante sentido a su poco pretencioso argumento, porque encajaba bien y, sobre todo, porque me pareció que los protagonistas (faltaba Constantino Romero…) lo hacían bien otra vez, que ya era hora. Y me flipó la recreación del nuevo Gobernador Tarkin, y el maquillaje que recuperó a Leia cuarenta años después. Claro que me impactó mucho más descubrir, al salir del cine, que justo en el momento en que la Princesa se giraba en la pantalla y se dejaba ver, en realidad Carrie Fisher se moría.

En fin, que las Navidades han pasado y empezamos a recorrer una nueva elipse alrededor del Sol. Y ante la indiferencia del Universo intentaremos que sea buena. Feliz nuevo giro a todos."

* * *


 

6.1.17

Los Reyes

Feliz noche de Reyes, la noche, todavía (y que así siga), más mágica e ilusionante del año. 


Besos y abrazos.  

31.12.16

Nuevo año

Puede que esta haya sido la primera Nochebuena en que no he dejado aquí un post de felicitación. Como no ha sido por nada malo, sino casi casi todo lo contrario (estoy con los niños y vivo menos virtualmente), supongo que dice más sobre el estado del canal (que va poco a poco perdiendo fuelle, desde hace tiempo) que sobre el mío. 


No obstante, no quiero que pase también el Fin de Año sin deciros que os deseo un muy feliz 2017, y sin daros las gracias por leer esto. 

Espero que todo nos vaya bien. Pongamos, de todos modos, un poco de nuestra parte. 

Besos y abrazos. 

18.12.16

Táboa Redonda: Normal y corriente


 

Normal y corriente

“Hombre soltero de 54 años, normal y corriente, busca mujer sincera para relación estable”.
Ese fue el anuncio que me encontré el otro día hojeando la prensa en una cafetería. Era una tarde de un día festivo, anticipo de las Navidades, y la calle estaba llena de gente de compras, paseando y saludándose.
Normal y corriente.
Dejando al margen la cuestión de cuánta normalidad cabe en poner un anuncio por palabras en la sección de contactos de un periódico, ¿quién se presenta, se describe, se intenta publicitar, como alguien que no tiene nada de especial?
Con cincuenta y cuatro años, parece probable que esa soltería sea el resultado de un divorcio. Pero, lo sea o no, da la impresión de que para llegar a ese anuncio han tenido que pasar años de pocas alegrías. Un grito de desesperación, pensé yo enseguida, un lamento desmoralizado: “¡Soy normal, por el amor de Dios, y quiero estar con alguien también normal! ¿Es tanto pedir?”. Pero tal vez no, tal vez sea el único sincero de la página -como la mujer que busca-, de los pocos que se conocen bien, y no haya encontrado nada más que decir de sí mismo. O tal vez haya comprendido, de vuelta de todo, que no hay nada excepcional en nadie y cualquier explicación es una ilusión.
Aaron Copland compuso en 1942 su “Fanfarria para el hombre común”. Philiph Roth habla al principio de “Me casé con un comunista” de la obra de posguerra “Con una nota de triunfo”, del escritor radiofónico y guionista Norman Corwin, y de su sujeto sin importancia. Ambas recogen y ensalzan esa idea tan yanqui de la valía del hombre de a pie, obrero de Detroit, tendero de Boston o granjero de Kansas y verdadero héroe moderno. Si la sociedad norteamericana respondiese a la imagen que de ella dan algunas novelas de Roth, aquel país no dejaría de dar al mundo generaciones apabullantes de filósofos y pensadores. Dado que parece no ser para tanto, supongo que hay que leerlo con reservas; pero, aun así, algo debe de haber, o debe de haber habido en algún momento. Algo que hacía que algunos jóvenes pensasen en su vida, en su formación y en sus decisiones en términos trascendentes, casi épicos. La épica de una vida cualquiera.
Normal y corriente, se reconoce ese hombre que no pide otra cosa que compañía y que arrastra, como mínimo, el cansancio de tratar de aparentar lo que no es. Un hombre capaz de la proeza de saberse simplemente uno más."
 

