24.4.16

Táboa Redonda: Vicedo

Fin de semana solitario. Y me han dado más espacio y una foto, y todo.



 

El último flotador

 

Este fin de semana he vuelto a Vicedo por primera vez desde verano. He ido yo solo, a trabajar en mi interminable y a estas alturas odiosa tesis, pero sobre todo a alejarme y descansar.

La lluvia me ayudó a aprovechar el tiempo. Sentado junto a la ventana, solo podía hacer dos cosas: mirar por ella o mirar la pantalla del portátil. Y aunque el mar, el faro y un mirlo que no dejó de pasearse los dos días por el jardín (¿o serían varios? Me veo incapaz de distinguir un espécimen de otro; ya bastante me parece saber que era un mirlo) me atraían mucho, me rindió más un fin de semana allí que cuatro en casa.

Estaba leyendo “Francamente, Frank” (Anagrama), la última novela de Richard Ford, con quien mantengo una larga relación de decepciones que, una vez más, pretendo enmendar. Son cuatro relatos protagonizados por Frank Bascombe, su famoso periodista deportivo. Me ha gustado. En todos habla de la muerte, supongo que no por casualidad, pero intenta hacerlo positivamente, y más o menos lo consigue. Es peor cuando describe cosas buenas, buenas épocas de su vida: nada de lo que cuenta resulta mínimamente apetecible; ni para él. Aunque pretenda decir lo contrario, da la sensación de que en ninguna de esas situaciones pasadas, de amor, de cuidados entornos, de vino caro, de éxito, familiarmente apacibles, fue feliz. Parece saber lo que es vivir, y sin embargo nada le ha valido de nada: ni la madera de las ventanas, ni el bosquecillo de detrás de su casa, ni los viajes, ni la literatura ni ningún recuerdo. Desayunaba con su mujer en un porche frente al océano pero daba igual.

Voy andando a comer, con paraguas, y ni a la ida ni a la vuelta me cruzo con una sola persona. En invierno aquí ya no hay nadie, me dicen los conocidos. De noche, en el puerto, pido cocochas de merluza. Hay un hombre que, aunque no ha dejado de llover, lleva remangada una pierna del pantalón, no sé por qué; y al cabo de un rato también se sube la otra. Ford habla de impuestos y especulación en la costa de New Jersey y en el bar discuten si son lo mismo el verdel, el curriolo, la xarda y la caballa. Que tres en un kilo ya son buenas piezas. Hablan de pesca y dan medidas en brazas. Y el “Leviatán” de Hoare, con toda su admiración por los cetáceos, se me aparece cuando oigo contar que unos días antes hubo una ballena junto a la Estaca. Y que daba unos saltos tremendos. Que, ver, él no la vio, pero se lo contaron. Desempaño con la manga el cristal de la puerta para ver las luces de O Barqueiro y las de la máquina que vende chocolatinas y cebo vivo.

 “El mundo se va encogiendo y concentrando a medida que pasamos más tiempo en él”, dice Ford. Puede ser. Parece mentira que Vicedo, donde disfruté tanto de niño, se haya convertido para mí en un escenario de mis hijos. Los veo con el pelo alborotado comiendo pipas en el muro del espigón, en el parque infantil veo a Paula haciendo malabarismos y, en la playa, a Carlos quitándose su último flotador. Pero, como tengo una tara irreparable, en lugar de sumar, en lugar de hacerme estar mejor, cada imagen me produce un pequeño pinchazo de dolor. A Bascombe se le murió un hijo. Paso por esas referencias rápidamente, sin querer saber.

El domingo por la mañana ya no llueve, y desde el muelle miro la boca de la ría y Bares. Venga las veces que venga, me cuesta asimilar lo bonito que es esto. Y en el fondo me parece asombroso que, cuando no estoy, las olas sigan batiendo cada día en Vilela, la verde siga alumbrando por las noches, la playa esté aquí y el mirlo venga a posarse al muro de la casa vacía, donde las camas llevan meses intactas.

Con todo recogido y la bolsa ya en el coche, bajo a la orilla y me siento en un tronco a terminar el libro. Frente a mí tengo la vista que más me gusta en el mundo. Y subo las escaleras para irme, preguntándome por qué cuando estoy solo la belleza me pone tan triste.

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18.4.16

Táboa Redonda: olores

De la bosta a la colonia, pasando por los lavavajillas.



