19.11.09

Reñir bien

Hace ya ¡más de cuatro años!, escribí una lista de Cosas bienintencionadas y consideradas normales que no soporto que le hagan, que sigo suscribiendo íntegramente (aunque ahora diría que les hagan, que tengo dos hijos). No estaban todas las que eran, pero las que estaban, eran.

Aquella lista se basaba en mi experiencia y desde luego no pretendía ser exhaustiva, pero hoy lo seré menos, pues quiero hablar únicamente de dos comportamientos en mi opinión completamente equivocados y, sin embargo (y por eso me he acordado de ellos), tremendamente habituales entre los padres.

1. Decirle al niño que es malo; reñirle llamándoselo.

Hay que rechazar y descalificar el mal comportamiento del niño, no al niño.

Parece ser que además no es cosa mía, sino que hay una base psicológica para creer que el niño tiende a portarse como se le dice que se porta (¿y los adultos no?). Se llega a convencer de que "es malo", de que él siempre reacciona así, y acaba descartando la posibilidad de cambiar. Y más adelante, en la adolescencia, será fácil que llegue a pensar Así que soy malo, ¿no?, pues entonces...

Pero el problema principal no es, claro, que así no consigamos mejorar su comportamiento, sino el daño que le hacemos, cómo vamos encasillándolo, y lo que debe de minar su autoestima el que sus propios padres lo descalifiquen de ese modo.


2. Compararlo con los demás.

Y no sólo en su contra; también a su favor.

Reprocharle algo a un niño comparándolo con los demás es muy cruel. Creo que al hacerlo estamos dándole a entender, poco menos, que al menos en ese aspecto preferimos a otro. Pero es que incluso compararlo para elogiarlo me parece un gran error, pues fija unas referencias equivocadas que mal ponen la cosa ya desde el principio. Lo de sembrar vientos, ya saben.

Comparar es, más que ninguna otra manera de juzgar, hacer que el niño se sienta examinado y clasificado. Con la presión que eso supone, sobre todo si lo hacen sus padres, y con la idea de competición que les transmite. Competición por nuestro cariño. Pocas cosas marcan más.

No vivimos aislados, y los demás son referencias necesarias e inevitables a lo largo de toda la vida. Pero queremos que nos valoren como personas atendiendo a más cosas que a comparaciones directas y parciales. Lo queremos para nosotros, y con mayor razón deberíamos quererlo para nuestros hijos. Y si es así, no deberíamos aparentar lo contrario.

Compararlos es siempre injusto con ellos y los hace injustos. Les enseña una forma de opinar superficial y simplista y les inculca una tendencia a escalafonar a las personas. Y a ellos, en lugar de animarlos los desanima.


Una cosa es mostrarle a un hijo nuestro disgusto con lo que hace mal, y otra muy distinta darle a entender que lo que hace mal hace que lo queramos menos. Y para mí estas dos cosas están rozando ese límite.


17.11.09

Conversaciones con mi hijo

Este fin de semana vi Conversaciones con mi jardinero. Me gustó mucho. El poco cine francés que veo me suele gustar bastante; algunas películas, sin caer en solemnidades ni perder el buen humor (por qué perderlo; y sobre todo para qué), son agradables y convincentes reflexiones sobre la vida. Esta era una.

Yo diría que hablaba de los placeres sencillos de la vida, y de lo que importa en ella.

Ayer, paseando con mi hijo de tres años, en medio de una larga y maravillosa conversación me soltó Yo, cuando sea muy pequeño y me muera...

Fue como si una sombra negra (como a Rosalía) se me metiese dentro.

-Pero para eso falta infinito -le dije yo.
- Sí, falta muchísimo.
- ¡Muchísimo, muchísimo! Una vida entera -y traté de cambiar de tema, porque por un momento vi el vacío, y no quería mirar.

- Sí, porque cuando vengan a matarme voy a coger un sable y les voy a cortar la cabeza, ¡a todos! -con lo que ya me quedé más tranquilo.

Ojalá sepa vivir, y viva muchísimo.

11.11.09

Fines de semana

Para disfrutar.
Y para recordar toda la vida (yo, seguro; ellos, ojalá).





9.11.09

Calvo Sotelo, mira tú por dónde

Esta mañana, al llegar a la oficina y abrir la agenda me he encontrado con esta cita de Leopoldo Calvo Sotelo, aquel presidente que parecía un señor tan serio:

No ha sido la menor de mis desventajas en la política el hecho de haber aprendido casi todo de los libros.

