25.6.17

Táboa Redonda: Hacia dónde conducimos


Publicado (con un ligero lapsus en el título) en el suplemento Táboa Redonda el domingo 25 de junio de 2017


Hacia dónde conducimos



"El domingo pasado, cuando volvía a casa, vi el cielo naranja detrás de un monte y conduje hacia allí, hasta las playas. Pero llegué tarde, el sol ya se había puesto. Aun así, todavía había mucha luz sobre el mar y la espuma de las olas brillaba sobre un azul que se iba haciendo más oscuro poco a poco.

Para valorar algo, para evaluarlo, aun subjetivamente, lo primero que debemos saber es cómo tendría que ser para parecernos bueno. Para valorar nuestra vida, lo mismo. A un amigo, en un prestigioso máster allende los mares un profesor le hizo imaginar paso a paso, durante media hora y con los ojos cerrados, cómo sería su día ideal. Les iba haciendo preguntas: a qué hora se levantarían, dónde y con quién; qué harían a continuación, si saldrían de casa o no, y a qué; cómo pasarían el día, si trabajarían, en qué y para qué; con quién comerían, cuánto trabajarían por la tarde, a qué casa querrían volver y a quién les gustaría encontrarse esperándolos, etc. Y a continuación les dijo: “Pues bien, ustedes, cada vez que tomen una decisión importante, tienen que pensar si eso los acerca o los aleja de esa vida”.

A lo mejor el planteamiento les parece discutible, poco realista, incluso válido solo para privilegiados. Tal vez lo sea. Pero piénsenlo de un modo más genérico: qué buscan en la vida. ¿Lo saben? Y, si no es así, ¿cómo esperan conseguirlo?

Todos damos palos de ciego en algún momento. En ocasiones es evidente; otras, no tanto, y nos dejamos arrastrar, desoyendo un proverbio mongol que dice “No confundas, jinete, el galopar de tu caballo con los latidos de tu propio corazón”. Me encanta: tomamos por deseos genuinos lo que no son más que destellos, espejismos o la corriente.

Hoy volví a ver el cielo naranja tras los montes y volví a conducir hacia ellos. Fui por un camino distinto y pasé junto a unos campos en los que hace años les hice una foto a mis hijos. Le tengo mucho cariño: están los dos de pie en la hierba, cogidos de la mano; Paula, con cinco años, lleva una trenca marrón y una boina de lana y mira seria a la cámara, y Carlos, con dos, tiene una trenca azul marino, sonríe mirando al suelo y lleva de la mano a su oveja de peluche. Pero es una foto que me angustia terriblemente, porque en aquel entonces estaba muerto de miedo. No sabía qué iba a ser de nosotros. No sabía cómo iba a ser mi vida con mis hijos.

Volví a llegar tarde: el sol ya se había puesto. Me quedé un rato de pie en las dunas, mirando las nubes grises del horizonte, sin saber si estaba bien o mal. No dejo de dudar, y a menudo pienso que sigo sin saber lo que quiero. Pero hay un miedo que ya no tengo, y eso lo cambia absolutamente todo."

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18.6.17

Táboa Redonda: Prescindibles

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 18 de junio de 2017


Prescindibles


"El domingo por la mañana, varios amigos asistieron a… algo. Algo que les pareció muy bien: una propuesta muy interesante.

Dichosos quienes tienen la fortuna de vivir una época y en un lugar donde hay tiempo, interés y recursos para el arte y la cultura. Incluso aunque a lo largo de la historia esas etapas hayan sido, a menudo, la antesala de ser invadidos por civilizaciones en un estadio anterior, guerreras, que jugaban con la ventaja de no valorar todavía demasiado la propia vida. Loados, en cualquier caso, quienes sucumbieron a causa de su refinamiento.