Con colonia


 

A mí el olor a bosta no me disgusta. Casi casi se podría decir que, en determinadas circunstancias, llega a gustarme. Si hablamos de xurro ya es otra cosa, claro. O de silo: el silo es asqueroso. Pero la bosta, sola en medio del campo, con ese toque herbal ligeramente ácido, no me desagrada.

El otro día iba caminando por el centro de mi ciudad y, sin motivo aparente, me olió a bosta. E inmediatamente me vino el recuerdo de la aldea; una imagen imprecisa de salir de casa con sol, de un perro esperando a la puerta, un prado y vacas paciendo.

Sin ser Jean-Baptiste Grenouille, el personaje de Suskind en “El perfume”, tengo una molesta (para mí) facilidad para percibir, sobre todo, malos olores: una naranja en mal estado en el fondo de una cesta, nada más entrar en una cocina; o quién ha cenado algo con ajo la noche anterior, cualquier mañana al llegar al trabajo. Y hay olores que matan. Y alientos incompatibles con una amistad íntima. Pero en general el poder de evocación del olfato, tan instantáneo e inesperado siempre, suele llevarnos a sitios donde queremos estar, a momentos a los que agradecemos volver durante una fracción de segundo. Sin previo aviso se nos abre una puerta y podemos mirar dentro.

Yo, supongo que como cualquiera, relaciono mi niñez con ciertos olores: la crema que se echaba mi madre en la cara antes de acostarse, y que yo notaba cuando nos venía a dar un beso a cama (a fresa, olía); el armario de la ropa de mi padre, que a veces abría cuando él estaba de viaje, o el lavaplatos funcionando en casa por las tardes en la cocina recogida, limpia y ya vacía. Si era sábado, entraba seguramente a beber agua, a lo mejor en un descanso de Primera Sesión, y notaba, además del ruido, el olor a agua caliente y a plástico que, por esos misterios de la mente, tan agradable me resulta. Es curioso que algo mecánico y en principio tan impersonal sea para mí el aroma de mi hogar, y que aún hoy, en mi propia casa, siga pareciéndome acogedor.

Anteayer, en el cuarto de baño de mis padres, vi una botella de cristal con forma de licorera, que me pareció la que ya había cuando yo era pequeño, con colonia. La abrí y, a pesar de que debe de llevar más de treinta años vacía, todavía conservaba el olor. Y de repente me vi en aquel baño, y vi el pasillo con la luz del sol que entraba por la ventana de la sala, y la alfombra redonda al fondo. Y vi a mi madre peinándonos a mi hermano y a mí después de comer, antes de ir al colegio. Con colonia.

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10.4.16

Táboa Redonda: librerías y museos

Fui a Madrid con ganas de museos.


Cultura a la carta 

En la librería “Méndez”, en la calle Mayor de Madrid, le pido consejo a uno de los socios y me habla con pelos y señales de seis novelas que no conozco. Me abrazo a él emocionado y le cuento que en mi ciudad ya no quedan librerías. Luego comentamos que, en el otro extremo, en la capital hay algunas que ofrecen un producto tan perfecto, tan cuidado en todos los detalles, son tan guays, tan culturetas, que acaban saturando. 
En las primeras y últimas salas del Thyssen confirmo que algunas épocas, ciertas tendencias, no me interesan en absoluto. En el museo, ese día, además de la colección permanente -ese recorrido maravilloso y abarcable por la historia de la pintura europea- hay dos exposiciones temporales. Una es de realistas madrileños, entre los que está Antonio López con, por ejemplo, sus famosos cuadros de cuartos de baño: técnicamente es impresionante, asombroso, verdaderamente admirable; pero descubro que no me dice mucho más, que en general esos cuadros, excepto algunas ventanas abiertas a la noche, me dejan bastante frío. Son como relatos perfectos que no contasen ninguna historia. La otra, la de un padre e hijo norteamericanos, Andrew y Jamie Wieth, una mezcla de paisaje rural y personas, en cambio es sugerente y descubre nuevos horizontes en aquel país extraño. 
Y precisamente en el comedor de una de esas librerías de moda, en la mesa de al lado dos hombres algo mayores que yo están inmersos en una competición por impresionar a una compañera de trabajo. Uno dice que en verano hace snorkel -o sea, que bucea con tubo-, pero que no aguanta el frío del agua de Cádiz. Y a mí casi se me atraganta la crema de verduritas de temporada. 