Y aunque estoy seguro de que Calvo Sotelo tenía motivos suficientes para quejarse de su ambiente de trabajo y no me extrañaría que en esa confesión hubiese una crítica implícita a sus colegas, supongo que se está lamentando de sí mismo, que no es una frase contra la política sino contra los libros, contra la distancia de la teoría. Es decir, que en ella se puede sustituir política por vida sin desvirtuarla demasiado.

Y claro, me pregunto si yo comparto esa desventaja, pero aun encima sabiendo mucho menos que Calvo Sotelo.

6.11.09

Aunque ya va creciendo

- Tatita, Mombo, Nanina, Tití... En vez de llamarlos por el nombre, los llamo por los aperitivos.

5.11.09

American Vertigo

He entrevistado a delegados de Wyoming, de Idaho, de Nevada, de Kansas o de Arkansas, a los que les he hecho, cada vez, la misma pregunta: qué es ser republicano (...)
Unos me han hablado del matrimonio gay... Otros me han explicado que nada les parecía más importante que reforzar el papel de las Iglesias y reducir el de las elites urbanas... Otros, que la vuelta a Main Street frente a Wall Street, la rehabilitación de los valores de la América rural frente a los de la América cosmopolita e intervencionista, la defensa de una concepción de los derechos humanos que llega hasta el derecho a poseer un arma para defender su libertad y sus bienes (...) Y para otros, incluso, [las ideas demócratas se relacionaban con] una Francia asimilada a una mezcla inestable de "feminidad", "inmoralidad decadente", "intelectualismo esnob" y "radicalismo chic"...

Bernard-Henri Lévy, American Vertigo
(La traducción es mía, así que no se fíen demasiado)


En este libro el autor hace un viaje por EE.UU., una especie de remake, propuesto por el Atlantic Monthly, de otro que hiciera Alexis de Tocqueville en 1831 por encargo de su gobierno. Entonces, el francés debía estudiar el sistema penitenciario norteamericano, pero vio más cosas y escribió La democracia en América; y ahora el otro francés escribe este, ya desde el principio con un enfoque más amplio y literario.

Estados Unidos es un misterio, para mí. Como tantos otros sitios, claro, pero con la particularidad de que en este caso el desconocido es un país con una presencia entre nosotros permanente, ubicua y, además, dominante. Presencia que, me parece, hace que basemos nuestra opinión, para bien o para mal, en verdades parciales, visiones fragmentadas (creo que el ejemplo más claro es el de su cultura), tópicos y prejuicios. Por eso me parece muy apetecible y útil (no sé si decir necesario sería excesivo) tratar de conocerlos y, a ser posible, entenderlos. Compré este libro por eso, y por ahora creo que fue un acierto.

4.11.09

La chica del faro y yo

¿Se acuerdan de la chica del faro, la de la broma literaria y el posterior experimento?

Una muchacha mira desde un bote de remos el faro, que apenas se ve entre la niebla. Tiene el pelo castaño recogido en una gruesa trenza y lleva puesto un impermeable verde oscuro. El faro es blanco y tiene tres ventanas, una debajo de otra. Ha dejado de remar y el bote sube y baja suavemente con las olas. Debe de conocer la costa, para navegar en un día así.
De vez en cuando toma los remos, da unas paladas para separarse de las rocas y los vuelve a dejar. Poco a poco la niebla se ha ido convirtiendo en una lluvia fina, y sigo caminando.

Pues ahora es mía. O eso me creo yo:





1.11.09

Las tribulaciones de Edgard

Edgard siempre había querido ser una persona inteligente. También culta, pero, por esas razones que siempre hay que rastrear (y que él había rastreado) hasta la infancia, sobre todo inteligente.

Y nunca había estado descontento, en ese aspecto, nunca había tenido un mal concepto de sí mismo. Incluso se podía decir que siempre (y ahora se preguntaba por qué, si había tenido alguna vez motivos objetivos para creerlo o todo había sido fruto de una cuestionable asunción, de un malentendido, comprensible pero malentendido al fin y al cabo) había estado bastante convencido de su talla intelectual.

Pero con los años su estima había comenzado a resquebrajarse, y era cada vez más evidente lo mucho que dependía de la aprobación de los demás. Desde hacía tiempo se daba cuenta de lo fundamentales que para él eran las opiniones ajenas, y había llegado a reconocerse que lo que quería, lo que necesitaba, no era ser inteligente (no sabía ya si lo era o no, no sabía ni siquiera en qué consistía serlo), sino que se lo llamasen.

