21.10.14

El grito de Carlos

Cada noche, Carlos recibe a su madre con una cara hecha con la ropa que es para lavar. Normalmente, los calcetines y el calzoncillo.

Suelen estar muy bien, y se va perfeccionando: ojos guiñados, morros de cerdo, bocas de sorpresa, etc. Hace unas semanas hizo este buzo:



Ayer estuvo trajinando un rato, se levantó y me dijo "Mira, el grito de Munch".



15.10.14

Nada menos que la vida

Cuando John Travolta volvió a aparecer en una película, Pulp fiction, tras años de ausencia, dijo que nadie se pensase que se había pasado quince años en una habitación de hotel con una bombilla solitaria en el techo, bebiendo vino barato; que había tenido vida, mientras tanto.

Yo también, aunque no escriba.

Ha empezado el invierno, mentalmente. Lo estaba deseando; quería dejar de sentirme de paso entre el verano y el curso.

Estoy con la tesis. Esta vez es la última, para bien o para mal; no quedan más oportunidades. Tengo ganas pero me da pereza y me falta tiempo, me canso. Estoy aprendiendo mucho sobre Haití y Mozambique (son los casos que quiero estudiar), pero casi todo es tristísimo.

Hay un chelo en casa. Me parece increíble. Es Carlos el que, por decisión propia, lo va a estudiar. Estoy seguro de que se le va a dar muy bien, sin embargo no tengo tan claro que su interés se mantenga en el tiempo. Por ahora, en cualquier caso, está entusiasmado.

He decidido aprovechar el horario cómodo que tenemos por delante y reservar varios momentos a la semana para Carlos, precisamente. Para hacer cosas los dos solos (manualidades, leer y pintar). Creo que Carlos necesita atención y la agradece muchísimo. Empezamos la semana pasada y cada día prepara el material con antelación; está ilusionadísimo. Y yo.

Paula crece. De la pre a la adolescencia. Y (parece obligado decirlo) muy bien.

El otro día Marta y yo vimos La noche del cazador, de Charles Laughton y con un joven y genial Robert Mitchum. Una película que se nota antigua, más teatral, sin la pretensión de verosimilitud del cine actual, con escenas casi expresionistas. Me gustó mucho; y más tras dejar pasar unos días.

He leído un libro muy interesante de Xavier Melgarejo, Gracias, Finlandia. En él explica las razones del éxito del sistema educativo finlandés: en parte son técnicas y en parte, sociales, como es lógico. Lo resume muy bien, y explica también por qué no nos valen como ejemplo, este artículo.

Y esto me recuerda que mi vida cojea en mi faceta de ciudadano. Como la de la mayoría; de ahí la situación: nuestros elegidos nos coñean impunemente, porque saben que pueden. ¿Hay más gente indignada por la deshonestidad del caso de las tarjetas opacas (por ejemplo), o gente envidiosa por no tener una?


A veces, en mi día a día corro el riesgo de no ver la posibilidad de cambio, de ahogarme. Pero casi siempre hay algo, como un cormorán levantando el vuelo en la ría, que me pone en contacto con la vida.

Además, cada noche duermo abrazado a un cuerpo cálido y suave que, además de ser bonito, no encierra más que bondad y amor.


29.9.14

Carlos, cómo no

- ¿Diga?
- Hola, Carlos.
- Hola.
- ¿Qué haces?
- Estoy dando vueltas a la alfombra de mi habitación, desnudo.

17.9.14

Descontextualizado

Ayer a las siete menos cuarto de la mañana estaba en calzoncillos y zapatos, con un paraguas, bajo la lluvia.

7.9.14

Belleza, o ninguna belleza


Hoy he terminado Knockemstiff, de Donald R. Pollock, último de los tres libros que hace tiempo había recomendado NáN (ya no recuerdo dónde) para entender América (quiero decir Estados Unidos, pero estos libros piden América). Los otros dos eran Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, y Cannery Road, de Steinbeck. Los tres son magníficos.