Hay pocos cuadros del Prado que me impresionen más que el San Jerónimo de Ribera. La pintura española del Siglo de Oro es tan alucinante que cuesta creer que coincidiesen todos en tan poco tiempo; pero a la vez me hace comprender la necesidad del arte de buscar nuevas formas de expresión. En cualquier caso, volver al museo y tratar de apreciar en un par de horas miles de obras, cada una de las cuales justificaría una tarde entera, no tiene sentido. Es un exceso tan inmanejable que acaba impidiendo disfrutar y deja agotado. Sobre todo si se va cargado con una mochila y un chaquetón bajo el brazo por no tener monedas para la consigna. Uno recorre salas y salas y se da cuenta, al pasar, de que ha dejado atrás Los fusilamientos del 3 de mayo, las Tres gracias o al Greco entero. Y llega un momento en que esperando al ascensor ve, en una hornacina, un busto italiano del siglo XVI, maravilloso, y le entran ganas de quedarse allí sentado toda la tarde mirando para él. 

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3.4.16

Táboa Redonda: James Salter

James Salter murió el año pasado.

Del libro de relatos que le leí hace tiempo, La última noche,  recuerdo uno que contaba una cena: el hombre de la pareja de la casa estaba divorciado, y su actual mujer le hacía un reproche en la mesa, delante de unos amigos; un reproche duro sobre lo mal que se había portado con su ex. Él salía a fumar al jardín y miraba el cielo, creo recordar, y pensaba en lo que había hecho, sin saberse muy bien si lo justificaba o se consideraba culpable. Me encantó. Tanto, que creo que cambió mis gustos para siempre.

Esto es sobre una novela de título incomprensible (tanto, que me pregunto si no será un error de traducción): Años luz. Y me ha encantado también.




Una larga mirada

James Salter es menos famoso de lo que, incluso tratándose de buenos escritores, cabría esperar. Lo primero que leí de él fue la colección de relatos “La última noche”, una auténtica sorpresa, ya que sin previo aviso me encontré con lo que es: uno de los más grandes autores norteamericanos de la actualidad. 
Hace mucho que estoy cansado del cuento con redoble y salto mortal final. Hace mucho que, para mí, el relato que vale la pena es el que cuenta lo que se ve mirando por el ojo de una cerradura -unas habitaciones, una conversación, unas horas de alguien-, y con eso nos permite intuir una vida entera, saber lo suficiente de dos o tres personas como para entender todo lo que hay que entender. Y eso fue exactamente lo que encontré en aquel libro. De hecho, creo que fue Salter el que me hizo olvidarme por completo del cuento de prestidigitador, y que busco ese relato desde que se lo leí a él, antes incluso que a Cheever. 
Ahora acabo de terminar “Años luz” (Salamandra), que es un libro magnífico. Deprimente, pero magnífico. Libros hay muchos, pero literatura, poca. Y esto es buena literatura, muy buena; que es muy rara. 
Es una novela densa a pesar de que la temática no lo es: una pareja acomodada, sus hijas, su perro y sus amistades y amantes, de vidas aparentemente felices, incluso perfectas, y sin embargo tocadas en lo más íntimo. No por la desgracia, no por la sordidez ni lo sucio, pero sí por un desencanto vacío. Como si la ausencia de necesidades acabase llevando a la falta de ilusiones. O tal vez la falta de metas, de algún tipo de fe, ¿de compromiso?, condujese inevitablemente a la desesperanza. La desesperanza de quien siente que no hay más que “una caída en picado desde la apariencia de la felicidad al aburrimiento” y concentra sus esfuerzos en procurarse situaciones que le permitan olvidarlo un momento. 
“Escribía una lista de las cosas que podían salvarlo siquiera por un rato, es decir, los placeres que le quedaban: un fuego de leña, cenas con los amigos…”. Pues al placer recurren. No desbocado, ni exclusivamente carnal ni desde luego básico, sino cultivado, sofisticado, a veces intelectual, hasta profundo, y en el que no falta el amor; pero placer al fin y al cabo, y que, en fin, acaba pasando, claro. 
Salter escribe maravillosamente bien. Haciendo alusión al viento, a un gesto y a una botella abierta en la esquina de una mesa, describe un estado de ánimo. Y es capaz de remover nuestros propios secretos contándonos los de un arquitecto neoyorkino y su bella e interesante esposa, que solo teme las palabras “vida ordinaria”.

