4.12.16

Táboa Redonda: Si se vuelve al sortilegio

En el fondo, esto no es más que un alegato, un tirarse de los pelos, contra la credulidad tonta que parece no haber mejorado nada con los años ni los siglos.

Harto, estoy.





Si se vuelve al sortilegio


"Ya a principios del siglo pasado, Chesterton dijo: “Desde que los hombres no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa”. Y la frase es tan buena que la verdad es que poco más hay que explicar, pero yo tengo una columna que rellenar.

Dado que la religión ha tenido siempre, a lo largo de la Historia, un papel central en nuestra cultura, sería absurdo pretender que la necesidad de creer en algo es hoy en día mayor que antes. Pero lo que muy probablemente sea cierto es que tampoco es menor: seguimos teniendo un vacío que llenar, un vértigo que contener, y buscamos seguridad donde podemos. Tal vez ni siquiera haya motivos para pensar que ahora el fenómeno se ha diversificado y los objetos de nuestras fes son más numerosos y variados; al fin y al cabo, la oferta de cultos en la antigüedad era pasmosa (lo compruebo estos días leyendo las “Memorias de Adriano”, viendo la profusión de ritos a los que asistía el emperador allá donde iba). La diferencia, creo yo, radica en el paradójico contraste actual entre el cientifismo general de la época, el alejamiento mayoritario de la religión, por un lado, y, por otro, la facilidad para abrazar cualquier otra creencia, por esotérica que sea, con tal de que venga camuflada bajo una capa de seriedad.

Hace años, una amiga me dejó anonadado al decirme que a ella la religión le parecía un cuento para niños, pero que en la Astrología sí creía. Y sin duda es un ejemplo muy significativo, pero no es frecuente que se llegue tan lejos. Lo habitual es defender con argumentos aparentemente científicos propuestas y opciones completamente acientíficas. Propuestas a las que se les da un baño de racionalidad, que se disfrazan con terminología y un cierto estilo, cuando en realidad entran de lleno en el terreno de la fe, la superstición o la simple superchería. Y es una pena.

No es que yo no acepte un planteamiento vital donde quepa lo irracional, ni mucho menos; lo que no soporto, lo que hace daño, es el gato por liebre. Si usted cree en los chakras, que el Gran Cañón lo hizo Dios con el dedo, en los beneficios de hablar con las plantas o en el poder sanador del rojo carmín, allá usted. Ojalá le funcione. Pero no me saque un libro de un tío que pasó de lobo de Wall Street a discípulo del Dalai Lama, y que tras dos meses de estudios muy serios en el sótano de su casa descubrió que solo debíamos comer alimentos que empiecen por hache, y nos lo demuestra científicamente. No, de científicamente, nada. Y no hemos llegado hasta aquí para esto."


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27.11.16

Táboa Redonda: Actuar

Mi egocentrismo es tan retorcido que se las ingenia para relacionarme con Brando.




Actuar


"La primera escena de “Piel de serpiente” dura unos cinco minutos y transcurre en lo que parece el juzgado de un pueblo. Sacan a Brando de una celda y lo interrogan. Solo se le ve a él, que va respondiendo a las preguntas del juez con frases cortas, como cansado, subiendo y bajando las cejas, frunciendo la boca, inclinando la cabeza, mirando para los lados, al techo, dudando, medio cínico, medio resignado. Y es increíble.

La película es de Sidney Lumet, con Ana Magnani y el apabullante Marlon Brando. Y, como me pasó hace unos años con “La noche del cazador” -de Charles Laughton y protagonizada por un joven y cautivador Robert Mitchum-, me pareció que, aun siendo cine, allí se hablaba otro lenguaje. No se me ocurre otra forma más clara de explicarlo que diciendo que ambas son más teatrales. En esta, a veces la imagen se oscurece ligeramente y solo se iluminan los ojos de quien habla. Y yo diría que el peso de la interpretación es absoluto, que los actores lo son todo. Tanto Magnani como, en especial, él, tienen escenas con primeros planos, monólogos donde no están más que ellos y esa luz favorecedora. Ellos actuando: puro arte dramático.