Además, yo supongo que, siempre, quienes han nadado en el caldo de cultivo que propicia el Arte, la Cultura y la Ciencia han tenido que ir apartando tablones y bolsas de plástico. Que tampoco en la Atenas de Pericles y la Florencia de los Medici debía de ser fácil separar el grano de la paja. Pero el caso es que yo estoy llegando a un punto en que si alguien me sugiere acudir a presenciar, visitar, ver, leer, escuchar, oler, palpar o degustar una propuesta muy interesante salgo huyendo.

Porque yo creo que no hay tanto talento.

Lo que hay es una demanda enorme y bastante cuestionable de arte, cultura, nuevas experiencias y entretenimiento. Y, como consecuencia, una no menos enorme oferta, bastante cuestionable también. Porque, por mucha creatividad que nos rodee, por mucha imaginación e ingenio que tengamos, no hay tanto. No hay artistas para tanto arte. Es imposible.

Y la consecuencia es que acabamos rodeados de un exceso de representaciones, conciertos y performances que demasiado a menudo no merecen la pena, sobrevaloradísimos, que no justifican ya no solo el dinero de la entrada sino el tiempo que consumen. Y esto incluye la literatura, por supuesto, empezando por las legiones enteras de columnistas de gatillo fácil que cada semana tenemos algo que decir. Por no hablar del mundo de los espectáculos infantiles, donde directamente parece no existir umbral mínimo. Propuestas interesantísimas, trajes nuevos del emperador por todos lados. Y nosotros leyendo las explicaciones de los cuadros del CGAC con expresión sesuda, por si hay cámara oculta.

De toda esta maraña, por decantación, sin duda saldrá verdadero arte, sublime o crudo, que nos enseñará algo sobre nuestra vida. Sin duda. Pero mientras, qué exceso de prescindibilidad tenemos que soportar."

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11.6.17

Táboa Redonda: La fiebre no es una enfermedad

Es un poco penoso tener que explicarlo, pero lo cierto es que no estoy muy seguro de si se entiende que al final del artículo me refiero al terrorismo.

Publicado en el Táboa Redonda del domingo 11 de junio de 2017


La fiebre no es una enfermedad




"Vuelvo a hablar de Sorkin, Aaron Sorkin, el mejor guionista del mundo. Solo el final de “El Ala Oeste” me dejó más huérfano que el final de “The wire”, y para superarlo acabo de ver otra genialidad: “The Newsroom”. Pero también la he acabado, y he tenido que volver al Ala Oeste, porque no encuentro nada a su altura. Aunque otra serie suya, “Studio 60 on the Sunset Strip”, promete.

Las series de Sorkin tienen dos características comunes: todos sus personajes son inteligentísimos (como ya he dicho aquí antes) y sus argumentos son la excusa para plantear continuos problemas éticos que ellos, lógicamente, no solo inteligentes sino decentes y dotados de fe en la Humanidad, deben afrontar y afrontan bien. Ah, no, y tienen otra característica más: le hacen sentir a uno que su vida (al menos su vida profesional; claro que las profesiones de sus películas ocupan las vidas enteras de sus personajes) es una completa medianía...

Pero inspiran. A lo mejor es que soy ingenuo, como me dijeron en mi defensa de tesis (yo me defendí diciendo que era idealista, que no era lo mismo: era consciente de las dificultades pero creía que se podían superar), pero cuando acabo cada capítulo me dan ganas de salir a arreglar el mundo.

Y permítanme que de este modo tan frívolo me acerque al tema que, lógicamente, me estremece estos días. Y ya va haciendo demasiado tiempo que es así. Tanto que el miedo inmediato va dejando sitio a un miedo a largo plazo en realidad más preocupante.

Frívolo, tal vez, pero no tan tonto como para pretender decir en estas líneas algo que aporte algo. Como mucho, dos cosas que serían de Perogrullo si entre nosotros hubiese algo que lo fuese, si hubiese algún tema, por obvio que parezca, que no atesore su cuota de discrepancia. Y esas dos cosas tienen que ver con el horizonte temporal de nuestro temor, pues una llama a la defensa urgente y la otra a acabar con las causas. Una es un problema de seguridad, un problema de violencia material contra el que protegerse materialmente; y la otra es el fondo de la cuestión, lo que la hace posible, lo que la alimenta, lo que hace que la locura parezca no tener fin, y contra la que poco o nada puede hacer la fuerza.