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29.3.16

Táboa Redonda: El bar de las grandes esperanzas


La vida desde un bar


Les voy a hacer el favor de hablarles de un libro que todos ustedes deben leer: “El bar de las grandes esperanzas”, de J. R. Moehringer.
Moehringer consiguió hace poco la proeza de que su biografía de André Agassi, “Open”, fuese considerada muy buena. Y ahora se enfrenta a la suya, a la historia de su infancia y juventud, y escribe esta maravilla, tal vez el libro que más me ha gustado en los últimos años.

Fue un niño al que le faltó el padre, y eso hizo que no dejara de buscar una referencia vital masculina. Pero en lugar de encontrarla en alguien en particular dio con ella en el mosaico de habituales de un bar, Dickens primero, Publicans después, de su pueblo, Manhasset, el mismo en el que Scott Fitzgerald situara “El gran Gatsby”. Y aunque el libro es mucho más que eso, el bar no deja de aparecer como referente. En él se come, se escucha música, se apuesta, se bebe muchísimo y se habla de deportes, de dinero, de trabajo, de amor, del sistema solar, de Vietnam y de esperanzas; y todo forma un conjunto tan atractivo, tan sugerente, que uno se pregunta qué hace sin un bar así en su vida, e incluso le llega a ver la cara amable al alcoholismo. El día que lo acabé comí por primera vez con martinis.
Yo no sé si tiene importancia preguntarse qué es la literatura y para qué sirve. O si tiene sentido hacerlo buscando una respuesta que no sea completamente personal e intransferible. Somerset Maugham dijo que adquirir el hábito de la lectura era construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida. Imagino que hay quien dice algo parecido del cine, el fútbol o las drogas; pero lecturas como esta a mí me ayudan muchísimo. Y además tienen algo que cada vez agradezco más: son inspiradoras. Al contrario que otros grandes libros que te hacen descender a las cloacas para enseñarte la basura y te dejan allí, consternado, este te hace el favor de acompañarte después escaleras arriba, de vuelta a la luz; e incluso te dice que, no todo, pero una parte de ese mundo puede ser tuya.

Hay que escribir muy bien para conmover sin caer en la sensiblería, sin recurrir a la lágrima fácil, sin menospreciar la inteligencia del lector. Moehringer logra hablar con claridad de las cosas esenciales de la vida, de la de todos, de un modo que nos hace creer que hemos comprendido algo que no sabíamos. Hay literatura que tiene la capacidad de hacerte pensar en lo que ya tenías delante y no te dabas cuenta de cuánto te importaba.
“¿Que de qué va? -le responde J.R. a uno de sus amigos del bar-. Todos los libros que merecen la pena van de emociones y de amor y de muerte y de dolor. Va de palabras. Va de un hombre que se enfrenta a la vida. ¿Te vale así?”

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20.3.16

Táboa Redonda: Madrid

Las visitas a Madrid a veces son como abrir las ventanas para que entre aire fresco, y otras, un zarandeo del que salgo desorientado.

En esta ocasión vi a seres muy queridos, con los que disfruté muchísimo: mi hermano pequeño, mis amigos del Bremen, mis amigos... Y paseé mucho, anduve sin parar el día entero, viéndolo todo otra vez (iba con ganas de museos y aproveché la oportunidad). Y me volví con la sensación de que por esa vez ya era suficiente, contento de regresar a casa y a esta calma.




Un provinciano en Madrid

Tantos coches, tanta gente y tan diferente.