Lo de Brando es asombroso; su presencia es tan abrumadora que eclipsa todo lo demás. Me preguntaba, al verlo, si realmente daría esa sensación fuera de la pantalla. Esa sensación de excepcionalidad. Puede que no fuese el más guapo (Paul, Robert, Monty…), pero, ¿ha habido alguien tan extraordinario, literalmente, tan fuera de lo común? Se cuenta que a la Paramount no le convencía que hiciese de don Vito en “El padrino”, pero que, tras verlo en la habitación del hotel meterse un par de servilletas en los carrillos y mostrarles durante unos segundos su idea del personaje, ya no hubo ninguna duda. Debe de estar bien, ser grande en algo.

Aunque, bueno, en realidad supongo que desde cualquier pódium se ve mucha suciedad que al público se le escapa. Salvando la sideral distancia, las veces que he recibido algún elogio claro por algo que he hecho, siempre, sin excepción, me ha parecido que es que no lo sabían todo. Nunca creo que los míos sean los logros meritorios e indudables que yo admiro en los demás; siempre hay una explicación que les rebaja la épica y la poesía, siempre veo unos andamios, unas miserias que deslucen todo un poco, o bastante.

Por eso ningún resultado me transforma nunca en lo que desde fuera me parecen otros. Haga lo que haga y por más que me empeñe, sigo siendo yo."

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20.11.16

Táboa Redonda: Leonard o detenerse



Leonard o detenerse


"Tengo un amigo que adora a Cohen. Y si ustedes conociesen a mi amigo sabrían que decir eso es mucho decir. Porque mi amigo es alguien muy especial, que ha decidido no hacer demasiadas cosas a la ligera. Y elegir qué le gusta no es una de ellas, sin duda.

Ahora Cohen estará unos días (que cuando salga esta columna ya habrán pasado) en boca de todos. Muchos habremos visto el vídeo de su discurso de aceptación del Príncipe de Asturias, que da una idea de cómo se tomaba -también él- las cosas, su música, su vida, supongo. Y ese pico de atención hará que alguien lo descubra, que es bueno, pero tendrá el indeseado efecto de banalizarlo, al hacerlo una estación más de esta tonta vorágine informativa que nos lleva de consternación en consternación desde Bowie hasta él, pasando por Pedro Sánchez, Dylan y Trump. Y es una pena. Es lo contrario de lo que hace mi amigo, que se para y profundiza. Y creo que es lo contrario de lo que quiso hacer Cohen con su carrera y le valió para llegar a donde no te llevan las ventas.

Que uno de los problemas de internet es el exceso de información, y la consiguiente dificultad para discernir cuál vale y cuál no, es ya un lugar común. Pero otro mal intrínseco al medio, a su inmediatez y a su incesante actualización, es que impide que nada repose, que nada dure, que nada se libre de ser rápidamente reemplazado.

Escribir en línea, por ejemplo, proporciona una respuesta instantánea que es siempre tentadora. Por eso tiene poco que ver, en cuanto a dedicación y persistencia, con escribir con un objetivo a meses o años vista, o sin él. Y no sé si eso nos condena a la superficialidad, pero estoy seguro de que se nota. Que la fugacidad quita peso a lo que escribimos y, por tanto, a lo que leemos.

Necesitamos a los demás. Al menos yo. Y escribir, cantar, pintar, fotografiar o hablar son actos de comunicación de los que esperamos una respuesta. Quien diga que escribe para él mismo y luego no guarde su obra en un cajón, miente. Queremos llegar a los demás, porque queremos que los demás lleguen hasta nosotros. Que nos quieran, y eso. Pero ahora parece habérsenos ido de las manos y es como si, de los elementos de la comunicación, lo de menos fuese el mensaje. Total, para lo que va a durar. Ahora que creemos disfrutar de la libertad de expresión y contamos con herramientas de comunicación asombrosas, ahora que podemos llegar a quien queramos y nos hablamos sin interrupción, apenas decimos nada. En un salto global a peor nos hemos quedado con el canal, con el acto hueco de transmitir y recibir, sin parar, el vacío en sus diversas formas."
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13.11.16