Nunca nada nos salvará de un loco dispuesto a todo. Y siempre habrá alguno. Como siempre lo ha habido. El problema es que ahora esa locura es un síntoma claro (por mucha manipulación que haya detrás, por muy espurios que sean los discursos que la legitiman) de otra enfermedad mucho mayor.

Cuando ustedes tienen fiebre no se limitan a tomar algo para bajarla, aunque eso sea siempre lo primero en atajar: al mismo tiempo, localizan su origen y luchan contra el mal que la provoca. Pónganle ustedes nombre a ese mal; el enfermo es el mundo."

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4.6.17

Táboa Redonda: El salvaje infierno


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 4 de junio de 2017


El salvaje infierno




"Cada vez soporto menos la violencia, incluso cuando es ficción. Desde que fui padre, dejé de ver películas donde hubiese sufrimiento infantil de cualquier tipo, porque no lo puedo aguantar (recuerdo parar de ver una película danesa, a quince minutos del final, llorando desconsoladamente por un ataque de empatía); pero no es solo eso: parece como si cualquier situación de dolor y, sobre todo, cualquier muestra de crueldad, me superara.

Por eso, a pesar de la entusiasta recomendación de un amigo, dudé si comprar o no “Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy. La sinopsis prometía precisamente sufrimiento y crueldad, y el recuerdo de “La carretera” no permitía esperar demasiadas concesiones, ya no al optimismo, sino a la esperanza de cualquier tipo. Pero al final lo hice, y eso que el hecho de que, nada más empezar, alguien le intente sacar a otro un ojo con el pulgar estuvo a punto de hacerme desistir. Y la acabo de terminar. Y me alegro. Oh, sí, me alegro.

McCarthy describe un mundo salvaje. El salvaje Oeste, donde lo que ocurre no es que se rompa de un botellazo el espejo del saloon, que un borracho atraviese una ventana de un puñetazo o que dos vaqueros se separen lentamente de la barra para un duelo. Donde lo que ocurre es que se mata por la espalda por mirar mal, se degüella, se violan niños y, por supuesto, cualquier mujer, donde se cuelga a la gente de una rama atravesándoles el tendón de Aquiles, donde se arrancan orejas y se hacen collares con ellas, donde se trenzan cuerdas con piel humana, donde se cortan todas las cabelleras (blancas o rojas), donde los apaches son un pueblo mentalmente paleolítico y, en fin, donde los bebés indios se matan asiéndolos por los pies y golpeándolos contra las rocas. De eso se habla. De un mundo donde no hay ningún refugio donde guarecerse. De un mundo sin ley, si esta expresión diese una idea aproximada del grado de barbarie, de brutalidad, de indefensión absoluta, de desvalimiento, de terror que lo domina.

Y, sin embargo, no solo es una lectura soportable sino una novela excepcional. Describe incesantemente el mismo monótono paisaje (después de este libro y de “Breaking bad”, tendría que estar loco para pisar Nuevo México voluntariamente) sin dejar de ofrecer nuevas imágenes, utilizando un lenguaje asfixiante pero sugerente, casi hipnótico, y tan intrincado que, al final, el que me dio más pena de todos fue Luis Murillo, el traductor. Y describe a unos individuos tan inauditos, extremos, desamparados y enloquecidos como cabría esperar encontrar en el infierno."