11.12.16

Táboa Redonda: Aquí de noche




Aquí de noche


"Los personajes de algunas series llegan a ser como viejos amigos, como de la familia. Y cuando, con las letras (como decíamos antes) del principio, nos los van mostrando a todos, sonriendo y cada uno en un gesto característico, pasa como cuando dejas un lugar de trabajo o acabas un curso de algo y hay una cena de despedida, y a lo mejor un tarjetón donde firman todos, que parece que eran estupendos y todo ha sido genial. Acabo de ver un par de capítulos de “El Ala Oeste de la Casa Blanca” y, al empezar y ver uno a uno a los actores principales, los he echado de menos por anticipado y me ha producido cierta tristeza, nostalgia. El colmo de la nostalgia, porque ni se han ido ni existen. Será la que nos provoca lo que sabemos que no va a suceder nunca. Al fin y al cabo, no es tan ilógico añorar algo que nunca hemos tenido.

Mi hijo Carlos me preguntó el otro día, cuando íbamos los dos en el coche, cómo sería estar muerto. Que él lo pensaba mucho. Tuve que hacer un esfuerzo para dejar que siguiese hablando.

Jaureguízar, nuestro coordinador, ha escrito que pasamos la vida asumiendo que no se cumplirán nuestras ambiciones infantiles; lo cual me parece verdaderamente brillante y terriblemente triste. Pienso mucho en mis ambiciones incumplidas, yo, y el origen de casi todas lo coloco en mi infancia. Y no me doy cuenta, aunque el tiempo vaya pasando y las decepciones de ciertos logros me lo confirmen una y otra vez, de que lo importante está a mi lado esperando por mí.

Que si sería como dormir. Y yo intentaba no oír.

Pasa el tiempo, sí. Mi padre me habla maravillado de la capacidad de escuchar con placer el tic-tac de un reloj una tarde entera. Y me atrevo a pensar que el mundo se divide, también, entre los que pueden hacerlo y los que no; los que están en posesión de esa calma y los que precisan despistarse. Y me pregunto en qué lado estoy yo, y de qué depende. Anteayer estaba expectante porque iba a pasar unos días sin los niños y, por primera vez en años, no tenía que estudiar. Contaba con sacar, pese a todo, algo bueno de la situación. Esta tarde, sin embargo, la angustia ya ha desplazado cualquier espejismo de bienestar. Lo que me lleva a preguntarme por enésima vez y con preocupación si, cuando Paula y Carlos ya no me necesiten, yo los seguiré necesitando tanto a ellos.

Que, por si acaso, a él le gustaría que le metiesen en el ataúd un gato que tiene, de madera, contra las pesadillas. Para, si es como dormir, al menos no tener malos sueños. Y yo miraba para delante, al tráfico, y tragaba saliva."
 
* * *
 

4.12.16

Táboa Redonda: Si se vuelve al sortilegio

En el fondo, esto no es más que un alegato, un tirarse de los pelos, contra la credulidad tonta que parece no haber mejorado nada con los años ni los siglos.

Harto, estoy.





Si se vuelve al sortilegio


"Ya a principios del siglo pasado, Chesterton dijo: “Desde que los hombres no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa”. Y la frase es tan buena que la verdad es que poco más hay que explicar, pero yo tengo una columna que rellenar.

Dado que la religión ha tenido siempre, a lo largo de la Historia, un papel central en nuestra cultura, sería absurdo pretender que la necesidad de creer en algo es hoy en día mayor que antes. Pero lo que muy probablemente sea cierto es que tampoco es menor: seguimos teniendo un vacío que llenar, un vértigo que contener, y buscamos seguridad donde podemos. Tal vez ni siquiera haya motivos para pensar que ahora el fenómeno se ha diversificado y los objetos de nuestras fes son más numerosos y variados; al fin y al cabo, la oferta de cultos en la antigüedad era pasmosa (lo compruebo estos días leyendo las “Memorias de Adriano”, viendo la profusión de ritos a los que asistía el emperador allá donde iba). La diferencia, creo yo, radica en el paradójico contraste actual entre el cientifismo general de la época, el alejamiento mayoritario de la religión, por un lado, y, por otro, la facilidad para abrazar cualquier otra creencia, por esotérica que sea, con tal de que venga camuflada bajo una capa de seriedad.

Hace años, una amiga me dejó anonadado al decirme que a ella la religión le parecía un cuento para niños, pero que en la Astrología sí creía. Y sin duda es un ejemplo muy significativo, pero no es frecuente que se llegue tan lejos. Lo habitual es defender con argumentos aparentemente científicos propuestas y opciones completamente acientíficas. Propuestas a las que se les da un baño de racionalidad, que se disfrazan con terminología y un cierto estilo, cuando en realidad entran de lleno en el terreno de la fe, la superstición o la simple superchería. Y es una pena.