Táboa Redonda: 100



100


"Espero que no suene muy endogámico si digo en esta columna que he ido a una exposición de la que hablaba el otro día Manuel Gago en la suya. Porque así es. La exposición era “Galicia Cen”, un recorrido por la cultura gallega y nuestra idiosincrasia a través de cien objetos que van desde el paleolítico hasta los años 90, y tan variopintos como una máquina de coser Refrey, un póster del referéndum del Estatuto, el Códice Calixtino o un arcón congelador. Fue interesante.
Con esa excusa fuimos a A Coruña (me pondrán el artículo, pero que conste que en Ferrol decimos Coruña a secas; con lo que, además de abreviar, sorteamos con elegancia el conflicto lingüístico) a comer y, previamente, a tomar algo por la ciudad vieja. Han restaurado muchísimos edificios, que tienen toda la pinta de ser muy económicos. A sus pies, llenaba los bares su clientela –supongo- más preciada, treinta y cuarentañeros y gente en el primer tramo de la cincuentena. O aquí nadie tiene hijos ya, o el verdadero empujón a nuestra hostelería no estacional se lo está dando la consolidación del divorcio, que fin de semana sí, fin de semana no, puebla las calles de parejas y pandillas de adultos con sueldo más/menos pensión.

Fundación contra fundación, tras Galicia nos esperaba Sorolla. Algunos cuadros los habíamos visto este verano en su casa-museo de Madrid. Entre ellos, dos cielos de tormenta sobre el Guadarrama que justificarían una carrera entera. Pero, a pesar de ellos y a pesar de que la exposición era pequeña y corta, la sensación de siempre, de que hay demasiado que ver, que en realidad ninguna exposición es abarcable. ¿Se pueden disfrutar más de tres o cuatro cuadros seguidos con calma?

A la salida iba dándole vueltas a los 100 objetos. Aunque en ningún momento pretende ser un catálogo de logros, es inevitable hacer, inconscientemente, una lectura evaluadora. Al menos yo la hice. La visita me dejó una impresión de modestia –por lo que uno imagina que sería esa muestra referida a otros pueblos, y porque, como cabía esperar, la pobreza y los reveses estaban muy presentes- y, sobre todo, una sensación de oportunidades perdidas, de posibilidades no aprovechadas, de intentos cortos, de riqueza y valor desperdiciados, de un afán infructuoso porque raras veces encontró un camino. Sin buscar culpables (y menos aun cayendo en el habitual error de buscarlos solo fuera), a mí me iba dando pena, me íbamos dando pena. La pena del que, no se sabe muy bien por qué, nunca llega a demostrar de qué es capaz."

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6.11.16

Táboa Redonda: o rezo

Me dice mi padre (soy de una generación que ya no lo sabe) que a este Rosario de la noche se le llamó toda la vida o rezo.
 
O rezo, con sus limitaciones y sus cargas, y con su utilidad, algo así como el consuelo de una comunidad, supongo.
 
Lo demás, una mirada al fondo de los sentimientos, con cuidado de no caer en el abismo.
 
 

 

Se rezará el Rosario


"Creo que era la primera vez que asistía al rezo completo del Rosario. Como es costumbre, poco antes de las diez de la noche empezó a llegar gente de todas las aldeas de alrededor, y el pequeño tanatorio se fue llenando de ropa oscura, de caras serias y manos encallecidas, que decía Cabanillas, Ramón, y las ventanas se fueron empañando.