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29.5.17

Táboa Redonda: Con tilde en la i


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 28 de mayo de 2017


Con tilde en la i




"El portal huele a humedad y a viejo. Subo las escaleras a oscuras, paso el entresuelo y llego al primer piso. Empujo y entro. El suelo es de terrazo, distinto en el pasillo y en las habitaciones, y las paredes están empapeladas en blanco. A mis espaldas, un armario de capitoné granate. De una habitación sale una señora vestida con una chaqueta de punto roja y me pregunta qué quiero. Le doy lo que llevo y desaparece. Espero de pie. Hay láminas de grandes éxitos de la pintura salpicadas aquí y allá, todas excesivamente pequeñas, y en los desgarrones del papel se ve una pared marrón oscuro. Miro a los techos y me encuentro con fluorescentes de dos tipos, algunos de ellos sin varios tornillos y con la sucia carcasa medio descolgada. Los interruptores son también de los años sesenta. Las puertas de contrachapado blanco tienen el hueco del pestillo tapado con cinta aislante negra para que no se puedan cerrar. El mobiliario es viejo y el material de trabajo está almacenado en unas estanterías metálicas oxidadas que ocupan todo el piso, incluida la cocina. El cuarto del jefe es diferente: tiene muebles antiguos, estilo Remordimiento, como dice una amiga, y su suelo es el único de madera, pero gastado, sucio y descolorido. Pasa por mi lado, trajeado: es más joven que todas las mujeres que trabajan para él. Espero una media hora, durante la cual la de la chaqueta roja viene varias veces, me dice que me siente y me hace alguna pregunta. A mi lado tengo una placa eléctrica que o no funciona o está apagada, y sigo con el abrigo puesto. Oigo susurros de otros clientes en otras habitaciones: cuántas escenas de miseria habrán cobijado aquellos muros, y cuántas ruindades y secretos inconfesables de personas que me cruzo cada día por la calle conocerán esas mujeres. Al fin vuelve la señora de rojo a rematar la faena. La veo manipular su herramienta de trabajo con una lentitud y una inseguridad incomprensibles, dada la experiencia que debe de tener. Pago. Me ha dicho el precio en pesetas y después lo ha pasado a euros con una calculadora, y luego ha redondeado. Para la fama que tienen, no me parece caro. Al salir a la calle, como retornado de un viaje al pasado, me cuesta creer que en ese primer piso en el que nunca había reparado se oculte aquel antro. Parece mentira que las oficinas más cutres que he visto en mi vida hayan sido las de una notaría."

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21.5.17

Táboa Redonda: Bloomsbury y Lugo


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 21 de mayo de 2017


Bloomsbury y Lugo




"El fin de semana comenzó con la entrega de un premio a mi hija Paula por un microrrelato. En el acto, chavales y, sobre todo, chavalas leyeron sus textos: la adolescencia es siempre puro sturm und drang, da igual la época.

Acabamos de ver una miniserie de tres capítulos, una de esas series inglesas de la BBC donde siempre repite algún actor pero son tan buenos que no importa. Se titula “Life in squares” y trata, más o menos, de la vida de unos cuantos de los integrantes de aquel grupo de intelectuales tan impresionante que se llamó el círculo de Bloomsbury, entre los que se encontraban Virginia Woolf y su marido, la escritora Katherine Mansfield, el economista John Maynard Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Wittgenstein, por ejemplo.

La serie es algo lenta pero, aun así, muy interesante. Y una preciosidad. Los verdaderos protagonistas son Vanessa Bell –hermana de V. W.- y Duncan Grant, ambos pintores; y eso hace que la pintura tenga un papel muy relevante. Y la luz es en todo momento muy sugerente. Pero lo más llamativo, lo más atractivo de las tres o cuatro horas de película son unos diálogos que logran dar una sensación de sensibilidad y de profundidad de reflexión (y no se trata de charlas frívolas sobre arte, sino de enfrentarse a la desgracia) que a mí me maravillaron y me parecieron realmente inspiradoras.

Y al día siguiente, sin dejar de ser los mismos, decidimos ir a Lugo con el único propósito de comer de tapas. En las últimas dos semanas he cruzado la Terra Cha tres veces, y me ha parecido más bonita que nunca. Los tonos de verde de los árboles y los prados son asombrosos; y ahora, además, todo está lleno del amarillo de los tojos y las xestas.