Y Edgard, que tenía a sus espaldas un tórrido romance con el psicoanálisis, pronto llegó a algunas conclusiones.

Primero comprendió que si necesitaba que los otros corroborasen su valía era porque, a pesar de que creía tenerla, en el fondo era consciente de que nunca la había demostrado. Y entender esto le alivió, e incluso le sugirió cuál podría ser el camino a seguir.

Pero luego, cuando fue comprobando que las opiniones que él ansiosamente buscaba no estaban a la altura de lo que siempre había creído merecer, que los veredictos eran decepcionantes y que lo más que decían de él era que, bueno, no, del montón no era, llegó a la segunda y dolorosa conclusión: que, efectivamente, no era nadie excepcional.

Entonces, herido y desorientado, comenzó a intentar fijarse en otros aspectos, en otras cualidades del individuo, trató de ver a la persona como algo más amplio y complejo, donde la inteligencia, o las inteligencias, eran un ingrediente más. Y se propuso desesperadamente llegar a ser mejor, mejor en general; aunque ya no significase ser más inteligente.

Pero claro, como él, que no en vano había, como se ha dicho, coqueteado con el psicoanálisis, sabía, no era tan fácil cambiar los propios deseos, y Edgard no podía evitar, por el momento, ver en este nuevo propósito algo así como un premio de consolación. Se veía jugando el partido por el tercer y cuarto puesto

Aunque, de buen natural como era, confiaba, qué remedio, en ir cambiando su punto de vista con el tiempo y llegar algún día, en contra de lo que había hecho toda su vida, a no preocuparse por la clasificación, y menos aun por su lugar en ella.


30.10.09

Tarde

Un hombre se levanta de la mesa, lleva el plato, los cubiertos y el vaso al fregadero, les pasa un agua y los mete en el lavavajillas. Luego guarda la botella de agua en la nevera. Dobla la servilleta y la mete en el servilletero, levanta el mantel individual, sacude las migas en la basura y le pasa una bayeta, que escurre debajo del grifo para limpiar la mesa. Guarda el mantel y la servilleta en el cajón. Ve un grano de arroz en el suelo, se agacha, no es capaz de cogerlo y aprieta el dedo contra él para que se le pegue a la yema; se incorpora, mira para el cubo de la basura y echa el grano en el fregadero. Abre un poco el grifo, hasta que el agua se lo lleva, y vuelve a cerrar.

Se acerca a la ventana. Se cruza de brazos. Mira los árboles del jardín de al lado y el monte al fondo; mira el cielo, nublado; mira dos pájaros volando contra el viento. Mira la parte de atrás de una casa de dos pisos, con manchas de humedad en la pintura blanca.

Saca el móvil y ve que se le hace tarde.

29.10.09

Tarde de primer día



[El tema era la ciencia-ficción. ¡Ja! Temitas a mí... ]

En la colonia espacial “Presidenta Condolezza Rice” cuatro personas salen de su zona de intimidad y se dirigen por el corredor a una de las galerías de comunicación. Se trata de un hombre, una mujer y dos niñas; los adultos tienen cara de mal humor y las niñas discuten en voz baja entre ellas. Caminan deprisa, y de vez en cuando la mujer se detiene a ajustarles a las pequeñas las bandas de cierre de los trajes y colocarles bien los adornos magnéticos de la cabeza.

- Si es que siempre tenéis que ir así, de cualquier manera. Está visto que si no os preparo yo, nada. ¿Pero tú no ves cómo van las niñas?
- ¿Y qué pasa? Yo no veo que vayan mal.
- No, claro, tú no ves nada.
- Las niñas van, para mí, perfectamente.
- Ah, van perfectamente… Claro, para ir a casa de mi madre vale cualquier cosa, ¿verdad?

El hombre la mira pero no responde. Al cabo de un rato entran en la galería, donde deben esperar a que pase una cápsula de transporte disponible. Permanecen en silencio, sólo interrumpido por alguna queja de la niña pequeña.

- Astra, ¿quieres dejar a tu hermana? –dice el padre.
- Pero si yo no le hago nada...
- ¡Me está pegando!
- Yo no te estoy pegando, peluda.
- ¿Veis? ¡Y me insulta!
- ¿Yo? Yo no te insulto, peluda.
- ¡Astra, que dejes a tu hermana en paz! Qué pasa, ¿es que ya no te acuerdas de cuando tú aún no te podías afeitar, la rabia que te daba que se metiesen contigo?