Comienza la oración. Se repiten padrenuestros y avemarías en un murmullo monótono e ininteligible. Se recitan mecánicamente las letanías a un ritmo que se va acelerando hasta llegar a resultar mareante. Es imposible no pensar en los estudiantes que en las madrasas se mecen adelante y atrás repitiendo versículos del Corán. Me acuerdo de una escena en un templo de no sé qué película de Indiana Jones; sólo falta que alguien comience a bailar espasmódicamente en el centro o traigan a rastras a una mujer gritando y debatiéndose por soltarse. Pero las miradas no pasan de huidizas; alguna hosca, quizá: demasiado individualistas para el fanatismo. El rezo se acaba y los vecinos se van marchando. Al rato, el hermano del difunto pregunta quién está, quién se ha ido y quién se ha quedado: lleva la cuenta, la ha llevado todo el día y la llevará toda la noche.

Ya en casa. Algo bueno habrá hecho un hombre para que sus nietos lloren así por él. Pensé, al verlos, que ojalá a mí me pasase lo mismo dentro de muchos años. Ese cariño en su familia hizo que hubiera algo bueno aquel día.

La viuda había llorado a un hijo. Ya había llorado todo lo que se puede llorar. Y cada muerte no hacía más que recordarle la otra.

No sé, ni quiero saber, cómo será la realidad, pero el otro día me di cuenta de que, en las películas, cada vez que alguien se enfrenta a la muerte de un hijo, cuando lo abraza, cuando comienza la locura del dolor, lo evoca de pequeño. Da igual la edad: mi niño, mi pequeña… Imagino que sí, que nuestros hijos no dejan de ser nunca, para nosotros, aquellos que tuvimos en brazos. Lo contrario, en mi caso, también es verdad: mis padres, mis abuelos, siguen en parte siendo los de mi infancia, los de mi niñez, cuando lo eran todo.

Les contaba cuentos. A los nietos, les contaba cuentos por las noches."
 
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31.10.16

Táboa Redonda: El enemigo del pueblo


Hoy, con foto y todo. De Dalton Trumbo y su mujer.


El enemigo del pueblo




"Bien aconsejados, hace unos días vimos “Trumbo”, la película que cuenta los problemas que, por sus ideas políticas, tuvo el guionista Dalton Trumbo (“Johnny cogió su fusil”, “Espartaco”, “Vacaciones en Roma”, “Papillón”…) en la época de la caza de brujas de McCarthy. Problemas que incluyeron once meses de cárcel. El protagonista es Bryan Cranston, el inolvidable W. W. de “Breaking bad”. La película no puede evitar ser previsible, pero eso no impide que sea muy buena. Entre otras cosas porque el mensaje, aunque conocido e incluso manido, llega perfectamente y con toda la fuerza que merece. Mensaje que, por descontado, no es otro que la denuncia de la intolerancia.

La intolerancia, ya saben, esa cosa de radicales e integristas. Suerte que nosotros estemos ya muy lejos de ella.

La intolerancia surge siempre de creerse en posesión de la verdad. De considerar que la propia interpretación de la realidad es la única válida. Todos los dictadores han asegurado (y a menudo creído) defender el bien común. Que la patria, el pueblo, la revolución, la raza o Dios hablaban por ellos, y que sus enemigos no eran otros que los de todos: Comité de Actividades Antiamericanas, se llamaba el instrumento anticomunista; “Hoy se celebrará un concierto de obras de Shostakóvich, el enemigo del pueblo”, cuenta Julian Barnes en su estremecedora “El ruido del tiempo” (Anagrama); no más enemigos “que aquellos que lo fueron de España”... Se decide dónde está la línea que separa el bien del mal y se les impone a los demás.

Algo ajeno a nosotros, decíamos. Seguro que ninguno de ustedes vacila en condenar esos ejemplos. Y sin embargo, yo me canso de ver cómo aceptamos o rechazamos a los demás en función de su color político. Y me refiero a rechazarlos como personas, a considerarlos, al final, peores. Es curioso, siendo tan tolerantes.

Tengo la suerte de frecuentar a gente que no opina como yo. Y hace muchos años que sé que, como explicaba Manuel Veiga Taboada en un imprescindible artículo publicado en julio (“Por que votei PP”, Sermos Galiza), casi todo el mundo ha llegado a pensar lo que piensa tras un intento honesto -oh, claro, y lastrado por sus miedos, desconocimiento, prejuicios y simpatías: quién no- de explicarse la realidad y buscar solución a sus problemas. Que las malas personas son pocas y están muy repartidas.