De las terrazas de algunos áticos asoman árboles. Unos gorriones que picotean un vómito en la acera salen volando cuando me acerco. Paso junto a sastrerías a medida y clínicas de estética. Algunas expresiones en el metro me entristecen profundamente: son la cara del cansancio. En el asiento de enfrente un noble inca en sudadera me atraviesa impertérrito con la mirada, y a su lado se sienta una princesa persa que vuelve de comprar una almohada. En el banco de mi izquierda una adolescente le pregunta a un amigo suyo si su hermana mayor es hija del mismo padre, él le contesta que sí y ella dice que qué guay. Al abrir la puerta para entrar en un vagón tengo que aguantar a un chico para que no se caiga: apenas se sostiene de pie, lleva los pantalones por las rodillas, los ojos se le cierran y tiene heridas en la frente; una señora de unos sesenta años, de pelo corto, bajita y con gafas, se levanta, lo sienta y le da unos pañuelos para limpiarse, y yo pienso que esas son las personas que mantienen todo esto a flote. La lucha de la publicidad de los restaurantes, de las tiendas, de las cadenas por arañar un poco de atención me ha resultado siempre deprimente, pero la presencia de la foto ganadora del concurso “Selfie con tu abuela”, en una pantalla gigante en medio de la Gran Vía, alcanza las cotas de distancia de “Blade runner”. Ve comiendo, escribe una chica, yo voy directa a la ducha que he estado con unos papiros llenos de bacterias y esporas. En una calle donde los escaparates no ponen los precios me permito entrar a tomar una cerveza en un bar con maderas oscuras y luces ambarinas. Me quito el chaquetón Quechua enseguida, pero en mi cara se adivina la duda. El dinero de toda la vida se percibe a la legua, en la ropa, en los flequillos, en la forma naturalmente elegante de peinar las canas impecables y en que se habla de él como de un viejo amigo. Niñas de trenzas rubias en uniforme entran en portales con cariátides de mármol y saludan al portero, y yo pienso que a veces también las ventajas pueden ser algo difícil de superar. En la cafetería del Círculo de Bellas Artes el dinero que se ve, en cambio, es progre, y entre los hombres maduros se traduce en una marcada tendencia a vestirse de jóvenes: me digo a mí mismo que es algo que debo recordar y evitar. De noche, desde una parada de bus unas prostitutas me llaman entre risas, tal vez porque una se ha quitado la falda y la examina muy de cerca a la luz de la marquesina. En una galería de arte, los asistentes a la inauguración de una exposición fotográfica sobre el Amazonas charlan, todo sonrisas y melenas, mientras un camarero de esmoquin les ofrece en una bandeja plateada copas de champán.

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6.3.16

Táboa Redonda: Pessoa y yo

En el tren, camino de Madrid. Me espera allí una semana de tardes culturales, espero.




Desasosiego


Elegí un mal día para dejar de escribir cosas tristes.

Para mí, que carezco de eso que a otros les permite disfrutar de la poesía, Pessoa es Bernardo Soares, el más él de sus heterónimos. Y es “El libro del desasosiego”. Tardé meses en acabarlo, conmovido, y es sin duda uno de los libros que, paradójicamente, más me han entusiasmado en mi vida.

Tuve la suerte de leerlo, en parte, en Lisboa. Pasé al menos una hora sentado en un banco del mirador de San Pedro de Alcántara, entre la lectura y las vistas de la ciudad, y busqué y recorrí la Rúa de Douradores, donde un contable anónimo dejó constancia póstuma de su incapacidad para la felicidad: “No he disfrutado nunca, quizás, de una hora exenta de un fondo espiritual de fracaso y de desánimo”.

“El libro del desasosiego” es el libro que, si supiera, podría escribir a veces, si me dejase llevar y permitiese que ese desánimo lúcido que conozco tan bien saliese a la superficie. Ese pesimismo racional que me asedia y trato de mantener oculto bien abajo. Pessoa, en cambio, no miraba para otro lado; o su escapatoria tal vez consistiese en entregarse exageradamente al desencanto del que asegura que “no hay cosa que yo haya querido, o en que haya puesto, aunque fuese un momento, el sueño solo de ese momento, que no se me haya deshecho debajo de las ventanas como polvo”. Al fin y al cabo, en esta relación maravillosa de todas sus horas tristes explica también cuáles son sus prioridades y qué no le interesa; y lo hace con desesperanza, pero también con la extraña soberbia del que considera que su desdicha es la única alternativa inteligente.

El hombre insignificante al que irritan quienes no saben que son desgraciados, el que dice no poder entrar en el albergue de los necios felices, el hombre que prefiere pensar a vivir esconde algo más que su frustración, por mucho que diga haber asistido al “zozobrar lento de todo cuanto ha querido ser”. El hombre que odia la acción como flor de estufa tal vez no pueda o no quiera salir de su caparazón de traje y sombrero grises y, efectivamente, como dice, este libro sea su cobardía.