Llega al fin una cápsula libre y se detiene ante ellos. Entran y se sientan, los padres delante y las hijas, que siguen peleándose, detrás. El padre dice en voz alta la dirección de destino.

- Zona Nueve, galería 32.
- Es que no sé por qué no puede afeitarse la cabeza ya, la verdad –comenta en voz baja la madre.
- Mira, no empecemos, ¿eh? Pues porque tiene ocho años. Ya tendrá tiempo a afeitarse, a modificarse la cara, a elongarse los dedos y a todo lo que le dé la gana. Pero no con ocho años.
- Pues en su clase todas van afeitadas, ya.
- No es verdad, no van todas afeitadas; pero es que aunque lo fuesen. Si es que la culpa la tienes tú, que estás todo el día con que si son las más guapas, las mejor diseñadas, y así; que las estás volviendo tontas. Bueno, tú y tu madre, que es igual.
- ¡Qué raro, que tenga la culpa mi madre de todo…! –contesta ella, que se tapa el rostro e inmediatamente comienza a sollozar.
- Ya estamos, ya se jodió…
- Qué raro, que la tomes con mi madre. No sé qué te ha hecho, la pobre.
- ¿La pobre? ¿Pero cómo que la pobre?
- ¡Aun encima...!
- ¿Aun encima? ¿Aun encima de qué?
- No sé, de qué. ¿De que te trate como te trata? Para que te invite a alimentarte bien te vale.
- ¿Cómo? Pues mira, de que me invite a alimentarme estoy un poquito harto, también. Que es que no sé por qué todos los primeros días hay que ir a alimentarse a la zona de tu madre, coño. Que desde 2135, que nos unimos, venimos todas las semanas. ¡Todas! Que ya es un día bastante jodido, pensando en ir a colaborar al día siguiente, como para tener que pasarlo con tu madre.
- Aun encima. Hace falta ser… Claro, como es mi familia, ¿verdad?
- ¿Tu familia? Ah, pues no sé, porque de la mía ya ni me acuerdo. ¿Cuánto vamos a ver a tu madre y cuánto vamos a la zona de los míos?
- Sí, vamos a ir a ver a tus padres. Les importa mucho, a tus padres, ¿verdad? Les importan mucho sus nietas. Por eso ni siquiera les han regalado nada por su aniversario.
- ¡Pero qué coño importará! Tampoco les regaló tu hermano, si vamos a eso.
- Mi hermano no puede, que no tiene crédito. Ahora mi hermano –redobla el llanto-. Con lo amable que es contigo.
- ¿Qué? Sí, amabilísimo. Es que lo paso genial, con él, toda la tarde delante del visor… Pero además, que yo no tengo ningún problema con tu hermano, que te estoy diciendo que lo de los regalos te importa a ti.
- Bueno, mira, cállate, ¿eh? Qué vergüenza, delante de las niñas.

Se quedan en silencio mientras entran en la zona de teletransporte. A esas horas, y en primer día, hay bastantes cápsulas, y deben esperar a que les llegue el turno. Él tamborilea con los dedos en la consola; cada uno mira por su pantalla; las niñas siguen peleándose en silencio, indiferentes a lo que pasa delante.

Cuando por fin les toca, él confirma la dirección y pulsa el iniciador. En tres segundos desaparecen de sus asientos, y casi inmediatamente se materializan de nuevo en otra cápsula idéntica, en la Zona Nueve. En ese lapso de tiempo, prácticamente despreciable, él ha soltado un taco, ella ha prometido que de esta se acuerda, y las niñas han seguido odiándose mutuamente. Una vez recuperada su corporeidad, no tardan ni cinco minutos en llegar a la galería 32, donde descienden de la cápsula y se dirigen caminando a la zona de intimidad de la familia de ella.

Delante de la puerta la madre les da un último repaso a las niñas, y activa el sensor de aviso. Se abre el acceso.

- A ver estas niñas, que no vienen nada a verme…

Él entra hasta el módulo central, donde su cuñado está viendo el canal de actividades competitivas con un cuenquito de pastillas euforizantes en la mano.

- Qué pasa, cuñado... ¡Cometas, Cometas, Comeeeeetas!