Por supuesto que todos tenemos principios a los que no renunciaríamos, líneas rojas que no estamos dispuestos a cruzar. Pero deberían ser muy pocas. En política tendría que haber pocos dogmas de fe y muchas ideas. Y así como el científico se distingue del brujo y del homeópata en que él es el primer interesado en cuestionar sus hipótesis, nosotros deberíamos diferenciarnos de los fanáticos en nuestra disposición a confrontar las propias convicciones con las de los demás. En su novela “Mantícora” (parte de una trilogía que vale su peso en oro, en Libros del Asteroide), Robertson Davies dice: “¿No sabe usted qué es el fanatismo? Es sencillo: se trata de un exceso de compensación frente a la duda”. Es una definición muy esclarecedora: quien defiende ideas y no doctrinas debería ser capaz de ponerlas sobre la mesa y debatirlas, sin sentir que el mundo entero se resquebraja bajo sus pies. La traición a las opiniones previas se llama recapacitar.

La capacidad de tolerar ideas discrepantes es un gran logro. Muchos no tuvieron la suerte de beneficiarse de él. Pero, en una sociedad que se presume avanzada, la tolerancia no puede consistir únicamente en aceptar vivir rodeado de gente equivocada, sino en asumir que los demás podrían tener razón.

Y de eso también estamos lejos. Todos. Cada día."

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23.10.16

Táboa Redonda: Banderines en un aparcamiento




Banderines en un aparcamiento



"La publicidad sin público me parece triste. Más triste cuanto más alegre y llamativa quiere ser. Los letreros con detalles festivos, con muñequitos que saludan contentos y frases de entusiasmo, los carteles con rótulos enmarcados en estrellas doradas y llenos de signos de exclamación -aunque sea para poner el precio del kilo de langostinos-, cuando no se leen, cuando creo que nadie los ve, me parecen un poco deprimentes. Y todavía más si en ellos sale gente riéndose. Sobre todo familias con niños: padres e hijos abrazados sonriéndole fijamente a nadie.

Siempre he tenido la tendencia a atribuir sentimientos a las cosas, y eso hace que algunos objetos me puedan dar pena: un tubo de pasta de dientes terminado, unos papeles viejos o un adorno en un mueble. Pero en este caso no se trata de eso, sino de la tristeza del mensaje que no llega. Los banderines de colores agitándose un día de viento en medio del aparcamiento desierto de un centro comercial vacío, en una película americana, son la viva imagen no solo de la soledad sino del desamor. El desamor de la llamada no atendida.

Pero hay males de amores que no consisten, como ese de las banderolas, en no ser correspondido, sino en necesitar querer, desear querer, querer querer, y ni siquiera verse cerca de elegir a alguien que no nos haga caso. Ni siquiera haber podido fracasar. Es el desamor no correspondido.

Recuerdo unos años en que a mí, sin duda, ya me estaba haciendo falta tener novia. O al menos enamorarme, y luego ya veríamos si la cosa iba o no iba. Quería querer y que me quisiera alguien. Pero nada, no encontraba a la persona, o ella no me encontraba a mí; y pasaba el tiempo y yo, la verdad, me sentía bastante mal. Es cierto que fue mucho más doloroso, más adelante, sufrir por alguien, sentirme abandonado y creer necesitar a alguien en cuya vida, de repente, ya no había sitio para mí. Es cierto que fui más infeliz. Pero nunca estuve tan solo como cuando ni siquiera tenía a quién echar de menos.
Era como esas familias de los escaparates de las agencias de viajes, poniendo mi mejor sonrisa día tras día por si alguien pasaba por delante y la veía."
 
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17.10.16

Táboa Redonda: Guillermo y el francés


Guillermo y el francés


 

"La vida a veces nos pone obstáculos insalvables. El domingo pasado, por ejemplo, yo tenía que estudiar francés y una botella de albariño se interpuso en mi camino.