Knockemstiff es un libro de relatos ambientados en ese pueblo. Pueblo que existe, que también está en Ohio, y en el que nació Pollock. Los personajes se repiten en ocasiones, pero los relatos son independientes.

Cuando leí el primero me quedé horrorizado; cuando leí el segundo estuve a punto de dejarlo. Por suerte, seguí, porque me ha encantado.

Dice Pollock que, aunque los relatos están inspirados en su pueblo natal, no reflejan cómo eran ni su familia ni el ambiente que lo rodeó de niño. Y me alegro por él, porque el libro es un recorrido por la pobreza, la ignorancia, la brutalidad y falta de escrúpulos, la degeneración física y moral, la sordidez y la desesperación más absolutas. O las más absolutas que uno espera encontrar en cierta parte del mundo.
 
Las conclusiones sobre aquella sociedad son inevitables; aunque seguramente serán también demasiado simplistas. Al final, tras escandalizarse, uno se da cuenta de que lo que debe de pasar es que aquí esas vidas nadie las cuenta.

La pobreza total, la pobreza que condiciona por completo la vida personal, familiar y social, que sume en la ignorancia y encierra en un pozo desde el que no se ve ninguna luz, es lo más dramático. La falta de cualquier tipo de esperanza, la falta de un horizonte más allá de la siguiente pastilla, la incapacidad de confiar en nada (y menos aun en uno mismo), dejan esto: unas vidas de mierda, de mierda.

Léanlo.






Por la tarde, siguiendo otro consejo, de un compañero del trabajo, hemos visto La gran belleza, la película.

Otro mundo, otras personas. Un casi piensa que otra especie. Pero no, por supuesto.

La película es preciosa e inteligente, muy interesante. Y el protagonista está genial.

Habla también del cansancio, incluso de la desesperanza y la falta de fe; y quién sabe si de la misma cantidad de desgracia. Pero claro, aquí se reflexiona y se explica, y se asume o al menos se sobrelleva desde el refinamiento y el bienestar material. Y es mejor, para qué nos vamos a engañar, es mejor así.

En cualquier caso, se parte de la frivolidad, de la cultura mundana y la estética y se acaba hablando de la soledad y la muerte.

Véanla.


19.8.14

Como una novela

El país menos poblado del mundo es una colonia británica en la Polinesia, las Islas Pitcairn, con menos de 50 habitantes.

Todos ellos son descendientes de los amotinados de la Bounty y sus parejas tahitianas. Y hablan un dialecto mezcla del inglés del siglo XVIII y el tahitiano de entonces.



18.8.14

Espías y ríos

Hacía unos veinte años que no me bañaba en un río, y ayer y anteayer lo he hecho. No las dos veces en el mismo, por supuesto.

He acabado El intocable, de Banville. Me ha decepcionado: me parece una buena historia no demasiado bien contada; y me parece bien escrito, con un tono muy interesante en general, pero que abusa muchísimo de los "como si...". Todo era como si, todos se comportaban como si, se vestían como si y se sentaban como si; todos los cielos, los sonidos, las sonrisas, las luces eran como si alguna otra cosa. Cada párrafo. Era un poco cansino. Además yo creo que cuando uno tiene que explicar tantas cosas es que no las está sabiendo decir.


7.8.14

Fin del verano

Nos acabamos de acostar. Hoy hemos visto no una sino dos películas. 


Mañana se van. 

Han sido unas vacaciones maravillosas. Incluso un tonto como yo, al que todo parece escapársele entre los dedos, lo ha sabido en todo momento. 

Ahora les toca seguir las suyas con su madre. 

Hablar del dolor de la separación y, más aun, tratar de cuantificarlo, me parece no solo inútil sino impúdico. Esto ya lo sabía, y sabía que toda mi vida lo sentiría.