No es que yo no acepte un planteamiento vital donde quepa lo irracional, ni mucho menos; lo que no soporto, lo que hace daño, es el gato por liebre. Si usted cree en los chakras, que el Gran Cañón lo hizo Dios con el dedo, en los beneficios de hablar con las plantas o en el poder sanador del rojo carmín, allá usted. Ojalá le funcione. Pero no me saque un libro de un tío que pasó de lobo de Wall Street a discípulo del Dalai Lama, y que tras dos meses de estudios muy serios en el sótano de su casa descubrió que solo debíamos comer alimentos que empiecen por hache, y nos lo demuestra científicamente. No, de científicamente, nada. Y no hemos llegado hasta aquí para esto."


* * *


27.11.16

Táboa Redonda: Actuar

Mi egocentrismo es tan retorcido que se las ingenia para relacionarme con Brando.




Actuar


"La primera escena de “Piel de serpiente” dura unos cinco minutos y transcurre en lo que parece el juzgado de un pueblo. Sacan a Brando de una celda y lo interrogan. Solo se le ve a él, que va respondiendo a las preguntas del juez con frases cortas, como cansado, subiendo y bajando las cejas, frunciendo la boca, inclinando la cabeza, mirando para los lados, al techo, dudando, medio cínico, medio resignado. Y es increíble.

La película es de Sidney Lumet, con Ana Magnani y el apabullante Marlon Brando. Y, como me pasó hace unos años con “La noche del cazador” -de Charles Laughton y protagonizada por un joven y cautivador Robert Mitchum-, me pareció que, aun siendo cine, allí se hablaba otro lenguaje. No se me ocurre otra forma más clara de explicarlo que diciendo que ambas son más teatrales. En esta, a veces la imagen se oscurece ligeramente y solo se iluminan los ojos de quien habla. Y yo diría que el peso de la interpretación es absoluto, que los actores lo son todo. Tanto Magnani como, en especial, él, tienen escenas con primeros planos, monólogos donde no están más que ellos y esa luz favorecedora. Ellos actuando: puro arte dramático.

Lo de Brando es asombroso; su presencia es tan abrumadora que eclipsa todo lo demás. Me preguntaba, al verlo, si realmente daría esa sensación fuera de la pantalla. Esa sensación de excepcionalidad. Puede que no fuese el más guapo (Paul, Robert, Monty…), pero, ¿ha habido alguien tan extraordinario, literalmente, tan fuera de lo común? Se cuenta que a la Paramount no le convencía que hiciese de don Vito en “El padrino”, pero que, tras verlo en la habitación del hotel meterse un par de servilletas en los carrillos y mostrarles durante unos segundos su idea del personaje, ya no hubo ninguna duda. Debe de estar bien, ser grande en algo.

Aunque, bueno, en realidad supongo que desde cualquier pódium se ve mucha suciedad que al público se le escapa. Salvando la sideral distancia, las veces que he recibido algún elogio claro por algo que he hecho, siempre, sin excepción, me ha parecido que es que no lo sabían todo. Nunca creo que los míos sean los logros meritorios e indudables que yo admiro en los demás; siempre hay una explicación que les rebaja la épica y la poesía, siempre veo unos andamios, unas miserias que deslucen todo un poco, o bastante.

Por eso ningún resultado me transforma nunca en lo que desde fuera me parecen otros. Haga lo que haga y por más que me empeñe, sigo siendo yo."

* * *



20.11.16

Táboa Redonda: Leonard o detenerse



Leonard o detenerse


"Tengo un amigo que adora a Cohen. Y si ustedes conociesen a mi amigo sabrían que decir eso es mucho decir. Porque mi amigo es alguien muy especial, que ha decidido no hacer demasiadas cosas a la ligera. Y elegir qué le gusta no es una de ellas, sin duda.

Ahora Cohen estará unos días (que cuando salga esta columna ya habrán pasado) en boca de todos. Muchos habremos visto el vídeo de su discurso de aceptación del Príncipe de Asturias, que da una idea de cómo se tomaba -también él- las cosas, su música, su vida, supongo. Y ese pico de atención hará que alguien lo descubra, que es bueno, pero tendrá el indeseado efecto de banalizarlo, al hacerlo una estación más de esta tonta vorágine informativa que nos lleva de consternación en consternación desde Bowie hasta él, pasando por Pedro Sánchez, Dylan y Trump. Y es una pena. Es lo contrario de lo que hace mi amigo, que se para y profundiza. Y creo que es lo contrario de lo que quiso hacer Cohen con su carrera y le valió para llegar a donde no te llevan las ventas.