No sé si luché mucho, pero de lo que no cabe duda es de que perdí. Pasé primero una fase de k.o. técnico de la que logré salir al cabo de un par de horas, no sin esfuerzo, para sentarme delante de mis apuntes. A la vez, trataba de escuchar Radio France Internationale: cuando hablan, los franceses parecen permanentemente escandalizados. Y es verdad que dicen “Oh, la lá”. A veces incluso “Oh, la la lá”. Me pregunto si son conscientes del efecto que eso tiene entre nosotros los extranjeros.

Pero el imperativo, el imperfecto, el condicional y el subjuntivo, con sus dobles eses, sus íes y sus acentos aleatoriamente colocados, se entrecruzaban en el papel, riéndose de mí a carcajadas. Y mientras escribía “sache, saches, sache…» (nada que ver con la tierra), me acordaba de Guillermo Brown, el Proscrito, quejándose amargamente de tener que estudiar los verbos en francés y preguntándose, profundamente indignado, cómo podía alguien ser tan degenerado como para hablar así.

En su momento me leí todo Guillermo. Admito que eran algo repetitivos, pero me encantaban. Sin embargo, ahora que se los ofrezco a mi hija parecen pertenecer a mundos inconexos. Y no lo entiendo: ¿estaba yo mucho más cerca de un niño inglés de principios del siglo pasado que ella? Parece que sí, aunque para mí lo que contaba Richmal Crompton ya tuviese poco que ver con mi infancia real. Pero tal vez yo, pese a todo, hablaba todavía ese idioma. Estaba urbanizado, sin duda, pero apenas tecnologizado; y, aunque en mi casa nunca pasamos apuros, tampoco eran mis posibilidades materiales las de mis hijos. Todavía tenía sentido buscarse la vida para lograr caramelos o una fanta compartida, o colarse en un terreno para hacer una cabaña. Y, en cambio, puede que ahora no tenga ninguno, que Paula no sepa de qué hablan, ni además le interese averiguarlo.

En esto siempre ha sido fácil dramatizar y caer en el lamento apocalíptico. También yo reconozco que me disgusta que el campo de juegos se limite a una pantalla. Y no puedo evitar preguntarme si por este camino que recorremos nuestros niños no se estarán perdiendo algo. Pero, ¿no pensaba, cuando oía a mis padres compararnos con ellos, que no era cierto que las cosas hubiesen empeorado?, ¿que no era verdad que jugásemos peor? Decían que ya no teníamos imaginación, pero yo no veía ninguna ventaja en jugar a las muñecas con mazorcas de maíz, como mi madre. Y estoy seguro de que mis hijos no se la ven a jugar a indios y vaqueros en lugar de cazar pokémons."

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(Publicado en el suplemento cultural Táboa Redonda, domingo 16.oct.16)


9.10.16

Táboa Redonda: La lluvia no es cursi



La lluvia no es cursi



"En esta época del año, algunos días los amaneceres son espectaculares. Por encima de los montes de la otra banda de la ría las nubes se van enrojeciendo hasta llegar, algunas mañanas, a cubrir casi todo el horizonte de una especie de mar ondulado del naranja al rosa. A veces a la Naturaleza se le va la mano. Cualquiera que pintase ese cielo sería un  hortera. Y sin embargo ahí están, compruébenlo ustedes mismos. Y no podemos culpar a nadie. Supongo que no puede haber exceso si no hay autor.

Es muy difícil decir en un texto que llueve sin resultar cursi. Pero creo que escribir bien consiste, en parte, en conseguirlo. En que, igual que ver llover una tarde en la calle nos parece natural, leerlo lo sea. Algo así decía García Márquez (lo cuenta José Donoso en “Historia personal del boom”) que le pasaba en una época de bloqueo, cuando escribía “Cien años de soledad”, ni más ni menos: “Escribo que hace calor, y no hace”. Lograr que lo que uno dice sea cierto. Lograrlo sin forzar, sin pedir un ejercicio de fe ni confianza, sino llevando hasta allí al lector, como quien lo lleva a un soportal de Santiago a ver la lluvia.