En Lugo, después de los vinos y antes del paseo por la muralla entramos en la catedral, donde yo eché limosna en un peto por las benditas ánimas del Purgatorio, buscando el hilo cultural procedente de las casas de aldea donde se ponían dos cubiertos de más en Navidad, o se dejaba un leño ardiendo toda la noche de Difuntos. Limosnas para liberar almas: qué extraño concepto. Tuvimos la suerte de oír tocar el órgano. Y al salir, a Marta su hijo le dijo que, a la vista de todo aquello, él prefería creer.

Mujeres cautivadoras, literatura, pintura, paisaje, sonrisas en los bares y música vibrando entre la piedra: todo es belleza. Y ya se sabe lo que decía Ramón Trecet: es lo único que vale la pena en este asqueroso mundo."

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7.5.17

Táboa Redonda: Madrid en pintura



Madrid en pintura


"Primer café en la máquina de al lado del ascensor: en lugar de un café con leche me sale un cortado con virutas de chocolate. Son casi las doce. Subo a mi habitación a acostarme.

En llegar desde el hotel a mis clases tardo, en metro, 54 minutos. Aquí lo ven normal y a mí me pasma. Como si voy a trabajar todos los días desde Ferrol a Santiago. Lo único bueno es que garantiza casi dos horas diarias de lectura.

He venido con ganas de ver cuadros y tengo dos tardes libres. La primera voy al Prado a ver una exposición temporal, una selección de la Hispanic Society of America. Una de esas cosas que por sí solas justifican venir a la capital. Veo una Biblia de 1250, de Soissons, con una caligrafía que cuesta creer, y que obliga a pensar qué tipo de seres eran los copistas. Mejor letra que el emperador Carlos V tenían, como compruebo en una carta manuscrita a su hijo diciéndole cómo gobernar en su ausencia. Hay también un decreto suyo mandando doblar el sueldo a Tiziano. Un mapamundi de Giovanni Vespucio, el sobrino de Américo, de 1526, es un viaje fantástico en el tiempo: India Intraganges y Ultraganges, Valaquia, Etiopía superior e inferior, la Tierra de los Bacallaos colocada casi al lado de Florida, y una América que se va difuminando hasta quedarse sin costa oeste. Y, por fin, la pintura: tres Sorollas increíbles, de los cuales me llama la atención, por ser menos conocido, “Los pimientos”, con una raya de luz del sol que, junto con los remolinos del agua de “Idilio en el mar”, solo puede pintar un genio; y dos Velázquez. Me quedo diez minutos maravillado por la perfección de su “Retrato de una niña”. Goya no me gusta. Lo siento, pero ya estoy harto de fingir: no me gusta, y punto.

Al salir, veo en la verja del Ritz los precios de la terraza: la ración -100 g- de Beluga está a 520 €, y si optamos por el caviar Imperial la cosa sube a 620. Pero además hay una oferta, porque por 379 € más -999 en total- podemos añadirle una botella de champán Krug Vintage. Yo creo que la gente estos chollos no los sabe y se los pierde. Una pena.

El martes voy al Caixaforum a ver una exposición del pintor Ramón Casas, que no conocía. Principios del siglo pasado, amigo de Sorolla, Rusiñol y algún otro afincado en París. Me encanta, aunque el cuadro que más me impresiona es un retrato de Sorolla pintado por un tal Anders Leonard Zorn.

Último café en la máquina de los ascensores: en lugar de café con leche me sale un vaso de leche caliente con azúcar. Hacía unos cuarenta años que no bebía eso, y recuerdo por qué. Son casi las doce. Subo a mi habitación a acostarme."

Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 7 de mayo de 2017


1.5.17

Táboa Redonda: Desde el tren


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 30 de abril de 2017


Desde el tren




"Despedirse de vez en cuando es bueno. Para echarse de menos y -por qué no- para descansar. He conocido bastantes matrimonios que atribuían su longevidad y buena salud al hecho de separarse periódicamente por motivos de trabajo. Sé que esa moneda tiene otra cara, pero creo que en ese caso no es más que un catalizador, y no la causa. Ya decía Domenico Modugno que la distancia es como el viento: apaga el fuego pequeño pero enciende el grande.

Leo en el andén de la estación de tren de Coruña, esperando. Me voy unos días a Madrid. Oigo un ruido a mi derecha y miro, y veo que por una puerta lateral ha entrado desde la calle un globo rojo. El aire lo empuja, se acerca botando, cruza las filas de asientos y sale por el otro lado sin que nadie lo toque.

Ayer comimos en Santiago, en la calle, rodeados de casas con galería bien rehabilitadas, donde creo que no me importaría nada vivir. Lo único bueno de no haber estudiado en Compostela es que no es posible haberse hastiado. Hoy, desde el vagón, veo que sus alrededores están atestados de chalés. En demasiados, un alienígena deduciría que el habitante es el coche, a juzgar por el lugar de preeminencia que se le deja en la finca. Al parar el tren se me sienta un hombre al lado. Le huele el aliento. Me pongo los cascos pero no sirve de nada: confirmo que se trata de sentidos distintos y que el olor sigue ahí.

En algún lugar entre Ourense y León pasamos cerca de un embalse, y el reflejo del sol en el agua hace que parezcan escamas doradas. El concierto para violín de Mendelssohn le da un toque apasionado a cualquier paisaje. Más adelante, Castilla, ese misterio. Me gustaría probar cómo es vivir aquí. Y me pregunto por qué un pueblo junto al mar parece menos perdido que el mismo pueblo en medio de la llanura; pero sin duda para mí es así. No es lo mismo salir en lancha que en tractor. Estos sitios de la Meseta son la estampa de la soledad, y tengo la impresión de que, paseando por ellos, uno puede llegar hasta la última calle del pueblo y ver delante el vacío. Aunque seguro que Delibes no estaría de acuerdo. Hay que saber mirar. La población dispersa, en todo caso, garantiza que ninguna casa sea la última.

Llego a Chamartín. La cotidianidad por teléfono cobra otra importancia. Despedirse de vez en cuando es bueno, para no dar por sentado lo que tenemos, para que la costumbre no lo haga invisible, para no olvidarnos de que podría no estar."

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23.4.17

Táboa Redonda: Las capas de la cebolla


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 23 de abril de 2017


Las capas de la cebolla




"Ahora, en las vacaciones, por primera vez en muchos años, cuando no tengo nada que hacer puedo no hacer nada, y es muy extraño. Un día decidí compensar todos los excesos gastronómicos de la semana y comer solamente un par de frutas, mientras esperaba en una plaza a los niños, que comían con su madre.

Me senté con un libro en un banco, yo solo, a hacer una de las cosas que más me gustan: leer en un banco yo solo. E iba levantando la cabeza para mirar a la gente que pasaba y tratar de adivinar, por dos frases, cómo era su vida. El tiempo era primaveral y sobre la cabeza me daban sombra las ramas de un almendro, llenas de flores.

Estoy leyendo “Viajes con Charley”, de Steinbeck, sobre un viaje por carretera por Estados Unidos, cuando ya era mayor (él no sabía que le faltaban dos años para morir), con su perro. Y cuenta que, a lo largo de su recorrido de varios meses, apenas dio con una o dos personas que no lo envidiaran; que no quisieran ponerse en marcha e irse a cualquier sitio; que no tuviesen ganas de alejarse de su Aquí, fuese este cual fuese.