Sin la profundidad ni el talento, también yo suelo sentirme desolado al terminar algo, si no antes. El desmoralizado para qué, todo esto para qué. Pero a diferencia de Bernardo Soares, que anhelaba no ser él y, al mismo tiempo, sostenía que solo ver y oír eran cosas nobles y rehuía el contacto y la cercanía, en mi búsqueda de un asidero, de un consuelo y por momentos de un sentido, alcanzo a darme cuenta de que es precisamente eso, los otros, los que no son yo, lo único que puede salvarme de mí.
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1.3.16

Táboa Redonda: el Gatopardo entre tendales

Una vez fui una persona que estaba en Sicilia.

Palermo


 

Le leí hace años a alguien que había pocas imágenes más inmerecidas que la de glamour que rodea, por obra y gracia de Hollywood, a la Mafia. Desaparecía y era inmediatamente sustituida por la brutalidad más cruel en cuanto uno se acercaba y veía que las ofertas imposibles de rechazar se les hacen, por ejemplo, a limpiadoras demasiado preocupadas por sus derechos, y que en lugar de purasangres utilizan hijas pequeñas. Hace un par de meses, en estas páginas, Javier Nogueira comentaba algo parecido en su artículo “Cousas nosas”.

Fue tranquilizador llegar a Palermo pensando en mafiosos y encontrarme la primera noche, al entrar a cenar en un restaurante (un italiano, creo recordar), a una amiga mía española de la que no sabía nada desde hacía años. Aquello cambió radicalmente mi visita. Y eso que nos limitamos a ver la isla.

La ciudad tenía partes preciosas. Preciosas como uno se imaginaría: una mezcla de palacios renacentistas y ropa tendida, de motorinos y viejas de negro. Y, como presencia más sugerente, las ruinas del palacio Lampedusa, donde vivió el mismo Giuseppe Tomasi. “El Gatopardo” tiene el mérito, entre otros, de haberle puesto nombre a ese fenómeno universal y parece que imperecedero que es el gatopardismo, consistente en cambiarlo todo para que todo siga igual.

Los alrededores, además de bonitos y mediterráneos, eran una lección de historia. Lo que yo ignoraba era que las referencias normandas fuesen tan numerosas. Hasta allí llegaron los hombres del norte y se quedaron a disfrutar del clima. Como ahora. Una de sus joyas es la catedral de Monreale, donde vimos una consagración de sacerdotes: estaban tumbados boca abajo en el suelo ante el altar, con los brazos en cruz, y sus hábitos blancos reflejaban el dorado de los mosaicos de inspiración bizantina que cubrían por completo paredes y techos. Después, campos, plantaciones de naranjos y limoneros, olivos, comida magnífica en cualquier sitio y pueblos pintorescos donde supongo que no sería recomendable curiosear. Lo cierto es que había ido esperando poco y me fui encantado de Sicilia.

No obstante, una última visita a una iglesia en la parte vieja me dejó una escena tópica como despedida: una boda, con una novia morena y guapísima que, aparentemente cohibida, era besada, colocada y advertida en voz baja por una corte de señoras, mientras hombres de traje, engominados y con las chaquetas abiertas se daban muy serios besos y palmadas en la cara. Y yo, de pie en mitad de las escaleras, tratando de que no supiesen si subía o bajaba, buscaba con la mirada un refugio para cuando empezase el tiroteo.

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22.2.16

Táboa Redonda: de pesca en Michigan

Tengo ganas de escribir. De intentar escribir ficción. Cuando acabe la puñetera tesis (si es que eso sucede alguna vez), lo haré.