Solo he leído una novela de John Banville, “El intocable”, y una de las razones por las que me decepcionó fue la cantidad de “como si” que había. Todo era como si, todos se comportaban como si, se vestían como si y se sentaban como si; todos los cielos, los sonidos, las sonrisas y las luces eran como si alguna otra cosa. Además de lo cansino que resultaba, yo creo que cuando uno tiene que explicar tantas cosas es que no las está sabiendo decir.

Porque de lo que trata la literatura es de cómo se dice algo. Cómo, no qué. Es la forma, el medio, lo que define un arte y lo distingue de los demás y de lo que no lo es. Y ese medio, en este caso, son las palabras: cuáles se escogen y dónde se ponen. Por eso la discusión forma o contenido es absurda. Se puede, sin duda, hablar de literatura con o sin contenido, pero nunca sin forma. El mensaje, luego, puede que coincida con el de una película; o que algún haiku diga lo mismo que “La Ilíada”. Es la forma de transmitir el sentimiento, y no otra cosa, lo que distingue un nocturno de Chopin de una rima de Bécquer, y es la forma lo que consigue que llegue a nosotros. Lo que consigue que veamos ese cielo, oigamos llover o haga calor."
 
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3.10.16

Táboa Redonda: Siempre yo


Siempre yo


 

"El aburrimiento tiene aspectos positivos. Entre otras cosas, hace que el tiempo pase más despacio, y por tanto alarga la vida, como sabía Dunbar, personaje de “Trampa 22” (de Joseph Heller, el libro con el que más me he reído en mi vida, con mucha diferencia). Y hace falta aburrirse un poco para ponerse a pensar. De hecho, hace ya algún tiempo que entre los consejos para padres que nos asedian se ha hecho un hueco el elogio del aburrimiento. Sostiene que, si nunca se aburren, los niños no observan, ni imaginan, ni improvisan, ni inventan, ni tienen paciencia ni muchas otras cosas. Y advierte de los consecuentes perjuicios de estar siempre entretenido.

Pero lo que no es admisible es que resulte aburrido algo que no debe serlo.

Las conversaciones se pueden clasificar en tres niveles de aburrimiento.

El primero es el de la conversación aburrida para una tercera persona, para un observador externo. Si ese observador soy yo, el 90% de las conversaciones entran en esta categoría. Para mí, no hay prueba más evidente de la asombrosa variedad de la naturaleza humana que los temas que les interesan a los demás. El segundo es el de las aburridas para quien escucha: uno cuenta su rollo y el otro se aburre. Aunque aquí hay cierto margen de reacción, todos conocemos esa sensación de caer en las redes de alguien y notar que el tiempo se va, se va, se va irremisiblemente.

Pero el tercer y más triste grupo es el de esas conversaciones en las que también se aburre el que habla. Se aburren los dos. Ambos son conscientes de que aquello les importa un carajo, de que si siguen allí es porque no tienen nada mejor que hacer. Comienzan a aparecer los silencios en mitad de una frase, las miradas barriendo el entorno buscando un estímulo y los alargamieeentos de palaaabras cuando se está a punto de perder el hilo. Son conversaciones simuladas. Dos personas se afanan por hablar de algo -una señora le explica a otra por la calle que dejó el bacalao a desalar toda la noche, o un tío le cuenta en una terraza a un colega una noche que ninguno se cree- mientras, en su fuero interno, desean que les pongan de una vez la tapa, que aparezca alguien conocido, que les llegue un whatsapp, que caiga un rayo… lo que sea, pero que pase algo.

Yo, por ejemplo, hablo, explico, cuento una vez más qué hago y por qué, y cómo me ilusiona por esto y por aquello y a pesar de lo otro. Y me aburro. Me repito, me aburro a mí mismo y me aburro de mí. Como Borges, a veces también me canso de ser siempre yo."

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