Que uno de los problemas de internet es el exceso de información, y la consiguiente dificultad para discernir cuál vale y cuál no, es ya un lugar común. Pero otro mal intrínseco al medio, a su inmediatez y a su incesante actualización, es que impide que nada repose, que nada dure, que nada se libre de ser rápidamente reemplazado.

Escribir en línea, por ejemplo, proporciona una respuesta instantánea que es siempre tentadora. Por eso tiene poco que ver, en cuanto a dedicación y persistencia, con escribir con un objetivo a meses o años vista, o sin él. Y no sé si eso nos condena a la superficialidad, pero estoy seguro de que se nota. Que la fugacidad quita peso a lo que escribimos y, por tanto, a lo que leemos.

Necesitamos a los demás. Al menos yo. Y escribir, cantar, pintar, fotografiar o hablar son actos de comunicación de los que esperamos una respuesta. Quien diga que escribe para él mismo y luego no guarde su obra en un cajón, miente. Queremos llegar a los demás, porque queremos que los demás lleguen hasta nosotros. Que nos quieran, y eso. Pero ahora parece habérsenos ido de las manos y es como si, de los elementos de la comunicación, lo de menos fuese el mensaje. Total, para lo que va a durar. Ahora que creemos disfrutar de la libertad de expresión y contamos con herramientas de comunicación asombrosas, ahora que podemos llegar a quien queramos y nos hablamos sin interrupción, apenas decimos nada. En un salto global a peor nos hemos quedado con el canal, con el acto hueco de transmitir y recibir, sin parar, el vacío en sus diversas formas."
* * *

13.11.16

Táboa Redonda: 100



100


"Espero que no suene muy endogámico si digo en esta columna que he ido a una exposición de la que hablaba el otro día Manuel Gago en la suya. Porque así es. La exposición era “Galicia Cen”, un recorrido por la cultura gallega y nuestra idiosincrasia a través de cien objetos que van desde el paleolítico hasta los años 90, y tan variopintos como una máquina de coser Refrey, un póster del referéndum del Estatuto, el Códice Calixtino o un arcón congelador. Fue interesante.
Con esa excusa fuimos a A Coruña (me pondrán el artículo, pero que conste que en Ferrol decimos Coruña a secas; con lo que, además de abreviar, sorteamos con elegancia el conflicto lingüístico) a comer y, previamente, a tomar algo por la ciudad vieja. Han restaurado muchísimos edificios, que tienen toda la pinta de ser muy económicos. A sus pies, llenaba los bares su clientela –supongo- más preciada, treinta y cuarentañeros y gente en el primer tramo de la cincuentena. O aquí nadie tiene hijos ya, o el verdadero empujón a nuestra hostelería no estacional se lo está dando la consolidación del divorcio, que fin de semana sí, fin de semana no, puebla las calles de parejas y pandillas de adultos con sueldo más/menos pensión.

Fundación contra fundación, tras Galicia nos esperaba Sorolla. Algunos cuadros los habíamos visto este verano en su casa-museo de Madrid. Entre ellos, dos cielos de tormenta sobre el Guadarrama que justificarían una carrera entera. Pero, a pesar de ellos y a pesar de que la exposición era pequeña y corta, la sensación de siempre, de que hay demasiado que ver, que en realidad ninguna exposición es abarcable. ¿Se pueden disfrutar más de tres o cuatro cuadros seguidos con calma?

A la salida iba dándole vueltas a los 100 objetos. Aunque en ningún momento pretende ser un catálogo de logros, es inevitable hacer, inconscientemente, una lectura evaluadora. Al menos yo la hice. La visita me dejó una impresión de modestia –por lo que uno imagina que sería esa muestra referida a otros pueblos, y porque, como cabía esperar, la pobreza y los reveses estaban muy presentes- y, sobre todo, una sensación de oportunidades perdidas, de posibilidades no aprovechadas, de intentos cortos, de riqueza y valor desperdiciados, de un afán infructuoso porque raras veces encontró un camino. Sin buscar culpables (y menos aun cayendo en el habitual error de buscarlos solo fuera), a mí me iba dando pena, me íbamos dando pena. La pena del que, no se sabe muy bien por qué, nunca llega a demostrar de qué es capaz."

* * *