Un río en Michigan



Hace no mucho leí un volumen con los cuentos de Hemingway. Yo, en realidad, aparte de El viejo y el mar no había leído nada de él; pero creo que no importa, porque ahora dicen que sus novelas no son gran cosa, que lo que vale la pena son sus relatos. Y lo cierto es que no solo me gustaron mucho sino que me impresionaron.
Mientras los leía pensaba qué los hacía especiales, por qué me estaban calando tanto, incluso cuando el tema no iba conmigo (por cierto, ha sido chocante leer por primera vez relatos sobre toreros, en los que se contaba qué piensa, qué siente, qué mira un torero antes y durante la corrida; y que hayan sido obra de un norteamericano y me hayan encantado). Y creo saberlo. 
En todo taller de escritura que se precie, además de citar a Ángel Zapata aunque solo sea para contradecirlo, se dice que la verosimilitud es imprescindible en un relato. La verosimilitud no tiene nada que ver con el realismo, y es lo que hace que “Blade runner” resulte creíble y “Terra de Miranda” no. Y en un texto se puede echar a perder con una frase.
Hay veces en que uno lee un cuento técnicamente impecable sin dejar de saber que es un cuento. Si es malo ya nada, pero incluso hay buenos relatos que no nos permiten olvidarlo. En estos de Hemingway, en cambio, todo era verdad; para el lector, claro, que es quien importa. Todas las historias eran ciertas y alguien las contaba, todas las escenas eran reales y, simplemente, se describían: unos días en soledad a la orilla de un río, pescando de pie sobre un tronco en el que se engancha el sedal y haciendo café por la mañana, mientras de fondo sucede algo esencial y terrible de lo que no se habla. 
Es la literatura llegando al final, alcanzando su mayor logro: enseñarnos otra vida, una vida, y en última instancia la nuestra, aunque sea en Marte (a propósito, si no han leído “Crónicas marcianas”, de Bradbury, no sé a qué esperan). La literatura, cuando se merece ese nombre, te pone la vida delante en unas páginas, hable de lo que hable. Y eso tiene un valor excepcional, que supongo que es la justificación última del arte, y que lo sitúa muy por encima de un asunto estético.  
Pescar en un río norteamericano, cruzar la estepa a caballo, escuchar música en un club de la Habana o trabajar en una oficina en A Baixa; y en todas esas situaciones reconocer algo mío, y a veces entenderlo. Por eso la literatura es tan importante para mí. Porque, de todo lo que yo puedo hacer, leer es lo que más se parece a vivir más.

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14.2.16

Táboa Redonda: entierro

Volví a la aldea, a lo que esperábamos. Fue triste, pero también tranquilizador.
 

 
 

Bar Chopenhauer


Hace años fui por primera vez a un entierro en la cabeza de municipio de mi aldea. Al bajar del coche crucé el puente sobre el Mandeo y, antes meterme por la corredoira que lleva hasta la ermita de San Paio, me encontré de frente con el toldo verde del único bar. Decía “Bar Chopenhauer”.
El domingo pasado volví a aquel cementerio. El “Blacky”, el perro de Carmen, está tirado en el sofá y no hace caso cuando le ofrecen comida, y cerca de casa hay una esquela clavada en un árbol al borde de la carretera.
El “Chopenhauer” ya no se llama así. Será la reducción de horas de Filosofía en los planes de estudio. La iglesia, en cambio, a la orilla del río, con suelo de granito y verdín en las ventanas, seguía estando helada. La humedad subía desde la planta de los pies, y al contestarle al cura se veían nubes de vapor salir de las bocas. Dos señoras cantaban de manera tan espeluznante que parecía a propósito, y la homilía fue tal vez la más fuera de lugar que he escuchado nunca: se habló de las influencias helenística y judaica en la escritura de San Lucas, de la progresividad de la conversión y la resurrección, y de las diferencias entre el pretérito perfecto simple y el pretérito perfecto compuesto.
Luego, los pasos sobre el barro, el cuidado de no resbalar con el peso de la caja, los apellidos repetidos en las lápidas, el andamio, la pistola de silicona, hombres con cazadoras oscuras, apretones de manos de hierro y besos en silencio, golpeando las mejillas. Alrededor, una casa en ruinas, una palleira de madera preciosa y carballos resistiendo. Y agua, agua en el cielo gris, agua sobre nosotros y en cada rama, en el río crecido, en cada hierba y mojando cada piedra.
Schopenhauer dijo en su obra capital, “El mundo como voluntad y representación”, que toda vida es esencialmente sufrimiento, que nos movemos entre el dolor y el tedio. En el cementerio de Ferrol, cuando uno ya va hacia la salida puede leer unos versos de Rosalía -“Del polvo y fango nacidos, polvo y fango nos tornamos. ¿Por qué, pues, tanto luchamos si hemos de caer vencidos?”- que se encargan de quitarle el poco ánimo que le pudiera quedar. A lo mejor también el nombre del bar era un mensaje de resignación.
Sin embargo, como tantas otras veces, el entierro del domingo fue un momento para el cariño, una oportunidad para no dejar morir relaciones en las que, a pesar de la distancia y el tiempo, hay algo profundo que a lo mejor son los lazos de las raíces. Como con algunos sitios. Como con Carmen. Y cuando volvía solo en el coche sentía cierto consuelo por todo aquello, cierta calma.
 
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