Ayer, también el protagonista de una película intrascendente que vi con los niños habría estado encantado de distanciarse una temporada de su aparentemente buena vida, huyendo de una inercia que lo asfixiaba. Y es curioso, porque, si es una situación muy recurrente en el cine, se debe a que lo es en la realidad: una vida bien montada, con razones para ser satisfactoria, incluso con los protagonistas adecuados, que sin embargo se ha convertido en una estructura sin un espacio para respirar, que carece del aliciente que nos hace querer mantener todo lo demás en marcha, donde falta la ilusión que marca la diferencia entre pasar la vida y vivirla.

La pirámide de Maslow es una buena herramienta de análisis sociológico, pero individualmente a veces es más útil una cebolla. Porque nuestra progresión no es verdaderamente ascendente, en contra del estereotipo. La vida consiste en un centro que es imprescindible llenar, y que es sentimental -¿alguien lo duda?-, sobre el que hemos de apoyar capas, unas encima de otras: aprender cosas, conseguir otras, probar novedades, estudiar, renovar el decorado, conocer a gente interesante, viajar, etc., etc. Pero ambas cosas son imprescindibles, porque no hay capa que se sostenga si el centro está hueco, ni centro capaz de resistir solo a la intemperie por mucho tiempo.

La gran tarea consiste en llenar ese corazón y luego poder sentarse bajo las flores de un almendro."

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16.4.17

Táboa Redonda: Poesía cotidiana


Publicado en el suplemento Táboa Redonda del domingo 16 de abril de 2017


Poesía cotidiana


"Hace siglos, cuando en internet se escribían y leían blogs, cuando yo mismo empecé el mío, conocí muchos que valían la pena. Muchos. Verdaderas joyas llenas de talento que, además, lo demostraban casi a diario. Leí un montón. Algunos duraron poco, otros más pero me cansaron antes. Y bastantes me permitieron disfrutar alguna vez de textos que no tenían nada que envidiar a la buena literatura; supongo que porque lo eran.

De todos ellos, hay uno que jamás me ha cansado. Uno que siempre, sin excepción, en cada una de sus entradas, ha sido un placer leer. Y lo sigue siendo, porque, más de doce años después y a pesar de los cambios de nombre, Jesús Miramón, un funcionario de cincuenta y pico años de un pueblo de Huesca, continúa escribiendo. Fue “Innisfree”, fue “Cuaderno de un hombre de Cromañón”, fue “Cabo de Hornos” y ha sido y es “Las cinco estaciones”. Sitios donde se puede presenciar y compartir el asombro de un hombre por la vida.

Ayer vimos una película de Jim Jarmusch, “Paterson”, que me recordó a Jesús. En ella, el protagonista -Paterson, conductor de autobuses en la ciudad de Paterson, New Jersey-, enamorado de su soñadora mujer y cuya vida sigue una rutina absoluta que parece hacerle feliz, escribe poesía. En el descanso de la comida, por las noches en el sótano de casa o en su asiento del autobús antes de comenzar la jornada, escribe. Sobre la cotidianidad, sobre su amor discreto, sobre las cerillas de punta azul y todas las pequeñas cosas que le asombran. Como Jesús. Porque, como él, es perfectamente consciente de que todo es asombroso, se da cuenta de que estar vivo -mirarse en el espejo, beber un whisky, cocinar para la familia, charlar, pasear junto a un campo de cebada, conducir bajo una tormenta, querer a alguien y que te quieran- es una aventura maravillosa.

Paterson escribe poesía y eso le abre una puerta por la que no sé si entra o sale todo. Una puerta, creo, a un nivel de consciencia superior. O tal vez es esa consciencia la que lo aboca a escribir. Como a Jesús. Personas que se dan cuenta de qué es la vida: “Qué día más normal ha sido este miércoles cinco de abril de dos mil diecisiete. Ha sido tan normal que si tuviera que dejar algún resto arqueológico para los futuros excavadores arqueológicos escogería el día de hoy. Ojalá se dieran cuenta de que los días normales fueron los extraordinarios ladrillos de la felicidad normal de los seres humanos normales”. Que se dan cuenta de que estar vivo es la gran aventura."

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