Se me ha hecho tan corto... Hemos hecho muchas cosas (más que nunca, seguramente), pero quería hacer más. Y sobre todo quería tener tiempo, tiempo para estar con ellos, para vivir con ellos y que fuera normal, tiempo seguido, tiempo suficiente para que todo pareciese permanente. 

Pero esto es lo que hay. Y por suerte (mucha, muchísima suerte) ellos están bien, son niños felices que siempre están con quien los quiere. Llegaron con una sonrisa y se van con otra. 

Ahora para mí el verano ha terminado. Voy por fin a retomar los estudios y, por tanto, a encerrarme bastante. Pero sobre todo estaré deseando que acabe agosto y ellos vuelvan a mi día a día. 

Por suerte, también (mucha suerte), no espero solo. 




4.8.14

Vicedo: epílogo

En el monte de enfrente, el que está al otro lado de la ría y he fotografiado cientos de veces, solo hay dos casas. Y todas las noches, antes de dormir, después de apagar mi lámpara, me levanto y miro desde la ventana sus dos luces; las únicas que se ven desde nuestra casa.

Yo sé que esas dos casas serán normales y estarán habitadas por familias corrientes, que se llevarán regular, que a lo mejor no miran mucho el mar, que hablarán unas veces más y otras menos, que escucharán Europa FM cuando van en coche y que a menudo cenarán en el sofá viendo, por ejemplo, Tele5.

Pero eso da igual: para mí son otra cosa. Esas dos luces solitarias entre los árboles, para mí, son evocadoras como pocas cosas; son misteriosas, remotas y de otra época. Y lo son realmente, independientemente de lo que pase bajo ellas. Son algo aparte de todo, allí enfrente, de noche.

Y creo que eso resume en gran medida lo que Vicedo significa para mí: algo aparte de todo.

Por supuesto, es un sitio precioso que he ido llenando de recuerdos; pero sobre todo, tiñendo cada momento nuestro, sobrevuela siempre la sensación de estar viviendo algo aparte de todo lo demás.

Y es curioso, porque los días allí me saben a poco e incluso he llegado a fantasear, como les he comentado, con la idea de vivir un tiempo, pero lo cierto es que esa sensación es de las pocas que alguien del pueblo nunca podrá compartir conmigo, y que también yo perdería si me acercase más (tanto como para llegar a ver todas sus caras): ya no podría seguir siendo un lugar medio real, medio imaginario, con atractivos innegables pero que tiene además todo lo que yo quiero poner en él.

Como las luces.


Niebla en Cañoles


3.8.14

Vicedo: nos marchamos

Anteayer llevamos a los niños por primera vez a una de las playas, para mí, más bonitas de toda esta costa. Y eso, también para mí, es mucho decir.

Se trata de Esteiro, en O Barqueiro. No es tan tranquila como la nuestra ni su agua tiene ese color tropical, pero el paisaje es precioso, verde y negro de pizarra. Y desde ella (asómbrense, forasteros) no se ve una sola edificación.

Nuestra playa


Esteiro

Se han acabado nuestros quince días en el paraíso. Se nos han hecho, a los cinco, muy cortos; y supongo que no podría haber un mejor balance. Yo, cuanto más vengo, más enamorado me siento de este sitio. De hecho, mi última teima es poder venir a vivir a Vicedo todo un año, algún día. Sería un año de retiro, claro. Quién sabe.

Pero irse, que es lo que hoy ha tocado, es triste; y esa sombra ha ido creciendo estos últimos días. Aunque, bueno, esa tristeza tiene también que ver con que mis vacaciones con los niños en breve llegarán a su fin. Con la habitual y neurótica sensación de oportunidad no aprovechada del todo incluida; aunque yo sepa que no es así, por tantas cosas.

En cualquier caso, la actitud, como me dije a mí mismo el año pasado, debe ser otra: la de que nosotros, que hemos sido capaces de ver la felicidad y cogerla, seguimos aquí, más dispuestos si cabe a todo.

Dispuestos a vivir. Y a querernos.

No se acaba nada; solo continúa.